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martes, 6 de octubre de 2026

Metiéndome en problemas: un texto de Václav Havel

 

La revista New York Review of Books acaba de publicar el recuento que hizo Václav Havel de su detención en 1977 al publicarse la famosa Carta 77. Como se sabe ese documento marcó el nacimiento de un frente común en defensa de los derechos humanos en la Checoslovaquia comunista que estuvo en el origen de la Revolución de Terciopelo que derrocó al régimen doce años más tarde. Como todo lo que viene de ese pasado común que sigue siendo el presente cubano este texto tiene tanto de familiaridad como de enseñanza. Me llaman la atención especialmente tres cosas:

-Que a pesar de que la carta reuniera inicialmente 241 firmas la policía secreta tuviera que enterarse por un informante del periódico francés “Le Monde” de que esta había sido enviada allí para ser publicada. Da, por un lado, un asombroso ejemplo de discreción y disciplina por parte de la disidencia checoslovaca y, por otro, la eficacia de las conexiones de la inteligencia en el extranjero.

-El sistema arbitrario pero eficaz a la hora de confundir a los disidentes de apresar a buena parte de los firmantes y dejar libre durante semanas al líder del movimiento, Václav Havel, a fin de hacer recaer las sospechas sobre él. ¿Les suena conocido?

-La descripción que hace el propio Havel de su estado a la salida de la cárcel: 
“sentí que todo seguía igual que antes, que en realidad no había pasado nada, que no había estado en ninguna parte o que solo me había ausentado durante el fin de semana. Los árboles, los coches, la gente, el cielo —todo aquello que tanto había echado de menos y que pensé que me parecería casi increíble al volver a verlo— no me sorprendió en absoluto. Lo asimilé con total naturalidad. Era como si mi psicosis carcelaria se hubiera disipado por completo; me comportaba con seguridad y con absoluta normalidad. Solo gradualmente fui reconociendo hasta qué punto mi estado psicofísico me había extraviado, pues durante mucho tiempo estuve lejos de ser normal. La sensación que experimentaba no era más que una imitación superficial de la normalidad. El mundo en el que de repente me encontraba de nuevo se parecía tanto a aquel en el que había vivido durante más de cuarenta años que me creó la ilusión de que yo tampoco había cambiado y de que, por tanto, podía seguir desenvolviéndome en él tal como lo había hecho toda mi vida”.

Luego de escribir este texto Havel escondió el manuscrito. Pero lo hizo tan bien que no vino a ser encontrado sino en 2014, tres años después de su muerte, entre los papeles de su amigo Zdenek Urbenek.

Metiéndome en problemas

Por Václav Havel


Si la policía secreta checoslovaca hubiera comprendido realmente los acontecimientos que vigilaba con tanto esmero, se habría dado cuenta mucho antes de la aparición de la Carta 77 de que algo así se estaba gestando, y tal vez habría evitado la sorpresa que le supuso el lanzamiento de la Carta.

Y es que la Carta 77 no surgió de la nada. Su aparición fue la consecuencia natural de las circunstancias que la propiciaron. El 11 de diciembre de 1976, varias personas de distintos círculos intelectuales se reunieron compartiendo la convicción de que era preciso hacer algo. De sus conversaciones surgió la intención de redactar una declaración que incluyera un análisis conciso de la situación de los derechos humanos en nuestro país y que concluyera anunciando la creación de un organismo permanente dedicado a esta cuestión. A esta primera reunión le siguieron pronto dos sesiones más amplias en las que se redactó y revisó el texto de la declaración y se acordó el método para recabar firmas.

Nuestra experiencia previa nos había enseñado que la recogida de un gran número de firmas en apoyo de tal declaración debía realizarse con la mayor celeridad posible, ya que la policía se enteraría en cuestión de días e intentaría impedirlo. No obstante, decidimos recoger firmas discretamente durante las Navidades, con la esperanza de que la vigilancia policial fuera menos intensa en esa época festiva. Se ideó un método de recogida que no implicara ninguna actividad inusual, dado que las personas que se reunían para este fin ya mantenían contacto habitual entre sí, lo que evitaría despertar sospechas innecesarias.

