domingo, 8 de abril de 2018

Aboliciones


Hechos elementales de la historia cubana se van convirtiendo, gracias a una mezcla de adoctrinamiento y desidia, en cosa de especialistas. Tómese como ejemplo el proceso de erradicación de la esclavitud en Cuba. En Ecured, la Wikipedia cubana (con todo lo que ese adjetivo puede conllevar de limitaciones y provincianismo) en la entrada “Abolición completa de la esclavitud (1870)” se refieren al
“Decreto emitido en 1870 por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República de Cuba en Armas, declarando la abolición completa de la esclavitud”
El resto de las entradas de Ecured referidas a la abolición son: Abolición condicionada de la esclavitud en Cuba (1868); Abolición de la esclavitud en Camagüey (1869); Abolición de la esclavitud en la Revolución de 1868. Ecured parece ignorar que los decretos emitidos por el bando independentista solo tuvieron efecto en los menguados territorios ocupados por este y que dicha institución perduraría en la isla, con sucesivas modificaciones,  hasta 1886.
No es extraño entonces que en una breve reseña sobre la novela de Francisco Calcagno En busca del eslabón. Historia de monos (1888) se diga:     
Aunque el texto no está exento de atisbos racistas, en tanto presenta al negro como situado en un punto entre el mono y el hombre (blanco) en la escala evolutiva, constituye asimismo un intenso cuestionamiento a la esclavitud, desde una posición científica. Debe tenerse en cuenta que para la época las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial.
Si la enciclopedia digital oficial se da el lujo de ignorar hitos tan importantes de la evolución de una de las más infames y decisivas instituciones del pasado cubano cualquier reseñista se puede sentir autorizado a afirmar que en 1888 “las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial”. Teniéndose la idea que se tenga de lo que significa “colonialismo” poco importarían entonces los acontecimientos y las fechas. Si en aquellos tiempos Cuba todavía era una colonia, ergo, “las posiciones abolicionistas eran minoritarias” y por tanto el racismo brutal del autor queda justificado.
En el universo de entelequias en que se va convirtiendo la Historia cubana (de un lado imperialismo, colonialismo, explotación, capitalismo; revolución, independencia, socialismo del otro) los detalles históricos no harían más que perturbar el relato que con mano firme traza el poder.

jueves, 5 de abril de 2018

En el cine

Cuba es como una película larguísima que transcurre como diez veces más lenta que el tiempo real. En algún momento uno (aburrido) abandona la sala pensando que ya no le queda mucho que ver ni falta mucho para que acabe. Pero cuando se asoma a la sala veinte años después se encuentra que están proyectando las mismas escenas que al principio de la película aunque en algunos casos han cambiado los actores. Ya uno recuerda cual será la siguiente escena pero desde las butacas te dicen que te calles. Que te has perdido media película y es lógico que no entiendas lo que está pasando. Y entonces te preguntas si de haberte quedado no seguirías como los que nunca se han levantado de la butaca, expectante ante las escenas que han proyectado una y otra vez.

miércoles, 4 de abril de 2018

Francisco de Miranda y el secreto de Hamilton*

Lo bonito de hacerse independiente es que durante un rato uno se puede hacer la idea de que a partir de ahora la vida será nueva y perfecta. Que todos los problemas han quedado atrás. Así pasa con los hijos que se van de la casa. O con las Trece Colonias cuando se independizaron de Inglaterra. Así pasó con Nueva York que era una de las Trece Colonias originales y con la ciudad que por un ratico (1785-1790) llegó a ser la capital del país (todo un rapto de humildad: luego le dio por ser la capital del mundo). Y uno de los cambios más notorios de Nueva York fue la actitud hacia todo lo que viniera de España, ya fuera los chorizos, el catolicismo o hasta los propios españoles.

Porque hay que recordar que durante la Guerra de Independencia de las Trece Colonias contra Inglaterra tanto Francia como España ayudaron a las colonias rebeldes. No por amor a la libertad: ni el rey francés ni el español tenían intención de liberar sus propias colonias. Era más bien para incomodar a su vieja enemiga, Inglaterra, que para eso son los enemigos. El asunto es que en parte por agradecimiento, en parte porque la constitución de Nueva York de 1777 eliminaba las restricciones contra el culto católico, se consintió que los católicos se asomaran públicamente, celebraran misa y hasta construyeran la iglesia de St. Peter en la calle Barclay.
Entusiasmada, España nombró a un embajador, el banquero vasco Diego de Gardoqui quien durante la guerra había ayudado a enviar fondos y armas a los rebeldes. Gardoqui llegó a Nueva York en 1785 y en su casa en Broadway, cerca de Bowling Green, se celebraron las primeras misas católicas después de la independencia. Misas no clandestinas pero discretas, no fuera ser que la falta de costumbre de los locales los indujera a prenderle fuego al embajador.
Gardoqui debe sentirse muy orondo en las páginas de la Historia por ser pionero en importar a la futura capital del mundo tradiciones como la siesta y comunicarse a grito pelado en español. Pero le tengo malas noticias. Un año antes ya había estado en la ciudad otro hablante del idioma de Cervantes y presunto practicante de la noble institución de la siesta. Me refiero nada menos que a Francisco de Miranda, precursor de la independencia americana, inspirador de Simón Bolívar y gobernante de la primera República de Venezuela.
Miranda, viajero empedernido durante toda su vida, ya llevaba unas cuantas millas acumuladas. Además de su natal Venezuela, conocía España y como militar del ejército español había participado en campañas en Marruecos, Argelia y en el sur de los Estados Unidos en apoyo a la independencia de las Trece Colonias. Su impresión de Nueva York fue muy favorable. “Una tolerancia general en el ramo espiritual forma la base de su gobierno —comenta—, cada uno es dueño de rogar o alabar a Dios en la forma y lenguaje que le dicte su conciencia. No hay religión o secta dominante, todas son buenas e iguales. ¡Así reinase el mismo dogma y principios liberales en lo político!”.
¡Lo que es llegar al lugar adecuado en el momento justo! Si hubiera llegado un ratico antes lo habrían sacado a patadas por venir de la parte equivocada del mundo. Y un par de siglos más tarde, también. Pero Miranda tuvo suerte. Cuando aquello el presidente era Washington. Incluso le regaló ejemplares de El Quijote en español que Washington presumiblemente nunca abrió pero al menos lo agradeció porque en aquellos tiempos regalar un libro —aunque fuese en idioma extraño— no se entendía como una ofensa.
Durante su estancia en Nueva York entre enero y julio de 1784 Miranda conoció a Alexander Hamilton y a Samuel Adams mucho antes de que estos fueran un musical y una cerveza respectivamente. O sea, conoció versiones bastante menos divertidas de ambos. Aun así le cayeron bien. Con Alexander “I’m not throwing away my shot” Hamilton incluso conservó una amistad epistolar durante años. En dicha correspondencia discutían sus planes de liberar América del Sur mientras Miranda viajaba por el mundo y acumulaba experiencias ya fuera conspirando en Inglaterra, peleando como oficial de la Revolución Francesa o conociendo Rusia de la mano de Catalina la Grande.
Miranda acumuló experiencias como futuro precursor de la independencia hispanoamericana por casi treinta años. Si luego las cosas no salieron bien no fue por falta de preparación. Pero antes de su glorioso fracaso final Miranda pasó una vez más por Nueva York. No obstante al arribar, en noviembre de 1804 hacía cuatro meses que su amigo Hamilton había muerto en un duelo contra Aaron Burr llevándose a la tumba el secreto de cómo triunfar… aunque fuese muerto y en Broadway.
Artículo aparecido en la revista Nuestra Voz.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Nueva York y el tiempo exiliado cubano*

