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viernes, 19 de diciembre de 2025

El Ciego Maravilloso que no era Homero*



Cualquiera que se haya tomado el trabajo de estudiar el asunto lo sabe: nadie ha aportado más al desarrollo de la música afrocaribeña que el cubano, negro y ciego que se presentaba bajo el nombre de Arsenio Rodríguez. Ese fue el nombre que se hizo famoso porque en realidad El Ciego Maravilloso nació como Ignacio de Loyola Travieso Rodríguez Scull, un nombre que cuando terminas de anunciarlo ya la pista de baile se te ha quedado vacía. Nació el 31 de agosto de 1911 en el pueblito de Güira de Macurijes y los detalles de su infancia están cubiertos de un manto de misterio. El manto de misterio con el que la pobreza suele cubrir a los que nacen en ella. Si uno es hijo de reyes ya nace con escribas que dan fe de cada pasito que dio el joven príncipe, aunque luego no sirva para mucho. Hijo de reyes o de clase media primermundista, con sus álbumes de fotos y sus peliculitas en 16 mm y colores porosos. Pero si naciste pobre y luego te vuelves famoso tus primeros años van a parecer cosa de leyenda. Más si te quedas ciego de pequeño y entonces inventan el mito de que una mula te dio una patada y por eso perdiste la visión.

Perder la vista no es el fin del mundo si Dios —o el orisha encargado de esos asuntos— lo compensó con un oído excepcional. Y con una familia como la de Arsenio, de origen Congo e iniciada en los misterios del Palo Monte que es como decir que tienes línea directa con el mayor yacimiento de ritmos del planeta: África. Sobre todo el África de los siglos XVIII y XIX, antes que la invadieran los misioneros para convencer a los africanos que sus tambores eran cosa del diablo. Cuando la familia de Arsenio se mudó de Matanzas a Leguina, el barrio negro del pueblo habanero de Güines, el niño tuvo la oportunidad de crecer entre el resto de las tradiciones musicales africanas más comunes en Cuba. Allí Arsenio aprendió a tocar la marímbula y la botija que eran como el contrabajo de los pobres y más tarde dominó el instrumento con el que se hizo famoso: el tres. El tres es esa guitarrita pobre que tienen todos los pueblos: humildes en posibilidades armónicas pero con un sabor insuperable.

En 1926 pasó un ciclón por Cuba que arrasó con medio país y los Travieso Rodríguez Scull aprovecharon la confusión para instalarse en La Habana y que los muchachos empezaran a dedicarse seriamente a la música. En esa época estaba de moda en La Habana el son, género que se convirtió en el núcleo de la música cubana hasta la llegada del reguetón. Y quien dice son dice sextetos y septetos de sones, agrupaciones que se pusieron de moda e iban a grabar a Nueva York los éxitos que luego volvían locos a quienes se atrevieran a bailarlos. Ya por entonces la destreza de Arsenio con su tres empezaba a ser solicitada por las agrupaciones de son que brotaban en La Habana como hongos después de un buen aguacero. O de que no te secas los pies.

Los septetos en los que tocaba Arsenio por esa época no eran de los más exitosos ni iban a grabar a Nueva York, pero le permitieron ir armando un repertorio con sus propias canciones. Una de ellas, “Bruca maniguá”, fue grabada por la recién fundada Orquesta Casino de la Playa y se convirtió en un éxito inmediato y rotundo. Tal éxito debió alegrar a Arsenio, pero no satisfacerlo por completo. La canción sonaba bonita, era cierto, como bonitos debieron ser los cheques por derechos de autor, pero Arsenio andaba a la búsqueda de un sonido distinto al que producían las grandes orquestas al estilo americano. Algo que sonara como los septetos, pero con más potencia. Que al cantar “sin la libertad no puedo vivir” sonara como un grito de guerra no como una nana para dormir bebés. Y que cuando les ofrecieran los espacios que se estaba ganando con el son pudieran llenarlos con su música por completo. Arsenio no estaba solo en la búsqueda de ese sonido, pero nadie la llevó a cabo con tanta conciencia y claridad.



De manera que Arsenio se inventó el llamado conjunto de son. O, que ya dijimos que no era el único que iba en esa dirección, le dio su forma definitiva. El tresero partía del septeto, con su música graciosa pero que sonaba a cosa antigua y le añadió un piano, una tumbadora y una segunda y hasta tercera trompeta. El piano no iba a ser elegante y ornamental como en las grandes orquestas sino peleón y manigüero, imitando la furia y la gracia del tres, pero con muchas más teclas. A la tumbadora la puso a conversar con el bongó y las trompetas les encargó que fueran añadiendo capas de música como si de una sinfonía salvaje se tratara. Y todo para cantar canciones que harían sonrojar a los reguetones de ahora. Letras como “dile a Catalina que se compre un guayo que la yuca se me está pasando”. O “en la puerta de mi casa sentí que se me paraba el relojito de pulsera que en el bolsillo llevaba”. El conjunto de Arsenio arrasaba entre los bailadores negros, aunque los blancos —que dominaban los grandes salones de baile— preferían que el son les llegara disuelto en violines y con letras más blandas para poder asimilarlo. Otras orquestas asimilaban los descubrimientos de Arsenio disolviéndolos en un sonido más complaciente y el tresero sentía que le robaban la gracia y las ideas mientras a él no le llegaban ni la fama ni el dinero.

En algún momento Arsenio decidió que cuando viera la próxima oportunidad no la dejaría pasar pero para ello debía operarse de la vista. Ese fue el motivo de su primera visita a Nueva York en 1947: ver al oftalmólogo Ramón Castroviejo para que le restaurara la córnea y pudiera ver. Cuenta la leyenda que cuando el doctor le informó que no se podía hacer nada con sus ojos Arsenio, con su corazón roto, compuso una de sus canciones más famosas: “La vida es sueño”. Esa que empieza diciendo “Después que uno vive veinte desengaños qué importa uno más” y sigue con que “el mundo está hecho de infelicidad”. No parece haber sido el momento más alegre de su vida.

