martes, 15 de mayo de 2018

Nuestra hambre en La Habana (fragmentos)


"Esferas" revista de literatura que edita el Departamento de Español de la New York University publica su número 8. Un número está dedicado al tema de la precariedad. Invitado por su directora Lourdes Davila contribuí al número con un texto titulado "Nuestra hambre en La Habana" y que será parte de unas personales memorias sobre el Período Especial. A Lourdes le agradezco especialmente haberme impulsado a escribir sobre un tema que hasta ahora había relegado a anécdota verbal, como si aquella miseria compartida entre tantos no mereciese siquiera ser escrita:
4 de julio de 1992, día de la fallida inauguración de la Expo "Del Bobo un pelo" en el Museo 9 de abril (Mercaderes entre Obrapía y Lamparilla) tras ser censurada sucesivamente por la Seguridad del Estado, el Partido Comunista de la Habana Vieja y el Poder Popular. Las banderitas (en alusión a la que usaba siempre el Bobo) tenian por el lado contrario los créditos de la expo. De izquierda a derecha: Tejuca, Marlen, Fumero, "Cleo" y un servidor.

Nuestra hambre en La Habana (fragmentos)

En cuanto comenzara a trabajar me compraría un tocadiscos. Estaba decidido. No de inmediato, por supuesto. Con mi primer sueldo de recién graduado universitario invitaría a mis padres a comer al restaurante favorito de la familia. Pero si ahorraba una cuarta parte de mis tres siguientes sueldos mensuales de 198 pesos para principios del año siguiente uno de esos tocadiscos de la República Democrática Alemana que llevaban décadas cogiendo polvo en las tiendas de la capital sería, al fin, mío. No me importaba que la humanidad se estuviera pasando en masa al sonido cristalino de los CDs o que meses atrás hubiese caído el Muro de Berlín. Todavía en aquellos días los CDS eran una leyenda cubana y del estruendo de la caída del muro berlinés llegó apenas un rumor a la isla que en esos días era más isla que nunca. Mi sueño de contar al fin con dicho aparato que reprodujera la música que yo quisiera si no modesto al menos parecía viable. Aunque sin exagerar. Tampoco se trataría de escuchar la música que quisiera. Unos cuantos discos de producción nacional tan polvorientos como el tocadiscos que planeaba comprarme y algo de música clásica que se vendía en la Casa de la Cultura Checoslovaca, una institución que cada día reforzaba más su condición de reliquia del pasado. Un pasado en el que expresiones como “campo socialista” o “bloque soviético” tenían sentido.

No obstante, y sin que mediara ningún esfuerzo por mi parte, mi aparentemente modesta ambición con los días se convirtió en inalcanzable utopía. Luego, en nada. Al menos pude cumplir con la invitación a mis padres a comer en “El Conejito” a inicios de octubre. El día 9 de octubre de 1990 para ser exacto porque recuerdo que Cleo mencionó que era el cumpleaños de John Lennon. Entonces ignoraba que el país que producía mis anhelados tocadiscos había desaparecido días antes para unirse a su antiguo rival, la RFA. También ignoraba que iba a ser la última vez que iba a comer en aquel restaurante. O que muy pronto hasta la propia noción de restaurante iba a extinguirse. Yo, que pensaba que con aquella cena celebraba el inicio de mi vida laboral sin saberlo me estaba despidiendo del mundo tal como lo había conocido hasta entonces.

Venía del mundo de la prosperidad socialista, un oxímoron que se resolvía en colas casi interminables para casi todo, un transporte público lamentable y el ascetismo forzoso de la cartilla de racionamiento. Un mundo en que la carne, los mariscos y la cerveza eran lujos absolutos pero en el que al menos abundaban el ron y los cigarrillos. Un mundo en el que los servicios gastronómicos eran una variante del sadismo y la burocracia resultaba tan kafkiana como para darle nuevo sentido a la obra del praguense. Un mundo de pobreza regimentada que antes de que nos diéramos cuenta íbamos a añorar con toda la fuerza de nuestros corazones.

Los meses siguientes iban a ser pródigos en desapariciones. Primero desparecieron de las cafeterías el ron y los cigarrillos. El ron desapareció dejando detrás las botellas de vodka soviético a merced de los borrachines que no les habían prestado atención hasta entonces. Luego el vodka también desapareció. La comida no. La comida había desaparecido hacía años de buena parte de las cafeterías: lo que hacía era reaparecer con más o menos intermitencia. Pues esa intermitencia también desapareció. Algo parecido a lo que le pasó al papel sanitario: luego de tener una relación esquiva con nuestros culos vino a ser definitivamente sustituido por el papel periódico. (Algunos, con talante más vengativo acudían a las páginas de la Constitución Socialista, de la Plataforma Programática del Partido o a las obras completas de Marx, Engels y Lenin impresas por la editorial progreso en papel cebolla).