Por Enrique Del Risco 
El 25 de septiembre de 1932 el habanero Diario de la Marina publicaba una caricatura de su habitual colaborador, el pintor y dibujante Eduardo Abela en el que dos conocidos personajes suyos, El Profesor y el Bobo miraban un gran reloj público y El Profesor, siempre enterado de las últimas noticias comentaba: “¿No sabes? En New York han atrasado hoy una hora los relojes”. A lo que el Bobo, con su habitual sorna le responde “Ya ves, si estuviéramos allí tuviéramos que esperar una hora más” (Juan.137). ¿Por cuál acontecimiento tendrían que esperar una hora más? Se refería, por supuesto, —y allí radicaba el chiste de la caricatura— a la ansiada caída del dictador Gerardo Machado que no se verificará sino hasta casi once meses después. La mención a la ciudad de Nueva York no es casual y no sólo por la referencia a su adopción del horario normal luego de varios meses del uso del llamado horario de verano. En dicha ciudad radicaba la sede de la llamada Junta Revolucionaria en la que varias organizaciones antimachadistas intentaban ponerse de acuerdo para derrocar al dictador del momento: de ahí la alusión sardónica a que tendrían que esperar una hora más que el resto de los cubanos. Pero si convoco este recuerdo es menos por cómo el caricaturista observaba los entresijos de la política cubana del momento sino porque nos introduce en un tópico no por poco estudiado menos recurrente de la historia cubana que es el de su relación con el tiempo neoyorquino.
Y es que la historia del vínculo de los cubanos con Nueva York lo es también la de la obsesión nacional por sincronizarse con su tiempo. Última de las colonias españolas en América junto con Puerto Rico, cuando ya el resto del continente se había independizado de la metrópoli, último de los territorios americanos en abolir la esclavitud, los cubanos habían visto el transcurrir de su historia como un continuo desfasaje que requería de continuas actualizaciones. No se viajaba a Nueva York para esperar una hora más por los acontecimientos nacionales sino para adelantar los relojes que signaban la evolución del país. Para ello la ciudad de Nueva York se ofrecía como el meridiano cero de la modernidad, aquél por el cual debía poner en hora sus relojes aquella Cuba que, según Carlos Manuel de Céspedes, aspiraba a “ser una nación grande y civilizada” “porque así cumple a la grandeza de nuestros futuros destinos”. No es fortuito que Nueva York fuese el destino obligado de los exiliados cubanos en el siglo XIX, desde Heredia a Martí y lugar de estudio de generaciones de jóvenes cubanos que se preparaban para asumir los retos tecnológicos de la modernidad. O que fuera aquí donde se forjaran varios de los elementos más reconocibles de la heráldica nacional como el escudo, la bandera, la gran novela nacional del XIX o el Partido Revolucionario Cubano de Martí. Como tampoco es extraño que fuera en esa ciudad donde los músicos del siglo XX vinieran a grabar sus discos, a empaparse de los nuevos hallazgos musicales y a fundirlos con los suyos propios o que algunos de los artistas más renombrados de la plástica cubana vinieran en busca de aprendizaje y reconocimiento.
La fundación de la Nación, fuera de un estricto marco geográfico y en una lengua prestada por el conquistador, forjaría una identidad que tenía menos que ver con el espacio que con el tiempo, un tiempo preferentemente futuro ante la carencia de tradiciones o culturas ancestrales que la hicieran gravitar hacia el pasado (de ahí que el intento nostálgico del siboneyismo —la versión local del indigenismo— durara poco y arraigara menos). Frente a lo peor de la intransigencia española, a su carácter empecinadamente retrógrado (o al menos así se le retrataba en la caricatura patriótica cubana) el estandarte más socorrido solía ser el del progreso y el futuro simbolizados en el vecino del norte y en particular con la ciudad que desde 1886 daba la bienvenida con el más monumental símbolo de la libertad. Cuba era una nación que más que definirse por sus fronteras tan claramente delineadas en torno a los bordes de su archipiélago se definía frente al tiempo. Acaso fuera esa la tradición por futuridad de que hablaba Lezama Lima. No una futuridad impuesta por otras potencias sino importada por los sectores más progresivos de la sociedad cubana: desde la vacuna contra la viruela hasta el ferrocarril, desde el béisbol a la televisión.
Y sin embargo lo que parecía ser en principio una persecución lineal entre ambos tiempos, la búsqueda de una confluencia total entre el tiempo cubano y el norteamericano pronto encontrará resistencias decisivas. Si, al decir de Borges, el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos una total sincronía implicaría la desaparición de una de las partes. Somos el ritmo que nos imponemos a contratiempo de la cronología universal. Quiero decir que si en principio a muchos fundadores de lo nacional les pareció necesaria e inevitable la adopción del ritmo exacto de la modernidad pronto se impuso una mirada menos rígida o entusiasta. La modernidad no es un espacio vacío rellenado con cierta noción acelerada y positivista del tiempo. El entusiasmo con que se abrazaba cada novedad tuvo que detenerse en la capacidad o necesidad de digerirla. Entender que esa sustancia de la que estamos hechos, el tiempo, es a la vez la resultante de diversas y a veces contrapuestas velocidades. Esa comprensión —más la propia resistencia norteamericana a embarcarse en la aventura de la anexión— quizás fuera lo que marcara el tránsito del anexionismo al independentismo.
Es curiosa la respuesta literaria que le da Cirilo Villaverde a este problema quien en su propia vida encarna ese tránsito. Cómo pasa de ser el periodista que reseña el desfile de modas —o sea, esa continua persecución del presente— en que se convertían los bailes y funciones teatrales en La Habana de mil ochocientos cuarentitantos al que luego de treinta años de exilio norteamericano se enfrasca, a las puertas del fracaso de la primera guerra de independencia en reconstruir y mitificar episodios de su juventud en su muy personal búsqueda del tiempo perdido. Cómo logró ese prodigio de memoria que fue reconstruir con tanto detalle La Habana de medio siglo antes puede explicarse en parte por ese vicio obsesivo de los exiliados de conservar el pasado como no lo harían los que conviven día a día con los cambios del lugar en cuestión. Villaverde, luego de intentar ofrecerle un futuro distinto a la isla (ya fuera como parte de la Unión Americana, ya fuera como nación independiente), le obsequia un pasado más o menos definitivo, tiempo congelado sobre el que erigir el futuro de la nación, un tiempo remotísimo incluso para aquel Nueva York de fines del XIX en que lo describió.
Para pensar en las fricciones que sufre el tiempo de los exiliados podríamos empezar por ese momento de máximo contraste de velocidades que es el de la llegada. Martí, que luego se erguiría como el fundador del antimperialismo latinoamericano, fue entusiasta como pocos en sus impresiones iniciales sobre la ciudad. “Estoy, al fin en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida” (Martí.1964.106) dice en 1980 con un entusiasmo que nos recuerda las páginas de su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos iluminadas por su estancia en la tierra de Cuba libre: “Y en todo el día ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!” (Ibid.217)
Se trata para Martí de un tiempo esencialmente nuevo, no solo para una de las últimas colonias americanas sino hasta para la propia Europa. El Martí disfrazado de español de sus “Impresiones de un español fresco” reconoce en ambos continentes temporalidades distintas y se pregunta cuál de las dos es el futuro de la otra: “¿Va América hacia Europa o viene Europa hacia América?” (Ibid.124) es la cuestión que plantea pero no parece haber dudas cuando confiesa en un texto precedente: “Me detuve, miré respetuosamente a este pueblo, y dije adiós para siempre a aquella perezosa vida y poética inutilidad de nuestros países europeos” (Ibid.107). Su actitud en aquellos primeros meses de su exilio neoyorquino dista mucho de ese antimperialista militante y secreto de su carta a Manuel Mercado. En julio de 1880 reconoce que “Estoy hondamente reconocido a este país, donde los que carecen de amigos encuentran siempre uno, y los que buscan honestamente trabajo encuentran siempre una mano generosa. Una buena idea siempre halla aquí terreno propicio, benigno, agradecido. Hay que ser inteligente; eso es todo. Dése algo útil y se tendrá todo lo que se quiera...”. (Ibid.107)
Eso no significa que Martí fuera acrítico con el sitio donde pasara la mayor parte de su vida adulta, incluso en aquellos momentos de mayor entusiasmo. Reconoce en medio del vértigo neoyorquino un tiempo nuevo pero ni exento de defectos, ni necesariamente mejor. La comunicación misma se le hace difícil a causa de esa aceleración que parece contaminarlo todo, incluso el lenguaje: “Aquí toda conversación es en una sola palabra: no hay respiro, no hay pausa; no hay sonido preciso”. La mayor velocidad significa que se llegará antes al punto de destino sin que este sea más deseable que otros. Sin embargo, varios años después de aquellas impresiones primeras reconoce en su crónica sobre el balneario de Coney Island que
