Mostrando entradas con la etiqueta prensa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prensa. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de junio de 2026

Volver a Oslo: de Richard Gere a Rosa María Payá*


«En el mundo hay dos tipos de problemas —le decía en Oslo a un funcionario de la National Endowment for Democracy, la famosa NED, porque después de tanto cubanexplaining que uno ha tenido que sufrir hay que desquitarse con alguien—: los problemas de los que se puede culpar a Estados Unidos y de los que no. Solo los primeros son importantes».

A Thor Halvorssen Mendoza, el fundador y arquitecto de Human Right Foundation y de su evento estrella, el Oslo Freedom Forum (OFF), no parece importarle estar a la moda, al menos en cuestiones políticas. O sí, pero para llevarle la contraria. Por eso, al OFF invitan a activistas opositores y a perseguidos por regímenes consentidos tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político. Y hasta otros que no aparecen en el mapa de la geopolítica de los pesos pesados pero que reprimen a sus ciudadanos tanto como los otros.

Este año en el OFF, lo mismo podía escucharse un discurso de perseguidos por los regímenes de Putin, Xi Jinping, los ayatolas o el chavismo de tercera generación que el de una de las tres únicas voces que disienten en el parlamento salvadoreño dominado por el aplaudido Bukele, la de Claudia Ortiz. Y la eritrea Yirgalem Fisseha vino a informarnos que en su país la poesía todavía importa, si no a los lectores, al menos al régimen que la encerró en la cárcel, la torturó y suprimió el poemario que intentaba publicar.

Pero nada de eso me sorprendió. Ya había asistido al Oslo Freedom Forum en 2025 en calidad de orador. Fui a dar cuenta de la catástrofe humanitaria en que el régimen cubano había hundido a sus ciudadanos, de su minucioso plan de vaciamiento de la isla y extracción concienzuda de sus ya escasos recursos. Sin embargo, este año regresé a un clima distinto. No me refiero al de la indecisa primavera noruega —menos fría y lluviosa que el año anterior—, sino al clima político. Luego de la extracción de Nicolás Maduro de Venezuela y la ofensiva de Trump y Netanyahu en el Medio Oriente la temperatura causada por la fricción de fuerzas en pugnas se ha elevado unos cuantos grados. Si en 2025 el OFF se anunciaba con el soñador título «Imagine», el de este año era más bien belicoso: «Dismantling Dictatorship» (desmantelando la dictadura).

Pero sin importar cual sea el clima político en el Oslo Freedom Forum, el mundo siempre anda de cabeza. A los poderosos se les ridiculiza y a los perseguidos se les da tratamiento de estrellas de Hollywood. Y cuando aparece una verdadera estrella de Hollywood, como fue este año el caso del actor Richard Gere, exhibe una modestia inimaginable en los semidioses de nuestras pantallas. Gere, budista practicante desde su juventud, fue invitado en atención a su sostenida defensa en favor de los derechos del Tibet, ocupado por el régimen chino desde 1959. Fue Gere quien, en su relajado diálogo con Halvorssen, insistió en una fórmula sorprendente, pero al mismo tiempo elemental, para resistir la opresión: humildad y humor. Justo aquello que los opresores menos tienen. Richard Gere, al ser sorprendido con el Premio Vaclav Havel a la disidencia creativa, (el mismo que el año pasado recibiera Luis Manuel Otero Alcántara) hizo uso activo del primer componente de su fórmula —la humildad— y dijo que solo podía aceptar el premio en nombre de quienes, a diferencia de él, habían tenido que sufrir represalias de todo tipo por decir lo que piensan.

En el Oslo del Freedom Forum, las voces más escuchadas son las de quienes han sido silenciados por más tiempo y de peor manera. Como la joven Lia Gazi, quien habló en nombre de los tártaros de Crimea, víctimas primero de la furia genocida de Stalin y ahora de la de Vladímir Putin contra un pueblo que nunca ha renunciado a su cultura y a su memoria. También dio testimonio Abdullah Ibhais, antiguo director de medios de la Copa de Fútbol de Qatar 2022, quien se atreviera a denunciar los abusos cometidos contra los trabajadores migrantes que construyeron los estadios donde se jugó el Mundial. Y el periodista nigeriano Steven Kefas, quien denunció las atrocidades cometidas contra los cristianos en su país ante la pasividad cómplice de su Gobierno; y Carmen Lau, activista pro derechos humanos de Hong Kong; y Salomé Zourabichvili, primera mujer presidenta de Georgia, quien ha debido enfrentar terribles presiones antidemocráticas tanto desde dentro como del exterior.


