La revista New York Review of Books acaba de publicar el recuento que hizo Václav Havel de su detención en 1977 al publicarse la famosa Carta 77. Como se sabe ese documento marcó el nacimiento de un frente común en defensa de los derechos humanos en la Checoslovaquia comunista que estuvo en el origen de la Revolución de Terciopelo que derrocó al régimen doce años más tarde. Como todo lo que viene de ese pasado común que sigue siendo el presente cubano este texto tiene tanto de familiaridad como de enseñanza. Me llaman la atención especialmente tres cosas:
-Que a pesar de que la carta reuniera inicialmente 241 firmas la policía secreta tuviera que enterarse por un informante del periódico francés “Le Monde” de que esta había sido enviada allí para ser publicada. Da, por un lado, un asombroso ejemplo de discreción y disciplina por parte de la disidencia checoslovaca y, por otro, la eficacia de las conexiones de la inteligencia en el extranjero.
-El sistema arbitrario pero eficaz a la hora de confundir a los disidentes de apresar a buena parte de los firmantes y dejar libre durante semanas al líder del movimiento, Václav Havel, a fin de hacer recaer las sospechas sobre él. ¿Les suena conocido?
-La descripción que hace el propio Havel de su estado a la salida de la cárcel: “sentí que todo seguía igual que antes, que en realidad no había pasado nada, que no había estado en ninguna parte o que solo me había ausentado durante el fin de semana. Los árboles, los coches, la gente, el cielo —todo aquello que tanto había echado de menos y que pensé que me parecería casi increíble al volver a verlo— no me sorprendió en absoluto. Lo asimilé con total naturalidad. Era como si mi psicosis carcelaria se hubiera disipado por completo; me comportaba con seguridad y con absoluta normalidad. Solo gradualmente fui reconociendo hasta qué punto mi estado psicofísico me había extraviado, pues durante mucho tiempo estuve lejos de ser normal. La sensación que experimentaba no era más que una imitación superficial de la normalidad. El mundo en el que de repente me encontraba de nuevo se parecía tanto a aquel en el que había vivido durante más de cuarenta años que me creó la ilusión de que yo tampoco había cambiado y de que, por tanto, podía seguir desenvolviéndome en él tal como lo había hecho toda mi vida”.
Luego de escribir este texto Havel escondió el manuscrito. Pero lo hizo tan bien que no vino a ser encontrado sino en 2014, tres años después de su muerte, entre los papeles de su amigo Zdenek Urbenek.
Metiéndome en problemas
Por Václav Havel
Si la policía secreta checoslovaca hubiera comprendido realmente los acontecimientos que vigilaba con tanto esmero, se habría dado cuenta mucho antes de la aparición de la Carta 77 de que algo así se estaba gestando, y tal vez habría evitado la sorpresa que le supuso el lanzamiento de la Carta.
Y es que la Carta 77 no surgió de la nada. Su aparición fue la consecuencia natural de las circunstancias que la propiciaron. El 11 de diciembre de 1976, varias personas de distintos círculos intelectuales se reunieron compartiendo la convicción de que era preciso hacer algo. De sus conversaciones surgió la intención de redactar una declaración que incluyera un análisis conciso de la situación de los derechos humanos en nuestro país y que concluyera anunciando la creación de un organismo permanente dedicado a esta cuestión. A esta primera reunión le siguieron pronto dos sesiones más amplias en las que se redactó y revisó el texto de la declaración y se acordó el método para recabar firmas.
Nuestra experiencia previa nos había enseñado que la recogida de un gran número de firmas en apoyo de tal declaración debía realizarse con la mayor celeridad posible, ya que la policía se enteraría en cuestión de días e intentaría impedirlo. No obstante, decidimos recoger firmas discretamente durante las Navidades, con la esperanza de que la vigilancia policial fuera menos intensa en esa época festiva. Se ideó un método de recogida que no implicara ninguna actividad inusual, dado que las personas que se reunían para este fin ya mantenían contacto habitual entre sí, lo que evitaría despertar sospechas innecesarias.