esa movilidad, ese don de avance, ese acometimiento, ese cambio de forma, esa febril rivalidad de la riqueza, ese monumental aspecto del conjunto que hacen digno de competir aquel pueblo de baños con la majestad de la tierra que lo soporta, del mar que lo acaricia y del cielo que lo corona, esa marea creciente, esa expansividad anonadora e incontrastable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo maravilloso; eso es lo que asombra allí. (Martí.1963.125)
Curioso paralelo se puede establecer con las impresiones que tiene a su llegada Reinaldo Arenas casi exactamente un siglo después: “Nueva York” dice “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra” (Arenas.2001.300). Otra vez el vértigo, el contraste con la tierra detenida en el tiempo. “Ese torrente que, en hormigueo multicolor y sin igual, se precipita, rápido, rápido, rápido, secretamente no conmina, nos dice en qué consiste la verdadera sabiduría, no te detengas” (Ibid.301).
La presencia de Arenas en Miami, a través del éxodo del Mariel, lo había empujado a percibir los contrastes temporales entre Estados Unidos y Cuba. Basta la llegada de la hora de repartir la comida entre los refugiados acampados en el Orange Bowl para que estos retrocedan a su punto de partida que es a su vez otro tiempo porque
Veinte años bajo la urgencia de la sobrevida, bajo la inseguridad de mantener esa sobrevida, bajo la desconfianza, el escepticismo o la mera burla, ante cualquier promesa que implique asegurarnos la sobrevida, no se olvidan así como así. Por eso, ellos siguen en otro tiempo, —allá—, ahora, llenando jabas de perros calientes y escondiéndolas debajo de la cama (Ibid.299).
Llegado a “tierras de libertad” el tiempo de la isla —el del castrismo todo— se convierte inmediatamente en pasado. Ese pasado es, sin embargo, posterior a otro al que se aferra Miami, el tiempo paradisiaco de la memoria y la nostalgia que se activa en el momento en que la cantante Olga Guillot extiende su voz como una manta sobre los refugiados del Orange Bowl. “Esa voz intentando reconstruir un tiempo, sosteniendo un tiempo, una época, una ciudad, unas noches, una ilusión, que ya sólo existe en el timbre que la emite y en los emocionados que escuchan, existe” (Ibid.300). Es por eso que Miami, a diferencia de Nueva York, es una ciudad heroica porque en ella habita “un pueblo entero” dedicado “a la terca, minuciosa y heroica tarea de reinventar un país” que es lo mismo que reinventar un tiempo que no existe, que sólo existió alguna vez en sus mentes, en sus deseos.
Pero el transcurrir del tiempo de los desterrados es también el de la comprobación de su propia anacronía con el tiempo que lo rodea en la nueva tierra donde viven. El perseguidor de futuros en su patria se hace, ante el vértigo de las nuevas velocidades, súbitamente conservador. (Los hay por supuesto quienes se adaptan muy bien a las nuevas tierras con sus tiempos y velocidades respectivas pero se me hace difícil considerarlos como exiliados: para un verdadero exiliado su tiempo estará siempre en otra parte o más bien en ninguna: un exiliado es alguien que no tiene otro remedio que inventarse su propio tiempo). No obstante ese conservadurismo no se debe sólo al efecto del contraste entre su inercia original y el vértigo de una nueva vida ni a su capacidad —disminuida por la sacudida del cambio— de ajustarse a ella. Para alguien que siente el abandono de su tierra como una suerte de íntima traición hay mejor manera de demostrar su lealtad que rechazando las nuevas nociones del tiempo que se le ofrecen al paso.
El recurso que encuentra Martí para justificar ese rechazo es calificar al tiempo neoyorquino de antinatural y decir, por ejemplo, que “el gran corazón de América no puede ser juzgado por la vida desdibujada, la pasión morbosa, los deseos ardientes y angustiosos de la vida neoyorquina. En esta marejada turbulenta no aparecen las corrientes naturales de la vida” (Martí.19.117). Como si el tiempo del lector americano al que se dirige el escritor emergiera directamente de la naturaleza. El tiempo neoyorquino en cambio puede producirle asombro pero nunca empatía como ocurre en su descripción de ese centro de diversión monstruoso para la época que era el balneario de Coney Island. Sumergirse en el tiempo gozoso que le propone la ciudad, lo sabe bien Martí, es disolverse, dejar de ser lo que se es o, aún más, lo que se quiere ser. Como Ulises con las Sirenas debe rechazar su sibilino atractivo para continuar su rumbo de manera que a puro golpe de palabra debe de convertir el moroso tiempo latinoamericano en superioridad espiritual y la velocidad norteamericana en vacío
es fama que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan; que por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu (Martí.1963.126)
Y es sobre ese vacío que Martí construye un nosotros que intenta identificarse más que nada en el rechazo simultáneo del tiempo colonial pero también de la modernidad que proponen los Estados Unidos. “Otros pueblos —y nosotros entre ellos— vivimos devorados por un sublime demonio interior, que nos empuja a la persecución infatigable de un ideal de amor o gloria” (Ibid.126) afirma para recalcar en otro momento: “Aquellas gentes comen cantidad; nosotros clase”. Frente al goce democrático de los norteamericanos Martí erige una aristocracia del placer más imaginario que real pero no por eso menos poderoso a la hora de conjuntar espíritus.
Curioso que alguien aparentemente tan distante de la fineza martiana como Reinaldo Arenas tras un idilio similar con Nueva York coincidiera con Martí en el rechazo de la ciudad, un rechazo que también tiene su base en la manera en que en dicha ciudad se escurre el tiempo: “Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?” (Arenas.2013.57) dice  en su amargo “Adiós a Manhattan” tras constatar una invasión de millonarios y la fuga de trabajadores y la clase media ante el imparable encarecimiento del nivel de vida de la ciudad.
No obstante, en un texto anterior, el relato “Final de un cuento” publicado en el primer número de la revista Mariel, anticipa otros motivos para la fuga de la ciudad. Si un desterrado como Reinaldo Arenas, un eterno candidato a los márgenes, piensa en Nueva York como el último refugio de los apátridas totales como él porque “¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?” (Arenas.1983.4) al mismo tiempo presenta un personaje al que la ciudad se le hace insoportable porque allí “no existes, quienes te rodean no dan prueba de tu existencia, no te identifican ni saben quién eres, ni les interesa saberlo; tú no formas parte de todo esto y da lo mismo que salgas vestido con esos andariveles o envuelto en un saco de yute” (Ibid.3-4).
Lo que hace más angustiosa la existencia del exiliado y al mismo tiempo febrilmente productiva es la conciencia de que ese desfase no es nada comparado con su desajuste con su tiempo original: saber o intuir que no hay lugar al que regresar porque aquél tiempo que se abandonó alguna vez no podrá ser recuperado nunca. Ese es, en el fondo, el gran drama del exiliado. No su discordancia con el tiempo vital del sitio en que vive sino con aquel del que tuvo que irse. “¿Cómo va a sobrevivir una persona cuando el sitio donde más sufrió y ya no existe es el único que lo sostiene?” (Ibid.4) se pregunta el narrador del relato de Reinaldo Arenas. Si hemos de creerle a Cabrera Infante (y a otros) la respuesta de Martí fue la más rotunda cuando al regreso a su tierra añorada no encontró otra salida que la del suicidio enmascarado en gesto heroico.
Se ha hablado bastante del peso que ha tenido el exilio en la conformación del imaginario y la identidad nacional pero mucho menos sobre los efectos que puede haber tenido en ese imaginario y esa identidad la asincronía existente entre el tiempo de los exiliados y el de la nación que intentaban diseñar. Eso quizás explique la profunda ansiedad del discurso nacional cubano, su obstinado mesianismo y su insistencia durante décadas en fijar sus metas en un más allá inalcanzable en lugar del retorno a un adánico estado original. Si lo consiguiera equivaldría a explicar casi toda la historia cubana reciente. Porque de eso se trata: definir este o aquel detalle de un evento que ocurrió hace cincuenta, cien, doscientos años antes es apenas un fragmento de una tarea mucho mayor y más importante que es descubrir cuál es la sustancia de la que estamos hechos, cual es exactamente el tiempo que nos rige. Y el tiempo que nos rige a nosotros, historiadores cubanos en el exilio, es esa combinación de tiempos nacionales y personales más la conciencia de lo irreconciliable de su relación. Para comprender todos estos tiempos, para hacerlos inteligibles (que no otra es la tarea del que se dedica a estudiar el pasado) habría que empezar por reconocer la propia temporalidad del exilio cubano no ya como un sitio de paso, como el equivalente historiográfico del purgatorio cristiano, sino como un tiempo en sí mismo, tan definitivo (y tan transitorio) como el del lugar que se abandona o como el de aquel al que se va a parar pero con leyes y prioridades distintas. Los primeros exiliados cubanos (pienso en Varela, pienso en Heredia por poner dos ejemplos ilustres) habrán sido por tanto los fundadores de una patria cuyos herederos no son tanto sus descendientes como las sucesivas y hasta el momento interminables generaciones de exiliados. Fue Borges quien dijo que “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es” (Borges.65). Nadie como nosotros, en tanto estudiosos de la historia y exiliados, debiera estar más consciente de esa verdad, nadie como nosotros debiera avanzar con más resolución a su encuentro.