No mucho después desaparecería el transporte público casi por completo. Los autobuses que antes pasaban cada media hora ahora lo hacían cada tres o cuatro horas. Muchas rutas de autobuses desaparecieron por completo.

También desaparecieron las bombillas que iluminaban el exterior de las casas.

O los muebles de los portales.

Y los gatos.

Y los gordos.

A los gatos los cazaban y se los comían.

Y los gordos no comían lo suficiente. Todo lo que quedaba de los obesos de antaño eran fotos en blanco y negro, enmarcadas en las salas de las casas junto a las que se sentaban enflaquecidos, con los pellejos colgantes, a evocar lo que ahora veían como sus buenos tiempos.

No todo fueron desapariciones.

También aparecieron algunas cosas y reaparecieron otras que no se habían visto en mucho tiempo, casi todas destinadas a sustituir la ausencia de comida y de transporte. O a los cigarros y el alcohol.

Nada como una buena crisis para convertir al alcohol en producto de primera necesidad.

Buena parte de los sustitutos de la comida, del transporte público y del alcohol los aportaba el propio gobierno para hacer más llevadera una crisis que se empeñaba en llamarle Período Especial.

Novedades como

picadillo de soya

perros (calientes) sin tripas

pasta de oca

picadillo texturizado

Y, las bicicletas, claro.

Las bicicletas no se comían. Eran para sustituir el transporte. Los perros, el picadillo y la pasta era igualmente incomibles pero se destinaban a sustituir la comida. (No se dejen engañar por nombres que poco tenían que ver con lo que designaban. Como mismo nuestros estómagos no se dejaban engañar cuando los intentaban digerir).

También aparecieron:

El ron a granel

El vino espumoso

Los amarillos

Los camellos

(Los amarillos eran empleados del gobierno que, apostados en las paradas de autobuses y en puntos estratégicos de la ciudad y de las carreteras estaban autorizados a detener los vehículos públicos o particulares y embutir en ellos a cuantos pasajeros pudieran. Los camellos eran camiones enormes adaptados malamente para el transporte de pasajeros al punto que los pasajeros salían de ahí convertidos en cualquier otra cosa. No en balde los camellos recibieron el sobre nombre de “la película del sábado” por las grandes dosis de sexo, violencia y lenguaje de adultos que incorporaban).

Como parte de las reapariciones hubo un tremendísimo repunte en la producción de alcoholes caseros. Y en la de nombres para designar sus diferentes variantes: Chispae’tren, Hueso de Tigre, Azuquín, Duérmete mi Niño, El Hombre y La Tierra y otros todavía más intraducibles a otro sistema de referencias.

Los cerdos se convirtieron en animales domésticos: crecían junto a la familia y dormían en la bañera para ser devorados o vendidos en cuanto adquirieran suficiente peso para ser consumidos.

Si no se lo robaban antes.

Aparecieron enfermedades apenas conocidas hasta entonces, hijas naturales de la mala alimentación. De la falta de vitaminas y de la de higiene.

(Porque los jabones y el detergente -se me olvidaba mencionarlo- también estaban entre los primeros caídos en combate).

Enfermedades que producían invalidez, ceguera o, si no se atajaban a tiempo, la muerte.

Epidemias de polineuritis, de neuropatía óptica, de beri beri, de suicidios.

Suicidios no solo de personas. En esos días recuerdo haber visto más perros atropellados en la calle que nunca y concluí que también los perros se cansaban de vivir. O los choferes de esquivarlos.

Todo lo demás todo se encogía. Las raciones de alimento que el gobierno vendía mensualmente, las horas al día con electricidad, la llama del gas de las hornillas. La vida.

La ración mensual de huevos se fue encogiendo al punto de que los huevos terminaron bautizados como “los cosmonautas” por aquello del conteo regresivo “8, 7, 6, 5, 4”. Recuerdo que en algún momento se redujo la ración a tres huevos al mes por persona. Luego no recuerdo nada.