De limitarse a lo anterior, podría inferirse que el Oslo del Freedom Forum es un maratón de la denuncia, una internacional del masoquismo. Pero OFF es bastante más que eso. Los talleres que se impartieron sobre el uso de la inteligencia artificial y las criptomonedas en la lucha contra el autoritarismo y los encuentros formales e informales entre los activistas convirtieron el evento en un laboratorio de la libertad. Las amistades que surgieron en esos días darán paso a complicidades duraderas y a alianzas de todo tipo. Se llegó rápidamente a consensos como que no basta con desmantelar dictaduras sino que es necesario tener preparados los mecanismos e instituciones que las sustituyan para evitar el caos y la crisis, el camino más seguro a nuevos Gobiernos autoritarios.

Diferentes ponentes explicaron en esos días cómo los autoritarismos buscan nuevas formas de reforzar su poder en campos tan dispares como los deportes o la tecnología. Varios talleres sobre inteligencia artificial señalaron, por un lado, el crecimiento monstruoso de esta en los últimos meses y, por otro, el acortamiento de la distancia entre las compañías punteras y el resto. Así predijeron un futuro en que el más poderoso de los dictadores y el último de los activistas tendrán acceso a inteligencias artificiales de similar potencia.

OFF 2026 contó incluso con una princesa, o algo parecido, en Noor Pahlaví, hija del príncipe Reza Pahlaví y nieta del último sha de Irán. Al entrar al escenario, Noor fue recibida con aplausos frenéticos por la nutrida representación iraní en el evento. Porque el desespero iraní es tan notorio que se asemeja al cubano. De un lado, los iraníes desean mayoritariamente la invasión al país para deponer a un régimen al que ninguna de las revueltas anteriores ha conseguido derrocar. Por otra parte, están dispuestos a perdonarle a los herederos del sha los pecados de su patriarca. Los crímenes que cometiera el sha mientras estuvo en el poder fueron convertidos en peccata minuta (se habla de 3 000 a 5 000 asesinados durante el régimen del sha) por los más de 120 000 ejecutados por el régimen de los ayatolas.

Si Noor Pahlaví era aplaudida como princesa de facto, María Corina Machado fue la reina extraoficial del cónclave en Oslo. La última premio nobel de la paz, de vuelta en la ciudad que le había otorgado el galardón, sonriente y accesible, compartía con el resto de sus compatriotas venezolanos la convicción de que este año será el de la libertad para su país. «Y también de Cuba», me insistió ante mi visible escepticismo. Pero hay dos diferencias esenciales con Venezuela —insistí en los encuentros formales e informales que compartí con los invitados latinoamericanos—. Por una parte, nuestra oposición y nuestro exilio carecen de la representatividad que tiene la oposición venezolana con una elección presidencial ganada de su lado. Por otra, el ejército cubano —aunque incapaz de repeler una invasión extranjera— tiene fuerza suficiente para reprimir a su pueblo para defender su control sobre la mayor parte de la economía del país, control que perderían con un cambio de régimen. Por ese control, la cúpula militar castrista está menos dispuesta a morir que a matar.

Esta vez no hubo ningún cubano entre los oradores oficiales del Oslo Konserthus, pero la isla estuvo presente de muchas maneras. Como en la instalación de celdas a la entrada del concierto a cargo de Alian Collazo y la Cuban Freedom March que incluyó la dedicada a Luis Manuel Otero Alcántara, todavía en prisión, (otras celdas simbólicas fueron la dedicada a los hermanos Gao Zhen y Gao Qiang —el primero de los cuales está en prisión desde mayo—, la de la artista siria Azza Abo Rebieh y la del nicaragüense Pedro X. Molina). Cuba también estuvo en las estadísticas que se ofrecían sobre países con menos libertad de prensa, con mayores restricciones de todo tipo y en el nuevo atlas del Tyranny Tracker de la Human Rights Foundation.

