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viernes, 18 de mayo de 2018

Cuba queer

El pasado martes participé en la presentación de la magnífica antología Cuba Queer editada por el estudioso Ernesto Fundora que reúne 27 obras teatrales en torno a la sensibilidad e identidad queer. Ahí va el penúltimo párrafo de mi presentación:

"Hoy, con una sociedad cubana razonablemente domesticada, cuando ya no se hace necesario utilizar la ecuación homosexual = contrarrevolucionario, se promueve la imagen del homosexual feliz. Un ser sin otro deseo que el de agradecer infinitamente la protección que le ofrece la hija de su antiguo represor. Sí, porque la hija del principal responsable de los campos de concentración de hace medio siglo es quien hoy monopoliza la voz del movimiento LGTBQ cubano. Especialmente delicada y compleja es la labor de los dramaturgos cubanos en medio de tanta “protección”. Conservar la esencia rebelde que define la condición queer, su resistencia a todo tipo de opresiones ya sean familiares, sociales o políticas, (como si no bastaran los demonios propios a la condición humana) ha sido una de las labores más arduas del actual teatro cubano, un esfuerzo que esta antología consigue reunir con brillantez"

viernes, 2 de febrero de 2018

Anna Veltfort, una mujer libre

Reproduzco acá la entrevista que le hice a Anna Veltfort para Hypermedia Magazine:
Adiós mi Habana, la novela gráfica que Anna Veltfort publicó en el 2017 con la Editorial Verbum funciona como una caja negra abierta 45 años después. La caja negra de una adolescente germano-norteamericana (Connie para sus amigos) que viajó en 1962 con su padrastro comunista y el resto de su familia para sumergirse en la entonces novedosa experiencia de la Revolución Cubana.
Es la caja negra de un viaje que duró diez años: la década que va de 1962 a 1972. Desde el año de la Crisis de los Misiles a los inicios del Quinquenio Gris. Un viaje fascinante en el que la adolescente Connie descubre, junto a la complejidad de la sociedad cubana de aquellos días, su propia sexualidad y es testigo excepcional de las diferentes campañas que contra los homosexuales y otros grupos considerados “antisociales” fue lanzando el Estado cubano. Desde la “Noche de las tres P’s” a las UMAP, desde las “depuraciones” de 1965 a la “parametración” de 1971.
No es la primera vez que Veltfort echa mano  a su experiencia cubana. En el 2007 estrenó su blog Archivo de Connie que constituye uno de los recuentos más amplios y accesibles de la saña con que el régimen cubano persiguió a cuanto elemento consideraba antisocial o indeseable desde su instauración. No obstante, en Adiós mi Habana Veltfort consigue conjugar la sistematicidad de su archivo con la calidez de la experiencia personal para acercarnos a esos años desde una cercanía y al mismo tiempo una distancia a la que muy pocos han tenido acceso. Esta entrevista es un intento de acceder al proceso de reconstrucción de esas memorias.
Adiós mi Habana es la historia de un encanto y un desencanto. ¿Qué fue lo que más te sedujo al llegar a La Habana? 
La desigualdad social, las injusticias raciales en los EE.UU., eran temas centrales en la ideología de la izquierda norteamericana en los años 50. Al llegar a Cuba, me encontré con una sociedad muy diferente, donde negro y blanco parecían tener el mismo estatus, con los mismos derechos y centralidad en la cultura. Atribuí esto a la Revolución. Así lo percibí cuando comencé mi vida en Cuba.
En los EE.UU. yo había vivido en una comunidad izquierdista bajo sitio, durante el Macartismo. Aquella comunidad de comunistas, ex comunistas, “fellow travelers”, y demás “rojos” no afiliados (siempre que no fueran trotskistas, considerados unos hijos de Satanás) mantuvieron una unidad, con su cultura propia incluso. Esa incluía escuchar música en vivo, en grupo, sea en manifestaciones como en conciertos o en casas particulares. Paul Robeson, el cantante negro, comunista, actor de teatro y activista político, era uno de los dioses culturales y políticos de mis padres y de todos con los que se reunían. Al casarse mi madre con Ted Veltfort, comunista norteamericano, en 1954, cuando yo tenía 9 años ese era mi mundo. Era el tiempo de Martin Luther King, de los “sit-ins” y de los “Freedom riders”. La música folclórica negra y blanca, el gospel, y el jazz, eran reverenciados y disfrutados. La conciencia sobre la injusta desigualdad que sufrían los negros, prácticamente definía identificarse como izquierdista. Claro, también contaba tener conciencia de la clase obrera, los sindicatos, las huelgas, etc. La tragedia humana de la historia de los negros en los EE.UU. se atribuía al capitalismo. En cambio, el socialismo supuestamente ofrecía la posibilidad de una sociedad justa, igualitaria entre las razas.
¿Hubo detalles que atribuiste en principio a la Revolución para luego descubrir que eran parte de una idiosincrasia anterior a ella?
Cuando llegué a Cuba en 1962, veía un trato aparentemente de absoluta igualdad, tanto en la calle como en mis clases del preuniversitario de El Vedado y luego en la Universidad y en el campo donde frecuentemente trabajé en la agricultura con mis compañeros de clases. Igualdad de gente buena, tanto negros como blancos, igualdad de HP, tanto negros como blancos… Atribuí este maravilloso avance social a la Revolución (al menos mi cabeza de niña de 16 años, aún con gafas de color rosa, lo asimiló así). Y la propaganda revolucionaria se manifestaba y se expresaba a través de la igualdad racial. Con el tiempo viví y me informé de realidades mucho más complejas, de prejuicios y hábitos racistas que nada tenían que ver con los dogmas revolucionarios. “Pelo bueno” y “pelo malo” no lo inventaron ni los imperialistas ni los revolucionarios. La cultura cubana no la inventó la Revolución. Eso no lo tenía claro en 1962.
El desencanto puede ser muy productivo e instructivo como demuestra el propio libro. ¿Puedes contarnos la evolución de ese desencanto que obviamente comienza con las historias que cuenta el libro pero —sospecho— se prolonga mucho más allá?
Cuando me fui de Cuba en 1972, fue con furia y dolor por la ruptura de mi relación personal. Pero políticamente, me aferré a las partes buenas de mi experiencia “revolucionaria”, la estancia en la Sierra Maestra en 1967 con gente que quería mucho, por ejemplo. Todavía creía realizables los ideales que se soñaban para mejorar el porvenir —educación para todos, medicina para todos, casa para todos, etc. Las partes horribles, la guerra contra los intelectuales y artistas, vivir la persecución de los homosexuales, la vigilancia e intromisión omnipresente del Estado en la vida íntima de todos, etc., los acepté al principio como males inevitables y que así funcionaba el mundo.
Cuando emprendí mi vida en Nueva York, a partir de 1972, mis ideas evolucionaron. No en una línea recta, a un paso continuo, sino por choques o eventos transformativos. Por la falta casi total de información entre Cuba y los EE.UU. en las décadas siguientes, dependí de mi amiga Marta Eugenia para mantenerme al tanto de lo que ocurría en Cuba, mediante cartas llevadas por viajeros, envíos que duraban meses en llegar, y ocasionales llamadas telefónicas. Era como mantener contacto con un planeta lejano. Conté con ella y demás amistades, primero en La Habana y luego en México, para seguir de lejos la historia de mi Cuba querida. Marta Eugenia llegó a desengañarse definitivamente, creo que a mediados de los 80, después de un largo romance político/idealista con las ilusiones sandinistas.