El pan también se encogió hasta quedar en una porción que cabía en la mano y que, ante su evidente falta de ingredientes básicos, difícil le resultaba no desmoronarse entre los dedos antes de llegar a casa. (En la mano porque las bolsas de papel también habían desaparecido y las de plástico siempre fueron un privilegio reservado a los extranjeros). Pero ni siquiera el aspecto miserable de aquellos panes los defendía de nuestra hambre.

La lucha diaria por el pan se convirtió en una expresión estrictamente literal. Un día, visitando la casa de un actor bastante exitoso en aquellos días me vi de pronto en medio del fuego cruzado entre el actor y su hijo adolescente al que recriminaba que luego de comerse los panes de ambos ahora intentara zamparse el de su madre).

Lo único que se mantenía inalterable era el discurso oficial. Y con “discurso oficial” no me refiero a las “tendencias de elaboración de un mensaje mediante recursos expresivos y diversas estrategias”. Hablo de la acepción más concreta de “serie de las palabras y frases empleadas para manifestar lo que se piensa o se siente”. O para decirlo con más precisión lo que pensaba y sentía el máximo líder del país, que era como decir el país mismo. Palabras y frases que desfilaban durante horas para decir una y otra vez lo mismo: lo dispuestos que estábamos a defender las conquistas de la Revolución, lo mal que nos iría si se nos ocurría cambiar de régimen político. O lo mal que le iba al mundo si se comparaba con nosotros o lo bien que nos iba a nosotros si nos comparábamos con los demás, no recuerdo con precisión.

O lo indetenible que era nuestra decisión de construir el socialismo.

Porque el capitalismo al parecer se construía al menor descuido pero el socialismo requería décadas de incesante labor y todavía no se veía cuándo alcanzaríamos a ponerle techo.

La prensa escrita y la televisión seguían sin darse por enteradas de los cambios que estaban ocurriendo: el mismo discurso triunfalista, las mismas cifras de sobrecumplimiento, las mismas exuberantes cosechas de papas que luego no encontrabas en ningún sitio. En aquellos espacios nunca se dio a derechas la noticia de la caída del Muro de Berlín o de la ejecución de Nicolae Ceaucescu o de la masacre de Tiannamen.

Los eventos incómodos para el discurso oficial o se ignoraban o se comunicaban de un modo tan distante de lo real como los alcoholes caseros de los destilados industriales. 

En todos esos años no escuché en los medios oficiales pronunciar una sola vez la palabra “hambre” como no fuera para referirse a algo que siempre ocurría en un lugar lejanísimo. En aquellos años nuestra miseria no recibió otro nombre que el de Período Especial, fenómeno que tenía su origen en “dificultades de todos conocidas”. 

En esa Habana me tocó ser joven, recién graduado, feliz.

Tuve suerte. A otros les tocó ser padres y madres de familia, obligados a alimentar a sus hijos sin tener con qué. A hacer tortillas de un solo huevo para cuatro, cinco, diez personas. A prostituirse para que sus hijos se vistieran. A robar para que sus abuelos no se murieran de hambre.

Porque hubo muertos de hambre. Muchos. No se reportaban como tal. Alguien quedaba en los puros huesos y luego se lo llevaba un simple catarro, un infarto, un derrame cerebral. O se suicidaba. O se montaba en una balsa que era otra forma de suicidio. Un suicidio esperanzado. Si llegabas a la Florida o te recogía en el camino algún barco americano estabas salvado. A eso se le llamaba en esos días “pasar a mejor vida”. A irse del país, digo. Pero recorrer más de noventa millas en aquellos amasijos de maderas, redes, cuerdas y neumáticos de camión por un mar casi siempre revuelto y atestado de tiburones siempre ha estado al nivel de los milagros. Pero incluso si otorgamos igualdad de posibilidades a la muerte y al escape la disyuntiva da escalofríos.

De 1990 a 1995 al menos cuarenta y cinco mil cubanos llegaron en balsa a los Estados Unidos.

Calculen ustedes.

Pero están los otros, los que murieron en sus casas de alguna enfermedad alentada por el hambre.

De aquellas muertes nadie tiene cifras confiables. (Excepto el gobierno que, con su habitual discreción). Pero esto puede darles una idea: en 1990 el promedio de los entierros en el principal cementerio de La Habana oscilaba entre cuarenta y cincuenta diarios. Cuarenta entre semana, cincuenta los sábados y domingos. Tres años después la cifra se había duplicado: ochenta enterramientos diarios de lunes a viernes y cien los fines de semana.

Saquen sus cuentas.