El plan funcionó y, para el miércoles 29 de diciembre a las 16:00 horas —el plazo límite que habíamos fijado—, todas las hojas de firmas (hubo bastantes más de las que esperábamos: 241) estaban reunidas en un mismo lugar. Inmediatamente hicimos varias copias de una lista alfabética de los firmantes y las adjuntamos a las copias de la declaración. Pasé todo el día en tensión —aunque resultó ser innecesario—, ya que, por lo que pudimos apreciar, no había indicios de que la policía sospechara nada. Consultamos con unos amigos sobre los pasos a seguir, bebimos algo de champán y, satisfechos por el trabajo bien hecho, nos despedimos.
A principios de enero, a pesar de nuestros esfuerzos por llamar lo menos posible la atención, la policía empezó a sospechar que algo se estaba tramando. Al parecer, recibieron la primera información precisa sobre la declaración de la Carta y la lista inicial de firmantes el 5 de enero, procedente de Francia —concretamente de la imprenta de “Le Monde”—, donde estaba previsto publicar el texto al día siguiente. Fue entonces cuando la policía comenzó a comprender la importancia y el alcance del asunto; creemos que, en algún momento de la noche del 5 al 6 de enero, movilizaron a un pequeño equipo de agentes, lo que desembocó en la sonada emboscada que sufrimos al mediodía siguiente. Librábamos una carrera contrarreloj, y perdimos por apenas un par de horas.
La mañana del jueves 6 de enero, Ludvík Vaculík y Pavel Landovský vinieron a buscarme. Fuimos en coche a casa de nuestro amigo Zdeněk Urbánek, donde preparamos todo para entregarlo a las autoridades estatales y enviarlo por correo a los firmantes. Esa misma mañana había visto un coche con dos hombres aparcado a unos cien metros de nuestra casa, pero no quise sacar conclusiones precipitadas. Sin embargo, en casa de Zdeněk supimos con absoluta certeza que estábamos bajo vigilancia: un coche patrulla Volga estaba aparcado cerca del edificio y otro vehículo rondaba por un pequeño parque situado justo enfrente. Sabíamos que seguirían cada uno de nuestros movimientos, pero decidimos mantener nuestro plan original.
Cuando nos pusimos en marcha hacia el mediodía, el Volga se colocó detrás de nosotros. Pronto nos dimos cuenta de que varios coches nos seguían y de que nos costaría mucho deshacernos de ellos. Aun así, Pavel —por una especie de orgullo de chófer— intentó despistarlos conduciendo de forma temeraria por el barrio praguense de Hanspaulka. La única ventaja que obtuvimos con estas maniobras fue que nos vimos momentáneamente solos en una calle lateral, donde pude embutir a toda prisa al menos algunos de los sobres en un buzón. Al cruzar la intersección situada justo después del antiguo liceo francés, nos vimos acorralados por varios patrulleros. Los policías bajaron de los vehículos, cortaron el tráfico en el cruce y nos gritaron que saliéramos del coche. Nos metieron en vehículos separados, nos confiscaron las bolsas y nos llevaron a su cuartel general en la calle Bartolomějská.
La emboscada debió de parecer una escena de una película de gánsteres. Los transeúntes se detenían a mirar, tal vez pensando que presenciaban un rodaje, pues entre todo el alboroto podían reconocer el rostro familiar de Pavel Landovský. Mientras la policía nos llevaba detenidos, pensé: «Vaya manera de iniciar nuestra lucha por los derechos humanos».
