lunes, 16 de noviembre de 2015

El arte como exilio

De la entrevista aparecida ayer en Diario de Cuba que le hice a un galerista y tres artistas sobre el proyecto "Resiliencia: la otra cuba" en el que participaron Jairo Alfonso, Ariel Cabrera Montejo, Adrián Morales Rodriguez, Ciro Art, Henry Ballate, Jose Bedia, Gustavo Acosta entre otros:


De una manera bastante directa esta exposición reivindica el concepto de "exilio" en un momento en que la insistencia en la "normalización" de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos hace que muchos vean la propia idea del exilio como anacrónica. ¿Por qué esa insistencia?  
Adrián Morales: Como dice Henry [Ballate], el artista por su propia condición de artista distorsiona y deslegitima de constante su idea de(l) borde, para su disolución. El argumento de la disidencia, el exilio (incluso global) hoy tiene más sentido que nunca. Cuando no se reconoce centro, entonces desaparece igualmente la periferia. Crear es generar (una) ficción del lenguaje (ucronía/distópica) "posible" que gana espacios de realidad. Un creador es el exilio mismo. Su territorio, su patria posible, es la creación no sujeta a los rigores de ningún imperativo, más que al poder manifiesto de su autónoma soberanía del lenguaje. Como dije alguna vez, la única patria posible es la pérdida de la ignorancia.
Hace poco sugería en uno de mis profiles de internet esta frase de El arte de la guerra de Sun Tzu: "Si no puedes o no eres capaz de ser fuerte, y sin embargo tampoco puedes, ni asumes, ni resistes ser débil, eso resultará en tu entera derrota". Eso explica porque tantos (artistas) vuelven a Cuba con el rabo entre las piernas: muchos prefieren la limosna de un amo justo en lugar de la "libertad" de disposición. Porque el país de la mentira y el simulacro les hace creer que son fuertes cuando no es cierto.
Donde hay que probarlo es fuera, lo demás es un cuento, un arreglo, un programa mental, una zona de confort aterrorizada y acomodaticia. "La Heroica es afuera o no será", allí donde peleas con lo invisible, el ninguneo, la apatía, la supervivencia, tu voluntad, la sensación de abandono, el complejo de culpa, el desapego, el desarraigo, el extrañamiento, la resistencia contra la nada te asaltan.
Los que regresan prefieren volver a la enfermedad, pues la enfermedad es menos grave que el hecho de enfrentar lo que debes enfrentar de ti mismo. No queremos curarnos, preferimos solo evitar los síntomas, escurrir el bulto, liberarnos de la responsabilidad, de lo que tú y solo tú debes acarrear: "La verdad es más dolorosa que la enfermedad". No hay nirvana instantáneo, no hay atajos para la divinidad. Al duro y sin guante. Sin patria pero sin amo. "Cualquiera que tenga forma puede ser definido, y cualquiera que pueda ser definido puede ser vencido", como diría Sun Tzu.
[Para ver la entrevista completa pinchar aquí]

sábado, 7 de noviembre de 2015

Bolaño distante

La revista mexicana Variopinto acaba de publicar la segunda parte de mi ensayo "Bolaño distante" (en el número anterior ya habían publicado la primera parte) y aprovecho para sacarlo aquí en su totalidad.

