lunes, 6 de octubre de 2014

La risa con letra entra

A continuación les presento el texto que leí ayer en el XIII Congreso anual del Centro Cultural Cubano de Nueva York que se celebró ayer sobre el tema "El choteo cubano: humor e identidad nacional" y que contó con ponencias de Gustavo Pérez Firmat, Rafael Rojas, Carmen Peláez, Raquel Ulloa, Arístides Pumariega, Armando López y la actuación de Eddy Calderón, Carlos Marrero ("Yeyo Vargas") y Judith González ("Magdalena la Pelúa").

La risa con letra entra
Hay cosas que uno se encuentra donde menos las espera. “El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco" dicen que dijo Mark Twain. Yo, por mi parte –y en este caso pueden citarme de buena tinta–, nunca me aburrí más que en un congreso sobre el humor. Fue en un frío otoño de Montreal donde tuve que asistir a conferencias a cual más soporífica sobre autores supuestamente divertidos a los que los ponentes les habían extraído hasta el último miligramo de gracia para exhibirlos como al cadáver de la famosa clase de anatomía de Rembrandt. Yo atribuyo ese despropósito al intento de aquellos académicos de salvar al humor de su mala fama de poco serio mediante el recurso extremo de obligarlo a negarse a sí mismo. O puede que no. Podría ser simplemente que aquellos señores académicos fueran de por sí el conjunto de personas más aburridas del planeta y que eligieran ese tema de estudio como intento desesperado para escapar a su verdadera naturaleza. Eso quizás lo confirme el hecho de que, terminada la sesión de ponencias, no se les ocurrió manera mejor de pasar la noche que reunirse en el vestíbulo del hotel a leerse aquellos chistes infames que solían circular en los correos electrónicos colectivos de hace década y media. Pero si esta descripción les suena a ensañamiento, a venganza tardía por un mal rato pasado hace quince años están equivocados. La verdad es que tanto patetismo todavía me despierta la más profunda compasión, como pueden despertarla reuniones de exiliados planificando el futuro de un país que ya no existe: y es que aquellos académicos a quienes sospecho desterrados de cualquier otro cónclave más o menos respetable de literatura y, por supuesto, de cualquier reunión alegre e irrespetuosa de borrachines, me han servido la clave para entender las extrañas pero sólidas relaciones que existen entre el humor, la literatura y el exilio, una fórmula que puede resumirse así: el humor se le debe buscar en el sitio donde menos se le espera porque ese es el sitio donde más falta hace.
Porque alguna relación tendrá que haber entre exilio y humor, al menos en el caso cubano, cuando muchos de los ejemplos más felices de convivencia entre la literatura y el humor se dieron a consecuencia directa del exilio: ya fuera el exilio más bien cultural del Virgilio Piñera de los “Cuentos fríos” o los exilios políticos del Pablo de la Torriente Brau de las “Aventuras del soldado desconocido”, o de casi toda la obra exiliada de Cabrera Infante o de Reinaldo Arenas. Esos y otros tantos nombres pueden hacer pensar en dos posibilidades: una sería si el exilio empuja a la práctica del humor o más bien es al contrario: que la facultad de reírse de casi todo es lo que impulsa a sus poseedores a poner tierra por medio de los poderosos que entienden la risa como un insulto.
¿No es acaso el exilio un concepto que con sólo ser mencionado basta para amargar una fiesta que hasta el momento resultaba bastante divertida? ¿No están los así llamados exiliados predestinados a añorar ciertas modulaciones de la naturaleza o del lenguaje que supuestamente sólo se dan en la patria abandonada a la buena de Dios o a la mala de los tiranos de turno? ¿No es acaso el exiliado –pongamos que cubano en este caso– un ser capaz de derramar lagrimones ante la visión de una palma o la convicción de que estos frijoles no alcanzan el mismo sabor de aquellos que nos hacía abuela? Las dictaduras son de por sí solemnes y en momentos claves exigen de sus súbditos un comportamiento taciturno, pero el exilio, cuando se piensa como tal, no es muy distinto. Parecería que el exilio tratara de competir en solemnidad con la tiranía que dejó atrás, como si temiera que de perder la competencia perdería realidad. Y sin embargo aun así encontramos humor en abundancia en esa parte de la realidad tan melancólica y lacrimosa en la que somos capaces de entristecernos recordando una ensalada de aguacate digerida hace varias décadas atrás.
La pista de estas relaciones entre humor y exilio –además de aquél congreso- me la dio el insigne y casi olvidado escritor cubano de principios del siglo XX Jesús Castellanos, autor de frases tales como “la modestia en nuestra tierra es como los zapatos: muy bonitos pero estorban para trepar”. Fue él quien en el prólogo a su hilarante reunión de artículos titulada “Cabezas de estudio” explicaba que estos habían nacido de su necesidad de liberarse de “toda la dosis de cursilería que en mi alma pusieron tres años de emigración”. Basta una frase así para imaginarse las circunstancias por las que tuvo que pasar Castellanos: reuniones nocturnas con salones decorados con banderas y retratos de mártires, voces crispadas, manos en el pecho, himnos, discursos y alusiones constantes a la patria que sufre, al yugo que sofoca y a nuestros hermanos oprimidos. Porque a esos extremos simbólicos, retóricos y decorativos hay que llegar para rellenar la distancia que media entre la realidad de esos exiliados y la de su país, para justificar la invocación de los horrores patrios en un mundo más bien apacible y ajeno a tales dramatismos. No debe ser casual que las “Aventuras del soldado desconocido cubano” se inicien con la aparición de su fantasmagórico protagonista en un mítin de exiliados justamente en Nueva York. Allí (o más bien aquí) el narrador (alter ego de Pablo de la Torriente Brau) improvisa su discurso ligando “los acontecimientos mundiales del día, la experiencia de la historia y ciertos conceptos filosóficos deliberadamente vagos, con los aspectos de la lucha contra el imperialismo en Cuba”, dejando entrever lo mucho que hay en tales actos de ritual hueco que pronto será rellenado con el humor que desborda ese monumento al jodedor cubano que es Hiliodomiro del Sol. Pensemos también en los conciliábulos secretos y absurdos que aparecen en toda la obra de Virgilio Piñera desde “Jesús” y “La carne de René” hasta los “Los siervos” como profetizando (y choteando de antemano) esa larga y penosa enfermedad conocida como Revolución Cubana. Pensemos cómo Reinaldo Arenas inicia “El color del verano” con