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domingo, 31 de enero de 2016

El ruido del Tiempo

Es cosa sabida que el comunismo es un pésimo lugar para vivir y, sin embargo, bastante generoso como fuente de inspiración literaria. Y ni siquiera hay que pasar por el incómodo trámite de haberlo vivido en carne propia. Como ocurrió con el inglés Orwell. O ahora con su compatriota Julian Barnes quien acaba de sacar su novela "The Noise of Time", una reconstrucción de la vida del compositor Dimitri Shostakovich bajo el totalitarismo soviético. Una buena novela no porque confirme el tópico de que las desgracias que produce ese sistema son idénticas con independencia de las diferencias nacionales, culturales o climáticas en el que se desarrolle. El valor de esta novela está en el cuidado con que se rastrean las disyuntivas por las que pasa allí cualquier persona con algo de sensibilidad y con un mínimo aprecio por su dignidad humana. Véase como botón de muestra este análisis de la cobardía [La traducción es -lamentablemente- mía]:
“Pero no era fácil ser cobarde. Ser héroe era mucho más fácil que ser cobarde. Para ser héroe sólo había que ser valiente por un momento –cuando tomabas el arma, tirabas la bomba, presionabas el detonador, acababas con el tirano y también contigo. Pero ser cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda una vida. Nunca podías relajarte. Tenías que anticiparte a la próxima ocasión en la que tenías que excusarte, titubear, rebajarte, familiarizarte con el sabor de las botas de goma y con el estado de tu propio carácter caído y abyecto. Ser cobarde requería una pertinacia, una persistencia, un rechazo a cambiar –que suponía, en cierta manera, algún tipo de coraje”

viernes, 11 de abril de 2014

El totalitarismo y los cubanos

De vez en cuando uno se ve envuelto en discusiones sobre temas que pensaba que estaban fuera ya de toda dimensión debatible, como si alguien insistiera en que dos más dos es igual a cinco o que la tierra es plana y está montada sobre cuatro elefantes que a su vez se encuentran parados sobre una tortuga. Tales discusiones que serían inútiles e improductivas pueden tornarse interesantes –aunque sin dejar de ser inútiles e improductivas- si el interlocutor consigue situar en medio de la discusión una pregunta que nunca nos hemos hecho. Tal es el caso del debate sobre si el castrismo instauró o no un régimen totalitario. Para mucha gente, sobre todo si habita en la academia -ese sitio tan sensible a las modas pero al mismo tiempo tan resistente al cambio real- tal noción le resulta incómoda ya sea por una cuestión sentimental (alguna vez se tuvo simpatía por un régimen que de resultar totalitario podría dejar mal parada –retrospectivamente- su lucidez política) o por resistencia a ampliar un canon que antaño estuvo reservado para el nazismo y el estalinismo. (Recordar que la propia Hannah Arendt no incluyó en su estudio la China maoista pese a sus grandes logros en materia de totalitarismo). Tal discusión podría ser despachada con el vulgar recurso de asomarse a wikipedia y contrastar la definición que allí aparece con la realidad cubana:

“Los totalitarismos, o regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser o se comporta en la práctica como partido único y se funde con las instituciones del Estado. Estos regímenes, por lo general exaltan la figura de un personaje que tiene un poder ilimitado que alcanza todos los ámbitos y se manifiesta a través de la autoridad ejercida jerárquicamente. Impulsan un movimiento de masas en el que se pretende encuadrar a toda la sociedad (con el propósito de formar una persona nueva en una sociedad perfecta), y hacen uso intenso de la propaganda y de distintos mecanismos de control social y de represión como la policía secreta”

