martes, 2 de febrero de 2016

Jorge Valls: entre el mito y la realidad

Texto que leyera el martes pasado para un evento dedicado a la vida y obra de Jorge Valls y que hoy, día de su cumpleaños quiero dedicárselo:

Jorge Valls: entre el mito y la realidad 
Más que de herramientas los humanos somos ante todo seres fabricantes de mitos. Aunque sólo sea porque los mitos nos sirven más que las herramientas para interactuar con la realidad. Sobre todo la realidad que no entendemos, esa para la que no basta un martillo. Ni un discurso lógico y literal. Téngase esto en cuenta cuando nos reunimos para homenajear a alguien como Jorge Valls. Alguien tan especial, tan cercano para muchos de los que nos reunimos esta noche, pero al mismo tiempo tan incomprensible, tan inasible. Porque repasar los principales hitos de su biografía no servirá, lo sabemos de antemano, para explicar a un ser sobre el que ya se empieza a forjar cierta forma de leyenda, una mitología que sobrepasa con mucho esa biografía. Para entenderlo no nos bastará con saber que nació en La Habana en 1933 hijo de un humilde comerciante catalán y una cubana. O que con el tiempo y su esfuerzo personal se convirtió en una de las personas más cultas y al mismo tiempo más políticamente inquietas de su generación, saber que durante su juventud participó tanto en la creación y desarrollo de varias instituciones culturales y que al mismo tiempo fue uno de los fundadores y principales dirigentes del famoso Directorio Revolucionario. No será suficiente con saber que luego del triunfo de la Revolución a la que tanto había contribuido se apartó discretamente de honores y cargos y luego se opuso con firmeza aunque sin violencia a la dictadura totalitaria en que había derivado esa revolución. Tampoco bastará saber que cayó preso por defender a un amigo en cuya inocencia creía aunque supiera que ya no tendría salvación ni defensa posible. O decir que tras pasar más de veinte años de una prisión dignísima y ejemplar pasó otros treinta años de exilio, un exilio no menos digno, no menos ejemplar. Decir eso no sería faltar a la verdad y sin embargo es tan insuficiente que nos parecería que falseamos la realidad que tratamos de describir. Sobre todo si se trata de una realidad tan indefinible y compleja, tan ejemplar y deslumbrante como fue ese ser llamado Jorge Valls Arango.De ahí que haya comenzado mi discurso hablando sobre la mitología. Porque si bien la inclinación mitológica está inscrita en nuestro código genético frente a alguien como Valls se potencia. No se trata de darnos importancia ante quienes no tuvieron la suerte de conocerlo, de sentirnos especiales por ello y de paso de restregarle al resto de la humanidad su mala fortuna en contraste con la nuestra. No. Se trata de algo distinto. Se trata no solo de hacerle justicia a la memoria de nuestro amigo muerto, o de rellenar el vacío que nos ha dejado, la voz que nos falta. También se trata de reevaluar –frente al ejemplo que nos dejó- nuestra idea del bien y de lo bueno, humanamente posible, tal y como la vimos hecha carne, magra, en la figura triste y radiante al mismo tiempo de ese caballero que fue Jorge Valls.
Pero debemos cuidarnos del mito porque el mito también, debemos reconocerlo, confunde y adormece. Y quizás frente al recuerdo de Valls, frente al vacío que nos deja, sea mejor no adormecernos. Tal vez sea preferible pellizcarnos y convencernos de que ese ser que conocimos era tan real como nosotros mismos. Que no es mentira que se pueda ser tan superior y tremendamente humano. Que no debemos resignarnos a nuestra humana pequeñez porque otra altura de humanidad es posible. Y es que ante alguien como Valls es fácil caer en excesos tanto si se le mitifica como si se trata de describirlo del modo más exacto.  Ante esa tarea, la de describirlo y entenderlo, no comprendo cómo es que me eligieron para hablar de Valls esta noche cuando hay personas que lo conocieron en circunstancias mucho más extremas de aquellas en las que lo conocí yo y quizás más reveladoras de su carácter. Pero si debo ser fiel a su memoria me veo en la obligación de recordarles que de estar aquí Jorge Valls sería el primero en sabotear este homenaje. En parte porque los homenajes lo ponían auténticamente incómodo pero en parte también porque esa su naturaleza: la de un antagonista de los lugares comunes, la de un pensador a contracorriente, la de enemigo de cualquier complacencia. Por eso su pensamiento era en sí un hervidero de contradicciones que lo mantenían continuamente despierto: Valls fue católico, antimperialista, estoico, socialista con toques anarquistas, revolucionario, terrorista (o al menos confiesa en sus memorias: “tomé parte en todo tipo de lucha, desde la agitación y propaganda al terrorismo”), pacifista, budista, nacionalista o humanista, tendencias estas que no tenían más coherencia entre sí que la que les daba el incansable inconformismo de Jorge Valls. Porque lo que le imprimía sentido a ese complejo todo era la indómita humanidad de Jorge Valls, su compasión sin fingimientos hacia casi cualquier prójimo. No puede ser casualidad que yo nunca haya escuchado a nadie como a Jorge Valls emplear palabras como “persona” o “gente” con la seriedad y devoción con que él lo hacía. Su sabiduría, su inteligencia, su cultura y la tranquila elegancia de cada uno de sus gestos, de cada una de sus decisiones, lo acercaba a su humanidad y al mismo tiempo lo distinguía del resto de nosotros. Porque en todos estos años no pocos cubanos se han enfrentado a tiranías con armas o sin ellas, han defendido hasta las últimas consecuencias a un amigo, han soportado con dignidad los maltratos más terribles pero me atrevo a decir que ninguno lo hizo como él. Si debiera definir a alguien como Valls –con lo de atrevido e injusto que tiene tal intento- diría que era ante todo un estilo: un estilo de actuar en toda circunstancia, de no doblegarse ante ella, de elevarse incluso por encima de esas circunstancias pero sin llegar a desentenderse de ellas. Un estilo que era, por supuesto, un estricto e irrenunciable código ético que empezaba por el cuestionamiento constante y la ausencia de cálculos. Nunca entraba en una batalla de las tantas desesperadas batallas que emprendió en su vida porque hubiera algo que ganar. Con que la considerara necesaria le parecía suficiente. “Si uno no puede triunfar en una causa justa al menos puede sufrir por ella” dijo en su testimonio de la cárcel y tal pareciera que fuera el lema que guiaba su vida, paso a paso: no renunciar a la justicia incluso cuando todo lo que quedara fuese sufrir.Otra de las tentaciones al tratar de definir a alguien como Valls sería la de proclamarlo santo. Así, con su canonización, nos ahorraríamos el engorroso problema de definirlo en su singularidad. Pero debemos pensar que la santidad, por excepcional que parezca, es una categoría que cuenta con suficientes ejemplares como para no presumir demasiado de ser exclusivo. La canonización es honrosa, sin dudas, pero también es una manera amable de domesticar con la rutina y los rituales a seres humanos que fueron desaforadamente únicos. Y no es eso lo que queremos para nuestro amigo. Si queremos mantener con vida su legado hablemos de ese estilo con el que Jorge Valls conseguía aunar en su persona, como lo más natural de mundo, la firmeza, la delicadeza, la austeridad, la inteligencia, la lealtad, la seriedad, el desenfado, la humildad y una profunda defensa del bien que incluía por supuesto el rechazo sin dobleces de cualquier variante del mal. Debemos pensar cómo ese ascetismo, esa rebeldía incansable o ese rechazo por la violencia respondían a su idea irreductible del bien. Una idea del bien, por otro lado, que no tenía nada de soberbia y sí bastante de angustiosa. La angustia de saberse imperfecto. Su temor de que toda comodidad física o mental no fuera más que una invitación a desistir en esa persecución sin reposo del bien y de su propia salvación. Que las últimas palabras hayan sido de preocupación por el destino de su alma –un alma que nosotros imaginamos perfecta e impoluta- nos da una idea de cómo acercarnos a su legado: con la misma inquietud y mismo rigor de la persona que lo ha producido.No sé qué piensan los que conocieron a Jorge Valls Arango de la definición que he intentado dar. Solo sé que para el que no lo haya conocido no será suficiente porque por mucho que me esfuerce ninguna palabra puede sustituir lo que significaba gozar de su presencia. Ni siquiera sus propias palabras conservadas en libros conseguirán sustituirlo. Pero debe intentarse. Yo mismo, luego de varios días digiriendo la noticia de su muerte, de convencerme que ya no podría acudir a él a consultarle cualquier duda que tuviera sobre esa parte de la historia cubana a la que estaba trenzada su propia biografía, me puse a leer un libro suyo. Ese libro fue precisamente “Veinte años y cuarenta días”. O sea, el libro que narra su estancia, por el período de tiempo que anuncia el título, en el desmesurado complejo carcelario del castrismo. Confieso que sustituir su voz por su escritura fue un ejercicio extraño. Y es que esa personalidad exuberante, esa voz de Zeus radiofónico con que hipnotizaba a sus interlocutores es sustituida en “Veinte años y cuarenta días” por una mucho más sobria, notarial casi. Una voz que se limitaba a informar y tratar de entender el horror que había presenciado durante aquellos años y aquellos días. Esa contención es uno de los mayores aciertos del libro y su recurso dramático más contundente. Nada como la mesura de esas páginas para que nos llevemos idea de los niveles de crueldad a que eran sometidos los presos políticos en aquellos años, del absoluto desprecio de sus captores. Nada como el contraste entre el recuento meticuloso y la mosntruosidad que narra para entender que el horror real era mucho más terrible que el de cualquier mitología. Es desde esa sobriedad donde consigue reconstruir escenas como aquella en la que describe el supuesto plan de reeducación que se emprendió con parte de los presos:
Algunas de estas lecciones se impartían de noche, en la galería que se utilizaba como comedor, justo al lado del foso de ejecución. El “profesor” utilizaba un micrófono para que le oyeran los que estaban en el patio [o sea, los que como Valls no se habían integrado al plan de reeducación]. Unas veces la lección tenía que ver con la política; otras trataba otros temas relacionados con ella.Recuerdo una noche en la que los pobres presos tenían una conferencia sobre las culturas indígenas de Cuba. Su voz salía, estridente, por los altavoces: «los guanacahíbes (sic) vivían en la provincia que hoy se llama Pinar del Río. Pertenecían a la edad paleolítica, o la edad de la piedra no pulimentada». Su voz sonaba como un martillo neumático en el silencio forzoso de la noche. Luego oímos el ruido de los coches que traían a los condenados que iban a ser fusilados, y al pelotón que marchaba hacia el foso. El conferenciante continuaba: «los guanacahíbes vivían en cuevas y se alimentaban de la caza». Oímos la voz de mando: «¡Preparados!». «Los guanacahíbes utilizaban trozos de concha como ralladores.» «¡Fuego!» Se oyó la descarga. El pobre hombre seguía hablando de los indios. Trajeron otro condenado al paredón. Nos retorcíamos en el suelo, incapaces de hablar, llorar o salir corriendo. El altavoz continuaba: «Los guanacahíbes enterraban a sus muertos en montículos, una primera capa con los cuerpos y otra capa de conchas y piedras». Parecía que continuaría siempre. Murmurábamos una oración, sin saber si íbamos por el principio, el final o estábamos repitiendo el mismo verso. Solo Dios sabe cuántas veces lo hicimos aquella noche. Otra descarga. No sé cuántas veces pasó. No sé cuándo acabó o cuándo me quedé dormido"
Un horror, como acabamos de ver, acentuado por el intento grotesco de pretender educar a los mismos seres a los que se les tortura con el asesinato sistemático de sus compañeros. Y esa escena horrorosa constituye una de las mejores metáforas para describir a un régimen que ha utilizado durante casi seis décadas el pretexto de la educación para exterminar la libertad de un pueblo. Pocas veces se ha retorcido de manera más perversa el noble acto de educar. Imaginemos por un momento la revulsión de Valls al escuchar a este remedo de profesor soltar la sarta de idioteces que pretendía hacer pasar por conocimiento mientras asesinaban a sus compañeros, imaginemos su exquisita sensibilidad sometida a tanta abominación. De ahí que este libro valga todavía más como defensa insobornable de la dignidad humana y de la verdad. La dignidad que intentaban defender entre todos los presos en medio del horror. Una dignidad que es replicada por otra, la de esa narración serena y estoica en la que Valls evita cualquier gesto de auto-conmiseración, cualquier hipérbole. Estoy convencido que esa misma serenidad y contención servirían para entender la vida y la obra de Jorge Valls Arango. Como dije antes, la tentación de la mitología es fuerte pero ante una realidad tan poderosa no necesitamos mitos. Ante casos como el de Valls la pura verdad es más que suficiente. 

3 comentarios:

Miguel Iturralde dijo...

excelente, Enrique, te felicito. no están muertos mientras se les recuerde. saludos.

Anónimo dijo...

Gracias Enrique, por este conmovedor y merecido homenaje. Tuve la dicha de por instantes gozar de su presencia. De sentir la certeza que es posible alcanzar la benevolencia, la compasion y el amor incondicional mientras transitamos por esta vida. Jorge reafirmo en mi la esperanza a veces perdida por tanta miseria humana, que si podiamos ser mejores seres humanos. Para mi, el encarnaba esa potencialidad.
Que haya existido un hombre como Jorge Valls, abre las puertas y nos reta a reconocer en nosotros, nuestro lado luminoso y a batallar contra las sombras. AT

Jorge Brioso dijo...

Te lo he dicho, Bro. Lo tuyo son la amistad y el amor. Lo que te toco nacer en la Isla de Juana con su infinita sarta de calamidades. Que ironia, no?

Un abrazote, Yoyi