Si bien los interrogatorios policiales iniciales fueron, por así decirlo, inconexos —realizados meramente para orientarse, ya que aún no habían decidido cómo abordar el asunto—, el lunes 10 de enero los interrogatorios se volvieron más específicos. Por aquel entonces, mi interrogador era un tal comandante Hudec, un hombre alto y relativamente cortés, con una risa extraña y áspera; no era sarcástico a propósito, pero resultaba bastante desagradable de todos modos. Me negué —al igual que todos los demás— a decir nada sobre la Carta y, dado que el comandante Hudec parecía incapaz de mantener una conversación interesante, pasamos un rato bastante sombrío: largos periodos de silencio se alternaban con breves lapsos de un mismo diálogo repetido hasta la saciedad, que venía a decir más o menos esto: «Si yo hago algo malo y soy un hombre, ¡lo confieso! ¡Tardamos una hora en redactarlo y te vas a casa! Por eso no te comprendo: ¿eres un hombre?». «¡Pero si no he hecho nada malo!». «Si no has hecho nada malo, pues dilo, por el amor de Dios. Si yo hago algo malo y soy un hombre, ¡lo confieso! ¡Tardamos una hora en redactarlo y te vas a casa! No te comprendo: ¿eres un hombre?». La cosa seguía así (en mis obras llamo a esas repeticiones «diálogo circular»), seguida siempre de un silencio. Y luego otra vez: «Si yo hago algo...». El comandante Hudec insistió conmigo durante dos días, en sesiones de diez u once horas, a pesar de que aquello no conducía a ninguna parte. Al principio me preguntaba cómo alguien tan falto de imaginación había podido llegar a mayor. Pero más tarde se me ocurrió que tal vez lo estaba subestimando: la sensación de futilidad que emanaba de él empezó a provocarme malestar físico. Me dolía la cabeza, me sentía mareado y luchaba constantemente contra un extraño letargo que me hacía sentir como si estuviera a punto de desmayarme. ¿Era eso precisamente lo que buscaba Hudec? Claramente tenía dos posibilidades en mente: o bien yo perdía los nervios y lo confesaba todo, o bien mantenía la compostura, pero regresaba a casa por la tarde tan abatido que no me quedarían energías para las tareas que me aguardaban —responder a las preguntas de los periodistas que llamaban desde Viena, Bonn o París en busca de comentarios, o consultar con otros miembros de la Carta, recopilar información, etcétera—. En resumen, no podría desempeñar mi papel de portavoz de la Carta 77. Así pues, la estrategia de Hudec no era tan absurda como parecía, aunque no tuvo éxito: mis nervios resistieron y pude cumplir con mis obligaciones vespertinas.
El martes por la tarde, Hudec me invitó —como de costumbre— a volver a la mañana siguiente. Así que el miércoles por la mañana me presenté en la garita de la prisión de Ruzyně y dije que el mayor Hudec me había citado; el guardia me pidió que esperara. Permanecí media hora en la sala de espera, tratando de consolar a una mujer que lloraba. Por fin regresó el guardia y me dijo que allí no había nadie con ese nombre. Pregunté si podía irme a casa, y él simplemente se encogió de hombros. De modo que me fui a casa.
Eran cerca de las nueve y, al principio, me alegré de mi inesperada libertad. Pero me encontraba en un dilema: ¿qué debía hacer ahora? Me había acostumbrado tanto a aquellos interrogatorios diarios que, de repente, me vi frente a un vacío desolador y desesperanzador. ¿Debía quedarme en casa esperando a que se dieran cuenta de su error y vinieran a buscarme? ¿O debía aprovechar la oportunidad y esconderme? ¿Pero adónde podía ir? Los demás miembros de la Carta estaban trabajando o siendo interrogados en la prisión de Ruzyně, y dedicar mi tiempo a cualquier cosa que no fuera la Carta me parecía absurdo.
Al final opté por una solución bastante peculiar, a medio camino entre desaparecer y exhibirme a plena luz del día: iría a sentarme al café Slavia. (Para explicarlo: el Slavia había sido durante mucho tiempo una parte importante de mi vida. Fui cliente habitual allí durante la mayor parte de mi juventud. Fue allí donde viví mis inicios literarios y donde mantuve interminables e intensas discusiones con amigos y compañeros de estudios. Incluso conocí allí a Olga, mi futura esposa. Sin embargo, habían pasado ya unos buenos quince años desde que dejé de frecuentar el Slavia, y no lograba recordar cuándo había sido la última vez que había estado allí.) Me senté junto a una ventana, pedí un café y reflexioné sobre las cosas. Poco a poco comencé a sospechar que, después de todo, no se trataba de un error y que toda la situación anómala, cuando todos menos yo estaban en la cárcel de Ruzyně, indicaba algo mucho más siniestro: ¿Qué pasaría si en ese momento decidieran cambiar mi estatus de testigo a sospechoso?
A la mañana siguiente la situación se volvió aún más siniestra. Todos los demás estaban siendo interrogados, pero a mi alrededor reinaba un silencio misterioso. Una vez más me invadió una profunda inquietud y fui a un pub de la calle Žitná para combatirla con un almuerzo y unas cuantas cervezas. Al mediodía apareció Jiří Němec y Milan Balabán, pastor evangélico y uno de los firmantes. Leímos los periódicos y analizamos la campaña que estaban librando contra nosotros, que ya estaba en marcha: en todos los periódicos y en la televisión y la radio se citaba a “trabajadores indignados”.