Arsenio regresó a Nueva York en 1948 a tocar y grabar con Chano Pozo y con Machito. La ciudad le debió parecer un buen sitio para pasar un rato, pero no necesariamente para vivir en ella. Pero entonces aparece otra leyenda. Y es que en un baile en La Habana alguien quiso agredirlo y su hermano Kike salió a defenderlo matando al agresor. Kike fue a prisión, pero por gestiones de Arsenio y familia el condenado recibió un perdón presidencial y pudo salir de la cárcel. Solo que la familia del muerto, a diferencia del presidente, no estaba muy inclinada a perdonar a Kike y este tuvo que irse a Nueva York. Allí lo siguió Arsenio en 1952 haciendo del Bronx su cuartel general, aunque a cada rato bajara a Manhattan a revolver el Palladium Ballroom con su música.

Arsenio Rodríguez en el Palladium Ballroom, en Nueva York

Mientras tanto Dámaso Pérez Prado, expianista de aquella Orquesta Casino de la Playa que le había grabado “Bruca maniguá” a Arsenio, se había ido a México y desde allí estaba conquistando al mundo con su mambo. Todos parecían entusiasmados con el nuevo ritmo menos Arsenio quien estaba convencido de que la esencia del mambo estaba contenida en las canciones que llevaba componiendo y tocando desde hacía tiempo. Como es usual, todo el mundo estaba con el héroe del momento —Pérez Prado en este caso— y todos los que intentaron reclamarle una parte de su éxito, que no fueron pocos, tuvieron que conformarse con verlo triunfar. Todos menos Arsenio, a quien le sobraba talento y estaba seguro de que algo nuevo se le ocurriría.

En efecto, en los años cincuenta y sesenta en Nueva York a Arsenio se le siguieron ocurriendo canciones y ritmos solo que sus ideas andaban por un lado —en el futuro, preferiblemente— y los gustos del público por otro. Y cuando Arsenio trataba de adaptarse a los gustos del público tampoco le salía bien. Debió ser frustrante para alguien que sentía —con razón— que merecía más reconocimiento del que había tenido. Buscando reiniciar su carrera viaja a Los Angeles para abrirse camino por allá pero mientras lo intentaba el 30 de diciembre de 1970 una neumonía lo despachó sin muchas ceremonias para el otro mundo, allí donde no llegan los cheques por derechos de autor. Los restos de El Ciego Maravilloso fueron enterrados en el cementerio neoyorquino de Ferncliff donde años después se dispuso una modesta tarja.

La historia de Arsenio hubiera sido como la de tantos músicos olvidados si no fuera porque desde años antes de su muerte venía fraguándose la revolución de la salsa, inspirada en buena medida en las ideas musicales puestas en circulación por él. No es que todos los salseros neoyorquinos le dieran mucho crédito al tresero muerto, que la vida es muy corta y “hay que gozar lo que puedas gozar”. Pero siempre hubo alguno, como el pianista y compositor Larry Harlow, quien tuvo el buen gusto de publicar a pocos meses de la muerte de Arsenio su Tribute to Arsenio Rodríguez que incluía cuatro composiciones del fallecido. Y, por si fuera poco, y nadie hubiese captado la indirecta, en 1974 Harlow —que se hacía llamar El Judío Maravilloso— sacó un nuevo disco con cuatro canciones de Arsenio que llevaba el título de Salsa: por si no quedaba claro de donde venían los ingredientes de la receta que ponía a todos a bailar en aquellos días. Y cada vez que la música cubana despierta de sus esporádicos letargos no encuentra mejor modo de hacerlo que agarrándose a los hallazgos de aquel ciego que buscaba con su fantástico oído.


*Capítulo del libro inédito «Nueva York se escribe con ñ» publicado originalmente en La Libélula Vaga

martes, 16 de mayo de 2017

Arsenio, esencial

Empecemos por reconocerlo: A Arsenio Rodríguez nunca lo veneraremos lo suficiente ni saldaremos nunca la infinita deuda qu tenemos con él. Si Cuba es su música, el Ciego Maravilloso es un fuerte candidato al cubano más trascendental. No acuñó un género -eso quedaría para sus apóstoles menores- pero estableció un formato -el del conjunto- que sacaría al son de su estado cuasi folclórico para convertirlo en la máquina potente y avasalladora que ha enseñoreado sobre estaciones radiales y salones de baile de todo el planeta desde entonces. Arsenio Rodríguez entendió que no bastaba con que el son fuera tocado con orquestas para amplificar el sonido. Intuyó como nadie las posibilidades del género de alcanzar mayor complejidad y calado asociando las congas al bongó y el piano al tres, creando con las trompetas armonías hasta entonces desconocidas para el son. De su mano el son alcanzó la mayoría de edad en menos de una década y lo dejó listo para todos los avatares que tendría: del mambo al cha cha chá, de la salsa a la timba o al latin jazz. Listo para la improvisación y el desmadre. Y después de eso Arsenio nunca dejó de experimentar nuevas posibilidades para una música que dominaba mejor que nadie. Y a esto hay que añadir la invención de uno de los cancioneros más amplios y ricos del género. No sorprende entonces que Arsenio Rodríguez muriera pobre y olvidado. Natural que costara digerir tanta grandeza.
No obstante la prole musical engendrada por Arsenio es numerosa: de Larry Harlow a Irakere, de NG la Banda a Marc Ribot y los Cubanos Postizos. Músicos que se han aposentado en los territorios descubiertos por el profeta ciego. Solo por eso vale la pena llevar flores a su altar, recordarnos de donde nos vino tanta riqueza antes que terminemos dilapidándola. Arsenio Essential, tiene mucho de esos rituales encaminados a recordarnos quiénes fuimos, quiénes deberíamos ser. Guiado por la voz poderosa y dúctil del cantante cubano Luis Bofill y por los arreglos hermosos y precisos de Orlando “Landy” Mosqueda (quien además se encarga de la producción, del piano y de parte de la percusión) Arsenio Essential cumple de alguna forma con su título inabarcable. No tanto por las canciones elegidas. Los arseniómanos nunca consiguen ponerse de acuerdo sobre cuáles son las canciones esenciales de su Mesías. Ni siquiera consigo mismos. Si acaso aceptan que cualquier antología que se respete debe incluir ?como Arsenio Essential? “Bruca Maniguá”, “La vida es sueño” y “El reloj de Pastora”. Lo esencial de esta grabación esencial el modo en que es tratada la obra del músico, el respeto y la inteligencia. Porque, incluso tratándose de un homenaje no se trata de momificar las canciones de Arsenio, de reducirlas a mero ritual. Ni de diluirla en la intrascendencia de las modas. Lo esencial en Arsenio es la inapagable vitalidad de su música, su pelea constante con las convenciones, su pulsión constante por sorprendernos. Y Arsenio Essencial sorpende de un modo discreto y al mismo tiempo estremecedor. Sus arreglos, el modo en que están interpretados se esfuerzan por seguir a los originales, parecen incluso demasiado respetuosos. Y sin embargo consiguen que canciones mil veces oídas parezcan recién inventadas, tan vivas como cuando fueron compuestas, listas para ser disfrutadas sin la disculpa de la tradición.
El caso más ejemplar es en este disco es, a mi parecer, la pieza “Kila, Kike y Chocolate” (ya versionada por Larry Harlow como “Tumba y bongó”). Una pieza en al que Arsenio reivindicaba desde sus primeras líneas el impacto de sus hallazgos musicales incluso a nivel laboral:  “Nadie recuerda que el nuevo ritmo/ unió la conga y el bongosero/ que Kila, Kike y Chocolate/ le dieron vida a los tamboreros”. Para luego advertirle a la Academia, casi siempre sorda en estas cuestiones: “y a los profesores nota/ que a nuestro ritmo falta pingor [en su versión Bofill substituye el indefinible “pingor” por el no más definible “tingó”]/ cuando por cualquier motivo/ falta la conga, falta el bongó”. Y de ahí la música comienza a levantar vuelo, impulsado por la persusión pero sobre todo por la trompeta multiplicada de Osvaldo Fleites hasta esa marca de fábrica de lo mejor de la música bailable cubana que son la posesión y el éxtasis. Otras elecciones del disco dentro del repertorio de Arsenio no por menos obvias son menos mejorables como la interpretación de “Qué mala suerte” con su picaresca subrayada por la impecable dicción de Bofill. Una canción que cuenta las desgracias de alguien tan desfortunado que compró un circo “y el enano me creció”. En esas y otras interpretaciones Bofill sobrevive airoso de la inevitable comparación con algunos de los mejores cantantes de la música cubana que fueron casi todos los que interpretaron la música de Arsenio (Miguelito Valdés, Miguelito Cuní, René Scull, etc). Si alguna objeción podría hacérsele al disco  sería la de utilizar esos coros exageradamente nasales que popularizó la orquesta de Oscar D’Leon en los ochentas o que no haya hecho versiones completas de “Hacheros pa’ un palo”, “Mami me gustó” o “Hay fuego en el 23” en lugar de hacinarlos en un meddley. Objeciones muy menores para un disco que uno desea que no se acabe nunca porque la música de Arsenio es, a su manera brillante y rabiosa, infinita.