El plan funcionó y, para el miércoles 29 de diciembre a las 16:00 horas —el plazo límite que habíamos fijado—, todas las hojas de firmas (hubo bastantes más de las que esperábamos: 241) estaban reunidas en un mismo lugar. Inmediatamente hicimos varias copias de una lista alfabética de los firmantes y las adjuntamos a las copias de la declaración. Pasé todo el día en tensión —aunque resultó ser innecesario—, ya ​​que, por lo que pudimos apreciar, no había indicios de que la policía sospechara nada. Consultamos con unos amigos sobre los pasos a seguir, bebimos algo de champán y, satisfechos por el trabajo bien hecho, nos despedimos.

A principios de enero, a pesar de nuestros esfuerzos por llamar lo menos posible la atención, la policía empezó a sospechar que algo se estaba tramando. Al parecer, recibieron la primera información precisa sobre la declaración de la Carta y la lista inicial de firmantes el 5 de enero, procedente de Francia —concretamente de la imprenta de “Le Monde”—, donde estaba previsto publicar el texto al día siguiente. Fue entonces cuando la policía comenzó a comprender la importancia y el alcance del asunto; creemos que, en algún momento de la noche del 5 al 6 de enero, movilizaron a un pequeño equipo de agentes, lo que desembocó en la sonada emboscada que sufrimos al mediodía siguiente. Librábamos una carrera contrarreloj, y perdimos por apenas un par de horas.

La mañana del jueves 6 de enero, Ludvík Vaculík y Pavel Landovský vinieron a buscarme. Fuimos en coche a casa de nuestro amigo Zdeněk Urbánek, donde preparamos todo para entregarlo a las autoridades estatales y enviarlo por correo a los firmantes. Esa misma mañana había visto un coche con dos hombres aparcado a unos cien metros de nuestra casa, pero no quise sacar conclusiones precipitadas. Sin embargo, en casa de Zdeněk supimos con absoluta certeza que estábamos bajo vigilancia: un coche patrulla Volga estaba aparcado cerca del edificio y otro vehículo rondaba por un pequeño parque situado justo enfrente. Sabíamos que seguirían cada uno de nuestros movimientos, pero decidimos mantener nuestro plan original.

Cuando nos pusimos en marcha hacia el mediodía, el Volga se colocó detrás de nosotros. Pronto nos dimos cuenta de que varios coches nos seguían y de que nos costaría mucho deshacernos de ellos. Aun así, Pavel —por una especie de orgullo de chófer— intentó despistarlos conduciendo de forma temeraria por el barrio praguense de Hanspaulka. La única ventaja que obtuvimos con estas maniobras fue que nos vimos momentáneamente solos en una calle lateral, donde pude embutir a toda prisa al menos algunos de los sobres en un buzón. Al cruzar la intersección situada justo después del antiguo liceo francés, nos vimos acorralados por varios patrulleros. Los policías bajaron de los vehículos, cortaron el tráfico en el cruce y nos gritaron que saliéramos del coche. Nos metieron en vehículos separados, nos confiscaron las bolsas y nos llevaron a su cuartel general en la calle Bartolomějská.

La emboscada debió de parecer una escena de una película de gánsteres. Los transeúntes se detenían a mirar, tal vez pensando que presenciaban un rodaje, pues entre todo el alboroto podían reconocer el rostro familiar de Pavel Landovský. Mientras la policía nos llevaba detenidos, pensé: «Vaya manera de iniciar nuestra lucha por los derechos humanos».