Pero sobre todo, la isla se hizo presente en las palabras de Rosa María Payá, recién llegada del Foro DDC «Para la Cuba de mañana» con la buena nueva de los avances que se habían logrado en términos de unidad de las fuerzas democráticas del exilio. Payá, quien recordó una vez más el asesinato de su padre a manos de la dictadura cubana, denunció la desesperada situación cubana que describió con la palabra genocidio, luego de perder 3 millones de habitantes en los últimos años. Payá aclaró que tal descenso poblacional no se debe solo a la emigración masiva sino también a la crítica situación alimentaria y sanitaria del país, controlado por un régimen más preocupado en enriquecerse y perseguir la iniciativa privada que por procurarles los servicios básicos a sus ciudadanos. No estaba de más este recordatorio cuando muchos insisten —soy testigo— en que la catastrófica situación de la isla se debe a las recientes presiones del Gobierno norteamericano antes que a la rapacidad y la ineficiencia del cubano. Como si un año atrás en ese foro yo mismo no hubiera hablado de la terrible situación que atravesaba el país antes de que a Trump se le ocurriera tomar medida alguna.

El Freedom Forum de Oslo intenta no solo ofrecer un diagnóstico ante la fiebre de autoritarismos que sacude al planeta. También trata de recetar curaciones. Atrás quedó el futuro profetizado por Francis Fukuyama en que el mundo tendería natural y unánimemente hacia la democracia liberal. Contrario a la optimista idea de progreso, hoy vivimos en un planeta más autoritario que el de dos décadas atrás. Y más represivo. El ideal de convivencia armoniosa y jurídicamente igualitaria tiende a evaporarse cuando la incertidumbre y el miedo asumen la forma de esperanza autoritaria: el hombre fuerte y la ideología impecable en vez de los agotadores ajustes democráticos.

De vuelta de Oslo traigo una noticia buena y otra mala. La mala es que los malos están ganando. La buena es que los buenos no dan señales de rendirse.

*Publicado en El Toque

martes, 5 de mayo de 2026

La inauguración del WNYCC en los medios

La prensa recoge la inauguración del WNYCC:


En Martí Noticias:

West New York inaugura su Centro Cultural con fuerte presencia de artistas cubanos

Por Yaima Pardo

La ciudad de West New York celebró la apertura del West New York Cultural Center (WNYCC), un nuevo espacio dedicado a promover la vida artística local con una marcada impronta de creadores cubanos.

Impulsado por la Alcaldía, bajo el liderazgo del cubanoamericano Albio Sires, el centro nace como plataforma para visibilizar el talento de la comunidad, donde la presencia cubana destaca tanto en las artes visuales como en la música.

La apertura incluyó la exposición colectiva “The Ground We Share” (El terreno que compartimos), que reunió a numerosos artistas en una muestra que explora identidad y migración.

Los participantes destacaron que la iniciativa surgió de manera orgánica, a partir de la concentración de artistas en la zona.

“Hay una concentración inusitada de artistas buenísimos… pensamos que era necesario un lugar donde confluyeran todos, no solo los que uno conoce, sino todos los que hay en este pueblo”, explicó durante la inauguración el escritor cubano Enrique Del Risco.

West New York, con poco más de 50 mil habitantes y a pocos minutos de Nueva York, ha ido consolidando una identidad cultural propia, alimentada por la migración y el intercambio creativo.

La inauguración no solo abre las puertas de un centro cultural, sino que consolida a West New York como un enclave donde la diáspora cubana sigue creando, conectando y dejando huella. 


En Diario de Cuba:

Con alma cubana y vocación de crear comunidad: nace el Centro Cultural de West New York

La exposición inaugural reúne obras de numerosos artistas de la Isla residentes en la ciudad.



El Centro Cultural de West New York abrió sus puertas recientemente, con la vocación de "crear un espacio donde la vibrante escena cultural de la ciudad pueda ser compartida por todos sus residentes", indicó la Alcaldía de West New York, que reconoció haber contado con la asistencia de la organización sin fines de lucro WNY Arts, presidida por el cubano Enrique del Risco.

Para la gran inauguración, WNY Arts preparó un programa que incluye la exposición de pintura "The Ground We Share" (El terreno que compartimos), a cargo de numerosos creadores residentes en West New York, Nueva Jersey y alrededores, entre ellos los cubanos Osy Milian, Danay Vigoa, Camila Lobón, Sandra Cordero, William Pérez, Douglas Arguelles, Jorge Wellesley, Armando Guiller, Pedro Valerino y Jairo Alfonso. La curaduría estuvo a cargo de la historiadora del arte cubana Meyken Barreto.

El nuevo centro se dedicará a ofrecer un programa variado que incluirá actuaciones musicales, producciones teatrales, espectáculos de danza, proyecciones cinematográficas, presentaciones de libros y espectáculos infantiles, así como conferencias y talleres sobre una amplia gama de temas.

