viernes, 20 de abril de 2018

Un exilio muy suyo

Reproducimos aquí el texto mío que sobre el poemario Lejos de casa de Gleyvis Coro Montanet acaba de publicar Hypermedia Magazine. Y para terminar incluyo, por cortesía de la poeta, uno de los sonetos del libro.
Un exilio muy suyo
Contrabandos, flora y exilios dieron origen a la poesía cubana, esa isla que se repite. La de la poesía digo. Repetida no por falta de originalidad de los poetas, sino por la materia que han tenido delante, redundante y cacofónica. 
Espejo de paciencia, la “Oda a la piña”, el “Himno del desterrado”, “El laúd del desterrado”, Versos sencillos, “Nieve”: catauros de contrabandos, vegetales y exilios. Dioses tutelares de aquella poesía inicial fueron los exiliados Heredia o Martí. O Casal, contrabandista de chinerías y climas ajenos. 
Teniendo en cuenta tal tradición, Lejos de casa (Cristal de agua, 2018), poemario de Gleyvis Coro Montanet, no trabaja con materia especialmente original. 
Si algo distingue a Lejos de casa en la isla actual de la poesía cubana no es el tema sino el tono y la concentración. Apenas se deja distraer Gleyvis de los dos o tres temas que la obseden. Si acaso se permite el alivio del humor o la rima para caerle “con esa fuerza más” a su personal tragedia, su exilio íntimo. 
Como todos los buenos poetas, o los filósofos, o los fundadores de mundos nuevos, la preocupación primordial de Gleyvis es dar a las cosas el nombre que mejor les acomode. Exilio le llama a su tragedia. No viaje, trashumancia, cosmopolitismo, diáspora. Exilio. 
“Lo nombra mal quien lo nombra diferente. Exilio es una palabra muy suya. Como un poema bucólico es muy suyo, aunque sea bucólico”. 
Y aquí vale comentar un par de tópicos más o menos recientes. El del exilio cubano, por ejemplo. El exilio como un paso “a mejor vida”, como una suerte de paraíso en el que la vida debe resultar obligatoriamente mejor. Una superstición a la que contribuye que en contraste con el país abandonado nada puede ser peor. Pero “no prospera de golpe quien se va”, advierte la poeta para a seguidas devolverle al acto de exiliarse, de desprenderse del país natal, su original sentido trágico. Como el de Heredia o el de Martí, su exilio vuelve a doler. Es trágico porque, sin ahorrarnos una sola de sus angustias, la poeta no da señales de arrepentimiento. El exilio es tragedia no por las angustias que produce sino por ser estas fatales e inevitables. 
Dadas las circunstancias que va reconstruyendo Gleyvis en su libro quedamos convencidos de que su fuga no fue irreflexiva sino todo lo contrario: fue un acto cuidadosamente meditado antes y después de realizado. Pero la libertad que ahora estrena no le permite olvidar lo antinatural que es sacudirse de golpe y para siempre el paisaje y los seres que nos acompañan desde que nacimos. Ni la hace olvidar que la fuga febril de su inhabitable paisaje natal (“Hermanos, por amor, escapen del país. Nuestros abrevaderos son escoria radiactiva”) es, a la vez que victoria momentánea, cierto modo de muerte. 
¿Dije que para Gleyvis el exilio era inevitable, fatal? Me desdigo. En medio de esa fatalidad, la de elegir destierro tras comprobar que no hay vida normal ni dicha posible en la isla, (sobre todo si se escoge llamar las cosas por su nombre, “llamar cernícalo al cernícalo”) Gleyvis nos recuerda, insidiosa, que alguna vez tuvimos la oportunidad de salvarnos. 
“Ay, si hubiésemos hecho un pacto:/ juntarnos en un solo sitio,/ en el mismo punto cruz de todos los mapas,/ hoy seríamos todavía una nación”. 
Es esa visión de la oportunidad que habría hecho innecesaria la huida, la que le da al exilio de Gleyvis su carácter profundamente trágico, la que acerca a esos desterrados al mismo tiempo desesperados y esperanzados que la precedieron. A un Heredia o a un Martí. A los poetas que pensaban que nuestra redención pasaba por soluciones colectivas, radicales, que el exilio era     —sin importar su duración— estado transitorio y no destino más o menos definitivo. Pero al optimismo de los desterrados decimonónicos Gleyvis le enfrenta su desesperanza radical. Al coraje de enumerar lo perdido se añade el de reconocerlo como irrecuperable.  
El exilio, esa solución personal ha sido —nos recuerda Gleyvis a los exiliados satisfechos de serlo— un acto colectivo de cobardía. Cobardía con la que no pretende ahorrarle la culpa a tiranos que nombra del modo que considera más adecuado: faraones. Fueron esos “faraones sucesivos […] los que impusieron el éxodo”. Los que “amurallaron las lenguas, la facilidad de palabras, el arte de impugnar, por lo que hubo que disgregarse en ciclos y en masa”. Faraones a los que no les ahorra nombres ni apellidos como mismo ellos no nos han ahorrado humillaciones y desastres. Y dice evocando versos famosos de Eliseo Diego: 
“La forma en que mi abuelo lo decía:/ Aquello o esto fue cuando Batista;/ el énfasis verbal que le ponía/ al sustantivo infame de Batista,/ me inclinaba a pensar que él prefería/ diez millones de veces a Batista/ que a Fidel Castro Ruz”. 
No es Eliseo el único de nuestros poetas mayores que invoca. A varios de ellos los menciona no para injerirse modosamente en la tradición sino para encararlos. Recordarles lo mucho de engaño, de ilusionismo autocomplaciente, que tenían sus edificios poéticos. A Virgilio Piñera le reconoce que “La isla en peso” es “la pieza más febril que escribió cubano alguno” pero al mismo tiempo le critica que sea un “discurso equivocado” porque “la cárcel mayor era el exilio, que estar fuera de Cuba es lo que mata”. 
A Lezama le explica que “un drama político-legal y miserable,/ destrozó paradigma y panorama,/ al punto que nacer, allí, Lezama,/ no es ya una fiesta innombrable”. Y si se reclama hija de Martí es para recordar la genética maldición en que ha derivado su insistencia en que fuéramos Nación:
“Hijos del prócer Martí son todos en igual y en desigual medida, desde la proa hasta la popa del inclinado barco que hace de nación. Herederos de su culpa —que fue mucha— de sus vicios y su eventual desgracia, también abundante”. 
Martí sigue siendo el recordatorio omnipresente de lo que somos y —sobre todo— de lo que no somos. Ni cuando la poeta viaja por los pueblos de Hezpaña (la rabia contra su des-tierra la lleva a destrozar su ortografía), esos sitios con una temporalidad tan ajena a casi todo, es posible sustraerse al fantasma de la isla. 
“Si el guía habla de Maimónides, pensamos en Martí y en los enormes lomos de sus Obras Completas. Si el guía habla de un orador potente, de un poeta o patriota, pensamos otra vez en Martí”. 
Pero no se engaña la poeta: recordamos a Martí menos por lo que nos dejó que por lo que no consiguió darnos. Por todo lo que el recuerdo de sus palabras y hechos nos impide olvidar. “Pensamos con recurrencia en Martí porque nuestra historia es breve y ha sido defraudada” dice la poeta. 
Gleyvis sabe, no obstante, que para que su exilio sea verosímil no basta con invocar las coartadas colectivas. Que para que esos dolores sean suyos, (y nuestros), tiene que mostrarnos sus cicatrices más íntimas. Y las muestras. Se fue porque “me prohibieran amar y ser amada, escrupulosamente, por una chica emblemática”. Y, por si no estábamos atendiendo, lo repite en otro sitio. Se fue por no poder “amar a mi chica allí. Eso, tan simple, que ni lo puedo decir con superior cadencia: amar a mi chica”. 
Que otros hablen de fusilados, de los devorados por tiburones mientras escapaban de la isla. Para Gleyvis el acto más imperdonable cometido por eso que llaman Revolución fue prescindir del talento de una cantante, la Lupe. No es frivolidad decir que lo que “no se le puede permitir a ninguna revolución ni a nada siquiera paralelo a una revolución” es “hacer lo que le hizo la revolución a La Yiyiyi” porque en ese desprecio por la cantante se cifra el origen de todas sus crueldades pasadas, presentes, futuras: un profundo desprecio por todo lo que de hermoso y único puede haber en un ser humano. 
Esa apuesta de la poeta por hacer íntimos los dolores patrios la lleva a reconocer que “una tarde, en la estación de Atocha,/ lejos de Cuba y su tapujo,/ pensé lanzarme a la nariz de un tren moderno,/ a ver si me pulverizaba”. Y si no lo hizo fue por “el brutal deseo de no morirme lejos de casa”.  
En nombre de esa intimidad herida recorre varias de las humillaciones típicas del desterrado entre las que está, en primer lugar, no poderle llamar “casa” a ningún otro sitio como se lo recordó una casera desalmada en invierno: 
“Después de haberme chupado/ hasta la miaja de los huesos,/ con el alquiler de un cuarto, tipo cueva,/ aquella vieja me echó a la calle/ debajo de una nevada”. 
O esa otra humillación, tan particular a la cubana condición, de tener que aguantar que el extranjero más ignorante venga a explicarte tu propio país: “Yo que soy y he estado donde tú no, estudio y temo tus deducciones”. 
En el exilio —si es un exilio real y no ese refugio acolchado de amigos que nos vamos inventando— no se vive, solo se pernocta, como diría otro exiliado, el poeta Jorge Valls. 
El exilio será un lugar donde “los únicos sitios fundamentales para mí son el correo postal y la mesita del teléfono”. 
El exilio será fatal para el poeta no por falta de comodidades o de motivos de inspiración. El exilio —nos dice Gleyvis— es el tiempo en esteroides, un sitio donde el olvido siempre llegará más rápido que en casa. (Y uno empieza a sospechar que si Martí regresó a Cuba en la forma en que lo hizo fue para impedir que lo olvidáramos). 
Para evitarse ilusiones la poeta se mira en el espejo de un poeta cubano muerto en su exilio español: “Que nada quede de Baquero aquí,/ me grita que esta Hezpaña dislocada/ también demolerá lo que escribí”.  
Poeta al fin, parece que Gleyvis exagera. Que se duele por el mero vicio del lirismo. Asumimos que en el siglo de los videochats y la comunicación súbita la mera palabra exilio debería ser desdramatizada. Pero como dije antes, el tono y la concentración de Lejos de casa no permite huidas tan fáciles. La poeta viene a recoger todo el dolor esquivado a golpe de carros del año y barbacoas dominicales. 
Como en Cartas desde Rusia de Emilio García Montiel, Naufragio y sedición en la isla de Juana de Jorge Salcedo o en Palabras a la tribude Néstor Díaz de Villegas, Gleyvis se echa el país encima de sus hombros de poeta. Viene a recordarnos que un exilio que no tenga como meta el regreso, por imposible y metafísico que parezca, ha renunciado a serlo. 
Todavía “hay una zona de mí/ que regresaría hoy mismo/ a vivir allá perpetuamente” confiesa Gleyvis con una convicción que me falta. Entonces despliega su utopía mínima: la de un país en que “una avería de mediana condición no tarde un siglo en ser reparada”. 
Una utopía tan personal como sus angustias. El proyecto de “levantar una tienda de carne en mi país. Una tienda pobre, de carne de segunda”. 
Una utopía que por vulgar que parezca no disimula su vocación trascendente cuando a través de ella el espíritu se hace, literalmente, carne. “¿Por qué o para qué lo haría? Por Cuba. Para que la gente vuelva”.