Yo los invito a buscar siquiera un signo gramatical que se aparte de la descripción general del castrismo. Pero mi interlocutor no tuvo nunca fuertes lazos sentimentales con el castrismo y es un tipo demasiado inteligente para ser despachado con una definición de diccionario. Para empezar tiene su propia definición -platónica- de totalitarismo, tan exigente en sus efectos en las sociedades que ni siquiera la Norcorea de Kim Il Sung alcanzaría a adecuarse a tales requisitos. No niega las intenciones totalitarias del castrismo pero sí que cuestiona su capacidad para llevarla a cabo o más bien la del pueblo cubano para adaptarse a estas. Como si algo tuviera el trópico que nos impidiera ser totalitarios lo que implica, a mi entender, avanzar unos cuantos pasos en esa peligrosa tendencia cubana a creernos únicos en la faz de la tierra. Pero lo que de veras me interesó en la discusión fue su pregunta de para qué calificar de totalitarismo a un régimen como el de Cuba: ¿realmente aporta alguna claridad conceptual o simplemente no hace otra cosa que nublar nuestra capacidad de entendimiento? Y esa cuestión, lo reconozco, tiene bastante más validez que la de demostrar que la tierra no descansa sobre los lomos de cuatro elefantes.
Sí, porque ¿qué sentido tiene hablar de totalitarismo más allá de esa carrera de victimismos que es el género de la denuncia? ¿Qué nos aclara? ¿Para qué sirve? Y eso nos remite al desarrollo del concepto de totalitarismo y intención de aclarar que más allá de las aparentes diferencias ideológicas entre el nacional socialismo y el comunismo ambos respondían a una idéntica dinámica de poder desconocida hasta entonces por la sociedad moderna (aunque similar, añadiría yo, a los estados teocráticos del pasado) y causaban efectos igualmente inéditos en las sociedades que dominan. Yo voy un poco más allá y tengo la convicción de que el nacional socialismo fue un intento de combatir al comunismo con sus propias armas, de crear un sistema y una ideología igualmente avasalladora pero preservando la propiedad privada aunque supeditando el capital a los grandes proyectos estatales. O sea, un régimen que se encargaba de revelar de una manera indirecta que la esencia del comunismo no era su supuesta vocación redistributiva o la propiedad común sobre los medios de producción sino su ambición de control de la sociedad a todos los niveles y su carácter represivo.  
La aplicación del concepto de totalitarismo por tanto ayudaría en un caso como el cubano a sentirnos menos excepcionales, a sentirnos acompañados en un horror que en una época abarcó a casi la mitad de la humanidad, a entender la dificultad que entraña entender un fenómeno mucho más complejo que las autocracias tradicionales y sobre todo a entender la supervivencia del castrismo como régimen pero sobre todo como modo de vida y visión del mundo más allá del régimen mismo y su capacidad hasta para intentar exportarlo como ocurre ahora mismo en Venezuela. Pero no sólo eso: también explica la esquizofrenia que genera en los que han vivido bajo este y la absoluta falta de comprensión por parte de los que no lo han experimentado y nos hace entender fenómenos tan opuestos a la lógica habitual como la nostalgia poscomunista u otras variantes del masoquismo de lo que he dado en llamar el “castrismo sentimental”. 
Y eso no es fácil reconocerlo para mucha gente que se defiende de la idea de haber vivido bajo el totalitarismo en nombre de aspiraciones tan respetables como la cordura y la lucidez pero, como con todo padecimiento profundo y adictivo, el primer paso estriba no en negarlo sino justamente en asumirlo. Como en cualquier reunión de Alcohólicos Anónimos nada más decisivo que pararse frente al resto de la audiencia y declarar: “Mi nombre es fulano de tal y soy producto de un régimen totalitario”. Sólo a partir de ese momento es posible la comprensión y la cura aunque sólo sea porque la primera es parte decisiva de la segunda.  

jueves, 7 de noviembre de 2013

Rorty y las palabras

Una vez más me veo enredado en una vieja discusión que es en el fondo la de los vocabularios: determinar cuál de ellos debemos emplear para contar la historia cubana reciente o incluso la contemporaneidad misma. El eje de la discusión gira sobre si debemos emplear el vocabulario que el poder ha usado en Cuba para representarse a sí mismo o utilizar uno distinto. Si debemos aceptar palabras como “revolución”, “socialismo”,“justicia social” para hablar de los últimos 60 años de historia o buscar otras que se acerquen más a cómo percibimos esa realidad o cómo intentar su transformación. Siempre que entro en ese debate echo de menos no tener a mano mis viejas notas sobre Richard Rorty, el filósofo pragmatista norteamericano muerto no hace tanto. Porque para Rorty, aún reconociendo la equidistancia entre cualquiera de los vocabularios que se puedan emplear y la realidad, tal discusión no era ni puramente escolástica ni ociosa. Somos hijos de las palabras o como diría el propio Rorty “lo que une a las sociedades son los vocabularios y las esperanzas comunes. Los vocabularios son parasitarios de las esperanzas porque la principal función de los vocabularios es contar historias sobre el futuro que vendrá en compensación a los sacrificios del presente”.

Porque no se trata de encontrar las conceptos más apropiados para fijar el pasado cubano (o cualquier otro) y quemarlo en efigie sino de encontrar palabras instrumentales para entenderlo de un modo distinto. “Un cambio de vocabulario –diría Rorty- implica no cambiar palabras para preguntarnos lo mismo sino para hacernos nuevas preguntas”. Aceptar el vocabulario heredado es rendirnos de alguna manera ante cierto orden de la realidad: “es aceptar a otro la descripción de uno mismo, ejecutar un programa previamente preparado, escribir a lo máximo variaciones de poemas previamente escritos”.

Y no hablo de revancha política o ni siquiera de justicia simbólica sino de crear condiciones para una necesaria transformación cultural, imaginarnos posibilidades realmente nuevas en lugar de recombinaciones de gastados lugares comunes. Comprender -como los románticos según Rorty- “que hablar de un modo distinto, más que saber argumentar es el principal instrumento del cambio cultural”. Pero el cambio es complejo aunque sólo sea por la dificultad que supone desechar la comodidad que nos ofrecen las viejas costumbres o lo que es más decisivo, asumir en todo su peso las consecuencias de nuestra antigua credulidad y la indefensión en que nos deja aceptar la madurez como un inevitable acopio de desengaños. Lo contrario sería insistir -medio siglo después- que aquella violación adolescente fue un lindo romance.
P.D.: Dicho de otra manera: el mulato Batista está 7 años en el poder y es un dictador y los blanquitos Castros pasan más de medio siglo encaramados allí y todavía se habla de Revolución, con mayúsculas. Ahorita los Batista ponen una demanda por discriminación.