Si bien los interrogatorios policiales iniciales fueron, por así decirlo, inconexos —realizados meramente para orientarse, ya que aún no habían decidido cómo abordar el asunto—, el lunes 10 de enero los interrogatorios se volvieron más específicos. Por aquel entonces, mi interrogador era un tal comandante Hudec, un hombre alto y relativamente cortés, con una risa extraña y áspera; no era sarcástico a propósito, pero resultaba bastante desagradable de todos modos. Me negué —al igual que todos los demás— a decir nada sobre la Carta y, dado que el comandante Hudec parecía incapaz de mantener una conversación interesante, pasamos un rato bastante sombrío: largos periodos de silencio se alternaban con breves lapsos de un mismo diálogo repetido hasta la saciedad, que venía a decir más o menos esto: «Si yo hago algo malo y soy un hombre, ¡lo confieso! ¡Tardamos una hora en redactarlo y te vas a casa! Por eso no te comprendo: ¿eres un hombre?». «¡Pero si no he hecho nada malo!». «Si no has hecho nada malo, pues dilo, por el amor de Dios. Si yo hago algo malo y soy un hombre, ¡lo confieso! ¡Tardamos una hora en redactarlo y te vas a casa! No te comprendo: ¿eres un hombre?». La cosa seguía así (en mis obras llamo a esas repeticiones «diálogo circular»), seguida siempre de un silencio. Y luego otra vez: «Si yo hago algo...». El comandante Hudec insistió conmigo durante dos días, en sesiones de diez u once horas, a pesar de que aquello no conducía a ninguna parte. Al principio me preguntaba cómo alguien tan falto de imaginación había podido llegar a mayor. Pero más tarde se me ocurrió que tal vez lo estaba subestimando: la sensación de futilidad que emanaba de él empezó a provocarme malestar físico. Me dolía la cabeza, me sentía mareado y luchaba constantemente contra un extraño letargo que me hacía sentir como si estuviera a punto de desmayarme. ¿Era eso precisamente lo que buscaba Hudec? Claramente tenía dos posibilidades en mente: o bien yo perdía los nervios y lo confesaba todo, o bien mantenía la compostura, pero regresaba a casa por la tarde tan abatido que no me quedarían energías para las tareas que me aguardaban —responder a las preguntas de los periodistas que llamaban desde Viena, Bonn o París en busca de comentarios, o consultar con otros miembros de la Carta, recopilar información, etcétera—. En resumen, no podría desempeñar mi papel de portavoz de la Carta 77. Así pues, la estrategia de Hudec no era tan absurda como parecía, aunque no tuvo éxito: mis nervios resistieron y pude cumplir con mis obligaciones vespertinas.

El martes por la tarde, Hudec me invitó —como de costumbre— a volver a la mañana siguiente. Así que el miércoles por la mañana me presenté en la garita de la prisión de Ruzyně y dije que el mayor Hudec me había citado; el guardia me pidió que esperara. Permanecí media hora en la sala de espera, tratando de consolar a una mujer que lloraba. Por fin regresó el guardia y me dijo que allí no había nadie con ese nombre. Pregunté si podía irme a casa, y él simplemente se encogió de hombros. De modo que me fui a casa.

Eran cerca de las nueve y, al principio, me alegré de mi inesperada libertad. Pero me encontraba en un dilema: ¿qué debía hacer ahora? Me había acostumbrado tanto a aquellos interrogatorios diarios que, de repente, me vi frente a un vacío desolador y desesperanzador. ¿Debía quedarme en casa esperando a que se dieran cuenta de su error y vinieran a buscarme? ¿O debía aprovechar la oportunidad y esconderme? ¿Pero adónde podía ir? Los demás miembros de la Carta estaban trabajando o siendo interrogados en la prisión de Ruzyně, y dedicar mi tiempo a cualquier cosa que no fuera la Carta me parecía absurdo.

Al final opté por una solución bastante peculiar, a medio camino entre desaparecer y exhibirme a plena luz del día: iría a sentarme al café Slavia. (Para explicarlo: el Slavia había sido durante mucho tiempo una parte importante de mi vida. Fui cliente habitual allí durante la mayor parte de mi juventud. Fue allí donde viví mis inicios literarios y donde mantuve interminables e intensas discusiones con amigos y compañeros de estudios. Incluso conocí allí a Olga, mi futura esposa. Sin embargo, habían pasado ya unos buenos quince años desde que dejé de frecuentar el Slavia, y no lograba recordar cuándo había sido la última vez que había estado allí.) Me senté junto a una ventana, pedí un café y reflexioné sobre las cosas. Poco a poco comencé a sospechar que, después de todo, no se trataba de un error y que toda la situación anómala, cuando todos menos yo estaban en la cárcel de Ruzyně, indicaba algo mucho más siniestro: ¿Qué pasaría si en ese momento decidieran cambiar mi estatus de testigo a sospechoso?

