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domingo, 15 de julio de 2018

Siempre nos quedarán Les Bleus



Nunca la humanidad se había sentido más croata que el domingo 15 de julio de 2018. Ya fuera porque admiraban la gesta forjada a lo largo del campeonato por de Modric y pandilla, o por apoyar al equipo pequeño o simplemente por irle en contra a los franceses, los argentinos de Europa. De parte de Francia estaban los franceses y el hecho de que el himno que cantan antes de jugar es parte de la banda sonora de Casablanca Y durante el primer tiempo los croatas correspondieron generosamente a tal entusiasmo. Fue tal el dominio que ejercieron en el campo durante la primera mitad del partido que fueron responsables hasta de los dos goles marcados en propia puerta: el primero un autogol y el segundo por un penalti tras una mano en el área de Perisic. Y entre ambos goles los croatas consiguieron incluso marcar en la puerta contraria, algo que debió ser prioritario desde el primer momento. Era como si los croatas hubieran aprendido fútbol de un reglamento al que le faltaba la primera página: esa que dice precisamente que el objetivo del juego es colar el balón en la portería contraria y que es ilegal tocarlo con la mano excepto si eres el portero. Francia veía premiada su timidez inicial con exagerada largueza: un tiro al arco y dos goles. Como diría Borges: el destino, ciego a las culpas, es implacable con las distracciones.
Sin embargo, entrando al segundo tiempo la remontada no parecía imposible. Después de todo esa parecía ser la especialidad del equipo: partidos épicos y tormentosos cual cola en la pipa de cerveza. Pero eso implicaba dejar las espaldas descubiertas como ciertos vestidos de noche. La retaguardia más desprotegida que durante la proverbial recogida del jabón en la ducha de la cárcel. Y por allí llegaron cual cargas de caballería los contragolpes franceses. Uno de ellos coronado por un gol de Pogba y otro por ese veterano de 19 años que es Mbappé.
Con el juego 4 a uno incluso el fanático número uno de los croatas que es su propio entrenador, Dalic, parecía resignado a la derrota. Algo maquilló el resultado y la desesperanza un gol que el portero Lloris -suponemos que conmovido por tanta desventura croata- le regaló a Mandzukic para que terminara su jornada laboral con un gol en cada puerta. El resto del partido fue contar los minutos que separaban a los franceses de ir a recoger la copa que les correspondía como campeones de este mundial. Y para empezar a contar los cuatro interminables años que nos separan del mundial de Qatar.

sábado, 14 de julio de 2018

Bélgica 2, Inglaterra 0


Sospecho que esta reseña sobre el partido por el tercer lugar entre Inglaterra y Bélgica sea como el propio partido: no le interesará a casi nadie salvo como aperitivo para la final. Algo así como unas alitas de pollo esperando por el lechón asado de la final. Un partido para no abandonarse a la inercia de la falta de juegos que ver y comentar. Por lo demás jugaban el máximo goleador del torneo (Kane, con 6) y su más cercano seguidor todavía en juego (Lukaku, 4). Los optimistas podían esperarse que aprovecharan la oportunidad para que ampliaran sus numeritos. Para los pesimistas quedaba un cero a cero en 120 minutos decidido a penaltis.

Nada más lejos. Si algo hicieron los máximos goleadores del torneo fue fallar todas las oportunidades que se le presentaron. Por lo demás los belgas despejaron todas las dudas que pudiera haber sobre su superioridad sobre casi todos los equipos en el torneo a excepción de Francia y quizás Croacia. E hicieron reflexionar sobre lo poco que hubieran avanzado los ingleses de haberse tropezado antes con equipos adultos.

Lo que quedó claro desde el principio del juego es quién ganaría. O sea, Bélgica. Solo faltaba saber cómo. O cuánto. El resultado final fue dos a cero. Pero pudo ser por bastante más. Ya en el minuto 3 Meunier había rematado una excelente jugada colectiva con el primer gol del partido. Por suerte para Inglaterra en el resto del primer tiempo Lukaku y pandilla se dedicaron a desaprovechar las oportunidades de anotar que buenamente les ofrecían los ingleses cada vez que se iban al ataque. Los ingleses a su vez y para no ser menos desaprovechaban sus propias oportunidades.

Ya para el segundo tiempo el técnico de los belgas sacó a Lukaku del partido quitándole la oportunidad de que siguiera engrosando sus estadísticas de ocasiones malgastadas (algo que este no pareció agradecer). Llegado ese punto a Hazard no le quedó otro remedio que marcar él mismo el segundo gol para su equipo y que así esas alitas de pollo le supieran mejor a los belgas. Algo que atenúe la certeza de que en cuestión de unas horas el plato fuerte del torneo se lo comerán otros.      

miércoles, 11 de julio de 2018

El día que los croatas rugieron


En su partido de semifinales contra Inglaterra Croacia la tenía cuesta arriba. Y no era por falta de condiciones. Los croatas reúnen el físico de jugadores de baloncesto con la habilidad de los de fútbol-sala. O de los carteristas. No era por sus condiciones. Ni porque llevaran dos partidos seguidos jugando media hora extra. El problema es que además de los ingleses debían enfrentarse con su propio Attention Deficit Disorder, una condición que les ha costado unos cuantos goles en este campeonato. Inglaterra en cambio parecía haber superado ya su propio Síndrome de Amarillez Súbita (SAS o Sudden Yellowness Syndrom, SYS por sus siglas en inglés) que le impedía ganar juegos en momentos decisivos a golpe de psicoanalistas y de entrenar el lanzamiento de penaltis.

