martes, 8 de septiembre de 2015

Círculos

En cada elección presidencial norteamericana hay un par de candidatos, a razón de uno por partido, que intenta sobrepasar a sus competidores por sus respectivos extremos. Cada cual a su modo promete cambiar la política tal y como la conocemos, lo mismo, dicho sea de paso que prometían en su momento fascistas y comunistas. Siempre ocurre que los más aguerridos se entusiasman con uno u otro en su intento -sospecho- de demostrar cuán consecuentes son con sus respectivos credos -conservador o progre, según el caso. Sucede siempre que tales candidatos luego de entretener sus discusiones durante unos meses se van desinflando para favorecer candidatos más moderados, o sea, que igualmente prometen cambiarlo todo de una vez y por todas pero un par de tonos más bajos.
Sucede que aunque repetido, este ciclo les parece atractivo a muchos pero una vez que es perfectamente predecible pierde toda gracia.
Eso apartando la alerta que se me dispara cuando alguien promete cambiar de una vez y por todas este juego tan humano de apostar tus esperanzas al mesias de la boleta electoral de turno.
Por mi parte hasta trato de evitar aprenderme el nombre de alguien que perderá toda relevancia en menos de un año.

(Si voy a emplear mi tiempo y entusismo en discutir sobre algo repetitivo e inútil prefiero que sea el fútbol, por ejemplo)