otra apoteosis de solemnidades (la celebración del falso medio siglo de la Revolución castrista (en realidad han pasado “sólo” cuarenta años)  que va a ser interrumpida por la fuga hacia la Florida de la poeta Gertrudis Gómez de Avellaneda que a continuación es atacada física y verbalmente por los asistentes al acto. O sea, que otro de los momentos más delirantes del choteo cubano es ese carnaval de humillaciones que ahora se conoce como acto de repudio. (Por otra parte –y tratando de universalizar mi experiencia cubana– recuerdo haber estado en un par de bar mitzvás sentado durante horas escuchando letanías en hebreo y creo que nunca me he aburrido más en la vida excepto –por supuesto– en aquel congreso sobre el humor. Entonces fue que creí entender el secreto del humor judío imaginándome a unos hermanos Marx niños escuchando salmo tras salmo en la sinagoga mientras sus mentes trataban de escapar a donde sus cuerpos no podían). Caso aparte sería el de Castor Vispo, el genial libretista que resumió todo el teatro bufo en el programa radial “La tremenda Corte”. Fue nada menos que un gallego nacido y criado en Cambre, La Coruña quien reconstruyó la cubanidad a través de personajes -como Rudesindo Caldeiro y Escobiña y José Candelario Trespatines- que creaban los diálogos y situaciones más divertidas y surreales en uno de los sitios más serios que pueden existir: nada menos que en un tribunal de justicia. Vispo no era exiliado aunque sí inmigrante quien, a partir del triunfo de la revolución, ya mayor para emprender otra fuga, se vio convertido en un exiliado interior hasta que la muerte le llegó en 1973. Afortunadamente, a pesar del destierro que sufrió de los medios de comunicación desde principios de la revolución ahora Ecured, la Wikipedia provinciana de la siempre fiel isla de Cuba, ha decidido acabar con su vida en 1966 y así ahorrarle retroactivamente siete años de penoso inxilio. (Cuenta una leyenda urbana que un par de comediantes televisivos hablaron por teléfono con su viuda para recuperar aquellos libretos que se habían difundido por las ondas radiales de toda Hispanoamérica y ella les contestó que fueran a buscarlos. Dicen que al acercarse a la casa vieron una humareda que se levantaba por encima de esta que al entrar la viuda los hizo pasar al patio donde ardía una gran fogata alimentada por el papel de los libretos. Todo lo que quedó de lo que había escrito quedó entonces en el aire: el contaminado por aquel humo suicida y el que todavía transmite sus programas por todo el hemisferio). Los corresponsales y actualizadores de Ecured y wikipedia anoten estos datos: Castor Vispo nació el 3 de junio de 1907 en Cambre, La Coruña y murió el 1ro de octubre de 1973 en La Habana de un cáncer del colon*.    
Pero volviendo al caso de nuestros escritores y el humor: una golondrina no hará verano pero dos o tres ya bastan para enunciar una ley de la historia o de la literatura. Y la ley que propongo es esta: es definitivamente el humor el llamado a equilibrar el patetismo que se deriva fatalmente de la nostalgia, el dolor, la impotencia y la desesperanza que producen no sólo los estados totalitarios sino también esa condición que llamamos exilio. Agradezcámosle al humor no sólo las sonrisas que nos saca en medio de la adversidad sino que nos ayude a mantener cierta dignidad. “Pienso que la realidad en general es siempre tan desmesurada y tan cruel que si perdiéramos la risa lo perderíamos todo”. Eso no lo digo yo sino Reinaldo Arenas, que bien sabía de desmesuras y crueldades. Y de exilios. Vale agregar que no debemos dramatizar nuestra realidad cotidiana llamándola exilio. Uno no se despierta todas las mañanas en el exilio ni va a tomarse una cerveza en una esquina de su destierro. Exilio es lo que nos sorprende cuando se acaba una fiesta, o a la salida de un concierto, justo cuando más a salvo nos sentíamos de él. O a donde vamos voluntariamente a encontrarnos con hermanos de causa, en el sentido más presidiario del término.
Dicho esto –convirtiendo en verano este puñado de golondrinas–, quedarían por explicar las relaciones entre el humor y la literatura en el exilio ya no sólo como contrapeso al patetismo de nuestra realidad o, más bien, al patetismo con el que la miramos. El más plañidero de los compositores cubanos se quejaba en una de sus canciones de que le pidieran obras alegres “con tantos motivos para no reírse como hay” cuando justo la risa es más necesaria allí donde tiene menos pretextos aunque no menos sentido. Y que lo diga el pueblo judío con su historia atroz y su humor refinadísimo y al mismo tiempo a prueba de balas. Con respecto a la realidad cubana el humor también ha sido usado no solo como contrapeso a la adversidad sino también como instrumento –como le diría el Lobo a la Caperucita Roja– para entenderla mejor. El humor puede y debe funcionar como las gafas de sol: para evitarnos deslumbramientos innecesarios de la realidad y permitirnos concentrarnos en la cosa en sí, sin la distracción de las convenciones. Sólo el humor nos permite someter una realidad tan desmesurada y esperpéntica al juicio implacable del sentido común. “Creo que el humor tiene un papel fundamental: es la única manera de decir una realidad cuyo patetismo resulte tal que pierda efectividad al ser contada” dice nuevamente Reinaldo Arenas con esa sabiduría incontestable que sólo tienen algunos muertos. Para evitar las deformaciones del pathos y explicar horrores que escapan a todo entendimiento –más que por profundos, por duraderos, en un régimen que a escala humana se asemeja al infinito– se acude a esa risa amarga de la que buen uso han dado dramaturgos exiliados como Iván Acosta o escritores de la generación de Mariel como el propio Reinaldo Arenas, Juan Abreu, Miguel Correa o Néstor Díaz de Villegas. O a la risa bastante más laxa que encontramos en los ensayos Gustavo Pérez Firmat o en la correspondencia de Ramón Fernández Larrea con celebridades cubanas que van desde la Virgen de la Caridad del Cobre hasta la vaca Ubre Blanca. O en la incansable creación de programas televisivos de libretistas como Luis Santeiro o el propio Fernández Larrea que hacen sospechar en felices reencarnaciones de Castor Vispo, que no se resigna a ser el humo de viejos libretos. O en las desaforadas burlas dirigidas al estamento intelectual cubano dentro y fuera de la isla del enigmático Fermín Gabor, de cuya autoría real han acusado a todo intelectual cubano vivo con algún sentido del humor. Y en este caso único preocupante es que la lista de sospechosos no pasara de dos o tres nombres.

