sábado, 7 de noviembre de 2015

Bolaño distante

La revista mexicana Variopinto acaba de publicar la segunda parte de mi ensayo "Bolaño distante" (en el número anterior ya habían publicado la primera parte) y aprovecho para sacarlo aquí en su totalidad.

Bolaño distante
Por Enrique Del Risco 
Nunca me interesó conocer las opiniones políticas del escritor Roberto Bolaño. En parte por los mismos motivos por los que no me detenía a averiguar las de Homero o de Shakespeare: porque rebajarlos a sus pasiones o rencores más inmediatos no haría más que encoger su literatura. Pero también, debo confesarlo porque, siendo nativo de un continente en el que abominar unas dictaduras parece justificar la admiración de otras, prefería ahorrarle la vergüenza de comparar sus libros más luminosos con opiniones que –sospechaba– adolecían de los lugares comunes de la izquierda latinoamericana. Porque si algo me había dejado en claro en términos políticos la lectura de sus libros era su resignación a considerarse de izquierda. Y esa resignación, ya se sabe, micrófono por delante, conlleva a la repetición de tonterías demasiado viejas, demasiado ensayadas, mientras el entrevistado mira al techo, o al reloj o a las piernas de la entrevistadora, cualquier cosa menos pensar en lo que dice porque hace muchísimo que ciertas preguntas solo se pueden responder correctamente si no se piensan. O se piensan tanto que termina descubriéndose un sistema de razonamiento oblicuo: si se pregunta por Cuba se responde con el embargo norteamericano, si por Hugo Chávez se desvía la conversación hacia Pinochet, si se pide una comparación entre Brasil y Argentina se habla de Maradona y Pelé. Y si se trata de decidir quién ha sido el mejor futbolista del mundo entonces en aras de la unidad latinoamericana se contesta refiriendo las virtudes del Che Guevara en el cabeceo y el juego colectivo.Ah, pero no somos dueños de nuestras preocupaciones como no lo somos del destino, y un día ya hace algunos años, mientras enseñaba “Estrella distante”, mis estudiantes me obligaron a pensar en la política de Bolaño. (Algo condiciona a los estudiantes norteamericanos a exigirle una intención política a los textos de cualquier escritor de América Latina so pena de no entenderlo. No es su culpa, como no son responsables de la noción de que Latinoamérica está compuesta de guerrilleros, ejército, paramilitares, políticos, narcotraficantes y sus víctimas correspondientes. Aunque ahora que lo pienso de alguna manera llevan razón: América Latina es un continente de víctimas y verdugos que a cada rato intercambian los papeles como si no hubiera más opciones aunque en estos tiempos, de poder escoger, todos se pelearían a muerte por ser víctimas). Así que, en vez de hablar de las relaciones entre la estética y la violencia, tuvimos que “retroceder” hacia una lectura política de la novela de Bolaño. No fue difícil ver entonces en la figura de Carlos Wieder, poeta-asesino al servicio del régimen de Pinochet una condensación de los rasgos que comparten los radicalismos de izquierda y de derecha, sus instintos comunes: el ansia de absoluto –social o espiritual–, el desprecio por la vida humana y una intensa estilización de la violencia que convierte a las revoluciones en la encarnación de la poesía en la historia y determina que las guitarras se toquen con las mismas manos de matar.
