lunes, 23 de diciembre de 2019

Gusanos, mercenarios, bandidos, escorias


Por Enrique Del Risco

La Historia no la escriben necesariamente los vencedores. La Historia suelen escribirla historiadores que sí, con frecuencia están a sueldo de los vencedores que son los que quedan en mejores condiciones para subvencionar a los historiadores después de cada contienda. Pero incluso cuando la Historia no la escriban los vencedores debemos tener en cuenta que la Historia como tal no está compuesta de hechos sino de palabras. Compuesta por un lenguaje que refleja otra guerra, la guerra de insultos, invectivas, descalificaciones que precede y acompaña a las acciones físicas. Una guerra en la que —y en eso Goebbels, el ministro de propaganda nazi, lo tenía claro— no ganan necesariamente la inteligencia y la racionalidad sino la repetición y el volumen.

La entronización en Cuba a partir de 1959 de un régimen político totalitario impuso reglas de juego más a tono con los preceptos de Goebbels. Ya no se trataba de la propaganda elaborada por un gobierno o por la prensa afín para difamar a sus opositores. A partir de entonces se erigió un sistema que no solo controlaba por completo la esfera política sino también los medios de difusión masiva, la publicidad, las casas editoriales, el sistema educativo un complejo y ubicuo entramado de organizaciones de masas para imponer la ideología y voluntad política de su líder. Cada vez que Fidel Castro comparecía ante las cámaras de televisión para pronunciar sus maratónicos discursos —que en la década del sesenta alcanzó una frecuencia semanal— sus palabras eran transmitidas por todos los canales de televisión existentes y por todas las emisoras nacionales de radio. Pero no solo eso: en los días siguientes sus palabras eran reproducidas literalmente por toda la prensa escrita y luego “discutidas” —esto es repetidas, machacadas y digeridas— en multitud de “círculos de estudio” cual si de textos bíblicos se trataran. Y más allá de esto sus principales frases eran repetidas en vallas por todo el país, en los actos matutinos de las escuelas o en los textos oficiales por los que estudiaban niños y adultos. O luego servían de exergo a los libros académicos para justificar la visión del autor que las más de las veces era la del poder que lo autorizaba a existir como tal.

Pero no pretendo decir que esos discursos que se agolpaban en la prensa nacional conformaban la mentalidad de los cubanos a su imagen y semejanza. Después de todo muchas veces los nuevos discursos negaban lo que se había dicho en los anteriores. Más importante que la difusión de las ideas del líder fue la deformación del vocabulario cubano hasta incapacitarlo para dar cuenta de su propia realidad. La escritora Masha Gessen al estudiar el caso soviético afirma que “la capacidad de dar sentido a la propia existencia en el mundo es propia de la libertad” y que “el régimen soviético despojó a las personas no solo de la aptitud para vivir en libertad, sino también de la capacidad para comprender cabalmente de qué se les había despojado y cómo había ocurrido esto”. Así el régimen buscaba “aniquilar la memoria personal y la memoria histórica tanto como el análisis académico de la sociedad” y su sistemática labor de propaganda fue de hecho un ataque a “la humanidad de la sociedad rusa, que perdió las herramientas e incluso el lenguaje para entenderse” (Gessen.15) De eso precisamente quiero hablar en esta ponencia: del lenguaje del castrismo. Porque no se trata solo de que la sociedad cubana haya perdido las palabras para explicarse a sí misma sino que estas han sido sustituidas por un léxico ideado para hacer más profunda tal incomprensión.

El lingüista judío alemán Victor Klemperer apuntaba en su estudio de La lengua del Tercer Reich que en el esfuerzo propagandístico de los nazis “el efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles” ni nada “que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes”. De acuerdo con Klemperer el “nazismo se introducía más bien en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” (Klemperer.31). Klemperer, lingüista al fin, estaba convencido de que “el lenguaje no solo crea y piensa por mí sino que guía a la vez mis emociones”. Y lo decía ante la evidencia de que incluso la caída del Tercer Reich no había conseguido llevarse consigo el lenguaje que creó sino que este persistía incluso entre quienes desde una ideología contraria intentaban describirlo.

Si observamos el caso cubano debemos reconocer el triunfo casi total de la neolegua totalitaria. El léxico impuesto desde el poder ha sido adoptado no solo por su sistema de propaganda o por sus repetidores dentro o fuera de la isla sino por el cubano de a pie, por los cubanos cultos, por los exiliados, por los académicos de adentro o afuera, por castristas o anticastristas. Las expresiones usadas para definir el régimen cubano “Revolución Cubana”, “Cuba socialista” son las escogidas por él mismo; su peor crisis no conoce otra denominación que la de “Período Especial”; a la disidencia que se produjo dentro del seno del Partido Comunista a finales de los sesenta la llaman por el despectivo epíteto de “microfracción” y a la destrucción de los remanentes de pequeña empresa y el trabajo por cuenta propia en 1968 se le conoce como “Ofensiva Revolucionaria”; y al repunte ideológico y represivo alentado por el apoyo chavista y la campaña alrededor del balserito Elián González se insiste en llamarle “Batalla de las Ideas”. Cualquier intento por describir lo que ha pasado en la isla en las últimas décadas con mayor apego al fenómeno en sí y menos al vocabulario que ha producido es visto como tendencioso, extremista, poco objetivo. La lengua del castrismo ha demostrado ser, en fin, su baluarte más firme. De tan ubicua y aceptada que es se ha vuelto invisible incluso para sus propios detractores.

Uno de los casos en los que la lengua del castrismo ha mostrado su eficacia es en nombrar a sus enemigos. En su intento de negarles agencia, dignidad, voluntad propia y, llegado el caso, hasta su propia humanidad. En ese sentido la palabra “gusano” fue y sigue siendo un hallazgo ejemplar. Aparecida en el apogeo de la instauración del régimen totalitario y cuando este encontraba una mayor resistencia interna, el término imitaba “la visión apocalíptica nazi” en la que al decir de un estudioso los judíos “putativos enemigos de la civilización […] eran representados como organismos parásitos como sanguijuelas, parásitos, piojos, bacterias o vectores de contagio” (Smith.15). El propio Hitler había proclamado en su Mein Kampfque “El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez” (Hitler.185-186).