Y así fue. En el minuto 5 de juego y producto de uno de sus habituales despistes ya los croatas habían concedido una falta en el borde del área. Y quien la cobró fue Trippier que con el pie lanzó un slider alto y arriba bueno para el 1 a 0. Y pudo ser peor. Porque los croatas fieles a su desenchuche habitual concedieron varias oportunidades para lo que pudo haber sido una ventaja definitiva.

Pero por suerte para Croacia los ingleses andaban en vena generosa, parece que para espantarse de arriba la fama de imperialistas desalmados que se habían ganado en los siglos anteriores. Y poco a poco los croatas empezaron a recomponerse y a parecer cada vez más un equipo de fútbol. Y hasta a atacar, aunque sin demasiado peligro para la portería defendida por Pickford. Y a controlar el partido un poco más.

Pero nada de eso parecía afectar mayormente al marcador, impasible cual lord inglés desde el 1 a 0 inicial. Así terminó el primer tiempo y así se mantuvo los primeros 23 minutos del segundo tiempo. Hasta que en uno de los tantos centros croatas al área Perisic sacó un pie en medio de la nada y dejó a Pickfod sin nada que hacer que no fuera recordarle a sus defensas el nombre de sus respectivas madres. Así se fueron al alargue con Madzukic arrastrando su cuerpo como si le quedara cuatro cinco tallas más grandes a su alma y el resto de los croatas en condiciones no mucho mejores.

Llegados al alargue los ingleses se volcaron entusiastas a la ofensiva. Pudieron irse adelante con un cabezazo de Stones había superado al portero y fue rechazado con un frentazo de Vrsaljko bajo los palos. Y mira por dónde, cuando ya parecía que todo se resolvería a golpe de penales (como les gusta a los que no les gusta el fútbol), cuando faltaban 12 minutos para el final Perisic cabeceó a lo como pudo y Madzukic (que hacía rato que parecía estar en cualquier parte menos en el estadio) pareció recordar de pronto para qué está allí y remató el balón cruzado para el gol de la victoria. Porque no los marearé diciéndoles que en los minutos siguientes (más los cuatro de descuento que adicionaron) Inglaterra estuvo a punto de empatar. Y sí, pudo hacerlo como mismo los croatas pudieron marcar la puntilla con un disparo que dio en el poste. Lo que al final resultó es que los del tablero de ajedrez rojo, los del mantel de pizzería, irán el domingo a encontrarse con los franceses a decidir quién es el mejor del mundo. Y los de los tres tristes leones disputarán el tercer lugar y comerán mucho trigo.

martes, 10 de julio de 2018

Francia 1, Bélgica rien de rien


Ahora es fácil. Decir “yo lo sabía”. “Eso estaba querido”. Pero luego de la demostración que dio Bélgica contra Brasil se preveía un partido difícil para Francia. Nadie podía asegurar el resultado contra un equipo que podía dejarte fuera de combate con que te distrajeras preguntándote si habías dejado abierta la llave del baño. De ahí que Francia entrara al partido muy concentrada. Tan concentrada que parecía que se estaba cagando. Pero no. En fútbol eso se llama “estrategia”. Y Bélgica aprovechó la estrategia francesa para jugar buena parte del primer tiempo en territorio francés sin salir de ahí ni a buscar agua. 

Poco a poco los franceses se atrevieron a sentir el tacto de la hierba del otro lado del campo e incluso probar lo buen portero que es Courtois, el portero belga. Y los belgas también aprovecharon para tener sus llegadas más claras antes de que se acabara el primer tiempo pero teniendo cuidado en dejar virgen el marcador, timidez extraña a estas alturas del campeonato.

A los que se les quitó el miedo escénico fue a los franceses en el segundo tiempo: a los siete minutos de reanudadas las hostilidades el defensa Umtiti peinó un córner para dejar la pelota donde Courtois ya no pudo alcanzarla. Y allí mismo se le acabó la timidez al equipo francés que por fin le entró al partido con descaro. Pudo marcar unos cuantos goles más dejando más de un detalle precioso en el camino pero sin conseguir despegarse en el marcador. De manera que hasta el final siempre quedó la posibilidad de que los belgas empataran el partido, una ilusión que solo despejó el pitazo final del árbitro. O no. Porque cuando los sobrevivientes de ese magnífico equipo belga se reencuentren de aquí a cincuenta años volverán a repasar cada una de aquellas oportunidades que desperdiciaron. Esos detalles por los que se les fue la oportunidad de llevar a Bélgica por primera vez a la final de un mundial. Pero no, esta vez serán sus rivales los que el domingo intentarán conquistar la segunda copa para Bélgica Occidental o Francia, como quieran llamarle.

sábado, 7 de julio de 2018

Koniec



El partido en cuartos entre Rusia y Croacia podría contarse de dos maneras distintas. En una el modesto equipo ruso se creció por encima de sus limitaciones y jugó a la par del hasta ahora claro candidato a llegar a la final. En la otra Croacia es un equipo de polialeación mimética, como Terminator 2, que se dedica a reproducir el nivel de juego del equipo que tiene enfrente. Y fue así que permitieron que estos soviéticos del siglo XXI los trataran de igual a igual. O puede que haya un poco de las dos versiones.