Cuando Gorbachov y la Perestroika parecían abrir las puertas a un futuro mejor, el régimen en La Habana se mostró más estalinista que nunca. Fue un marcador clave del desencanto. Cuando supe que en la Rumanía de Nicolae Ceaușescu, aliado de Cuba, uno de los “países hermanos”, fue declarado ilegal para los ciudadanos poseer máquinas de escribir sin permiso y había que matricularlas con la policía, que a las mujeres se les exigía tener hijos para el Estado como si fueran esclavas; cuando se cayó el muro de Berlín, y los países socialistas se desmoronaron; cuando el caso Ochoa; y cuando la matanza de 41 personas en el remolcador 13 de marzo, en 1994, en la Bahía de La Habana: todos esos eventos consolidaron el desencanto y al mirar para atrás, se les unieron las injusticias cometidas contra los intelectuales y los homosexuales durante los sesenta y después.
Nada de esto podía explicárselo a mis amistades y familiares izquierdistas norteamericanos. Los cubanos de la diáspora conocen este fenómeno mejor que yo. En la academia, en las comunidades izquierdistas y también en la derecha norteamericana, no entendían nada. No hubo modo. Cuba no era más que camisetas con la cara del Che, playas, ron, jineteras y tabaco.  Mientras, algunos en la extrema derecha estaban convencidos de que a los niños cubanos los mandaban a Rusia para enlatarlos como comida. Frustrada, me callé por décadas. Solo comentaba con mis amigas cubanas de los viejos tiempos. La llegada de la era digital, con sus blogs, con la sorprendente libertad y alcance para expresarse, cambió el panorama.
¿El tiempo te ha ayudado a “desnaturalizar” aquella represión contra los homosexuales o ya en aquellos momentos te parecía algo atroz?
La represión la percibimos entonces por la óptica de la época y su contexto histórico, no solo en Cuba sino en los EE.UU., donde ser homosexual era también todavía algo vergonzoso, embarazoso y privado. El concepto de “Gay Pride” no existía aún. Cuando visité a los EE.UU. en 1970, la irrupción ese año del Gay Liberation Movement todavía no tenía resonancia en Kansas, ni en el resto del país fuera de Nueva York y San Francisco. Y cuando llegué por primera vez a Cuba en 1962 no sabía ni de la existencia de la homosexualidad. Es más, no se usaba la palabra homofobia en ninguna parte (el término no fue inventado hasta 1971 por el psicólogo George Weinberg). Así, cuando en Cuba descubrí que era gay, no pude llenarme de indignación, ni pensar que se abusaba de mis derechos. No sabía que tenía derechos. No había con qué comparar.
No recuerdo que mis amigos gays cubanos tomaron como sorprendente el rechazo social y oficial, ni sorprendía que el Estado jugara un papel omnipresente en ese rechazo y descalificación. El Estado ya dictaba todo en la sociedad y en la vida de cada ciudadano. Así eran los años delirantes de la primera década de la Revolución. La vida no era ni remotamente “normal”. Era un poco como encontrarse en el país de las maravillas de Alicia, donde uno podía crecer o achicarse con el mordisco de una seta. Las leyes físicas del mundo “normal” no aplicaban. Nos acostumbramos a circunstancias extraordinarias en todas las esferas. Las UMAP sí nos indignaron. ¡Campos de trabajo forzado como en el gulag soviético, o el chino! ¿No fue un viaje a la China de Mao la inspiración para Raúl Castro crear las UMAP y barrer así a los “degenerados contrarrevolucionarios” de la “sana sociedad socialista”? Pero más que indignación, lo que sentíamos todos los días era miedo.
Al contemplar hoy la homofobia de aquellos tiempos en los EE.UU. y en la Cuba revolucionaria de 1960, por supuesto veo como atroz lo que pasó en la Isla. Fue llevado a cabo por un Estado autoritario, que se otorgó a sí mismo el derecho de juzgar la vida privada de todos, en especial un sector considerable de la población, el mundo intelectual y artístico. Ahora, en los EE.UU., cuando retorné, descubrí que ser gay seguía siendo pecaminoso, y vergonzoso fuera de los brotes de protesta en 1970 y después. Hay que recordar que antes de 1972 cuando murió, el jefe del FBI, J. Edgar Hoover (se supone que él mismo era gay), tenía poderes dictatoriales y condujo brutales cacerías de bruja contra los homosexuales en muchas esferas de la sociedad americana.  Salir del clóset no fue fácil hasta años más tarde. Pero el gobierno de los EE.UU. no puso a nadie en campos de concentración por ser gay.
Una pregunta que me imagino que te hayan hecho antes: ¿Por qué te decidiste a crear y publicar este libro tantos años después?
Cuando llegué de Cuba a NY, viví una pobreza dura. Tuve que aprender, a la edad de 27 años, cómo sobrevivir donde mi título universitario cubano no valía nada. Más bien era mejor ni mencionar que había vivido en Cuba, siendo americana, si quería encontrar trabajo. No tenía recursos ni tiempo para pensar en escribir un libro. La incomprensión de los norteamericanos y la imposibilidad que vi para hacer entender cómo era mi experiencia en aquel mundo de la Revolución Cubana, hizo que yo enterrara mis posesiones y memorias cubanas en las gavetas de mi apartamento en el Upper West Side de Manhattan. Me dediqué a vivir lo que me tocaba de vida neoyorquina. Trabajar, encontrar amor y amistad, familia, vivir con mi pareja Stacy, tener una hija, y disfrutar de las maravillas culturales de mi ciudad, Nueva York.
Solo fue en el 2004 o 2005 cuando un par de jóvenes académicas puertorriqueñas me contactaron para entrevistarme sobre un poema de Lourdes Casal, titulado “Para Anna Veltfort”, que decidí abrir esas gavetas y las memorias antiguas. Frescas todavía esas turbulencias en mi mente y en mi corazón, ocurrió entonces, en 2007, la “guerrita de los emilios”, donde por la TV cubana se pavonearon tres verdugos de la cultura en los años setenta —Luis Pavón, Papito Serguera, y Armando Quesada. A esos comisarios culturales del Estado, en el 2007, intentaron rehabilitarlos a los ojos del público cubano actual, dentro y fuera, con una campaña que pretendía borrar las historias de las persecuciones, la UMAP, y las vidas destrozadas… Monté en cólera, armé un blog, Archivo de Connie, decidida a presentar lo que yo poseía, que revela, en palabras oficialistas publicadas, mucho de lo ocurrido. Inicialmente no pretendí construir y mantener un archivo durante 10 años, ni con tantas entradas. Solo pensaba bloguear sobre aquel tema de la política homofóbica estatal. Fue algo orgánico que tomó vida propia. Así lo sentí.
A lo relatado hasta aquí se añade al hecho fortuito del crashfinanciero en el año 2008. Perdí entonces la mayoría de los clientes corporativos para quienes trabajaba. De pronto me encontré sin trabajo y con tiempo libre. Mi pareja, Stacy, me convenció de que era el momento de lanzarme a escribir el libro. Por suerte, ella estaba dispuesta y pudo cubrir nuestros gastos. Al fin, quizás podría explicar aquel mundo incomprensible a mi familia, a mis amistades, y a otros interesados. Esperé también compartir esas memorias dulces y amargas con cubanos de mi generación y jóvenes de hoy día. Como soy dibujante, no escritora, el medio de la novela gráfica me pareció una solución práctica y atractiva. Me costó hasta 2017, con algunas pausas por el camino, crear la versión definitiva que la Editorial Verbum publicó en Madrid.
Me pregunto si cuando coleccionabas todo ese material en Cuba como cuando te empeñaste en sacarlo de allá o en conservarlo a lo largo de tantos años ¿en qué pensabas exactamente? ¿Ya desde aquellos tiempos lo veías como lo que ahora es, una denuncia sobre el sistema para justificar la homofobia de Estado en Cuba o en principio fue mero impulso de coleccionista? 