Bolaño distante
Por Enrique Del Risco 
Nunca me interesó conocer las opiniones políticas del escritor Roberto Bolaño. En parte por los mismos motivos por los que no me detenía a averiguar las de Homero o de Shakespeare: porque rebajarlos a sus pasiones o rencores más inmediatos no haría más que encoger su literatura. Pero también, debo confesarlo porque, siendo nativo de un continente en el que abominar unas dictaduras parece justificar la admiración de otras, prefería ahorrarle la vergüenza de comparar sus libros más luminosos con opiniones que –sospechaba– adolecían de los lugares comunes de la izquierda latinoamericana. Porque si algo me había dejado en claro en términos políticos la lectura de sus libros era su resignación a considerarse de izquierda. Y esa resignación, ya se sabe, micrófono por delante, conlleva a la repetición de tonterías demasiado viejas, demasiado ensayadas, mientras el entrevistado mira al techo, o al reloj o a las piernas de la entrevistadora, cualquier cosa menos pensar en lo que dice porque hace muchísimo que ciertas preguntas solo se pueden responder correctamente si no se piensan. O se piensan tanto que termina descubriéndose un sistema de razonamiento oblicuo: si se pregunta por Cuba se responde con el embargo norteamericano, si por Hugo Chávez se desvía la conversación hacia Pinochet, si se pide una comparación entre Brasil y Argentina se habla de Maradona y Pelé. Y si se trata de decidir quién ha sido el mejor futbolista del mundo entonces en aras de la unidad latinoamericana se contesta refiriendo las virtudes del Che Guevara en el cabeceo y el juego colectivo.Ah, pero no somos dueños de nuestras preocupaciones como no lo somos del destino, y un día ya hace algunos años, mientras enseñaba “Estrella distante”, mis estudiantes me obligaron a pensar en la política de Bolaño. (Algo condiciona a los estudiantes norteamericanos a exigirle una intención política a los textos de cualquier escritor de América Latina so pena de no entenderlo. No es su culpa, como no son responsables de la noción de que Latinoamérica está compuesta de guerrilleros, ejército, paramilitares, políticos, narcotraficantes y sus víctimas correspondientes. Aunque ahora que lo pienso de alguna manera llevan razón: América Latina es un continente de víctimas y verdugos que a cada rato intercambian los papeles como si no hubiera más opciones aunque en estos tiempos, de poder escoger, todos se pelearían a muerte por ser víctimas). Así que, en vez de hablar de las relaciones entre la estética y la violencia, tuvimos que “retroceder” hacia una lectura política de la novela de Bolaño. No fue difícil ver entonces en la figura de Carlos Wieder, poeta-asesino al servicio del régimen de Pinochet una condensación de los rasgos que comparten los radicalismos de izquierda y de derecha, sus instintos comunes: el ansia de absoluto –social o espiritual–, el desprecio por la vida humana y una intensa estilización de la violencia que convierte a las revoluciones en la encarnación de la poesía en la historia y determina que las guitarras se toquen con las mismas manos de matar.
No es casual que Bolaño haya escogido al poeta Raúl Zurita, reconocido poeta chileno de clara filiación de izquierdas para modelar a su pinochetista Carlos Wieder. El performance “La vida nueva”, en el que el poeta Zurita hizo que cinco aviones trazaran en los cielos de Nueva York versos en español como “MI DIOS ES HAMBRE”, “MI DIOS ES CÁNCER” guarda un parecido intenso con el de Carlos Wieder volando sobre el cielo de Concepción en un avión con el que traza en latín los primeros versículos del Génesis bíblico. O luego, cuando Wieder escribe por los mismos medios frases como “LA MUERTE ES AMISTAD”, “LA MUERTE ES CRECIMIENTO”, “LA MUERTE ES LIMPIEZA”. El Carlos Weider de Estrella distante es la encarnación del principio en el que se fundan las vanguardias políticas y estéticas más radicales: eliminar, junto a todo lastre del pasado, cualquier diferencia entre vida y poesía. Hacer de ambas una y la misma mientras se desprecian los reclamos vulgares de la realidad. Ante tanta simetría causa pena el esfuerzo que se toma la crítica Chiara Bolognese en distanciar a Wieder de Zurita diciendo que mientras “Wieder se sirve de los versos […] para fortalecer la ideología pinochetista” en el caso de “Zurita se trata de una propuesta de resistencia”[1]. Tan ocupada está Bolognese en alejar los performances de Wieder y de Zurita –en conciliar a Zurita con el creador de Carlos Wieder- que no se pregunta por qué  Bolaño fue a buscar el modelo de su poeta fascista en la orilla ideológica contraria. No se lo pregunta aunque la respuesta es fácil de imaginar. Suponer que el novelista sabía que las diferencias ideológicas y políticas eran pura circunstancia. Que bastaba que esta cambiara para que los perseguidos se convirtieran en perseguidores tan feroces como los que los precedieron. Y también que por mucho que buscara Bolaño no iba a encontrar un modelo similar en la derecha política o poética latinoamericana, al menos no después de la derrota del nazismo en Europa, cuando la derecha, sin perder su ferocidad, se hizo más pragmática, menos ideológica y espectacular. Menos poética. Es el propio Bolaño quien me evita extenderme en especulaciones. Al hablar sobre La literatura nazi en América, libro en el que por primera vez se cuenta la historia del poeta asesino de Estrella distante, -aunque presentado con el nombre de Carlos Ramírez Hoffman- el autor dice sin ambigüedad: “En La literatura nazi en América, yo cojo el mundo de la ultraderecha pero muchas veces, en realidad, de lo que hablo ahí es de la izquierda. Cojo la imagen más fácil de ser caricaturizada para hablar de otra cosa. Cuando hablo de los escritores nazis de América, en realidad estoy hablando del mundo a veces heroico, y muchas veces canalla de la literatura en general”[2]. La recreación de la inexistente literatura nazi del Nuevo Mundo obliga a encontrar esas mismas constantes en la literatura realmente existente, una literatura a la que el cambio de signo ideológico no le evita miserias similares a las de las biografías inventadas por Bolaño. Es el modo alevoso que encuentra el novelista para hacernos evidente la irrelevancia del signo político frente a lo decisivo de la intensidad de las convicciones y el grado de escrúpulo con que se asuman. Y Bolaño sabía de lo que hablaba. Como cuando recordaba los días que pasó “en El Salvador con los que serían los directores del Frente Farabundo Martí, dos o tres años mayores que yo. Unos auténticos criminales que se decían poetas”[3] y que entre otras hazañas se encargarían de ejecutar al poeta Roque Dalton mientras dormía. Al gesto de los asesinos enmascarándose tras la poesía corresponde Bolaño delatando el costado criminal de la literatura.
Pero Estrella distante -sospecho mientras acudo al sistema más policial que literario de revisar la ficha del autor, sus antecedentes, las declaraciones que hizo sin el consejo de su abogado- está encaminada también a ajustar cuentas con el Bolaño que escribía en el Manifiesto infrarrealista: “Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida: una-sola-cosa”[4] . Se trata de un subversivo lugar común de una época en que Latinoamérica se hallaba en su fase mágica: una edad en que parecían indistinguibles la profesión de poeta y la de guerrillero, o el peso de la palabra y el de la realidad, tiempos en que se le exigía a los hechos que se plegaran a las abstracciones del materialismo histórico. Sería banal insistir en esos textos atiborrados de tópicos si la obra posterior de Bolaño no pudiera verse como el examen de una época que recetaba revoluciones para cada malestar de la condición humana; si libros como La literatura nazi en América, Estrella distante, Los detectives salvajes o hasta 2666 no pudieran entenderse también como una personal cura de desintoxicación contra ese opio que permitía asesinar en nombre del pueblo a Roque Dalton, o impelía al propio Bolaño a masacrar la ortografía en nombre de un futuro mejor:
Cortinas de agua, cemento o lata, separan una maquinaria cultural, a la que lo mismo le da servir de conciencia o culo de la clase dominante, de un acontecer cultural vivo, fregado, en constante muerte y nacimiento, ignorante de gran parte de la historia y las bellas artes (creador cotidiano de su loquísima istoria y de su alucinante vellas hartes), cuerpo que por lo pronto experimenta en sí mismo sensaciones nuevas, producto de una época en que nos acercamos a 200 kph. al cagadero o a la revolución.[5]
 Sólo como despiadado examen del tiempo y los sueños compartidos con toda una generación se pueden entender cabalmente libros como La literatura nazi en América, y descubrirle su simetría invertida. O comprender el esfuerzo del protagonista de 2666, el ex soldado del ejército nazi Hans Reiter, por buscar reposo en la literatura bajo el seudónimo impermeable de Benno von Archimboldi. O los desencuentros poco literarios de Bolaño con la intelectualidad chilena, corroída por ese aburguesamiento culposo tan común en la más reciente izquierda. Más allá de lo insondable que pueda ser una literatura intensa y desmedida como la suya, el más básico de sus mensajes cifrados está dirigido hacia sus antiguos compañeros de generación e ideales todavía atragantados de redentorismo de opereta, una opereta compuesta en estos días por cantautores o por reguetoneros con conciencia de clase. Ese mensaje viene a ser el mismo con el que Carlos Wieder concluye su primer performance aéreo en el cielo de Concepción: “Aprendan”. Y la lección a repasar es la caída en cámara lenta del Muro de Berlín, la de los muertos por la revolución continental, o de los vivos que en el interín perdieron, junto a su juventud, su cuota de ilusiones vitales. Bolaño lo repetía sin cansancio pero nunca con más claridad que al aceptar el premio Rómulo Gallegos:
 en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, y cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia o en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados.[6]Parecería este un intento de rebajar la literatura de Bolaño a las pasiones o rencores más inmediatos de su autor, sólo por el placer burdo de sentirlos afines, pero soy el primero en reconocer que tal afinidad es falsa. Cuando comencé a escribir en serio hacía rato no me desvelaba la filiación de mis escritos. Ya me sabía demasiado sentimental como para ser aceptado por la derecha y lo bastante escarmentado para el uso conveniente de la izquierda. A Bolaño, en cambio, lo atormentaba el riesgo de serle infiel a sus inclinaciones ideológicas que confundía con su persistente amor por el prójimo mientras el prójimo tuviese el cuidado de no escribir mal. Reconocía que le hubiera gustado “ser un escritor político, de izquierda, claro está” y si algo lo había detenido era que
 los escritores políticos de izquierda me parecían infames. Si yo hubiera sido Robespierre, o no, mejor Danton, en una de esas los enviaba a la guillotina. Latinoamérica, entre sus muchas desgracias, también ha contado con un plantel de escritores de izquierda verdaderamente miserables. Quiero decir, miserables como escritores. Y ahora tiendo a pensar que también fueron miserables como hombres. Y probablemente miserables como amantes y esposos y como padres. Una desgracia. Trozos de mierda esparcidos por el destino para probar nuestro temple, supongo, porque si podíamos vivir y resistir esos libros seguramente éramos capaces de resistirlo todo. En fin, no exageremos. El siglo veinte fue pródigo en escritores de izquierda, más que malos, perversos.[7]
 Su abandono de la literatura como proyecto político se debió, si se atiende con cuidado a sus palabras, menos a sus deseos que a la conciencia angustiada de la inutilidad del esfuerzo. La misma convicción que le hizo preguntarse “¿cómo se va a reformular el discurso de izquierda si la izquierda, por ejemplo, sigue apoyando a Castro, que es lo más parecido que hay a un tirano bananero?”[8]. Si algo me importa de la política de Roberto Bolaño no es su falsa afinidad ideológica con un escritor nacido bajo el tirano favorito de buena parte de la izquierda latinoamericana y disimulado como una pesadilla sonrojante por la otra, porque al final ese escritor -junto a sus pasiones y rencores- estará tan muerto como Bolaño lo está ahora y la literatura, por mucho que se alimente de fobias sublimadas, no es otra cosa que una desmoralizada pelea contra el tiempo y la muerte. Lo que me interesa aquí es la política de su proyecto literario. La política del poeta que alguna vez soñó transformar “el territorio de la Quimera y el Mito” y terminó siendo el prosista que dinamitó discretamente la literatura de la Quimera y el Mito.
Bolaño parece haber comprendido que toda la literatura significativa de Latinoamérica, incluida la del boom -sobre todo ella- era literatura mitológica. Sofisticadísima y actualizada en los modos narrativos y que sin embargo le adeudaba a su modernidad el cuestionamiento de los mitos que conformaban su tradición. El chileno debió entender que de El reino de este mundo a Rayuela, de Cien años de soledad a La guerra del fin del mundo no se trataba de otra cosa que del recuento y exaltación de mitos históricos, culturales y sobre todo políticos. Mitos que a la altura de la mitad del siglo XX eran mitos de izquierda o reciclados por ella: el mito del Paraíso Reencontrado, el de la Revolución Definitiva (que era por supuesto una reedición del anterior), el del Continente Joven y Excepcional, el del Continente Desangrado y Violado por los Vampiros Internacionales pero Esencialmente Inocente y sobre todo el mito de que era posible y necesario que la poesía fuera un modo de revolucionar el mundo y que la Revolución fuese la forma más alta de la poesía y por tanto era legítimo que se permitiera los mismos propósitos y excesos. La literatura resultante, si no justificaba o reproducía estos mitos, los asumía como sobreentendidos indiscutibles. Una literatura a la que en su resistencia a desencantar el mundo que describía no cabía, usando el politizado vocabulario de Bolaño, llamarla de otro modo que reaccionaria.
La relación mágica de esta literatura con el mundo, pese a la actualidad de sus recursos narrativos, no la distinguía demasiado de las novelas de caballería. Como si Cervantes nunca hubiese escrito el Quijote, como si los tropiezos de la modernidad latinoamericana fuesen causados invariablemente por el embrujo de un hechicero enemigo. Y luego venía la descendencia más timorata del boom que encontró en el lema de la postmodernidad una licencia para cazar quimeras y dragones sin parecer anacrónica. Bolaño, o cualquiera que no confunda la profesión de escritor con la de sacerdote laico, conjurador y cómplice de poderes que lo sobrepasan, sabía que la literatura latinoamericana necesitaba de unos cuantos Cervantes, deshacedores de los entuertos de los mitos, escritores que comprendieran que Don Quijote sin Sancho es pura antigualla, una armadura oxidada rellena de confusión. Y no es que a cada rato no aparezca algún discípulo de Cervantes, pero los críticos suelen confundirlos con molinos de viento o ya directamente –como ha ocurrido con Bolaño– con el mago Merlín.
Sin embargo, la obra de Bolaño está poblada de Quijotes que asumen el mundo como el Quijote original toleraba a la realidad: como un campo de batalla. O donde a la realidad dura e impura o a su propia conciencia de ella les toca hacer el papel de Sancho, susurrándoles al oído que el mito solo tiene sentido si se le reconoce como juego infinito, si no se le confunde con un programa político, con un plano ideal del mundo, si el escritor no se trastoca en fabulista frente a la reconfortante fogata del Estado, de las editoriales, de los medios, de las universidades, de espaldas a la realidad y al sueño. A veces, como en Estrella distante, Sancho es el ex detective y vengador a sueldo Abel Romero, cuya ínsula Barataria es la empresa de pompas fúnebres que se comprará con lo que le paguen por matar al poeta asesino Carlos Wieder. Una empresa capitalista en la que tratará de complacer parcialmente el sueño de la igualdad social: “un entierro de burgueses para la pequeña burguesía y un entierro de pequeños burgueses para el proletariado” porque “ahí está el secreto de todo, no sólo de las empresas de pompas fúnebres, ¡de la vida en general! Tratar bien a los deudos […] hacerles notar la cordialidad, la clase, la superioridad moral de cualquier fiambre”[9]. O a veces ni siquiera necesita de Sancho porque su Quijote de turno se desdobla mágicamente en Alfonso Quijano, como en el caso de Juan Stein, de quien el narrador de Estrella distante se entera que ha participado en sucesivas empresas guerreras en Nicaragua, Angola y El Salvador para que al final otro amigo descubra confusamente la posibilidad de que Stein, profesor solterón, haya muerto sin salir nunca de Chile. O es el Ojo Silva, del cuento homónimo quien desde la India le confiesa por teléfono a un amigo que ha fracasado en la empresa de salvar una brevísima porción de humanidad en la forma de dos niños y que en medio de las lágrimas le pide dinero para el pasaje de vuelta a Europa.Para cuestionarse una literatura que servilmente asume los mitos que alguna vez le dieron sentido Roberto Bolaño recurre al viejo truco del anacronismo. Lanza a sus personajes al cumplimiento de aquellos viejos mitos con el objetivo de ponerlos a prueba, de exprimirles toda la verdad y el horror que todavía puedan contener y les hace decir como a Felipe Muller en Los detectives salvajes que “Si al infinito uno añade más infinito, el resultado es infinito. Si uno junta lo sublime con los siniestro, el resultado es siniestro”[10]. De los experimentos de la poesía que se adentra en la Materia y en la Historia sale la monstruosa exposición de fotografías de cuerpos torturados que ofrece Carlos Wieder o los rituales de la secta de los Escritores Bárbaros que “humanizan” textos clásicos defecándose, masturbándose u orinándose sobre ellos hasta llegar a su “asimilación real” exponiéndolos a “una cercanía corporal que rompía todas las barreras impuestas por la cultura, la academia y la técnica”[11]. Si hay alguna dificultad en ver allí una parodia de los procedimientos encaminados a crear una cultura proletaria a mediados del siglo pasado es porque hemos preferido olvidar aquellos proyectos como si se tratara de un mal sueño, una pretensión ridícula de adolescentes pobres en los pasillos de las universidades públicas y en cafeterías inundadas de moscas. No los olvidó Bolaño quien vio en aquellos absurdos la fuente del vacío actual del discurso político y literario latinoamericano. Bolaño se permite criticar esa realidad cubierta por mitos enquistados sin renunciar a la épica porque, parafraseando a Octavio Paz, no existe literatura sin héroes en los que reconocerse. De ahí su predilección por los poetas olvidados y por los detectives, seres ocupados en profesiones con dosis semejantes de violencia y misterio.Pero la principal lección de su escritura –si es que cabe tal pretensión en una obra de por sí ambiciosa– es sospechar no sólo de los mitos latinoamericanos sino de la realidad que se ha asentado sobre ellos, la sospecha de que los primeros y la segunda son tan obsoletos como la literatura que engendran. Que una literatura moderna (o posmoderna ya que estamos ahí) consiste no en destruir los mitos previos sino en abrirse camino en medio de ellos hasta encontrar un claro donde levantar otros nuevos, tan ilusorios como los anteriores pero cada vez más íntimos e irremplazables. Pero la principal virtud de Bolaño es menos literaria que ética. Es el valor, como lo define el propio escritor, de “abrir los ojos en la oscuridad, en esos territorios en los que nadie se atreve a entrar”[12]. Es el valor que se necesita para enfrentar dogmas convertidos en paisaje, exquisitamente conservados por la cobardía, la pereza mental y la frivolidad. Porque para Bolaño el escritor en América Latina, como en cualquier parte, sólo tiene sentido si se reconoce como un samurái que pelea contra un monstruo que lo destruirá pero aún así sale a pelear[13] en lugar de pactar con el monstruo la coreografía de un falso enfrentamiento. Un guerrero que asume, como Cervantes y tantos otros, que su oficio comienza y termina con el reconocimiento de la soledad y la derrota y en el que, por esa misma razón, cualquier patetismo sobra.
    Citas: 