El primer discurso donde Fidel Castro menciona la palabra “gusano” corresponde al del día 2 de enero de 1961. Allí la repite nada menos que 23 veces. Su estrategia para entronizarla se hace evidente. Empeñado en representar el papel de David frente al Goliath norteamericano Castro debe reconocer no obstante la existencia de una resistencia interna pero insistiendo en su total dependencia del enemigo externo. “Ese enemigo poderoso dice Castro ha sido el encargado de “revolver la gusanera” aquí en nuestro país […]  Y los gusanos se han removido, los gusanos se han agitado”. La resistencia interna no sería una reacción de descontento ante el régimen sino el rezago de un pasado putrefacto porque “los gusanos no pueden vivir sino de la pudrición […] no podían vivir ni hacer de instrumentos del imperialismo, como no fuese en el mundo y en el medio corrompido en que vivía nuestro pueblo antes del día luminoso del 1ro de enero de 1959” (Castro. 2 de enero, 1961). Y si yo hablaba antes de un hallazgo es porque “gusano” al tiempo que difama al contrario retiene una suerte de desparpajo popular. Gracias a eso consigue entrar en el vocabulario corriente como una disyuntiva frente a la que cada cubano debía definirse. Una disyuntiva que se resume en este diálogo de la película Memorias del subdesarrollo: “Tú no eres revolucionario ni “gusano”. “¿Entonces qué soy?”. “Nada, tú no eres nada”. 
Fotograma de "Memorias del subdesrrollo"

Con el epíteto “gusano” se busca, además, reducir la complejidad de la oposición al castrismo —desde el latifundista hasta el revolucionario frustrado— a una imagen elemental y única. Según Klemperer el principio en que se basaban los insultos nazis era este: ¡Que tus oyentes no se planteen un pensamiento crítico, trátalo todo de manera simplista! Si hablaras de varios adversarios, alguien podría pensar que tú, el aislado, tal vez no tuvieras razón… Así pues, redúcelos a un común denominador, ponlos todos juntos en un paréntesis, establece un rasgo común entre ellos” (Klemperer.254) 

Cartel reciente contra la bloguera Yoani Sanchez
Tal fue la naturalización del vocablo “gusano” que en mi primer día en una universidad norteamericana, hace ya veinte años, al presentarme como cubano que vivía acá un estudiante latinoamericano me preguntó “Pero tú, ¿eres cubano o gusano?” Así, con el mismo aire curioso que si me preguntara si era de La Habana o de Santiago de Cuba. O para que el año pasado en un congreso español sobre cine histórico una ponente de la Universidad de Cádiz, precisamente al explicar otra película de Tomás Gutiérrez Alea, (Las doce sillas) dijera que “Esta obra se hace eco de las primeras medidas llevadas a cabo por los revolucionarios como las expropiaciones y sus consecuencias que cristalizaron en el éxodo masivo de amplios sectores de la oligarquía y burguesía cubanas a Miami que, desde aquella época y siempre, se les apodó de gusanos para significar su esencia corrupta y servil” (Pérez Murillo.617).

Pero con tal epíteto no se buscaba únicamente significar la “esencia corrupta y servil” de los así llamados “gusanos” sino también justificar su exterminio. Elías Canetti explica en su famoso libro Masa y poder que con la animalización del contrario el “detentador del poder además que degrada a los hombres hasta convertirlos en animales […] degrada a nivel de alimaña todo lo que no es apropiado para ser dominado, y finalmente lo extermina por millones” (Canetti.382). No sorprende que en un discurso Fidel Castro admita que “a los que no podamos convencer ni persuadir ni neutralizar, a los que nos combatan, a los que nos hagan la guerra sencillamente [deberemos] hacerles la guerra […] a los contrarrevolucionarios activos, como parásitos que son […] como gusanos que son […] como servidores del imperialismo que son [debemos] exterminarlos” (Castro.13 de marzo,1961).

No fue “gusanos” la única designación utilizada por el castrismo contra sus adversarios. Otra que ha tenido empleo extenso es la de “mercenario”, asociada desde 1961 a los miembros de la brigada 2506 derrotada en Playa Girón. Incluso antes que desembarcaran a lo largo de la bahía de Cochinos ya Fidel Castro había desarmado a los futuros invasores de cualquier objetivo autónomo llamándolos “mercenarios”. En un discurso del 4 de marzo de 1961, cuando todavía faltaba más de un mes para la proyectada invasión Castro repite 21 veces el vocablo. Como para asegurarse que penetrara en el léxico de su sistema de propaganda y a su vez en el de toda la nación. 

Y así fue. De la eficacia del vocablo da cuenta la manera en que se entronizó en el habla coloquial cubana. Al punto que en la conocida canción “Memorias” de un cantautor “contestatario” como Carlos Varela al tiempo que evoca la censura contra “los discos de los Beatles” añade, con aire alegre que “cambiamos mercenarios por compotas/ cuando Playa Girón” (Varela). El régimen consideró este término lo suficientemente eficaz como para que entrado el siglo XXI, ante la aparición de una nueva hornada de disidentes, volviera a endilgárselo como si una nueva invasión se tratara. Si esta vez el término no ha calado en el habla popular al menos justifica la insistencia de la prensa oficial en cuestionar las fuentes de financiamiento de los disidentes y presiona a estos a que den explicaciones sobre su financiamiento.

También está el caso de la expresión “bandidos del Escambray”, usada para calificar a las guerrillas rurales que enfrentaban al régimen cubano en los años sesenta. Fue una frase que al mismo tiempo cuestionaba la catadura moral de los rebeldes y reducía a fenómeno local lo que fue en su momento de mayor actividad una serie de levantamientos guerrilleros que abarcó todas las provincias del país. Aunque Fidel Castro hablara profusamente de “bandas contrarrevolucionarias” curiosamente el término “bandidos” fue poco usado por este para referirse a los que se rebelaban contra su régimen. Pero es obvio que el sistema de propaganda fue instruido al detalle de cómo debía manejarse ante ese fenómeno. De manera que la represión contra estas guerrillas campesinas fue conocida como Lucha Contra Bandidos y el esfuerzo por exterminarlas fue oficialmente bautizado como la “Limpia del Escambray”. Tal manipulación lingüística ha sido lo bastante exitosa como para que rara vez se use el término “guerrillas” para referirse a esta forma de resistencia ni siquiera entre los historiadores del exilio. En su afán de exterminarlos el régimen estaba consciente que el cerco y el aislamiento físico al que sometió a estos combatientes no estaría completo sin el correspondiente acoso lingüístico.

La imaginación mostrada por el régimen castrista para destruir a sus contrarios ha sido demasiado profusa para no pretender siquiera resumirla en esta ponencia. Sin embargo, no quisiera cerrar este recuento sin referirme a otro epíteto que marcó época en la Historia cubana. Me refiero a “escoria”. Su uso se circunscribe especialmente al año 1980 y a los sucesos que desembocaron en la crisis de la embajada del Perú en el que casi 11 mil personas buscaron refugio en la sede diplomática peruana en La Habana y al posterior éxodo por el puerto del Mariel de más de 125 mil cubanos hacia los Estados Unidos. Una palabra hasta entonces extraña al habla cubana aparecía indisociable de aquellos sucesos. 
 No fue Fidel Castro el primero en pronunciarla. Al menos no en sus discursos. La menciona el 1ro de mayo de ese año cuando la crisis llevaba un mes de iniciada y ya era el término oficial usado por la prensa para aludir a los que intentaban escapar. En esta ocasión, al parecer, el régimen prefirió que dicha palabra pareciera surgir del propio pueblo, un clamor popular que era en realidad el muñeco del ventrílocuo. Hasta donde he podido investigar la primera mención que aparece en el órgano oficial del partido Comunista de Cuba, el diario Granma, es el 7 de abril, a una semana exacta de la entrada en la embajada de los primeros solicitantes de asilo en un editorial titulado “La posición de Cuba”. El objetivo de este es presentar a los refugiados como antisociales (haciendo énfasis especialmente en la condición homosexual de “no pocos de ellos”), seres que no merecían ser protegidos por ninguna ley de asilo político. Dice el editorial:

Como dijo Fidel en la clausura del último Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la histórica empresa de hacer una revolución y construir el socialismo es absolutamente voluntaria y libre. Aunque en nuestro país no se persigue ni hostiga a los homosexuales, entre los que se alojaron en el patio de la embajada peruana había no pocos de ellos, amén de aficionados al juego y a las drogas que no encuentran aquí fácil oportunidad para sus vicios (“La posición de Cuba”)

Luego el editorial exhibe sus dotes telepáticas: “Nuestro pueblo trabajador piensa unánimemente: “¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!” (“La posición de Cuba”). Difícil suponer que tal palabra apareciera espontáneamente en boca del pueblo. Sobre todo si se piensa que este ya disponía de otros términos como el de “gusano” que también se usó profusamente en aquellos días. Pero el régimen tenía buenas razones para poner a circular otro apelativo. Si se atiende a la lógica con la que se presentó la palabra “gusano” su recuperación dos décadas resultaba embarazosa para el régimen. ¿Acaso los gusanos no anidaban en la podredumbre? Llamarles gusanos en 1980 equivalía a reconocer que la llamada revolución producía su propia putrefacción. De ahí que el término “escoria” pareciera más apropiado. El residuo que sobrenada en los hornos al fundir los metales parecerá demasiado rebuscado como invención popular pero conveniente para presentar a los refugiados como el deshecho de la forja de una nueva sociedad. Esa era la imagen que trataba de ofrecer de sí mismo un régimen que quería convertir la fuga masiva de sus ciudadanos en expulsión de desechos. No por gusto un artículo que publicara en aquellos días el entonces viceministro de relaciones exteriores cubano Ricardo Alarcón se titulaba “El acero y la escoria” (Alarcón). 

“Escoria” fue el epíteto obligatorio para definir a aquellos que escaparon en el ochenta. Tanto como para que en la prensa cubana aparecieran titulares como este: “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos” (Armendariz.6). Todavía hoy se asocia automáticamente aquel éxodo a la palabra “escoria”. El escritor Juan Abreu, miembro insigne de aquella generación, recuerda cómo en Barcelona, al mencionar el año de su partida un joven recién salido de Cuba le comentó: “Así que tú eras parte de la escoria”. Abreu aclara que “la palabra fue pronunciada a la ligera, sin intención peyorativa. Todo lo contrario, sonó como una burla a la forma en que el régimen cubano calificó a los ‘marielitos’” (Abreu.10). Y sin embargo Abreu no deja de traslucir una incomodidad que resuelve invocando a algunos hoy muertos ilustres que en aquellos días llamaban “escoria”. En primer lugar a Reinaldo Arenas “esa escoria cubana” de quien Abreu se precia de “haber sido amigo”. Arenas le basta a Abreu para reconciliarlo con su “país, que lo dio a él, en una época llena de cobardes, delatores, oportunistas y canallas” (11). Y Abreu también piensa en otros escritores como Roberto Valero, Guillermo Rosales o en el artista Carlos Alfonzo. Y al invocar aquella noche a sus muertos Abreu confiesa: “Volví a ser lo que más soy, un marielito, una escoria. Es decir, una forma de ser transgresor, marginal, según lo veo. Un hombre orgulloso de venir de donde viene. Alguien feliz de haber nacido en el mismo lugar que estos amigos que acabo de recordar. De esta gente que sabía que uno no puede venderse en lo fundamental, ni claudicar en lo fundamental. Yo no creo en Dios y, sin embargo, alzo los ojos a este cielo pastoso e imploro por ellos, con humildad llena de vida y de peligro: “Por favor, no olvides a la escoria” (14).   

No estoy seguro que la manera más recomendable de lidiar con la lengua del castrismo, una lengua creada para controlar nuestras emociones y pensamientos, sea la de Abreu: esa prestidigitación con que convierte un insulto en motivo de orgullo. Después de todo Abreu es un poeta, condición que casi ninguno de nosotros comparte. Y no lo digo porque Abreu literalmente escriba poesía sino por la especial atención y uso que hace del vocabulario heredado. Pero podríamos imitarlo al menos en esa atención e intención máximas con que hace uso de una lengua que fue creada para dominarnos.



Bibliografía

Alarcón de Quesada, Ricardo. “El acero y la escoria”. Granma, 13 de mayo, 1980, p. 6.

Armendariz, Jorge. “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos”. Granma, 17 de junio, 1980, p. 6.

“La posicion de Cuba”. (Editorial). Granma, 7 de abril, 1980, p.1.

Castro. Fidel. “Discurso pronunciado en el desfile efectuado en la Plaza Cívica, el 2 de enero de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f020161e.html

---------------. “Discurso pronunciado en el acto de recordación  a los Mártires del Asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, celebrado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1961”.http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f130361e.html

Gessen, Masha. El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo. Madrid: Turner Publicaciones SL, 2018.

Hitler, Adolf. Mi lucha. file:///C:/Users/enris/Downloads/Adolf%20Hitler-Mi%20Lucha(1).pdf

Klamperer, Victor. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona: Editorial Minúscula, 2012.

Perez Murillo, María Dolores. La Revolución Cubana filmada por Tomás Gutiérrez Alea. https://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/24789/Revolucion_Perez_CIHC_2017.pdf

Smith, David Livingstone. Less than human : why we demean, enslave, and exterminate others. New York: St Martin Press, 2011.

Varela, Carlos. https://www.letras.com/carlos-varela/1266095/

domingo, 22 de diciembre de 2019

Bailando Casino por Pedro Lorenzo


Pedro Lorenzo es uno de los escritores humorísticos más agudos que ha dado Cuba en décadas. Que no lo sepa demasiada gente se debe en parte a la mala suerte de empezar a publicar poco antes de que la mayoría de las publicaciones humorísticas del país desaparecieran por razones ajenas a su voluntad (a la de Pedro Lorenzo quiero decir). Aún así Pedro Lorenzo insistió en ser parte fija de "Esperando por Gutenberg" la peña que celebrábamos mensualmente junto a Eduardo del Llano y algún otro invitado ocasional en La Madriguera de la Quinta de los Molinos en los meses más inmisericordes de los inmisericordes años noventa. Luego de eso Pedro Lorenzo pasó a la clandestinidad literaria y al internacionalismo pedagógico dedicándose a dar clases por medio mundo. Ahora Pedro me envía desde Cuba un texto que Dios quiera que sea el primero de muchos.