 Soneto escrito en España o donde le digo ¡alerta! a todos los escritores cubanos  
"...Nada puede secar el árbol de la poesía" Gastón Baquero 
 Que nada quede de Baquero aquí,  
me grita que esta España dislocada  
también demolerá lo que escribí
 y no solo en la arena, sino en cada
 omnímodo formato. Tanto así, 
tan poco queda de Baquero aquí, 
que el árbol, finalmente, se ha secado.  
Y si a Gastón Baquero le ha pasado,  
resulta una verdad de enciclopedia. 
Por eso la pregunta: ¿qué hago aquí?
  constante en su goteo, como Pi,
 con su golpe de horror, con su tragedia,
  como un fatum, que viene desde Heredia,  
y sin piedad alguna, llega a mí. 

miércoles, 18 de abril de 2018

Prólogo de El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana

Reproducimos aquí el prólogo del libro El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana que la editorial Penguin Random House acaba de publicar en su edición electrónica.
Dicho libro fue prologado por el escritor argentino Juan Bautista Yofre antiguo secretario de Inteligencia del Estado en su país. Es autor entre otros libros de Fue Cuba. La infiltración cubano-soviética que dio origen a la violencia subversiva en Latinoamérica. 
Próximamente publicaremos en este mismo blog el primer capítulo de El soviet caribeño.



A manera de prólogo (sobre la historia de un gran engaño)

Por Juan Bautista Yofre
Hace poco menos de un lustro, cuando decidí escribir Fue Cuba como una forma de explicar a los lectores la desgracia argentina de los años 60 y 70, me sumergí en innumerables textos de autores muy reconocidos internacionalmente y con gran respaldo económico. Otros libros eran testimonios de diplomáticos sobre sus pasos por La Habana o simples observaciones sobre gestiones de personajes de la época pre y post dictadura de Fulgencio Batista Zaldívar. En la lista de libros observados tampoco faltaron los de varios que reflejaron un clima de época no del todo completo sobre la inevitabilidad de la llegada de Fidel Castro Ruz y el clandestino Partido Comunista al poder en Cuba (conocido como Partido Socialista Popular). También consulté los testimonios de algunos de los que acompañaron a Fidel Castro durante los días de la Sierra Maestra y más tarde, cuando vieron la luz de la verdad, lo abandonaron y fueron encarcelados por años o partieron al exilio. En escasas palabras, y sin ningún atisbo de vanidad, puedo decir que leí más de lo conveniente. Hasta de aquellos a los que considero cómplices de la tiranía castrista porque no contaron certeramente la verdad de la génesis del pensamiento de la revolución cubana, buscando un éxito editorial que en general nunca les faltó. Son los surfistas del progresismo, muchas veces acompañados por editoriales capitalistas. Fue cuando recordé a Eric Hobsbawn, que nos decía: “La historia tergiversada no es historia inofensiva. Es peligrosa”. A todos estos libros agregué los archivos secretos de la Inteligencia checoslovaca.
Fue en ese tiempo de gestación de mi libro sobre la responsabilidad cubana en la tragedia argentina (y latinoamericana) que comencé a prestar atención a detalles que venían del más allá, a miles de kilómetros de Buenos Aires, de Canadá, que me decían que en mi damero narrativo faltaban elementos informativos muy importantes y que, por lo general, nadie se atrevía a señalar y poner en su justo lugar. Observaciones que la Inteligencia estadounidense no tuvo en cuenta por simple estupidez o irresponsabilidad absoluta y que sí ilustraban el archivo de la Inteligencia checoslovaca en mi poder.
Esa voz que me venía de Canadá a través de relatos aislados —por el momento— sobre El soviet caribeño era la de César Reynel Aguilera, un joven médico y escritor cubano que nació cuando yo atravesaba los 17 años de mi existencia y faltaba un año (1964) para que una columna guerrillera entrara a la Argentina por el Norte para desafiar a los poderes constitucionales. La encabezaba un argentino amigo de Ernesto “Che” Guevara y contaba en su dotación con hombres forjados en la Sierra Maestra, algunos de los cuales llegarían a altos cargos en el gobierno cubano y el Partido Comunista de Cuba.
Con el paso de los días y las semanas, César Reynel Aguilera se convirtió en mi sherpa. Fue él quien me enseñó la importancia de personajes clave en la operación de apoderamiento comunista de la nación cubana, mientras muchos se distraían con los sones de Benny Moré. Al respecto, no faltó la ironía atribuida a Ernesto Guevara —y aceptada por Carlos Franqui— al decir que era “una revolución con pachanga”. Lastimosamente, cuando la pachanga —que es la expresión de la alegría— se apagó, Cuba cayó en la tristeza de la penumbra y llegaron los sonidos de las balalaikas.
Es de los pocos autores que pusieron su lupa sobre la personalidad y el trabajo en las sombras del polaco comunista Fabio Grobart en Cuba. Así se llega a saber que Fidel Castro Ruz ya era comunista antes de entrar en La Habana el 8 de enero de 1959. No lo digo yo, lo afirmó el propio Castro a los dos años de estar en el poder y tras haber ahogado en el silencio todo atisbo de oposición en Cuba. Fue el 22 de diciembre de 1961 cuando se sacó la máscara y declaró al diario Revolución: “Desde luego, si nosotros nos paramos en el pico Turquino cuando éramos ‘cuatro gatos’ y decimos: somos marxistas-leninistas, desde el pico Turquino, posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano. Así que nosotros nos denominábamos de otra manera, no abordábamos ese tema...”.1
Acentúo el desafío-franqueza de Castro porque es bueno que se sepa que los funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, hasta ese momento, vivían en Babia: “No encontramos evidencia creíble que indicara que Castro tenía lazos con el Partido Comunista o, incluso, que sintiera mucha simpatía por ese partido”, dijo el secretario de Embajada en Cuba Wayne Smith años más tarde. Era el encargado de cerrar la embajada estadounidense en La Habana en 1960 y partió para asesorar a la Casa Blanca como especialista en cuestiones cubano-americanas y miembro del Buró de Inteligencia de Foggy Bottom. En los peores años de la década del 70, Smith fungió en Buenos Aires de consejero político de los embajadores John Davis Lodge y Robert Hill.
Todo el recorrido del relato de Reynel Aguilera es una revelación tras otra que él pudo tomar en su casa paterna (su padre fue un importante miembro del PSP) y del propio conocimiento de sus años de observación y estudio. Para aquellos que trabajan en la investigación periodística, su capítulo “El quinto mártir” es un espejo donde reflejarse.
No soy proclive a escribir prólogos, pero estimé necesario hacerlo en este caso por dos razones. La primera, porque el lector va a conocer de primera mano y con certezas absolutas cómo el comunismo se apoderó de Cuba ante la sorpresa generalizada de su sociedad. Luego, por una cuestión de reconocimiento —y agradecimiento—, porque sin César Reynel Aguilera no hubiera llegado a profundizar los pliegues de la gran estafa castrista que lleva más de medio siglo en el poder.
Con El soviet caribeño el lector habrá de sumergirse en un mundo secreto, impreciso, cargado de hipocresías y mentiras; un universo de miradas de hombres de buena fe que confiaron en el discurso público de Castro mientras se maceraba ya en el poder, a través de un gobierno en las sombras, la tragedia cubana que se pretendería, más tarde, llevar o exportar a toda América Latina. Es un libro necesario para comprender lo que sucedió en Cuba y lo que puede ocurrir cuando lo que se dice no es lo que se piensa.