No es casual que Bolaño haya escogido al poeta Raúl Zurita, reconocido poeta chileno de clara filiación de izquierdas para modelar a su pinochetista Carlos Wieder. El performance “La vida nueva”, en el que el poeta Zurita hizo que cinco aviones trazaran en los cielos de Nueva York versos en español como “MI DIOS ES HAMBRE”, “MI DIOS ES CÁNCER” guarda un parecido intenso con el de Carlos Wieder volando sobre el cielo de Concepción en un avión con el que traza en latín los primeros versículos del Génesis bíblico. O luego, cuando Wieder escribe por los mismos medios frases como “LA MUERTE ES AMISTAD”, “LA MUERTE ES CRECIMIENTO”, “LA MUERTE ES LIMPIEZA”. El Carlos Weider de Estrella distante es la encarnación del principio en el que se fundan las vanguardias políticas y estéticas más radicales: eliminar, junto a todo lastre del pasado, cualquier diferencia entre vida y poesía. Hacer de ambas una y la misma mientras se desprecian los reclamos vulgares de la realidad. Ante tanta simetría causa pena el esfuerzo que se toma la crítica Chiara Bolognese en distanciar a Wieder de Zurita diciendo que mientras “Wieder se sirve de los versos […] para fortalecer la ideología pinochetista” en el caso de “Zurita se trata de una propuesta de resistencia”[1]. Tan ocupada está Bolognese en alejar los performances de Wieder y de Zurita –en conciliar a Zurita con el creador de Carlos Wieder- que no se pregunta por qué  Bolaño fue a buscar el modelo de su poeta fascista en la orilla ideológica contraria. No se lo pregunta aunque la respuesta es fácil de imaginar. Suponer que el novelista sabía que las diferencias ideológicas y políticas eran pura circunstancia. Que bastaba que esta cambiara para que los perseguidos se convirtieran en perseguidores tan feroces como los que los precedieron. Y también que por mucho que buscara Bolaño no iba a encontrar un modelo similar en la derecha política o poética latinoamericana, al menos no después de la derrota del nazismo en Europa, cuando la derecha, sin perder su ferocidad, se hizo más pragmática, menos ideológica y espectacular. Menos poética. Es el propio Bolaño quien me evita extenderme en especulaciones. Al hablar sobre La literatura nazi en América, libro en el que por primera vez se cuenta la historia del poeta asesino de Estrella distante, -aunque presentado con el nombre de Carlos Ramírez Hoffman- el autor dice sin ambigüedad: “En La literatura nazi en América, yo cojo el mundo de la ultraderecha pero muchas veces, en realidad, de lo que hablo ahí es de la izquierda. Cojo la imagen más fácil de ser caricaturizada para hablar de otra cosa. Cuando hablo de los escritores nazis de América, en realidad estoy hablando del mundo a veces heroico, y muchas veces canalla de la literatura en general”[2]. La recreación de la inexistente literatura nazi del Nuevo Mundo obliga a encontrar esas mismas constantes en la literatura realmente existente, una literatura a la que el cambio de signo ideológico no le evita miserias similares a las de las biografías inventadas por Bolaño. Es el modo alevoso que encuentra el novelista para hacernos evidente la irrelevancia del signo político frente a lo decisivo de la intensidad de las convicciones y el grado de escrúpulo con que se asuman. Y Bolaño sabía de lo que hablaba. Como cuando recordaba los días que pasó “en El Salvador con los que serían los directores del Frente Farabundo Martí, dos o tres años mayores que yo. Unos auténticos criminales que se decían poetas”[3] y que entre otras hazañas se encargarían de ejecutar al poeta Roque Dalton mientras dormía. Al gesto de los asesinos enmascarándose tras la poesía corresponde Bolaño delatando el costado criminal de la literatura.
Pero Estrella distante -sospecho mientras acudo al sistema más policial que literario de revisar la ficha del autor, sus antecedentes, las declaraciones que hizo sin el consejo de su abogado- está encaminada también a ajustar cuentas con el Bolaño que escribía en el Manifiesto infrarrealista: “Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida: una-sola-cosa”[4] . Se trata de un subversivo lugar común de una época en que Latinoamérica se hallaba en su fase mágica: una edad en que parecían indistinguibles la profesión de poeta y la de guerrillero, o el peso de la palabra y el de la realidad, tiempos en que se le exigía a los hechos que se plegaran a las abstracciones del materialismo histórico. Sería banal insistir en esos textos atiborrados de tópicos si la obra posterior de Bolaño no pudiera verse como el examen de una época que recetaba revoluciones para cada malestar de la condición humana; si libros como La literatura nazi en América, Estrella distante, Los detectives salvajes o hasta 2666 no pudieran entenderse también como una personal cura de desintoxicación contra ese opio que permitía asesinar en nombre del pueblo a Roque Dalton, o impelía al propio Bolaño a masacrar la ortografía en nombre de un futuro mejor:
Cortinas de agua, cemento o lata, separan una maquinaria cultural, a la que lo mismo le da servir de conciencia o culo de la clase dominante, de un acontecer cultural vivo, fregado, en constante muerte y nacimiento, ignorante de gran parte de la historia y las bellas artes (creador cotidiano de su loquísima istoria y de su alucinante vellas hartes), cuerpo que por lo pronto experimenta en sí mismo sensaciones nuevas, producto de una época en que nos acercamos a 200 kph. al cagadero o a la revolución.[5]
 Sólo como despiadado examen del tiempo y los sueños compartidos con toda una generación se pueden entender cabalmente libros como La literatura nazi en América, y descubrirle su simetría invertida. O comprender el esfuerzo del protagonista de 2666, el ex soldado del ejército nazi Hans Reiter, por buscar reposo en la literatura bajo el seudónimo impermeable de Benno von Archimboldi. O los desencuentros poco literarios de Bolaño con la intelectualidad chilena, corroída por ese aburguesamiento culposo tan común en la más reciente izquierda. Más allá de lo insondable que pueda ser una literatura intensa y desmedida como la suya, el más básico de sus mensajes cifrados está dirigido hacia sus antiguos compañeros de generación e ideales todavía atragantados de redentorismo de opereta, una opereta compuesta en estos días por cantautores o por reguetoneros con conciencia de clase. Ese mensaje viene a ser el mismo con el que Carlos Wieder concluye su primer performance aéreo en el cielo de Concepción: “Aprendan”. Y la lección a repasar es la caída en cámara lenta del Muro de Berlín, la de los muertos por la revolución continental, o de los vivos que en el interín perdieron, junto a su juventud, su cuota de ilusiones vitales. Bolaño lo repetía sin cansancio pero nunca con más claridad que al aceptar el premio Rómulo Gallegos:
 en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, y cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia o en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados.[6]Parecería este un intento de rebajar la literatura de Bolaño a las pasiones o rencores más inmediatos de su autor, sólo por el placer burdo de sentirlos afines, pero soy el primero en reconocer que tal afinidad es falsa. Cuando comencé a escribir en serio hacía rato no me desvelaba la filiación de mis escritos. Ya me sabía demasiado sentimental como para ser aceptado por la derecha y lo bastante escarmentado para el uso conveniente de la izquierda. A Bolaño, en cambio, lo atormentaba el riesgo de serle infiel a sus inclinaciones ideológicas que confundía con su persistente amor por el prójimo mientras el prójimo tuviese el cuidado de no escribir mal. Reconocía que le hubiera gustado “ser un escritor político, de izquierda, claro está” y si algo lo había detenido era que
 los escritores políticos de izquierda me parecían infames. Si yo hubiera sido Robespierre, o no, mejor Danton, en una de esas los enviaba a la guillotina. Latinoamérica, entre sus muchas desgracias, también ha contado con un plantel de escritores de izquierda verdaderamente miserables. Quiero decir, miserables como escritores. Y ahora tiendo a pensar que también fueron miserables como hombres. Y probablemente miserables como amantes y esposos y como padres. Una desgracia. Trozos de mierda esparcidos por el destino para probar nuestro temple, supongo, porque si podíamos vivir y resistir esos libros seguramente éramos capaces de resistirlo todo. En fin, no exageremos. El siglo veinte fue pródigo en escritores de izquierda, más que malos, perversos.[7]
 Su abandono de la literatura como proyecto político se debió, si se atiende con cuidado a sus palabras, menos a sus deseos que a la conciencia angustiada de la inutilidad del esfuerzo. La misma convicción que le hizo preguntarse “¿cómo se va a reformular el discurso de izquierda si la izquierda, por ejemplo, sigue apoyando a Castro, que es lo más parecido que hay a un tirano bananero?”[8]. Si algo me importa de la política de Roberto Bolaño no es su falsa afinidad ideológica con un escritor nacido bajo el tirano favorito de buena parte de la izquierda latinoamericana y disimulado como una pesadilla sonrojante por la otra, porque al final ese escritor -junto a sus pasiones y rencores- estará tan muerto como Bolaño lo está ahora y la literatura, por mucho que se alimente de fobias sublimadas, no es otra cosa que una desmoralizada pelea contra el tiempo y la muerte. Lo que me interesa aquí es la política de su proyecto literario. La política del poeta que alguna vez soñó transformar “el territorio de la Quimera y el Mito” y terminó siendo el prosista que dinamitó discretamente la literatura de la Quimera y el Mito.