domingo, 11 de agosto de 2013

Esnobismo

A cada rato hojeo el diccionario filosófico de André Comte- Sponville, un engendro muy personal y divertido sin dejar de ser riguroso. Allí aparecen definiciones de conceptos que raramente aparecerían en otros diccionarios de la misma raza como, por ejemplo, una definición de esnobismo. “Es seguir el modelo de una élite, o que así se pretende, a falta de poder pertenecer a ella”. Luego sigue: “Quiere ser menos llegar a ser lo que se imita (lo que ya no sería esnobismo sino emulación) que aparentarlo”. “Es un idólatra de las formas y un adorador de los signos. El esnob tradicional “querría pasar por el noble que no es, haciendo ostentación de las maneras que pertenecen a la aristocracia”. En cambio “nuestros esnobs tienen otros modelos (…) por ejemplo, la cultura: desplegar la que uno tiene es ser engreído y pedante; simular la que no se tiene es ser esnob. (…) El esnob es normalmente el primero -y a veces el único- a quien engaña su personaje. Es lo que lo vuelve más simpático, más ridículo y menos raro. (…) El error no consiste en imitar sino en aparentar, y en eso consiste el esnobismo: contentarse con un juego pautado de apariencias en lugar de imponerse un trabajo efectivo, que es lo único que permitiría un avance verdadero. (…) El esnob es un mal alumno: juega a ser profesor en lugar de realizar sus deberes”

miércoles, 3 de abril de 2013

Lugares comunes, segunda parte


Lugares comunes 8. Cuba: Lasaludylaeducaciónlasaludylaeducaciónlasaludylaeducaciónlasaludylaeducación y la mayor reserva mundial de babalawos y profesores de salsa.


Lugares comunes 9: Castrismo: si se ha mantenido tanto tiempo por algo será.

Lugares comunes 10. Fidel [sugerido por Arnaldo] Es un genio de la política. Será un hijo e'puta pero los americanos no han podido con él.

Lugares comunes 11. Capitalismo: hay de todo pero hay que trabajar.

Lugares comunes 12. Socialismo: Es todo lo contrario del capitalismo. Cuba es uno de sus últimos bastiones.

Lugares comunes 13. Socialismo del siglo XXI: Igual que el socialismo de toda la vida pero con petróleo.

Lugares comunes 14. Cubanos: Antes de la Revolución eran esclavos. Luego llegó Fidel y les dio la libertad.

Lugares comunes 15. Racismo (en Cuba): Antes de la Revolución los negros eran animales. Luego llegó Fidel y los hizo personas.

Lugares comunes 16. Turismo. Antes de la Revolución Cuba era un prostíbulo norteamericano. Ahora gracias a Dios (y al embargo) no van los americanos.

Lugares comunes 17. Embargo (en Cuba): Es injerencista y debe cesar pero nos preocupa mucho que se acabe y Cuba se llene de McDonalds.

Lugares comunes 18. Revolución Cubana: es como los Cubs de Chicago, fracasan en todo pero uno le sigue teniendo cariño.

martes, 2 de abril de 2013

Lugares comunes 1

En la estela del diccionario de lugares comunes de Flaubert:


Lugares comunes 1. Páramo: O Pedro o cultural. (Ver Miami)

Lugares comunes 2. Miami: 1. Un páramo cultural. 2. La Habana con Coca Cola.

Lugares comunes 3. Libertad: 1. Sin ella no se puede vivir. 2. No existe en ninguna parte. 3. Es una utopía.

Lugares comunes 4. Silvio (Rodríguez): No es un gran músico pero es un gran poeta.

Lugares comunes 5. Poesía: Género en peligro de extinción. Me gusta pero no tengo tiempo de leerla. La mejor está en los dichos populares.

Lugares comunes 6. Yoani (Sánchez): 1. En Cuba nadie la conoce. 2. En la televisión dicen que es una agente de la CIA.

Lugares comunes 7. Habana, La. Como esa ciudad no hay. No, no pienso volver a vivir allá, tú sabes, aquí ya uno ha hecho su vida y esas cosas.

jueves, 24 de mayo de 2012

Justicia


Eusebio Leal, reparador mayor de edificios, (primero en obtener licencia particular para hacerlo años ha) viaja a Washington. Muestra algunas de sus obras (después de todo es un artista) y comenta cuántas cosas más podría hacer si los desterrados le cubrieran los gastos. Un exiliado (porque exiliado tiene que ser el autor de tamaña pesadez) le pregunta por las casas confiscadas, si (ya que les están pidiendo dinero para repararlas) tienen algún plan de devolverlas. Leal, sonríe, condescendiente. Cuánta mezquindad, cuánta roña enquistada debe tener alguien que ante un proyecto tan vasto y generoso sólo se le ocurre pensar en la casa que perdió cincuenta, treinta, diez años atrás. Una casita que seguro que ahora está hecha mierda y que valdrá menos que las reparaciones que habría que hacerle. Leal dice que exigir la devolución de las propiedades confiscadas es como pedir a la Revolución francesa que le devuelvan la cabeza a Luis XVI. Él y el público ríen. Relajadamente. Como si no se dieran cuenta que sin querer han dado con la definición de la justicia: restituir lo que no puede ser restituido. La cabeza, la casa o la tranquilidad confiscada. Volver a poner las cosas en el lugar donde ya no podrán estar, esa ilusoria devolución del equilibrio.