Llevar conmigo mis materiales (libros, papeles, discos, afiches y demás) fue algo muy personal y emocional. No fue una decisión política. Cuando vivía en Cuba y cuando me fui, mis posesiones más queridas eran precisamente esos libros, discos, y papeles, etc. No tenía nada más. Una maleta vieja con tres mudas de ropa. Y debía trasladarme a un planeta diferente. Conocía los EE.UU., mayormente en California, durante años de la niñez y parte de la adolescencia, pero para nada como adulta en la Nueva York capitalista. Como era una extranjera en Cuba, con el poder de llevarme mucho más que una maleta, a diferencia de los cubanos que abandonaban el país con acaso una sola maleta permitida, pude y quise llevar conmigo lo que quedaba de mi vida cubana. Los papeles que trataban el tema de la persecución contra los homosexuales sí los preservé para hacer conocer en el mundo de afuera lo que en Cuba pasó y pasaba. Las UMAP, las vidas destrozadas. ¿Por qué? Porque en mi viaje al norte en 1970, no me fue posible comunicar aquello. Esperaba que mis papeles y revistas sirvieran de intérprete. Así pensaba cuando los llevé. Los había guardado porque sí tenía conciencia que esto era historia y yo era testigo.
En Nueva York, como nunca me mudé de casa, fue muy fácil, por la inercia misma, garantizar que esos materiales descansaran seguros e intactos hasta el 2007 cuando los comencé a presentar en la blogosfera cubana.
Otro elemento importante que figura en la historia de la colección del Archivo de Connie es que mi amiga Marta Eugenia subrepticiamente trasladó sus libros y papeles más preciados a mi domicilio en La Habana, para mezclarlos con los míos y así sacarlos del país también. Era parte de nuestro plan de fuga frustrado. Fui entonces no solo poseedora de mi colección sino responsable de la de Marta Eugenia. Una vez que ella se fue de Cuba al fin, en 1990, decidió que mejor me encargara yo de ambas colecciones. Se llenó de alegría cuando el Archivo de Connie nació, dando una segunda vida a esos tesoros y testimonios de la cultura y política cubana de los 60.
Hay quienes achacan las persecuciones contra los homosexuales por parte del Estado como reflejo y resultado de la tradicional homofobia cubana, mientras otros hablan de una instrumentalización totalitaria de bajas pasiones del vulgo con las que el Estado y su líder trataban de reforzar su poder (tal y como ocurrió en otras sociedades totalitarias). ¿Cuál de estas dos visiones te parece más acertada? Teniendo en cuenta que el poder cubano aceptaba la colaboración de conocidos homosexuales ¿Cabe hablar de una reacción atávica dirigida a los homosexuales o se trataba más bien de usar la homofobia como instrumento de intimidación contra toda la sociedad?
Estoy convencida que ambas cosas son ciertas. Prejuicios a nivel de la calle y la manipulación autoritaria por parte del Estado. Se sabía siempre, perfectamente, que Alfredo Guevara era homosexual, que Mirta Aguirre también, y unos cuantos más en las altas esferas. Pero comunistas de la élite política podían discretamente tener sus “desvíos”. Eso no fue todo: además de los prejuicios, y el desprecio del vulgo, fueron también los prejuicios personales y el odio personal de Che Guevara y los Castro hacia los homosexuales lo que dio combustible a las depuraciones y campañas de persecución.
Una de las cosas que llama la atención en Adiós mi Habana es el detalle con que recrea la arquitectura habanera, lo reconocibles que son los espacios que representas allí. Incluso una de mis estudiantes me dijo que creía que al triunfo de la Revolución Cuba era un país mucho más pobre y que gracias a tus dibujos descubrió que La Habana era una ciudad moderna y rica. ¿Qué importancia le diste a la recreación del ambiente?
Por un lado, sí fue deliberado e intencional mostrar la belleza especial de La Habana de entonces: el estado e integridad de los edificios y espacios públicos en esa década, en contraste con el trágico deterioro actual de la ciudad. Hace unos años, un amigo cubano me dijo que acababa de ver un documental donde se podía ver a La Habana en los sesenta y setenta en La Rampa: la gente en la calle bien vestida, las tiendas con vida. Y que eso le hizo entender lo que se había perdido durante las décadas de Revolución. Ese comentario me impresionó mucho y fue inspirador para mi empeño de mostrar el entorno arquitectónico de La Habana en los sesenta.
Por otro lado, también quise presentar lo más fielmente posible la arquitectura, por el amor e interés adquiridos en mis clases de apreciación de la arquitectura impartidas en la Escuela de Letras por el profesor argentino Roberto Segre, como parte de la carrera de Historia del Arte. Además de cursos sobre arquitectura europea, recibimos clases sobre la arquitectura de los grandes maestros cubanos de los años 50 y antes. Incluían visitas a edificaciones por toda La Habana. Con Adelaida de Juan, y con Yolanda Aguirre, recibimos clases sobre arquitectura colonial cubana. Todo esto me influyó, fue parte de mi vida, la experiencia que quise integrar al libro.
Pese al acoso y la persecución que sufriste en Cuba por ser homosexual, de alguna manera te protegió tu condición privilegiada de norteamericana de izquierdas con cierto nivel de protección oficial. Esta pregunta te la hago en nombre de otro de mis estudiantes: ¿Tenías idea de lo que pasaba con homosexuales menos protegidos, más pobres, en aquellos días? 
Yo estaba perfectamente consciente de la protección que me ofrecía mi condición de extranjera, sobre todo por ser miembro de la familia de un técnico extranjero, trabajando de profesor en la Universidad de La Habana. También estaba perfectamente consciente de lo que pasaba con homosexuales menos o nada protegidos. No vivía en una burbuja de extranjeros. Mi vida la llevaba entre cubanos, la mayoría hombres y mujeres gays. Cuando uno de mis amigos fue secuestrado para ser enviado a la UMAP lo supe al igual que los demás amigos de nuestro círculo. Viví el mismo miedo con mis amistades y amantes. Nos aterraban los mismos HP en la Escuela de Letras. Viví con un pie en el mundo de mis padres, ignorantes de lo que pasaba en el país, y el otro pie en un mundo paranoico, puramente cubano, en Centro Habana, en El Vedado y en el campo. Sabía que la diferencia entre mis amistades y yo era que en última instancia, yo podía irme del país sin que fuera un pecado mortal, o peligrosa la travesía, y ellos no. Era tema de conversaciones penosas. Aludí a ese hilo del tapiz en la página 213 de mi libro con la pregunta: “¿Cómo es posible que para ti, siendo cubana, sea inmoral marcharte del país y para mí, norteamericana, sea perfectamente lícito? ¿Cómo es que nacer aquí cambia la ética?”.
Otro de los hallazgos de Adiós mi Habana es la recreación de esa colonia de norteamericanos partidarios de la Revolución en Cuba (algunos de los cuales han tenido un papel decisivo en el montaje del sistema propagandístico del régimen cubano dentro o fuera de Cuba, como es el caso de Estela Bravo). ¿Cómo lidiaban con el contrasentido de vivir dentro de una revolución igualitaria como privilegiados? ¿Qué argumentos se inventaban para justificar que recibieran un tratamiento especial en un país en el que todo escaseaba?
Dar a conocer en mi libro a la colonia de norteamericanos en la Cuba de los sesenta y setenta fue muy deliberado. Creo que es una historia olvidada, desconocida por completo hoy en día, excepto por algunos pocos sobrevivientes dispersos por el mundo. ¿Cómo lidiaban ellos? Encantados de la vida. ¡Gozosamente! “¡Se lo merecían por ser especiales y solidarios!”. Ahora, aquí solo puedo hablar con certeza de la actitud de mis propios padres. Pasé muy poco tiempo con los demás, el menor tiempo posible. Mis relaciones con mis padres eran difíciles. Busqué pasar mi tiempo con mis amigas y amigos fuera de la casa. No discutía este tema, ni otros, con los demás norteamericanos de la colonia. Ninguno era gay, ni joven, ni amaba a Bola de Nieve. ¿Qué tendríamos en común para hablar? Mis padres nunca cuestionaban la contradicción de considerarse comunistas igualitarios y vivir ahora en una casa en Miramar, con una criada cubana, con tiendas especiales y un club social con mar y piscinas. Estaban deslumbrados por ser bien considerados, invitados a eventos con celebridades de la izquierda internacional. Mis padres se sentían importantes por primera vez en sus vidas. Vejados y perseguidos años anteriores por el gobierno en los EE.UU. por ser izquierdistas, ahora se habían ganado la lotería revolucionaria.