Lo cierto es que ninguno de los dos equipos permitió que el otro se le fuera demasiado lejos. El primero en marcar fue la URSS 3.0. con un misil que salió volando del zapato izquierdo de Cheryshev para aterrizar en la red croata. Pero no habían pasado 9 minutos cuando Mandzukic se adentró por el borde del área para darle un pase a Kramaric y que este cabeceara el empate croata.

El segundo tiempo fue más de los mismo pero sin el detalle de los goles. Al final los amiguitos del polonio seguían sin definir el concepto de portería y los exyugoslavos cargaban con más calambres que en un maratón entre oficinistas. Incluso se pensó que el portero Subasic, el supermán en los penales contra Dinamarca, no podría continuar el partido afectado por una contracción muscular. Pero había que estar media hora más jugando. Por suerte estaba Modric que parecía estar filmando un anuncio de baterías eléctricas autorecargables. Fue él quien sostuvo el equipo a golpe de pases y carreras  que cansaban de solo verlas.

Hasta que por fin llegó el cabezazo de Vida que parecía con su gol en el minuto 100 sentenciar el partido. Tanto que se quitó la camiseta para que Ronaldo y Shaquiri vieran que no tenía nada que envidiarles ni en abdomen ni en tarjetas amarillas (lo cual es una exageración: Ronaldo tiene le abdomen más definido aunque hay que reconocer que las tarjetas eran iguales de amarillas). Pero aun quedaban 20 minutos de partido que a esa altura se sentían tan largos como atravesar la Siberia en patineta. Y he aquí que quince minutos después, o sea, a 5 del final del tiempo extra el ruso de Sao Caetano do Sul pareció darles la razón a los que consideran buena idea la nacionalización de extranjeros con un cabezazo que volvió a emparejar el partido hasta la ronda de penales.

Los croatas llegaban a los penaltis con las piernas en peor estado que la economía venezolana. Entre eso y el apoyo local hacían pensar que rusos irían franca ventaja. Pero el portero croata renació en medio de sus cenizas como el gato Félix y detuvo el primer remate. Tanto debió intimidar a los rusos que el bolo adoptivo Mario Fernandes la echó por fuera dándole de paso un fuerte golpe a la política migratoria de Putin. Los croatas hasta se pudieron dar el lujo de fallar un gol. En el último turno Rakitic, quien había pasado el partido más discreto que un funerario, remachó su disparo para darle a Croacia el pase a la semifinal y a los rusos la oportunidad de que vuelvan a sentir el calor hogareño.

La porfiada Albión




Usualmente el equipo inglés viene acompañado de más fantasmas que los que pueblan los castillos de por allá. Los fantasmas de viejas derrotas, de penaltis fallados, de balones que se escapan entre los dedos de los porteros en cámara lenta hacia la red, de goles en contra en el último minuto. Fantasmas que han alimentado un fatalismo casi tan profundo como el de los mexicanos en el fútbol o de un cubano en la cola de la democracia.

Ante ese panorama este partido contra Suecia les debió parecer una apacible excusión campestre. Una excursión sin mayores sobresaltos que encontrarse un paraje minado con plastones de mierda de vaca ante los que basta andar atentos para no hundirse en el medio de uno de ellos. Algo tan apacible como encontrarse con un gol en un tiro de esquina que aterrizó en la frente de Mcguire para de inmediato rebotar dentro de la red. Luego los ingleses pudieron anotar al menos dos goles más. Sin embargo, tanto empeño pusieron en fallarlos que hicieron pensar a más de uno en el regreso de los viejos fantasmas en la forma de oportunidades perdidas que pronto serían lamentadas.

Las plastas de vaca aparecieron recién en el segundo tiempo cuando el entrenador sueco debió recordarles a sus jugadores en el vestuario de qué lado se encontraba la portería contraria y qué se esperaba que hicieran con ella. Pero cuando más entusiasmados andaban los suecos con el redescubrimiento de la esencia del fútbol llegó el segundo gol inglés nacido de otra frente, esta vez la de Dele Alli. Un gol que a los suecos debió sonarles a mazo de juez reafirmando la sentencia. Todavía los suecos tuvieron tiempo de lanzar unos cuantos ataques que parecían cargados de peligro pero nada. Esta vez a los ingleses no les falló ni la defensa ni el portero que rechazaba los balones como si de un videojuego se tratara. Con las plastas de vaca esquivadas una a una y los fantasmas conjurados nada más se interpuso entre Inglaterra y las semifinales donde se encontrarán con Croacia o con el mismísimo Putin disfrazado de equipo de fútbol.

viernes, 6 de julio de 2018

Eliminadinhos


Es un misterio por qué siempre Brasil siempre se planta en el terreno como favorito. Sí, ya sé. Están los cinco mundiales ganados anteriormente.Y el jogo bonito. Y las estrellas multimillonarias. Y las gradas multicolores. Pero también deberían pesar los tres últimos mundiales incluida la despedida que les dio Alemania hace cuatro años 7 goles a 1. Como para cambiarse el nombre. Los Seteaunoninhos o así. Esta vez volvían frente unos belgas crecidos por haberle ganado a Japón luego de ir perdiendo 2 a cero en el segundo tiempo. Eso le da a cualquiera un halo de invulnerabilidad que ni las cucarachas.