Bolaño parece haber comprendido que toda la literatura significativa de Latinoamérica, incluida la del boom -sobre todo ella- era literatura mitológica. Sofisticadísima y actualizada en los modos narrativos y que sin embargo le adeudaba a su modernidad el cuestionamiento de los mitos que conformaban su tradición. El chileno debió entender que de El reino de este mundo a Rayuela, de Cien años de soledad a La guerra del fin del mundo no se trataba de otra cosa que del recuento y exaltación de mitos históricos, culturales y sobre todo políticos. Mitos que a la altura de la mitad del siglo XX eran mitos de izquierda o reciclados por ella: el mito del Paraíso Reencontrado, el de la Revolución Definitiva (que era por supuesto una reedición del anterior), el del Continente Joven y Excepcional, el del Continente Desangrado y Violado por los Vampiros Internacionales pero Esencialmente Inocente y sobre todo el mito de que era posible y necesario que la poesía fuera un modo de revolucionar el mundo y que la Revolución fuese la forma más alta de la poesía y por tanto era legítimo que se permitiera los mismos propósitos y excesos. La literatura resultante, si no justificaba o reproducía estos mitos, los asumía como sobreentendidos indiscutibles. Una literatura a la que en su resistencia a desencantar el mundo que describía no cabía, usando el politizado vocabulario de Bolaño, llamarla de otro modo que reaccionaria.
La relación mágica de esta literatura con el mundo, pese a la actualidad de sus recursos narrativos, no la distinguía demasiado de las novelas de caballería. Como si Cervantes nunca hubiese escrito el Quijote, como si los tropiezos de la modernidad latinoamericana fuesen causados invariablemente por el embrujo de un hechicero enemigo. Y luego venía la descendencia más timorata del boom que encontró en el lema de la postmodernidad una licencia para cazar quimeras y dragones sin parecer anacrónica. Bolaño, o cualquiera que no confunda la profesión de escritor con la de sacerdote laico, conjurador y cómplice de poderes que lo sobrepasan, sabía que la literatura latinoamericana necesitaba de unos cuantos Cervantes, deshacedores de los entuertos de los mitos, escritores que comprendieran que Don Quijote sin Sancho es pura antigualla, una armadura oxidada rellena de confusión. Y no es que a cada rato no aparezca algún discípulo de Cervantes, pero los críticos suelen confundirlos con molinos de viento o ya directamente –como ha ocurrido con Bolaño– con el mago Merlín.
Sin embargo, la obra de Bolaño está poblada de Quijotes que asumen el mundo como el Quijote original toleraba a la realidad: como un campo de batalla. O donde a la realidad dura e impura o a su propia conciencia de ella les toca hacer el papel de Sancho, susurrándoles al oído que el mito solo tiene sentido si se le reconoce como juego infinito, si no se le confunde con un programa político, con un plano ideal del mundo, si el escritor no se trastoca en fabulista frente a la reconfortante fogata del Estado, de las editoriales, de los medios, de las universidades, de espaldas a la realidad y al sueño. A veces, como en Estrella distante, Sancho es el ex detective y vengador a sueldo Abel Romero, cuya ínsula Barataria es la empresa de pompas fúnebres que se comprará con lo que le paguen por matar al poeta asesino Carlos Wieder. Una empresa capitalista en la que tratará de complacer parcialmente el sueño de la igualdad social: “un entierro de burgueses para la pequeña burguesía y un entierro de pequeños burgueses para el proletariado” porque “ahí está el secreto de todo, no sólo de las empresas de pompas fúnebres, ¡de la vida en general! Tratar bien a los deudos […] hacerles notar la cordialidad, la clase, la superioridad moral de cualquier fiambre”[9]. O a veces ni siquiera necesita de Sancho porque su Quijote de turno se desdobla mágicamente en Alfonso Quijano, como en el caso de Juan Stein, de quien el narrador de Estrella distante se entera que ha participado en sucesivas empresas guerreras en Nicaragua, Angola y El Salvador para que al final otro amigo descubra confusamente la posibilidad de que Stein, profesor solterón, haya muerto sin salir nunca de Chile. O es el Ojo Silva, del cuento homónimo quien desde la India le confiesa por teléfono a un amigo que ha fracasado en la empresa de salvar una brevísima porción de humanidad en