[1] Bolognese, Chiara. “Roberto Bolaño y Raúl Zurita: referencias cruzadas”. Anales de Literatura Chilena. Año 11, Diciembre 2010, Número 14,  259-272.
 [2] Brathwaite, Andrés (Editor). Roberto Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas. Santiago de Chile: Editorial Universidad Diego Portales, 2006, pp. 111- 112.
 [3] Ibid. p. 80.
[4] Bolaño, Roberto. “Déjenlo todo, nuevamente. Primer manifiesto infrarrealista”. http://manifiestos.infrarrealismo.com/primermanifiesto.html [5] Ibid. [6] Bolaño, Roberto. Entre paréntesis. Barcelona: Editorial Anagrama, 2004. pags. 37- 38.
 [7] Brathwaite, Andrés. Op. Cit. pp. 89- 90.
 [8] Idem. 76.
 [9] Bolaño, Roberto. Estrella distante. Nueva York: Vintage Español, Random House, Inc., 2010, p. 146.
 [10] Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Barcelona: Editorial Anagrama S.A., 2003, p. 426
 [11] Bolaño, Roberto. Estrella distante. p. 140.
 [12] Bolaño, Roberto. Entre paréntesis. p. 65.
 [13] Brathwaite, Andrés Op. Cit. p. 90.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Un viaje