miércoles, 6 de junio de 2007

Arsenio Rodríguez in memoriam

Es difícil imaginar cuando se piensa en la historia de la música popular cubana una figura más influyente que la de Arsenio Rodríguez [la entrada de wikipedia sobre Arsenio tiene varios errores. En ingles es mucho mejor]. Si bien ninguna de sus más de doscientas composiciones no alcanzan la popularidad de piezas como “Lágrimas negras” de Matamoros o “Échale salsita” de Piñeiro decenas de canciones de aquél tresero conocido como “El Ciego Maravilloso” forman parte del repertorio habitual de músicos de todas partes del mundo. Por si esto fuera poco a él se debe el mayor salto en la evolución del son, el rey de los géneros populares cubanos: ese que va desde el septeto al conjunto, formato que incluía por primera vez el piano y la ampliación de la sección de metales a dos o más trompetas con el consiguiente enriquecimiento tímbrico y armónico. A eso hay que sumar el hecho de que en su conjunto se desarrollaron figuras fundamentales de la música cubana como son los casos de Miguelito Cuní, Félix Chapotín, Lilí Martínez, Chocolate Armenteros o Rubén González. La lista de sus aportes es de hecho mucho más extensa lo que hace todavía menos explicable el reconocimiento un tanto tímido recibido por Arsenio Rodríguez, timidez que se acerca a la injusticia si se lo compara con sus logros. Sin ir más lejos no he podido encontrar para ilustrar este comentario otro video más que este brevísimo que les presento. Junto a ello quiero incluir un kabiosile que le dedicó Ramón Fernández Larrea años atrás. “Kabiosile”, palabra afrocubana de origen yoruba que significa literalmente “Yo saludo a su Majestad” es el nombre que ha adoptado Fernández Larrea para una serie de homenajes poéticos a músicos cubanos entre los que para Ramón, un enamorado de la música cubana no podía faltar el de Arsenio.

Kabiosile: Arsenio Rodríguez
Por Ramón Fernández Larrea

Nos dijo que el mundo era imperfecto. Él, desde su dolida imperfección, construyó otro mundo posible con las manos. Un mundo que sólo se escucha. Un mundo de luces y sombras donde el cimbrear del tres alegre o agorero, saluda y estremece, plantea y pregunta, marca los límites del fuego y abre el sabor como una desolación que va a reverdecer. Sólo con sus manos, sólo con el ansia de luz que el mundo le negó.

Nos dijo que la soledad no era monstruosa. Que buscáramos momentos para que bailara el corazón, aunque estuviera solo, porque el goce estaba en el rapto, no en el desbordamiento. La fruta prohibida de la felicidad instantánea, esa manzana que robamos del cielo, con picardía, cuando nadie mira, lleva directamente al éxtasis. Lo dejó escrito en los muros de la eternidad con indeleble tinta de sueños, con la ferocidad del africano esclavo que le antecedió en la isla, dueño de nada, o tal vez dueño de fulgurantes momentos para arrebatarle al mundo lo negado: Ahora que mama no está aquí, dame un cachito pa´ huelé.

Todo fue un juego de espejos. El negro regordete que pulsaba el tres con una extraña sonrisa en la cara redonda, bajo las gafas ahumadas, estaba en realidad burlándose del mundo ingrato. Todavía, musicólogos y periodistas, dudan ante sus engañosas inscripciones de nacimiento. Dos fechas probables le vieron venir al mundo: el 13 de agosto de 1913 y el 30 de ese mismo mes, dos años antes, en 1911. ¿Se llamó realmente Ignacio Loyola Rodríguez o Ignacio Arsenio Travieso? Un solo dato tomo como verdad irrebatible: un hombre que haya nacido en un pueblo de nombre tan sonoro como Güira de Macurijes, tiene la misión de engrandecer los sonidos del hombre. No importa cómo se llame el personaje que invente para andar entre nosotros. No importa el santo y seña de los registros polvorientos, donde grises habitantes intentan organizar el mundo entre legados. Arsenio Rodríguez pudo llamarse Juan, o José María, o Ignacio a secas, siempre que venga detrás el inquieto relumbre de un tres tejiendo armonías como las luces de un árbol en navidad, y que nazca de la nada, cada vez que griten “¡Alambre dulce!”.