Estoy muy lejos de creer...


José María Heredia, uno de los pioneros del exilio cubano, le escribe a la madre el 5 de diciembre de 1823 desde Boston. Todavía no había cumplido 20 años:

“Nada tengo que decirle sobre mis sentimientos. Su merced puede considerar si me ha sido agradable salir de Matanzas y dejar mi familia, mi estudio y mis relaciones. Empero, no me he arrepentido un momento de haber preferido el destierro al crimen y a la infamia. Estoy muy lejos de creer que esto dure, y entonces, cuando vuelva a Cuba, llevaré conmigo la reputación gloriosa que debe seguir a una honradez acrisolada por una prueba tan penosa”

[El énfasis es mío]

sábado, 14 de abril de 2018

Miranda o las desventajas de llegar temprano


Artículo aparecido días atrás en Nuestra Voz:

Miranda o las desventajas de llegar temprano

Hay seres que, como Francisco Miranda, decimos que están adelantados a su tiempo. Unos se adelantaron décadas —o hasta siglos—pero con el San Juan Bautista de la independencia sudamericana podemos ser más precisos: Miranda se adelantó justo por dos años. Porque fue en 1806 que decidió llevar a cabo una expedición contra el dominio español en Venezuela. El 2 de febrero de ese año zarpó en la corbeta Leander de doscientas toneladas y armada con 18 cañones de la ciudad de Nueva York dispuesto a liberar a Venezuela. Al menos era lo que repetía una y otra vez Miranda con el ímpetu de mesías y persistencia de reguetonero. Lo mismo que llevaba repitiendo desde que llegó a Nueva York el noviembre anterior para convencer a grupo de idealistas, aventureros y negociantes de que secundaran su plan. Incluso fue a Washington (que ya era una capital) y se reunió con Jefferson y Madison (que todavía no era avenida de Manhattan) pero estos le respondieron algo así como “Chévere, ve y libera a Venezuela… pero ve como cosa tuya”.
En aquella expedición destinada a liberar Venezuela y Sudamérica entera del dominio español terminaron enrolados un montón de norteamericanos, unos cuantos franceses y polacos y algún que otro portugués. Venezolanos eran solo Miranda y la bandera que acababa de inventar con la ilusión de que algún día inspiraría el diseño del uniforme de la selección nacional de fútbol. La primera escala fue en Haití, por aquella época la única nación independiente del continente además de Estados Unidos. Allí recibió ayuda abundante y dos barcos más para la expedición. En Venezuela, en cambio, Miranda no fue tan bien recibido como en Haití. Olvidaba decirles que el cónsul de España en Nueva York había informado de la expedición al embajador español en Washington y este a su vez a las autoridades españolas en Venezuela sobre los planes de Miranda. De manera que al llegar la expedición multicultural a costas venezolanas era más esperada que las Navidades. Solo que en vez de arbolitos y turrones los españoles los recibieron con cañonazos. Dos de los barcos expedicionarios fueron capturados y Miranda escapó por muy poco… para seguirse metiendo en nuevos problemas que solo tuvieron fin con su muerte en una prisión española una década más tarde.
Todo por adelantarse a su tiempo. Porque apenas en 1808 las tropas de Napoleón invadirían España, descabezando el imperio. Esa situación propiciaría levantamientos en toda Hispanoamérica que se convertirían en un movimiento continental por la independencia. Movimiento que liberaría a casi todas las colonias de la codicia española para que los nuevos países pasaran a ser dominados por una codicia genuinamente autóctona. Un poco más de paciencia, un par de añitos de espera, y Miranda se hubiera convertido en el iniciador de la independencia hispanoamericana en vez de quedar relegado al triste papel de precursor que es como asistir a una boda en calidad de amiguito de la escuela primaria de la novia. (Una ventaja le lleva, no obstante, al Libertador y es que no le han puesto el nombre de Miranda a la revolución que ha llevado a Venezuela de cabeza al paleolítico. Ahora dicen “bolivariano” y uno se imagina a Miranda revolcado de la risa. Donde quiera que esté).
Por ahí se fue la oportunidad de que hoy se considere a Nueva York cuna de la independencia hispanoamericana. Por puro apuro. Pero el fracaso de Miranda no fue el fin de los contactos de Nueva York con las guerras de independencia. Eminentes personalidades de la ciudad como John Jacob Astor y Stephen Whitney intervinieron en la guerra atraídos por el mismo sueño que ha guiado a los neoyorquinos desde la fundación de la ciudad: hacer dinero. Los comerciantes neoyorquinos lo mismo le vendían barcos a los independentistas que armas y harina a las tropas españolas. Quien quiera que ganara quedaría para siempre en deuda con los mercaderes de la ciudad. De ahí que la guerra entre España y sus colonias fuera ganada por… Nueva York. ¿O es que esperaban otra cosa?


viernes, 13 de abril de 2018

Dos diálogos

Uno de ellos ocurre en La Habana entre un activista de derechos humanos y un desconocido que se le presenta:

-Y usted quién es?
-Este...
-Sí, que viene a hacer aquí?
-Tú no conoces ese libro, "El compañero que me atiende"?
-No.
-Pues... yo no te voy a atender porque yo no soy médico, como tú. Digamos que soy el compañero que va a trabajar contigo.