No estoy seguro que si le hubiesen reclamado justicia por algún fusilado habría hablado de la cabeza de Luis XVI. Lo seguro es que habría causado menos gracia.  

lunes, 21 de mayo de 2012

Políticas, nostalgias, traducciones


Hoy, gracias a Alejandro Armengol, fui conservador por cinco minutos. Según el articulista conservadores son los que “obedecen a un pensamiento que no se sustenta en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías”. Y la verdad es que me sentí aliviado al leerlo y hasta lo hubiera llamado para agradecérselo de haber tenido su teléfono. En parte porque pocas cosas son más importantes que saber qué es uno mismo y ya había perdido toda esperanza de encontrarle un nombre para la desconfianza que siento hacia las ideologías (que como se sabe son una forma de tener respuestas antes de haberse hecho las preguntas). El problema fue que mi nueva condición política me duró el tiempo que me demoré en convencerme que no iba a encontrar  ningún diccionario que esté de acuerdo con Armengol (aunque eso de buscar la confirmación en la autoridad del diccionario me ratifique como conservador). Resulta que los conservadores “favorecen tradiciones y que son adversos a los cambios políticos, sociales o económicos radicales, oponiéndose al progresismo”. Y yo la verdad es que no tengo nada a favor de las tradiciones excepto las que incluyan música y cerveza ni en contra del progresismo excepto  el “ismo” y la bobería. Que son uno los dos que diría Martí.

Todo esto pone de relieve un dilema que enfrentan los cubanos al salir del sitio donde adquirieron sus primeras nociones de política junto a otra amplia gama de bacterias intestinales. Me refiero al de la traducción. ¿Cómo traducir los instintos políticos de cada cual en un medio totalmente diferente? Recuerdo una jinetera que se proclamaba orgullosamente socialista porque esa era la ideología del vasco que la había sacado de Cuba. El mismo orgullo y convicción con que aquella mulata de Centro Habana -de haberse casado con otro de los turistas que volaban en el mismo avión- se hubiera definido como nacionalista vasca. Los hay más apegados a los conceptos y ahí todo se complica más. Empezando porque no hay nada más conservador –y en eso Armengol y yo estamos de acuerdo- que lo que en Cuba se considera revolucionario. Revolucionarios son los que inventaron los principios innegociables y el socialismo irreversible y se aferran a ideas que Stalin habría encontrado pasadas de moda. No menos confuso es el concepto de anticastrismo que para mí cae en la misma categoría que el antiesclavismo, o sea, algo que a estas alturas no merece ni ser discutido por simple respeto a la condición humana. Habrá quien lo confunda con la nostalgia por la época en que los marines tomaban las estatuas de Martí por urinarios públicos y los estudiantes se consideraban una pieza de caza mayor. Una época que como toda construcción nostálgica nunca existió y así se confunde 1946 con 1949, Prío con Grau o con Batista (cuando no con el Conde de Valmaseda). Pero nada de eso tiene que ver con el presente o el futuro. Y mucho menos con el pasado.

Nostalgias hay para todos los gustos pero no son, no pueden convertirse en política, como no lo es el deseo de un profesor de Yale de que los futuros campeonatos cubanos de béisbol se disputen entre Almendares, Habana, Cienfuegos y Marianao. O la nostalgia de los que no teniendo recuerdos tan distantes desean que Cuba vuelva a ser la de los ochenta, un mundo mítico ubicado entre la estampida del Mariel y el fusilamiento de Ochoa y en el que las pizzas valían $ 1.20. Pero la insistencia en traducirse políticamente a otro contexto es más peligrosa que la nostalgia. Sobre todo cuando la circunstancia original es tan pobre que de momento solo le caben disyuntivas tan elementales como democracia y dictadura. Y tan difusa que el régimen llama contrarrevolucionario lo mismo a un defensor de los derechos humanos que a alguien que exija la reinstauración del Tercer Reich mientras que nadie se puede llamar contrarrevolucionario sin sentirse, al menos en el caso cubano, tan anacrónico como un cazador de dinosaurios. Porque por nostálgico que uno sea no tiene sentido oponerse a algo que hace mucho tiempo dejó de existir. Y no puede haber otra prioridad si hablamos de política y de Cuba de hacer de ese viejo laboratorio del aguante humano un país más o menos traducible porque de momento la mayoría de las palabras que usamos para entenderlo (revolución, socialismo, principios, ideología) le sobran.

Sólo entonces cada cual podrá sacar su agenda política. Sólo entonces tendrá sentido entrar en detalles.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Utopía

La noche del martes en el Instituto Cervantes de Nueva York Rafael Rojas presentó su libro La máquina del olvido. Mito, historia y poder en Cuba. Una de las observaciones más interesantes que hizo en relación al presente cubano es la tendencia última del poder en Cuba a irse apropiando de conceptos que hasta ahora eran abanderados por la disidencia y el exilio como “reconciliación”, “diálogo”, “sociedad civil” etc (me pregunto si es que hubo reconciliación mayor que cuando el exilio empezó a ayudar a comienzos del “Período Especial” a los parientes que durante décadas habían renegado de ellos). Y advirtió Rojas que esto es sólo el comienzo de un proceso de invasión simbólica en toda regla. Me imagino que a este paso no estará lejos el día en el que lleguen a apropiarse de “democracia”, “derechos”, “libertad”. Y lo podrán hacer porque tienen el poder y los medios para hacerlo y porque por esa misma razón cuentan con aliados dispuestos a representar el simulacro de diálogo o la escenificación de una sociedad civil donde todos hablan en términos similares, los que sean apropiados en cada momento.