Nos enseñó que una vida es muchas vidas superpuestas, que hay que gozar el momento feliz en cada una de ellas, que la derrota es la más fácil de las muertes. Él, que volaba en la oscuridad de una magia que nos dejó como acertijo, y que habló de la vida como se habla de una mujer orgullosa que nos desdeña: Después que uno viva veinte desengaños, ¿qué importa uno más? Supo viajar con ilusión hasta el final, en un mundo que estaba hecho de infelicidades. Saltando entre las cuerdas dobles y viriles del tres, regresando sólo como un pájaro nocturno hasta sus trece años, cuando la patada de un caballo le envió a un pozo maldito, y le dejó un universo que sólo crece en las manos. Creo que buscó con ellas los caminos de los colores que recordaba, para que nos entraran misteriosos por el oído.

Para mí, gracias a él, hay un instante de plenitud, en que mi tierra se instala en el demoledor grito de mi sangre: sucede cuando Lilí Martínez se desliza por las teclas, siguiendo la queja feroz de Félix Chappottín en la trompeta burlona, y entra Arsenio terciando, con un agudo que complementa y pregunta, como si estuviera dándole pellizcos a la eternidad. Ah, el alambre dulce con que hilvana las estrofas, trucos aprendidos con el Sexteto Boston, en las madrugadas de delirio de los años treinta, en el bullicio de la Playa de Marianao y sus cuchitriles, donde los mejores músicos del mundo remataban la noche, sacándole los más plenos orgasmos. Y en el 34, con aquella escudería de matanceros irredentos que fuera el Sexteto Bellamar, imprimiéndole al son la sobriedad de su ciudad marina.

Nos puso otros acertijos en el camino, para que, levantando falsas huellas, encontráramos la ruta que le llevó a un júbilo de resignada sabiduría. Lo escucho en una de ellas, su pieza El caramelero, con la Orquesta Casino de la Playa, en 1938. Allí nacieron sus dos sobrenombres. Como un haz de luz inesperada, recordé la manera en que deambulaban los vendedores de caramelos y golosinas en La Habana de su época: sobre las pequeñas ruedas de un artefacto que remedaba un gran tablero, trenzaban unas cuerdas de fino alambre donde se endurecían al aire, colgando como los frutos, los jugosos pirulíes de reciente hechura. Así paseaban anunciando aquel aroma de azúcares profundos, y los cristalinos destellos que Arsenio adivinó en la cadencia y el olor: alambre más dulce no hay. La voz de Miguelito Valdés en ese reposado pregón, invita al tresero a sumarse a la pelea, y el Cieguito Maravilloso da una clase magistral de escasos 48 segundos, donde se concentran todos los puntos inevitables de la escala. Como una pincelada cargada de levitante intensidad, Arsenio solo, Arsenio Rodríguez en el ruedo, imagino que sonriente y seguro, abriéndose el pecho para que salgan a raudales las sangres profundas del azúcar convertidas en diamantes comestibles. Todo en 48 segundos. Comenzaba su leyenda.

1940 quedó para la isla como el año en que se hizo la primera Constitución de la República, inteligente y avanzada, la ley de un país nuevo. También nació el Conjunto de Arsenio Rodríguez, guerreros inmortales del son montuno, que iban a cantar a todos los barrios con la voz misma del barrio. Saint-Exuperi escribió que lo esencial es invisible para los ojos. Arsenio nos lo está diciendo siempre con sus pupilas llenas de penumbra, desde la esencia misma de una eternidad diaria. En el rabioso montuno de las esencias, no deja de construir la luz que me alimenta. Una isla que es un sonido lleno de países. Un sonido que es una historia que se repite. Y un hombre en el centro de toda la negrura, que sonríe con un esplendor amargo. El golpe del corazón de la vida. El paso de alguien que anuncia la golosina momentánea gritando: “¡Alambre dulce!”.

martes, 5 de junio de 2007

Arsenio Rodríguez in memoriam

Es difícil imaginar cuando se piensa en la historia de la música popular cubana una figura más influyente que la de Arsenio Rodríguez [el artículo en español de wikipedia es muy pobre y contiene varios errores. En inglés está mucho mejor]. Si bien ninguna de sus más de doscientas composiciones no alcanzan la popularidad de piezas como “Lágrimas negras” de Matamoros o “Échale salsita” de Piñeiro decenas de canciones de aquél tresero conocido como “El Ciego Maravilloso” forman parte del repertorio habitual de músicos de todas partes del mundo. Por si esto fuera poco a él se debe el mayor salto en la evolución del son, el rey de los géneros populares cubanos: ese que va desde el septeto al conjunto, formato que incluía por primera vez el piano y la ampliación de la sección de metales a dos o más trompetas con el consiguiente enriquecimiento tímbrico y armónico. A eso hay que sumar el hecho de que en su conjunto se desarrollaron figuras fundamentales de la música cubana como son los casos de Miguelito Cuní, Félix Chapotín, Lilí Martínez, Chocolate Armenteros o Rubén González. La lista de sus aportes es de hecho mucho más extensa lo que hace todavía menos explicable el reconocimiento un tanto tímido recibido por Arsenio Rodríguez, timidez que se acerca a la injusticia si se lo compara con sus logros. Sin ir más lejos no he podido encontrar para ilustrar este comentario otro video más que este brevísimo que les presento. Junto a ello quiero incluir un kabiosile que le dedicó Ramón Fernández Larrea años atrás. “Kabiosile”, palabra afrocubana de origen yoruba que significa literalmente “Yo saludo a su Majestad” es el nombre que ha adoptado Fernández Larrea para una serie de homenajes poéticos a músicos cubanos entre los que para Ramón, un enamorado de la música cubana no podía faltar el de Arsenio.


Kabiosile: Arsenio Rodríguez
Por Ramón Fernández Larrea

Nos dijo que el mundo era imperfecto. Él, desde su dolida imperfección, construyó otro mundo posible con las manos. Un mundo que sólo se escucha. Un mundo de luces y sombras donde el cimbrear del tres alegre o agorero, saluda y estremece, plantea y pregunta, marca los límites del fuego y abre el sabor como una desolación que va a reverdecer. Sólo con sus manos, sólo con el ansia de luz que el mundo le negó.