A la mañana siguiente la situación se volvió aún más siniestra. Todos los demás estaban siendo interrogados, pero a mi alrededor reinaba un silencio misterioso. Una vez más me invadió una profunda inquietud y fui a un pub de la calle Žitná para combatirla con un almuerzo y unas cuantas cervezas. Al mediodía apareció Jiří Němec y Milan Balabán, pastor evangélico y uno de los firmantes. Leímos los periódicos y analizamos la campaña que estaban librando contra nosotros, que ya estaba en marcha: en todos los periódicos y en la televisión y la radio se citaba a “trabajadores indignados”.

Pasamos esa tarde y esa noche en uno de los “apartamentos conspirativos” donde se llevaban a cabo reuniones y consultas. Redactamos un documento sobre el sistema educativo; evaluamos nuestra situación y compartimos lo que sabíamos. Alrededor de las 10:00 de la noche decidí ignorar mi malestar, irme a casa, dormir bien, bañarme y afeitarme. No sabíamos si ya sabían dónde nos íbamos a reunir y tenían el departamento bajo vigilancia –probablemente no–, pero ese día todo nos parecía sospechoso y ninguna de nuestras precauciones nos pareció meters.

Cuando salimos del apartamento, Pavel, que debía llevarme hasta mi coche, me pidió que caminara cien metros detrás de él. (Se me escapaba el sentido de hacerlo, pero no lo cuestioné para no parecer estúpido.) Tomó una ruta tortuosa (era una parte de Praga que no conocía), le dio dos vueltas a la manzana, luego de alguna manera se me adelantó mucho y comencé a perderlo. Empecé a correr para alcanzarlo, pero cuando me vio correr él también empezó a hacerlo, y de repente los dos estábamos corriendo como locos por calles vacías, y cuando finalmente nos encontramos, bastante agotados, junto a su coche, no pudimos explicar por qué no habíamos caminado juntos de manera normal.

Dormí en casa y luego me levanté temprano porque quería darme un baño tranquilo antes de que vinieran a buscarme. Cuando terminé mis abundantes abluciones, sonó el timbre, abrí y en la puerta estaba el mayor Hudec con dos tipos de aspecto duro. Se rio entre dientes con su estilo ronco y dijo en tono jovial: "¿Señor Havel, dónde se había metido?"

Parecía estar reprendiéndome por no presentarme en la prisión, una idea no del todo absurda considerando lo ansioso que había estado durante los dos días anteriores. Si hubiera podido seguir mis sentimientos más íntimos, habría preferido terminar todo el juego y entregarme. Mi estado mental era similar al de un hombre que deambula por una ciudad donde en cada esquina hay un cartel de "SE BUSCA" con su cara.

Le pregunté a Hudec si me llevaban como testigo o como sospechoso, y él se rio entre dientes y dijo: “Como testigo, por supuesto”. Sin embargo, tomé el bolso con los artículos de aseo de emergencia que llevaba conmigo durante diez días, me despedí de Olga y me fui.

Regresé 127 días después.

Quizás fue el lunes (pero probablemente no hasta el martes) cuando se presentó en mi interrogatorio un hombre robusto con una barba exuberante. (En ese momento me interrogaban todos los días.) Deduje de inmediato que él no estaba con la policía secreta, no solo porque normalmente no tienen barba sino también porque no era su tipo. Los interrogadores inmediatamente se pusieron de pie respetuosamente, mientras que él más o menos los ignoró y se ofreció a estrecharme la mano, lo que me sorprendió bastante. Se presentó como "Dr. Fremund, fiscal superior de la oficina del ministro de justicia". Nos sentamos todos y el recién llegado empezó a hablar. Su tono era serio, iba al grano y había algo tranquilizador, incluso estimulante, en su voz. Comenzó con un breve prólogo en el que anunció que yo estaba oficialmente detenido.