¿Qué significaba ser americana en la isla, justo en los años de mayor tensión entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba? ¿Cómo asimilaban los cubanos que te conocían tu condición de norteamericana? 
A todos los norteamericanos en Cuba, que yo sepa, menos los pocos que cayeron en desgracia por alguna infracción, los trataron, tanto las personas oficiales como la gente de a pie, con amabilidad, curiosidad, y la presunción de que estaban en Cuba en condición de “solidarios” amigos de la Revolución. Mi experiencia personal era que si me preguntaban en la calle si era rusa (la presunción más usual), yo decidía si tenía tiempo y ganas de conversar. Si tenía tiempo, contestaba que era norteamericana. Si estaba apurada o no tenía deseos de hablar, contestaba alemana. Eso se entendía como alemana de la RDA, la República Democrática Alemana, lo cual  resultaba en un “ah, sí” de quien preguntaba, y fin de conversación. Ser americana generalmente provocaba una sonrisa y curiosidad.
¿Sentías que el gobierno cubano te trataba mejor o peor que al resto de los cubanos por ser norteamericana?
Como hija de un “técnico”, me trataron con un cuidado extra que no daban al público cubano.  Es de suponer.
El viaje que hiciste para ver a tu familia en los Estados Unidos, luego de varios años viviendo en Cuba, resulta una revelación en el libro tanto para ti como para el lector. Algo así como si alguien que ha viajado supuestamente al futuro (Cuba) al regresar a su lugar de origen se da cuenta de que aquel futuro en realidad se ha quedado estancado en el pasado. ¿Eso fue lo que sentiste? 
Así precisamente me sentí. Cuba, se suponía, era el futuro y los EE.UU. el pasado. Pero cuando hice el viaje, el mundo se me puso de cabeza (en gran medida, nada fue simple). Y comenzó a formarse y fusionarse mi comprensión de que iba a tener que separarme de aquel mundo donde había encontrado tanta familia, tanta cultura rica y tanto amor, además de la experiencia extraordinaria de presenciar y vivir en medio de una revolución. Los años 60 no eran como los años grises de los 80, 90… Había ideales en qué creer y las decepciones futuras estaban todavía por venir.
¿Qué fue lo que más te chocó en ese viaje respecto a tu experiencia cubana?
Darme cuenta que uno podía caminar, correr por la calle, sin preocupación de ser vigilado. Vi maravillada a las mujeres del Gay Liberation Front caminar con todo derecho, por las calles de Manhattan, darse un beso sin que nadie se las llevara presas. ¡Qué maravilla! Libertad individual a la vista. Fue tremendo choque.
Tu partida final de Cuba fue un proceso doloroso y al mismo tiempo liberador. ¿Fue muy difícil readaptarte al mundo exterior? 
Fue muy difícil. Mi primer invierno lo pasé con lágrimas en los ojos. Resistir el frío, saber qué tipo de ropa necesitaba y cual podía comprar con poquísimo dinero era duro. Encontrar trabajo, crear amistades, abrir vida en un mundo completamente ajeno hasta ahora, fue muy difícil. Mi familia vivía en un pueblo al norte de la ciudad, y los podía visitar, pero en la ciudad estaba sola.
¿Contabas la historia de lo que habías pasado en Cuba? ¿Cuáles eran las reacciones más frecuentes que encontrabas?
La gente que iba conociendo reaccionaba a la noticia de que yo venía de vivir 10 años en Cuba según sus simpatías políticas. Las preguntas eran tan abismalmente ignorantes que evité hablar más de lo necesario de Cuba. Mi colección de música cubana fue lo único que pude compartir con amigos y amigas nuevas, especialmente cubanos y puertorriqueños en Nueva York.
¿Has recibido reacciones de lectores no cubanos? ¿Qué te han dicho? 
He recibido muy buenas reacciones de lectores españoles. Pero aquí en los EE.UU., como está escrito en español, mi familia y amistades norteamericanos lo asimilan más bien como un libro de dibujos interesantes. Las pocas amistades norteamericanas que leen en español sí han recibido el libro con simpatía, aunque sin poder seguir los hilos, solo reconocibles para los que vivieron esa época en Cuba.
¿Hay editoriales interesadas en traducir tu libro?
Estoy trabajando ahora en una versión en inglés. Espero poder encontrar un editorial que lo publique. Es mi próximo proyecto.
¿Qué te parece la situación actual de los homosexuales en Cuba? 
No puedo comentar sobre la situación actual de los homosexuales en Cuba a partir de experiencias propias. Las amistades que me quedan allá y que me escriben, son “senior citizens” de la “tercera edad”. No siguen de cerca las vidas de los jóvenes. Solo conozco lo que leo en la prensa de la diáspora y lo que sale de la isla ocasionalmente en la prensa oficialista y en la prensa independiente. Podemos suponer que ser gay en Cuba no es una calamidad tan drástica ahora como fue en los sesenta, al menos en La Habana. No tengo idea de si se ha avanzado algo en el campo, en las pequeñas ciudades. Me sorprendería. Quiero creer al menos que lo que ocurre en Chechenia no ocurre en Cuba.
¿Qué te parece que quien administre la lucha contra la homofobia en Cuba sea precisamente Mariela Castro, hija del encargado de implantar las UMAP?
Especulo, no presumo saber, que Mariela Castro pertenece a un ala relativamente liberal de la élite política, en contraste con los “talibanes” duros, los ultra-conservadores. Estos últimos, pienso yo, estarían encantados en vernos a la gente gay, allá, acá, y dondequiera, quemarse en una hoguera, como se piensa en unas cuantas partes del mundo, hoy en día.
Me alegra que Mariela defienda a los gays en Cuba, si eso alivia en algo los pesares de ellos en cualquier medida. ¿Pero serán honestos sus motivos? Creo que Mariela representa una cara benigna, femenina, que enmascara a un régimen militar hostil, y su misión es borrar la memoria del pasado mediante conferencias en el extranjero, con su participación en eventos donde niega que el Estado cubano fue responsable del sufrimiento de miles en las UMAP y de las depuraciones en todo el país. Si Mariela tuviera la valentía y la humildad de pedir perdón por los pecados de su padre y de su tío, se podría creer en su sinceridad al asumir la bandera de defensora de la gente gay en Cuba. Ilusiones no tengo.
¿Qué has sacado en limpio de tu experiencia cubana? ¿En qué medida Adiós mi Habana te ayudó a arreglar cuentas con esa experiencia? 
Un tema poco tocado sobre el libro es cómo refleja mis relaciones con mi madre y padrastro. Escribir este libro ha sido un arreglo de cuentas personales que jamás pude tener cara a cara con ellos. Estoy infinitamente agradecida por haber tenido la oportunidad, aunque en circunstancias más que bizarre, de vivir en la bella Habana, por haber tenido mis amistades y amores en Cuba, por recibir allí una educación sólida, y por haber presenciado y vivido una parte única de la historia. El libro fue una especie de homenaje que quise rendir. Los horrores sufridos hablan por sí mismos. Por eso, allí están en el libro.
¿Y políticamente? Mi experiencia cubana me enseñó que no era comunista, según el plan familiar, sino un individuo liberal, amante de la libertad individual, además de la libertad de los pueblos, y enemiga de las tantas tiranías y tendencias fascistoides que sufre la humanidad. Como dijo Carla Bruni de sí misma al País Semanal en Madrid, “No soy una rebelde, solo una mujer libre”.