El otro lo sostuve semanas atrás con uno de los autores incluídos en "El compañero que me atiende":

Autor: No hace falta que me mandes el libro. Ya me lo dieron.
Yo: Quién?
Autor: Adivina.
Yo: No sé.
Autor: La compañera que me atiende! Vino a regañarme por haber participado en la antología. Pero al final me pasó el PDF en una memoria que llevaba arriba.
Yo: Y qué te dijo?
Autor: Se quejó de que los habían llevado muy tenso.

miércoles, 11 de abril de 2018

The Cuba Reader

"The Cuba Reader", por el que estudian los estudiantes de mi universidad, una suerte de antología de textos con los que supuestamente entenderán Cuba. Véanse los títulos ñicolopiztas de las secciones del libro: 
"Neocolonialismo", 
"Construyendo una nueva sociedad", 
"Cultura y Revolución", 
"La Revolución Cubana y el mundo" y
 -para que sepan los que piensan que la revolución se acabó- 
"El Período Especial y el futuro de la Revolución". 

Y se incluye, por ejemplo "Guantanamera" de José Martí. Fernando Ortiz, Reinaldo Arenas y Cabrera Infante aparecen una vez cada uno y Carlos Puebla, 2. Silvio Rodríguez 3, Jorge Mañach, Lezama Lima y Virgilio Piñera 0. Miguel Barnet 3, Ramiro Guerra 0.










domingo, 8 de abril de 2018

Aboliciones


Hechos elementales de la historia cubana se van convirtiendo, gracias a una mezcla de adoctrinamiento y desidia, en cosa de especialistas. Tómese como ejemplo el proceso de erradicación de la esclavitud en Cuba. En Ecured, la Wikipedia cubana (con todo lo que ese adjetivo puede conllevar de limitaciones y provincianismo) en la entrada “Abolición completa de la esclavitud (1870)” se refieren al
“Decreto emitido en 1870 por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República de Cuba en Armas, declarando la abolición completa de la esclavitud”
El resto de las entradas de Ecured referidas a la abolición son: Abolición condicionada de la esclavitud en Cuba (1868); Abolición de la esclavitud en Camagüey (1869); Abolición de la esclavitud en la Revolución de 1868. Ecured parece ignorar que los decretos emitidos por el bando independentista solo tuvieron efecto en los menguados territorios ocupados por este y que dicha institución perduraría en la isla, con sucesivas modificaciones,  hasta 1886.
No es extraño entonces que en una breve reseña sobre la novela de Francisco Calcagno En busca del eslabón. Historia de monos (1888) se diga:     
Aunque el texto no está exento de atisbos racistas, en tanto presenta al negro como situado en un punto entre el mono y el hombre (blanco) en la escala evolutiva, constituye asimismo un intenso cuestionamiento a la esclavitud, desde una posición científica. Debe tenerse en cuenta que para la época las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial.
Si la enciclopedia digital oficial se da el lujo de ignorar hitos tan importantes de la evolución de una de las más infames y decisivas instituciones del pasado cubano cualquier reseñista se puede sentir autorizado a afirmar que en 1888 “las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial”. Teniéndose la idea que se tenga de lo que significa “colonialismo” poco importarían entonces los acontecimientos y las fechas. Si en aquellos tiempos Cuba todavía era una colonia, ergo, “las posiciones abolicionistas eran minoritarias” y por tanto el racismo brutal del autor queda justificado.
En el universo de entelequias en que se va convirtiendo la Historia cubana (de un lado imperialismo, colonialismo, explotación, capitalismo; revolución, independencia, socialismo del otro) los detalles históricos no harían más que perturbar el relato que con mano firme traza el poder.

jueves, 5 de abril de 2018

En el cine

Cuba es como una película larguísima que transcurre como diez veces más lenta que el tiempo real. En algún momento uno (aburrido) abandona la sala pensando que ya no le queda mucho que ver ni falta mucho para que acabe. Pero cuando se asoma a la sala veinte años después se encuentra que están proyectando las mismas escenas que al principio de la película aunque en algunos casos han cambiado los actores. Ya uno recuerda cual será la siguiente escena pero desde las butacas te dicen que te calles. Que te has perdido media película y es lógico que no entiendas lo que está pasando. Y entonces te preguntas si de haberte quedado no seguirías como los que nunca se han levantado de la butaca, expectante ante las escenas que han proyectado una y otra vez.

miércoles, 4 de abril de 2018

Francisco de Miranda y el secreto de Hamilton*

Lo bonito de hacerse independiente es que durante un rato uno se puede hacer la idea de que a partir de ahora la vida será nueva y perfecta. Que todos los problemas han quedado atrás. Así pasa con los hijos que se van de la casa. O con las Trece Colonias cuando se independizaron de Inglaterra. Así pasó con Nueva York que era una de las Trece Colonias originales y con la ciudad que por un ratico (1785-1790) llegó a ser la capital del país (todo un rapto de humildad: luego le dio por ser la capital del mundo). Y uno de los cambios más notorios de Nueva York fue la actitud hacia todo lo que viniera de España, ya fuera los chorizos, el catolicismo o hasta los propios españoles.

Porque hay que recordar que durante la Guerra de Independencia de las Trece Colonias contra Inglaterra tanto Francia como España ayudaron a las colonias rebeldes. No por amor a la libertad: ni el rey francés ni el español tenían intención de liberar sus propias colonias. Era más bien para incomodar a su vieja enemiga, Inglaterra, que para eso son los enemigos. El asunto es que en parte por agradecimiento, en parte porque la constitución de Nueva York de 1777 eliminaba las restricciones contra el culto católico, se consintió que los católicos se asomaran públicamente, celebraran misa y hasta construyeran la iglesia de St. Peter en la calle Barclay.
Entusiasmada, España nombró a un embajador, el banquero vasco Diego de Gardoqui quien durante la guerra había ayudado a enviar fondos y armas a los rebeldes. Gardoqui llegó a Nueva York en 1785 y en su casa en Broadway, cerca de Bowling Green, se celebraron las primeras misas católicas después de la independencia. Misas no clandestinas pero discretas, no fuera ser que la falta de costumbre de los locales los indujera a prenderle fuego al embajador.
Gardoqui debe sentirse muy orondo en las páginas de la Historia por ser pionero en importar a la futura capital del mundo tradiciones como la siesta y comunicarse a grito pelado en español. Pero le tengo malas noticias. Un año antes ya había estado en la ciudad otro hablante del idioma de Cervantes y presunto practicante de la noble institución de la siesta. Me refiero nada menos que a Francisco de Miranda, precursor de la independencia americana, inspirador de Simón Bolívar y gobernante de la primera República de Venezuela.
Miranda, viajero empedernido durante toda su vida, ya llevaba unas cuantas millas acumuladas. Además de su natal Venezuela, conocía España y como militar del ejército español había participado en campañas en Marruecos, Argelia y en el sur de los Estados Unidos en apoyo a la independencia de las Trece Colonias. Su impresión de Nueva York fue muy favorable. “Una tolerancia general en el ramo espiritual forma la base de su gobierno —comenta—, cada uno es dueño de rogar o alabar a Dios en la forma y lenguaje que le dicte su conciencia. No hay religión o secta dominante, todas son buenas e iguales. ¡Así reinase el mismo dogma y principios liberales en lo político!”.
¡Lo que es llegar al lugar adecuado en el momento justo! Si hubiera llegado un ratico antes lo habrían sacado a patadas por venir de la parte equivocada del mundo. Y un par de siglos más tarde, también. Pero Miranda tuvo suerte. Cuando aquello el presidente era Washington. Incluso le regaló ejemplares de El Quijote en español que Washington presumiblemente nunca abrió pero al menos lo agradeció porque en aquellos tiempos regalar un libro —aunque fuese en idioma extraño— no se entendía como una ofensa.
Durante su estancia en Nueva York entre enero y julio de 1784 Miranda conoció a Alexander Hamilton y a Samuel Adams mucho antes de que estos fueran un musical y una cerveza respectivamente. O sea, conoció versiones bastante menos divertidas de ambos. Aun así le cayeron bien. Con Alexander “I’m not throwing away my shot” Hamilton incluso conservó una amistad epistolar durante años. En dicha correspondencia discutían sus planes de liberar América del Sur mientras Miranda viajaba por el mundo y acumulaba experiencias ya fuera conspirando en Inglaterra, peleando como oficial de la Revolución Francesa o conociendo Rusia de la mano de Catalina la Grande.
Miranda acumuló experiencias como futuro precursor de la independencia hispanoamericana por casi treinta años. Si luego las cosas no salieron bien no fue por falta de preparación. Pero antes de su glorioso fracaso final Miranda pasó una vez más por Nueva York. No obstante al arribar, en noviembre de 1804 hacía cuatro meses que su amigo Hamilton había muerto en un duelo contra Aaron Burr llevándose a la tumba el secreto de cómo triunfar… aunque fuese muerto y en Broadway.
Artículo aparecido en la revista Nuestra Voz.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Nueva York y el tiempo exiliado cubano*