Bailando Casino

Por Pedro Lorenzo

Televisión Cubana, canal Cubavisión, lunes 16 de diciembre de 2019. Hora… bueno, digamos que fue después de la novela, porque hablar de horarios en nuestra inefable tele es como pretender acariciarle el lomo al felino de Schrödinger. El programa en cuestión ostenta el ominoso título de “Sólo la verdad” y versaría sobre el tema de los paraísos fiscales, los “Panamá Papers” y la proyección de la película “The Laundromat”, título traducido por razones obvias de gancho comercial como “Dinero Sucio” en la versión que se nos presentaba. Se trata de un filme correcto y sin pretensiones que utiliza actores de primera línea para darnos una visión entretenida y didáctica de un tema usualmente árido para el espectador “Rápido y Furioso” de los tiempos que corren, así que decidí darle una segunda ojeada, pues ya había disfrutado de él a través de “el paquete”. Y ahí empezaron mis cuitas, de las que pretendo dar una apretada síntesis en lo que sigue.

Del inevitable comentarista previo al filme ni me quejo, pues para eso está el “mute” de mi control remoto. Aceptémoslos como un mal inevitable y pasemos página. Impecable copia del filme, traducción correcta, Antonio Banderas y Gary Oldman en las pieles respectivas de Fonseca y Mossack conduciéndonos por los laberintos del mundo de las finanzas internacionales, todo a pedir de boca. Hasta que llega el momento en que una abatida Meryl Streep en su rol de embaucada clienta pregunta: “Cash? Who pay cash?”, a lo que la “realtor” interpretada por una Sharon Stone en ese modo “superbitch” que la ha hecho famosa responde: “Russians!”. Nada que reprobar a lo que oigo, pero sí a lo que veo, porque el subtítulo perfectamente sincronizado pone: “Europeos”, cosa que continúa sucediendo a lo largo del filme cada vez que hay que referirse a los hijos de la perestroika. A menos de que se trate de un anticipo del plan secreto de Putin para apoderarse de todo un continente, no creo que ningún traductor en sus cabales sea capaz de cometer y repetir tamaña pifia. Y tamaña falta de respeto a las alumnas y alumnos del programa “Inglés Para Todos” también disponible, para mayor afrenta, en horas de la mañana del siguiente día por las mismas pantallas. Y esto era sólo el comienzo.

El filme, que como ya dije, no escatima didactismos, está dividido en capítulos o “secretos” numerados sucesivamente. Cada “secreto” comienza con un detallado primer plano del papel moneda del país en el cual transcurre la anécdota. El dólar en el “Secreto 1”, el rublo en el “Secreto 2”(*) , el peso panameño, el euro, etc. Y llegamos al “Secreto 5”, cuyo título es “Making a Killing” que al estar traducido como “Liquidar” pierde toda su polisémica riqueza, pero esa es una decisión literaria, no política, y sinceramente no se me ocurre otra mejor. ¿Recuerda Ud. el caso de Neil Heywood, el hombre de negocios envenenado por la esposa de un alto funcionario del Partido Comunista de China en relación con un sonado caso de corrupción ocurrido en 2011 en ese país? Claro que no, si su única fuente de información es Granma y el Sistema Informativo de la Televisión Cubana. Pero en caso contrario, sabrá que se trata de una trama que más que para otra película, da para toda una serie, con giros inesperados, villanos, policías corruptos y políticos venales con el fotogénico trasfondo de los rascacielos del “milagro chino”. El director Sonderbergh hace lo que puede por narrar los hechos en unos magros 13 minutos que debieron parecer interminables a los abnegados podadores del bonsái ideológico cubano, pues a partir de ahí los susodichos abandonan toda compostura y  la sala de edición pierde su apariencia de quirófano para convertirse en una de esas construcciones japonesas con frágiles puertas de corredera destinadas a recibir los surtidores de sangre tan populares en las películas de samuráis de los novecientos sesenta. Para empezar, se rompe la coherencia visual introductoria, porque el billete de 100 yuanes con la efigie de Mao brilla por su ausencia en la versión descafeinada que se nos obsequia a los televidentes isleños. No tengo la grabación de la misma para comparar números, pero diría que menos de un 50% del segmento chino sobrevivió al frenesí editorial. Ni siquiera se molestaron en hacerlo bien desde un punto de vista técnico, pues puede verse a un actor dar gracias por una historia que su interlocutora le hizo previamente en el original y de la cual el televidente cubano no tiene ni puta idea por la sencilla razón de haber sido purgada de la maltrecha copia. Parten, sin lugar a dudas, de una lógica irrefutable: Si aún nos sintonizan, muy inteligentes no serán, ¿no?

Se preguntarán por qué se rehúsan a cortar por lo sano y reeditar los números subsiguientes de forma consecuente. ¿Y renunciar a la oportunidad de convertir el fragmento en un capítulo más del serial cubano “Tras la Huella” con policías de cartón tabla que siempre atrapan al delincuente corrupto y para nada vinculado a las esferas de poder en operativos impecables con música de fondo de José María Vitier? ¡De eso nada, monada! Ya bastante es que el programa se llame “Sólo la verdad”. El añadido de “…toda la verdad y nada más que la verdad” comienza a sonar a courtroom drama americaniche y esto es 100% CUBANO, qué tú te crees…

Del teletexto que informa la programación con gazapo incluido.
Sabemos que una golondrina no hace verano, pero esto comienza a parecerse a una escena de “Los Pájaros” de Hitchcock. “Conozcamos China” con sus recetas de panda estofado con retoños de bambú tierno. Putin en la tele defendiendo a sus deportistas contra el escándalo del doping y Granma y sus huestes de periodistas sudándole la fiebre. Desfile militar en homenaje al no-sé-cuál aniversario de la hermana república China en alta definición y aprende, Adolfito, lo que es marcialidad. El serial de Chernóbil , ése que sabemos que anda por ahí y nada podemos hacer por evitarlo, aunque, eso sí, no lo trasmitimos, porque…bueno… no es totalmente fiel a la verdad… ¿Y cuál fue la verdad?... ¡Bueno, esa no fue la verdad y punto! Abuelo, ¿qué son Tianánmen y El Hombre del Tanque? Bueno, ése creo que es un restorán que abrieron en el barrio chino por el Aniversario 500 de La Habana. Y el hombre del tanque quedó en venir hoy a traérmelo y no vino. ¡Y con los problemas que hay con el agua! Abuelo, ¿y quién fue Stalin? ¡Niiiiñooooo!