En la inauguración, Del Risco dijo: "Hoy, West New York Arts hace realidad el sueño de que los artistas residentes en nuestra ciudad cuenten con un espacio para compartir sus talentos y conocimientos con el resto de sus vecinos. Pero hoy también marca el inicio de la realización de un sueño más complejo: que este centro se convierta en el lugar donde converjan todas las comunidades y culturas representadas en West New York".

El escritor cubano ponderó el liderazgo del también cubano Albio Sires, alcalde de West New York. Sires, nacido en Bejucal, "comprende que la cultura no es un mero adorno, sino una necesidad esencial que nutre nuestro espíritu y nuestra sensibilidad, completándonos como seres humanos", sostuvo.

Del Risco subrayó que "el español es la lengua materna del 75% de los residentes del oeste de Nueva York, mientras que el inglés es el idioma que nos permite comunicarnos entre las diversas comunidades que conforman esta localidad".

En tal sentido, concluyó: "Dado que los idiomas sirven como vehículo principal para la comprensión y la confianza entre los seres humanos, prefiero ver el día de hoy no simplemente como la inauguración de otra institución, sino más bien como un paso —pequeño y local, pero necesario— en la incesante búsqueda humana por comprendernos y confiar los unos en los otros".


En el Hudson Post:



En 14ymedio:

Nosotros y la Casa de la Cultura




Alexis Romay, Nueva Jersey

El jueves de la semana pasada inauguramos el Centro Cultural de West New York. Lo escribo, lo leo, y aun así me cuesta creerlo. Pues esto fue, a la vez, una culminación y un comienzo. Iniciado hace un par de años, terminaba el 23 de abril de 2026 un proceso —de planificación, reuniones, esperas, anhelos— y surgía en su lugar una institución que ya existe más acá de nuestra imaginación. La serendipia quiso que escogiéramos el día internacional del libro para el debut de este recinto que en su apertura —además de los discursos de rigor— se atrevió a combinar una exposición de doce artistas de la zona y un concierto de músicos que cantan en llano, pero son de las lomas de New Jersey.

A quienes llevamos a West New York entre el pecho y la espalda siempre nos había llamado la atención que —en una comunidad donde el arte y sus artistas gozan del don de la ubicuidad— no existiera un sitio en el cual todo ese talento local encontrara dónde colgar el sombrero, los cuadros o los versos.

Uso el plural mayestático, porque esto fue un esfuerzo colectivo. Pero, como todo proyecto de grupo, la idea tuvo un cabecilla. El instigador en jefe no fue otro que Enrique del Risco; el mismo artífice de esos juegos de pelota jíbara que comenzaron en pandemia y en menos de un lustro se han convertido en una tradición beisbolera dominical que ahora denominamos cariñosamente la Liga del Ibuprofeno.

Por eso, mientras los integrantes de The Bergenliners interpretábamos el “Mambo influenciado” de Chucho Valdés ante un local lleno, no hice otra cosa que pensar en cuántas veces había —o, mejor dicho, habíamos— soñado con tener en la comunidad un sitio que acogiera eventos de esta índole. Y que dicho sitio no dependiera de la hospitalidad de quienes nos han abierto sus puertas durante décadas ni abusara de la paciencia de sus vecinos.

Siempre que me preguntan si echo de menos —o si me gustaría regresar— a la isla, cuyo suelo no he pisado desde que me escapé en 1999, respondo que yo tengo a Cuba a media hora por carretera. Porque Cuba es la casa de Eida y Enrique Del Risco. Los Del Risco —quizá sin proponérselo, pero sospecho que con toda intención— a lo largo de este último cuarto de siglo han convertido su hogar en un refugio —el vocablo no es baladí— que reúne —y que une— a artistas de un sinfín de vocaciones, disciplinas y un amplio abanico generacional, que incluye lo mismo a un ganador de la medalla presidencial de las artes y más de una quincena de premios Grammy que a un escritor quien todavía no ha visto su nombre en letra de molde entre las cubiertas de un libro o a una artista que recién ha inaugurado su primera exposición individual.