Pasamos esa tarde y esa noche en uno de los “apartamentos conspirativos” donde se llevaban a cabo reuniones y consultas. Redactamos un documento sobre el sistema educativo; evaluamos nuestra situación y compartimos lo que sabíamos. Alrededor de las 10:00 de la noche decidí ignorar mi malestar, irme a casa, dormir bien, bañarme y afeitarme. No sabíamos si ya sabían dónde nos íbamos a reunir y tenían el departamento bajo vigilancia –probablemente no–, pero ese día todo nos parecía sospechoso y ninguna de nuestras precauciones nos pareció meters.
Cuando salimos del apartamento, Pavel, que debía llevarme hasta mi coche, me pidió que caminara cien metros detrás de él. (Se me escapaba el sentido de hacerlo, pero no lo cuestioné para no parecer estúpido.) Tomó una ruta tortuosa (era una parte de Praga que no conocía), le dio dos vueltas a la manzana, luego de alguna manera se me adelantó mucho y comencé a perderlo. Empecé a correr para alcanzarlo, pero cuando me vio correr él también empezó a hacerlo, y de repente los dos estábamos corriendo como locos por calles vacías, y cuando finalmente nos encontramos, bastante agotados, junto a su coche, no pudimos explicar por qué no habíamos caminado juntos de manera normal.
Dormí en casa y luego me levanté temprano porque quería darme un baño tranquilo antes de que vinieran a buscarme. Cuando terminé mis abundantes abluciones, sonó el timbre, abrí y en la puerta estaba el mayor Hudec con dos tipos de aspecto duro. Se rio entre dientes con su estilo ronco y dijo en tono jovial: "¿Señor Havel, dónde se había metido?"
Parecía estar reprendiéndome por no presentarme en la prisión, una idea no del todo absurda considerando lo ansioso que había estado durante los dos días anteriores. Si hubiera podido seguir mis sentimientos más íntimos, habría preferido terminar todo el juego y entregarme. Mi estado mental era similar al de un hombre que deambula por una ciudad donde en cada esquina hay un cartel de "SE BUSCA" con su cara.
Le pregunté a Hudec si me llevaban como testigo o como sospechoso, y él se rio entre dientes y dijo: “Como testigo, por supuesto”. Sin embargo, tomé el bolso con los artículos de aseo de emergencia que llevaba conmigo durante diez días, me despedí de Olga y me fui.
Regresé 127 días después.
Quizás fue el lunes (pero probablemente no hasta el martes) cuando se presentó en mi interrogatorio un hombre robusto con una barba exuberante. (En ese momento me interrogaban todos los días.) Deduje de inmediato que él no estaba con la policía secreta, no solo porque normalmente no tienen barba sino también porque no era su tipo. Los interrogadores inmediatamente se pusieron de pie respetuosamente, mientras que él más o menos los ignoró y se ofreció a estrecharme la mano, lo que me sorprendió bastante. Se presentó como "Dr. Fremund, fiscal superior de la oficina del ministro de justicia". Nos sentamos todos y el recién llegado empezó a hablar. Su tono era serio, iba al grano y había algo tranquilizador, incluso estimulante, en su voz. Comenzó con un breve prólogo en el que anunció que yo estaba oficialmente detenido.
Entonces explicó brevemente sus razones. Básicamente, dijo que muchos periodistas extranjeros recurrían a mí, como portavoz de la Carta, y muchos más probablemente lo harían, y que mis declaraciones, dijo, me estaban metiendo en problemas, y era de esperar que me metiera aún más en problemas, por lo que la sensación era que sería mejor para mí estar protegido de todo eso por ahora, en caso de que eventualmente me involucrara más profundamente, lo cual sería muy tonto de mi parte, particularmente porque esos periodistas a menudo tergiversaban lo que decía y lo hacían de manera que convertían mis declaraciones en ataques a la república. Por supuesto, ciertamente sería posible investigar mi crimen sin encerrarme, pero era por mi propio interés y por el interés general que no siguiera como hasta ahora, que es precisamente lo que mi detención debía evitar. Entonces me preguntó si estaba familiarizado con mi acusación y si quería decir algo al respecto que él pudiera añadir a su informe.
Le dije algo así como que el artículo 98 del código penal presupone que la persona ha actuado por hostilidad hacia el sistema de gobierno socialista, pero que yo no me consideraba un enemigo de dicho sistema, y que lo que me había llevado a actuar como lo hice fue el intento de contribuir a su mejora.