“Allí en las estrechas calles, en casitas y bloques de pisos hechos de remiendos, habita la población local, que vive sobre todo del turismo: extremadamente pobre, acaso desesperada, pero por lo general poco proclive a la protesta […] Días más tarde, el cónsul de Alemania Occidental nos obsequió con el comentario de que las prostitutas de Río no aceptaban dinero, o al menos no contaban con que se les diera, y se sorprendían si un cliente se ofrecía a pagar
Eso lo escribió Joseph Brodsky en 1978 tras un viaje a Brasil. Podría sorprender que un ser tan inteligente y sensible tragara (y reprodujera) de manera tan cándida uno tras otro los lugares comunes de la ignorancia turística. Que dejara a un lado su aguda capacidad de observación simplemente porque no están dispuestos a hacer el esfuerzo que requiere asimilar el obvio y superficial cambio de códigos para descifrarla. Menos cuando esa realidad invita de manera tan insistente a la relajación, a deponer por el rato que dure la estancia sus facultades racionales y críticas. Puede sorprender que no vea zonas de contacto entre la poca proclividad de la población nativa a la protesta y la de su Unión Soviética natal. Que no se preguntara si, descartada la cercanía climática y cultural, algo tendría que ver que Brasil llevara años sometido a una dictadura menos pretensiosa que la de su país pero con la suficiente capacidad de inhibición de cualquier prurito de rebeldía.

Sorprendería este rapto de frivolidad si se ignoran los esfuerzos que siempre hizo Brodsky por desquitarse los años de miseria soviética no sólo en términos materiales o espirituales sino también en ese desgaire mundano que caracteriza a la intelectualidad del Primer Mundo.  Como se revela en ciertos momentos de su obra Brodsky intentaba imitar el cosmopolitismo occidental no sólo en la variedad y extensión de sus intereses sino también en su más descarada ligereza. Era su manera de alejarse a toda la prisa posible de los penosos instintos del homo sovieticus

Pero, para fortuna de sus lectores, tales afanes le duraban poco. Podía más su natural decencia de hablar de lo que realmente conocía que era su propia condición humana, de sus debilidades y su ignorancia. Por eso es que da fe de la imposibilidad como viajero temporal de entender nada de lo que está viendo: “un viaje de ida y vuelta es una terrible trampa psicológica: la idea del retorno nos despoja de cualquier posibilidad de involucrarnos con el lugar visitado”. Si algo deberíamos aprender en un viaje –intenta decirnos Brodsky- no es sobre el lugar que visitamos sino de nosotros mismos porque al fin y al cabo “empiecen donde empiecen, todos los viajes acaban igual: en nuestro rincón, en nuestra cama”. Y más que sobre nosotros deberíamos aprender nuestra irremediable insignificancia:
No existen criterios para juzgar la importancia de una vida; pero nada la reduce más que exponerla a parajes extraordinarios y multitudes. Es decir, al espacio. A la postre, quizá por eso viajamos, por eso frotamos nuestras pupilas, nuestras espaldas y nuestros ombligos con desconocidos. Quizá todo sea una cuestión de humildad, y la fatiga instalada en nuestros huesos la verdadera voz de tal virtud
El enfrentamiento de Brodsky a su propia insignificancia no es más revelador –lo intuimos- que cuando se encuentra con un “farmacéutico local de origen yugoslavo” que “dio la casualidad que se había leído casi toda mi obra”. He ahí al escritor relativamente famoso que, escapado del congreso donde todos sus asistentes se inclinan ante su renombre, descubre a un admirador sincero entre la masa de seres que lo ignoran con no menos sinceridad. “Cuando conozco gente como él, me siento como un impostor, porque lo que creen que soy no existe”, confiesa. Es allí en medio de la admiración particular del farmacéutico donde Brodsky comprende la irrelevancia de cualquier intento de entender esa realidad o, puestos a pensar, cualquier realidad que permanecerá impasible frente nuestros esfuerzos por hacernos sentir.

Porque no hay más que polvo, tierra rojiza, trozos de metal oxidado, edificios inconclusos, multitud de seres de piel morena para los que no significamos nada, como tampoco significamos nada para los de nuestra patria.        

lunes, 26 de octubre de 2015

Veinte años y cuarenta días

Entre los libros que escribió el recientemente fallecido Jorge Valls "Veinte años y cuarenta días. Mi vida en una prisión cubana" ocupa un sitio especial. Se trata del recuento más sobrio, descarnado y compacto de la peor etapa del presidio político cubano, el que corresponde a las primeras dos décadas del régimen que mundialmente se conoce como Revolución Cubana. En el siguiente fragmento pueden llevarse una idea de lo que podía ser una buena noticia en aquellos días en que la ley revolucionaria se aplicaba imperaba en todo su esplendor:
"Algunos de mis amigos que se habían enterado de lo que pasaba se preocuparon cuando les conté que el fiscal había pedido doce años y que existía la posibilidad de que me imputaran nuevos cargos. En aquel momento todas las sentencias eran de veinte años, treinta, o de muerte. La sugerencia del fiscal de nuevos procedimientos les hacía pensar que podía aparecer una nueva acusación y que podía ser muy peligrosa. Ya había ocurrido antes.
Más tarde Cristina me pasó un telegrama según el cual me habían condenado a veinte años. Cuando pude hablar con ella supe que, como un favor personal, un empleado tribunal le había dado esta información. Mis amigos se sintieron aliviados. Veinte años era una condena más normal y había menos que temer respecto a nuevos procedimientos"
Más tarde Cristina me pasó un telegrama según el cual me habían condenado a veinte años. Cuando pude hablar con ella supe que, como un favor personal, un empleado tribunal le había dado esta información. Mis amigos se sintieron aliviados. Veinte años era una condena más normal y había menos que temer respecto a nuevos procedimientos"
O cómo se aplicaba la política de igualdad racial intramuros:
"...los negros eran objeto de un trato especialmente malo: "tú, negro" decía el vigilante, "¿cómo pudiste rebelarte contra una revolución que está haciendo seres humanos de ustedes?". Siempre acababan con más golpes y pinchazos de bayoneta que los demás"