Supongo que esto último se deba a que la risa que he esbozado aquí como una especie de superhéroe encargado de cumplir tareas imposibles por otros medios me recuerda más bien al personaje Bola de Sebo, aquella prostituta del famoso cuento de Guy de Maupassant. Todos se vuelven a la risa en los momentos más complicados, cuando ella es el último recurso pero, cuando pasa el peligro, no le ofrecen otra cosa que un desprecio similar al de la prostituta del cuento. Solo ello explica que hayan intentado convertir a escritores como Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas, en meros santones literarios en lugar de esos seres maliciosos y endemoniados que siempre fueron, sin paz para ellos mismos ni para nadie. Pero no nos sintamos sorprendidos ni indignados. Seguimos siendo, pese a todos estos años, un pobre pueblo joven que como la luz o la infancia aún no tiene rostro y que se ríe todo el tiempo excepto cuando se hace la foto con la que piensa fijar su imagen definitiva, trascenderse. Para la foto ofrece otra imagen más seria y adusta porque piensa que así va a quedar mejor, sin saber que la risa nos muestra tal y como somos: un pueblo desesperado por escapar del aburrimiento terrible que le produce su propia Historia, su propio destino. Y dejamos la risa fuera de lo cubano como mismo se la deja fuera de todos los congresos sobre el humor (menos de este), para volverla a buscar en donde menos se la espera: en algún clásico de la literatura o en un velorio. 