Yo, que opté hace muchos años por el matrimonio civil con mi memoria “hasta que el Alzheimer nos separe”, recuerdo otros tiempos. Unos muy remotos y breves durante los cuales los chinos fueron buenos y hacían películas como “Héroes con el valor de tigres” y “Guerrillas en el mar” donde 5 narras en una chalupa hundían un acorazado japonés, creo… Por la misma época el protagonista del filme soviético “El Comunista” empujaba él solito, a hombro pela´o, un tren cargado como con 50 vagones de trigo- chúpate ésa, Clark Kent- para acabar con el hambre del koljoz; mientras  la protagonista de “El último disparo” por su parte, ultimaba a tiro de máuser al ruso blanco bajo su custodia y su amante por más señas, antes de permitir que cayese en manos del enemigo (el de ella, no el de él). Y nuestra amistad y lazos de cooperación eran indestructibles y eternos y nada que viniese de allá podía ser malo, ni siquiera los muñequitos. Después cambió lo de los chinos y la película por la cual me hicieron levantarme un domingo por la mañana para ir a ver en sesión limitada a militantes de la juventud y el partido en el teatro de la escuela “Lenin” se llamaba “Noche Negra Sobre China” y , ¡carajo!, como se mataban gorriones allí… Y gente también, pero era una Revolución Cultural, así que no debía ser tan malo. Y luego estuve en Angola y el Verde Olivo Internacionalista dale que dale con aquello de que “con armas y asesores chinos se asesina a nuestros hermanos”. Y cuando se metieron con Vietnam aquello fue festival para los periodistas del patio, que considerando que el DRAE de aquél entonces y hoy DLE se quedaba cortiñán, se inventaron la palabra “sociocidio” para describir los desmanes chinos en suelo vietnamita y continuaron utilizándola hasta que la que “limpia, fija y da esplendor” protestó y dijo que no había que pasarse tres pueblos, que con un simple “genocidio” bastaba. Y nada que viniese de China podía ser bueno. Hasta que un buen día los chinos comenzaron a volverse paulatinamente buenos (no tan buenos como lo son ahora, pero por algo se empieza), justo cuando los rusos (ex soviéticos se les decía entonces) comenzaron a volverse malos y nada bueno podía venir de Rusia y sus ex – satélites y se acabó la cristalería de Bohemia de la Casa de la Cultura Checoslovaca, hasta que un buen día… y lo dejo ahí, porque noto que empiezan a marearse y nadie podría, con justicia, culparlos por ello.

 Yo por mi parte trataré, por difícil que sea, de conservar la sesera mientras me sea posible. Así que me sacaré de la manga un viejo truco de fiesta quinceañera: si estás mareado y sientes que vas a hacer un papelazo, cierra los ojos y pretende que estás bailando. Y ni se les ocurra hablarme de IPhone o Spotify ni nada de eso, que para el caso lo que se impone es este éxito del pasado en casete TDK de los que había que rebobinar con un lápiz amarillo “Great Wall” a menos que lo tuvieses en un LP de la Egrem y pudieses escucharlo en un tocadiscos “Riga” o “Radiotécnica”:

“¿Dónde están los rusos, dónde están los chinos?

Bailando, mamá, bailando casino. “



Pedro Lorenzo

20-12-19

(*) En realidad no estoy seguro de si pusieron el rublo o no en la presentación correspondiente, porque me puse en modo alerta sólo después del parlamento de la Stone. Pero si tuviera que apostar me decantaría por extenderle también su certificado de defunción.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Kundera sobre literatura, cultura y nación


Les presento el discurso que pronunciara el escritor checo Milan Kundera en el 4to Congreso de la Unión de Escritores de Checoslovaquia celebrado entre el 27 y el 29 de junio de 1967 que serviría de antecedente intelectual a la Primavera de Praga. No había encontrado una traducción al español. De ahí que decidiera cometer la atrocidad de pasar por el traductor automático de google una traducción de dicho discurso al inglés para luego revisarlo con toda la prisa que he podido. Mientras aparece una traducción mejor de alguien que tenga a mano el original checo que esto sirva como solución de emergencia a la difusión de un texto que merece ser mejor conocido.


¡Queridos amigos!

Cuando el comité central de la Unión estaba preparando este Congreso, decidió abandonar los discursos introductorios habituales, que siempre fueron extremadamente largos, autoritarios y aburridos, y en lugar de eso, dio a cada uno de ustedes una declaración escrita de sus puntos de vista sobre varios temas de actualidad de política cultural. Muchos de ustedes contribuyeron a esto a través de sus propias sugerencias, por ejemplo Laco Novomesky, Jaroslav Seifert, Juraj Spitzer, Kosik, Brabec, Chvatik, Stevcek y muchos otros. Se discutió en dos sesiones de nuestro propio comité central y su penúltima versión fue muy criticada en una reunión completa del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido. Por favor, no esperen nada teóricamente sofisticado. La idea es mucho más modesta, pero también mucho más ambiciosa, es decir, tratar de llegar a un acuerdo sobre una serie de puntos de vista elementales cuya aceptación general, creemos, ayudaría a un mayor crecimiento de nuestra literatura. No lo consideren, nuevamente, como un texto final, sino como un borrador para nuestra resolución final y como un documento de trabajo, por tanto, diseñado para incorporar todo el espíritu de la discusión que estamos a punto de tener. Falta una cosa en este borrador: una evaluación de la literatura producida durante el período pasado. La omisión es deliberada.

Todos recordamos muy bien esos congresos y, en particular, aquellas conferencias en las que un libro tras otro se alineaba como si fuera el Día del Juicio Final: algunos entonces fueron enviados al Paraíso y se perdieron de vista, mientras que otros fueron enviados al Infierno y todavía son leídos. Obviamente, los criterios que utilizamos en esos días eran erróneos, y quizás nuestras evaluaciones de hoy serían un poco más precisas. Pero ese no es el punto. El principio mismo de la evaluación institucional autorizada es, creo, básicamente poco sólido. Si alguna institución es capaz de tomar una decisión sensata, esto será gracias a su conciencia de sus propias limitaciones y su negativa a sustituir su propio juicio por el proceso libre de percepción de valores. Nuestra propia Unión para empezar, no desea desplazar ese proceso de apreciación literaria a largo plazo, que involucra a toda la gama de críticos y teóricos. No se siente la menor obligación de respaldar Impuh contra Orientace u Orientace contra Impuh, de apoyar a Jarmila Glazarova contra Bohumil Hrabal o viceversa. Nuestro comité central se da cuenta de que su trabajo es permitir que todos puedan expresar su opinión y mantener una discusión libre. Y sabe por amarga experiencia que es mucho más difícil proporcionar garantías de este tipo que emitir juicios rápidos sobre un proceso que, en términos de vida humana, es interminable.