Por eso pienso que es un buen momento para confiscarle al castrismo el concepto de utopía. La utopía ha sido hasta hoy el sobrenombre elegante y discreto del comunismo. El que se le da para que sepa menos a Stalin y más a Tomás Moro. Para darle al gulag una imagen difusa, de vaga y deseable ensoñación. Cuando cualquier repetidor oficial u oficioso habla de no renunciar a la utopía queda claro que se refiere al comunismo, ese sistema que ha alcanzado su versión más pura en Corea del Norte pero que luego acercarnos a él a comienzos de los años 70 nunca nos hemos alejado demasiado. Si a algo merece llamársele utopía en Cuba es a una sociedad democrática y próspera, una combinación que apenas ha conocido en su historia. Cada apoyo que recibe el régimen imperante, cada gesto de resignación de la sociedad ante la ausencia de derechos, cada paso que da el sistema en su progresiva naturalización reafirma el estatus utópico de una Cuba democrática y boyante, con la justa combinación de jama y de libertad. No nos hagamos ilusiones, esa es la verdadera utopía cubana. Brindemos pues por la utopía.

martes, 17 de abril de 2012

Por una ética comestible


Ernesto Hernández Busto en un lúcido y provocador artículo apunta a la brecha cada vez mayor en Cuba entre los “entre los que asumen los riesgos de sumarse a la oposición, y los que permanecen al margen”. Razona que la gente en Cuba tiene bastante más información de la que se distribuye en el Granma y si no obra en consecuencia no es por ignorancia sino por una decisión conciente alimentada por una falla moral: preferir la conveniencia de lo inmediato aunque ello conlleve pactar con las mismas fuerzas que han desintegrado la economía, la sociedad, la familia, el país entero. Ya no sería el miedo el principal elemento de parálisis social sino el interés más inmediato y mezquino.

Espero que se me disculpe la simplificación en unas líneas lo que a Hernández Busto le tomó unos cuantos párrafos pero ese razonamiento parte de al menos una premisa discutible. Cierto que ante la expectativa por los cambios prometidos por el gobierno o ante privilegios distribuidos con algo más soltura que en años anteriores la mayor parte de los cubanos opta por ignorar una represión cada vez más escandalosa -aunque enfocada al mismo tiempo en aquellos que se manifiestan con un claro sentido político- pero tampoco se debe subestimar el sostenido poder de la ignorancia.  La información sigue siendo en Cuba un privilegio de los mismos que están interesados en que el sistema se sostenga. Solo que ya no son exclusivamente los funcionarios del partido, los militares o los agentes del Ministerio de Interior sino también lo son los empleados de las corporaciones, buena parte de los artistas e intelectuales (sobre todo los que pueden hacer rentable su talento en moneda dura), profesionales asociados al sector de la tecnología o el turismo y un etcétera que se va haciendo cada vez más variado y complejo. Si no fuera así no se podría explicar cómo muchos de estos sostienen una idea del mundo con la estrechez e impunidad del que se siente por encima del conocimiento medio de sus compatriotas.

Pero incluso aceptando que la apatía de los cubanos no goza del atenuante de la ignorancia si todo lo que puede ofrecerle la oposición es su actitud ética se comprende que no le hagan demasiado caso. La ética y la moral son esenciales para que los individuos consigan darle un sentido aceptable y sostenido a su vida cuando más oscuras son las circunstancias: puede hacer que un comunista no se resigne a ser chivato o un policía, abusador. “Pero la ética no se come” dirá cualquier filósofo de esquina con suficiente razón. Saber distinguir el bien del mal y optar por el primero solo tiene alcance social si se entiende que la ética es, además de digna, conveniente. Que defender los derechos sobre los privilegios asienta el bienestar individual sobre bases más firmes y duraderas. Si se comprende que un comportamiento ético redunda a mediano y largo plazo en el bien común. Esa es, por poner un ejemplo, la ética de los ecologistas. Cuidar los bosques es además de loable y enaltecedor la manera de garantizar que en futuro no vivamos en un planeta totalmente desolado. O por poner un ejemplo local, disfrutar los privilegios de poder viajar, vender tu obra en el extranjero y disfrutar de tus honorarios en medio de la miseria nacional puede ser muy tentador a corto plazo pero no evitará que el país siga haciéndose un lugar cada vez menos habitable y del cuál tus hijos tratarán de huir en cuando tengan una oportunidad.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Patriotismo

Patriotismo. A mí también la palabrita me ha causado (aún me provoca) urticaria. Como "solidaridad". Como "pueblo". Escucharla es casi siempre un indicio de que alguien está preparando condiciones para joderte. Debe ser lo más cerca que podemos estar de las moscas cuando sienten el vientecillo que anuncia el manotazo. Y sin embargo… Debe haber una palabra que sirva para explicar el cariño desinteresado y caprichoso por un trozo de paisaje, los minutos de gracia que le concedemos a quien comparta nuestro acento en tierra extraña, las horas de desvelo por lo que creemos un destino común, la vida dedicada a conservar y defender una parte, por minúscula que parezca, de un legado que sólo adquiere sentido pleno en los límites (amplios o estrechos, según se vea) de lo nacional. Me conmueve mucho menos el recuerdo de los grandes fantasmas nacionales que la disposición contemporánea a laborar por el bien común. No es, en todo caso, el vasallaje con el que en el país real hasta estar (por 21 días) puede ser un privilegio.