Y entraron con buen pie. Los belgas quiero decir. O con buena mano. Porque fue el brazo de un defensa brasileño el que desvió el balón justo hacia donde su portero no se lo esperaba. Y los seteaunoninhos en shock. Como si recibir un gol fuera lo más raro del mundo. O como si temieran que les fueran a caer seis más. Tuvieron suerte. Solo les cayó otro gol, de contragolpe, con los belgas lanzados a campo traviesa. Como los hunos. Contragolpe y para dentro. Pudieron ser más los goles belgas pero mal que bien así terminó el primer tiempo: 2 a 0.  

El equipo brasileño que regresó al segundo tiempo era otro. No radicalmente mejor pero otro. Atacaron. Como si en ello les fuera la vida. O por lo menos que, de vuelta a la casa, las mujeres los dejaran entrar. O los esposos, que estamos en el 2018. Faltaba siempre algo, como en la planificación socialista. Cuando no era precisión en el último pase era puntería en el remate. Hasta Coutinho, el más fino de los brasileños en los últimos partidos, falló más que la cadena puerto-transporte-economía interna. Debemos hacer notar, no obstante, que Neymar el Revolcadinho, anduvo más activo y vertical que en el resto del mundial aunque sin resultados visibles. Llegó por fin el gol del descuento, salido de la frente fresca de Renato Augusto que acababa de entrar hacía tres minutos. Unos lo vieron como señal de la imparable remontada de Brasil y otros en cambio temieron que era apenas un pretexto para sufrir mejor los últimos minutos del partido.
El propio Renato Augusto tuvo el empate en sus piernas poco después. Una oportunidad que tuvieron casi todos los jugadores de Brasil en los minutos sucesivos sin que ninguno la consiguiera concretar. Y claro, también estaban los belgas, negados a que los seteauninhos les hicieran lo mismo que ellos le habían hecho a Japón días antes. Y así terminó el partido, con los brasileños desgarrados en llanto pero con el consuelo íntimo de que al menos esta vez no regresaban a casa cargando un 7 a 1.

Entre los dedos


Se veía venir. Un buen juego entre dos de los equipos que mejor impresión han causado hasta ahora. Y la –no excesiva- superioridad francesa, con una escuadra más completa en cada uno de los aspectos del juego. Enfrente, un Uruguay algo disminuido con la pérdida de Cavani por lesión, un gran centro delantero que volvía a su viejo romance con el gol. Uruguay se debió sentir como el cowboy que va al duelo sin su índice. Ese con que halar el gatillo a toda velocidad. En una situación en la que cada instante cuenta. En que todos los dedos son necesarios, para no hablar del índice.

Mbappé, el índice francés, no estaba en su mejor día. Pero ni falta que hacía con toda la mano y el brazo funcionando perfectamente. Los uruguayos no andaban mancos pero el índice Cavani se echaba en falta. Luis Suárez, que en estos días anda haciendo de dedo de medio, hacía lo que podía. Pero Stuani, sustituto de Cavani, no acababa de dar la talla. Fue entonces que Suárez debió caer en cuenta de lo difícil que es para el dedo de medio agarrar todo un cigarrillo por sí solo. Y en eso llegó el primer gol francés. Un falta no muy lejos del área que Griezmann centró y Varane remató de cabeza: el balón entró ajustado al segundo palo. Imparable. Minutos después Uruguay lo pudo empatar con jugada muy parecida con cabezazo de Cáceres. Pero Lloris, el portero francés, se estiró y consiguió desviarla con la punta de los dedos.

El segundo tiempo no estuvo a la altura del primero. También por una cuestión de dedos. Pero no metafóricos sino literales. Griezmann que dispara desde fuera del área. Duro y con efecto pero de frente. O al revés. De frente pero con efecto. Muslera que se mueve a su izquierda y el balón a su derecha. Extiende las manos pero nada. Como si los dedos de ambos guantes estuvieran llenos de aire. Y la pelota que sobrevuela la cabeza del portero para entrar en el arco ante su mirada angustiada. (Yo también fui portero, pero de los malos. De los que recuerda pocas heroicidades pero es experto en remordimientos. Con la diferencia de que yo a lo más representaba a una escuela mientras que Muslera carga encima con un país. Chiquito pero país. No quiero asomarme hoy a su muro de facebook).

Pero no hay que ensañarse con el portero uruguayo. Uruguay hoy no tenía cómo hacerle mucho daño a Francia. A lo más que arruinó Muslera fue la posibilidad de una resistencia digna, de soñar. Porque la esperanza es lo último que se pierde. Y eso lo perdieron los uruguayos minutos antes de que el árbitro pitara el final del partido. De ahí el motín rabioso cuando Mbappé hizo de Neymar. O las lágrimas del defensa Giménez mientras hacía la barrera para que Griezmann volviera a cobrar una falta. O luego las lágrimas de toda la afición charrúa. Y el único consuelo que les queda es haber perdido con el que puede ser el campeón de esta copa. Que no es poco.

martes, 3 de julio de 2018

Murieron con las botas puestas

Como hacía rato los árbitros no se hacían sentir el gremio le encargó al del partido Inglaterra Colombia que interviniera más y peor. Porque un buen árbitro debe ser como esos padres que van al parque con el hijo y si el niño se cae no le hace mucho caso para que el muchachito se inicie en el necesario arte de levantarse solo. De lo contrario se van a pasar todo el tiempo revolcados pidiendo la ayuda a los padres. El árbitro picó en el asunto de las caídas y antes que se diera cuenta se vio rodeado de jugadores revolcados por el piso y repartiendo tarjetas a diestra a siniestra con un juego que tenía menos de fútbol que de bolos. El gol de Inglaterra llegó pues por vía del árbitro que cantó un penal discutible. Y lo cobró a la Harry El Implacable Kane que en estos trances no sabe qué cosa es el perdón.