Aún así, hay un juicio general sobre los escritos de los últimos cuatro años que probablemente se mantendrá bastante bien. Ha sido un período de expansión. Espero no tener que documentar este punto con una lista de títulos. Todos conocemos el resultado y cada uno de nosotros tiene sus propias preferencias. Lo principal es que aparecieron una variedad de obras, buenas obras en gran número, y que algunos campos como el cine (que en gran parte pertenece a la literatura y nos concierne por lo tanto) han florecido como nunca antes en la historia del país. Para la literatura checa y eslovaca, y probablemente para el arte checo, estos han sido los mejores años desde 1948: quizás desde 1938. Los mejores durante treinta años, entonces. Esta proporción, de cuatro a treinta, representa el lado sombrío de un veredicto que de otra manera sería gratificante y sugiero que sea algo para recordar como una nota al pie de página de todos nuestros pensamientos y preocupaciones. Viendo que estoy aquí arriba en la plataforma, tal vez permitirían que comparta con ustedes mis propios pensamientos, y pueden contar esto como mi contribución al debate. Solo hablaré sobre problemas checos, pero estoy seguro de que lo que digo se aplica también a los problemas eslovacos.

¡Queridos amigos! Ninguna nación ha estado en la tierra desde el principio de los tiempos y el concepto mismo de nación es bastante reciente. A pesar de eso, la mayoría de las naciones consideran que su propia existencia es un destino evidente conferido por Dios, o por la Naturaleza, desde tiempos inmemoriales. Las naciones tienden a pensar en sus culturas y sistemas políticos, incluso en sus fronteras, como el trabajo del hombre, pero ven su existencia nacional como un hecho trascendente, más allá de toda duda. La historia algo triste e intermitente de la nación checa, que ha pasado por la misma antesala de la muerte, nos da fuerzas para resistir tal ilusión. Porque nunca ha habido nada evidente sobre la existencia de la nación checa y uno de sus rasgos más distintivos, de hecho, ha sido la falta de evidencia de esa existencia. Esto surgió con mayor claridad a principios del siglo XIX cuando un puñado de intelectuales intentaron resucitar nuestro lenguaje medio olvidado y luego, una generación más tarde, también nuestro pueblo gente medio moribundo. La resurrección fue un acto deliberado y, como cada acto, implicó una elección entre los argumentos a favor y en contra. Los pensadores del resurgimiento checo, aunque se decidieron a favor, conocían bien los argumentos en contra.

Se dieron cuenta, como Matous Klacel señaló, que la germanización proporcionaría una vida más fácil para la población de Bohemia y mejores perspectivas de carrera para sus hijos. Sabían que pertenecer al grupo mayoritario brindaba más oportunidades para un trabajo intelectual más influyente, mientras que de usar el idioma checo, como admitió Klacel, "menos personas conocerían los esfuerzos de los estudiosos". Eran muy conscientes de las tribulaciones de las pequeñas naciones que, al decir de Kollar, "piensan a medias y sienten a medias", y cuya cultura es "generalmente mezquina y atrofiada, no completamente viva, sino que se aferra a la vida sin crecimiento ni florecimiento, simplemente vegetando y generando retoños, pero sin troncos resistentes “. Sobre esa conciencia de equilibrio que significa la pregunta '¿Ser o no ser? Y si es así, ¿por qué?’ fueron construidos los cimientos de la historia checa moderna. Cuando los hombres del Resurgimiento optaron por 'Ser', este fue un gran desafío para el futuro. Ahora le corresponde a la nación justificar esa elección en el curso de su propia historia. Fue bueno para la insignificancia básica de la vida checa que Hubert Gordon Schauer, en 1886, le echara en cara a la comunidad checa (pequeña, pero que ya se acurrucaba cómodamente en su propia mezquindad) sus impactantes preguntas. ¿No deberíamos haber contribuido más a la humanidad, preguntó, si hubiéramos aprovechado nuestras energías espirituales para crear la cultura de una gran nación, una cultura que ya está floreciendo en un plano mucho más alto que nuestra propia condición embrionaria? ¿Realmente valía la pena el restablecimiento de la nación? ¿Era el valor cultural de los checos lo suficientemente grande como para justificar su existencia como nación? Y además, ¿sería lo suficientemente bueno como para salvarlos de la desnacionalización en un futuro? El provincialismo checo, bastante contento de mantenerse vegetando, naturalmente consideró esta conversión de certezas en interrogaciones como un ataque a la nación, y en consecuencia marginó a Schauer. Sin embargo, cinco años después, el joven crítico Salda llamó a Schauer la figura más grande de su generación y describió el artículo en cuestión como un acto patriótico en el verdadero sentido de la palabra. No estaba equivocado. Schauer, después de todo, solo había señalado lo que los grandes del Renacimiento checo habían sabido desde siempre. "A menos que", escribió Palacky, "exaltemos el espíritu de nuestra propia nación a actividades más altas y nobles que las de nuestros vecinos, no conservaremos siquiera nuestras prerrogativas naturales". Y Neruda insistió en que "es nuestro deber ahora establecer a nuestra nación en un nivel de conciencia y educación igual al resto del mundo, pero no solo para ganar su reconocimiento sino para asegurar nuestra supervivencia como nación".

Los hombres del Renacimiento checo vieron la existencia de la nación como dependiente de esos valores culturales que la nación podría crear. Además, midieron estos valores, no en términos de su utilidad directa solo para la nación sino por los criterios, como se solía decir, de la humanidad universal. Querían pertenecer al mundo y a Europa. Y esto me recuerda algo bastante peculiar de la literatura checa, que ha dado lugar a un tipo de hombre muy raro en otras literaturas, a saber, el traductor como una personalidad literaria significativa, incluso dominante. Porque uno cae en cuenta que las figuras literarias más grandes del siglo anterior a la Batalla de la Montaña Blanca fueron todos traductores: Rehof Hruby de Jeleni, el primer traductor de Erasmus en cualquier lugar, Daniel Adam de Vele-slavin o Jan Blahoslav. La célebre traducción de Jungmann de Milton es una piedra angular del renacimiento checo. Nuestra producción de traducciones de idiomas extranjeros todavía se encuentra entre las mejores del mundo y los traductores en nuestro país tienen el estatus de personalidades literarias. Está claro por qué se asignó un papel tan importante a la traducción: fue la práctica de la traducción lo que permitió al checo moldearse y perfeccionarse como un idioma a la par de otros idiomas europeos y entrar en posesión de un vocabulario europeo. Además, fue en la forma de esas traducciones que los checos hicieron su propia contribución, en idioma checo, a la literatura europea y en que esta literatura adquirió sus propios lectores europeos en lengua checa.

Para aquellas naciones europeas que son parte central de la historia del continente, el contexto europeo resulta bastante natural. Pero la historia checa muestra una alternancia de períodos de vigilia con períodos de sueño, por lo que nos perdimos varias fases importantes en el desarrollo del espíritu europeo y en cada ocasión nos veíamos obligados a adquirirlo nuevamente de segunda mano y completarlo por nosotros mismos. Para los checos, nada era una posesión evidente: ni su idioma ni su estatus europeo. Su pertenencia a Europa fue un eterno dilema: se permitía que el checo degenerara en un mero dialecto europeo y la cultura checa en un mero folklore europeo, o se era una de las naciones de Europa con todo lo que eso implica. Solo la segunda variante puede garantizar la verdadera supervivencia.