Entonces explicó brevemente sus razones. Básicamente, dijo que muchos periodistas extranjeros recurrían a mí, como portavoz de la Carta, y muchos más probablemente lo harían, y que mis declaraciones, dijo, me estaban metiendo en problemas, y era de esperar que me metiera aún más en problemas, por lo que la sensación era que sería mejor para mí estar protegido de todo eso por ahora, en caso de que eventualmente me involucrara más profundamente, lo cual sería muy tonto de mi parte, particularmente porque esos periodistas a menudo tergiversaban lo que decía y lo hacían de manera que convertían mis declaraciones en ataques a la república. Por supuesto, ciertamente sería posible investigar mi crimen sin encerrarme, pero era por mi propio interés y por el interés general que no siguiera como hasta ahora, que es precisamente lo que mi detención debía evitar. Entonces me preguntó si estaba familiarizado con mi acusación y si quería decir algo al respecto que él pudiera añadir a su informe.

Le dije algo así como que el artículo 98 del código penal presupone que la persona ha actuado por hostilidad hacia el sistema de gobierno socialista, pero que yo no me consideraba un enemigo de dicho sistema, y ​​que lo que me había llevado a actuar como lo hice fue el intento de contribuir a su mejora.

El doctor Fremund dijo que no hacía falta añadir eso, ya que yo lo había manifestado en mis declaraciones anteriores, y me preguntó si había algo más.

Le dije que se me acusaba de mantener contacto con ciertos centros hostiles en el extranjero —definidos de manera vaga—, pero que yo no tenía tales contactos.

El doctor Fremund dijo que no era necesario añadir eso, pues ya lo había dicho en mis declaraciones anteriores.

A continuación, me entregó un formulario para que lo firmara; lo firmé, reconociendo así que me encontraba oficialmente detenido.

Luego me preguntó, en tono cordial, si tenía alguna petición, alguna necesidad concreta o alguna queja. No supe qué responder de inmediato, pero después —si no recuerdo mal— pregunté si mi esposa podría traerme algunos libros.

El doctor Fremund dijo que, lamentablemente, tenía que decepcionarme, ya que los acusados ​​solo tenían derecho a leer libros de la biblioteca de la prisión.

Entonces se puso en pie y me tendió la mano; los interrogadores se levantaron cortésmente de nuevo y el doctor Fremund les preguntó dónde podía encontrar al camarada Horák. Uno de los interrogadores se dirigió rápidamente a la puerta y se ofreció a acompañarlo. Ambos salieron de la sala.

En resumen, esto es lo que puedo decir sobre el doctor Fremund: durante mi estancia en Ruzyně me reuní con él en cuatro ocasiones, y todos esos encuentros compartían un elemento fundamental. Las noticias que comunicaba eran siempre malas, pero las transmitía de tal manera que yo me sentía satisfecho, tranquilo y animado, por no decir eufórico. En resumen, aquel encuentro siempre generaba, de algún modo, un instante de claridad en medio de la oscuridad general que me rodeaba en Ruzyně. Al mismo tiempo, sabía muy bien que aquel hombre jamás podría traerme buenas noticias y, sin embargo —por incomprensible que parezca—, siempre, en cada ocasión, sucumbía al efecto tranquilizador que él ejercía sobre mí.

A menudo me he preguntado: ¿qué clase de persona era realmente? Dentro de todo el engranaje anónimo de los servicios de seguridad y justicia, él sobresalía: la barba poblada, aquellos intentos discretos de humor seco, el aura de sosiego que irradiaba. Y, no obstante, no había en él una calidez humana auténtica. Su comportamiento era pragmático, mesurado, oficial. ¿Cómo sería en casa? No sé por qué, pero no puedo evitar sentir que, si no era un solterón empedernido, sin duda —como marido o padre— debía de ser uno de esos tiranos domésticos cargados de pequeñas manías y hábitos peculiares que sus seres más cercanos están obligados a respetar incondicionalmente, pero por los cuales lo detestan en silencio. Y al mismo tiempo, se rinden por completo ante cierto carisma frío de su personalidad, de modo que prácticamente no tienen margen para rebelarse. Aunque estuviera casado, sin duda poseía rasgos propios de un solterón: un apego egoísta a sus viejas costumbres y la incapacidad de ser un verdadero compañero para nadie.