O también la compleja manera en que se entendía el proceso de reeducación de los presos:


"Algunas de estas lecciones se impartían de noche, en la galería que se utilizaba como comedor, justo al lado del foso de ejecución. El «profesor» utilizaba un micrófono para que le oyeran todos los que estaban en el patio. Unas veces la lección tenía que ver con la política; otras trataba otros temas relacionados con ella.
 Recuerdo una noche en la que los pobres presos tenían una conferencia sobre las culturas indígenas de Cuba. Su voz salía, estridente, por los altavoces: «los guanacahíbes (sic) vivían en la provincia que hoy se llama Pinar del Río. Pertenecían a la edad paleolítica, o la edad de la piedra no pulimentada». Su voz sonaba como un martillo neumático en el silencio forzoso de la noche. Luego oímos el ruido de los coches que traían a los condenados que iban a ser fusilados, y al pelotón que marchaba hacia el foso. El conferenciante continuaba: «los guanacahíbes vivían en cuevas y se alimentaban de la caza». Oímos la voz de mando: «¡Preparados!». «Los guanacahíbes utilizaban trozos de concha como ralladores.» «¡Fuego!» Se oyó la descarga. El pobre hombre seguía hablando de los indios. Trajeron otro condenado al paredón. Nos retorcíamos en el suelo, incapaces de hablar, llorar o salir corriendo. El altavoz continuaba: «Los guanacahíbes enterraban a sus muertos en montículos, una primera capa con los cuerpos y otra capa de conchas y piedras». Parecía que continuaría siempre. Murmurábamos una oración, sin saber si íbamos por el principio, el final o estábamos repitiendo el mismo verso. Solo Dios sabe cuántas veces lo hicimos aquella noche.Otra descarga. No sé cuántas veces pasó. No sé cuándo acabó o cuándo me quedé dormido"

Para los interesados en el libro pueden adquirirlo aquí

domingo, 25 de octubre de 2015

Aquí falta una voz

Un breve discurso que dio Jorge Valls que dio el año pasado en agradecimiento a un homenaje que se le hizo el año pasado en el Club Cubano de Elizabeth. Gracias a Geandy Pavón por haber capturado esa voz y esa fina estampa en uno de sus momentos más dulces y evocadores:

"... y toca piano"

Hoy Diario de Cuba publica una versión mucho más extensa del texto que apareció en El Nuevo Herald ayer sobre Jorge Valls, recientemente fallecido, Acá les dejo un par de fragmentos:

Entre amigos siempre recordamos la vez que, luego de dar una conferencia, lo invitaron a una recepción en un apartamento neoyorquino de esos que incluso en películas parecen increíbles donde con la naturalidad de siempre Jorge pasaba de un tema a otro para embeleso de unas cuantas señoras mayores que no podían creer que alguien pudiera saber tanto de tantas cosas distintas. Como siempre Valls, demasiado entretenido en diseccionar con toda la precisión posible el tema en cuestión apenas se enteraba del efecto que producía en su auditorio. Para completar el involuntario espectáculo circense en que se había convirtiendo la velada un amigo empezó a presionarlo para que tocara alguna pieza en el piano que ocupaba la sala y Jorge, que si algo le molestaba más que el alarde era decepcionar a un amigo empezó a hacer sonar el instrumento como sospecho no lo había hecho en mucho tiempo ante lo cual una de aquellas admiradoras soltó en un suspiro “Ay… y toca piano!”Desde entonces esa frase ha quedado entre nuestro círculo de amigos como resumen de quien, adornado con todas las virtudes imaginables, nos sorprende con una más.  [...]Confieso que en vida lo admiré poco. Preferí disfrutar de su presencia como se puede preferir beber agua en una fuente romana en lugar de hacerse un selfie junto a ella. Con esa falta de perspectiva pero no de consciencia. Quizás porque admirar a alguien así equivaldría a irle redactando mentalmente el panegírico en vida. Porque su austeridad y estoicismo –ese estoicismo que llevó hasta las últimas semanas, días, y horas de su vida que sin duda fueron dolorosas pero nunca permitió que se le notase- no excluían un trato agradable, cortés y ceremonioso respaldado por su voz de león radial y matizado por su agudeza amable pero siempre despierta. A pesar de todas las décadas, experiencias y conocimientos que me llevaba de ventaja nunca se permitió el menor gesto de condescendencia como no se permitía otros vicios tan frecuentes como la envidia o el rencor. Su desprecio al régimen que lo había encarcelado durante dos décadas y luego expulsado al destierro se basaba en su carácter autoritario, corrupto e inconsecuente pero nunca en agravios personales de los que no se daba por enterado. Era en toda la extensión de la palabra un estoico y podía concordar perfectamente con otro compañero de credo, el emperador Marco Aurelio cuando afirmaba que “la forma más noble de vengar una ofensa es no imitar a quien nos ha ofendido”. Fue exigente consigo mismo como no lo he visto en nadie y sin embargo ni siquiera a la hora de su muerte estuvo convencido de haber cumplido con sus deberes. (Me cuentan que al preguntarle en la que sería la víspera de su muerte qué era lo que más le preocupaba repitió varias veces “Mi alma, mi alma”). Entre los que lo asistieron en su muerte estaba Lucy Echeverría, la hermana de José Antonio, aquel líder estudiantil con el que fundó el Directorio sesenta años atrás para librar a su país de alguna tiranía. Curioso como en gente como Jorge todo nos parezca tan literal y tan simbólico al mismo tiempo.
Para leer el texto completo pinchar aquí


sábado, 24 de octubre de 2015

El abismo de los pájaros

Mañana domingo la última función de "El abismo de los pájaros" de Víctor Varela en Brooklyn:
















Urquiola se desencadena

De paso por Miami a donde fue a visitar a su hijo Barbarito Urquiola hace declaraciones sobre el estado actual del beisbol cubano, el de sus antiguas estrellas y otras lindezas más. Algunos fragmentos:

"Ya es otra época, ya esos atletas no quieren jugar por unas latas de refresco, una guagua refrigerada o un hotel con aire acondicionado, si cuando llegan a sus casas sus hijos no tienen ni zapatos para ir a la escuela"