Por Enrique Del Risco 
El 25 de septiembre de 1932 el habanero Diario de la Marina publicaba una caricatura de su habitual colaborador, el pintor y dibujante Eduardo Abela en el que dos conocidos personajes suyos, El Profesor y el Bobo miraban un gran reloj público y El Profesor, siempre enterado de las últimas noticias comentaba: “¿No sabes? En New York han atrasado hoy una hora los relojes”. A lo que el Bobo, con su habitual sorna le responde “Ya ves, si estuviéramos allí tuviéramos que esperar una hora más” (Juan.137). ¿Por cuál acontecimiento tendrían que esperar una hora más? Se refería, por supuesto, —y allí radicaba el chiste de la caricatura— a la ansiada caída del dictador Gerardo Machado que no se verificará sino hasta casi once meses después. La mención a la ciudad de Nueva York no es casual y no sólo por la referencia a su adopción del horario normal luego de varios meses del uso del llamado horario de verano. En dicha ciudad radicaba la sede de la llamada Junta Revolucionaria en la que varias organizaciones antimachadistas intentaban ponerse de acuerdo para derrocar al dictador del momento: de ahí la alusión sardónica a que tendrían que esperar una hora más que el resto de los cubanos. Pero si convoco este recuerdo es menos por cómo el caricaturista observaba los entresijos de la política cubana del momento sino porque nos introduce en un tópico no por poco estudiado menos recurrente de la historia cubana que es el de su relación con el tiempo neoyorquino.
Y es que la historia del vínculo de los cubanos con Nueva York lo es también la de la obsesión nacional por sincronizarse con su tiempo. Última de las colonias españolas en América junto con Puerto Rico, cuando ya el resto del continente se había independizado de la metrópoli, último de los territorios americanos en abolir la esclavitud, los cubanos habían visto el transcurrir de su historia como un continuo desfasaje que requería de continuas actualizaciones. No se viajaba a Nueva York para esperar una hora más por los acontecimientos nacionales sino para adelantar los relojes que signaban la evolución del país. Para ello la ciudad de Nueva York se ofrecía como el meridiano cero de la modernidad, aquél por el cual debía poner en hora sus relojes aquella Cuba que, según Carlos Manuel de Céspedes, aspiraba a “ser una nación grande y civilizada” “porque así cumple a la grandeza de nuestros futuros destinos”. No es fortuito que Nueva York fuese el destino obligado de los exiliados cubanos en el siglo XIX, desde Heredia a Martí y lugar de estudio de generaciones de jóvenes cubanos que se preparaban para asumir los retos tecnológicos de la modernidad. O que fuera aquí donde se forjaran varios de los elementos más reconocibles de la heráldica nacional como el escudo, la bandera, la gran novela nacional del XIX o el Partido Revolucionario Cubano de Martí. Como tampoco es extraño que fuera en esa ciudad donde los músicos del siglo XX vinieran a grabar sus discos, a empaparse de los nuevos hallazgos musicales y a fundirlos con los suyos propios o que algunos de los artistas más renombrados de la plástica cubana vinieran en busca de aprendizaje y reconocimiento.
La fundación de la Nación, fuera de un estricto marco geográfico y en una lengua prestada por el conquistador, forjaría una identidad que tenía menos que ver con el espacio que con el tiempo, un tiempo preferentemente futuro ante la carencia de tradiciones o culturas ancestrales que la hicieran gravitar hacia el pasado (de ahí que el intento nostálgico del siboneyismo —la versión local del indigenismo— durara poco y arraigara menos). Frente a lo peor de la intransigencia española, a su carácter empecinadamente retrógrado (o al menos así se le retrataba en la caricatura patriótica cubana) el estandarte más socorrido solía ser el del progreso y el futuro simbolizados en el vecino del norte y en particular con la ciudad que desde 1886 daba la bienvenida con el más monumental símbolo de la libertad. Cuba era una nación que más que definirse por sus fronteras tan claramente delineadas en torno a los bordes de su archipiélago se definía frente al tiempo. Acaso fuera esa la tradición por futuridad de que hablaba Lezama Lima. No una futuridad impuesta por otras potencias sino importada por los sectores más progresivos de la sociedad cubana: desde la vacuna contra la viruela hasta el ferrocarril, desde el béisbol a la televisión.
Y sin embargo lo que parecía ser en principio una persecución lineal entre ambos tiempos, la búsqueda de una confluencia total entre el tiempo cubano y el norteamericano pronto encontrará resistencias decisivas. Si, al decir de Borges, el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos una total sincronía implicaría la desaparición de una de las partes. Somos el ritmo que nos imponemos a contratiempo de la cronología universal. Quiero decir que si en principio a muchos fundadores de lo nacional les pareció necesaria e inevitable la adopción del ritmo exacto de la modernidad pronto se impuso una mirada menos rígida o entusiasta. La modernidad no es un espacio vacío rellenado con cierta noción acelerada y positivista del tiempo. El entusiasmo con que se abrazaba cada novedad tuvo que detenerse en la capacidad o necesidad de digerirla. Entender que esa sustancia de la que estamos hechos, el tiempo, es a la vez la resultante de diversas y a veces contrapuestas velocidades. Esa comprensión —más la propia resistencia norteamericana a embarcarse en la aventura de la anexión— quizás fuera lo que marcara el tránsito del anexionismo al independentismo.
Es curiosa la respuesta literaria que le da Cirilo Villaverde a este problema quien en su propia vida encarna ese tránsito. Cómo pasa de ser el periodista que reseña el desfile de modas —o sea, esa continua persecución del presente— en que se convertían los bailes y funciones teatrales en La Habana de mil ochocientos cuarentitantos al que luego de treinta años de exilio norteamericano se enfrasca, a las puertas del fracaso de la primera guerra de independencia en reconstruir y mitificar episodios de su juventud en su muy personal búsqueda del tiempo perdido. Cómo logró ese prodigio de memoria que fue reconstruir con tanto detalle La Habana de medio siglo antes puede explicarse en parte por ese vicio obsesivo de los exiliados de conservar el pasado como no lo harían los que conviven día a día con los cambios del lugar en cuestión. Villaverde, luego de intentar ofrecerle un futuro distinto a la isla (ya fuera como parte de la Unión Americana, ya fuera como nación independiente), le obsequia un pasado más o menos definitivo, tiempo congelado sobre el que erigir el futuro de la nación, un tiempo remotísimo incluso para aquel Nueva York de fines del XIX en que lo describió.
Para pensar en las fricciones que sufre el tiempo de los exiliados podríamos empezar por ese momento de máximo contraste de velocidades que es el de la llegada. Martí, que luego se erguiría como el fundador del antimperialismo latinoamericano, fue entusiasta como pocos en sus impresiones iniciales sobre la ciudad. “Estoy, al fin en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida” (Martí.1964.106) dice en 1980 con un entusiasmo que nos recuerda las páginas de su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos iluminadas por su estancia en la tierra de Cuba libre: “Y en todo el día ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!” (Ibid.217)
Se trata para Martí de un tiempo esencialmente nuevo, no solo para una de las últimas colonias americanas sino hasta para la propia Europa. El Martí disfrazado de español de sus “Impresiones de un español fresco” reconoce en ambos continentes temporalidades distintas y se pregunta cuál de las dos es el futuro de la otra: “¿Va América hacia Europa o viene Europa hacia América?” (Ibid.124) es la cuestión que plantea pero no parece haber dudas cuando confiesa en un texto precedente: “Me detuve, miré respetuosamente a este pueblo, y dije adiós para siempre a aquella perezosa vida y poética inutilidad de nuestros países europeos” (Ibid.107). Su actitud en aquellos primeros meses de su exilio neoyorquino dista mucho de ese antimperialista militante y secreto de su carta a Manuel Mercado. En julio de 1880 reconoce que “Estoy hondamente reconocido a este país, donde los que carecen de amigos encuentran siempre uno, y los que buscan honestamente trabajo encuentran siempre una mano generosa. Una buena idea siempre halla aquí terreno propicio, benigno, agradecido. Hay que ser inteligente; eso es todo. Dése algo útil y se tendrá todo lo que se quiera...”. (Ibid.107)
Eso no significa que Martí fuera acrítico con el sitio donde pasara la mayor parte de su vida adulta, incluso en aquellos momentos de mayor entusiasmo. Reconoce en medio del vértigo neoyorquino un tiempo nuevo pero ni exento de defectos, ni necesariamente mejor. La comunicación misma se le hace difícil a causa de esa aceleración que parece contaminarlo todo, incluso el lenguaje: “Aquí toda conversación es en una sola palabra: no hay respiro, no hay pausa; no hay sonido preciso”. La mayor velocidad significa que se llegará antes al punto de destino sin que este sea más deseable que otros. Sin embargo, varios años después de aquellas impresiones primeras reconoce en su crónica sobre el balneario de Coney Island que
