miércoles, 21 de septiembre de 2016

Del fascismo como una de las bellas artes

"Por amor se está hasta matando" (“Cuba va”); "te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar" (“Te doy una canción”); "se aprende que matar es ansias de vivir" (“Un hombre se levanta”). Es lo que llamo una educación sentimental fascista, esa que tuvimos nosotros. Porque mientras el discurso más oficial se atenía a la letra de “La Internacional” que abogaba por eliminar la opresión los compositores de aquellas canciones que acompañaron nuestra infancia y adolescencia como discurso al mismo tiempo oficioso y contestatario no se hacían ilusiones. No bastaba con abolir una abstracción, la de la opresión misma. Había que matar. A los opresores, a sus sirvientes y, si era posible, a todo el que le pasara cerca. Aquellos cantautores venían a subsanar una de las mayores limitaciones del discurso comunista: no hablar claro. Cuidadoso de las formas y con toda la humanidad como público potencial el comunismo apenas se resignaba a buscarse enemigos de clase: todo el resto de la humanidad era su natural beneficiaria. El fascismo -nacido justamente para contrarrestarlo- es un comunismo cínico. Un comunismo que se asume con sus limitaciones y su violencia esencial y sin hacerse demasiadas ilusiones: más le valía a la humanidad que se alineara a su lado porque con el resto iba a ser implacable.
De ahí que en los márgenes del discurso comunista del castrismo clásico empezara a surgir este discurso sin ambages. Donde el buenismo comunista (atenuado por el pragmatismo rabioso de Lenin) no llegaba se apelaba al discurso de regusto fascista. Donde el “Proletarios de todos los países ¡Uníos!” o el “Pioneros por el comunismo: seremos como el Che” se tornaban difusos e impotentes se apelaba a la barbarie del “Si avanzo ¡sígueme!, si me detengo ¡empújame!, si retrocedo ¡mátame!” o el caudillista “Cuando sea, donde sea y para lo que sea Comandante en Jefe: ¡Ordene!”. La letra chiquita del nuevo contrato social incluía ingentes cantidades de sangre, una sangre que solo el discurso fascista podría conciliar a plenitud. (Ojo: esas frases con las que hoy identificamos al stalinismo al estilo de “La muerte de un hombre es una tragedia. La muerte de millones, estadística” son falsas atribuciones, o en el mejor de los casos, lapsus al margen del habla pública). El fascismo, ese romántico intento de conciliación entre el asesinato y la esperanza tenía que provenir desde sus márgenes. Ya fuera de la boca de ese paladín descartado que fue alguna vez el Che Guevara antes de integrarse de lleno al culto una vez muerto (“el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar") o en el de intelectuales tratados por mucho tiempo con suspicacia y desprecio.
De esos últimos el cantautor Silvio Rodríguez es sin dudas el caso más ejemplar. Su destierro -temprano aunque provisorio- del favor oficial no solo creó a su alrededor de un halo de rebeldía y resistencia un tanto exagerado. Silvio, luego de ser aceptado inicialmente como ejemplo de hombre nuevo descubrió muy pronto que en ese mundo nuevo “vivirle a la vida su talla tiene que doler”, que ser uno mismo es una tortura (en otra canción bajaría "el precio de ser uno mismo" a simple angustia), y que “nuestra vida es tan alta, tan alta/ que para tocarla casi hay que morir/ para luego vivir”. O ese final de la propia “Oda a mi generación” que transmuta la obediencia absoluta en acto heroico al proclamar: “sé que hay que seguir navegando/ sigan exigiéndome cada vez más/ hasta poder seguir, hasta poder seguir,/ o reventar”. A ese Silvio atormentado acudíamos los jóvenes y revueltos creyentes en la altura inalcanzable de esa vida a buscar todo lo que el discurso oficial nos negaba: el sexo, la muerte, las dudas, la desesperación, la rebeldía. Una rebeldía que resultaba a la larga una reconciliación de todo lo inconciliable: el paraíso y el miedo; la esperanza y la delación; la alegría y el crimen; el ansia de libertad y la sumisión. Dicotomías que solo podían resolver el masoquismo y la esquizofrenia. O la poesía. Soluciones oficiosas al gran problema del comunismo: cómo imponer cierta idea de la armonía universal al mayor número de gentes sin necesariamente contar con ellas.
El fascismo es la solución a dicho problema en la forma de romanticismo cínico. Uno que concilia contrarios sin hacerse ilusiones: o sea sometiéndolos unos a otros. Esa alquimia táctica que es la poesía en tiempos de Revolución se encargará de mutar una cosa en su contrario: la muerte en vida, el odio en amor, la cobardía en valor, la opresión en libertad. A cambio se le permite mencionar libremente la muerte, el odio, la cobardía y la opresión con la convicción y el desenfado de los profetas. (En nuestro contexto fue el poeta Emilio García Montiel de los primeros en desnudar tal operación en aquellos reveladores versos: "yo imitaba a los héroes con la vieja confianza que da la mansedumbre/ con su oscura prudencia"). Ese comunismo descarnado que es el fascismo -una vez convenido que relaciones de propiedad e ideología son la epidermis de un mismo afán de dominación- es lo que en medio de la aridez del comunismo original atrae a los elementos más díscolos y los ímpetus menos controlables de cada sociedad. (Visto al revés el comunismo vendría a ser un fascismo hipócrita). En favor de las autoridades cubanas hay que reconocer qu se requiere de cierta dosis de pragmatismo, cierta amplitud de miras, para que aceptaran, en medio de la ortodoxia ideológica que alguna vez reinó, la morbosa franqueza de este discurso. Sin embargo una vez que desde el poder se reconoce que esa alquimia fascista no es más que la lógica secreta de su discurso público se entiende al fin que es el medio más eficaz para reemplazar los viejos mandamientos por las nuevas normas que él mismo promueve. Sobre todo aquellos mandamientos que nos prevenían contra impulsos tan antiguos como codiciar bienes ajenos, robar o deshacerse del tabú que persiste en contra del asesinato. Es el sentimentalismo brutal de las metaforas que citaba al principio el que consigue que el sometimiento a la férrea lógica del totalitarismo suene como algo indómito y glorioso.