"¿Te enteraste de lo que pasó con Fermín Laffita, que lo encontraron muerto, por la peste, a varios días de haber fallecido?Y no te hablo de Luis Crespo o Porfirio Pérez, que nadie los atiende y se la pasan borrachos y eliminados del INDER, y no los tienen en cuenta para nada, y no es por el alcohol, pero a ellos no les ha quedado más remedio que dedicarse a eso. Pero la lista de ex peloteros, boxeadores o ciclistas retirados que están abandonados es interminable de San Antonio a Maisí" "Y no me jodan más con el bloqueo Yanqui, la incapacidad de los dirigentes de la Comisión Nacional nada tiene que ver con el famoso Imperialismo, las pésimas condiciones de los terrenos, que los únicos que los chapean son los chivos, porque ni machete tienen, y eso no lo venden los americanos, eso es culpa de ellos"

"Con la salida de Barbarito también me jodieron un poco, pero los ubiqué enseguida, les respondí que mi hijo es mi hijo, esté donde esté, que la familia no la separo por metas, ni por ideas políticas, pues ese ha sido un daño de 56 años, donde nos obligaron a pelearnos con parientes y amigos por pensar diferente, y mira hoy queremos ser amiguitos de los yanquis otra vez después de tanto tiempo de consignas y marchas contra esta gente del Norte"


Para ver la entrevista completa pinche aquí

Jorge Valls o de la entereza

Hoy El Nuevo Herald publica un artículo mío sobre Jorge Valls, fallecido la noche del jueves. A continuación el texto completo:
Incluso para su generación, posiblemente la más furibunda y atormentada de la historia cubana, la vida de Jorge Valls Arango fue ejemplar y excéntrica. Nacido en 1933 se opuso al régimen de Fulgencio Batista desde el mismo golpe de estado de 1952 y en 1955 participó junto a José Antonio Echeverría en la fundación del Directorio Revolucionario al frente de la sección obrera y a causa de la cacería que desencadenó la policía batistiana tras el fallido asalto presidencial tuvo que marchar al exilio en México.
El conocimiento de primera mano de la naturaleza autoritaria y desleal del líder de la revolución de 1959 le evitó la tentación de la confianza ciega y la esperanza ilimitada. Sin embargo, su condena a veinte años de prisión en 1964 más que muestra de la arbitrariedad de la nueva dictadura lo fue de esa excentricidad esencial en Valls: mientras que en aquellos días se acababa en la cárcel por cualquier causa vagamente opositora Jorge Valls terminó en prisión por defender a un amigo. Se trataba de Marcos Rodríguez acusado de delatar a las víctimas de la matanza de Humbolt 7. Incluso convencido de lo inútil de la defensa de alguien condenado de antemano consideró su deber presentarse a declarar en el juicio que se le siguió. Ser el único elemento discordante de aquella cuidadosa y siniestra coreografía no fue pasado por alto por el régimen y a menos de quince días de su declaración ya había sido apresado.Sus experiencias en el presidio las contó en su libro “Veinte años y cuarenta días” pero hay que leer las memorias de sus compañeros de prisión para comprender que estos, comulgando o no con sus ideas políticas, no podían menos que agradecer su reconfortante presencia allí. A su prisión le sucedió un exilio aún más extenso donde fue recibido con honores de los que se fue desprendiendo sin esfuerzo ni aspavientos. Pudiendo gozar de la amistad de un multimillonario como George Soros o una estrella de cine como Val Kilmer –quien le ofreció un jugoso contrato para llevar su vida al cine- optó por una existencia modestísima que incluso para muchos de sus amigos más cercanos parecía inconcebible. Tenía al morir 82 años.Hasta ahí las circunstancias de su vida. Pero si como decía Ortega y Gasset la existencia humana se descompone en el Yo y las circunstancias cualquiera que haya conocido a Jorge Valls habrá de concordar de que su Yo era bastante superior a sus circunstancias. Los obituarios se ven obligados a condensar su vida con palabras como “activista”, “poeta”, “exprisionero” cuando todo el que lo conoció sabe que todos estos atributos eran puro accidente. Oyéndolo hablar, viéndolo desplegar su inteligencia en casi cualquier región del conocimiento humano, desde las artes a las ciencias naturales, desde la historia y la filosofía a las abstracciones matemáticas o teológicas no costaba trabajo imaginar cómo sería la experiencia de conocer a un filósofo de la Grecia clásica o a alguno de aquellos sabios del renacimiento florentino.
Pero si algo superaba incluso esa erudición eran su humildad, su preocupación por el prójimo, su desinterés por las recompensas mundanas y su estremecedora serenidad ante las adversidades. Como si ejercitara cierta forma –clandestina- de la santidad. Su desprecio al régimen que lo había encarcelado y luego desterrado se basaba en su carácter autoritario, corrupto e inconsecuente pero nunca en agravios personales de los que no se daba por enterado. Era, en toda la extensión de la palabra, un estoico y podía concordar perfectamente con el emperador Marco Aurelio cuando afirmaba que “la forma más noble de vengar una ofensa es no imitar a quien nos ha ofendido”. Entre los que lo asistieron en su muerte estaba Lucy Echeverría, la hermana de José Antonio, aquel líder estudiantil con el que fundó el Directorio sesenta años atrás para librar a su país de alguna tiranía. Sorprende como en gente como Jorge todo parezca tan literal y tan simbólico a la vez.Todos conocemos de la bondad absoluta de los muertos. De ahí que con Valls todo lo dicho anteriormente parezca tan redundante e innecesario. Y alevoso, puesto que hemos tenido que esperar a que muriera para escribir algo que nunca nos atrevimos a decirle a la cara. Pero si algo justifica tanta indiscreción es dar cuenta de que los que lo conocimos somos perfectamente conscientes del privilegio que nos tocó. Pero también dar una idea de cuánto perdió un país que se dio el lujo de tenerlo encerrado dos décadas y desterrarlo tres más y al que sin embargo él nunca abandonó. “Vivo en Cuba –solía decir cuando se le preguntaba donde vivía- y pernocto donde me agarre la noche”.

viernes, 23 de octubre de 2015

Jorge Valls (1933-2015)

Anoche murió Jorge Valls, algo que sus amigos temíamos hace mucho tiempo y que a la vez nos parecía imposible. Porque una cosa era saber de los retrocesos de su salud y otra imaginarse la vida sin uno de los seres más sabiamente humanos que se puedan conocer. Y a los que lo conocimos ese es justo el consuelo que nos queda: haber sabido gracias a él que en esta vida se puede aspirar a más, a eso que él conseguía sin el menor esfuerzo, que hasta la muerte no parece tan inmensa ante alguien que supo estar tan intensamente vivo.





Tersites pone en movimiento lo mejor de su prosa para darnos una descripción muy precisa de quien fue Jorge Valls.
"Tengo para mí que era el mejor de los cubanos [...] “La gente se entretiene”, me dijo alguna vez, “pero no se tiene”. Había en él la vocación radical de “tenerse” y entregarse, una vocación consciente y explícitamente cristiana, católica. Una vocación en la que se combinaban su intelecto aquinatense con una sencillez, un candor, una voluntad de inocencia que evocaban al Poverello de Asís. 
"Yo vivo en Cuba, pero pernocto donde me llegue la noche", me dijo al final de una velada  en casa amiga. En cualquier otra boca la frase hubiese sido un disparate o una desfachatez. Pero cuando él lo dijo supe que era tan verdad como el color de sus ojos. 

Jorge Valls creyó en la eternidad del alma y en la resurrección del cuerpo —y en la de su patria. Así sea.