Ubicada en una de las arterias centrales de West New York, la “casa presidencial” —como la llamamos en homenaje a Enrisco para presidente— nos ha brindado asilo poético y lo mejor de la tradición culinaria cubana; nos ha otorgado un espacio en el cual no tenemos que explicarnos y donde podemos ensayar una Cuba posible en la distancia; nos ha ofrecido un techo bajo el cual se lee poesía y se canta filin, se juega dominó y se planifica el próximo partido de pelota, se practica el deporte nacional —hablar mierda— y se le busca trabajo al recién llegado, se improvisa una descarga de jazz y se corean temas del movimiento popular brasileño, se reencuentra gente que no se ha visto en años y se entablan nuevas amistades perdurables. Decir que eso es, literal y figuradamente, la casa de la cultura es pleonasmo. ¿De qué otro modo se explicaría que la sala sea simultáneamente la biblioteca de Babel y un estudio de grabación que contiene un piano, un set de batería, un bajo, una guitarra, algunos instrumentos de percusión menor y un trombón (que toca el propio Enrique Del Risco para deleite de los comensales que vamos a devorar lo que sale de su cocina)?

La primera vez que llevé a mi madre a una de esas fiestas antológicas, me confesó que eso ella no lo tenía en Miami. ¡Y mira que ella tiene amigos en la capital del sol! Y yo le respondí que en Miami no tienen un Enrique Del Risco. Y me dio la razón. La casa de los Del Risco es el kilómetro cero, a partir del cual medimos las distancias: «Yo vivo a media hora», «yo, a cinco cuadras». Dichosos quienes lo tenemos cerca.

Por eso, ahora que —gracias a esta labor conjunta y el inestimable apoyo del alcalde Albio Sires, ilustre hijo de Bejucal quien sirvió durante 17 años como representante al congreso de Estados Unidos— tenemos un centro cultural en el cual la comunidad de West New York tendrá su ventana y su espejo en donde ver y en donde verse, nos felicito públicamente por no parar de soñar hasta que por fin se nos cumplió el sueño.

viernes, 27 de marzo de 2026

El entierro colectivo de la Revolución cubana: “Estoy viendo morir mis sueños”*



Por Carla Colomé Santiago

Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.

Tiene 78 años y todo parece indicar que así como vio triunfar la Revolución en enero de 1959, pudiera asistir al entierro definitivo de la mayor gesta del siglo XX en América Latina. Se dice fácil, pero Alpízar lo vive con dolor, el de alguien que ha visto colapsar lentamente el edificio de su altar político y sentimental.

—¿Qué siente? ¿Tristeza?

—Más que tristeza. Recordando al poeta Miguel Hernández, para mí Cuba es hoy “la llaga que no cesa”— dice. —Me duelen mis calles, mi barrio, mi gente, los menesterosos que veo a diario, la desesperanza generalizada, mi país, el daño antropológico sufrido por mi pueblo. Todo arruinado, en lo físico y en lo espiritual.

Lo sabe bien él, un niño de la República a quien le costó estudiar, que más de una vez se fue “a la cama con hambre” y empezó a trabajar desde los 13 años. El proyecto del joven Fidel Castro prometió acabar con todo esto. “Enero de 1959 fue para mí, al igual que para millones de cubanos, un gran deslumbramiento”, cuenta. Alpízar se sumó, con los adultos, a las huelgas de los obreros por esos años, participó en la patrulla juvenil del barrio, y junto a los padres visitó el Quinto Distrito Militar, donde desengrasaban todo tipo de armas, como si estuvieran asistiendo a una fiesta nacional. “Muchos soñaron con empuñarlas algún día en defensa de esa Revolución que unos barbudos habían traído para que no hubiera más pobres en el país. Esa efervescencia popular fue como un virus que se instaló en cada una de mis células. Me entregué con total desinterés a cuanto consideraba un aporte a la construcción del prometido mundo de justicia y felicidad generalizada”.

La apuesta de Castro y otros líderes carismáticos, como el Che Guevara o Camilo Cienfuegos, era grande: hacer de Cuba, una isla de unos 110.000 kilómetros cuadrados, a noventa millas del imperio estadounidense, un bastión en el mapa de la Guerra Fría. “Llega en medio de la tensión histórica entre el bloque occidental capitalista y el bloque socialista, y Cuba se convierte en el orgullo de los No Alineados, de los países pequeños, pobres, pero con potencialidades de independencia y soberanía. También se convierte en paradigma de apoyo a las causas de descolonización en África y a las guerrillas que se enfrentaban a las dictaduras militares en América Latina”, dice el historiador y jurista Julio Antonio Fernández Estrada. Para el escritor y también historiador Enrique del Risco, “en su momento Fidel Castro vino a representar para la izquierda lo que hoy Trump es para la derecha: alguien que rompe todas las reglas del juego aceptadas hasta entonces y trastoca el tablero geopolítico”.

