domingo, 16 de noviembre de 2014

Sobre el kitsch político

Hacia el final de la presentación de “Enriscopara presidente” en Nueva York hablábamos sobre lo que yo llamo lo castrismo sentimental que no es más que una variante nostálgica -pero por ello mismo persistente- de lo que Milan Kundera ha llamado el kitsch totalitario. El artista Geandy Pavón preguntó entonces si el anticastrismo no era también kitsch a lo que respondí que por supuesto, que no podía esperarse otra cosa de algo que se define así mismo a partir de otra cosa que es de por por sí profundamente kitsch como el castrismo. Fue una manera de reconocer algo bastante obvio desde el propio título de mi libro y es que “Enrisco para presidente” es también -con sus falsos programas políticos, sus estrafalarios diseños de una “Nueva Cuba”, sus clasificaciones de los diferentes tipos de anticastristas- aunque en menor medida una sátira contra el kitsch de la oposición. Y si digo “en menor medida” no es porque la oposición de por sí tenga menos predisposición al ridículo, a la cursilería que arrastra todo acto político, sino porque su carácter alterno, marginal incluso, lo hace menos opresivo. Igualar por tanto un kitsch con otro es un gesto además de injusto, pérfido, como lo puede ser otorgarle al asesino la misma compasión que extendemos hacia las víctimas. Dejemos que Kundera lo diga mejor:

“El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los partidos políticos y de todos los movimientos. En una sociedad en la que existen conjuntamente diversas corrientes políticas y en la que sus influencias se limitan o se eliminan mutuamente, podemos escapar más o menos de la inquisición del kitsch; el individuo puede conservar sus peculiaridades y el artista crear obras inesperadas. Pero allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder, nos encontramos de pronto en el imperio del kitsch totalitario”

Si se atiende a la definición básica que da Umberto Eco del kitsch como “comunicación que tiende a la provocación del efecto” se entiende por qué los políticos no podrían vivir sin este. La política, tal y como es entendida en estos tiempos, es el arte de la creación de efectos en las masas para moverlas en determinada dirección. Pero tampoco el resto de los seres humanos puede prescindir del kitsch. Hay circunstancias que requieren cierto abandono de las exigencias estéticas para poder ser disfrutadas confiando en los instintos más elementales y más auténticos de nuestra humanidad. Ya lo advirtió Fernando Pessoa: 

Las cartas de amor, si hay amor,/ tienen que ser/ ridículas./Pero, al fin y al cabo,/ sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor/ sí que son/ ridículas”.

Parafraseando a Pessoa podría decirse que toda acción política tiene que ser ridícula. ¿Cómo podría inducirse a un grupo a adoptar determinada actitud si no es a través de “intuiciones, imágenes, palabras, arquetipos, que en conjunto forman tal o cual kitsh político”? Y en ello el repertorio que compone el kitsch disidente cubano no es demasiado distinto de otras variantes de kitsch político. Su núcleo lo constituyen palabras tales como “democracia”, “libertad”, “pueblo”, “hermanos”, “esbirros”, “dictadura”, “tiranía”, “cadenas”, “torturas” que no necesariamente son falsas pero cuyo abuso van depreciando su sentido, falseándolo. 

Lo peor del kitsch no es la exageración original del mensaje o las impresiones que nos causa sino la fruición con que nos tratamos de convencer de que esa falsificación original es auténtica. La exageración pasa de la búsqueda pragmática de exaltación momentánea en pos de un objetivo concreto a un engaño o autoengaño permanente. Es el momento de la segunda lágrima de Kundera. Primero se llora ante la visión de unos niños corriendo alegres: “La primera lagrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. En cambio “La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”. Esa falsificación de segunda mano que se regodea en la exageración original de los sentimientos es lo que convierte al kitsch en un círculo vicioso del que se hace casi imposible escapar. Como reconoce Pessoa en el famoso poema: “La verdad es que hoy mis recuerdos/ de esas cartas de amor/ sí que son/ ridículos”.

Negar al kitsch por completo es negar nuestra propia humanidad, aunque no sea en su mejor versión. Tan peligroso es regodearnos en nuestras debilidades como pretender  que podemos prescindir de ellas.

“Esa canción le emociona, pero Sabina no se toma su emoción en serio. Sabe muy bien que esa canción es una hermosa mentira. En el momento en que el kitsch es reconocido como mentira, se encuentra en un contexto de no-kitsch. Pierde su autoritario poder y se vuelve enternecedor, como cualquiera otra debilidad humana. Porque ninguno de nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch.  Por más  que lo despreciemos, el kitsch forma parte del sino del hombre”


Pretender no engañarnos en absoluto es el inicio de un engaño mucho mayor y más perverso. Más humanamente realizable, mucho más honesto, sería aspirar a engañarnos lo menos posible. Y un buen principio sería imponernos como principio elemental que por justa que nos parezca nuestra lucha y limpios nuestros ideales no nos está permitida cualquier exageración, cualquier violación de una idea más o menos básica de decoro. Que por mucho que nos enfrentemos a una feroz y sangrienta tiranía castrocomunista que se ensaña con nuestros heroicos y pacíficos hermanos de lucha el daño que le podemos infligir a esa misma idea de decoro puede ser permanente.

[continuará, cuando pueda]

1 comentario:

Lazaro Gonzalez dijo...

unidad de contrarios, no es eso lo que llaman la contradiccion dialectika? es mirar a traves del espejo sin racionalmente modificar la imagen.
la que me perdi. saludos a geandy que a ver cuando se da una vuelta nuevamente por ottawa pero en winter times.