Pero este fue un curso extraordinariamente difícil para una nación que durante todo el siglo XIX había dedicado la mayor parte de sus energías a poner piedras fundacionales, desde escuelas secundarias hasta la Enciclopedia. Sin embargo, a principios del siglo XX, y especialmente en el período de entreguerras, tuvo lugar un florecimiento cultural sin precedentes en la historia checa. En el breve espacio de veinte años, toda una constelación de genios se encargó de la creación de obras que elevaron la cultura checa, en toda su individualidad, hasta los estándares europeos por primera vez desde la edad de Comenio. Este gran período, tan corto e intenso que todavía despierta nostalgia en nuestros corazones, fue ante todo un período de adolescencia, por supuesto, más que de madurez. La escritura checa todavía era predominantemente lírica; todavía estaba tomando impulso y todo lo que necesitaba era tiempo, paz y ausencia de disturbios. Pero el crecimiento de una cultura tan joven fue interrumpido durante casi un cuarto de siglo, primero por la ocupación alemana y luego, casi de inmediato, por el estalinismo, aislándola del mundo exterior, cortando muchas de sus variadas tradiciones domésticas y degradándola al nivel de pura propaganda: esa fue la tragedia que una vez más relegó a la nación checa, y esta vez de manera permanente, a la periferia cultural de Europa.

Que en los últimos años la cultura checa haya dado un nuevo salto hacia adelante y hoy constituya el aspecto más exitoso de la actividad de la nación; que hayan aparecido muchas obras destacadas y que algunas ramas del arte, como el cine, estén alcanzando estándares más altos que nunca; todo eso califica como el evento nacional más importante del período pasado. Sin embargo, ¿la comunidad lo aprecia de alguna manera? ¿Se da cuenta de que ha llegado la oportunidad de continuar la gran adolescencia de nuestra literatura de entreguerras y que esta oportunidad puede no volver a aparecer jamás? ¿Se da cuenta la nación de que el destino de nuestra cultura es su propio destino? ¿La creencia de los Revivalistas es menos cierta hoy en día, que la existencia de la nación no puede garantizarse sin valores culturales sólidos? 
El papel nacional de la cultura ciertamente ha cambiado desde el Renacimiento checo del siglo XIX y hoy apenas estamos amenazados con la opresión nacional. Sin embargo, creo que la cultura no es menos esencial para nosotros como justificación y garantía de la nación. En la segunda mitad del siglo XX hemos visto abrirse grandes perspectivas de integración. El progreso humano se ha fusionado por primera vez en un único desarrollo mundial. Las formaciones nacionales pequeñas se combinan en formaciones más grandes. Los esfuerzos culturales internacionales se están concentrando y coordinando. Viajar se ha convertido en una actividad masiva. Con todo esto, la importancia de unos pocos idiomas mundiales, los más importantes, aumenta, y cuanto más internacional se vuelve cada parte de nuestras vidas, más restringido es el campo para los idiomas de las naciones pequeñas.

Estuve hablando recientemente con un belga de habla flamenca, un creador teatral, que se quejó de la amenaza de su lengua materna. La intelectualidad flamenca, dijo, se estaba volviendo bilingüe y daba preferencia al inglés como el camino hacia un contacto más directo con la vida académica extranjera. En tal situación, una nación pequeña solo puede proteger su idioma y su individualidad por la posición cultural de ese idioma, por la singularidad de los valores que ha creado y con los que el mundo la asocia. La cerveza Plzen, por supuesto, también es un "valor". El problema es que en el exterior se la bebe bajo el nombre alemán de Pilsner Urquell. Pilsner no es suficiente para justificar la afirmación de los checos de tener un idioma propio. Y el mundo del futuro, a medida que avanza la unificación, nos pedirá de manera despiadada, pero no sin razón, que presentemos nuestras cuentas y justifiquemos la existencia que elegimos para nosotros hace ciento cincuenta años, y nos preguntará por qué tomamos esa decisión. Es de suma importancia que toda nuestra comunidad nacional sea plenamente consciente de cuán vitalmente esenciales para nosotros son nuestra cultura y literatura.

La literatura checa, y esta es otra de sus características especiales, tiene muy poco de aristocrática: es una literatura plebeya estrechamente vinculada al gran público nacional. Esa es su fuerza y ​​su debilidad. Su fuerza, ya que le proporciona una base de apoyo firme donde su lengua encuentra un eco claro; su debilidad, porque aún no está emancipada del nivel de educación pública y la liberalidad mental que es altamente susceptible a cualquier muestra de filisteísmo popular. A veces temo que nuestra cultura actual pueda estar perdiendo ese estándar europeo que los humanistas y los Revivalistas checos tenían en mente. El mundo de la antigüedad grecorromana y el mundo del cristianismo, esos dos pilares del espíritu europeo que le dan su fuerza y ​​tensión, casi han desaparecido de la conciencia del joven checo educado, una pérdida irremediable. Porque hay una continuidad de hierro en el pensamiento europeo que resiste a cada revolución intelectual y ha creado su propio vocabulario, su propio fondo de metáforas, sus propios mitos y temas, sin los cuales los europeos cultos no pueden comunicarse. Leí recientemente un informe terrorífico que describe el conocimiento de la literatura mundial alcanzado por nuestros futuros maestros de checo. Odio haberme enterado de su poca familiaridad con la historia mundial.

El provincialismo no es solo una tendencia literaria. Es ante todo un problema que afecta toda la vida del país, comenzando por sus escuelas y sus periódicos. Hace poco vi la película Las margaritas que habla de dos chicas gloriosamente repulsivas, tan satisfechas con su propia mediocridad deliciosa que destrozan alegremente todo lo que trascienda su propio horizonte. Me pareció que lo que estaba viendo era una parábola muy actual con implicaciones de largo alcance, una parábola sobre el vandalismo. ¿Quiénes son los vándalos de hoy? No es un campesino analfabeto que, en un ataque de ira, incendia la mansión del hacendado odioso. Los vándalos que veo a mi alrededor en estos días son personas adineradas, educadas, satisfechas consigo mismas y que no guardan un rencor particular por algo. El vándalo de hoy es un hombre orgulloso de su mediocridad, muy a gusto consigo mismo y dispuesto a insistir en sus derechos democráticos. En su orgullo y su mediocridad se imagina que uno de sus privilegios inalienables es transformar el mundo a su propia imagen, y dado que las cosas más importantes en este mundo son las innumerables cosas que trascienden su visión, ajusta el mundo a su propia imagen, destruyéndolo. Un joven golpea la cabeza de una estatua en el parque porque la estatua lo insulta con su tamaño sobrehumano, y le da placer hacerlo porque cada acto de autoafirmación le da satisfacción como hombre. Las personas que viven exclusivamente en su propio presente inmediato, sin cultura ni conciencia de continuidad histórica, son muy capaces de convertir su país en un páramo sin historia, sin memoria, sin eco ni belleza.