La Revolución cubana nacía como un experimento a mitad de siglo, o la probeta donde Castro iba a ensayar sus ideas más sublimes. El desafío era hacer de los cubanos el mejor de los pueblos posibles: el país “más culto del mundo”, donde las vacas iban a producir 100 litros de leche diarios, la gran potencia médica, con la “mayor hilandería de algodón” de América Latina, localizada en Santiago de Cuba, o “la mayor imprenta de América Latina”, en Guantánamo.

Pero hubo un momento en que el relato de la Revolución comenzó a desmoronarse en la hora colectiva de la nación, y también en el tiempo individual de cada cubano. El fin de la gesta, de Cuba como símbolo, no llegó cuando Donald Trump declaró la emergencia nacional el 29 de enero, despojándola así de cualquier gota de combustible. Ni siquiera el día en que fueron más las horas de apagones o menos la comida en la mesa. Hay quien dirá que la Revolución empezó a fallar en el mismo 1959, otros que con la centralización de todos los sindicatos en 1960, o hay quien ve el inicio del fin en el discurso Palabras a los intelectuales, cuando Castro definió la política cultural del país con la frase: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Alpízar cree hasta hoy que “la Revolución no le falló nunca a nadie; a ella le fallaron”. “La han ido demoliendo poco a poco los mismos que la encabezaron. Su caída ocurrió desde el mismo principio, solo que los revolucionarios idealistas de a pie no nos percatábamos; veíamos errores, actitudes extremistas u oportunistas de este o aquel, incluso algunas traiciones, cuando en realidad lo que existía era un fenómeno más complejo y profundo”, asegura.

Por estos días, en que han llegado desde la Casa Blanca amenazas directas de una posible toma de Cuba por parte de Trump y su equipo, Alpízar ha comenzado a oír a la gente en la calle pedir, incluso, una intervención de los Estados Unidos. “Lo que sea, con tal de salir de esto”, dicen. “Es una frase pronunciada por gente de cualquier edad, en cualquier lugar. Significa aceptar todo, incluso una intervención militar, incluso la conversión de la república en protectorado norteamericano”, cuenta el escritor.

—¿Qué le provoca que, a estas alturas, el destino de Cuba se decida en la mesa de juego de los estadounidenses?

—Estoy decepcionado, viendo morir mis sueños, ni siquiera me han dejado la esperanza de algún día volver a soñar.

Forjados por la Revolución

Para Enrique del Risco, en términos de libertad y bienestar de los cubanos, la Revolución traicionó a su gente apenas triunfó, al desmontar el Estado de derecho. “Lo que debía ser una Revolución democrática que acababa de derrocar una dictadura y le debía reintegrar el poder al pueblo, empezó por disolver los partidos y el parlamento, desmanteló el poder judicial con juicios de diez minutos y condenas a muerte fijadas de antemano. Y ese sistema de justicia con procedimientos expeditos y reglas hechas a su medida muy pronto empezó a utilizarse contra todo el que cuestionara al nuevo régimen”.

Fue lo que padecieron luego las intelectuales Alina Bárbara López y Jenny Pantoja. La Revolución las forjó, como a muchos, y hoy las quiere condenar a ambas a cuatro y tres años de privación de libertad, respectivamente, por el delito fabricado de atentado, tras un enfrentamiento con agentes de la policía por ejercer sus derechos. Eso no era, aparentemente, para lo que la Revolución las había preparado.

López fue una niña pobre del barrio de Jovellanos, en Matanzas, en cuya casa de muebles de cabillas no hubo televisor ni refrigerador hasta que ella tuvo 10 años. Su padre, que vio niños pasar hambre o detenerse detrás de las vidrieras repletas de juguetes, creyó que la Revolución se iba a encargar. “Esa idea de la igualdad, de luchar por una sociedad de justicia, donde no hubiera niños pasando hambre, que pudieran estudiar, que los llevaras a un médico y no tuvieras que pagar, para él fueron un destello”, dice López desde su actual casa en el barrio El Naranjal, un reparto construido con tecnología soviética, donde a la Doctora en Ciencias filosóficas y miembro de la Academia de la Historia de Cuba se le filtra el techo y ya cuenta cuatro días consecutivos sin luz eléctrica.