Colombia intentó acercarse a la portería pero muy pocas veces lo hizo con algún peligro. Pero cuando ya el juego parecía sentenciado Uribe –que es, junto con Ospina, el apellido que le ponen a todos los colombianos cuando no se les ocurre alguno mejor- sacó un cañonazo desde fuera del área que a duras penas fue desviado por el portero inglés. Y en el córner subsiguiente regresó el héroe de los últimos partidos: el defensa Yerry Mina volvió a elevarse por encima de todos como si de la figura central de un conjunto escultórico se tratara y de un buen cabezazo consiguió un empate hollywoodesco.

Lo lógico según Hollywood era que lo colombianos terminaran ganando el partido en el tiempo de alargue y los jugadores ingresaran en el panteón de los héroes colombianos, cualquiera que estos sean. Pero a pesar del buen ánimo de Falcao y los suyos, entusiasmados con su hazaña reciente, la pelota no hizo mucho por entrar en ninguna de las dos porterías. Y cuando eso ocurre si impone al final un tratamiento de choque: la ronda de los penaltis. Al ser los ingleses los primeros en fallar parecía que los colombianos se impondrían pero no van lejos los de adelante si fallan más. Dos Uribes fallaron (en realidad fue un Uribe y un Bacca, pero a estas alturas da igual) y los ingleses terminaron abriéndose camino hacia cuartos de final donde se enfrentarán un país cuyo nombre empieza con S y termina con A. Los colombianos en cambio podrán hablar de morir con las botas puestas que al parecer es la manera más elegante de hacerlo. Aunque pierdas a los penales.

Suecia 1, Suiza 0 (¿o es al revés?)



Este partido era la pesadilla de los que andan flojos en geografía. Suiza, Suecia. ¿Qué diferencia hay? Suecia es la de los volvo y IKEA y Suiza la de los chocolates y los relojes. O viceversa. Se anticipaba un partido parejo y lo fue. Tan parejos andaban que amenazaban peligrosamente con un empate a cero hasta que llegó el gol sueco en un disparo que rebotó en un defensa y despistó al portero suizo. Y en vez e abofetearlo allí mismo y recordarle todos sus ancestros desde Noé a esta parte el portero le hizo un gesto al defensa de que no se preocupara, que no era para tanto.

Pero sí lo era. Sobre todo porque los suizos no tenían mucha idea para atacar. Todos los esfuerzos se le iban en enviar centros elevados al área chica. Sin tener en cuenta lo altos que son los del equipo contrario. Era como si un padre de familia se gastara todo lo que tiene en billetes de lotería. Ese nivel de probabilidades. Y no había quien sacara de ahí a los suizos. Parece mentira que sea Suiza la que controle las cuentas bancarias de todo el mundo y otorgue los premios Nobel.
Fueron los otros los que estuvieron a punto de marcar un segundo gol cuando se acababa el partido. Fue en una jugada en la que el árbitro primero decretó penalti y luego con la intervención del VAR degradó a falta fuera del área. Y fallaron pero en eso el árbitro pitó el final y los de la bandera de la Cruz Roja daltónica regresarán a casa. Donde quiera que esta esté.

lunes, 2 de julio de 2018

Obrigado Brazil!


El juego de México contra Brasil puede leerse de dos maneras distintas. Como una historia tradicional o una profética. De cara al pasado o al futuro. En la tradicional, resumida en la famosa consigna del “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, se contaría en clave de puro fatalismo: las múltiples llegadas a la puerta brasileña como una manera de decorar una derrota que todos sabían inevitable. Por eso los delanteros mexicanos se desvivían por patear las pelotas a las tribunas. Y el portero Memo Ochoa en su tradicional papel de San Sebastián aguantaba la andanada de remates brasileños sabiendo de antemano que en algún momento su puerta sería vencida por las huestes de Neymar El Horizontal.
Pero también está la profética. La versión que arrancaría el día anterior con la victoria en las urnas del candidato presidencial por el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) Andrés Manuel López Obrador, un líder llamado a acabar de una vez y para siempre con los flagelos que azotan al país: el narcotráfico, la violencia, el crimen, la corrupción y la música grupera. En esta versión los jugadores mexicanos teñidos de rubios serían un símbolo del sol de esperanza que trae el presidente electo y la derrota sería mero rezago del pasado porque con AMLO todo en el país marchará a la perfección. El Tri ganará la copa del mundo y “ahorita” no significará “dentro de tres semanas” o “no necesariamente en esta vida”. Y en los libros de Historia del futuro se explicará que en realidad este equipo no cayó ante Brasil sino que quisieron regresar cuanto antes al Nuevo México que estaba naciendo. Y los goles de Neymar y Firmino serían una muestra de solidaridad con el nuevo proyecto de regeneración nacional.