esa movilidad, ese don de avance, ese acometimiento, ese cambio de forma, esa febril rivalidad de la riqueza, ese monumental aspecto del conjunto que hacen digno de competir aquel pueblo de baños con la majestad de la tierra que lo soporta, del mar que lo acaricia y del cielo que lo corona, esa marea creciente, esa expansividad anonadora e incontrastable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo maravilloso; eso es lo que asombra allí. (Martí.1963.125)
Curioso paralelo se puede establecer con las impresiones que tiene a su llegada Reinaldo Arenas casi exactamente un siglo después: “Nueva York” dice “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra” (Arenas.2001.300). Otra vez el vértigo, el contraste con la tierra detenida en el tiempo. “Ese torrente que, en hormigueo multicolor y sin igual, se precipita, rápido, rápido, rápido, secretamente no conmina, nos dice en qué consiste la verdadera sabiduría, no te detengas” (Ibid.301).
La presencia de Arenas en Miami, a través del éxodo del Mariel, lo había empujado a percibir los contrastes temporales entre Estados Unidos y Cuba. Basta la llegada de la hora de repartir la comida entre los refugiados acampados en el Orange Bowl para que estos retrocedan a su punto de partida que es a su vez otro tiempo porque
Veinte años bajo la urgencia de la sobrevida, bajo la inseguridad de mantener esa sobrevida, bajo la desconfianza, el escepticismo o la mera burla, ante cualquier promesa que implique asegurarnos la sobrevida, no se olvidan así como así. Por eso, ellos siguen en otro tiempo, —allá—, ahora, llenando jabas de perros calientes y escondiéndolas debajo de la cama (Ibid.299).
Llegado a “tierras de libertad” el tiempo de la isla —el del castrismo todo— se convierte inmediatamente en pasado. Ese pasado es, sin embargo, posterior a otro al que se aferra Miami, el tiempo paradisiaco de la memoria y la nostalgia que se activa en el momento en que la cantante Olga Guillot extiende su voz como una manta sobre los refugiados del Orange Bowl. “Esa voz intentando reconstruir un tiempo, sosteniendo un tiempo, una época, una ciudad, unas noches, una ilusión, que ya sólo existe en el timbre que la emite y en los emocionados que escuchan, existe” (Ibid.300). Es por eso que Miami, a diferencia de Nueva York, es una ciudad heroica porque en ella habita “un pueblo entero” dedicado “a la terca, minuciosa y heroica tarea de reinventar un país” que es lo mismo que reinventar un tiempo que no existe, que sólo existió alguna vez en sus mentes, en sus deseos.
Pero el transcurrir del tiempo de los desterrados es también el de la comprobación de su propia anacronía con el tiempo que lo rodea en la nueva tierra donde viven. El perseguidor de futuros en su patria se hace, ante el vértigo de las nuevas velocidades, súbitamente conservador. (Los hay por supuesto quienes se adaptan muy bien a las nuevas tierras con sus tiempos y velocidades respectivas pero se me hace difícil considerarlos como exiliados: para un verdadero exiliado su tiempo estará siempre en otra parte o más bien en ninguna: un exiliado es alguien que no tiene otro remedio que inventarse su propio tiempo). No obstante ese conservadurismo no se debe sólo al efecto del contraste entre su inercia original y el vértigo de una nueva vida ni a su capacidad —disminuida por la sacudida del cambio— de ajustarse a ella. Para alguien que siente el abandono de su tierra como una suerte de íntima traición hay mejor manera de demostrar su lealtad que rechazando las nuevas nociones del tiempo que se le ofrecen al paso.
El recurso que encuentra Martí para justificar ese rechazo es calificar al tiempo neoyorquino de antinatural y decir, por ejemplo, que “el gran corazón de América no puede ser juzgado por la vida desdibujada, la pasión morbosa, los deseos ardientes y angustiosos de la vida neoyorquina. En esta marejada turbulenta no aparecen las corrientes naturales de la vida” (Martí.19.117). Como si el tiempo del lector americano al que se dirige el escritor emergiera directamente de la naturaleza. El tiempo neoyorquino en cambio puede producirle asombro pero nunca empatía como ocurre en su descripción de ese centro de diversión monstruoso para la época que era el balneario de Coney Island. Sumergirse en el tiempo gozoso que le propone la ciudad, lo sabe bien Martí, es disolverse, dejar de ser lo que se es o, aún más, lo que se quiere ser. Como Ulises con las Sirenas debe rechazar su sibilino atractivo para continuar su rumbo de manera que a puro golpe de palabra debe de convertir el moroso tiempo latinoamericano en superioridad espiritual y la velocidad norteamericana en vacío
es fama que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan; que por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu (Martí.1963.126)
Y es sobre ese vacío que Martí construye un nosotros que intenta identificarse más que nada en el rechazo simultáneo del tiempo colonial pero también de la modernidad que proponen los Estados Unidos. “Otros pueblos —y nosotros entre ellos— vivimos devorados por un sublime demonio interior, que nos empuja a la persecución infatigable de un ideal de amor o gloria” (Ibid.126) afirma para recalcar en otro momento: “Aquellas gentes comen cantidad; nosotros clase”. Frente al goce democrático de los norteamericanos Martí erige una aristocracia del placer más imaginario que real pero no por eso menos poderoso a la hora de conjuntar espíritus.
Curioso que alguien aparentemente tan distante de la fineza martiana como Reinaldo Arenas tras un idilio similar con Nueva York coincidiera con Martí en el rechazo de la ciudad, un rechazo que también tiene su base en la manera en que en dicha ciudad se escurre el tiempo: “Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?” (Arenas.2013.57) dice  en su amargo “Adiós a Manhattan” tras constatar una invasión de millonarios y la fuga de trabajadores y la clase media ante el imparable encarecimiento del nivel de vida de la ciudad.
No obstante, en un texto anterior, el relato “Final de un cuento” publicado en el primer número de la revista Mariel, anticipa otros motivos para la fuga de la ciudad. Si un desterrado como Reinaldo Arenas, un eterno candidato a los márgenes, piensa en Nueva York como el último refugio de los apátridas totales como él porque “¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?” (Arenas.1983.4) al mismo tiempo presenta un personaje al que la ciudad se le hace insoportable porque allí “no existes, quienes te rodean no dan prueba de tu existencia, no te identifican ni saben quién eres, ni les interesa saberlo; tú no formas parte de todo esto y da lo mismo que salgas vestido con esos andariveles o envuelto en un saco de yute” (Ibid.3-4).
Lo que hace más angustiosa la existencia del exiliado y al mismo tiempo febrilmente productiva es la conciencia de que ese desfase no es nada comparado con su desajuste con su tiempo original: saber o intuir que no hay lugar al que regresar porque aquél tiempo que se abandonó alguna vez no podrá ser recuperado nunca. Ese es, en el fondo, el gran drama del exiliado. No su discordancia con el tiempo vital del sitio en que vive sino con aquel del que tuvo que irse. “¿Cómo va a sobrevivir una persona cuando el sitio donde más sufrió y ya no existe es el único que lo sostiene?” (Ibid.4) se pregunta el narrador del relato de Reinaldo Arenas. Si hemos de creerle a Cabrera Infante (y a otros) la respuesta de Martí fue la más rotunda cuando al regreso a su tierra añorada no encontró otra salida que la del suicidio enmascarado en gesto heroico.
Se ha hablado bastante del peso que ha tenido el exilio en la conformación del imaginario y la identidad nacional pero mucho menos sobre los efectos que puede haber tenido en ese imaginario y esa identidad la asincronía existente entre el tiempo de los exiliados y el de la nación que intentaban diseñar. Eso quizás explique la profunda ansiedad del discurso nacional cubano, su obstinado mesianismo y su insistencia durante décadas en fijar sus metas en un más allá inalcanzable en lugar del retorno a un adánico estado original. Si lo consiguiera equivaldría a explicar casi toda la historia cubana reciente. Porque de eso se trata: definir este o aquel detalle de un evento que ocurrió hace cincuenta, cien, doscientos años antes es apenas un fragmento de una tarea mucho mayor y más importante que es descubrir cuál es la sustancia de la que estamos hechos, cual es exactamente el tiempo que nos rige. Y el tiempo que nos rige a nosotros, historiadores cubanos en el exilio, es esa combinación de tiempos nacionales y personales más la conciencia de lo irreconciliable de su relación. Para comprender todos estos tiempos, para hacerlos inteligibles (que no otra es la tarea del que se dedica a estudiar el pasado) habría que empezar por reconocer la propia temporalidad del exilio cubano no ya como un sitio de paso, como el equivalente historiográfico del purgatorio cristiano, sino como un tiempo en sí mismo, tan definitivo (y tan transitorio) como el del lugar que se abandona o como el de aquel al que se va a parar pero con leyes y prioridades distintas. Los primeros exiliados cubanos (pienso en Varela, pienso en Heredia por poner dos ejemplos ilustres) habrán sido por tanto los fundadores de una patria cuyos herederos no son tanto sus descendientes como las sucesivas y hasta el momento interminables generaciones de exiliados. Fue Borges quien dijo que “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es” (Borges.65). Nadie como nosotros, en tanto estudiosos de la historia y exiliados, debiera estar más consciente de esa verdad, nadie como nosotros debiera avanzar con más resolución a su encuentro.