 *Discurso de ingreso en la Academia Cubana de la Historia en el Exilio pronunciado el 24 de octubre del 2014.




Bibliografía
Arenas, Reinaldo. “Final de un cuento”. Mariel, Revista de Literatura y Arte, Año 1,, Número 1, Primavera, 1983. 3-5.
--------------------. “Un largo viaje de Mariel a Nueva York”. Necesidad de libertad. Miami: Ediciones Universal, 2001. 296-301.
---------------------. “Adios a Manhattan”. Libro de Arenas. Prosa dispersa (1965-1990). Compilación prólogo y notas Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí. México: CONACULTA/ DGE Equilibrista, 2013.
Borges, Jorge Luis. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz. (1829-1874)”. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial S.A.. 62-67.
Céspedes, Carlos Manuel. “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba”. http://www.cubamilitar.org/wiki/Manifiesto_de_la_Junta_Revolucionaria_de_la_Isla_de_Cuba
Juan, Adelaida de,. Caricatura de la República. La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1999.
Martí, José. Obras Completas, Volumen 9. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963.
-------------. Obras Completas, Volumen 19. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1964.

viernes, 23 de marzo de 2018

Un mojón

El ICAIC excluye la exhibición de la obra "Quiero hacer una película" de la Muestra de Cine Joven por incluir este diálogo:
Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón, Neysi. José Martí es un mojón, de verdad.
Neisy Alpizar: Verdad, Papi?
Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón. José Martí no se reía, mija.
Neisy Alpizar: Qué tú sabes?
Tony Alonso Ramírez: José Martí es… era maricón.
Neisy Alpizar: Está bien. Y, por qué no?
Tony Alonso Ramírez: Pero… No lo conocimos. Estuvo en otra época. Es como Borges. El poema ese. Todo está confundido y la gente dice que eso lo dijo Martí. “Hay que sembrar árboles”, eso lo dice mi tía… Yo no creo en Martí. Yo no soy martiano…”
Se equivocan los realizadores de la película. Martí no es el mojón. El mojón es el ICAIC. Y esa Revolución Cubana que invocaba a Martí cada vez que podía. Y el Mojón en Jefe que descansa en una piedra que tiene la forma perfecta de mojón de caballo y que le echaba la culpa al pobre apóstol de sus papelazos. Ese es tronco de mojón. Ese y todos los que quieren convencernos de que Martí cuando Martí decía "libertad" quería decir "tiranía". Bueno sí, ahora que lo pienso, ese Martí inventado para abonar tiranías, el único que conocen muchos cubanos, es un mojón.

sábado, 17 de marzo de 2018

Los muertos de Angola

Dice Padura que la cifra de muertos cubanos en Angola es "ridículamente baja para 15 años de guerra" y en eso estamos de acuerdo. El problema es que al novelista lo ridículo no le parece inverosímil, algo que comprobará cualquiera que vea sus "Cuatro estaciones en La Habana". Pero de lo que ni él ni siquiera nuestros más combativos antirracistas hablan es de la cifra de muertos angolanos causados por la ocupación cubana. Como si no hubieran existido nunca. Como si no fueran dignos de entrar en ningún cálculo.
Una vez en una entrevista que le hice a Norberto Fuentes -quien insistía en confirmarme la increíble cifra oficial de bajas cubanas- le pregunté por los otros muertos, los causados por los propios cubanos. Entonces cambiando del tono de voz erlajado a uno más circunspecto me dijo: "Esos sí deben ser como un millón aproximadamente".

martes, 13 de marzo de 2018

Y no es una pregunta retórica.

Entiendo a las personas mayores que después de pasarse buena parte de su vida apoyando lo que llamaban “Revolución”, y luego de tomar distancia de ella tras confirmar su indiscutible e infinita labor de destrucción, todavía intentan salvar algo de aquel proceso. Después de todo están hablando de sus propias vidas, intentando justificar el gasto de sus mejores energías, el empleo de sus más profundas esperanzas.
No tiene mucho sentido insistirles en que todo estaba viciado desde el inicio. Que incluso los proyectos más esperanzadores funcionaron como instrumentos para maniatar la voluntad de un pueblo, para construir, ladrillo a ladrillo, las bases de la tiranía. De poco vale decirles que lo que parecía la redención de los más débiles no era más que el modo de movilizarlos para destruir a sus rivales y distraerlos de sus propias necesidades. Que cada aparente acto de generosidad de la tiranía les fue cobrado con creces antes y después. Que ningún llamado “logro” de la Revolución o todos juntos sirven para empezar a justificar tanto desastre. Ya lo dije antes. Cuando se trata de lo más valioso de la vida de cada cual, sus sueños y sus esfuerzos por alcanzarlos, es muy difícil encarar ciertas preguntas.
A los viejos, insisto, los entiendo. Lo que no acabo de entender por qué hay jóvenes que insisten en que hay algo que “salvar” de aquella debacle.
(Quiero que quede claro que no pretendo decir que todo en la Revolución era malo. También en la Alemania nazi, la URSS de Stalin, el Chile de Pincohet o los barracones de esclavos tendrían su lado bueno. Me refiero a virtudes realmente redentoras).

Ventajas de la ecología

Abogo por la unidad de todos los disidentes cubanos y lamento profundamente las divisiones que existen entre ellos que les impiden guiar al pueblo cubano en la búsqueda de su libertad. Pero a continuación:
-reniego de casi todos los disidentes considerándolos consciente o inconscientemente colaboradores del régimen.
-excepto, claro, mi disidente favorito que es la encarnación de todas las virtudes terrenales y dos o tres divinas.
-y lamento, en el fondo, que tanto éste como yo hayamos malgastado nuestro valioso esfuerzo en favor de un pueblo tan miserable y malagradecido.
-cuando estaría mucho mejor hacer una campaña en defensa de las focas que son unos animalitos tan tiernos y encima no tienen cuenta en Facebook desde la cual atacarme.