Nos dijo que la soledad no era monstruosa. Que buscáramos momentos para que bailara el corazón, aunque estuviera solo, porque el goce estaba en el rapto, no en el desbordamiento. La fruta prohibida de la felicidad instantánea, esa manzana que robamos del cielo, con picardía, cuando nadie mira, lleva directamente al éxtasis. Lo dejó escrito en los muros de la eternidad con indeleble tinta de sueños, con la ferocidad del africano esclavo que le antecedió en la isla, dueño de nada, o tal vez dueño de fulgurantes momentos para arrebatarle al mundo lo negado: Ahora que mama no está aquí, dame un cachito pa´ huelé.

Todo fue un juego de espejos. El negro regordete que pulsaba el tres con una extraña sonrisa en la cara redonda, bajo las gafas ahumadas, estaba en realidad burlándose del mundo ingrato. Todavía, musicólogos y periodistas, dudan ante sus engañosas inscripciones de nacimiento. Dos fechas probables le vieron venir al mundo: el 13 de agosto de 1913 y el 30 de ese mismo mes, dos años antes, en 1911. ¿Se llamó realmente Ignacio Loyola Rodríguez o Ignacio Arsenio Travieso? Un solo dato tomo como verdad irrebatible: un hombre que haya nacido en un pueblo de nombre tan sonoro como Güira de Macurijes, tiene la misión de engrandecer los sonidos del hombre. No importa cómo se llame el personaje que invente para andar entre nosotros. No importa el santo y seña de los registros polvorientos, donde grises habitantes intentan organizar el mundo entre legados. Arsenio Rodríguez pudo llamarse Juan, o José María, o Ignacio a secas, siempre que venga detrás el inquieto relumbre de un tres tejiendo armonías como las luces de un árbol en navidad, y que nazca de la nada, cada vez que griten “¡Alambre dulce!”.

Nos enseñó que una vida es muchas vidas superpuestas, que hay que gozar el momento feliz en cada una de ellas, que la derrota es la más fácil de las muertes. Él, que volaba en la oscuridad de una magia que nos dejó como acertijo, y que habló de la vida como se habla de una mujer orgullosa que nos desdeña: Después que uno viva veinte desengaños, ¿qué importa uno más? Supo viajar con ilusión hasta el final, en un mundo que estaba hecho de infelicidades. Saltando entre las cuerdas dobles y viriles del tres, regresando sólo como un pájaro nocturno hasta sus trece años, cuando la patada de un caballo le envió a un pozo maldito, y le dejó un universo que sólo crece en las manos. Creo que buscó con ellas los caminos de los colores que recordaba, para que nos entraran misteriosos por el oído.

Para mí, gracias a él, hay un instante de plenitud, en que mi tierra se instala en el demoledor grito de mi sangre: sucede cuando Lilí Martínez se desliza por las teclas, siguiendo la queja feroz de Félix Chappottín en la trompeta burlona, y entra Arsenio terciando, con un agudo que complementa y pregunta, como si estuviera dándole pellizcos a la eternidad. Ah, el alambre dulce con que hilvana las estrofas, trucos aprendidos con el Sexteto Boston, en las madrugadas de delirio de los años treinta, en el bullicio de la Playa de Marianao y sus cuchitriles, donde los mejores músicos del mundo remataban la noche, sacándole los más plenos orgasmos. Y en el 34, con aquella escudería de matanceros irredentos que fuera el Sexteto Bellamar, imprimiéndole al son la sobriedad de su ciudad marina.

Nos puso otros acertijos en el camino, para que, levantando falsas huellas, encontráramos la ruta que le llevó a un júbilo de resignada sabiduría. Lo escucho en una de ellas, su pieza El caramelero, con la Orquesta Casino de la Playa, en 1938. Allí nacieron sus dos sobrenombres. Como un haz de luz inesperada, recordé la manera en que deambulaban los vendedores de caramelos y golosinas en La Habana de su época: sobre las pequeñas ruedas de un artefacto que remedaba un gran tablero, trenzaban unas cuerdas de fino alambre donde se endurecían al aire, colgando como los frutos, los jugosos pirulíes de reciente hechura. Así paseaban anunciando aquel aroma de azúcares profundos, y los cristalinos destellos que Arsenio adivinó en la cadencia y el olor: alambre más dulce no hay. La voz de Miguelito Valdés en ese reposado pregón, invita al tresero a sumarse a la pelea, y el Cieguito Maravilloso da una clase magistral de escasos 48 segundos, donde se concentran todos los puntos inevitables de la escala. Como una pincelada cargada de levitante intensidad, Arsenio solo, Arsenio Rodríguez en el ruedo, imagino que sonriente y seguro, abriéndose el pecho para que salgan a raudales las sangres profundas del azúcar convertidas en diamantes comestibles. Todo en 48 segundos. Comenzaba su leyenda.

1940 quedó para la isla como el año en que se hizo la primera Constitución de la República, inteligente y avanzada, la ley de un país nuevo. También nació el Conjunto de Arsenio Rodríguez, guerreros inmortales del son montuno, que iban a cantar a todos los barrios con la voz misma del barrio. Saint-Exuperi escribió que lo esencial es invisible para los ojos. Arsenio nos lo está diciendo siempre con sus pupilas llenas de penumbra, desde la esencia misma de una eternidad diaria. En el rabioso montuno de las esencias, no deja de construir la luz que me alimenta. Una isla que es un sonido lleno de países. Un sonido que es una historia que se repite. Y un hombre en el centro de toda la negrura, que sonríe con un esplendor amargo. El golpe del corazón de la vida. El paso de alguien que anuncia la golosina momentánea gritando: “¡Alambre dulce!”.

lunes, 6 de mayo de 2019

Un mundo de memoria (visitando a Arsenio Rodríguez)


Con Ralph Mendez junto a la tumba de Arsenio Rodríguez

El viernes di un viaje memorable. De esos que cuando lo vives no tienes otro remedio que echar mano a pobre y abusada metáfora del sueño. Me había invitado a visitar la tumba de Arsenio Rodríguez, (el músico que más contribuyó al desarrollo de una de las tradiciones musicales más importantes del siglo XX) su más esforzado y documentado biógrafo, el colombiano Jairo Grijalba Ruiz. Un cementerio situado a unos cuarenta minutos de Nueva York, algo que en mis 22 años de vivir en esta zona me había resultado a mí, extraño ser sin licencia de conducir, inalcanzable. Nos llevaba Ralph Méndez, historiador autodidacta y uno de quienes más ha hecho por conservar viva la memoria de Arsenio, más allá de su música. Boricua tenía que ser. Y allá íbamos tres devotos a la búsqueda de su dios mayor. Tres enamorados.
El biógrafo de Arsenio, Jairo Grijalba, y Ralph Méndez

