miércoles, 17 de junio de 2026

El dilema Cristiano



El partido Portugal vs República Democrática del Congo (sospechen siempre de las repúblicas con apellidos, sean democrática, islámica, bolivariana o popular) tenía un aire de familia con el de España vs Cabo Verde. No solo por ser dos países ibéricos contra dos africanos. Se notaba la misma esforzada impotencia ofensiva frente a la portería contraria, el mismo favoritismo injustificado, el mismo empate con sabor a desastre. Pero al menos hubo goles que ya es algo, sobre todo para el que gastó miles de dólares por un asiento que necesita amortizar con goles, aunque sean en contra.

Portugal tenía un problema adicional: tener que jugar con un hombre menos desde el primer minuto. O un hombre de más. Hablo, por supuesto, de Cristiano Ronaldo, convertido en el típico piano de cola con comején en medio de la sala: no sirve de nada, incomoda, pero nadie se atreve a sacarlo porque insisten que luce bien. Encima el día anterior Cristiano había recibido la terrible noticia de que su rival en la grandeza universal, Messi, había debutado en el mundial con un hat-trick. A Cristiano la noticia debió caerle como a la bruja que le dijeran que Blancanieves había ganado un concurso de belleza.

En el ocaso de sus respectivas carreras Messi es como el viejito del asilo que le cae bien a todo el mundo sin hacer esfuerzo especial. Cristiano, en cambio, es el viejito pesado que se mata por destacarse sin que le hagan caso. Bueno, la verdad es que la gente y las cámaras adoran a Cristiano, con su raya al lado trazada a cincel, su abdomen de mármol y su histrionismo de actor de cine mudo. Pero a quien no parece caer bien es a sus compañeros de equipo que en todo el juego apenas le dieron bola, literal y figuradamente. Quizás por pesado, pero también porque Cristiano se pasó todo el bendito tiempo parado en fuera de juego.

Al principio nada de esto parecía importar porque João Neves anotó un gol de cabeza nada más empezar el juego. Pero cuando Yoane Wissa empató a uno con otro cabezazo al final del primer tiempo los fallos y perretas que parecían hasta graciosos empezaron a adentrar a los portugueses, jugadores y público, en el sendero de la angustia. Y lo llamativo era que mientras el entrenador de los portugueses sustituía a la mitad del equipo a medida que se le acababa el juego a Cristiano, el querubín 41 años, lo dejaron que jugara hasta el último segundo. Como si el público amenazara con pedir que le devolvieran el dinero si sentaban a su ídolo. Y da igual si el equipo aspirante al campeonato quedó empatado contra uno visiblemente inferior. Como se sabe, el cliente siempre tiene la razón. Y el cliente quiere a Cristiano, meta goles o no.

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