martes, 17 de octubre de 2017

El realismo, socialista y en cuadritos

Por Enrique Del Risco

Las experiencias de una chica germano-americana en una década de vida en Cuba es la materia con la que estaba fabricada la novela gráfica Adiós mi Habana de Anna Velfort. Ya eso bastaría para resultarles interesante a los cazadores de curiosidades etnológicas. Pero lo es mucho más si se precisa que la década en cuestión es la que va desde el año 1962 al 72. O que la chica acompaña a su padrastro norteamericano y a su madre alemana, comunistas convencidos que viajan a Cuba para incorporarse a la última encarnación de la Revolución Mundial. O que la protagonista fue testigo única de aquella pequeña, privilegiada (pero no menos vigilada) sociedad de compañeros de viaje venidos del extranjero en acto de solidaridad revolucionaria. Pero el descubrimiento de la protagonista de su propia homosexualidad convierte Adiós mi Habana en documento excepcional. En historia de cómo funcionó en aquellos años fundadores de todo lo que vendría después el mecanismo de vigilancia y represión a los homosexuales cubanos a lo largo del sistema educativo y laboral cubano: desde menos de un año de la proclamación del carácter socialista del régimen hasta entrado ya en el llamado Quinquenio Gris.
Sin muchas más pretensiones aparentes que las de contar su experiencia vital durante lo que suelen calificar como uno de los acontecimientos más importantes del pasado siglo Veltfort consigue un relato fascinante. Sobre todo si se lo compara con la mayoría de los novelistas que han entrado en dicho período a la caza de esa ballena blanca que es la novela de la Revolución Cubana. Con el más sencillo y directo de los estilos que se limita a seguir las peripecias de la protagonista Veltfort rescata una historia reveladora en su propia elementalidad. La protagonista verá el descubrimiento de su sexualidad convertido en pesadilla y sus romances cubanos en razón de Estado. A todo esto se añade tanto detallismo gráfico documental y narrativo (vale recordar que su autora es también la del blog El Archivo de Connie) que lo convierte en un documento de primera mano de aquellos años tan convulsos como edulcorados por sus cronistas. Allí la ya mitológica noche de las tres Pes con su apresamiento multitudinario de “prostitutas, pájaros y proxenetas” tiene fecha precisa: el 11 de octubre de 1962, apenas tres días antes del inicio de la llamada Crisis de los Misiles. Allí aprendemos que la famosa Operación Hippie con el que recogieron buena parte de los jóvenes habaneros aficionados al rock ocurrió el 25 de septiembre de 1968, días antes de que Fidel Castro proclamara en el octavo aniversario de los CDR que “en nuestra capital […] dio por presentarse un cierto ‘fenomenito’ entre grupos de jovenzuelos[…] influidos entre otras cosas por la propaganda imperialista, que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas”.

Llama la atención la frescura con que está contado el relato. La ingenuidad que le evita contaminar al personaje de aquellos días con la experiencia adquirida posteriormente. Más bien ocurre lo contrario. La ingenuidad juvenil parece contagiar el epílogo donde la autora se pregunta por qué fue objeto de una persecución tan enconada por parte de las autoridades “¿Por qué tanta atención sobre una estudiante extranjera sin importancia […]?” para terminar achacando tal encono a las maquinaciones de una conocida. Como si después de diseccionarlo con tal detalle se le escapara una enseñanza elemental de un sistema como el cubano: la de que allí, al igual que con la Cosa Nostra, no hay nada personal. Que la esencia misma de un sistema como aquel consiste en no subestimar nada. En dedicarle la máxima atención a seres mucho más insignificantes que una estudiante extranjera. En cambio y aunque no lo diga directamente queda claro que si bien el castrismo no inventó la homofobia sí puede atribuirse el copyright de su instrumentalización política en la historia cubana. La vieja homofobia que estimulada e ideologizada sirvió no solo para controlar a los homosexuales cubanos sino mantener a toda la población en el trance totalitario de exigir y dar cuentas de lo más íntima de sí. Y de dicha estatalización de lo íntimo emanó buena parte de su control sobre toda la sociedad. Adiós mi Habana es, en fin, un libro muy recomendable. Sobre todo si se trata de hacerle un regalo de cumpleaños a Mariela Castro, tan desinformada, la pobre. 

martes, 13 de junio de 2017

Lo que hay que ver

MPPD o lo que hay que ver. Un documental de HBO dedicado "the efforts of Mariela Castro, daughter of President Raúl Castro, as she champions LGBT social reforms and acceptance of diversity". El próximo documental será sobre los esfuerzos de una nieta de Hernán Cortés por preservar la cultura azteca... y el buen nombre de su abuelo.



Con el mismo entusiasmo que cuando se convocaba a esto:



viernes, 26 de mayo de 2017

Comunismo y homofobia


La semana pasada daba una charla en Carleton College, Minnesota, sobre la presencia de Cuba en el imaginario norteamericano en los últimos años, su inexplicable prestigio. Hablé, entre otros temas, sobre cómo se estableció la homofobia de Estado a inicios de los años sesenta y cómo a partir de los noventa ese mismo estado se ha apropiado del discurso antihomofóbico. Entre las preguntas que me hicieron los estudiantes la más profunda era al mismo tiempo la más elemental. ¿Por qué los homosexuales? La pregunta, imagino, presuponía otras. ¿Acaso la Revolución Cubana no se suponía progresista? ¿Acaso no había surgido para emancipar a los débiles frente a los poderosos? ¿Por qué en lugar de defender los derechos de los homosexuales como mismo se había propuesto con las mujeres o los negros había elegido a los homosexuales como enemigos? ¿No es el comunismo un movimiento de izquierda y los derechos de los homosexuales no son hoy parte de las agendas de los movimientos de izquierda en todo el mundo? Creí entender que le era difícil asumir que "gente de izquierda" pensara, "al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha" al decir del novelista chileno Roberto Bolaño. Quizás sobreentendí demasiado. Pero sobreentender no es pecado si exige de uno respuestas más completas.

Es cierto que el castrismo no inventó la homofobia cubana pero también es cierto que el comunismo institucionalizó la homofobia nacional hasta un punto desconocido hasta entonces. Y así ocurrió no solo en Cuba sino donde quiera que se asentara un gobierno comunista, al margen de las diferencias culturales locales. Son varios (entre ellos el poeta HebertoPadilla) los que recuerdan la preocupación de los principales dirigentes de la revolución (Fidel Castro, Raúl Castro, Ramiro Valdés) al viajar a otros países del bloque comunista. Allí donde fueran se asombraban de no encontrar homosexuales y de inmediato preguntaban cómo habían podido “resolver” el “problema”. Entonces los anfitriones chinos, búlgaros o rusos enumeraban sus soluciones locales: desde el asesinato en masa al encierro preventivo o la creación de rechazo condicionado electricidad mediante.

Que la homofobia de Estado no fue una particularidad del comunismo cubano lo confirma el artículo 121 del código penal soviético mediante el cual la homosexualidad se castigaba con cinco años de prisión o la famosa declaración de Máximo Gorky de que “Destrúyase la homosexualidad y el fascismo desaparecerá”. La utilidad de la homofobia como instrumento de coacción hacia toda la sociedad debió ser un elemento principal a la hora de escoger a los homosexuales como enemigos. Bajo la acusación de homosexualidad se pretendía arrinconar no solo a ciertas preferencias sexuales sino a todo tipo de conductas que se consideraban inconvenientes a la hora “crear” la “nueva sociedad”. En un editorial de la revista de los jóvenes comunistas cubanos en junio de 1965 al explicar una campaña para la expulsión masiva de “contrarrevolucionarios y homosexuales” de todos los centros de enseñanza media del país se advertía: “Algunos pretenden, en su afán de frenar el proceso de Depuración por lo que les toca de cerca, el dividirlo en dos procesos distintos: el de los contrarrevolucionarios y el de los homosexuales. Nosotros decimos que la Depuración es una sola, que tan nociva es la influencia y la actividad de unos como de los otros en la formación del profesional revolucionario del futuro. Es una actitud […] lo que estamos analizando”. El esfuerzo por asociar conducta política y social, buscaba excluir a todos “los que continúen por el camino de anteponer sus placeres, sus desviaciones, sus intereses a los intereses de la Revolución”. Se parte del principio de que todo el que no priorizara los intereses de la Revolución era un contrarrevolucionario en potencia para excluirlo de la vida social primero e internarlo más tarde bajo la acusación genérica de vagancia, de actitud antisocial.