Pero, sea cual fuera su verdadera naturaleza, era extraordinariamente apto para su trabajo. Poseía la capacidad de comunicar cualquier cosa a cualquiera de manera persuasiva y tranquilizadora. Puedo imaginarlo argumentando ante un tribunal a favor de que se me impusiera la pena de muerte, pero haciéndolo de tal forma que yo mismo acabaría encantado con su discurso.

Aquel mes de mayo, viví el proceso de liberación como en un sueño. Apenas seis semanas antes, estaba convencido de que no volvería a ver el mundo exterior en otros cinco años y, de repente, estaba a punto de regresar a él. Naturalmente, no podía evitar sentirme eufórico, pero al mismo tiempo temblaba de ansiedad, preguntándome qué clase de trampa me estarían preparando.

Hacia la una, todo el procedimiento concluyó y un guardia me condujo a través del complejo penitenciario de Ruzyně hasta la puerta principal. Olga y Zdeněk Urbánek ya esperaban al otro lado. Crucé la puerta y entonces sucedió algo extraño: sentí que todo seguía igual que antes, que en realidad no había pasado nada, que no había estado en ninguna parte o que solo me había ausentado durante el fin de semana. Los árboles, los coches, la gente, el cielo —todo aquello que tanto había echado de menos y que pensé que me parecería casi increíble al volver a verlo— no me sorprendió en absoluto. Lo asimilé con total naturalidad. Era como si mi psicosis carcelaria se hubiera disipado por completo; me comportaba con seguridad y con absoluta normalidad. Solo gradualmente fui reconociendo hasta qué punto mi estado psicofísico me había extraviado, pues durante mucho tiempo estuve lejos de ser normal. La sensación que experimentaba no era más que una imitación superficial de la normalidad. El mundo en el que de repente me encontraba de nuevo se parecía tanto a aquel en el que había vivido durante más de cuarenta años que me creó la ilusión de que yo tampoco había cambiado y de que, por tanto, podía seguir desenvolviéndome en él tal como lo había hecho toda mi vida.

Olga, Zdeněk y yo nos abrazamos (él me había traído flores); luego cargamos mis cosas en el coche y nos marchamos. Y, de repente, rompí a llorar. Me quedé desconcertado, ya que la última vez que había llorado así todavía era un niño. Pedí disculpas a Olga y a Zdeněk; les dije que no lo entendía y que me resultaba terriblemente embarazoso. Aquello no encajaba con la ilusión de estar tranquilo y mantener el control. «Menudo defensor de los derechos humanos», me dije a mí mismo.

Condujimos hasta casa y subimos mis cosas. Me sorprendió lo colorido que resultaba nuestro apartamento. Bebimos whisky, fumé los cigarrillos americanos que Zdeněk había comprado para mí de camino a Ruzyně y hablamos de todo un poco.

No podía dormir, ni tampoco quería hacerlo. Pasé toda la noche leyendo montones de textos de la Carta que me esperaban en el escritorio: documentos, comunicados de prensa, análisis, ensayos, documentación sobre litigios laborales, etcétera. Fue una lectura apasionante lo que me permitió avanzar un paso más en la comprensión de todo lo que había sucedido fuera de la prisión durante mi ausencia. Me había perdido la primera fase —y la más importante— de lo que cabría llamar la etapa heroica de la Carta. Ahora no dejaba de asombrarme al ver cuántos textos inteligentes y valientes se habían escrito, cuántas cosas habían ocurrido, cómo había florecido la creatividad latente de tanta gente y cómo tantas personas habían crecido. Sentía una profunda admiración por todos aquellos que no se limitaron a firmar la Carta y quedarse ahí, sino que entendieron su firma como un compromiso para realizar un trabajo real. Por supuesto, el régimen había contribuido a todo esto mediante la enorme presión que ejerció sobre los miembros de la Carta. En cierto modo, la situación fuera de la cárcel era peor de lo que yo había imaginado: no me había hecho idea alguna de la absoluta crueldad de la persecución (docenas y docenas de despidos, juicios laborales amañados, expulsiones del Movimiento Sindical Revolucionario, vigilancia constante, detenciones de cuarenta y ocho horas, interrogatorios, confiscación de documentos personales, corte del servicio telefónico, etcétera).