El derecho de perder


La mayoría de los partidos ni siquiera tienen guionistas. Se improvisan a la buena de Dios o se arman reciclando viejos argumentos para terminar siendo como matutinos escolares: desde el inicio todo el mundo sabe lo que va a pasar. Hay otros que traen un halo épico, como escritos por un aspirante a Homero. Pero hay otros como el de Bélgica y Japón en octavos de final que parecen escritos por algún clásico de la telenovela. Felix B. Caignet, Caridad Bravo Adams, Iris Dávila. La historia de la pobrecita Japón que apenas le había ganado a Colombia con un hombre menos y que se enfrenta a la poderosa Bélgica de indetenible paso por el campeonato. Y la geisha venida a menos, renqueante, a la que le faltan unos cuantos dientes, pasa buena parte del primer tiempo arrinconada. Sin atreverse a pasar la línea del medio campo que es la zona de la gran señora belga. Esa que la acosa y la arrincona en su propia portería, a la que gracias a sus extremos cuidados mantiene perfectamente virgen.

Cuando empieza el segundo tiempo  la pobre geisha, cansada de tanto abuso decide ripostar y en un contragolpe le marca un tanto a la orgullosa ama europea que apenas se cuida de defenderse. Y no contenta con eso la geisha, indignada tras tanto desprecio, le suelta un zapatazo a distancia para el 2 a 0. Y por fin se le ve a la despreciada geisha sonreír sintiendo que al fin será reivindicada. Pero Bélgica, poco acostumbrada a ser vencida por una sirvienta vuelve en sí e intenta recuperarse. Con tan buena suerte que un cabezazo mal dado –el cabezazo que quiso ser centro- coge al portero japonés mal parado y termina entrando en el arco. Otro cabezazo más y empata. Y así siguen hasta que se termina el tiempo reglamentario y añaden cuatro minutos más de alargue. Las dos halándose los moños sin que parezca que se resolverá nada de momento. 

No es difícil prever el tiempo extra sin goles y un duelo final en que las protagonistas deciden sus diferencias a penales. Y en los penales, ya se sabe, todo puede pasar. Que lo digan los rusos. O Schmeikel Senior. Pero justo cuando faltan treinta segundos para el final del partido reglamentario el portero belga descuelga un córner y le deja el balón a uno de sus jugadores quien se lanza en pos de la gloria. Y la gloria llega después de varios pases que terminan con la pelota en la portería. Y la pregunta que le queda al Felix B. Caignet de turno es para qué  complicarse tanto con la trama si la historia iba a terminar como siempre termina en la vida real. Con la señorona brindando con champán y la criada desdentada tirada en la cuneta.

domingo, 1 de julio de 2018

Falsa alarma


Los primeros cuatro minutos del partido entre Croacia y Dinamarca prometían un partido lleno de goles. 45 para ser exactos. A razón de un gol cada dos minutos. Apenas pasado el primer minuto Dinamarca marcó tras un saque lateral y un embrollo en la portería. Los croatas no se lo creían todavía pero dos minutos después habían empatado tras un embrollo parecido. Pero en la portería contraria. Luego de eso Croacia hizo de España en el partido anterior y Dinamarca de Rusia aunque en versiones ligeramente mejoradas. El resultado, no obstante, fue el mismo: no marcaron goles en los siguientes 86 minutos de juego. Ni en la media hora de alargue. Y eso que en este caso el árbitro pitó un penalti en el área danesa que fue cobrado por Modric, parado por Schmiechel Junior y aplaudido por Schmiechel Puro allá en el palco de honor.
Entrados a la ronda de penaltis con el portero danés agrandado el futuro de Croacia era más negro que el alma de un repartidor de multas. Por un momento los dioses del fútbol parecieron sonreírle a los croatas cuando su portero detuvo el primer penalti danés. Pero justo después Schmiechel Junior paró el disparo croata. Y su Puro en el palco estalla de contento. Ya uno imagina toda una telenovela sobre las relaciones padres e hijos basada en hechos reales. Estos. Entonces ambos equipos anotan sus respectivos disparos. Y a continuación dos paradas más por bando. Empate a dos en cuatro intentos. En el quinto turno Subasic, el portero de los croatas, detiene el remate danés. Y entonces le toca a Rakitic decidir. ¿Anotará? ¿Será parado el penalti por Junior que se convertirá en el nuevo semidios vikingo y se abrazará con Puro Schmiechel mientras le perdona todos los espectáculos escolares que se perdió por estar compitiendo en mundiales? Pero no, Rakitic no le regala esa oportunidad y los huerfanitos croatas celebran ahora que van a cuartos a batirse contra los hijitos de Putin.

España va bien (de vuelta a casa). Rusia se queda


España hoy jugó estilo Alemania. La Alemania de este año. Desde que cantaron el himno sin letra ya se veía por donde vendrían los españoles: mucha posesión y ninguna productividad. Latifundio puro. Tan improductivo fue el ataque español que Rusia tuvo que hacer los dos goles, (uno de ellos en contra y el otro un penalti cortesía indepe de Piqué), para terminar el primer tiempo empatados a uno. El segundo tiempo España se adueñó de la pelota aún más y atacó todavía menos. El tiki taka reducido a tiki tiki. O el tiki falla. Un 90% de acierto en el pase: el problema es que el otro 10% es el de los pases a gol.

