domingo, 16 de septiembre de 2012

Reflexiones leninistas (II y final) [con post data]



Lalenin por el lado académico sobresalía entre otras en las que había estado antes sin deslumbrar. En cuanto a los profesores había de todo. Desde profesionales muy capaces (y ocasionalmente sádicos) hasta aquellos que uno se preguntaba cómo los dejaban enseñar en cualquier escuela (aunque estos últimos eran los menos, es cierto). El nivel de las clases era notoriamente alto sobre todo en matemáticas y física aunque todavía no se había transformado en preuniversitario de ciencias exactas. Y la exigencia académica era muy superior a la de los preuniversitarios de la calle, razón por la que muchos de los que entraron conmigo e incluso de los que llevaban años en la escuela decidieron irse para que les subiera el promedio y alcanzar la carrera de su preferencia. (Eso provocó que en varias ocasiones los padres de los estudiantes exigieran a los ministerios de educación y de educación superior la adopción de exámenes de ingreso para compensar la diferencia de exigencia con otras escuelas, medida que no se adoptaría hasta unos cuantos años después). 

Lalenin por otra parte era, al menos en los tiempos en los que estudié, un grupo igual de heterogéneo que cualquiera que antes había conocido: proporciones similares de seres simpáticos y antipáticos, feos y hermosos, honestos e hipócritas. Pero no en todo era igual de representativo del mundo del que provenía: como mismo había mayor concentración de estudiantes brillantes y menor de la de los brutos sin remedio allí había un número desproporcionado de hijos de ministros, directores de organismos, altos oficiales y una proporción muy baja de negros lo que daba pie a los racistas de la escuela a decir que esa era la mejor muestra de la inferioridad de los negros en cuestión de inteligencia cuando era más racional verlo como muestra clara de que las diferencias sociales que se decían desaparecidas permanecían casi intactas.*

Como casi siempre ocurre con nuestra adolescencia y juventud la mayoría de los recuerdos que guardo de Lalenin son amables y divertidos, supongo que bastante mejores que lo que ella guarda de mí (pregúntenle a la Tícher si todavía anda por estos lares). Eso y amistades creadas en esos años (aunque las más sólidas y duraderas aparecerían luego, durante mis años universitarios o incluso después). Al graduarme cada año me reunía en el cumpleaños de nuestro último profesor guía con mis antiguos condiscípulos y era un compromiso agradable que se interrumpió cuando salí de Cuba. Sigo manteniendo contacto con un puñado de ellos aunque haber compartido la misma escuela años atrás va cediendo en importancia a otras afinidades más profundas.

Dicho esto entiendo el entusiasmo por el reencuentro entre gente que compartió las mismas circunstancias cada día de seis decisivos años de su vida como entiendo la cara de fastidio de un no leninista cuando se ve en medio del fuego cruzado de gente que acaba de descubrir que estuvieron en la misma escuela y comienza a hablar en un idioma incomprensible para él –porque Lalenin tenía su propio y peculiar dialecto- de una topografía que desconoce -el tanque de clavados, el Cake, la Cuatro, la Cinco, la Dos, los Aéreos- y de personas –viejos profesores, subdirectores de internado, un barbero- que no le despiertan el más mínimo interés. La cofradía creada en torno a Lalenin es un fenómeno digno de estudiarse ya sea como reproducción espontánea de un modelo asociado a grupos de élite en todo el mundo y en todos los tiempos o como la invención de un modo distinto de socialidad al que se pretendió implantar en aquellas escuelas.

Si llama más la atención el fervor de estos reencuentros reales o virtuales entre antiguos estudiantes de Lalenin es por la ausencia de cofradías similares entre los graduados de otras escuelas. Algo me dice que nunca veré una asociación de ex estudiantes de Manuel Bisbé, la escuela en la que pasé la secundaria, o incluso que la de graduados de la Universidad de La Habana o  de cualquiera de sus facultades demorará mucho en aparecer. Aun en el recuerdo de haber coincidido en una misma escuela somos unos privilegiados aunque sería absurdo que por ello, por conservar ese recuerdo, los ex lenineros se deban sentir culpables.