“Claro que no chocan contra la Revolución como sistema,―decía Fidel Castro en un conocido discurso de 1963― pero chocan contra la ley, y de carambola se vuelven contrarrevolucionarios.  Porque en la Revolución ven la ley, y ven el orden, son contrarrevolucionarios, y lo que son unos...  Bueno, lo que son todos los contrarrevolucionarios. Porque son unos descarados, tan descarados como todos los contrarrevolucionarios [porque] la contrarrevolución aglutina a lo peor, desde el burgués hasta el mariguanero, desde el esbirro hasta el ratero, desde el dueño de central hasta el vago profesional, el vicioso; y todo ese elemento se junta para dar batalla a la ley, y a la Revolución, a la sociedad, para vivir de vagos, para estorbar”.

El juicio en 1964 contra un supuesto delator de estudiantes asesinados durante la dictadura de Batista se convirtió en un auto de fe homofóbica. En dicho juicio la descripción de la manera de vestir el acusado se usó como prueba de convicción dejándose entrever que la propia delación fue la manera en que el acusado intentó vengarse de supuestas burlas sobre su condición homosexual por parte de las víctimas. Un año más tarde uno de los dirigentes de la Revolución se preguntaba en un discurso: “¿Cómo vamos a tolerar nosotros a gente extraña, a tipos de actitud rara, que igual lo vimos un día en la Plaza Cadenas para un día conocerlo como traidores?” Para de inmediato asociar apariencia “homosexual” con traición: “ Porque esta gente responde al mismo aspecto que el de Marcos Rodríguez”. Y a continuación amenazaba: “O cambian y actúan como hombres y como mujeres, o no pueden ser nuestros compañeros ni tampoco tienen derecho a estudiar con el sudor de los trabajadores”.


De manera que puede verse la homofobia de Estado en los regímenes comunistas como una manera de poner a la defensiva a toda la sociedad y en especial a la intelectualidad. De disciplinarla en la obediencia ciega a sus directrices. Eso en el sentido negativo, instrumental de la homofobia. Pero también había un sentido “positivo”, ese que tenía que ver con la concepción de la nueva sociedad y del “hombre nuevo”. Como dije en Carleton College el marxismo surgió en un ambiente positivista y darwiniano, “en medio del más árido y presuntuoso dominio del intelecto, de un sabihondo imperio de profesores, carente de fantasía y amor” al decir del escritor Hermann Hesse. Tanto en los regímenes comunistas en general como en la Revolución cubana en específico se veía la homosexualidad como “subproducto del capitalismo”, consecuencia de la degeneración de la sociedad burguesa, sobre todo de la vida en las ciudades. Diría Fidel Castro en el discurso ya citado:

Hay unas cuantas teorías, yo no soy científico, no soy un técnico en esa materia, pero sí observé siempre una cosa: que el campo no daba ese subproducto.  Siempre observé eso, y siempre lo tengo muy presente. Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente, mucho de ambiente y de reblandecimiento en ese problema.
Ante la concepción plana y unidireccional del “hombre nuevo” se veía a la homosexualidad y a la exuberancia asociada con ella como un desafío. La defensa de la diversidad asociada hoy con las agendas de izquierda fue ajena a los regímenes comunistas. Su idea de defensa de las minorías pasaba por la uniformización de estas. Como cualquier cartel de la Tercera Internacional su aparente defensa de la diversidad humana pasaba por la uniformidad del gesto. No es extraño que el movimiento de emancipación gay en los países capitalistas fuera reflejado en la prensa comunista como una muestra más de la corrupción del mundo burgués.


Por mucho que se insista en la homofobia de Estado en el comunismo como resultado de la homofobia tradicional debe tenerse en cuenta la persistente aspiración a la pureza de la ideología comunista. Una pureza que pretendía supeditar todo interés humano a la construcción de una sociedad que lo redimiría de una vez y por todas. Y ante tan alta aspiración cualquier otra parecería despreciable, criminal. No es extraño que estos implacables aplicadores de las leyes de la Historia vieran en la homosexualidad algo más que una opción sexual. En la árida concepción comunista de la pureza -como para cualquier otra variante de utopía puritana- el homosexual era un símbolo de su batalla espiritual y física contra enemigos más peligrosos: la frivolidad, la belleza, la poesía. Hesse, escritor y homosexual, parecería estar refiriéndose a sus inclinaciones sexuales cuando se refirió a las relaciones entre comunismo y poesía:

El comunismo tiene muy poco de poético; ya era así en tiempos de Marx y ahora lo es todavía más. El comunismo, como toda gran ola de poder material, llegará a constituir un serio peligro para la poesía; tendrá poco sentido de la calidad y, con paso tranquilo, aplastará gran número de cosas hermosas sin lamentarlo siquiera. Traerá consigo grandes cambios y un nuevo orden, hasta que esté edificada la nueva casa para esa nueva sociedad, por doquier abundarán los escombros, y nosotros, los artistas, nos veremos desplazados si tenemos que hacer de peones. La gente aún se reirá más de nosotros y de nuestras rebuscadas preocupaciones, tomándonos todavía menos en serio que en tiempos de la burguesía.

Nota: Debo agradecer el haber contado para este post con el formidable Archivo de Connie.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Aniversario

Hoy, me recuerda mi amigo Ernesto Fumero se cumple medio siglo de un discurso de Fidel Castro que marcaría la política de represión social de la llamada (científicamente) Revolución Cubana. Cada 13 de marzo, el discurso de la conmemoración del fallido asalto al Palacio Presidencial por el Directorio Revolucionario (aunque la mayoría de los asaltantes provenían del “autenticismo” algo que se borró de la historia oficial) era destinado a abordar los "problemas internos" del país. El año anterior había sido aprovechado para lanzar un ataque contra las ORI y el de 1968 para impulsar la Ofensiva Revolucionaria con la que destruyeron los residuos de economía privada que quedaba en el país. El discurso de 1963 fue respecto a las llamadas “indisciplinas sociales” (desde la delincuencia común y la “vagancia”, hasta los grupos religiosos fuera de su estricto control, los jóvenes que escuchaban música occidental y los homosexuales) lo que las “Palabras a los intelectuales” de 1961 al campo de la cultura: nunca antes ni después Fidel Castro habló tan claro de esos temas y las ideas que sustentaba se convirtieron en la norma con la que los “verdaderos revolucionarios” han enfrentado estos temas por décadas. Entre los procesos que pueden atribuir su inspiración a este discurso están las UMAP, la ley contra la vagancia, la ley de peligrosidad social, la demolición total del sistema jurídico republicano y la aplicación entusiasta de la pena de muerte a delitos comunes.


Sobre los homosexuales y rockeros (por el modo en que se refiere a ellos evidentemente para él se trata de la misma cosa):

Entonces, mucha de esa gente están en esos sitios:  en los billares, en las esquinas, en los bares; quedan muchas cosas.  Pero hay que estudiarlas, hay que estudiarlas.  Lo importante es el principio, el principio de que no podemos permitirles aspirar a vagos.(DEL PUBLICO LE DICEN:  “¡Los flojos de pierna, Fidel!”, “¡los homosexuales!”) ¡Un momento!  Es que ustedes no me han dejado completar la idea (RISAS Y APLAUSOS).  Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos (RISAS); algunos de ellos con una guitarrita en actitudes “elvispreslianas”, y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre.
Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución.  Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones (APLAUSOS).  La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones. ¿Jovencitos aspirantes a eso?  ¡No!  “Arbol que creció torcido...”, ya el remedio no es tan fácil.  No voy a decir que vayamos a aplicar medidas drásticas contra esos árboles torcidos, pero jovencitos aspirantes, ¡no! 


