Si lo que tratara de hacer el escritor es diluir el dolor y las culpas entre fusilados y fusiladores por supuesto que me parecería una operación abominable pero vistos los que se oponen al evento me hace ver el asunto de manera distinta. Porque señores como David Uclés con su prosa ñoña y sin humor, -es decir, incapaz de cuestionar su inflada solemnidad- al oponerse al evento dejan claro que aquella guerra civil no les molesta en lo más mínimo. Lo que les molesta de aquella guerra -en la que se suponen desplegando un valor imaginario desde el refugio de la paz- es que la hayan perdido los suyos. Y por eso están dispuestos a repetirla hasta el cansancio en cuanta novela, película y serie de televisión dedicada a exaltar la bondad de los buenos y la maldad de los malos.
Y es comprensible que hasta se pongan nostálgicos en esos casos y hasta añoren que se repita el evento de 1936 aunque con resultados cambiados. Si lo que busca Pérez Reverte es presentar la guerra no como una ganancia inmediata para los fachas o la ganancia simbólica a largo plazo para los rojos sino como una derrota en toda regla para España y los españoles entiendo perfectamente las intenciones de su convocatoria. No ver la guerra civil, real o simbólica, como el estado natural de una nación que insiste en perpetuarlo con la esperanza que esta vez sí que vencerán a los otros. Resistirse a la perpetuación heroica de un desastre en el que muchos piensan que ganarán en la próxima edición.
Traigo el tema a colación porque allí donde hubo guerra civil, que es donde mejor deberían estar advertidos de los peligros del fatricidio, es donde más tentación hay de volver a incurrir en ellas. Pienso en Estados Unidos y cómo unos y otros empujan en esa dirección con la esperanza de que aquello que no pudieron resolver con la victoria siempre provisional de los votos lo quieran decidir de manera definitiva por las armas. Esperanza vana y peligrosa donde las haya.
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