La familia de Torres fue “muy comprometida” con el proceso revolucionario. “Mi mamá trabajaba en el Partido, en el comité Central, casi todos en la familia eran jefes, o dirigentes, o militares”, cuenta desde la azotea de su casa en La Habana, el único lugar donde logra conectarse a Internet en medio de un apagón. El hogar de su infancia era modesto, no tenían excesos, ni parientes en el exterior. “Todo era resultado del trabajo de las personas. Me educaron así, con valores reales, cívicos, patrióticos, con compromiso con el país y con la patria”.

La familia de Pantoja apostó porque ella fuera la pionera que la Revolución esperaba que fuera. El padre de López, que tuvo que dejar la escuela para trabajar, aspiró siempre a que sus hijos pudieran ir a la universidad. Así fue. Pantoja comenzó la carrera de Medicina, la dejó, luego empezó Derecho, se cambió a Historia. Fue actriz, se volvió astróloga y licenciada en Ciencias de la Religión. López estudió Historia, se hizo editora, estudió marxismo-leninismo y fue profesora de historia contemporánea de Europa. La educación que ambas tuvieron les dio las herramientas para diseccionar el proyecto del castrismo.

Pantoja leyó La gran gesta, 1984 o Rebelión en la granja. Conoció mucha gente, encontró otros espacios y otros diálogos. “En la secundaria yo era muy inflexible. Creía que, si uno era fuerte, era tenaz, pues iba a construir un mundo mejor. Pero ya para mis 20 años había cambiado mucho”. En algún momento, empezó a ver cosas que antes no sabía detectar: “Los oportunismos, las dobleces, me declaré enemiga de eso”. El año 1989 llegó para descolocar mucho de lo que hasta entonces López daba por sentado. El marxismo también le mostró el camino. “Todas esas categorías de lo que es la base económica, la superestructura, las relaciones de propiedad, de producción, me han servido para deconstruir lo que pasa en Cuba”.

Por tiempo, Pantoja fue una mujer de la Revolución. “Lo que vi en mi familia fue el esfuerzo por construir ese futuro bueno para toda la nación, trabajar hasta el sábado y el domingo, ir a trabajos voluntarios para fabricar un edificio, un círculo infantil, en función del futuro que íbamos a tener, donde todos íbamos a ser felices”. López, dice, fue una reformista. Creyó que había mucho que se podía cambiar desde dentro. “De joven estaba convencida de que vivía en un sistema que no era democrático, donde había una gran autoridad en el tratamiento a las personas, pero lo que sí creí durante un tiempo es que el propio sistema podría generar transformaciones”.

Nunca fue así. El país, en algún sentido, estafó a su pueblo. Dice del Risco que el desencanto de los cubanos hacia la Revolución se puede medir por sus éxodos: “El medio millón de los primeros años, los 135.000 del Mariel, en 1980, los 200.000 de los noventa y los casi tres millones en el último lustro”, asegura. Fue lo que le sucedió a López. El éxodo del Mariel llegó a su vida como la primera revelación. Fidel abrió las fronteras del país para que se fueran las “lacras sociales” que quisieran llegar a los Estados Unidos. “Ver en los centros de trabajo que los sindicatos se organizaron para gritarle a alguien que había sido parte hasta el día antes, y todo eso organizado de una manera estratégicamente efectiva por el Estado cubano, para mi fue decepcionante. Me convencí de la doble moral de las personas que decían defender al sistema”.

Para Pantoja, sin embargo, hay un suceso del que no hubo vuelta atrás. El punto de inflexión en su vida fue cuando vio por televisión, como toda Cuba, el juicio al general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Arnaldo Ochoa, en 1989. El castrismo terminó ejecutando a un alto jefe militar que antes había sido considerado un héroe de la Revolución, a quien luego culparon de tráfico ilegal de drogas. “Me hizo darme cuenta de que esto no era lo que se decía”, dice Pantoja. “Había todo un propósito de dominio sobre el resto del país para administrarlo por una élite, como una finca familiar, donde los beneficiados eran los que tenían lazos con ellos. A partir de ahí rompí totalmente”.