Aquello obligó a actuar incluso a quienes, por lo general, se sentían aislados y, en circunstancias normales, no habrían alzado la voz en su propia defensa. La pura necesidad de defenderse llevó a muchos de ellos a desprenderse de sus últimas inhibiciones. Empezaron a llamar a las cosas por su nombre y, de este modo, permitieron que la verdad saliera plenamente a la luz. Me fascinaba también ver cómo un principio fundamental de la Carta —la noción de diversidad de orígenes— se había hecho realidad. Sin imposiciones ni persuasión externa, distintos grupos se impregnaron del mismo espíritu, conservando al mismo tiempo su propia identidad. Los protestantes se dirigían a sus congregaciones; los católicos, a las suyas; los antiguos comunistas hablaban con sus compañeros de siempre. Era un coro de ideas, estilos, enfoques y temas diversos, todo ello con un sentido de concordia que nadie había organizado y orientado hacia un mismo fin: una expresión de la verdad pacífica y cívica, pero intransigente; una defensa convincente de los derechos humanos fundamentales y de la dignidad humana. (¡Qué diferente era el tono de todos estos textos del de la campaña oficial contra la Carta, cargada de odio, histeria y vulgaridad!)

No podía apartar la vista de lo que leía; quería aprender tanto como fuera posible y con la mayor rapidez, por si realmente venían a detenerme el lunes.

lunes, 13 de octubre de 2025

Evgeny Dobrenko: "El comunismo fue un desvío que tomó la Historia"



En el 2016 entrevisté al profesor ucraniano Evgeny Dobrenko, catedrático de la universidad de Sheffield en el Reino Unido y especialista en la literatura del realismo socialista. Buena parte de la larga entrevista apareció en Diario de Cuba. Ahora que el incansable y acucioso Carlos Aguilera arma un dossier sobre el realismosocialista en Cuba vale la pena desempolvar este intercambio. En parte porque, como verá el lector, debatimos bastante sobre la naturaleza del dichoso realismo socialista. Según Dobrenko este fue un proceso histórico acotado entre finales de la década del 20 y mediados de la del 50 en la URSS y, por tanto, irreproducible en cualquier otro contexto. En cambio -con mi habitual falta de tacto- le insistí en el carácter cíclico -"la pulsión genética" dije- que representa el realismo socialista: un momento que forma parte de todos los procesos totalitarios de diferentes épocas y que pasa por la imposición de cierta ortodoxia política y estética a la producción artística, para "educar" a las masas y forzarlas a adoptar un discurso triunfalista y maniqueo.

Y hablando de totalitarismo. Como verán, una buena parte de la entrevista -inédita hasta ahora- se convierte en discusión encarnizada sobre el totalitarismo. Según Dobrenko el totalitarismo es -como estaba de moda decir en esos días- un invento de la propaganda de la Guerra Fría. Yo en cambio sostenía y sostengo que sin ese concepto se hace imposible entender la diferencia radical -ideológica y totalizante- que hay entre los regímenes autoritarios previos y los que encarnaron tanto el comunismo como el fascismo y el nazismo. Y también sirve para explicar -más allá de las diferencias ideológicas- ese aire de familia que uno sorprende en regímenes que enarbolan un antagonismo radical. Sin más preámbulo, que la entrevista es bastante extensa, los dejo con la transcripción de nuestro intercambio. 


