domingo, 10 de abril de 2016

Nitrógeno y mangostas

Por inCUBAdora me entero de la publicación en el sitio de la revista mexicana Crítica de mi texto "Nitrógeno y mangostas: Julio Cortázar y la Revolución Cubana" como adelanto de su aparición en la versión en papel de la revista. Se trata de una suerte de historia secreta de las relaciones entre el escritor y el régimen cubano a partir de un texto muy poco comentado, el cuento "Con legítimo orgullo" que aparece en "La vuelta al día en ochenta mundos". Los dejo con el inicio de mi texto:
Bajo el noto­rio influjo de Borges he imag­i­nado este argu­mento que posi­ble­mente no escribiré porque no alcanza a jus­ti­ficar mis tardes. Fal­tan por­menores, rec­ti­fi­ca­ciones, ajustes; hay zonas de la his­to­ria que no me fueron rev­e­ladas aún; hoy, 8 de agosto del 2014, la vis­lum­bro así.
Un escritor, entu­si­asta admi­rador de una rev­olu­ción tri­un­fante, dig­amos la de la Fran­cia de Robe­spierre, la Rusia de Lenin, o la China de Mao ha sido invi­tado a cono­cerla en carne propia, por así decirlo. O tal vez ni siquiera se trate de la primera visita sino una de tan­tas en que viaja para con­fir­mar y enrique­cer su devo­ción, puesta a prueba por cier­tos rumores que propala la prensa bur­guesa. “Más que nunca me interesa darme una vuelta —le con­fiesa a un colega—, hablar con los ami­gos de la Casa, y hac­erme una idea más clara de algu­nas cosas” (Cortázar.2012.344).
Dig­amos, para como­di­dad nar­ra­tiva, que se trata de un viaje a la Cuba de Fidel Cas­tro entre los últi­mos días de 1966 y finales de enero del sigu­iente año y el escritor —que bien pudiera lla­mar Juan, Pedro o Gabriel— se llama Julio y es argentino. Julio Cortázar para que la aspereza de ese apel­lido vasco equi­li­bre la blandura de su ofi­cio. Luego de un largo silen­cio epis­to­lar —el escritor suele lle­var una cor­re­spon­den­cia intensa y com­pul­siva— que se cor­re­sponde más o menos con exac­ti­tud con los días que pasa en Cuba el escritor emerge nue­va­mente en sus car­tas con no menor entu­si­asmo que el que lo impulsó a hacer el viaje. “Volví con­tento porque creo que los males están infini­ta­mente por debajo de los bienes, y que aque­llo sigue ade­lante como un tor­rente” (Cortázar.2012.375) le escribirá al mismo colega al que le ha man­i­fes­tado sus pre­ocu­pa­ciones antes del viaje y al que por como­di­dades nar­ra­ti­vas lo lla­mare­mos Mario Var­gas. Mario Var­gas Llosa para que la ele­gan­cia del apel­lido materno com­pense la vul­gar­i­dad del paterno.

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