El partido entre
Países Bajos y Japón fue una nueva edición del viejo conflicto entre altos y
bajitos. Entre los hijos de las proteínas y los hijos de los carbohidratos.
Solo que en este caso ambos bandos eran lo bastante habilidosos como para no depender
de las condiciones físicas. Nada de fatalismo genético. En el primer tiempo, no
obstante, prácticamente se gastaron los cuarentaicinco minutos estudiándose, como
si en toda su vida nunca hubieran visto a tipos con los ojos así y el pelo asá.
Así y todo el
primer gol tuvo algo de ese fatalismo: lo anotó a los cinco minutos de iniciado
el segundo tiempo el paisbajista con nombre de pintor, Van Dijk, de cabezazo,
como era de temer. Pero los hijos del sol naciente, los inventores del manga no
se achicopalaron y cinco minutos después después en jugada terrestre un ninja
con apellido geométrico, Kubo, empató el juego de un latigazo de su derecha.
Pero los
paisbajenses no estaban dispuestos a quedarse dados y a ocho minutos del empate
Summerville volvió a adelantar a los suyos con una mawashi que no le dio
opciones a Susuki, el afroninja con nombre de moto que defiende la portería
nipona. A los de los tulipanes y los molinos podía parecerle suficiente, pero a
los de los origamis y el sushi no se iban a cruzar de piernas.
Tanto insistieron
los del sol naciente y la estatura menguante que cuando ya todo parecía estar
decidido Daichi Kamada metió un cabezazo que luego de rebotar en la cabeza de
un contrario entró limpiamente en la portería del país de los tulipanes. Y
minutos después, luego de algún que otro forcejeo en las puertas rivales ambos
equipos firmaron las tablas de uno de
los segundos tiempos más entretenidos hasta el momento.
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