Fragmentos de "Los comandos del silencio", la serie "infantil" dedicada al movimiento Tupamaro que usó como tema principal la pieza "Un hombre se levanta":

6 comentarios:

Realpolitik dijo...

Todo lo permitido y aupado por el castrismo era parte del sistema, se debía al mismo y por supuesto lo apoyaba, ya fuera algo oficialmente oficial o supuestamente "cuentapropista." Sobre todo en el campo del entretenimiento de masas, definitivamente no había cabida alguna para descuidos ni casualidades. La hipocresía o cinismo evidente es asunto de apariencias; la sustancia es la misma. Y dicho sea de paso, a estas alturas, lo que me resulta insoportable es la cursi y barata seudometafísica de tanta letra seudoprofunda de tanto "cantautor." No me las doy de poeta, así que puedo decir que todos dan ganas de cagar.

Enrisco dijo...

Querido Realpolitik: siento que hay algo en mi texto que te molesta (as usual, lo que no me preocupa). Lo que no entiendo en este caso qué cosa es. Porque me parece que estas diciendo lo mismo que yo pero como si estuvieses diciendo lo contrario.

Realpolitik dijo...

Enrique, lo que me molesta de tu texto es simplemente la verdad que expone y que todavía haga falta exponerla, por lo cual no eres responsable. Mi problema, que tampoco es culpa tuya, es que siento tanto desprecio por gente como los cantautores que citas (y que hasta van a "cantar" en Miami como si tal cosa fuera) que a veces se desborda y no puedo evitar expresarlo, aunque sea redundancia hacerlo. Para decirlo en inglés, my contempt runneth over.

Enrisco dijo...

Te entiendo pero lo que no se puede discutir es que esa estetica cheo-fascista ha clado muy hondo en las penultimas generaciones no solo de cubanos sino tambien de latinoamericanos y de alguna manera ha contribuido a deformar el mundo en que vivimos. Por eso no pienso que sea ocioso repensar en ese fenomeno devez en cuando aunque sin exagerar.

Miguel Iturralde dijo...

Enrique: encuentro este artículo muy acertado y muy bien escrito.

Esta simbiosis político-musical es una fórmula ganadora. Toma el caso de Calle 13 que no salía de Venezuela cuando Chávez vivo y de Argentina bajo el mandato de Cristina Fernández, pasando por Bolivia y Ecuador. Son los mensajeros idóneos para captar a la juventud en busca de sentido y rumbo, como tú indicas en el artículo, lo hizo Silvio en Cuba con los de tu generación. Yo he leído a personas que han escrito a la prensa pidiéndole a René Pérez, el "Residente" de Calle 13, que se tire al ruedo político por su claridad en llevar un mensaje social a las masas.

Pero independientemente de lo que estos artistas hagan y sus motivaciones para hacerlo, lo más que me jode es por qué los medios, que del mismo modo se postran ante la faz artística, no cuestionen a fondo la faz política una vez los artistas transcienden su derecho a una opinión política como individuos, para convertirse en portavoces de una ideología.

Saludos.

raúlciro dijo...


Un abrazo, hermano.
He leído esta entrada y estaba buscando la referencia, pero no, es de tu autoría, qué bien. Siempre me ha fascinado/inquietado (bueno, más o menos, entre otras ocupaciones y pérdidas de tiempo inútil, perdona que divague en apariencia y me contradiga además) explicarme el por qué del suicidio de Eduardo Chibás; también el destino (reversible) del Colegio de Belén de la Habana entre otras tantas incógnitas (…), cierto; y hasta la relación entre “Mi lucha” y “La historia me absolverá” (…)
En fin, creo que uno vive lo que le toca y bueno…, sólo algunos pueden ser objeto de tanta atención (…)
Nada, te mando otro abrazo. Me gustaría echar un rato más hablando de estas cosas, las que toquen, pero (mira tú, así es la vida) ahora mismo estoy perdido entre tanto lastre (del que me cuesta deshacerme) y la falta de perspectivas, intentando mantener la cordura y cierto control…
Es cierto lo que me decía Susana (esa santa) hará unos años, “no quieras saber lo que dice esa canción, te decepcionaría…” Hay veces que aunque suene infantil, epidérmico y más, es sano, preferible mirar el cielo sin más y si abundan las nubes o se disipan, también. Luego…, luego, todo depende de uno y no.
Sí, te quiero mucho, hermano (a veces, muchas, te busco y me gusta leerte, otras también me quedo insatisfecho). Besos (sin plumas, también para ti) pa tu prole, la familia.