Ver el texto completo en su blog.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Post data pioneril

Como un lector de este blog sugiere quizás sea el caso de Elián González el paradigma del pionero cubano, del hombre nuevo, incluso pese a su aparición tan tardía en la historia del castrismo. Con la madre muerta al tratar de escapar de Cuba se vio envuelto en un frenético proceso de reclamaciones entre su familia en Miami arropada por los políticos locales y el gobierno cubano que usaba al padre como carnada. (Se me llamará tendencioso y poco objetivo pero no nos engañemos como algunos lo hicieron en aquellos días: no hay manera de presentar los bandos en cuestión de manera equilibrada como no había equilibrio de fuerzas en aquellos días). Al final fue el gobierno cubano –con la decidida colaboración del norteamericano, vale decir- el que triunfó en esta reedición del círculo de tiza caucasiano. (La diferencia fue que esa vez al niño sí lo arrastraron por el brazo).

La advertencia histérica de las masas enardecidas de Miami de que a Eliancito, de vuelta a Cuba, lo iban a adoctrinar y convertirlo en un trofeo del gobierno resultó bastante tímida si se le compara con lo que ocurrió en realidad. Lo que consiguió el gobierno cubano al descargar toda su capacidad de manipulación sobre un solo niño puede juzgarse en cualquiera de las entrevistas recientes que se le han hecho ya entrado en la mayoría de edad. Y hasta ahora, ante la realidad que es uno de los robots humanoides más perfectos que se conocen ninguno de los que abogaban por el regreso del niño a la isla ha reconocido que aquella multitud enloquecida de miameses tenía algo de razón.

domingo, 11 de octubre de 2015

Pioneros en Manhattan

Hoy aparece en Diario de Cuba un texto mío sobre la expo “Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood” clausurada la semana pasada en Nueva York Comienza así:


A mediados de los años 70, el recientemente fallecido periodista mexicano Jacobo Zabludovsky decidió hacer un experimento. Entrevistaría a los hijos de los funcionarios de la embajada cubana en México DF. Nada complicado. Preguntas elementales como "¿A quién quieres más?", "¿Qué quieres hacer cuando seas grande?" Nada que alarmara a los funcionarios que debían autorizar la entrevista. La segunda parte del experimento era —al parecer— igualmente inofensiva, y consistía en hacerle las mismas preguntas a niños mexicanos.Lo verdaderamente revelador fue presentar en televisión en conjunto el resultado de ambas encuestas. Así, mientras los niños locales afirmaban amar más a su mamá o a su abuela y de grandes querer ser como cierto futbolista o personaje de cómic, los cubanitos decían querer más a Fidel o a la Revolución y que cuando crecieran serían como el Che o sacrificarían su vida por la Patria.
Zabludovsky trascendió por sus entrevistas a gente famosa en todo el mundo, por su conducción durante décadas de programas noticiosos en su país, pero la noche de aquella emisión le cambió la vida al menos a una persona. "Me sentí como un robot", me contó muchos años después uno de aquellos niños cubanos. Verse soltando aquellos lugares comunes de la propaganda oficial, uno tras otro, cuando resultaba bastante más natural querer más a la abuela que al gobernante del país. Como resultado de esa experiencia, aquel niño decidió que en lo adelante dedicaría todos sus esfuerzos a  escapar de aquel país al que su padre representaba.
Por supuesto que fue esa una experiencia bastante rara para los niños cubanos de aquella generación. Para la casi totalidad de los niños cubanos, aquellas consignas, aquellos lugares comunes fueron lo más normal del mundo. La exposición Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood, que acaba de clausurarse en Nueva York al cuidado de María Antonia Cabrera Arús y Meyken Barreto, es un intento de reconstruir aquella "normalidad", aunque la colección de juguetes, uniformes, diplomas, expedientes escolares, libros, etc, expuesta en una sala en medio de la Quinta Avenida neoyorquina resultara una suerte de naufragio doble.
Por una parte, el naufragio de un proyecto abandonado hace bastante tiempo (aunque sus efectos sigan vigentes) y, por otra, el desamparo intraducible que enfrentan esos mismos objetos en una ciudad tan ajena como es el Nueva York de 2015. Aunque puede que me equivoque en lo segundo y no haya ciudad más afín a tal exhibición que esa, obsesionada con el reciclaje de modas y exotismos.

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sábado, 10 de octubre de 2015

Noticias

Una de estas dos noticias es falsa pero ahora no recuerdo cuál:

a) Julio Iglesias especula con viajar a Cuba“Antes no podías ir, te ponían bombas en Miami" dice, al parecer ignorando que durante un montón de años estuvo prohibido allá.

b) Yoko Ono confirma sesión espiritista en La Habana en la que se invocará el alma de John lennon para que dé concierto en la isla antes que los Rolling Stones. "Si no fue a cantar en vida fue por presiones de la mafia de Miami", asegura.


viernes, 2 de octubre de 2015

Totalitarismo y prejuicio

La reseña publicada el domingo en Diario de Cuba sobre la Historia mínima de la revolución cubana de Rafael Rojas ha venido acompañada con “ataques” y “defensas” que lo mismo atribuyen el libro de Rojas a pactos con el castrismo que mi reseña a oscuros rencores personales.  Dado lo crispado que anda el ambiente en estos tiempos ese descenso de la discusión a un largo repertorio de bajezas no me sorprende demasiado. A Rojas –con quien tengo una larga relación de amistad- tampoco le debe de haber sorprendido que en la reseña intente continuar discusiones públicas y privadas que hemos sostenido sobre los temas que toca el libro, temas que me parecen vitales en cualquier debate que se emprenda en esos tiempos sobre el pasado reciente. Como tampoco creo que Rojas imagine, como buena parte de sus defensores de estos días, que lo estoy acusando de castrista. Si algo me decidió a escribir esa reseña fue la convicción que su lectura de mi texto no sería tan elemental.

De todo el barullo generado por la reseña me parece atendible la insistencia de algunos comentaristas anónimos en que la ausencia de conceptos como “dictadura” o “totalitarismo” para definir al régimen existente desde 1959 es sustituida en el texto satisfactoriamente por el de “régimen comunista”. Pero que sea atendible no significa necesariamente convincente porque para ello habría que concordar en dos cosas: una es que comunismo y dictadura totalitaria son sinónimos perfectos; la otra es que el régimen que controla Cuba desde 1959 puede definirse objetivamente como comunista. A la primera condición no le haría objeciones pero sospecho que buena parte de los lectores no iniciados en estos temas –que es a quienes están dirigidas estas historias mínimas- no necesariamente estaría dispuesta a aceptar esa equivalencia de una ideología que las más de las veces le puede parecer exótica y utópica pero no necesariamente opresiva. En cuanto a la segunda condición, o sea, la precisión conceptual del uso del término “comunista” para definir la revolución cubana, es mucho más inexacta que definirla como “dictadura totalitaria”. Haga la prueba más elemental: búsquense las definiciones de ambos términos, compárese con la realidad que nos ocupa decida cuál es la que la retrata mejor.

Si todo fuese una cuestión de nombres estaría dispuesto a aceptar que mis objeciones son definitivamente bizantinas y pueriles pero no creo que sea así. Insistir en el carácter comunista del régimen es aceptar la coartada ideológica que durante una época utilizó para legitimar su poder absoluto sobre la sociedad cubana como mismo ha utilizado antes y después la coartada ideológica del nacionalismo. Es incurrir en la comodidad que supone adoptar el nombre que cualquier régimen se da así mismo. Al decir un tanto bíblico y maniqueo del poeta Joseph Brodsky en una polémica con Vaclav Havel “comunismo” es “una terminología […] inventada por el mal para obscurecer su propia realidad”. Estoy seguro en que Rojas concordaría conmigo en que si bien el oficio del historiador no incluye entre sus obligaciones denunciar el mal no por eso debe renunciar a iluminar la realidad de que se trate. Y en la historia cubana reciente hay muchos hechos y procesos que el libro de Rojas o ignora o los presenta de una manera bastante oscura e irreconocible.