En su reciente discurso de aceptación del premio Nobel el novelista Mario Vargas Llosa creyó necesario distinguir al nacionalismo del patriotismo:
"No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver"
Creo sin embargo que patria no es solo la melancolía que, entre otros escalofríos, podrían estremecer al que la ve a la distancia. Patria puede y debe ser un pacto entre iguales, un ir más allá de lo estrictamente necesario para la satisfacción personal hacia eso que podemos definir, no sin cierto rubor, como bien común. La patria –por difícil que sea imaginarlo ahora- como una conveniencia donde confluyan bienestar concreto y una satisfacción sentimental de la que somos menos exentos de lo que querríamos confesar*. Dios nos proteja de confundir la patria con los que no han hecho más que dilapidar el legado de siglos o con la vaselina que usan para facilitar sus más inconfesables (y multitudinarias) penetraciones. Pero algún nombre debemos darle a ese sentimiento que se nutre de nuestra mejor parte y que puede ayudarnos a ser nuestra vida algo más habitable. Y ante las inconveniencias de los neologismos no sería mala idea reconciliarnos con esa palabra, patria, que por vieja facilita la comunicación. Y queda todavía una buena razón para insistir en ella: no dejar que nos roben ciertas palabras.

*Cuando a Borges le preguntaron por el significado del tango para los argentinos respondió: “Estando en Texas, un amigo paraguayo me hizo escuchar discos argentinos que a mí me desagradan; por ejemplo, "La comparsita", "Flaca, fané, descangallada", "El organito de la tarde", en fin, esos tangos que a mí me parecen realmente atroces. Me gusta otro tipo de tangos, "El choclo", "El poyito", "El apache argentino", "Noche garufa"...Bueno, mientras escuchaba y pensaba que todo eso era una miseria, de igual manera que el "Martín Fierro", los lagrimones me rodaban por la cara...es decir que había algo en mí que gustaba de todo eso, mientras mi mera inteligencia estaba condenándolo. Es un misterio y dejémoslo así”.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Miedo y guapería

De la visita de Gorki Águila el año pasado a Miami a la de Los Aldeanos noto una diferencia esencial: mientras el líder de Porno para Ricardo reconocía a cada paso que tenía miedo los raperos de Nuevo Vedado insisten en su virginal ausencia de temor. Y es extraño porque cuando uno se enfrenta a un sistema sostenido por cientos de miles de defensores a sueldo fijo y otros tantos que lo hacen por puro placer no hay nada más zoológicamente natural que sentir miedo. Ya sabemos que Al2 hace hierros pero no es suficiente. No sentir temor en un enfrentamiento tan desigual solo puede producirse en caso de una total desconexión con la realidad y ese no parece ser el caso de los habitantes más conocidos de la aldea. Aunque menos dispuestos a reconocerlo que Gorki es bastante obvio que Los Aldeanos tienen miedo. Lo han manifestado con esa particular variante del miedo que es la guapería –contra los medios mayameses en este caso. Ni siquiera la habitual zafiedad y falta de tacto de los medios de la capital del turismo a Cuba alcanzan para justificar un comportamiento tan agresivo.

Los Aldeanos parecen ignorar un principio básico de la justicia (y de la física): mantener el equilibrio entre partes desiguales no te hace justo sino todo lo contrario. Pero como en ciertos controles antidoping el miedo en Los Aldeanos se detecta menos por la sustancia en sí que por otras asociadas con esta. El miedo se descubre en su discurso en la presencia insistente del vocablo “revolución”, ese en el que han creído encontrar el antídoto perfecto. Y es que “revolución” es el más conocido sobrenombre del monstruo al que se enfrentan. Pelear contra él y declararse al mismo tiempo como sus verdaderos seguidores es la fórmula mágica que han encontrado para mantenerse en pie donde otros han corrido. Mágica pero demasiado engañosa: lo que al principio parecía una batalla termina siendo un juego, deporte más o menos rentable, baile sin mucho sentido. Mucho más sencilla es esta otra variante: empezar por reconocer que se tiene miedo. Pero justo ahí empieza la parte más difícil.

P.D. Penúltimos Días averigua sobre el caso. Cree descubrir que todo se reduce a un asunto de dinero pero sospecho que sea más complicado.

He estado indagando. Al final, la historia se reduce a un asunto de dinero. Lo cual no tiene nada de malo, pero sirve de hilo conductor. Los Aldeanos venía a Miami traídos, primero, por FUNDarte, que a última hora cancela la gira “por desacuerdos con sus representantes en esta ciudad”. Alejandro Moya y Gisela Hidalgo se promueven como representantes de los raperos, con el crédito de un documental. Quieren algo de dinero, un patrocinador implicado, pero el 22, que los lleva a un programa de Maria Elvira como promoción, no acaba de verlo claro. Así que Moya e Hidalgo se van al 41, que sí se enrola en el proyecto. Les ofrece alojamiento, patrocinio, dietas, dinero por la exclusiva y todo lo demás. Como es lógico, espera cierta exclusividad, pero ese cabo no queda bien atado: parece que cuando el 41 le pregunta a Moya por qué Los Aldeanos se han convertido de pronto en la gran baza de la competencia, éste se queda sin respuesta. Al final, su papel quedó reducido a la condición de socio intermediario, y lo hicieron quedar mal. Romay se enfurece con la competencia, la acusa de “ladrona” y trata de arreglar la situación. Pero sin éxito porque ya el empresario Hugo Cancio (buen amigo del vice del 22, Miguel Ferro) ha intervenido para sacar su propia tajada —más ideológica que monetaria. El verdadero representante es él, Los Aldeanos y Silvito el Libre venían con un programa suyo y Moya no pintaba nada. Y para demostrarlo, pone plata sobre la mesa. Es un resumen rápido, pero ajustado a la verdad.

lunes, 16 de agosto de 2010

Castrismo

Cuando la oí por primera vez ya sonaba a palabra vieja. Castrismo. De una época en que todo se convertía en algo personal: machadismo, batistato. Ya nos pareciera redentor o atroz estábamos convencidos de que el régimen instalado en 1959 pertenecía a un nuevo tiempo, uno en el que las ideas eran más importantes que los apellidos. Estábamos convencidos que personalizar el régimen para admirarlo o juzgarlo era disminuir su alcance, igualarlo a los viejos caudillismos cuyos cuerpos se desintegraban apenas habían perdido la cabeza. Luego estaba el uso del apellido y no del nombre para designar el régimen todo, un hábito que delataba a gente ubicada en coordenadas lo suficientemente distantes como para creer que teníamos muy poco en común, con la que no nos podríamos poner de acuerdo ni en cómo llamar al dictador.