A pesar de que veo en esa nostalgia leninera un ejemplo más de una tendencia global a identificarse con la más desarraigada y menos plena de las edades -la adolescencia- supongo que se deba a un sentimiento auténtico de hermandad o al reconocimiento de un sentido de pertenencia donde escaseaban otros asideros. Pero la identificación con un grupo y unas circunstancias tan heterogéneas suele ser tramposa: siempre se cae corre el riesgo de ser parte de lo que el escritor Kurt Vonnegut definiría como un granfalún. “Un grupo de gente que abiertamente escoge o reclama tener una identidad o propósito compartido pero cuya asociación mutua realmente carece de sentido”.

Pero tampoco hay que pedirle demasiado a ese recuento de canas, libras e historias compartidas que se celebra cada tanto tiempo. Ni quiero incurrir en la labor fácil y mezquina de afearle la nostalgia a nadie. Si se trata de otra variante del culto más leal de nuestra generación -el de la amistad por encima de cualquier distancia- ese impulso que lleva a unos a saltarse un continente para asistir a la boda de un amigo o ayudar a quien no se ha visto en un cuarto de siglo como si se tratara de un pariente muy cercano no puede considerarse de otra manera que como admirable. Si se trata en cambio de un orgullo desmedido por haber pertenecido a una élite que lo mismo ha dado profesionales respetables que a esforzados chivatos entonces de lo que hablamos es de la vieja arrogancia de los tuertos en el país de los débiles visuales. Porque aquí entre nosotros, yo estuve ahí y no era para tanto.  

*Post data: La escuela también sobresalía por la vigilancia ideológica sobre los estudiantes. Recuerdo que cuando aparecieron unos letreros de una pulgada escasa de alto que decían “Abajo Fidel” en un baño del docente apenas un par de horas después del descubrimiento todos los integrantes del grupo de limpieza de los pasillos fuimos llamados a la dirección. Allí fuimos interrogados no sólo por el director de la unidad sino por unos señores que no pertenecían a la escuela y en los que no era difícil adivinar su condición de oficiales de la seguridad del estado.

Pero estuve envuelto en un incidente todavía más ridículo y penoso si cabe. En los meses finales de doce grado llegué a escribir una parodia sobre lo que en aquellos días me parecían manifestaciones de la hipocresía institucional de la escuela. La obrilla era fruto de una mezcla de las lecturas obligatorias de la época con el disgusto con que soportábamos los enmohecidos dulces que recibíamos a la hora de la merienda y llevaba el elemental título de “Galileo y el masarreal”. Creo que había hablado con un par de amigos del asunto porque mi idea era convencer a unos cuantos para llevarla a escena en una de aquellas noches de asueto que llevaban el título no menos obvio de “la recreación”. Pues un día se me acerca un estudiante al que no le había hablado de aquella pieza -que ahora imagino bastante lamentable- para sondearme sobre ella. El modo en que condujo sus preguntas –con un tono calculador, frío y falsamente paternal- y sus consejos me hacían ver que no sólo se había leído subrepticiamente “Galileo y el masarreal” sino que su acercamiento al autor había sido inducido por alguien más, alguien previsiblemente superior y “experto” en el tema, un jefe de la Juventud Comunista de la escuela o algo por el estilo. Quien me interrogaba sólo quería saber las motivaciones que me habían llevado a escribir aquella farsa en una libreta –algo bastante obvio puesto que la calidad de la merienda no era un secreto para nadie. También trató de convencerme de que a ese tipo de preocupaciones debía darles otra salida, usando los “canales correspondientes” supongo que diría.

Lo curioso y triste del asunto para mí en ese momento fue quien se había dirigido a mí estaba en los puestos más altos del escalafón de notas y era por demás un magnífico atleta, alguien a quien todos los demás admirábamos sin recato. Triste porque ni siquiera lo hacía por obligación porque en aquellos momentos no pertenecía a la Juventud Comunista. Con todos sus méritos escolares y deportivos todavía no había sido admitido en la UJC porque -según se rumoraba- tenía un pariente cercano viviendo en los Estados Unidos. No era difícil darse cuenta que su conversación conmigo era uno de los “trabajitos” que le habían encargado para que demostrara sus aptitudes para integrar la organización que se preciaba de reunir a los mejores. En aquél momento mi admiración por alguien a quien le sobraban méritos para ser aceptado en cualquier sitio  que se propusiera se resquebrajó un poco. Ahora, un poco más viejo más bien siento lástima por todos nosotros, por aquella vida en la que una obrita mierdera causaba tanta inquietud y en la que nada valíamos si no éramos capaces de renunciar a la más elemental de nuestras lealtades.     