Por el camino hablábamos, por supuesto, del músico. Tuve la buena idea de preguntar si existían películas de Arsenio tocando con sonido (las pocas que circulan son pequeños fragmentos mudos) y el biógrafo me extendió su teléfono: allí aparecía Arsenio tocando el tres con sonido metálico que estuvo presente en sus últimas grabaciones. Magia, pensé. Como si aquellas fotos estáticas que había repasado montones de veces hubiesen condescendido a animarse. El viaje de la mano de Ralph fue como sobre una alfombra voladora donde lo más extraño parecía tan natural como inevitable. Así llegamos a la tumba del Ciego Maravilloso que alguna vez fue anónima y que fue el propio Ralph quien se encargó de coordinar los esfuerzos para colocar la tarja. “Desde el primer momento todas las puertas se me fueron abriendo” dijo, humilde, “como si ya estuviera decidido que debía hacerlo”. 


Luego de regreso al Bronx, escuchar al colombiano y al boricua desgranar datos minuciosos frente a la imbatible consistencia del mito. Y Ralph conduciéndonos por un barrio feo que gracias a sus observaciones se iba convirtiendo en el mundo que animóArsenio con su tres en sus últimas dos décadas de vida. Así una iglesia “Pare de sufrir” era de nuevo el Teatro Puerto Rico, una clínica el antiguo Club Tropicana, y un edificio en reparaciones, camino a convertirse en no se sabe qué, volvía a ser el Club Cubano Interamericano. 
Arsenio Rodríguez en el Club Cubano Interamericano
Terminamos el recorrido en el único sitio que seguía siendo lo que siempre había sido. La Casa Amadeo, la tienda de música del compositor Mike Amadeo fundada en 1941 como Casa Hernández por el también compositor Rafael Hernández y su hermana Victoria. Amadeo que a sus ochenta y cinco años es un monumento vivísimo a lo mejor de la música latina en el Bronx. Y en esos minutos que serán infinitos lo mismo nos habló de las rutinas de Arsenio que agarró una de las guitarras que tenía en venta para cantarnos una canción que acaba de componer.

Todo muy raro. Tan raro como aquel cuadro de Dalí en que el mismo cuando niño le levanta la piel al mar para ver qué guarda debajo. Los tres peregrinos de esa tarde teníamos un poco de niños que van despertando en la realidad vulgar una más antigua y esencial. De todo eso tuve la certeza un rato antes de llegar a la Casa Amadeo, mientras fotografiábamos la clínica que se levanta en el lugar que fue el Club Tropicana. El guardia de seguridad del lugar salió a preguntarnos, receloso, lo que hacíamos ahí. Difícil explicarle que no fotografiábamos el lugar que custodiaba sino otro que había existido allí hace mucho tiempo. Solo consiguió aplacarse un poco al escuchar la palabra “Tropicana” en la que reconoció un pasado que escapaba a sus obligaciones laborales. “No estamos retratando este edificio” le dije “sino su fantasma”. “Me gusta” me respondió, sonriendo al fin, “un fantasma”. Era la palabra que necesitaba para tranquilizarse del todo, para asegurarse que nuestras fotos correspondían a otra dimensión, la misma a la que pertenecen los sueños, la magia y los juegos infantiles. A casi nada.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Aviso


Ya sé que es un poco tarde pero quería invitarlos hoy a que asistan a la presentación del libro Kabiosiles: los músicos de Cuba de Ramón Fernández Larrea en el Club Cubano de Elizabeth (719 New Point Rd. Elizabeth, New Jersey) a las 7pm. Fernández Larrea además de poeta y humorista de primera (tiene en su haber los poemarios “El pasado del cielo” o “Nunca canté en Broadway” y programas como el legendario espacio radial “Programa de Ramón” o los televisivos “Seguro que Yes” y “Esta noche To Night”) es un profundo conocedor de la música cubana y sus protagonistas. Sus kabiosiles son una especie de minibiografías poéticas de muchos de los principales músicos cubanos, unos más conocidos que otros pero todos a su manera (los homenajeados y los textos que se les dedican) imprescindibles. Abajo el kabiosile dedicado a Arsenio Rodríguez:

Kabiosile: Arsenio Rodríguez
Por Ramón Fernández Larrea

Nos dijo que el mundo era imperfecto. Él, desde su dolida imperfección, construyó otro mundo posible con las manos. Un mundo que sólo se escucha. Un mundo de luces y sombras donde el cimbrear del tres alegre o agorero, saluda y estremece, plantea y pregunta, marca los límites del fuego y abre el sabor como una desolación que va a reverdecer. Sólo con sus manos, sólo con el ansia de luz que el mundo le negó.

Nos dijo que la soledad no era monstruosa. Que buscáramos momentos para que bailara el corazón, aunque estuviera solo, porque el goce estaba en el rapto, no en el desbordamiento. La fruta prohibida de la felicidad instantánea, esa manzana que robamos del cielo, con picardía, cuando nadie mira, lleva directamente al éxtasis. Lo dejó escrito en los muros de la eternidad con indeleble tinta de sueños, con la ferocidad del africano esclavo que le antecedió en la isla, dueño de nada, o tal vez dueño de fulgurantes momentos para arrebatarle al mundo lo negado: Ahora que mama no está aquí, dame un cachito pa´ huelé.

Todo fue un juego de espejos. El negro regordete que pulsaba el tres con una extraña sonrisa en la cara redonda, bajo las gafas ahumadas, estaba en realidad burlándose del mundo ingrato. Todavía, musicólogos y periodistas, dudan ante sus engañosas inscripciones de nacimiento. Dos fechas probables le vieron venir al mundo: el 13 de agosto de 1913 y el 30 de ese mismo mes, dos años antes, en 1911. ¿Se llamó realmente Ignacio Loyola Rodríguez o Ignacio Arsenio Travieso? Un solo dato tomo como verdad irrebatible: un hombre que haya nacido en un pueblo de nombre tan sonoro como Güira de Macurijes, tiene la misión de engrandecer los sonidos del hombre. No importa cómo se llame el personaje que invente para andar entre nosotros. No importa el santo y seña de los registros polvorientos, donde grises habitantes intentan organizar el mundo entre legados. Arsenio Rodríguez pudo llamarse Juan, o José María, o Ignacio a secas, siempre que venga detrás el inquieto relumbre de un tres tejiendo armonías como las luces de un árbol en navidad, y que nazca de la nada, cada vez que griten “¡Alambre dulce!”.