Pero he aquí como “castrismo” ya no sólo se ha vuelto un concepto útil sino obligatorio. Y no es únicamente porque ya hace mucho tiempo el régimen ha demostrado puede cambiar de ideología cuantas veces le haga falta para mantenerse en pie. Junto con la transferencia de poder del decano de los dictadores del planeta a su hermano llegó el convencimiento de que el régimen cubano estaba dispuesto a cambiar de nombre pero no de apellido. La palabra castrismo cubre esa variante tanto como la manoseada idea de que a algún heredero se está preparando dentro de la familia para asumir el mando. También cubre desde el despido de aquellos que se consideraban los sucesores políticos naturales del régimen hasta la reaparición física del fundador de la dinastía. El poder cubano ha hecho esfuerzos suficientes para que entendamos que no debe asociarse con otra cosa que con una misma familia. El resto es pura empleomanía. (Como aquellas abuelas que nunca dejaron de llamarle Rusia a la Unión Soviética los que le dieron vida a ese concepto demostraron ser intuitivos y proféticos). No encubramos entonces la naturaleza de un sistema que no se cansa de dar vueltas en torno a un mismo apellido: llamémosle castrismo.

viernes, 30 de abril de 2010

Ananké

El mito no como falsedad o anestesia local (y circunstancial) sino como relato de eficacia pulida por el tiempo que conecta pasado y futuro. Se puede desarticular en piezas, masacrar sus escombros, creer por un instante que se ha sido derrotado. El dogma, que intenta reducir el mito a un solo sentido, defendiendo su pureza, no hace otra cosa que incapacitarlo, castrarlo, negarle su posibilidad fecunda de transformar el sentido en forma, en imagen. El dogma es su centro mentiroso. Lo esencial -en el mito- es la cáscara. El mito entonces parece ser más resistente que la realidad en la que se proyecta. Los dogmas pueden ser destruidos pero el mito del que estos se habían apropiado, al liberarse de su peso, reaparece más invulnerable y vital. “Parece que el sentido va a morir –dice Roland Barthes- pero se trata de una muerte en suspenso: el sentido pierde su valor pero mantiene la vida, y de esa vida va a alimentarse la forma del mito”. De esa vida y de la esperanza que conlleva se rellena una vez y otra la cáscara del mito. Eso y mucho más (porque de eso se trata, de eludir la ortopedia del sentido) parece decir la pieza “Ananké: el héroe y las moiras” (2009) de Geandy Pavón:

martes, 15 de septiembre de 2009

Sobre estética [con post data]

Hoy en Encuentro en la Red Miguel Fernández intenta polemizar con varios artículos aparecidos sobre el caso de Pánfilo (sobre todo con el de César Reynel Aguilera) y sobre la utilidad de la campaña misma. No me alcanza el tiempo para responderle en toda regla. O para rebatir si la campaña está arraigada “en la estupidez y el aburrimiento”. Sí me llama la atención su gesto por repetido. Ese que atribuye sus declaraciones de Pánfilo a “la deriva intelectual de su choteo sin pulimento”. Algo tiene en común con las recientes declaraciones de Juan Formell al negar la presencia de Gorki en el concierto de Juanes en nombre de su poco pulimento estético. O las que suelta el ministro cubano de cultura cada vez que le preguntan por qué ciertos autores no se publican en Cuba. En Cuba la censura siempre termina siendo exigencia estética.
Al parecer los cubanos hemos alcanzado tan altas cotas de exquisitez que el poco pulimento es razón suficiente para reprimir una expresión. Y es esa estetización del derecho lo que me parece preocupante, sobre todo cuando asoma por igual en funcionarios del gobierno y exiliados. Cuando se pide la libertad de Pánfilo no se está sublimando la capacidad intelectual de nadie. Lo que tiene de importante su defensa es justamente que lo elemental de su reclamo (y la condena extrema) nos ponen ante el hecho desnudo del derecho y la arbitrariedad. Que sea Pánfilo, alguien tan poco importante en los términos de Miguel Fernández, quien haya ejercido ese derecho y quien ha sido condenado por hacerlo, es lo que lo hace su defensa tan o más decisiva para definir los objetivos de la campaña -más allá de cualquier partidismo o ideología- en defensa de los seres humanos y de su ejercicio de la libertad. Aunque no se hable bonito.