El doctor Fremund dijo que no hacía falta añadir eso, ya que yo lo había manifestado en mis declaraciones anteriores, y me preguntó si había algo más.
Le dije que se me acusaba de mantener contacto con ciertos centros hostiles en el extranjero —definidos de manera vaga—, pero que yo no tenía tales contactos.
El doctor Fremund dijo que no era necesario añadir eso, pues ya lo había dicho en mis declaraciones anteriores.
A continuación, me entregó un formulario para que lo firmara; lo firmé, reconociendo así que me encontraba oficialmente detenido.
Luego me preguntó, en tono cordial, si tenía alguna petición, alguna necesidad concreta o alguna queja. No supe qué responder de inmediato, pero después —si no recuerdo mal— pregunté si mi esposa podría traerme algunos libros.
El doctor Fremund dijo que, lamentablemente, tenía que decepcionarme, ya que los acusados solo tenían derecho a leer libros de la biblioteca de la prisión.
Entonces se puso en pie y me tendió la mano; los interrogadores se levantaron cortésmente de nuevo y el doctor Fremund les preguntó dónde podía encontrar al camarada Horák. Uno de los interrogadores se dirigió rápidamente a la puerta y se ofreció a acompañarlo. Ambos salieron de la sala.
En resumen, esto es lo que puedo decir sobre el doctor Fremund: durante mi estancia en Ruzyně me reuní con él en cuatro ocasiones, y todos esos encuentros compartían un elemento fundamental. Las noticias que comunicaba eran siempre malas, pero las transmitía de tal manera que yo me sentía satisfecho, tranquilo y animado, por no decir eufórico. En resumen, aquel encuentro siempre generaba, de algún modo, un instante de claridad en medio de la oscuridad general que me rodeaba en Ruzyně. Al mismo tiempo, sabía muy bien que aquel hombre jamás podría traerme buenas noticias y, sin embargo —por incomprensible que parezca—, siempre, en cada ocasión, sucumbía al efecto tranquilizador que él ejercía sobre mí.
A menudo me he preguntado: ¿qué clase de persona era realmente? Dentro de todo el engranaje anónimo de los servicios de seguridad y justicia, él sobresalía: la barba poblada, aquellos intentos discretos de humor seco, el aura de sosiego que irradiaba. Y, no obstante, no había en él una calidez humana auténtica. Su comportamiento era pragmático, mesurado, oficial. ¿Cómo sería en casa? No sé por qué, pero no puedo evitar sentir que, si no era un solterón empedernido, sin duda —como marido o padre— debía de ser uno de esos tiranos domésticos cargados de pequeñas manías y hábitos peculiares que sus seres más cercanos están obligados a respetar incondicionalmente, pero por los cuales lo detestan en silencio. Y al mismo tiempo, se rinden por completo ante cierto carisma frío de su personalidad, de modo que prácticamente no tienen margen para rebelarse. Aunque estuviera casado, sin duda poseía rasgos propios de un solterón: un apego egoísta a sus viejas costumbres y la incapacidad de ser un verdadero compañero para nadie.
Pero, sea cual fuera su verdadera naturaleza, era extraordinariamente apto para su trabajo. Poseía la capacidad de comunicar cualquier cosa a cualquiera de manera persuasiva y tranquilizadora. Puedo imaginarlo argumentando ante un tribunal a favor de que se me impusiera la pena de muerte, pero haciéndolo de tal forma que yo mismo acabaría encantado con su discurso.
Aquel mes de mayo, viví el proceso de liberación como en un sueño. Apenas seis semanas antes, estaba convencido de que no volvería a ver el mundo exterior en otros cinco años y, de repente, estaba a punto de regresar a él. Naturalmente, no podía evitar sentirme eufórico, pero al mismo tiempo temblaba de ansiedad, preguntándome qué clase de trampa me estarían preparando.