En medio de esa masacre discreta yo me di muchísimos lujos. El lujo de no dejar de escribir, de ver películas, de leer, de visitar y recibir amigos. El lujo de ser insolentemente irresponsable, de ser feliz en medio de aquella hambre atroz que lo cubría todo y que hacía que la gente se desmayara en medio de las paradas de autobuses o en la consulta del dentista.

Eso no me evitaba acostarme con hambre. Levantarme con hambre. Desayunar leche en polvo y la mitad del pan ínfimo que Cleo partía conmigo. Meter en un cacharro un poco de arroz y picadillo de soya o de croquetas de pescado (se ruega no tomar demasiado al pie de la letra tales nombres: les llamábamos así por mera costumbre, para que el engaño del hambre fuera lo más eficaz posible). Luego ir en bicicleta hasta el cementerio. Sí, buena parte de mis últimos años cubanos los trabajé en el principal cementerio de la ciudad, diz que de historiador. 55 hectáreas tapizadas de cruces y mármoles. 55 hectáreas de hambre rodeadas de hambre por todas partes.

Porque incluso en pleno centro de la ciudad, en una zona antes rodeada de cafeterías, restaurantes, cafeterías, pizzerías y heladerías, los establecimientos estaban permanentemente cerrados por falta de comida.

En aquellos días de absoluto control del Estado sobre la economía la ecuación era simple: si el Estado no tenía nada que vender entonces no había nada que comer.

Y si de repente vendían fiambre de aspecto infame habría que hacer tres o cuatro horas de cola para comprarla.

Por eso debía atenerme a lo que llevara en aquella cantina plástica y devorármela antes de que el calor bestial del trópico la volviera una pasta babosa y rancia. Aprovechar hasta la última brizna porque sabía que no habría nada más que comer hasta que regresara a la casa, a las cinco de la tarde, en bicicleta.  

O no. Porque en la casa tampoco encontraría mucho que comer. Arroz, algún grano y luego cocimientos de yerbas arrancadas a escondidas de los canteros del barrio para engañar un hambre cada vez más astuta. Casi siempre prefería que el hambre me agarrara en la calle, viendo alguna película. De preferencias viejas, en la cinemateca, porque los antiguos cines de estreno no dejaban de poner películas que ya habíamos visto. Al menos en la cinemateca exhibían una y hasta dos películas diferentes cada día. Allá me encontraba con Cleo a la salida de su trabajo, y coincidía con mi hermano y su novia o con cualquiera de mis amigos. En una ciudad en que cualquier artículo valía ahora entre veinte y cincuenta veces lo que valía antes el cine seguía costando lo mismo.

Con mi sueldo mensual podía ir doscientas veces al cine. O comprarme dos jabones.

Por eso era raro el concierto, la obra de teatro, o la función de ballet que nos perdiéramos en aquella ciudad que en aquellos días. No había muchos espectáculos a los que asistir en aquellos días: cantautores locales, rockeros tercermundistas, compañías de teatro europeas perdidas en algún programa de intercambio.

La ciudad vacía y a oscuras y nosotros pedaleando y rezando porque las “dificultades de todos conocidas” no hicieran suspender la función de esa noche. Para no regresar a casa con el estómago vacío y sin siquiera la satisfacción de haber visto algo que nos alimentara el espíritu. Pedaleando con cuidado por calles oscuras y vacías, con un machete en la mano, a la vista de cualquiera que tuviera intenciones de asaltarnos para robarnos la bicicleta.

(Porque las bicicletas en aquellos días valían oro como todo lo que sirviera para moverse, emborracharse, bañarse o llenarse el estómago).

Al día siguiente se repetiría el ciclo: leche en polvo, bicicleta, arroz, frijoles, cine, bicicleta, arroz, frijoles y cocimiento.

Un ciclo accesible sólo a los que teníamos la suerte de no tener que mantener a una familia, una casa. La suerte de no tener que tomarse la vida en serio.

Entre aquel octubre en que invité a mis padres a comer a su restaurante favorito y el otro octubre en por fin me fui de Cuba pasaron cinco años. Un quinquenio espantoso, e interminable.

Y feliz, porque tuve la suerte de ser joven, irresponsable y estar bien acompañado.

Pero hasta donde recuerdo ni una vez en esos cinco años volví a pensar en ese tocadiscos. El tocadiscos que no había podido comprarme porque el país que los producía había desaparecido junto con nuestra vida de antaño.

Desaparecidos para bien y para mal.