Luego las protestas del 11 de julio de 2021, en que el Gobierno desató una gran represión y convirtió a más de mil ciudadanos en presos políticos, resultaron un punto de inflexión tanto para Pantoja como para López. “Después de eso no he trabajado más para el Estado, y ahora sería muy difícil, a no ser que el sistema cambie”, dice Pantoja. Desde 2023 se une junto a López en protestas pacíficas los días 18 de cada mes, y desde entonces son incontables las detenciones que han tenido por su enfrentamiento directo contra el Gobierno. Hoy están pendientes de juicio por el supuesto delito de atentado. A López, dice, cada injusticia le ha servido para desarticular desde dentro el sistema cubano. “Cada proceso por el que he pasado ha sido como una especie de modelo pedagógico de cómo funciona el poder en Cuba desde lo judicial, la policía, la fiscalía, tribunales. Nosotros fuimos durante mucho tiempo un Estado totalitario, con un control total sobre las personas mediante dispositivos más sutiles, y devinimos un Estado policial dictatorial con mecanismos de control abiertamente represivos”, asegura. “Lo que siento es una vergüenza tremenda de vivir en un sistema como este que no respeta su propia legislación, ni al ser humano, ni la dignidad humana”.

El fin del relato

A pesar de que el relato de la Revolución desapareció hace tiempo para muchos de los cubanos, aún gran parte del pensamiento de la izquierda mundial lo celebra. “La Revolución cubana fue y es todavía un símbolo, aún vivo, de la resistencia del Tercer Mundo a la dominación de los Estados Unidos en el contexto de América Latina y es símbolo también de la experiencia del socialismo real en el continente”, dice el historiador Fernández Estrada. Para Del Risco, aunque hace mucho que el castrismo dejó de ser “una referencia redentora, se prefiere mirar para otro lado porque la crítica al castrismo se percibe como un gesto de colaboración con el imperialismo yanki. En esa trampa ha caído prácticamente toda la izquierda mundial que dice solidarizarse con el pueblo cubano”.

Cuba, el país de la campaña de alfabetización, ha llegado al siglo XXI con una educación colapsada; el lugar que exportó médicos, con un sistema de salud en ruinas; el que ofreció seguridad social, con sus ancianos abandonados; la nación que prometió un futuro, es de donde se han fugado sus jóvenes. Ahora, mientras unos aplauden la posibilidad de que cualquier cambio venga inducido de la mano de Trump, hay quien mira atrás en el tiempo con desolación. Como si los hubieran defraudado a todos por igual. “Me mata, me desbarata, me da un dolor terrible. Yo creo que el problema de Cuba lo debemos resolver entre cubanos, no Estados Unidos ni ningún país”, dice Pantoja. A López le cuesta ver cómo un pueblo ha terminado sin esperanzas, “con esta crisis de patriotismo”. “Mucha gente que no quiere anexión o una intervención extranjera están poniendo sus esperanzas en que sea un gobierno externo al nuestro el que pueda provocar cambios en Cuba. Es imperdonable para la historia de un país como Cuba haber llegado a este punto”.

Entre tantas preguntas que algunos se hacen hoy, hay quien piensa en si realmente estamos llegado al fin de algo histórico, o qué podrá sobrevivir en el tiempo de la Revolución de 1959. “La Cuba que hemos conocido ya no puede seguir siendo porque el pueblo de Cuba no está presente, como antes, parado en posición de firmes, escuchando un discurso interminable de Fidel. Ya eso fue y no será más”, dice Fernández Estrada. Hay quien cree, como Pantoja, “que el símbolo quedará para los estudiosos y para no repetirnos nunca más”. Del Risco es un poco más lapidario: “Ya hace mucho que Cuba se cae en pedazos y de la Revolución no queda rastro. Si algo falta por caer es el castrismo”.


*Aparecido en El País

martes, 31 de octubre de 2023

Libros de octubre: Del Risco y la cultura totalitaria



Tomado de 14ymedio

"Cuando veas caricaturas arder, pon tu constitución en remojo". La advertencia de Enrique del Risco cae pesada, por su lucidez, en el país de la jarana y el chiste nervioso. Es triste que llegue tarde, más de 65 años después de que –como observa Jorge Brioso en su prólogo a Historia y masoquismo (Furtivas)– la recién estrenada revolución de Fidel Castro censurara a un dibujante por ridiculizar a los rebeldes de Sierra Maestra.

El más reciente libro de Del Risco pone el dedo en la llaga más dolorosa del cubano: su tendencia a sufrir –con placer– persiguiendo utopías. El fervor por la voz del tirano, la rapidez con que se asume la intolerancia, el sometimiento, la capacidad de humillar, el culto a la vigilancia... el lado oscuro de la Isla ha estado tan presente en su historia como el llevado y traído humor tropical.

Quizás, de hecho, ambos sean síntomas de un defecto de carácter más profundo y que la palabra masoquismo apenas comienza a expresar. Pues "el totalitarismo", como asegura Del Risco, "más que un régimen político es una cultura, una civilización, una costumbre".