 *Discurso de ingreso en la Academia Cubana de la Historia en el Exilio pronunciado el 24 de octubre del 2014.




Bibliografía
Arenas, Reinaldo. “Final de un cuento”. Mariel, Revista de Literatura y Arte, Año 1,, Número 1, Primavera, 1983. 3-5.
--------------------. “Un largo viaje de Mariel a Nueva York”. Necesidad de libertad. Miami: Ediciones Universal, 2001. 296-301.
---------------------. “Adios a Manhattan”. Libro de Arenas. Prosa dispersa (1965-1990). Compilación prólogo y notas Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí. México: CONACULTA/ DGE Equilibrista, 2013.
Borges, Jorge Luis. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz. (1829-1874)”. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial S.A.. 62-67.
Céspedes, Carlos Manuel. “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba”. http://www.cubamilitar.org/wiki/Manifiesto_de_la_Junta_Revolucionaria_de_la_Isla_de_Cuba
Juan, Adelaida de,. Caricatura de la República. La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1999.
Martí, José. Obras Completas, Volumen 9. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963.
-------------. Obras Completas, Volumen 19. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1964.

viernes, 23 de marzo de 2018

Un mojón

El ICAIC excluye la exhibición de la obra "Quiero hacer una película" de la Muestra de Cine Joven por incluir este diálogo:
Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón, Neysi. José Martí es un mojón, de verdad.
Neisy Alpizar: Verdad, Papi?
Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón. José Martí no se reía, mija.
Neisy Alpizar: Qué tú sabes?
Tony Alonso Ramírez: José Martí es… era maricón.
Neisy Alpizar: Está bien. Y, por qué no?
Tony Alonso Ramírez: Pero… No lo conocimos. Estuvo en otra época. Es como Borges. El poema ese. Todo está confundido y la gente dice que eso lo dijo Martí. “Hay que sembrar árboles”, eso lo dice mi tía… Yo no creo en Martí. Yo no soy martiano…”
Se equivocan los realizadores de la película. Martí no es el mojón. El mojón es el ICAIC. Y esa Revolución Cubana que invocaba a Martí cada vez que podía. Y el Mojón en Jefe que descansa en una piedra que tiene la forma perfecta de mojón de caballo y que le echaba la culpa al pobre apóstol de sus papelazos. Ese es tronco de mojón. Ese y todos los que quieren convencernos de que Martí cuando Martí decía "libertad" quería decir "tiranía". Bueno sí, ahora que lo pienso, ese Martí inventado para abonar tiranías, el único que conocen muchos cubanos, es un mojón.

sábado, 17 de marzo de 2018

Los muertos de Angola

Dice Padura que la cifra de muertos cubanos en Angola es "ridículamente baja para 15 años de guerra" y en eso estamos de acuerdo. El problema es que al novelista lo ridículo no le parece inverosímil, algo que comprobará cualquiera que vea sus "Cuatro estaciones en La Habana". Pero de lo que ni él ni siquiera nuestros más combativos antirracistas hablan es de la cifra de muertos angolanos causados por la ocupación cubana. Como si no hubieran existido nunca. Como si no fueran dignos de entrar en ningún cálculo.
Una vez en una entrevista que le hice a Norberto Fuentes -quien insistía en confirmarme la increíble cifra oficial de bajas cubanas- le pregunté por los otros muertos, los causados por los propios cubanos. Entonces cambiando del tono de voz erlajado a uno más circunspecto me dijo: "Esos sí deben ser como un millón aproximadamente".

martes, 13 de marzo de 2018

Y no es una pregunta retórica.

Entiendo a las personas mayores que después de pasarse buena parte de su vida apoyando lo que llamaban “Revolución”, y luego de tomar distancia de ella tras confirmar su indiscutible e infinita labor de destrucción, todavía intentan salvar algo de aquel proceso. Después de todo están hablando de sus propias vidas, intentando justificar el gasto de sus mejores energías, el empleo de sus más profundas esperanzas.
No tiene mucho sentido insistirles en que todo estaba viciado desde el inicio. Que incluso los proyectos más esperanzadores funcionaron como instrumentos para maniatar la voluntad de un pueblo, para construir, ladrillo a ladrillo, las bases de la tiranía. De poco vale decirles que lo que parecía la redención de los más débiles no era más que el modo de movilizarlos para destruir a sus rivales y distraerlos de sus propias necesidades. Que cada aparente acto de generosidad de la tiranía les fue cobrado con creces antes y después. Que ningún llamado “logro” de la Revolución o todos juntos sirven para empezar a justificar tanto desastre. Ya lo dije antes. Cuando se trata de lo más valioso de la vida de cada cual, sus sueños y sus esfuerzos por alcanzarlos, es muy difícil encarar ciertas preguntas.
A los viejos, insisto, los entiendo. Lo que no acabo de entender por qué hay jóvenes que insisten en que hay algo que “salvar” de aquella debacle.
(Quiero que quede claro que no pretendo decir que todo en la Revolución era malo. También en la Alemania nazi, la URSS de Stalin, el Chile de Pincohet o los barracones de esclavos tendrían su lado bueno. Me refiero a virtudes realmente redentoras).