Ahora, por fin, en medio de la ñoñería hipster por los discos de vinilo, me he comprado un pequeño tocadiscos. Un pretexto para reunir sin prisas ni pausas la colección de discos que nunca tuve.

Allá los que busquen en los discos una autenticidad desconocida en su mundo digital: para mí aquel tocadiscos tiene el sabor dulce y frío de la venganza.


16 comentarios:

Jose Alberto dijo...

No dejes de incluir en tu libro la historia de la preparación para la "Opción Cero" con los comedores que crearían por cuadra o manzana para cocinar allí lo que el gobierno enviara. Y la anécdota de la frase que le escuché a un vetusto dirigente del partido local de que así si alcanzaría la comida porque esta "iba a ser sólo para los revolucionarios".

Anónimo dijo...

Siempre doy gracias al destino y a mi propio empeño, porque esa época me cogió ya fuera de aquello y con la posibilidad de poder ayudar económicamente a mis viejos para que no se murieran de hambre allá.
Sí me llamó la atención el comentario sobre el papel sanitario y me confirmó que los niveles de miseria no eran iguales en toda la isla. En Santiago, el papel sanitario desapareció en los primeros años de la década del ’60 para no volver a aparecer jamás mientras estuve.
Si en La Habana esta época fue como la describes en tu experiencia (aún sin tener hijos ni abuelos que mantener y por los que preocuparte) no quiero ni pensar en lo que pasarían en el “interior”…

Anónimo dijo...

Ojala mucha gente lea esto y aprenda las lecciones de que dejo el comunismo y la prepotencia inoperante de los Castro!

Enrisco dijo...

Anonimo 14:09: Si, el contraste entre La habana y el "interior" siempre fue brutal para no hablar de las zonas rurales. Habia productos que en La Hbana no estuvieron racionados en los ochenta como el pan y los huvos que en otros sitios nunca dejaron de estarlo, por poner un ejemplo. Gracias a mi padre primero y a la inquietud que herede de el viajaba por Cuba todo el tiempo, incluso en el periodo especial, cuando la gente se abstuvo de hacerlo si no era por cuestiones de vida o muerte. Y pasar -por ejemplo- de la miseria habanera a la miseria de Baracoa en 1991 o a la camagueyana en 1994 fue una autentica patada en la cara.

Anónimo dijo...

Lo vivi, con familia..Mis padres y dos niños
Fue terrible, fuI privilegiada porque en 1993 mi hermano mando a su esposa para que nos ayudara desde USA
Nos compro comida y supplies en la Diplotienda.
Este articulo me hizo revivir todo de nuevo.
Lo comparti para mis hijos.
Yo me gradue de Licenciada in Biochemistry en la Universidad de la Habana en 1992, curso de trabajadores
Mi segundo hijo nacio en 1993 en el Gonzalez Coro, sin luz en los pasillos, sin nada de comer, su primera leche fue leche en polvo comprada en el Mercado Negro al dia de nacido, yo no tuve leche hasta el tercera dia de parida.
Fue duro y sobrevivimos pero nos marco.
En 1999 finalmente sali de Cuba y me reuniria con el resto de mi familia aca en Miami
No es lo que hubiera querido, extraño por siempre a Cuba pero no habia otra opcion

Carlos Wong-Soi dijo...

Como siempre genial, me quede con una triste sonrisa. Un abrazo, El Chino del Arzobispado.

Realpolitik dijo...

Nada, todo muy normal y de esperarse en un país tercermundista. Además, la Revolución (o la gloria que se ha vivido) justifica y merita cualquier tipo de penuria o sacrificio. Vamos bien, pase lo que pase.

Anónimo dijo...

Sin ánimo de ofender, la anónima de las 5:27 si después de haber pasado por lo que cuenta, salir de Cuba “no es lo que hubiera querido” y la “extraño por siempre”, su psiquis tiene una tendencia al masoquismo que se la debía hacer mirar.

Anónimo dijo...

Cuando empece a leer el articulo me dije "pero este hombre a quien le cuenta todo eso ?, quien no conocio el picadillo de soja y el desayuno de agua con azucar ?" para inmediatamente despues darme cuenta de que el tiempo ha pasado y hay una nueva generacion! que no necesariamente conoce esas cosas, sobre todo si no estan en Cuba. Asi que, gracias Enrisco, por escribir esto para nuestros hijos. Ojala algo aprendan...
Yo tuve la suerte de ser una universitaria muerta de hambre en la CUJAE, alternando almuerzos de pan con tomate o pan con tortilla si tenia huevo, lo que, claro, suponia no desayunar pan :) y pidiendo botella para transportarme. Y digo suerte porque no me toco alimentar a nadie en esa situacion, pobres madres y padres..