Mientras tanto Rusia, escarmentada tras el 0 a 3 contra Uruguay, aguardaba cauta a que pasara el tiempo y entrar en la ruleta rusa de los penaltis que allá se llama “ruleta local”. Una contra por aquí, un córner por allá pero si fallaban no parecían demasiado preocupados. Entre los españoles Isco soltaba el bofe, Iniesta (que entró en el segundo tiempo) trataba de reverdecer viejas glorias pero sin que ninguno consiguiera penetrar el Kremlin defensivo que planteó el técnico ruso.
Llegó el alargue pero no nuevos goles. Entró Rodrigo por el lado español creando dos o tres ocasiones pero de oportunidades solas no se vive en esta vida. Apenas sirvió para darle algo más de emoción al camino inexorable hacia los penales. Y hasta ahí llegaron. España empezó pateando. Españoles y rusos consiguieron los dos primeros. En la tercera oportunidad de España el portero ruso le para el balón a Koke y es como si la escuadra de Cervera se empezara a hundir de nuevo frente a Santiago de Cuba. El viejo fatalismo español aparece fresco como chulo en Montera: los rusos disparan los penaltis que le quedan al centro de la portería mientras De Gea se lanza para cualquier lado como un extra que entendió mal las instrucciones y se muere de un balazo que estalla a dos metros. En la última oportunidad Iago Aspas manda el balón a otra dimensión y Rusia pasa a cuartos de finales en esta dimensión, en la que hay que pagar las cuentas e ir al dentista.

sábado, 30 de junio de 2018

Un cristiano menos


A toro pasado, ganancia de pescadores. Ahora parece lógica y elemental la victoria de Uruguay sobre Portugal pero les recuerdo que Uruguay se las veía con el actual campeón de Europa encabezado por el ganador de cinco Balones de Oro mientras que los presuntos inventores del tango –en cao de queno sea argentino- en la última Copa América no habían llegado a cuartos de final. Porque después que las cosas pasan uno descubre cuánta gente lo sabía desde antes. El mundo está lleno de profetas póstumos.

Pero si se mira la letra pequeña, el parte del tiempo de ayer, Uruguay acababa de revolcar a Rusia mientras que los portugueses se habían enredado en un empate con los ayatolitos de Irán. A Cristiano el equipo no le acababa de arrancar excepto el conectado Quaresma pero al entrenado luso no se le ocurrió nada mejor que dejarlo sentado durante tiempo y medio, cuando el daño estaba hecho.

Uruguay con su delantera temible de Suárez y Cavani era como una combinación de izquierda y derecha, como los protagonistas de “Arma Letal”. Cavani en el papel de un Mel Gibson mortal en el remate a puerta y Suárez Glover, pasándole la munición. Cubriéndoles las espaldas una defensa blindada comandada por Godín, demoledor y seguro como cobro de hipoteca.  Tal parecía que los uruguayos no tenían medio campo pero ni falta que hizo. Cavani-Suarez triangularon todo el terreno para que el Hannibal Lecter uruguayo le diera el pase que Cavani metió de cabeza en el minuto siete.

En el minuto diez del segundo tiempo Pepe respondió con otro cabezazo pero la lusa ilusión duró poco. El dúo del momento volvió a combinarse para que Cavani la volviera hacer, esta vez de pierna derecha. Lo mejor que le quedó a Cristiano en todo el juego fue ayudar a salir a Cavani del terreno cuando este se lesionó. Total. Ya el uruguayo había dejado todo dispuesto para que Cristiano se marchara del torneo.

Pronósticos

Tonteando hice mis pronósticos hace un par de días a partir de los resultados de la fase de grupo. Apenas dos variantes: Francia pierde o gana con Brasil en semifinales. Podía ser más imaginativo, más arriesgado (solo lo fui en el caso de Colombia teniendo en cuenta la proverbial tendencia inglesa a desmoronarse en los momentos decisivos) pero esto es lo que vi. Y acaba de cumplirse al menos el primer partido:



Las Malvinas son francesas



El de Francia y Argentina en octavos de final pudo ser el mejor partido del mundial. Si no por el juego al menos por el drama del marcador. Como las peleas entre quienes nos e preocupan que le hinchen la cara mientras puedan hacer lo propio con el contrario. El primer sopapo fue –no podía ser menos- de Mbappé, la Virgen de Fátima de este mundial por aquello de ser todo revelación. Que se te va y si no lo tumbas te anota. Y si lo tumbas, penal. Cobra –despiadado como garrotero- Griezmann. 1-0. Pero hete ahí que al final del primer tiempo Di María, que andaba de jugador clandestino hasta ese momento, suelta un zapatazo allá donde la pastora llora: donde no la puedan ver. 1-1. Y empieza el segundo tiempo con otro héroe de la clandestinidad, Messi, haciéndose el desentendido a la salida de un corner y rematando para que de rebote en un compañero entre el empate. 2-1 para Argentina.



Pero entonces Francia se acuerda de la Marsellesa, de los maquis, de la Résistance y de De Gaulle (sobre todo de De Gaulle) y regresa al juego. Tres goles en doce minutos. Primero  Pavard con un zapatazo que ni Nikita Jrushov en Naciones Unidas. 2-2. Luego Mbappé que marca 3-2. Y cuando le debería tocar a los argentinos marcar en honor a la simetría Francia, es decir, Mbappé, vuelve a marcar en la cola de los goles. 4-2. Argentina, noqueada, no sabe bien para donde queda la portería contraria. Francia se felicita. Sopla sus colts (Mbappé y Griezmann) y los guarda. Argentina, que como los personajes de Hemingway está destruida pero no derrotada, presiona. Al fin anota el Kun Agüero pero ya es el minuto 93 de los cuatro que les han dado de descuento. Y entonces los argentinos no encuentran nada mejor que hacer que pelearse con los franceses, parar el juego, darse unos pescozones de despedida. Porque saben que están a punto de irse del mundial. Y sí, ya se van.