12 comentarios:

Güicho dijo...

No he visto una sola fiera orgullosa de su jaula.

Anónimo dijo...

Hola Enrique,

Muy bueno tu escrito. Yo me gradué muchos años más tarde, cuando era solo de 10 a 12, varias cosas eran distintas, pero muchas coincidentes. Yo también tengo la impresión de que muchos de mis compañeros de entonces exageran cuando dicen que esos fueron los tres mejores años de su vida.

Para mi siempre vinieron luego cosas más interesantes, experiencias más plenas donde uno ve con ojos mejor puestos y menos ingenuidad.(No sé.. yo prefiero el futuro casi siempre) Mis mejores amigas siguen siendo las de ese tiempo, y las de mi aula, mi albergue, pero yo creo que sucedió así también por afinidad porque por alguna extraña coincidencia resultamos ser muy similares en cosas importantes, y luego en la universidad estuvimos cerca. Yo creo que fue una buena escuela, y fue (como para casi todos) la primera vez que vivi independiente de mi familia, lo cual me hizo un poco más fuerte.

De acuerdo contigo, en que una buena celebración, es que el sentimiento de pertenencia sea por la amistad. Así que déjalos(a los que se enorgullecen) celebrar, advirtiendo sobre lo fácil que es adorar la ingenuidad adolescente y enorgullecerse por algo que realmente no es un logro de uno(aunque haberse mantenido en la escuela o tener buen promedio pueda sentirse para muchos como tal)
Yo a veces también celebro la nostalgia!

Alejandro dijo...

Yo me moría por entrar a la Lenin cuando terminé la primaria. Por esa mi epoca la Lenin era una mezcla de Olimpo tropical con Harvard subtropical. Pero los caminos que llevaban allá eran tortuosos e inescrutables.

Llegó a mi escuelita primaria una solitaria y raquítica plaza y nos avalanzamos varios. Yo, por puro deporte, porque apenas era el segundo en el escalafón: la que ocupaba el primer lugar, para mi desconsuelo, también presentó sus planillas. Y la plaza fue... para una niña hija de MININT, ya no recuerdo si la cuarta o menos en el escalafón, y que terminó de cajera en un supermercado en La Habana.

Yo, pues tiempo después fui a dar por otros azares a una escuela que, quizas por la concentración de hijos de alguien que allí había, competía en exclusividad con La Lenin, si bien manteniendo un perfil bajo, quizas por razones de "seguridá" o por deseos de exclusividad, quién sabe. Ese fue el IPUEC Revolución de Octubre. La mitad de los hijos de papá estaban allí, acompañados por sólo un par de hijos de Pepe el Globero, como el que suscribe.

Y aquella ocupante del primer lugar en el escalafón, pues años después resultó periodista, Premio Pulitzer, escritora, profesora de Columbia: Mirta Ojito.

Y yo, pues terminé aqui en NY, sobreviviendo. Nada mal :)

Enrisco dijo...

Guicho: ese es el problema con los humanos. que nos enorgullecemos de la jaula y hasta la pintamos de rosado y le ponemos florecitas por fuera. "estéticas" le llamaban en las becas a cualquier cosa que pasara por adorno: desde un osito plastico con la nariz rota hasta un pomo de champú relleno con agua coloreada.

Alejandro: pues Mirta Ojito se salvó porque ella se fue cuando el Mariel y segun me cuentan los actos de repudio en la escuela eran para traumatizar a cualquiera. saludos.

L Λ v Z λ η dijo...

Estudié en Ceiba 5 (Simón Bolívar) y si, mientras nuestro desayuno era lechenpolvo y masareal, en Ceiba 1 era yogul y cofikei.