Hacia la una, todo el procedimiento concluyó y un guardia me condujo a través del complejo penitenciario de Ruzyně hasta la puerta principal. Olga y Zdeněk Urbánek ya esperaban al otro lado. Crucé la puerta y entonces sucedió algo extraño: sentí que todo seguía igual que antes, que en realidad no había pasado nada, que no había estado en ninguna parte o que solo me había ausentado durante el fin de semana. Los árboles, los coches, la gente, el cielo —todo aquello que tanto había echado de menos y que pensé que me parecería casi increíble al volver a verlo— no me sorprendió en absoluto. Lo asimilé con total naturalidad. Era como si mi psicosis carcelaria se hubiera disipado por completo; me comportaba con seguridad y con absoluta normalidad. Solo gradualmente fui reconociendo hasta qué punto mi estado psicofísico me había extraviado, pues durante mucho tiempo estuve lejos de ser normal. La sensación que experimentaba no era más que una imitación superficial de la normalidad. El mundo en el que de repente me encontraba de nuevo se parecía tanto a aquel en el que había vivido durante más de cuarenta años que me creó la ilusión de que yo tampoco había cambiado y de que, por tanto, podía seguir desenvolviéndome en él tal como lo había hecho toda mi vida.
Olga, Zdeněk y yo nos abrazamos (él me había traído flores); luego cargamos mis cosas en el coche y nos marchamos. Y, de repente, rompí a llorar. Me quedé desconcertado, ya que la última vez que había llorado así todavía era un niño. Pedí disculpas a Olga y a Zdeněk; les dije que no lo entendía y que me resultaba terriblemente embarazoso. Aquello no encajaba con la ilusión de estar tranquilo y mantener el control. «Menudo defensor de los derechos humanos», me dije a mí mismo.
Condujimos hasta casa y subimos mis cosas. Me sorprendió lo colorido que resultaba nuestro apartamento. Bebimos whisky, fumé los cigarrillos americanos que Zdeněk había comprado para mí de camino a Ruzyně y hablamos de todo un poco.
No podía dormir, ni tampoco quería hacerlo. Pasé toda la noche leyendo montones de textos de la Carta que me esperaban en el escritorio: documentos, comunicados de prensa, análisis, ensayos, documentación sobre litigios laborales, etcétera. Fue una lectura apasionante lo que me permitió avanzar un paso más en la comprensión de todo lo que había sucedido fuera de la prisión durante mi ausencia. Me había perdido la primera fase —y la más importante— de lo que cabría llamar la etapa heroica de la Carta. Ahora no dejaba de asombrarme al ver cuántos textos inteligentes y valientes se habían escrito, cuántas cosas habían ocurrido, cómo había florecido la creatividad latente de tanta gente y cómo tantas personas habían crecido. Sentía una profunda admiración por todos aquellos que no se limitaron a firmar la Carta y quedarse ahí, sino que entendieron su firma como un compromiso para realizar un trabajo real. Por supuesto, el régimen había contribuido a todo esto mediante la enorme presión que ejerció sobre los miembros de la Carta. En cierto modo, la situación fuera de la cárcel era peor de lo que yo había imaginado: no me había hecho idea alguna de la absoluta crueldad de la persecución (docenas y docenas de despidos, juicios laborales amañados, expulsiones del Movimiento Sindical Revolucionario, vigilancia constante, detenciones de cuarenta y ocho horas, interrogatorios, confiscación de documentos personales, corte del servicio telefónico, etcétera).
Aquello obligó a actuar incluso a quienes, por lo general, se sentían aislados y, en circunstancias normales, no habrían alzado la voz en su propia defensa. La pura necesidad de defenderse llevó a muchos de ellos a desprenderse de sus últimas inhibiciones. Empezaron a llamar a las cosas por su nombre y, de este modo, permitieron que la verdad saliera plenamente a la luz. Me fascinaba también ver cómo un principio fundamental de la Carta —la noción de diversidad de orígenes— se había hecho realidad. Sin imposiciones ni persuasión externa, distintos grupos se impregnaron del mismo espíritu, conservando al mismo tiempo su propia identidad. Los protestantes se dirigían a sus congregaciones; los católicos, a las suyas; los antiguos comunistas hablaban con sus compañeros de siempre. Era un coro de ideas, estilos, enfoques y temas diversos, todo ello con un sentido de concordia que nadie había organizado y orientado hacia un mismo fin: una expresión de la verdad pacífica y cívica, pero intransigente; una defensa convincente de los derechos humanos fundamentales y de la dignidad humana. (¡Qué diferente era el tono de todos estos textos del de la campaña oficial contra la Carta, cargada de odio, histeria y vulgaridad!)
No podía apartar la vista de lo que leía; quería aprender tanto como fuera posible y con la mayor rapidez, por si realmente venían a detenerme el lunes.
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