domingo, 4 de marzo de 2018

Hardman Hall o cómo se inventa una guerra


Por Enrique Del Risco

Uno de los sitios que con más frecuencia usaron los exiliados cubanos en Nueva York para sus actos patrióticos fue el Hardman Hall situado en los números 138-140 de la Quinta Avenida. El Hardman Hall un salón creado por una famosa fábrica de pianos para exhibir sus productos y promoverlos a través de conciertos tal y como ocurría con otros locales usados por el exilio cubano como el Chickering Hall y el Steinway Hall. Allí Martí habló “en no menos de doce ocasiones entre 1889 y 1893” según el investigador Enrique López Mesa. La mayoría de estos eventos se daban en ocasión de fechas patrióticas como la del 10 de octubre cuya conmemoración tuvo por sede el Hardman Hall en los años 1889, 1890, 1891 y 1892. Pero ninguno de ellos fue más importante para el futuro de la historia cubana que el de 1891. No tanto por el contenido del discurso en sí sino por las circunstancias en que se dio y por la cadena de hechos que de él se derivaron.  
El 10 de octubre de 1891 pudo haber sido una fecha más en el calendario patriótico del exilio cubano de Nueva York. Ese día se celebraba el 23 aniversario del inicio de la primera guerra de independencia cubana sin que el estado de cosas en Cuba o en el exilio presagiase la proximidad de la guerra definitiva por la que año tras año se clamaba por esas fechas. No contando siquiera con la superstición de los números redondos poco se podía esperar. Lo cierto es que ese día sin que nadie lo pudiera constatar se inició el proceso que llevaría a la creación del Partido Revolucionario Cubano, dirigido por Martí y de ahí a la preparación y arranque de la guerra que anualmente se anunciaba como inevitable.
En su libro José Martí: letras y huellas desconocidas el estudioso Carlos Ripoll da una convincente versión de lo que debió suceder aquella noche. Contrariamente a lo que la mayoría de los historiadores da a entender, (aunque sin atreverse a afirmarlo directamente), a inicios de la década de los 90 el exilio cubano no era precisamente un hervidero de entusiasmo ni Martí su líder indiscutible. A principios de 1891 sólo se mantenía activo en Nueva York el club “Los Independientes”, fundado en Brooklyn tres años antes. El propósito de esta organización se reducía a recaudar fondos para cuando pudiera iniciarse una acción militar contra España. Sin embargo, los modestos trabajos de ese grupo separatista lograron atraer la atención del diario The New York Herald. Allí, con el objeto de alarmar a España y forzarla a respaldar acuerdos comerciales que le convenían al Ministro de Estado norteamericano, James G. Blaine, fue publicado un extenso artículo en el que se daba mayor importancia de la que en realidad tenían a las actividades revolucionarias de los cubanos. En la edición dominical del 13 de septiembre salió bajo estos titulares: “Cuba Determined to be Free from Spain; The Cuban Colony in this City Raising Funds and Preparing for Another Revolution” (Ripoll.1976.101). 
“La colonia cubana en esta ciudad —declaraba el artículo— no es grande. No es rica colectivamente ni es tan influyente como las colonias de otras naciones extranjeras pero es más unida que cualquier otra colonia extranjera a excepción, quizás, de la china, y es más fervorosamente patriótica”. 
El artículo daba por hecho el estallido inminente de una nueva guerra por la independencia. Exageraba, entre otras cosas, el número de miembros del club elevándolos a “dos millares de miembros juramentados para empuñar las armas en cuanto empezara otra insurrección en Cuba”.
En principio los representantes españoles en los Estados Unidos no le dieron importancia a tales declaraciones. El embajador español en Washington, al tanto de los movimientos de los emigrados cubanos comentaba a las autoridades de Madrid: “… La maravillosa facultad creativa de los Yankees ha convertido la caja del club en una manigua y ha hecho de cada dollar un filibustero”(103). En cambio, la reacción de la comunidad exiliada fue muy diferente: deseaba creer en los avances de los trabajos conspirativos y en la inminencia de la guerra que conseguiría la independencia para Cuba. Por ello acudió en masa al acto en el Hardman Hall. “Hacía años que no se lograba reunir a tantos cubanos en una fiesta patriótica. Entre los oradores se encontraban Gonzalo de Quesada, Rafael de Castro Palomino y Rafael Serra, presidente la SociedadProtectora de la Instrucción La Liga. El discurso que cerraba la noche estuvo a cargo de Martí.
Artículo sobre el evento en Hardman Hall
La celebración de discursos en Nueva York se había convertido, como habíamos dicho, en una suerte de rutina patriótica del exilio cubano neoyorquino y a Martí en su principal oficiante. Sin embargo Martí se cuidó de convertir esta ocasión recurrente en ejercicio gratuito de retórica y, lejos desmentir los rumores sobre los supuestos preparativos de guerra desde el inicio del discurso dio a entender –oscuramente- que los rumores que lo dicho en el artículo del New York Herald el mes anterior era cierto.

Venimos a caballo como el año pasado, a anunciar que al caballo le ha ido bien; que las jornadas que se andan en la sombra son también jornadas; […] que no es la hora todavía de soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner […] ¡A caballo venimos este año, lo mismo que el pasado, sólo que esta caballería anda por donde se vence, y por donde no la oye andar el enemigo! [Los subrayados son míos]
En el informe que hizo del discurso un espía al servicio de España hizo notar una “particularidad notable”: “No se insultó a España ni a sus hijos, y se mencionó entre aplausos y vivas el de los españoles liberales y honrados que han perecido por el derecho, la justicia y la libertad de América”.
Como si quisiera reforzar la impresión de que los preparativos para la guerra se hallaban muy avanzados al día siguiente de su discurso Martí dio un paso cargado de dramatismo: presentar la renuncia a sus puestos consulares de las repúblicas de Argentina, Paraguay y Uruguay en la ciudad. Ciertamente sus declaraciones en el discurso eran incompatibles con su condición de representante de un país que tenía relaciones con España pero no es menos cierto que no era la primera vez que Martí pronunciaba discursos de este cariz siendo representante consular. Dicho gesto le daba un peso adicional a su discurso. Si Martí estaba dispuesto a renunciar a un consulado por un discurso ¿qué no estaría dispuesto a hacer por la libertad de Cuba? Al margen de cualquier especulación lo cierto es que tanto el discurso como las renuncias fueron eficaces a la hora de atraer la atención tanto de las autoridades españolas como del exilio cubano. Enrique Trujillo, contemporáneo suyo, comentaba en 1896 que “la determinación del señor Martí le llenó de admiradores y su acción fue comentada favorablemente y repercutida [sic] en Cuba, en la América Latina y hasta en España”. (Ripoll.1976.111)
 El éxito oratorio junto a su renuncia a su condición de cónsul múltiple (retendría el de cónsul uruguayo por un tiempo más) agrandó la figura de Martí ante los ojos del resto de los emigrados del país. Al mes siguiente fue invitado a hablar en Tampa donde tuvo un éxito apoteósico gracias a dos de sus más memorables discursos, pronunciados en noches consecutivas: “Con todos y para el bien de todos” (26 de noviembre) y “Los pinos nuevos” (27 de noviembre). Poco después viajó invitado a Cayo Hueso con resultado similar. A su regreso a Nueva York de su viaje a Cayo Hueso Martí se había convertido en líder indiscutible del exilio en Estados Unidos. Al año siguiente se fundaría el Partido Revolucionario Cubano encargado de organizar la guerra.
No pretendo sugerir aquí que el liderazgo de Martí, la creación del Partido Revolucionario Cubano y la organización de la última guerra de independencia cubana fuera solo el resultado de una de las tantas exageraciones en que incurre la práctica periodística y de su manipulación por parte del cubano. Al insistir en las circunstancias que rodearon estos hechos sólo intento subrayar la contingencia de un proceso histórico al que generalmente se le ha dado una explicación providencial, mítica. El entusiasmo despertado por el fantasioso artículo del The New York Herald se habría disipado en los meses siguientes si Martí no se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para aprovechar, inflar y, sobre todo, darle sentido a la primera circunstancia favorable una vez que se presentase.

El Hardman Hall se trasladó años después a otro edificio en el 433 Fifth Avenue pero en el 138 de la Quinta Avenida, queda, tras varias modificaciones el edificio donde se conjuraron las circunstancias para convertir un discurso en el germen de la última guerra de independencia cubana.