jueves, 28 de junio de 2018

Puro teatro


Antes de iniciar su partido Inglaterra y Bélgica estaban tan clasificados como una operación de la CIA de ayer por la mañana. En cambio sus compañeros de grupo -Túnez y Panamá- solo estaban haciendo tiempo mientras llegaba la hora del vuelo de regreso. ¿Ganaría Túnez su primer partido en mundiales en 40 años? ¿O lo haría en cambio Panamá que no triunfaba en esas lides desde el pleistoceno?
En su partido los europeos alinearon a su banco para que nadie se fuese a quejar que habían hecho el viaje solo por acumular millas en su tarjeta de crédito. Inglaterra atacaba, Bélgica defendía. Espectaculares centros ingleses bombardeaban un minuto sí y otro también el área chica de los belgas. Hasta que -¿adivinan?- pues sí: gol belga. Un zapatazo que combinado con el espectacular estirón del portero inglés seguramente producirá una de las fotos más bellas del mundial. “Ícaro” podría ser el título. Y eso le bastó a los belagas para imponerse a la pérfida Albión. Como quien se mata un mosquito que le estaba chupando el cuello y sigue conversando. De miedo.
Del otro lado los panameños se fueron adelante en el marcador y por un ratico pudieron soñar con un regreso triunfal a Ciudad Panamá. Más apoteósico que si solo le hubieran marcado un heroico gol a los ingleses a cambio de los miserables seis que estos les propinaron. Pero no. Los tunecinos recordaron que llevaban unas cuantas vidas más jugando fútbol que los canaleros y les hicieron dos goles con los que justificarse ante la gente del barrio todo ese aspaviento de su gira por Rusia.

Un Mina de oro

Colombia necesitaba ganar su partido con Senegal si quería pasar a la siguiente ronda mientras que a los africanos les bastaba con un empate. O no. De lo que estoy seguro es que ganar le convenía a todo el mundo. Menos a Polonia que ya había sido eliminada. Así que los colombianos se tomaron en serio el asunto de ganar y los senegaleses, nadie sabe por qué, no tanto. Como si le hubieran dicho que el partido no contaba. Que solo era para recoger dinero para los niños de otro continente que no es el suyo. No obstante los colombianos veían, desconsolados, cómo se iba James en el primer tiempo lesionado y pensaron que a alguien se le había olvidado sacrificar el gallo que tocaba para ese juego. Que la suerte se les volvía a torcer. Y estuvieron a punto de cantarles un penaltis sobre el que el VAR recapacitó. Al parecer en el descanso alguien se dio cuenta del terrible olvido, descabezó el gallo y los colombianos salieron al terreno a comerse el mundo: en un corner el defensa Mina volvió a ponerse el traje de Supermán que tan bien le había quedado en el juego anterior y levitó por encima de los senegaleses para encajar de nuevo el balón en la portería contraria. Entre tanto los polacos recordaron de pronto que alguna vez habían estado en la élite del fútbol, en los días gloriosos de Lato y de Boniek y le anotaron un gol a los japoneses. Too Little, to late. Apenas sirvió para ayudar a clasificar en primer lugar a Colombia que eliminó a unos senegaleses que seguían sin inmutarse. Gracias a su victoria Colombia no solo clasificó sino que evitará –ahora lo sabemos- a la temible Bélgica para enfrentarse a los inventores del juego, esa eterna promesa que solo cumplió antes de yo nacer. Y eso es mucho tiempo. 

miércoles, 27 de junio de 2018

Nunca pases por debajo de un gato negro

Dos veces debieron suspirar los brasileños hoy. Primero cuando vieron caer eliminada a Alemania, la aplanadora que le propinó el 7 a 1 en el Mundial pasado. Y horas más tarde, cuando vieron a su equipo clasificarse para la siguiente ronda imponiéndose a la complicada Serbia  sin demasiado sufrimiento. Y eso en los últimos tiempos es mucho decir. Sobre todo porque fue la primera vez en el campeonato en que Brasil pareció un equipo y no la banda de Neymar y sus satélites. De hecho aunque Neymar jugó su mejor partido hasta el momento –y por “mejor” quiero decir que pasó más tiempo corriendo por el césped que acostado sobre él- destacó bastante más el juego de conjunto. Coutinho y su exquisito pase a Paulinho para el 1 a 0 y luego  el soberbio cabezazo de Thiago Silva para el 2 a 0. Y eso que el juego comenzó con una lesión de Marcelo que lo sacó del juego, algo que a un equipo medianamente supersticioso le haría pensar en lo peor. Y los brasileños no son medianos en nada, menos en supersticiones. Si no fuera porque se trata del Brasil post-Ronaldinho donde lo que impera es la irregularidad y el salto en el estómago podría decirse que Brasil acaba de proponer su candidatura a campeón.
Con la victoria de Brasil, Suiza -que a la misma hora jugaba contra Costa Rica- tenía con un empate para pasar a la siguiente ronda. Y eso fue lo que ocurrió pese a que Suiza se adelantó en el marcador un par de veces pero en ambas Costa Rica le dio caza. Primero con un cabezazo de Kendall Waston que se convirtió en el primer gol tico en el torneo. Y luego con el segundo penalti otorgado a los ticos en dos minutos (el primero anulado por el VAR). Este rebotó en el larguero y luego en la cabeza del portero hasta que por fin entró. Y toda Ticolandia celebró como si mañana su equipo no tuviera que tomar el avión de vuelta a San José. Porque la suerte es cosa seria.