viernes, 15 de marzo de 2024

La Verdad y el Bien en el aula*



Frente al eterno problema de la incertidumbre (incertidumbre ante la naturaleza, el universo, ante el insistente dilema que nos presenta obrar bien o mal) la humanidad ha respondido con dos actitudes básicas: la curiosidad y la fe. La curiosidad —o el amor por la verdad que se ignora, diría un filósofo— nos ha proporcionado el fuego, las artes, las ciencias y todo tipo de perversiones y vicios. La fe en cambio nos ha dado la magia, las religiones y una amplia gama de ideologías y fanatismos. Brújulas distintas que nos guían de manera que la extrañeza del mundo se nos haga controlable, apetecible o familiar. Para ayudarnos a distinguir y elegir lo bueno o lo verdadero.

Sobre esto último hay quienes piensan que basta elegir lo que creemos bueno para ya dar con lo verdadero. O viceversa. La realidad —o esa parte de la realidad digerida como historia— nos advierte, en cambio, que el espejismo de creer que con lo uno conseguimos lo otro, o que basta elegir la perspectiva correcta para no equivocarnos jamás, no es otra cosa que la garantía de equivocarnos de manera radical e inevitablemente trágica con la mejor de las intenciones. Pensemos, por ejemplo, en la teoría sobre la evolución de las especies enunciada simultáneamente por Charles Darwin y Alfred Russell Wallace. Del rechazo inicial por parte de los que consideraban que tal teoría hundía a los humanos en la más vulgar animalidad pasó a ser aplicada con entusiasmo a los análisis sociales para terminar justificando la supuesta superioridad de unos humanos sobre otros. 

En una de mis clases de idioma avanzado el ejercicio final consiste en que los estudiantes den una presentación sobre el tema que prefieran. Así mido su capacidad de expresarse en un asunto que les apasione con fluidez y dominio de un vocabulario complejo y específico. Es también —mientras revelan algunos de sus intereses más profundos— una buena oportunidad de conocerlos más allá de su capacidad para manejarse con la gramática castellana. El pasado semestre, durante una de aquellas presentaciones finales, una estudiante disertó sobre medicina medieval. Mala época aquella para estar enfermo. Como la estudiante explicó, a los aquejados de alguna enfermedad se les sangraba asumiendo que con la sangre extraída se eliminarían los malos humores. De manera que, encima de la enfermedad que se tratase, se les obsequiaba con un poco de anemia o con alguna infección causada por instrumental no estéril. Y de paso se culpaba al paciente por cometer algún pecado contra el cual no había mejor fármaco que la piedad divina.

Aquella tampoco era una buena época para estar sano. Entre las pobrísimas condiciones higiénicas, la malnutrición crónica y la prevención nula, una epidemia podía arrasar poblaciones completas como ocurrió con la peste bubónica en el siglo XIV. Del puerto italiano de Génova, la enfermedad fue diseminada por pulgas a lomos de las ubicuas ratas por el resto de Europa en cuestión de meses. Se calcula que entre 1347 y 1351 murieron a causa de esa enfermedad unos veinticinco millones de personas. O sea, un tercio de la población de aquellos momentos, lo que equivaldría a 250 millones de muertes teniendo en cuenta la población actual. Frente a calamidades de tales dimensiones, aparte de la precaución más o menos sensata de escapar a sitios no afectados por la plaga, no se encontraba solución mejor que las procesiones piadosas para espantar los malos espíritus, cuando no se perseguía a los judíos, gitanos o cualquier otro sector de la población siempre sospechosa de acarrear los males al devoto mundo cristiano.   

Estas catástrofes ocurrían —como apuntaba mi alumna— en un mundo que había descuidado el progreso científico por verlo como síntoma de arrogante desconfianza de los hombres ante la omnisapiencia de Dios. Los humildes avances científicos hechos en la antigüedad griega y romana fueron marginados bajo la sospecha de paganismo en favor de una concepción espiritual que pretendía controlar los desperfectos del mundo físico. La profesión médica fue descuidada y se pretendía curar las enfermedades sin intentar entender sus causas. En un mundo entregado a la fe los padecimientos solo podían obedecer a algún fallo del espíritu. Si acaso se aceptaba la vieja creencia de que el cuerpo humano estaba compuesto por cuatro elementos —fuego, aire, tierra, y agua— y cualquier falla en su funcionamiento obedecía a un desbalance entre ellos. 

Mientras mi alumna iba desgranando su exposición, yo pensaba en lo que Octavio Paz llamaba “las trampas de la fe”. Y la mayor trampa entre todas es la pretensión de la fe —de cualquier fe, independientemente de que su objeto sea la omnipotencia divina, la salvación del alma, cierto sentido de la historia, la reconstrucción del paraíso terrenal o el triunfo de la justicia social— de ofrecer una comprensión total del universo y una solución universal para cada dificultad. 

Pero si estrafalario y absurdo puede parecerle a la mente contemporánea intentar curar una neumonía con el signo de la cruz, no menos absurda parecerá en el futuro la insistencia actual de ver incluso en las matemáticas una herramienta de opresión. La disertación de mi estudiante sobre el penoso estado de la sanidad medieval me llevaba a reflexionar sobre el peligro de subordinar la infinita curiosidad humana por interrogar al mundo, a cualquier concepción totalizadora sobre este, por ilustrada o justa que nos parezca. La muy humana tentación de arroparnos con ciertas convicciones ante lo desconocido siempre será insuficiente ante la índole rebelde de lo real y hasta de nuestros sueños. 

Pensé, al terminar la presentación de mi alumna, llevar a debate esa vieja oposición entre fe y curiosidad. Retar la actual recaída en las devociones del momento y llevarlos a preguntarse si, en el caso de que un hallazgo científico contraviniera alguno de los principios que hoy se imponen como artículos de fe, debería negársele incluso su derecho a existir o en cambio, permitírsele que entrara a engrosar el arsenal de ideas con que funcionamos. Lamentablemente una clase universitaria no escapa a ciertas normas de lo real y una de ellas es el tiempo de duración. La exposición sobre la medicina medieval se había extendido bastante y todavía quedaban otros estudiantes por presentar sus propios proyectos. De manera que, en lugar de abrir un debate que consumiría un tiempo del que ya no disponíamos, les dirigí una pregunta que sirviera al menos para tantear la temperatura ambiente. ¿En caso de tener que elegir entre la Verdad y el Bien cuál de los dos escogerían? 

Confieso que hice la pregunta sin mucha convicción, dado el ambiente de monasterio que parece reinar en la academia de hoy.

“¡La Verdad!” me respondieron los estudiantes a coro.

“Hay esperanza”, me dije, y pasamos a la siguiente presentación. 


*Publicado en Hispanic Outlook on Education Magazine    

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