jueves, 23 de febrero de 2012

Oro parece

Hace días que no puedo postear directamente desde casa algo que me imagino que nadie eche en falta y eso es un alivio. Vaya por delante este post del escritor César Reynel Aguilera sobre uno de los temas más debatidos de estos días: los intelectuales de la isla y el exilio se acercan o no, hacen la cola del preticket para ser invitados por la UNEAC, queman la invitación en público o se hacen los desentendidos para luego echarle la culpa al correo de que la invitación no llegara nunca. En fin...


Oro parece...






Hay una adivinanza muy vieja que dice así: mientras más lejos más cerca y mientras más cerca más lejos.


La respuesta, cantada como en muchas adivinanzas, es la cerca.


Pensé que la había olvidado, pero no, la recordé hace unos días cuando supe que tres escritores cubanos, residentes en la isla, se habían reunido para entonar un coro de sirenas.


Senel Paz, Leonardo Padura, y el otro, se reunieron allá en La Habana para discutir la posibilidad de publicar, dentro del perímetro carcelario, a escritores cubanos exiliados. El título que decidieron darle al concierto fue: Tan cerca y tan lejos.


La cerca, pensé.


El resto es bagazo.


Y de cantos nada, en todo caso ululares de sirenas.


Pero no, estaba equivocado, porque tal parece que nuestra ilustre intelectualidad va camino, una vez más, de derramar más tinta alrededor de ese asuntillo que toda la que usaron para referirse, por ejemplo, a las atroces muertes de Orlando Zapata o Willman Villar.


Poco parece importar que Andrés Reynaldo haya escrito un texto que se basta y se sobra para poner en su sitio al trío de La Cabaña. Poco parecen importar las sabias palabras de Raúl Rivero sobre el tema. No, ahora resulta que todos los días se levanta uno para enterarse del último gesto heroico protagonizado por alguno de nuestros pensadores alrededor de algo que —en el mejor de los casos— empezó siendo una simple tomadura de pelo.


Corren el riesgo nuestros intelectuales de malgastar sus poderosos intelectos en algo tan improductivo; en dejarse arrastrar desde la broma hasta una propuesta que puede llegar a parecer seria, pero nunca lo será; en pasar de las razones para no prestarse a semejante farsa, a las condiciones para hacerlo; y en terminar escribiendo listicas de quiénes sí —o quiénes no— podrían ser invitados al supuesto banquete que nunca ocurrirá. Todo eso aderezado con el combativo grito de ¡Ah, bueno, así sí!


Sería triste que algo así terminara sucediendo. Sería triste porque vendría a confirmar esa visión que el castrismo siempre ha tenido de la intelectualidad cubana: un zoológico que necesita cualquier cosa menos cercas, porque “solitos se entrampan por presumidos”, basta tirarles una cascarita de plátano para que enseguida formen la resbaladera.