P.D.: No sé por qué pero esta discusión me recuerda una escena de “El pianista”.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sobre el patriotismo

Durante mucho tiempo “patria” en Cuba ha sido una palabra sospechosa. Monopolio del Estado como todo lo que tiene algún peso este la usaba como sinónimo de sí mismo cuando no de cosas peores que prefiero no repetir aquí. No parecía posible declararse patriota sin invitar el ridículo. Pero más allá del uso de las palabras estaba el de la realidad que la palabra pretende designar. “Patria” en Cuba había perdido el significado de bien común por la razón simple de que el bien común también era monopolio del Estado y para los cubanos apenas queda el mar. El régimen de la isla con su presencia en cada rincón de la vida nacional ha conseguido –con intención o sin ella- que sea raro encontrar gente genuinamente interesada en el bien común más allá de las consignas que el gobierno difunde. ¿Cómo hacerse responsable por aquello que no se puede decidir? Y esa abulia excede los límites del sistema y nos acompaña a donde quiera que vayamos. Hannah Arendt, al señalar la diferencia decisiva entre la experiencia totalitaria y la del resto del mundo, decía:
Es como si la Humanidad se hubiera dividido a sí misma entre quienes creen en la omnipotencia humana (los que piensan que todo es posible si uno sabe organizar a las masas para lograr ese fin) y entre aquellos para los que la impotencia ha sido la experiencia más importante de sus vidas.
Los cubanos hemos convertido esa impotencia en cinismo vulgar, en falsa sabiduría. En machacada desconfianza hacia cualquier alusión a ese bien común que debiera ser el lugar en que nacimos y la convivencia que en él se engendre. Confundimos patria con ese nacionalismo ensordecedor que (dentro y fuera de Cuba) pretende convertir la voluntad de unos pocos en el deseo de todos. Pero el país puede y debe ser recuperado por cada uno de nosotros y no estaría mal comenzar por las palabras. Por “patria”, por ejemplo. No resignarnos a dejarla en manos de los aprovechados de siempre. Ya hace unos años cuatro sufrieron la cárcel por recordar que “La patria es de todos”. En estos días un modesto grupo de hip hop ha gritado sus verdades usando el habitualmente sospechoso título de Eskuadrón Patriota. Como advirtiéndonos que la patria no existe si no la hacemos nuestra.

jueves, 27 de agosto de 2009

La libertad como derecho

En Cuba, claro, hay libertad. De unos para viajar a donde les plazca con los gastos pagos por el estado. De otros para comprar carros sin sobresaltos o fundar restaurantes y estudios de grabación. Incluso existe la libertad de decir que en el país existen problemas alimentarios siempre que se sea el presidente del país. También está la libertad de repetir que Cuba es el mejor de los mundos posibles. Pero eso son privilegios sólo al alcance de unos pocos o la repetición de muchos de las convicciones de esos pocos. Eso es privilegio. Hablamos de derechos. De que prosperar al margen del gobierno no sea necesariamente ilícito o decir una verdad incómoda –sea el presidente o el borracho de la esquina- no constituya delito. Simplemente un derecho. Así de sencillo.

martes, 26 de mayo de 2009

Rebeldías

“No se puede confundir a un rebelde con un criminal aunque la sociedad tache con frecuencia de criminal al rebelde, aunque a veces el criminal, para ennoblecer sus actos, se manifieste como un rebelde. El rebelde actúa solo: es el hijo más fiel de su comunidad, que, a su vez, es para él la meta de su oposición y de su rebeldía; el mundo que combate representa para él una plenitud de relaciones vivas cuyos hilos han sido simplemente sumergidos en la confusión de la maldad demoníaca; y su misión consiste en esclarecerlos y ordenarlos de acuerdo a un plan mejor.”
Hermann Broch

No han sido rebeldes los que han abundado en la historia cubana en el último medio siglo. Al contacto con la descripción anterior la aureola de los dos rebeldes más célebres que la isla ha legado al mundo se desvanece. Al Che Guevara sería imposible confundirlo con el hijo más fiel de una comunidad que sólo conocía de oídas cuando decidió liberarla. En dos años por los montes se hizo del país la imagen que quiso y que luego intentó recomponer con fusilamientos y con discursos llenos de una decepción franca y reclamos de un hombre nuevo porque los existentes obviamente no encajaban en sus planes. Fruto de ese autoengaño fue su manual -La guerra de guerrillas- que demostró su inutilidad en la primera ocasión que tuvo de ponerlo en práctica.
Sólo en apariencia parece cumplir esos requisitos del rebelde Fidel Castro. Lo que al principio pareció claridad no fue más que el enturbiamiento definitivo de viejas maldades. Echando mano a historias enterradas y a unas cuantas frases y provocaciones fingió reeditar la batalla entre David y Goliat para concentrarse en aplastar a todo el que se le opusiera en la isla. “Si los Estados Unidos no existieran habría que inventarlos” dijo Sastre intuyendo el elemento principal de la fábula castrista, un personaje monstruoso, y a la larga inofensivo, que permitiera encubrir la trama real que no era de rebeldía sino de opresiones.
No es excesiva la atención prestada a Yoani y a otros que encarnan hoy la verdadera rebeldía sin apenas pretenderlo. A ellos les basta señalar esas relaciones vivas que sostienen con su comunidad para, sin romper nada, empezar a cambiarlo todo: difícil ver una víctima en un régimen que persigue a unas cuantas mujeres escrupulosamente desarmadas de todo lo que no sean sus respectivas verdades. De ahí el intento de situar tras ellas la sombra de algún imperio, de agrandar su imagen para luego atacarlas como si del propio Goliat se tratara. Es un truco demasiado viejo pero se encomiendan a él no sólo por su probada efectividad sino porque no conocen otro. Suena increíble pero a estas alturas todavía se pretenden víctimas de una simple mujer y de toda la luz que ha conseguido reunir.

lunes, 15 de diciembre de 2008