Ventajas de la ecología

Abogo por la unidad de todos los disidentes cubanos y lamento profundamente las divisiones que existen entre ellos que les impiden guiar al pueblo cubano en la búsqueda de su libertad. Pero a continuación:
-reniego de casi todos los disidentes considerándolos consciente o inconscientemente colaboradores del régimen.
-excepto, claro, mi disidente favorito que es la encarnación de todas las virtudes terrenales y dos o tres divinas.
-y lamento, en el fondo, que tanto éste como yo hayamos malgastado nuestro valioso esfuerzo en favor de un pueblo tan miserable y malagradecido.
-cuando estaría mucho mejor hacer una campaña en defensa de las focas que son unos animalitos tan tiernos y encima no tienen cuenta en Facebook desde la cual atacarme.

domingo, 4 de marzo de 2018

Hardman Hall o cómo se inventa una guerra


Por Enrique Del Risco

Uno de los sitios que con más frecuencia usaron los exiliados cubanos en Nueva York para sus actos patrióticos fue el Hardman Hall situado en los números 138-140 de la Quinta Avenida. El Hardman Hall un salón creado por una famosa fábrica de pianos para exhibir sus productos y promoverlos a través de conciertos tal y como ocurría con otros locales usados por el exilio cubano como el Chickering Hall y el Steinway Hall. Allí Martí habló “en no menos de doce ocasiones entre 1889 y 1893” según el investigador Enrique López Mesa. La mayoría de estos eventos se daban en ocasión de fechas patrióticas como la del 10 de octubre cuya conmemoración tuvo por sede el Hardman Hall en los años 1889, 1890, 1891 y 1892. Pero ninguno de ellos fue más importante para el futuro de la historia cubana que el de 1891. No tanto por el contenido del discurso en sí sino por las circunstancias en que se dio y por la cadena de hechos que de él se derivaron.  
El 10 de octubre de 1891 pudo haber sido una fecha más en el calendario patriótico del exilio cubano de Nueva York. Ese día se celebraba el 23 aniversario del inicio de la primera guerra de independencia cubana sin que el estado de cosas en Cuba o en el exilio presagiase la proximidad de la guerra definitiva por la que año tras año se clamaba por esas fechas. No contando siquiera con la superstición de los números redondos poco se podía esperar. Lo cierto es que ese día sin que nadie lo pudiera constatar se inició el proceso que llevaría a la creación del Partido Revolucionario Cubano, dirigido por Martí y de ahí a la preparación y arranque de la guerra que anualmente se anunciaba como inevitable.
En su libro José Martí: letras y huellas desconocidas el estudioso Carlos Ripoll da una convincente versión de lo que debió suceder aquella noche. Contrariamente a lo que la mayoría de los historiadores da a entender, (aunque sin atreverse a afirmarlo directamente), a inicios de la década de los 90 el exilio cubano no era precisamente un hervidero de entusiasmo ni Martí su líder indiscutible. A principios de 1891 sólo se mantenía activo en Nueva York el club “Los Independientes”, fundado en Brooklyn tres años antes. El propósito de esta organización se reducía a recaudar fondos para cuando pudiera iniciarse una acción militar contra España. Sin embargo, los modestos trabajos de ese grupo separatista lograron atraer la atención del diario The New York Herald. Allí, con el objeto de alarmar a España y forzarla a respaldar acuerdos comerciales que le convenían al Ministro de Estado norteamericano, James G. Blaine, fue publicado un extenso artículo en el que se daba mayor importancia de la que en realidad tenían a las actividades revolucionarias de los cubanos. En la edición dominical del 13 de septiembre salió bajo estos titulares: “Cuba Determined to be Free from Spain; The Cuban Colony in this City Raising Funds and Preparing for Another Revolution” (Ripoll.1976.101). 
“La colonia cubana en esta ciudad —declaraba el artículo— no es grande. No es rica colectivamente ni es tan influyente como las colonias de otras naciones extranjeras pero es más unida que cualquier otra colonia extranjera a excepción, quizás, de la china, y es más fervorosamente patriótica”. 
El artículo daba por hecho el estallido inminente de una nueva guerra por la independencia. Exageraba, entre otras cosas, el número de miembros del club elevándolos a “dos millares de miembros juramentados para empuñar las armas en cuanto empezara otra insurrección en Cuba”.
En principio los representantes españoles en los Estados Unidos no le dieron importancia a tales declaraciones. El embajador español en Washington, al tanto de los movimientos de los emigrados cubanos comentaba a las autoridades de Madrid: “… La maravillosa facultad creativa de los Yankees ha convertido la caja del club en una manigua y ha hecho de cada dollar un filibustero”(103). En cambio, la reacción de la comunidad exiliada fue muy diferente: deseaba creer en los avances de los trabajos conspirativos y en la inminencia de la guerra que conseguiría la independencia para Cuba. Por ello acudió en masa al acto en el Hardman Hall. “Hacía años que no se lograba reunir a tantos cubanos en una fiesta patriótica. Entre los oradores se encontraban Gonzalo de Quesada, Rafael de Castro Palomino y Rafael Serra, presidente la SociedadProtectora de la Instrucción La Liga. El discurso que cerraba la noche estuvo a cargo de Martí.
Artículo sobre el evento en Hardman Hall
La celebración de discursos en Nueva York se había convertido, como habíamos dicho, en una suerte de rutina patriótica del exilio cubano neoyorquino y a Martí en su principal oficiante. Sin embargo Martí se cuidó de convertir esta ocasión recurrente en ejercicio gratuito de retórica y, lejos desmentir los rumores sobre los supuestos preparativos de guerra desde el inicio del discurso dio a entender –oscuramente- que los rumores que lo dicho en el artículo del New York Herald el mes anterior era cierto.

Venimos a caballo como el año pasado, a anunciar que al caballo le ha ido bien; que las jornadas que se andan en la sombra son también jornadas; […] que no es la hora todavía de soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner […] ¡A caballo venimos este año, lo mismo que el pasado, sólo que esta caballería anda por donde se vence, y por donde no la oye andar el enemigo! [Los subrayados son míos]
En el informe que hizo del discurso un espía al servicio de España hizo notar una “particularidad notable”: “No se insultó a España ni a sus hijos, y se mencionó entre aplausos y vivas el de los españoles liberales y honrados que han perecido por el derecho, la justicia y la libertad de América”.
Como si quisiera reforzar la impresión de que los preparativos para la guerra se hallaban muy avanzados al día siguiente de su discurso Martí dio un paso cargado de dramatismo: presentar la renuncia a sus puestos consulares de las repúblicas de Argentina, Paraguay y Uruguay en la ciudad. Ciertamente sus declaraciones en el discurso eran incompatibles con su condición de representante de un país que tenía relaciones con España pero no es menos cierto que no era la primera vez que Martí pronunciaba discursos de este cariz siendo representante consular. Dicho gesto le daba un peso adicional a su discurso. Si Martí estaba dispuesto a renunciar a un consulado por un discurso ¿qué no estaría dispuesto a hacer por la libertad de Cuba? Al margen de cualquier especulación lo cierto es que tanto el discurso como las renuncias fueron eficaces a la hora de atraer la atención tanto de las autoridades españolas como del exilio cubano. Enrique Trujillo, contemporáneo suyo, comentaba en 1896 que “la determinación del señor Martí le llenó de admiradores y su acción fue comentada favorablemente y repercutida [sic] en Cuba, en la América Latina y hasta en España”. (Ripoll.1976.111)
 El éxito oratorio junto a su renuncia a su condición de cónsul múltiple (retendría el de cónsul uruguayo por un tiempo más) agrandó la figura de Martí ante los ojos del resto de los emigrados del país. Al mes siguiente fue invitado a hablar en Tampa donde tuvo un éxito apoteósico gracias a dos de sus más memorables discursos, pronunciados en noches consecutivas: “Con todos y para el bien de todos” (26 de noviembre) y “Los pinos nuevos” (27 de noviembre). Poco después viajó invitado a Cayo Hueso con resultado similar. A su regreso a Nueva York de su viaje a Cayo Hueso Martí se había convertido en líder indiscutible del exilio en Estados Unidos. Al año siguiente se fundaría el Partido Revolucionario Cubano encargado de organizar la guerra.
No pretendo sugerir aquí que el liderazgo de Martí, la creación del Partido Revolucionario Cubano y la organización de la última guerra de independencia cubana fuera solo el resultado de una de las tantas exageraciones en que incurre la práctica periodística y de su manipulación por parte del cubano. Al insistir en las circunstancias que rodearon estos hechos sólo intento subrayar la contingencia de un proceso histórico al que generalmente se le ha dado una explicación providencial, mítica. El entusiasmo despertado por el fantasioso artículo del The New York Herald se habría disipado en los meses siguientes si Martí no se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para aprovechar, inflar y, sobre todo, darle sentido a la primera circunstancia favorable una vez que se presentase.

El Hardman Hall se trasladó años después a otro edificio en el 433 Fifth Avenue pero en el 138 de la Quinta Avenida, queda, tras varias modificaciones el edificio donde se conjuraron las circunstancias para convertir un discurso en el germen de la última guerra de independencia cubana.

138 Fifh Ave., Nueva York, Foto del autor