138 Fifh Ave., Nueva York, Foto del autor

viernes, 23 de febrero de 2018

Un escritor provinciano

Reproduzco acá artículo que publica hoy Hypermedia Magazine a propósito del libro Para matar a Robin Hood del escritor Néstor Díaz de Villegas:
Si hay algo que evita cualquier escritor cubano que se respete es parecerse a Martí, repetir su destino. Menos por los tres balazos de Dos Ríos que por la ejecución ritual en cada matutino donde se representen “Los zapaticos de rosa” o se reciten sus “Dos príncipes”.  A nada teme más un poeta cubano que se respete que a verse atrapado en la telaraña de “La guantanamera”. Alcanzar, en suma, la gloria nacional en la provincia más recóndita del planeta, Cuba. Si a algo le teme un escritor cubano que se respete es al gentilicio que lo engarrotará en poses predecibles (aunque a continuación trafique infinitamente con ese gentilicio, que tampoco se trata de despreciar lo –poco- bueno que viene junto al derecho al pasaporte más caro e inservible del planeta). El mayor desvelo de un escritor cubano que se respete es ser universal. Como Kafka, pero sin escribir en alemán o cantar sus borracheras en checo. La idea literaria cubana de lo universal es la misma que la de cualquier balsero: escapar de la isla, así sea metafóricamente. Desprenderse cuanto antes de la dosis de fatalidad que le tocó al nacer. Si se ocupa de la pobre isla en sus páginas deberán parecer escritas por un sueco en sueco, y luego traducidas a un español aséptico de revista soviética. Y mucho name dropping de celebrities, de marcas de ropa, de cacharrería tecnológica. Y muchas palabras en inglés que es el latín de los pobres en este siglo que nos ha tocado vivir. Y lo seguirá siendo mientras el mandarín no se vuelva más asequible.En este contexto, el escritor Néstor Díaz de Villegas es un escritor esencialmente provinciano. Un escritor que no se respeta. Por mucho que se pueda haber esforzado no ha evitado seguir los pasos de Martí. Preso por un escrito en plena adolescencia, exiliado temprano, traductor, comentarista de la vida norteamericana, poeta en sus ratos libres. NDDV parece un remedo irónico del Apóstol en quien la ironía es apenas el modo de conseguir que los mismos avatares de hace siglo y medio no parezcan anacrónicos. Así, sus Palabras a la tribu pueden verse como una actualización de los Versos sencillos por mucho que a versos como “los que quisieron/ desollarme, arrancarme el pellejo, hacer/ conmigo unas botas de piel humana, jabón”  les cueste sustituir a “para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo” en los escenarios escolares. Pero no insistiré en un símil al que echo mano cada vez que escribo sobre el autor de Cubano, demasiado cubano. Porque justo cuando empiezo a buscar otros símiles, NDDV se aparece con un manojo de textos para confirmar la comparación inicial: los artículos donde cuenta su regreso a Cuba luego de más de treinta años es su particular Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Y su colección de reseñas de cine que ha titulado Para matar a Robin Hood es su versión personal de las Escenas norteamericanas del mártir de Dos Ríos.
Pero más que cualquier paralelo infantil lo que decide el martianismo de NDDV es una de las lecciones que con más insistencia nos impartió el Apóstol: su manera desvergonzada de ejercer la cubanía. No la cubanía turística de palmas, banderas, arroyos y frangollos sino la de la malentendida frase “El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”. Una cubanía que no disimula la amargura del vino local ni convierte su sabor insoportable en toque de distinción. Asumo que Martí sugería que en caso de que nos diera por elaborar un producto típicamente europeo con frutos asiáticos deberíamos asumirlo como propio y cargar con el peso de haber fracasado tan miserablemente. (Quizás esté forzando un poco la interpretación, pero no me negarán que ya la imagen venía con defectos de origen. Si el Apóstol hubiera querido crear una metáfora más precisa sobre lo autóctono debería haber dicho “El casabe, de yuca, y si sale agrio, es nuestro casabe”). Y para ser cubano e intentar ser desvergonzadamente universal —nos dice NDDV— habrá que preservar el saber que nos ha dejado la experiencia originaria. Ser cubano consistirá, en el caso de NDDV (como en el de Martí), en no traicionar la infamia que se ha vivido. Hacer valer, junto a su talento literario, los instintos pulidos por la experiencia del desastre. Tanto de manera indirecta, con alusiones, chascarrillos (o referencias oscurísimas para quien no conozca el paño) como con intrusiones descaradas. Así, al comentar el placer culpable con que el público norteamericano disfruta el sadismo de la película 12 años de esclavitud, NDDV nos suelta en un aparte teatral: “No hay nada más aleccionador que el caso Cuba, donde la esclavitud se transformó en pasatiempo global, un Bergen-Belsen cum Tropicana que puede tomarse o dejarse, y hasta entenderse. También los negros cubanos son bellos: su sexualidad es cotizada al valor de cambio del mercado extranjero. Los dueños de plantaciones italianos, españoles o canadienses pueden ir a castigar a una mulata en La Habana. La esclavitud castrista no provoca repulsión, sino deseo. Por eso Europa niega la emancipación a los cubanos, que curran y singan por una fracción del sueldo que gana un gallego”.Todo en este libro termina o comienza con el lugar de origen de sus desgracias, de su experiencia. Lo apunta NDDV en el exergo en el que Cabrera Infante, como guionista de cine, se las ingenia para colar a Cuba en la trama de una película norteamericana perfectamente ajena a la isla. Cuba está en Para matar a Robin Hood incluso cuando no la menciona. NDDV al analizar dos películas de Tarantino (Django e Inglourious Basterds) dice “Lo que se echa de menos en estos pueblos —lo que se les echa en cara a negros y judíos— es la incapacidad para crear el caos en momentos marcados por el barbarismo. Lo que se les reprocha (detrás de la intención emancipativa hay un regaño metafísico) es su ineptitud para irrumpir en la Historia”. Al leer esto, no pude evitar pensar que los cubanos hemos compartido en las últimas seis décadas esa misma ineptitud. Que esa observación fue hecha teniéndonos en mente.
Para matar a Robin Hood  incluye, como era de esperarse en un crítico tan provinciano, una sección, la última, dedicada al cine local. El cubano, quiero decir. Una sección para proclamar, por si quedaban dudas, que nuestro cine es, más que agrio, intomable. Con alguna otra excepción como la que hace NDDV con Conducta. Ante la película de Ernesto Daranas reconoce, asombrado: “Cuba es ese lugar común absoluto donde reinciden los mismos pioneros, las mismas insignias, las mismas desgracias, los mismos orishas. Ahora sabemos cómo luce el fascismo ininterrumpido: baile flamenco, coro de niños, atardeceres con peleas de perros y la desidia como costumbrismo. El cine, bajo el castrismo, no produce escenas, sino escenitas en las que hay siempre una bronca y una miseria humana que explotar, una carencia que ventilar. Que de esas condiciones deplorables emerja una paideia, una regla de conducta, y que de lo trillado surja lo auténticamente revolucionario, parecía inconcebible”. Más adelante proclama incluso que ante tanto cine nacional cobarde, “mudo”, Conducta es la primera película cubana “hablada”. Y es que en Conducta, por si no lo recuerdan, se dice lo que en otras películas no pasaba de insinuaciones, incluido este diálogo:
Carmela: Yo doy clases aquí antes que tú nacieras.
Directora: A lo mejor ha sido demasiado tiempo.Carmela: No tanto como los que dirigen este país. ¿Te parece demasiado tiempo? La cubanería  no es el único componente de Para matar a Robin Hood pero sí su punto de partida. El que le da pie para dictaminar sobre lo humano y lo divino con esa confianza tan cubana y esa agudeza tan personal. La que le permite decir, por ejemplo, que “La idea de que las protestas del Cairo responden a desigualdades sociales, al rampante desempleo o al alza de los precios, es precibernética. El malestar moderno es una función del hecho viral, otro efecto de la aceleración informática. La conglomeración de criterios asegura el desencuentro, aunque a la larga conduzca a alguna forma de hiperdemocracia (que es la democracia donde Hezbolá gana las elecciones)”. Porque se trata en apariencia de analizar un puñado de películas creadas por la cinematografía mundial y local (y aquí local léase en el doble sentido de Cuba como lugar de origen y Los Ángeles como sitio de recalada del crítico) algo que NDDV hace con brillantez. Pero al mismo tiempo esa glosa cinematográfica desde las butacas angelinas (NDDV insiste en ir al cine como otros a misa, con ese fervor anacrónico) le sirve para estudiar el mundo americano, el mundo mundial, las relaciones entre ellos y ese mundo aparte que es el universo Hollywood: un Narciso que se ve en sus películas como Dios al universo el séptimo día de la creación. “La crisis a la que se refiere Blue Jasmine [la película de Woody Allen] es la enfermedad hollywoodense, y tiene que ver con el mundillo del cine, con sus exclusiones e hipocresías. Por eso Woody viene a San Francisco, que es el Xanadú de George Lucas, la Gomorra de Francis Ford Coppola, la finca privada de la Izquierda, la Babilonia del falso progresismo, un mundo libre donde están prohibidos el plástico, el tabaco, el odio y la irreverencia”.El cine, lo sabe NDDV, e insiste en ello una y otra vez, no es mero “reflejo de la realidad” como se estilaba decir en los manuales marxistas de historia del arte. El cine es, él mismo, realidad. Realidad que, como corresponde a todo lo real, engendra a su vez más realidad. “El ambiente gansteril de La Habana de los años cincuenta —afirma en la introducción del libro— sale directamente del film noir. El cine americano de acción tuvo más influencia en la historia de Cuba que las intervenciones de los marines”. Y si el arte es realidad, su libro lo concibe como arma. Un arma para matar a nuestro particular Robin Hood. El arte como arma de la contrarrevolución. “Fidel Castro fue otro héroe de matiné: Errol Flynn, que había sido Robin Hood en Hollywood, alguna vez lo comparó a su personaje. Durante una visita de Fidel Castro a la ciudad de Cienfuegos, el actor Chema Castiñeira (El robo del cochino, ICAIC, 1965) y Kemel Jamís, hermano del poeta Fayad, planearon un atentado al Líder. Los magnicidas habían plantado un rifle de mirilla telescópica en una ventana con vista a la habitación de Robin Hood. Por desgracia, un delator desbarató el complot. En 1976, en el campo de concentración de Ariza, Chema solicitó y obtuvo permiso de las autoridades para construir un cinecito al aire libre. Se usaron piezas sobrantes de la concretera anexa al penitenciario donde Chema, Kemel y yo cumplíamos condena. True story. La primera película que se nos permitió ver fue Atentát, de Jiří Sequens. Estos escritos arrancan de antiguas conversaciones, en aquel cine anónimo, con el actor convicto y magnicida frustrado José Manuel Castiñeira”.
NDDV podría fingir distancias, convertir sus reseñas en esferas cerradas donde todo encaje y se explique a sí mismo con lógica perfecta, más allá del bien y el mar. Pero por dondequiera NDDV le hace agujeros a su esfera por donde le inocula el origen de su sabiduría: las infinitas lecciones recibidas en Cuba en nombre de la confraternidad y la perfección humanas. Provincianiza su saber para hacerlo más visceral, más contundente. Para no engañarnos. Para dejar claro que no es la lucidez la que lo guía sino la rabia. Rabia lúcida, eso sí. No solo para avisarnos de dónde viene sino también a dónde teme que podamos ir a parar. “La vida de los otros, que transcurre en el año terrible de 1984, es el augurio de lo que nos espera bajo un futuro  —y acaso inevitable— régimen socialista” porque “El Terror socialista, a pesar de las advertencias de quienes lo sobrevivieron, sigue siendo la utopía de los progresistas, da lo mismo si son europeos, bolivarianos, coreanos o californianos”.  NDDV aprovecha cualquier descuido para emprenderla contra el culto totalitario a la corrección política y comentar, por ejemplo, la cañona de incluir un personaje negro en Inglourious Basterds: “En el ambiente de la Francia cinematográficamente ocupada, Marcel representa un racismo simpático, introducido en el guión con el exclusivo propósito de satisfacer a la Gestapo de nuestra mala conciencia […]: en comparación, los nubas de Riefenstahl son más decorosos, por ser menos decorativos”.
NDDV no solo quiere  dejar en claro el origen de sus instintos estéticos y éticos. O convencernos de lo fácil que resultan de conectar entre sí  todos los temas que abordan sus reseñas (Estados Unidos, el mundo, el cine, Hollywood, el izquierdismo de salón o el derechismo de andar por casa, la lógica del capitalismo tardío o del neocomunismo) y lo natural que resulta exprimirles un sentido. También usa toda esta operación de análisis en dirección inversa: para darle sentido a tanta brutalidad padecida, para convertir lo que podría ser apenas rabia, encono permanente, en una especie de sabiduría. Para que la vida sepa menos a mierda, para evitarse el destino de vulgar llorón. O peor: de un vulgar escritor que se respeta, de esos que van por la vida como si esta no fuera con ellos.
Que todo lo que escribe NDDV lo diga con esa prosa nerviosa y fulminante, la mejor que escribe un hijo de aquella isla ahora mismo, hace de Para matar a Robin Hood un libro todavía más perturbador.