la forma de dos niños y que en medio de las lágrimas le pide dinero para el pasaje de vuelta a Europa.Para cuestionarse una literatura que servilmente asume los mitos que alguna vez le dieron sentido Roberto Bolaño recurre al viejo truco del anacronismo. Lanza a sus personajes al cumplimiento de aquellos viejos mitos con el objetivo de ponerlos a prueba, de exprimirles toda la verdad y el horror que todavía puedan contener y les hace decir como a Felipe Muller en Los detectives salvajes que “Si al infinito uno añade más infinito, el resultado es infinito. Si uno junta lo sublime con los siniestro, el resultado es siniestro”[10]. De los experimentos de la poesía que se adentra en la Materia y en la Historia sale la monstruosa exposición de fotografías de cuerpos torturados que ofrece Carlos Wieder o los rituales de la secta de los Escritores Bárbaros que “humanizan” textos clásicos defecándose, masturbándose u orinándose sobre ellos hasta llegar a su “asimilación real” exponiéndolos a “una cercanía corporal que rompía todas las barreras impuestas por la cultura, la academia y la técnica”[11]. Si hay alguna dificultad en ver allí una parodia de los procedimientos encaminados a crear una cultura proletaria a mediados del siglo pasado es porque hemos preferido olvidar aquellos proyectos como si se tratara de un mal sueño, una pretensión ridícula de adolescentes pobres en los pasillos de las universidades públicas y en cafeterías inundadas de moscas. No los olvidó Bolaño quien vio en aquellos absurdos la fuente del vacío actual del discurso político y literario latinoamericano. Bolaño se permite criticar esa realidad cubierta por mitos enquistados sin renunciar a la épica porque, parafraseando a Octavio Paz, no existe literatura sin héroes en los que reconocerse. De ahí su predilección por los poetas olvidados y por los detectives, seres ocupados en profesiones con dosis semejantes de violencia y misterio.Pero la principal lección de su escritura –si es que cabe tal pretensión en una obra de por sí ambiciosa– es sospechar no sólo de los mitos latinoamericanos sino de la realidad que se ha asentado sobre ellos, la sospecha de que los primeros y la segunda son tan obsoletos como la literatura que engendran. Que una literatura moderna (o posmoderna ya que estamos ahí) consiste no en destruir los mitos previos sino en abrirse camino en medio de ellos hasta encontrar un claro donde levantar otros nuevos, tan ilusorios como los anteriores pero cada vez más íntimos e irremplazables. Pero la principal virtud de Bolaño es menos literaria que ética. Es el valor, como lo define el propio escritor, de “abrir los ojos en la oscuridad, en esos territorios en los que nadie se atreve a entrar”[12]. Es el valor que se necesita para enfrentar dogmas convertidos en paisaje, exquisitamente conservados por la cobardía, la pereza mental y la frivolidad. Porque para Bolaño el escritor en América Latina, como en cualquier parte, sólo tiene sentido si se reconoce como un samurái que pelea contra un monstruo que lo destruirá pero aún así sale a pelear[13] en lugar de pactar con el monstruo la coreografía de un falso enfrentamiento. Un guerrero que asume, como Cervantes y tantos otros, que su oficio comienza y termina con el reconocimiento de la soledad y la derrota y en el que, por esa misma razón, cualquier patetismo sobra.
    Citas: 

[1] Bolognese, Chiara. “Roberto Bolaño y Raúl Zurita: referencias cruzadas”. Anales de Literatura Chilena. Año 11, Diciembre 2010, Número 14,  259-272.
 [2] Brathwaite, Andrés (Editor). Roberto Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas. Santiago de Chile: Editorial Universidad Diego Portales, 2006, pp. 111- 112.
 [3] Ibid. p. 80.
[4] Bolaño, Roberto. “Déjenlo todo, nuevamente. Primer manifiesto infrarrealista”. http://manifiestos.infrarrealismo.com/primermanifiesto.html [5] Ibid. [6] Bolaño, Roberto. Entre paréntesis. Barcelona: Editorial Anagrama, 2004. pags. 37- 38.
 [7] Brathwaite, Andrés. Op. Cit. pp. 89- 90.
 [8] Idem. 76.
 [9] Bolaño, Roberto. Estrella distante. Nueva York: Vintage Español, Random House, Inc., 2010, p. 146.
 [10] Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Barcelona: Editorial Anagrama S.A., 2003, p. 426
 [11] Bolaño, Roberto. Estrella distante. p. 140.
 [12] Bolaño, Roberto. Entre paréntesis. p. 65.
 [13] Brathwaite, Andrés Op. Cit. p. 90.