Nos enseñó que una vida es muchas vidas superpuestas, que hay que gozar el momento feliz en cada una de ellas, que la derrota es la más fácil de las muertes. Él, que volaba en la oscuridad de una magia que nos dejó como acertijo, y que habló de la vida como se habla de una mujer orgullosa que nos desdeña: Después que uno viva veinte desengaños, ¿qué importa uno más? Supo viajar con ilusión hasta el final, en un mundo que estaba hecho de infelicidades. Saltando entre las cuerdas dobles y viriles del tres, regresando sólo como un pájaro nocturno hasta sus trece años, cuando la patada de un caballo le envió a un pozo maldito, y le dejó un universo que sólo crece en las manos. Creo que buscó con ellas los caminos de los colores que recordaba, para que nos entraran misteriosos por el oído.

Para mí, gracias a él, hay un instante de plenitud, en que mi tierra se instala en el demoledor grito de mi sangre: sucede cuando Lilí Martínez se desliza por las teclas, siguiendo la queja feroz de Félix Chappottín en la trompeta burlona, y entra Arsenio terciando, con un agudo que complementa y pregunta, como si estuviera dándole pellizcos a la eternidad. Ah, el alambre dulce con que hilvana las estrofas, trucos aprendidos con el Sexteto Boston, en las madrugadas de delirio de los años treinta, en el bullicio de la Playa de Marianao y sus cuchitriles, donde los mejores músicos del mundo remataban la noche, sacándole los más plenos orgasmos. Y en el 34, con aquella escudería de matanceros irredentos que fuera el Sexteto Bellamar, imprimiéndole al son la sobriedad de su ciudad marina.

Nos puso otros acertijos en el camino, para que, levantando falsas huellas, encontráramos la ruta que le llevó a un júbilo de resignada sabiduría. Lo escucho en una de ellas, su pieza El caramelero, con la Orquesta Casino de la Playa, en 1938. Allí nacieron sus dos sobrenombres. Como un haz de luz inesperada, recordé la manera en que deambulaban los vendedores de caramelos y golosinas en La Habana de su época: sobre las pequeñas ruedas de un artefacto que remedaba un gran tablero, trenzaban unas cuerdas de fino alambre donde se endurecían al aire, colgando como los frutos, los jugosos pirulíes de reciente hechura. Así paseaban anunciando aquel aroma de azúcares profundos, y los cristalinos destellos que Arsenio adivinó en la cadencia y el olor: alambre más dulce no hay. La voz de Miguelito Valdés en ese reposado pregón, invita al tresero a sumarse a la pelea, y el Cieguito Maravilloso da una clase magistral de escasos 48 segundos, donde se concentran todos los puntos inevitables de la escala. Como una pincelada cargada de levitante intensidad, Arsenio solo, Arsenio Rodríguez en el ruedo, imagino que sonriente y seguro, abriéndose el pecho para que salgan a raudales las sangres profundas del azúcar convertidas en diamantes comestibles. Todo en 48 segundos. Comenzaba su leyenda.

1940 quedó para la isla como el año en que se hizo la primera Constitución de la República, inteligente y avanzada, la ley de un país nuevo. También nació el Conjunto de Arsenio Rodríguez, guerreros inmortales del son montuno, que iban a cantar a todos los barrios con la voz misma del barrio. Saint-Exuperi escribió que lo esencial es invisible para los ojos. Arsenio nos lo está diciendo siempre con sus pupilas llenas de penumbra, desde la esencia misma de una eternidad diaria. En el rabioso montuno de las esencias, no deja de construir la luz que me alimenta. Una isla que es un sonido lleno de países. Un sonido que es una historia que se repite. Y un hombre en el centro de toda la negrura, que sonríe con un esplendor amargo. El golpe del corazón de la vida. El paso de alguien que anuncia la golosina momentánea gritando: “¡Alambre dulce!”.

viernes, 8 de mayo de 2026

El otro Cristóbal



"Tienes que conocer a Cristóbal”, me escribió mi amigo Arsenio Rodríguez Quintana cuando se enteró que yo andaba por Puerto Rico. No Colón, por supuesto, sino el otro: Cristóbal Díaz Ayala, redescubridor de la música cubana. 

Arsenio me envió su número de teléfono y a la mañana siguiente estaba con el autor de Música cubana: del Areyto a la Nueva Trova (1993) y La marcha de los jíbaros: cien años de música puertorriqueña por el mundo (1998) en su casa en Guaynabo, hablando como si fuéramos amigos de toda la vida. Yo, agradecido desde ya a Arsenio y a la idea de compartir por unos días la misma isla con aquel señor que, a los 90 años, era la encarnación del saber musical de Cuba y de Puerto Rico.

En aquella primera visita, Cristóbal me hablaría de lo que antes había referido en otras entrevistas: de su auspiciosa niñez temprana en el Hotel Vista Alegre, donde le bastaba salir al balcón para oír de viva voz al Trío Matamoros y a Sindo Garay, que animaban el café de los bajos. O escuchar los domingos la banda municipal de Gonzalo Roig tocando desde la glorieta del parque Maceo.




Me contó de su adolescencia viboreña donde conoció a Marisa, su novia de toda la vida. De sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. De los encontronazos con lo que irrumpió en la vida de todos con el nombre ostentoso de “Revolución Cubana”. De su exilio inicial en Miami, donde fue dueño y dependiente de una bodega que pronto vendió y que con el tiempo se convertiría en el germen de la ahora famosa cadena Sedano’s. De su traslado a Puerto Rico, para sumarse a una compañía que fue parte del boom constructivo de la isla.

También me habló de sus programas de radio sobre música, de la tremenda colección de más de 60 mil discos que había donado a la Universidad Internacional de Florida (FIU) y de los proyectos que todavía lo obsesionaban en su décima década de vida, como la reconstrucción de las relaciones entre la música y el café.