martes, 20 de febrero de 2018

Un premio recibe Almanza

Es de agradecer que el Premio Nacional de Literatura independiente Gastón Baquero (solo un lugar tan enrarecido como lo es Cuba justifica la tautología de llamarle a la literatura "independiente"), es de agradecer, decía, que el premio recaiga en ese  monumento a la decencia llamado Rafael Almanza. A él a su vez le agradezco la confianza que tuvo en el proyecto "El compañero que me atiende". Tanta como para entregarme en tiempo record un extenso y conmovedor texto, de los más conmovedores que contiene la antología. Se lo agradezco aun más pensando que su respuesta inmediata a la propuesta fue un rotundo "no": no veía bien posar de víctima cuando había tantos que habían sufrido una represión mucho más violenta. Tuve que explicarle que no se trataba de un memorial de agravios sino de un intento de reconstruir ese totalitarismo de andar por casa del que hemos sido testigos los escritores cubanos durante décadas. Fue entonces que accedió y me envió a los pocos días el texto del que para celebrar su premio redundante les ofrezco un fragmento:
"Y ahí es donde comienza la leyenda del compañero que nos atendía. No lo vimos más. Otros personajes le sustituyeron. Para nada quiero dar a entender que el asunto con Daniel y conmigo fue la causa de su desaparición. De todas maneras lo iban a tronar, el nuevo grupo necesitaba su propia gente. Por otro lado, el país se hundía en la desesperación del llamado Período Especial y los jóvenes de la plástica citadina empezaban a sublevarse y hasta amenazaron ir con carteles a Villa María Luisa si no nos soltaban. El hecho es que no vimos más a Fredy y comenzaron las evaluaciones populares. Nunca manifesté odio contra esta persona. Caucásico como yo, lo veía como un hijo de guajiros como yo, que debía andar cantando décimas por los montes, en compañía de Samuel Feijóo y de Rafael Almanza, y no participando de la represión de las libertades de Guáimaro, que le hubieran permitido vivir su propia vida y cantar lo que le diera la gana, en aras de un proyecto político que lo había condenado a la pobreza, a perder a su hijo por suicidio y a ganarse el repudio de sus mejores conciudadanos. Ahora me duele no haber hablado por última vez con él en la Caridad, pero me negué por honor y porque lo vi como un cobarde, incapaz de oponerse a un abuso que yo sabía que su concepto masculino de la vida no podía tolerar. ¿O sí se opuso, pero solo ante sus colegas? Me queda la duda. La leyenda incluye el rumor de que fue finalmente expulsado de la Seguridad cuando lo encontraron blanqueando expedientes de los opositores. Al parecer eliminaba documentos, pruebas, cuando ya sabía que le quedaba poco. Es muy improbable que alguna vez sepamos si es la verdad o no, aunque debiéramos averiguarla, y hasta es posible que sea el invento de alguien que quiere mejorar su imagen o se niega a considerar que era un hombre bajo, o lo jubilaron por enfermedad o por incapacidad para reprimir, pero lo interesante de esta leyenda es que resulta creíble para aquellas personas a las que molestó. Cuando en la escuela me decían que Cristo no era sino una leyenda, yo pensaba: el problema es que es una leyenda. Una hilera interminable de mártires cristianos durante dos milenios mantiene la increíble leyenda. Creemos en el Bien. Creemos que Fredy pudo haberles dicho que detener a Almanza y a Morales era una estupidez, y una mariconá. Creemos que blanqueó los expedientes creados por él mismo, para que su sustituto no usara sus posibles maldades o investigaciones certeras en contra de esas personas a las que no odiaba. Creemos todo eso porque nunca le tuvimos odio y porque algo en esa persona era valioso, el escritor de las décimas se imponía al soldado, por mucho que él se esforzara en reprimirlas. Él no lograba reprimir con eficacia, porque él mismo reprimía lo mejor de sí, las décimas y las críticas que le acudían a la garganta, y tal vez ya se había dado cuenta, demasiado tarde, que había perdido lo mejor de sí mismo"