Pero teníamos Área para Fumar y singar.

Muy graciosa la foto, niñas y niños se pelaban y peinaban igual.

Peluquería e ideología Unisex.

Güicho dijo...

Triste post data, Tigre. Recorde la purga que sufrimos en la UH solo porque nos reiamos demasiado. En matematicas entraban tres grupos en el primer an~o, pero ya en segundo habian suspendido tantos, que quedaba un solo grupo. Los sobrevivientes eran todos inteligentes, y aquello era un vacilon y una jodedera diaria tremenda. Imaginate estar con veintipico de socios y socias que entiendan cada chucho y suelten otros tantos. Nadie faltaba nunca para no perderse la gozadera. Tras unos meses acabo en un auto da fe ideologico.

Anónimo dijo...

Yo estuve 6 años allí, me gradué en el 80 y como dice Güicho aún hoy estoy orgulloso de mi jaula.., aunque pensándolo bien no es tanto de la jaula sino de las muchas experiencias buenas y malas que allí tuve y que de una forma u otra me formaron como el ser humano bueno y malo que ahora soy. El tema de la Lenin es para debatir horas, pero es verdad que entre los que allí estuvimos existe como una cofradía. En Cuba se me abrían mucha puertas cuando llegabas a un lugar y te encontrabas antiguos compañeros en puestos de dirección casi siempre.

No se si fueron más las experiencias negativas que las positivas o al revés, pero de cualquier forma la Lenin nos marcó a todos de por vida.. Supongo que ningún judío de la posguerra se haya sentido orgulloso de su campo de concentración, pero de seguro les causaría gran alegría reencontrarse con otros sobrevivientes..

edovale dijo...

el IPVCE Martires de Humboldt 7 tambien tiene su frupo en facebook y sitio etc. La HUmbold fue una Lenin mas exclusiva y a mucho menor escala con solo 500 estudiantes. Varios hijos y parientes bien cercanos del coma estudiaron alli.
El grupo de facebook es este: https://www.facebook.com/groups/humboldt7/

Anónimo dijo...

Yo estuve 6 años allí, me gradué en el 80 y como dice Güicho aún hoy estoy orgulloso de mi jaula.., aunque pensándolo bien no es tanto de la jaula sino de las muchas experiencias buenas y malas que allí tuve y que de una forma u otra me formaron como el ser humano bueno y malo que ahora soy. El tema de la Lenin es para debatir horas, pero es verdad que entre los que allí estuvimos existe como una cofradía. En Cuba se me abrían mucha puertas cuando llegabas a un lugar y te encontrabas antiguos compañeros en puestos de dirección casi siempre.

No se si fueron más las experiencias negativas que las positivas o al revés, pero de cualquier forma la Lenin nos marcó a todos de por vida.. Supongo que ningún judío de la posguerra se haya sentido orgulloso de su campo de concentración, pero de seguro les causaría gran alegría reencontrarse con otros sobrevivientes..

edovale dijo...

Martires de HUmboldt 7 tambien tiene su grupo en facebook aqui: https://www.facebook.com/groups/humboldt7/

Humboldt 7 fue una Lenin mucho mas exclusiva y una menor escala (~500 estudiantes). En ella estudiaron varios hijos del reflexionador en jefe y varios sobrinos/as etc.

Anónimo dijo...

Yo viví la Lenin cuando el Mariel. Horror. Todo lo malo del sistema concentrado en unas cuantas horas de actos de repudio.
Y a más de 30 anios de vida y experiencias acumuladas, los leninistas hacemos como si eso nunca hubiese sucedido.
Tan inteligentes no somos, no?...y si esa es la élite, pa' su madre...

Cheito dijo...

Yo cometi el doloroso pecado capital de hacer el chiste de "los muniequitos rusos" en publico!....y ahi mismo me dieron el bate ! !
Nunca me lo perdonaron, sobre todo el secre' de la juventud que me la tenia guardada por un pelotazo que le di en la cara jugando Polo...alla fui a parar a una de las "Ceibas", otra mierda mas,pero como dice Lauzan, con mas privilegios sociales.