El vandalismo de hoy asume más formas de las que la policía puede perseguir. Si los representantes legales del Estado o los funcionarios competentes, deciden que una estatua, un castillo, una iglesia o un tilo centenario son superfluos y ordenan su eliminación, es otra forma de vandalismo. Básicamente no hay diferencia entre la destrucción legal e ilegal, entre la destrucción y la prohibición. Un diputado checo solicitó recientemente en el Parlamento, en nombre de otros veintiún diputados, la prohibición de dos películas checas serias e inteligentes. Una de ellas, irónicamente, fue esa parábola de los vándalos, Las margaritas. Vituperó brutalmente ambas películas, mientras se jactaba insistentemente de que no las entendía. Lo contradictorio de tal actitud es solo superficial. Las dos obras constituían una ofensa esencial al trascender los horizontes humanos de sus jueces, al punto de que se sintieran insultados por ellas. (Aplausos.)

En una carta a Helvetius, Voltaire tiene la maravillosa frase: no estoy de acuerdo con lo que estás diciendo, pero lucharé hasta la muerte por tu derecho a decirlo. Esta es una forma de exponer el principio moral básico de la civilización moderna. Retroceder en la historia más allá de este principio es retroceder desde la Modernidad hacia la Edad Media. Toda supresión de opiniones, incluida la supresión forzada de opiniones equivocadas, es hostil a la verdad. Porque la verdad solo puede alcanzarse mediante un diálogo de opiniones libres que gocen de igualdad de derechos. Cualquier interferencia con la libertad de pensamiento y palabra, por discreto que sea el procedimiento y la terminología de tal censura, es un escándalo en este siglo, una cadena que enreda las extremidades de nuestra literatura nacional mientras trata de avanzar. 
Una cosa es seguramente indiscutible. Si nuestro arte ha florecido, es porque la libertad intelectual ha aumentado. El destino de la literatura checa depende vitalmente, justo ahora, del grado de libertad intelectual que existe. Tan pronto como uno menciona 'libertad', por supuesto, algunas personas parecen tener una reacción alérgica y objetan que la libertad debe tener sus límites en la literatura socialista. Porque, naturalmente, cada libertad tiene sus límites impuestos, por ejemplo, por el estado de los conocimientos contemporáneos, de la educación, del prejuicio, etc. ¡Pero ningún nuevo movimiento progresivo ha sido descrito nunca a partir de sus propias limitaciones! El renacimiento no se definió en términos de la ingenuidad de su racionalismo, que solo se hizo evidente después de un lapso de tiempo, sino en términos de su trascendencia racionalista de las limitaciones anteriores. El romanticismo se vio a sí mismo como un cruce de las fronteras establecidas por los cánones del clasicismo, gracias a los nuevos espacios ganados más allá de esas fronteras. Y la expresión "literatura socialista" no tendrá un significado positivo hasta que también implique una trascendencia liberadora de límites.

En nuestra sociedad se entiende como una virtud más importante proteger las fronteras que cruzarlas. Las consideraciones políticas y sociales más efímeras se utilizan para justificar todo tipo de restricciones a nuestra libertad intelectual. Pero las grandes políticas son políticas que establecen el interés de la época por encima del interés del momento. La calidad de la cultura checa es, para la nación checa, el interés de toda una época. Todo esto es más cierto en un momento en que la nación enfrenta oportunidades bastante excepcionales. En el siglo XIX vivimos al margen de la historia mundial. En este siglo vivimos en su mismo centro. Esto, sabemos, no es un lecho de rosas. Pero la tierra milagrosa del arte convierte el sufrimiento en oro. Incluso convierte la amarga experiencia del estalinismo en un activo paradójico e indispensable.

Odio escuchar que se equipare al estalinismo con el fascismo. El fascismo, basado en el antihumanismo indisimulado, provocó una situación moral bastante simple; dejó intactos los principios y virtudes humanos, porque se presentó como su antítesis. Pero el estalinismo era el heredero de un gran movimiento humano que, incluso en medio de la maldad estalinista, conservaba algunas de sus actitudes, pensamientos, lemas, lenguaje y sueños. Ver semejante movimiento degenerar frente a los ojos de uno en algo completamente opuesto y despojarse de toda virtud humana, verlo convertir el amor por la humanidad en crueldad hacia las personas, convertir el amor por la verdad en delaciones y cosas por el estilo, fue presenciar la increíble degradación de los valores y cualidades humanas básicas.

¿Qué es la historia? ¿Qué es el hombre en la historia? ¿Qué es realmente el hombre? Nadie podría dar la misma respuesta a ninguna de estas preguntas después de tales experiencias. Nadie será el mismo luego de atravesar este episodio de la historia. Y el estalinismo, por supuesto, no es el único problema. Todo el curso de la historia de nuestra nación, dividido entre la democracia, la esclavitud fascista, el estalinismo y el socialismo, y aún más complicado por su cuestión nacional única, presenta cada tema importante que ha convertido a nuestro siglo XX en lo que es. Esto nos permite, tal vez, hacernos más preguntas y crear mitos más significativos que las personas que no han sufrido tal anábasis. De ahí que, supongo, nuestra nación haya experimentado más que muchas otras en este siglo y, si su genio ha estado alerta, ahora sabrá más que las demás. Este mayor conocimiento podría probar que la trascendencia liberadora de los viejos límites, que el cruce de los límites de la sabiduría tradicional sobre el hombre y su destino podría conferirle a la cultura checa significado, madurez y grandeza. Hasta ahora, estas son solo perspectivas, posibilidades, aunque perfectamente realistas, como lo han demostrado muchos trabajos creados durante los últimos años.

Una vez más, sin embargo, debemos plantearnos la pregunta: ¿Nuestro público es consciente de estas posibilidades? ¿Sabe cuáles son sus propias posibilidades? ¿Sabe que la historia nunca ofrece esas oportunidades dos veces? ¿Sabe que perder esa oportunidad significa dejar escapar todo este siglo para nuestra nación checa? "Es de conocimiento general", escribió Palacky, "que fueron los escritores checos quienes, en lugar de dejar que la nación pereciera, la revivieron y le dieron nobles objetivos para lograr". Son los escritores checos los responsables de la existencia misma de la nación y siguen siéndolo hoy. Porque es del patrón de la literatura checa, de su grandeza o mezquindad, de su coraje o cobardía, de su provincialismo o su universalidad, de la que la respuesta a la pregunta existencial de la nación depende en gran medida, a saber: ¿Vale la pena su supervivencia? ¿Vale la pena la supervivencia de su idioma? Estas, las preguntas más fundamentales en las raíces de nuestra nación de los últimos días, todavía están esperando una respuesta definitiva. Todos los que, por su fanatismo, su vandalismo, su falta de cultura o liberalidad, frustran el nuevo florecimiento de nuestra cultura, amenazan también la vida misma de la nación.