P.D.: Otros autores de la antología han recibido dicho premio: ellos son Jorge Olivera, Ángel Santiesteban, Manuel Díaz Martínez y María Elena Cruz Varela

Elecciones

Una de las líderes del independentismo catalán contempló la posibilidad de refugiarse en Cuba antes de decidirse filnalmente por Suiza, una dificilísima elección como todos sabemos: en Suiza hasta el agua tendrá que pagarla como si fuera champán mientras que en Cuba podría vivir como una sultana con su sueldo de fugitiva. Pero lo mejor de la noticia es descubrir que, según sus asesores catalanes Cuba no pertenece al Tercer Mundo. Sí, ya sé, uno esperaría que quienes aspiran a cambiar el mapa de Europa estuvieran mejor informados pero eso es lo que hay :
"Por un lado, las relaciones diplomáticas entre Madrid y La Habana son demasiado buenas como para arriesgarse a comprometer al Gobierno castrista con una eventual petición de asilo político cuyo desenlace sería imprevisible. Por otro lado, la situación casi de aislamiento internacional de la dictadura cubana habrían dado pocas opciones a Anna Gabriel en caso de verse en la tesitura de tener luego que salir de la Isla: “Acabarías en un país del Tercer Mundo”, fue el mensaje crucial para que la militante anticapitalista descartase el último paraíso comunista por la Meca centroeuropea de los evasores fiscales"

lunes, 19 de febrero de 2018

El primer habitante de Manhattan fue dominicano




El artículo del que ya publiqué la primera parte ahora completo:

El primer habitante de Manhattan fue dominicano


Pese al rechazo de los fundadores de Nueva Amsterdam (que pronto se convertiría en Nueva York) a todo lo que sonara a hispano o católico, no puede descartarse que el mangú fuera el primer plato cocinado en Manhattan por un poblador no nativo. Lo que sí está documentado es que un tal Juan Rodríguez fue el primer no indígena americano en residir en Manhattan, palabra que en lengua lenape significa “Isla Donde el Metro Cuadrado Cuesta Más Caro Después de Hong Kong”.
También se sabe que ese Juan Rodríguez (Jan Rodrigues, en holandés o João Rodrigues en portugués) nació en Santo Domingo hijo de un marinero portugués y de una mujer africana. Todos los ingredientes para conformar el glorioso destino de recordista múltiple: Rodríguez fue el primer inmigrante en residir en Manhattan, el primero con ancestros africanos, el primero con ancestros europeos, el primer mercader, el primer latino, el primer dominicano y, ya esto en el plano de la especulación, el primero en cocinar un plato de mangú en la segunda isla más cara del mundo.



Plano de Nueva Amsterdam, 1661
Plano de Nueva Amsterdam, 1661

Pero, sin siquiera entrar en sus gustos culinarios, lamentablemente de Juan Rodríguez no sabemos mucho. Se conoce que nació en la entonces Capitanía de Santo Domingo pero no se sabe siquiera el año en que se produjo su nacimiento, como tampoco se conoce el nombre de sus padres. El detalle de que su padre fuera un marinero portugués no es raro si tenemos en cuenta que en esa época los portugueses eran considerados los mejores navegantes del planeta.
Portugués fue el rey Enrique el Navegante, pionero en las exploraciones de la costa oeste de África. Portugués fue Vasco da Gama, el primero en llegar navegando a la India desde Europa luego de darle la vuelta a África. Portugués fue Magallanes, quien comandara la primera expedición que dio la vuelta al mundo aunque no la consiguiera terminar por motivos ajenos a su voluntad (pero no ajenos a la voluntad de los nativos filipinos que lo acribillaron a lanzazos cuando se asomó por allá).
Tampoco es raro que el padre de Jan Rodrigues fuera portugués en una época (finales del siglo XVI) en que el diez por ciento de la población de Santo Domingo procedía de Portugal. Les recuerdo que entre 1580 y 1640 España y Portugal fueron un solo país gracias a que Felipe II, rey de España, había heredado la corona de Portugal a través de su madre, Isabel de Portugal.
Tampoco era raro que la madre de Juan Rodríguez fuera africana en una época en que los colonos españoles, cansados de exterminar indígenas, se dieron cuenta que alguien tendría que trabajar en medio del calor tropical. Y como veían el trabajo algo indigno de su condición de hidalgos los españoles se dedicaron a importar mano de obra desde África. Que los africanos no iban muy dispuestos a trabajarle gratuitamente a señores que no conocían puede inferirse del cuidado que ponían sus importadores en trasladarlos encadenados a América. O en la insistencia de los colonos en el uso de látigos e instrumentos similares para agilizar el ritmo productivo. Al parecer el uso del látigo no era indigno de su condición de hidalgos.
Por no saberse, de Juan Rodríguez no se tiene noticia cierta —aparte de su impreciso origen— hasta el año 1613. Fue ese el año en que el capitán holandés Thijs Volckenz Mossel contrató a Rodríguez para que lo acompañara en su barco Jonge Tobias. Se trataba de un viaje comercial a la isla de Manhattan recién explorada por Henry Hudson en 1609. Rodríguez, dadas sus reconocidas habilidades para aprender lenguas (se dice que para entonces ya sabía español, portugués y holandés), viajaría en calidad de traductor.
La intención del holandés Mossel era comprarle pieles a los indios lenapes a cambio de hachas, cuchillos y otros solicitados utensilios de los Home Depots de la época. Los detalles son discutibles pero lo que queda claro es que el Jonge Tobias ancló frente a Manhattan en la primavera del 1613. Anduvo negociando pieles con los lenapes pero cuando Mossel se dispuso a regresar a Europa Juan Rodríguez o Jan Rodrigues le informó que de eso nada. Que ya se había instalado con su novia lenape y sabía hablar la lengua de por ahí como para irse de pronto. Que en Europa no se le había perdido nada y no quería perderse la oportunidad de ser el primer dominicano en instalarse en la Isla Donde el Metro Cuadrado Cuesta Más Caro Después de Hong Kong. Quería aprovechar e instalarse allí antes de que Washington Hights empezara a gentrificarse y los alquileres a subir. Y aprovechar que todavía no hubiera migra ni permisos de residencia.
Convencido por tan sólidos argumentos Mossel decidió dejarle a Rodríguez ochenta hachas, unos cuantos cuchillos, una espada y un mosquete para que se fuera defendiendo. Literal y figuradamente. Y Rodríguez se defendió. Cuando Mossel regresó al año siguiente Rodríguez seguía allí, con su familión lenape y con tremendos contactos en el negocio de las pieles (100% orgánicas).
Tan buenos contactos tenía que otro capitán holandés, Adriaen Block, se quejó a las autoridades de Amsterdam de que Mossel y Rodríguez se habían puesto de acuerdo para arruinarle el negocio de las pieles con los lenapes. Eso es todo lo que se sabe de Rodríguez. No hay otros documentos que atestigüen su presencia en años posteriores: ni cuentas de gas o multas de tráfico.
Pero nada hace pensar que no haya sobrevivido hasta una avanzada ancianidad rodeado de hijos y nietos lenapes que le hacían la vida imposible con el equivalente al reguetón de aquella época. Como tampoco nada impide imaginar que fuera Rodríguez el primero en introducir a esta parte del mundo las delicias del mangú y el sancocho.
Dice un libro bien informado al respecto: “los portugueses llevaron las bananas de África Occidental a las Islas Canarias y entonces en el siglo XVI las bananas fueron llevadas de Canarias a Santo Domingo en 1516”. ¿Acaso no era Rodríguez hijo de un marinero portugués? ¿Puede descartarse que su mamá lo iniciara en los secretos que hacen del mangú una delicia incomparable? ¿Por qué negarle entonces a todos sus títulos de pionero el de Rey del Mangú?
¿Ha oído hablar de Alex Rodríguez, Manny Ramírez o Romeo Santos? Pues eso: nunca subestime las capacidades de un dominicano suelto en Nueva York.