“Hasta el día de hoy la palabra ‘comunismo’ sigue resultando cómoda, pues todo ‘ismo’ sugiere un hecho consumado” dijo Brodsky en aquella polémica. Algo de ese fatalismo hay en el libro de Rojas, en presentarnos la revolución cubana como una realidad inevitable y casi automática donde ese “liderazgo carismático” de Fidel Castro -del que tantas veces el propio Rojas ha hablado en otros libros- se desvanece. Tal parecería que en su intento por desdramatizar la historia cubana Rojas no halla otra solución que rebajar la importancia de sus protagonistas. Por otra parte, insistir demasiado en la naturaleza ideológica y socioeconómica del poder de los Castro sobre el país equivale a ignorar cómo ha administrado durante estos años su poder, a desconocer cómo cualquiera de las decisiones tomadas podrían ser incongruentes con la ideología oficial del momento pero nunca con la concepción que del ejercicio del poder tiene Fidel Castro; definir al régimen como comunista equivale a no comprender cómo ha sobrevivido dicho régimen independientemente de la ideología y el sistema socioeconómico que esgrima en determinadas circunstancias. El concepto de comunismo es incapaz de explicar al mismo tiempo la capacidad del castrismo de exportar guerrillas marxistas en los años sesentas o sistemas represivos a los socialismos del siglo XXI. Conformarse con el término “comunismo” nos impide, en fin, entender que en su aprendizaje y en su accionar político Fidel y Raúl Castro están más cerca de Maquiavelo y Vito Corleone que de Marx y Lenin, salvando, claro está, el detalle de que Lenin cuando no se empeñaba en explicar el engranaje del materialismo dialéctico tenía mucho de Corleone.

 (Por supuesto que en los años formativos de los Castro no se conocían las andanzas del famoso -y ficticio- capo siciliano pero en cambio el poderoso gangterismo político que se desarrolló en la segunda mitad de la década del cuarenta fue parte esencial de la etapa formativa de Fidel Castro. Como digo en la reseña, que dicho gangsterismo no se mencione en el libro deja sin explicaciones más de un fenómeno abordado en la “Historia mínima”. Por otra parte, de la avidez con que la élite cubana  revolucionaria recibió la novela de Mario Puzzo se da constancia en el libro “Dulces guerreros cubanos” de Norberto Fuentes).

Si todo se redujera a la elección de un término, repito, quizás me merecería la acusación de algo así como ser la versión inversa del Departamento de Orientación Revolucionaria, de estar acusando a Rojas de no ser lo suficientemente anticastrista. Si fuese así bastaría entonces con un cambio de conceptos y de incluir quizás la mención de las cifras totales de ejecuciones políticas judiciales y extrajudiciales, o del total presos de conciencia o de exiliados que ha dejado como saldo el proceso que damos en llamar “Revolución Cubana”, datos que el libro de Rojas no menciona. Mucho más importante para el oficio del historiador es tratar de entender el proceso que tiene delante y la dinámica que lo domina y da sentido y es lo que siento que se le escapa a Rojas en un libro por otra parte muy informado y cuidadosamente construido algo que se nota en su dificultad de lidiar con aquellos “hechos incómodos” que según Max Weber todo científico encuentra en su camino.

De ahí que las respuestas a las preguntas más elementales que surgen cuando uno se enfrenta a un fenómeno como este (¿por qué ocurrió? ¿cómo ocurrió?) sean satisfechas de manera muy parcial. Ya se sabe que siempre las respuestas a estas preguntas son parciales pero dado el cúmulo de evidencias disponibles uno percibe que en este gran esfuerzo que supone construir un relato coherente se pudo llegar bastante más lejos, incluso optando por la manera del relato tradicional escogida por Rojas. Y es entonces cuando la precisión conceptual puede ayudar a iluminar con mayor o menor claridad el camino a recorrer. Para determinar qué tiene en común un proceso tanto con los que lo precedieron como los que lo acompañaban en el tiempo y en qué se distingue realmente de estos. Para darle su peso relativo en el marco más amplio de la historia universal contemporánea. Identificar al castrismo sólo con el comunismo y no en el marco de otros sistemas totalitarios y dictatoriales del siglo XX equivaldría entonces –y discúlpeseme lo elemental del símil- con identificar a un gato dentro de la familia de los felinos pero de algún modo pasar por alto que se trata de un mamífero carnívoro. Sólo así un fenómeno como el de la revolución cubana se hará menos exótico e incomprensible que aquellos cuadrúpedos que los conquistadores españoles encontraron a su llegada a América y que se resignaron a llamar “perros que no ladran”. Incluso para los que experimentamos ese fenómeno como parte esencial de nuestras vidas y seguimos buscándole sentido. O sobre todo para nosotros, para los que, en contraste  con nuestra experiencia, tal extrañeza menos justificable y creíble. 

A lo que apuntaba mi reseña era a aventurar que buena parte de las omisiones, inexactitudes y afirmaciones difíciles de sostener del libro de Rojas podrían deberse, más que a intenciones conscientes del autor, a un ambiente intelectual y académico en que el fiel de la balanza está corrido a favor de un régimen cuyo principal mérito está en la mera supervivencia. Ese corrimiento hace que al sopesar el pasado del régimen se considere de mal gusto insistir en ciertas realidades, en ciertos términos (como el de totalitarismo) o que se lo valore con menos rigor que a otros sistemas similares por el simple hecho de que se ha mantenido cuando estos cayeron. (Ya sé que luego de que el castrismo se ha pasado su existencia diciendo que 2+2=5 debería parecernos un 2+2=4,5 es más cercano a la realidad pero entonces deberíamos tener en cuenta todas las consecuencias que supone ese extraño modo de cómputo en el que 2=2,5 o que 2-2=0,5 o -0,5 y así sucesivamente). Esa supersticion ante el milagro de la supervivencia no impide la crítica pero previene a muchos estudiosos de parecer “anticastristas” como pecado de lesa objetividad (mientras por otro lado es perfectamente legítimo ejercer otras fobias, como las del antirracismo, el antifascismo o hasta el anticapitalismo). Asumo el temor a parecer "anticastrista" (o incluso "castrista") como un prejuicio tan coyuntural como cualquier otro y frente al que cualquier estudioso o intelectual debe resistirse a riesgo de resultar más un vocero de las supersticiones de su época que analista lúcido de ella.

Esa insisto, es la parte más aventurada de mi reseña pues obedece a meras suposiciones con las que trataba de explicar las carencias objetivas del libro de Rojas. Discútase ad infinitum la precisión de un término sobre otro pero las insuficiencias que afectan la narrativa de la “Historia mínima de la Revolución Cubana” seguirán ahí, intactas. Como mismo lo está ese régimen que persiste en tejer desdichas para que los historiadores escriban sobre ellas. O no.  


P.D.:
También en este blog puede leerse sobre debates en torno al concepto de "totalitarismo" el post El totalitarismo y los cubanos o revisar los post que aparecen bajo esta etiqueta