Cristóbal era la encarnación de ese arquetipo que abunda tanto en la literatura y tan poco en la vida real: el del viejito sabio que, según entendí en su caso, es resultado de una juventud feliz y una madurez plena, sin rencores ni resentimientos, aunque no exento de grandes dolores, como la muerte temprana de uno de sus hijos. En Cristóbal había un toque de frescura y picardía mental que conservaba incluso cuando el tiempo insistía en doblegar su cuerpo.

En un encuentro posterior, Cristóbal me contó que siendo adolescente fue a una fiesta en El Vedado y, al intentar sacar a bailar a una muchacha, la chaperona de turno le salió al paso y le preguntó de él dónde era. Su respuesta fue: “De La Víbora”. A lo que la chaperona respondió: “El Cerro fue, El Vedado es y Miramar será. La Víbora no fue, ni es, ni será”, cerrando toda posibilidad de que el intruso bailara con la muchacha a su cargo.

Al contar aquella anécdota, Cristóbal volvía a ser el adolescente furioso y humillado por los protocolos habaneros que le asignaban valor a la gente de acuerdo a su barrio de procedencia.

Nada más distante del espíritu de Cristóbal al emprender su historia de la música cubana. 

Cristóbal triunfa allí donde fracasa un Carpentier dominado por sus prejuicios musicales (que lo llevan a excluir del panteón musical a Lecuona o a los músicos populares del siglo XX) o donde falla la magnífica Cuba and Its Music de Ned Sublette, limitada por la convención de describir una República incapaz de engendrar la innegable maravilla musical que produjo. 


El amor incondicional y desprejuiciado de Cristóbal por la música le permitía ver genealogías y conexiones deslumbrantes donde otros intentan uncir ese caballo desbocado que ha sido la inventiva sonora de la Isla a sus propias preconcepciones musicales o políticas. 

Cristóbal en sus libros deja la música fluir en todas sus variantes y direcciones, e intenta, con la modestia y el detalle con que parecía emprenderlo todo, darnos las pistas esenciales para que podamos explicarnos la maravilla de su existencia. Su admiración (para mí, incomprensible) por Esther Borja no le impedía apreciar la importancia esencial que el otro Arsenio, Ignacio de Loyola Travieso Scull, más conocido como Arsenio Rodríguez o El Ciego Maravilloso, tiene para la música del siglo XX. 

La devoción de Cristóbal por los creadores musicales no lo privaba de entender la contribución de productores, clubes sociales, estaciones de radio, estudios de grabación, cabarets y simples bares con victrolas a ese evento mágico que fue la explosión musical cubana en la primera mitad del siglo pasado. 

Cuando le confesé que no había leído un mejor recuento de la música isleña que el suyo, me respondió con su modestia incorrupta: “Es que yo no escribo la historia de la música cubana como quien da una conferencia, sino como quien le cuenta un secreto a un amigo al oído”. 

Cristóbal no tenía grandes conocimientos de teoría musical y rechazaba que le llamaran musicólogo. Su carrera como historiador de la música era la de un melómano excepcional que, desde sus limitaciones teóricas, encontró sentido donde otros muchos se han perdido en la manigua bullanguera de los géneros cubanos. 

Sospecho que, si insistía en iniciar su relación con la música en el balcón del Hotel Vista Alegre, era para arroparse con una mística personal frente a otros autores supuestamente mejor preparados y así lidiar con su propio síndrome del impostor. Ni falta que hacía. El misterio de Cristóbal se resuelve de manera sencilla si se ve como combinación de amor infinito por el objeto de estudio y una sistematicidad que rayaba con la manía, a lo que se añade una clara inteligencia y una gracia natural para relatar.

Luego de aquella primera visita se me hizo costumbre y obligación ir a verlo a su urbanización en Guaynabo en cada uno de mis viajes a Puerto Rico. Una de mis preciosas mañanas en la isla la dedicada a visitar aquella casa ya sin discos, pero poblada por porcelanas de Lladró, cuadros de amigos pintores y la reconfortante hospitalidad de Marisa. 


Allí fui con toda mi familia para que conocieran a aquella pareja de viejitos maravillosos. Iba a comprobar cómo la pareja se recuperaba de sus contratiempos físicos, pero sobre todo a hablar de música: allí contrastaba mis intuiciones sobre la evolución musical de Cuba con la visión limpia y afable de Cristóbal, que no se permitía el vicio del conservadurismo. 

Cuando alguna vez me oyó despotricar contra la cadencia del reguetón, Cristóbal me detuvo para advertirme que después de todo el reguetón utilizaba una versión actualizada del ritmo de la habanera. “Papam, pam pam”, decía, dando las correspondientes palmadas: “ese ritmo que los músicos llaman ‘café con leche’”. 

Esa observación me bastó para reconciliarme en parte con el sonsonete que amenaza con tragarse toda la música en estos días, aunque en particular prefiera esa variante cubana conocida como “reparto”, la que al menos cuenta con el ritmo redentor de las claves.


Hace un tiempo quise homenajear a Cristóbal en una novela en la que todavía trabajo, dedicada a la vida neoyorquina del otro Arsenio Rodríguez, El Ciego Maravilloso. Allí introduje un personaje que comparte su nombre de pila y muchas de las características de Cristóbal. Lo imaginé más joven, estudiando Derecho en la Universidad de Colombia y a la vez coleccionista ávido de todo tipo de músicas, además de asesor esporádico de la protagonista de mi libro, que es una estudiante de Antropología que hace su tesis sobre Arsenio. 

En mi libro lo recreé como no lo había conocido, joven y con el apartamento atiborrado de discos, pero con el mismo trato afable y la misma inteligencia que no se esfuerza por exhibirse. Cuando le envié a Cristóbal ese capítulo dedicado al personaje que él me había inspirado, no me respondió. Temí lo que se teme en esos casos: que en Cristóbal se había iniciado el declive definitivo del cuerpo y de la mente, ese que deja sin palabras las despedidas. 

En mi última visita a Puerto Rico, en diciembre de 2025, pregunté por Cristóbal en todas partes para comprender que en la isla entera no teníamos ni un solo amigo en común y que la próxima noticia que recibiría de él sería la de su obituario. 

La noche del pasado martes 5 de mayo, por fin, recibí la confirmación y reconocí que, a pesar de la vida larguísima y plena de Cristóbal, siempre es difícil despedirse de alguien que, además de bueno, supo transformar sus querencias y manías en una obra inmensamente útil. Ahora solo me queda estirar la conversación al releer sus libros, imposibles de encontrar, y que merecerían una reedición más cuidada. Pero, créanme, no será lo mismo.