*Quiero agradecer públicamente al escritor Ernesto Santana por haberme enviado esta información desde La Habana. 

6 comentarios:

Realpolitik dijo...

No, Cuba ya no existe. Lo que ocupa su lugar es otra cosa que usa el antiguo nombre. Lo mismo es aplicable a La Habana. Se puede persistir en la nostalgia, pero la nostalgia no puede resucitar lo extinto, ni siquiera cuando se tiene la capacidad evocativa de un Cabrera Infante.

Realpolitik dijo...

El humor y el choteo tienen su lugar, pero todo no se presta para eso ni admite de ello, aunque se intente. Tirarlo todo a juego, broma o relajo es un arma de doble filo, pues se acaba por trivializar cosas que no son nada triviales, y por quitarle importancia a cosas que la tienen. Los cubanos son demasiado propensos a ser, o tratar de ser, indebidamente graciosos. Eso puede serle una suerte de alivio a los que lo practican, pero que resuelva algo de verdad, o que "haga una diferencia" como dicen los americanos, es otra cosa. Por supuesto, todo depende del caso y el contexto, pero creo es mejor pecar de serio que pecar de juguetón.

Enrisco dijo...

Realpolitik: ya estoy aburrido de oir el argumento que acabas de exponer como me imagino que te aburra el mio. solo te digo que el regimen que se asento en 1959 trajo toda esa seriedad que parece gustarte tanto. por lo demas ese estilo de la revolucion que reclamaba Manach en ensayo homonimo fue justo lo que se implanto despues: justo lo que se describia alli era el totalitarismo y es raro pero hasta ahora nadie lo ha hecho notar.

cubasno dijo...

Realpolitik, espero que lo que hayas escrito sea un chiste, porque los que "trivializan" cosas tratando de ser graciosos no son los humoristas, sino los pesaos de toda la vida, cuando se hacen los graciosos. Y hacer la apología de la seriedad, pensando en Cuba, es para ponerse a lloriquear como Silvio. La seriedad auténtica tiene que saber reírse de sí misma o se convierte en su hermana sangrona, la solemnidad, que es lo que nos sobra a los cubiches.

Inesita Correcalle dijo...

Por cierto, ¿pudieras decirnos qué ha pasado con La Lengua Suelta de Gabor? (la ausencia de la coma es deliberada), pues hace mucho tiempo no aparece nada de él en ninguna parte.
¿Tuvo "disparidad de criterios" con la gente de La Habana Elegante y decidió no escribir más ese espacio o está muy ocupado? Te agradezco de antemano cualquier respuesta.

Realpolitik dijo...

La “seriedad” del castrismo , como prácticamente todo lo asociado con el mismo, es una cosa falsa y de mala fe, una pantalla, una fachada para darse importancia y encubrir su verdadera naturaleza, para amedrentar y controlar mejor. Yo no hablaba de ese tipo de “seriedad” ni la propongo, y me decepciona tal interpretación de lo que dije. Repito, todo depende del caso y del contexto, y de las verdaderas intenciones de los involucrados en el asunto.

Con respecto a la solemnidad, al menos en mi experiencia, los cubanos en general son mucho más propensos al relajo que a la solemnidad, aunque ciertas “figuras,” sobre todo si viven del cuento, hagan gala de solemnes. Yo tampoco tenía en mente a tales figuras, o figurines, que son bastante fáciles de detectar y por lo tanto de tratar como se merecen. No solamente rechazo la "seriedad" perversa del castrismo; también rechazo el cinismo "juguetón" de un Grau San Martín, al que aparentemente le daba lo mismo una cosa que la otra y pretendía estar por encima de la "bobería" y ser tremendo bicho, aunque lo que hizo fue tremenda mierda. O sea, hay que darle a cada cosa su debido lugar y su debido peso, y tratarla de acuerdo a su naturaleza.