Fundamento “teórico” de las UMAP como método para "enderezar" las "desviaciones" sociales y sexuales: 

Hay unas cuantas teorías, yo no soy científico, no soy un técnico en esa materia (RISAS), pero sí observé siempre una cosa:  que el campo no daba ese subproducto.  Siempre observé eso, y siempre lo tengo muy presente.
Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente, mucho de ambiente y de reblandecimiento en ese problema.  Pero todos son parientes:  el lumpencito, el vago, el elvispresliano, el “pitusa” (RISAS). ¿Y qué opinan ustedes, compañeros y compañeras?  ¿Qué opina nuestra juventud fuerte, entusiasta, enérgica, optimista, que lucha por un porvenir, dispuesta a trabajar por ese porvenir y a morir por ese porvenir?  ¿Qué opina de todas esas lacras?  (EXCLAMACIONES.) Entonces, consideramos que nuestra agricultura necesita brazos (EXCLAMACIONES DE:  “¡Sí!”); y que esa gusanera lumpeniana, y la otra gusanera, no confundan La Habana con Miami.  Parece que no han adquirido conciencia clara del país que están viviendo, y parece que pretenden ignorar que el proletariado tiene la mano dura, porque trabaja duro, con hierros.  Y el proletariado tiene la mano dura cuando hay que tenerla.  Serenamente sabe tener su mano dura cuando hay que tenerla, sin extremismos.  Somos enemigos de los extremismos, somos enemigos de los métodos incorrectos, somos enemigos de la chapucería; pero eso no quiere decir que la Revolución no tenga la mano dura y que nuestros trabajadores no tengan la mano dura, porque nuestros trabajadores saben que el enemigo imperialista la tenía dura, y muy dura. 

Sobre los delitos comunes, el sistema penal y la aplicación de la pena de muerte:

Mientras puedan salir a la calle con una fiancita de 100 pesos, esos negocios organizados, porque ellos tienen su red de distribución y de comercialización de los productos que obtienen con el robo, no les cuesta ningún trabajo obtener los 100 o los 200 pesos a los ladrones.  A veces emplean niños, lo cual es peor, emplean menores de edad para penetrar en las casas y abrirlas.  Resultado:  la necesidad de tomar medidas severas.  En primer lugar exclusión de fianza (APLAUSOS); pero eso no es suficiente, quien roba en un domicilio donde se encuentra una familia, es decir que robe con el peligro para la familia de ser víctima de la agresión física, es decir robo con violencia en el domicilio y en las personas, pena capital (APLAUSOS PROLONGADOS).  Quien robe haciéndose pasar por un agente de la autoridad, pena capital (APLAUSOS); y quien robe empleando menores de edad, con tanta más razón pena capital (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, paredón para el ladrón!”). 

El delincuente como plaga:

Nosotros sabemos, nosotros sabemos que el delincuente es un producto de la sociedad, que el delincuente es un producto de esa sociedad abolida; pero no por eso podemos dejar de tomar medidas para proteger a las familias, para proteger a la sociedad de ellos, para proteger al pueblo de sus actividades.  No podemos dejar de tomar medidas drásticas, porque de otra manera quedaría la sociedad expuesta al libre albedrío de estos elementos antisociales.  Y hay que combatirlo como se combate una enfermedad, como se combate una plaga, como se combate una epidemia. 

Sobre “vagos” y “parásitos”:

Que la Revolución no tiene ninguna obligación de tolerar vagos, no tiene ninguna obligación de tolerar parásitos; la Revolución sostiene al joven, al enfermo, al inválido, al viejo, todo para ellos; son los únicos que tienen derecho a vivir del trabajo de los demás:  los niños, los enfermos, los inválidos y los ancianos.  ¿Pero vagos, vagos viviendo de los demás?  (EXCLAMACIONES DE:  “¡No!”)  ¿Por qué?  ¿Creen acaso que nuestro proletariado va a estar dispuesto a romperse la vida trabajando en nuestras fábricas y en nuestros campos produciendo para ellos?  ¿Qué derecho tienen?  ¡Ningún derecho!  Y que se despabilen, y que anden derecho, y que sepan que aquí tienen que trabajar para vivir (APLAUSOS) Claro, por ahí anda un espécimen, otro subproducto que nosotros debemos de combatir.  Es ese joven que tiene 16, 17, 15 años, y ni estudia, ni trabaja; entonces, andan de lumpen, en esquinas, en bares, van a algunos teatros, y se toman algunas libertades y realizan algunos libertinajes.  Un joven que ni trabaje, ni estudie, ¿qué piensa de la vida?  ¿Piensa vivir de parásito?  ¿Piensa vivir de vago?  ¿Piensa vivir de los demás?  Si los imperialistas no los reciben allá en su “mundo libre”, que se preparen también a trabajar (APLAUSOS). 

Sobre la condición política, “contrarrevolucionaria” de la “indisciplina social”:

Porque, señores, no se olviden de esto, sobre todo ustedes, jóvenes; no se olviden de esto, ténganlo siempre presente:  que al igual que la Revolución une lo mejor, lo más firme, lo más entusiasta, lo más valioso; la contrarrevolución aglutina a lo peor, desde el burgués hasta el mariguanero, desde el esbirro hasta el ratero, desde el dueño de central hasta el vago profesional, el vicioso; y todo ese elemento se junta para dar batalla a la ley, y a la Revolución, a la sociedad, para vivir de vagos, para estorbar.  Todo, lo peor, se junta.  No lo olviden nunca, no lo olviden nunca. 

Sobre los grupos religiosos:     

Predican que la bandera no debe jurarse, y les dicen a los padres:  “no mandes a los niños a las escuelas el viernes para que no juren la bandera”.  ¿Y es que nuestra patria —patria que ha tenido que luchar tanto por su independencia y por su bandera, patria que ha dejado tantos héroes en el camino, patria que por su destino ha dado la vida de tantos jóvenes, de tantos trabajadores, de tantos campesinos, de tantos hombres y mujeres dignos— puede tolerar que nadie predique esa irreverencia contra la patria, esa irreverencia contra la bandera? (EXCLAMACIONES DE:  “¡Paredón, paredón!”)
¡Y a esos enemigos hay que desenmascararlos ante las masas, hay que ponerlos en evidencia ante las masas!  Y las masas proletarias, y las masas campesinas, y los estudiantes, y los trabajadores intelectuales, que han tenido la oportunidad de adquirir una mayor cultura, una actitud más científica, deben combatir la mentira, la superstición, la superchería y, por encima de todo, la farsa contrarrevolucionaria que pretende ocultarse bajo el velo del sentimiento religioso.  Porque son enemigos de la Revolución, son enemigos del proletariado, son enemigos de los campesinos, son enemigos de la patria y son instrumentos de los imperialistas. Y nuestro pueblo los conoce bien, sobre todo en los campos, a esos pseudo-religiosos.  Y, como dice un compañero, son conocidos uno de esos grupos con el nombre de los batiblancos por nuestros campesinos y nuestros milicianos —batiblancos con “B”—, porque han aparecido en muchos de esos sitios. Y son tres, principalmente, esas sectas, los principales instrumentos hoy del imperialismo, y son:  los testigos de Jehová (ABUCHEOS), el bando evangélico de Gedeón (ABUCHEOS)  y la Iglesia Pentecostal (ABUCHEOS). 

sábado, 16 de febrero de 2013

Calentando el brazo

El escritor uruguayo-cubano-cara-de-guante Daniel Chavarría declaró esta semana que en Cuba nunca se había perseguido a los homosexuales. Lo dijo como quien no quiere la cosa, en un evento paralelo a la feria del libro. Como quien calienta el brazo en el bullpen antes de entrar al juego real. Pero por ahí se empieza. A ver si te la dejan pasar porque entonces, comprobado el grado de impunidad a que puedes llegar te vas entusiasmando y decir por ejemplo:

-En Cuba nunca se ha fusilado a nadie.
-En Cuba no se ha metido a nadie preso por razones políticas.
-En Cuba nunca se ha pasado hambre.
-Las UMAP nunca existieron.
(O variante b): La creación de las UMAP fue un plan de la CIA para inculpar a la Revolución Cubana pero por suerte nuestros dirigentes lo descubrieron y desarticularon a tiempo.
-En Cuba nunca se persiguió a los católicos. Si en principio no se dio más protagonismo a la Iglesia es porque el pueblo todavía no estaba preparado para asimilar las complejas enseñanzas cristianas
-Cuba nunca estuvo supeditada a la Unión Soviética. Tratábamos a los soviéticos con respeto pero siempre actuamos con absoluta independencia. A veces nos daban lástima y los tratábamos de ayudar hasta que no pudimos más.
-En Cuba no se le ha prohibido a nadie salir del país, es que los cubanos son así aferrados a su terruño.
-A Eliancito la mafia de Miami lo fue a secuestrar a Cárdenas y fue rescatado por los Cincon Héroes que por esa razón sufren ahora en las cárceles norteamericanas.
-En Cuba no hay censuras ni autocensura sólo incapacidad de representar un mundo tan perfecto.
-Los balseros se iban de Cuba por ansias de aventuras marítimas.
-Los diez millones fueron pero a los cubanos no les gusta alardear.
-El Período Especial no fue una crisis sino una batalla decisiva y triunfante contra el colesterol.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LGBT Communities in Cuba, XXI Century


Como ya anuncié en el post anterior incluyo a continuación el texto leido por la profesora y poeta Mabel Cuesta en el evento “LGTB lives in Contemporary Cuba” celebrado el pasado sábado. El texto parte de una pregunta que por elemental nunca está de más formular: ¿Cómo es posible que sea la descendencia directa de las instituciones y dirigentes que han concebido y dirigido la homofobia de Estado en Cuba los que hoy asuman la representación y la voz de la comunidad LGTB?  


LGBT Communities in Cuba, XXI Century
Mabel Cuesta       

In my article, “Other Islanders on Lesbos: A Retrospective Look at the History of Lesbians in Cuba” that appeared in “Our Caribbean: A Gathering of Lesbian and Gay Writing from the Antilles” (Duke, 2008), I insisted on re-creating the intimate life of a female couple living in a province at the beginning of the current century.
          Being a believer, as I am, that whatever is private becomes public, and that such has a definite impact on society, I argued  that something has changed in that Cuba where I was a lesbian as a young adult. A positive change, I thought. Even when, at the same time, I was confronting in my article the revolutionary era and the way the gay community was mistreated in the seventies and the eighties, I was able to foresee an emerging possibility: a twenty century Cuba where the only participants in marginalizing minorities were those in power.
          This, of course, was bad news, given that power generates 100% of  visible discourses. But I have always had faith in that which slips secretly through the cracks. In the Cuban case, this becomes one more form of response to a political discourse that has always leaned toward the masculinization of the nation.
        Such masculinization has been reinforced by the images of the leaders or the fact that children, every morning for the first ten years of their schooling, chant their aspiration to be like another great leader praised for his masculine attributes, his power of seduction, his daring and his beauty: the overrated Ché Guevara.
             I said then: you have to understand that the hour of over-saturation of these manly fetishes has arrived. Along with the crisis of power, a crisis about the meaning of masculinity has slowly developed. For a good proportion of the male heterosexual population, their opinion has shifted to believe that women who love women or men who love men are no longer sick  or represent obscene aberrations in any society. However, the statistics on violence, homosexuality, transvestism, transsexuality, workplace discrimination against LGBT subjects, racism, and many other things that  a “revolutionary” society finds unpleasant, have been placed firmly out of sight.
         All Cuban and foreign researchers who have taken on the task of examining such data have met with prohibitions and consequent frustration of their projects.  A recent post by the officialist bloguer “Paquito el de Cuba” who was actually challenging the government to include gay families as a possible alternative for the household composition question, received  an  official definite "No" for an answer.
          But getting back to my article, I wrote some of these ideas in the warm winter of 2003, two years after coming out of the closet and three before leaving Cuba. During this very same time, I was researching how the explosion of female Cuban narrators who appeared in the nineties -those that continue writing today-  were portraying lesbian female subjects in their respective works as another way to confront the aforementioned masculinized imaginary that dominated the Soviet Cuba.
          I tried to defend the hypothesis that the production of certain selected female authors, those whose work begins to be written and published in this context of losses, uncertainty and confusion, undertakes a labor of re-writing the national imaginary and in turn, lends itself to a growing  emergence of a multiplicity of female identities that continue to be invisible in the middle of the monopolized diffusion we have on the island.
          For women and their representations in fiction, it deals with an imaginary that strongly searches for alternatives of surviving hunger and apathy. It is a woman’s image that has displaced itself from the figure of the guerillera to the one of lesbians (indeed its radical opposite), and also to the prostitutes, assassins, rafters, alcoholics and drug addicts, among others. Basically, those of which have always been marked negatively by the socialist ethics.
             The authors of that post-Soviet Cuba managed to convince us, from the multiplicity and diversity of the origin of their voices, of other iconographies in the feminine world.  To do so, they brought characters that we could identify with a series of instabilities that were capable of fitting in with the representation of a Cuba that progressively was incorporating what Damián Fernández notes as “(…) the parameters of global social life” (xiii).
               The way in which those -then newborn narrators- re-wrote the female perspective from the diverse representations of their bodies, drew special interest in my work upon associating it with the imaginary mobilizations over the assumed national heterosexual norm, that which was established by those in power and so largely discussed in the real life scenarios where the gay Cuban community was losing its fear.
            All occurred in the most brief and intense period of real decolonization that the country has experienced. What I refer to, is the period from the end of the Cold War to the diplomatic, economical and again misleading encounter with the actual government of Venezuela. (1990-1999)
                Almost ten years have gone by and besides a national and transnational imaginary that is no longer struggling to prove wrong what the official media insists on revealing as “the true national citizenship,” -that is the one identified with the olive green uniform, the rifles, and the combatant people- nothing truly revolutionary has happened to the LGBT Cuban community in terms of rights, legitimization of their voices or governmental power and representation. 
            The irony of being visible through a representative of the same heteronormative power that still is trying to keep them quiet is beyond understanding. Because if we take a brief look at the pictures that show the many police raids that still are occuring in Havana, we could rapidly reach the conclusion that this same power of representation is constantly delivering a pre-approved, pre-written and pre-rehearsed speech. A speech that has lost contact with the policial practices. Because if we really want to take the pulse of the LGBT Cuban Community, we need to listen to voices of the non-organized, non-Mariela Castro fan member club.
             Because if we just focus on the women issues, we discover that the organization which has concerned itself with problems that affect us (Federation of Cuban Women, FMC) has not carried out any project that recognizes or evaluates the rights, visibility or representation of lesbian women in 53 years. No matter what Mariela Castro’s strategies of visibilization are  today, no matter what images she spreads in Europe or the States, the government of the Revolution has retained for the LGBT Cuban community the same mechanism for minimizing our concerns that also applies to blacks, heterosexual women and peasants.
              This is none other than the democratizing maxim that declares an equality of duties and rights for all subjects living on the island, independently of their conditions of race, class or sexual orientation. Underneath this tábula rasa that equalizes all subjects, all  interests, dissonant to the obsolete project of creating the “new man”, have remained buried.

            Similarly, the Women’s Federation has always carried out its dialogue portraying an archetype of the Cuban woman as “the socialist and federated” mother, wife and worker. That is the woman to whom songs are dedicated and for whom it has been designed an entire iconography in which she tends to appear with a child in one hand and a rifle or tool in the other. She may be seen in the factories or working abroad as a doctor in some fraternal country, stoic and happy, never once thought of as a woman who could find pleasure in kissing her female partner by the waters of Havana Bay at night.
            After so many years of resistance, the data of imprisoned LGBT subjects is  still unknown, of suicides who seemed never to have existed, of families separated by shame and resentment, after the experimentation that occurred through the true liberation in the nineties, after the slow but certain belonging to the global social life brought about by the portrayal of hundreds of  literary characters, the real LGBT Cuban community is more powerful than the institutions that attempt to regulate and control our more natural and powerful desires.
              The real conga we dance cannot be taken into the closet again… so, we ask Mariela Castro to let us dance while she takes care of her elders. Even if they want to dance along, their hips would betray them. Please, keep them at home- the night at el malecón is calling.