Ricardo Salazar West New York NJ dijo...

Yo me comí el periodo especial completo,desde el 90 hasta el 2000 cuando pude escapar a Canadá.
Lo recuerdo por parte:
I-Solo comía pescado para dejar la carne para mi hija.
II-Solo comía huevo para dejar el pescado para mi hija.
III-Solo comía arroz para dejar los huevos para mi hija.
Perdí más de 40 libras en la jugada,pero no se echaba a ver porque todos los que me rodeaban estaban igual o peor que yo.
Las fotos que acompañan el escrito dan fe de lo que fueron aquellos años.

Enrisco dijo...

Anonima de la CUJAE: claro. Yo tambien lo veía así, como muela compartida entre la gente de mi generación. No se me había ocurrido escribir sobre el asunto hasta que la directora de una revista de mi universidad me pidió algo sobre el tema de la precariedad. Porque parece que eso solo ocurre en países afectados por el neoliberalismo segun parece ser y pensé que sería bonito compartir nuestra precariedad socialista con nuestros herm,anos latinoamericanos. Y luego están los jóvenes que lo único que han oído del perído especial es lo que yo no vi: lo de los bistecs de frazada y las pizzas de preservativo. Y como no quiero cogerme el hambre para mí solo siempre insisto en su condición colectiva, dese el título. Gracias por obligarme a explicarme.

Anónimo dijo...

yo lo sufrí mucho.
Aún no estoy en condiciones de contar mi experiencia de período especial. No fue solo el hambre que fue inmensa, fue tambien la impotencia ante la degradación humana que ocurria ante nuestros ojos, la ajena y la propia.
No lo puedo contar, ni lo puedo compartir, ni lo mio ni lo de los otros.
Me alegra saber Enrisco que hayas escrito sobre tus experiencias. Cuando este emocionalmente lista, me lo leo, con sus comentarios.
de momento me parece que hasta te quiero mucho ...una solidaridad extrania de sobrevivientes del periodo especial

Anónimo dijo...

si sonó trágico el comentario mio anterior, es porque es trágico.
yo vivia con mi hija nacida en 1991 y mis abuelos de 80. Ese cake me tocó a mi.

Pepe Pelayo dijo...

Muy buen texto, maestro. Como siempre. Desde 1991 vivo en Chile, saltando constantemente por países latinoamericanos por trabajo y diversión. Te puedo confesar que no he visto algo así de lo que cuentas (lo que vivimos) en otro lugar. Concedo que quizás un % de las poblaciones (desde un décimo hasta menos de la mitad, según el sitio), sufren algo parecido. El asunto es que éramos el 90% del pueblo (dejé un 10% para la clase alta compuesta de militares y altas cargos del PC, etc.). Eso tan masivo no lo he visto en ningún lado. Y lo que contaste era solo sobre el hambre biológica, cuando unes eso a las demás hambres, menos es comparable con nada en este continente. Gracias, hermano. Y al leerte me vino a la mente un chistecito con aquello de "Cleo de 5 a 7", pero no te lo menciono porque me da vergüenza. Ya ella debe estar aburrida con esos pujos. ¡Un abrazo!

Realpolitik dijo...

Y si no hubiera sido por la ayuda del exilio, perdón, la “diáspora” (cuya explotación ya se ha convertido en trapiche multibillonario) ¿qué hubiera pasado? Ah, pero la Revolución, en su genio e ingenio, siempre supo y tuvo a qué atenerse, como todo parásito experto y exitoso. Muy sencillo: se chupa cualquier teta disponible, y si se agota, pues se busca otra.

Y ¿qué tal del resto del mundo externo ante tanta “especialidad”? Bien, gracias, muy bien—cómo siempre, cómo ante todo, incluyendo la masacre de niños y sus madres clamando por piedad en el remolcador "13 de Marzo." Y todavía hay cubanos pidiendo peras a olmos y esperando por Godot. Bueno, al menos eso le sirve de diversión a gente como Federica Mogherini de la Unión Europea.

Anónimo dijo...

Muy buena la idea de contar la historia de esos años. Los niños ahora no tienen ni idea del trabajo que pasamos y si preguntan, los pocos que preguntan, piensan que exageramos. Y eso que yo no recuerdo tanto. En el 91 solo tenía 7 años.