Por Enrique Del Risco

No es que la historia la escriban los vencedores sino que es muy raro que la gente se resigne a la derrota. Lo que ocurre con bastante más frecuencia es que los vencedores de ayer y los aplausos que les dedicamos quedan olvidados en la trastienda de cada cual para pasar a aplaudir a los triunfadores más recientes. De ahí lo necesarios que pueden ser ciertos empecinados como Evgeny Dobrenko (Odesa, 1962). Profesor y jefe del Departamento de Estudios Rusos y Eslavos de la universidad de Sheffield se ha especializado en el estudio del realismo socialista, ese héroe invencible del que ahora nadie se quiere acordar. El empeño de Dobrenko lo ha llevado a ser autor, co-autor o editor de una veintena de libros como “The Making of the State Writer” y “The Making of the State Reader”. En un campo dominado por los lugares comunes, los prejuicios (más o menos justificados) o la visión chata y condescendiente Dobrenko tiene una visión original y sofisticada del realismo socialista tal y como se desarrolló en la época estalinismo. Trata de explicar su estética “retrógrada” ya pasada de moda en el momento de surgir como un “postmodernismo menos el modernismo”. Más que como movimiento artístico Dobrenko define al realismo socialista como una institución que creaba al mismo tiempo sus productores y consumidores y en el que el “acto de censura es transformado en parte constituyente del proceso creativo”. Una institución que le ofrecía a cada creador la oportunidad de alcanzar la “armonía” con el proyecto político-social comunista. En el momento en el que la censura se transformaba “en un problema externo a él [al creador] (o lo que es más, en un obstáculo) este por consiguiente dejaba de ser un escritor soviético en el sentido estricto del término”. A continuación los dejo con la conversación que sostuve con Dobrenko días atrás en la que, como se verá, no siempre estuvimos de acuerdo pero que en cualquier caso fue altamente estimulante para el que quiera pensar en estos temas. 

 

Del Risco: Déjeme comenzar con la que es quizás la pregunta más frecuente que le hacen como académico: ¿Por qué dedicarse a estudiar el realismo socialista, un tema en apariencia tan aburrido y soso?

Dobrenko: Todo el que estudia la literatura rusa se dedica a lo que se considera la “gran literatura” Tolstoy, Dostoyevsky y los grandes escritores del siglo XX. Pero el siglo XX no fue un siglo normal de ninguna manera. Incluso el siglo XIX fue más normal. Hasta el siglo XVIII con la Revolución Francesa fue más normal. En cambio el siglo XX fue completamente anormal. Y la anormalidad del siglo XX proviene de un inmenso proceso  de democratización. Lo mismo que el siglo XVIII fue el siglo de la ilustración que llevó a la Revolución Francesa el siglo XX fue un siglo que condujo a la liberalización de enormes masas de población. Y lo que quiero decir con  democratización es que personas ordinarias que en el siglo XIX no tenían acceso a la educación, a la medicina, a la alta cultura o a ningún tipo de cultura ―en esa época el 99% de la gente no tenía nada― y ahora tienen todo. Por supuesto que no todo en todas partes pero la tendencia es innegable. Y cualquier proceso a tal escala trae consecuencias: la cultura se hace más accesible para más personas y por tanto se extiende pero a medida que se extiende más se hace menos densa. Así que en ese proceso la cultura pierde profundidad, muchas veces se hace más primitiva. La diferencia entre la cultura anterior y la nueva es la diferencia entre Tolstoy y…

Del Risco: …Boris Polevoi…


Dobrenko: (ríe) Sí, Polevoi. El asunto es que Tolstoy ahora es leído por millones y millones de personas. Pero, por supuesto, la comprensión, de acuerdo con el nivel cultural de estas personas, es mucho más reducida. Por eso es importante entender esta literatura no desde el punto de vista estético sino desde el funcionamiento en ese mundo. Por eso pienso que la cultura estalinista es un caso muy bueno para entender cómo esto funciona. La manera en que, como resultado de este proceso de ilustración y democratización, grandes masas de estas sociedades patriarcales y tradicionalistas se trasladan a las ciudades, transforman su alta cultura y crean un medio más amplio para la comprensión de esta cultura. Cómo este proceso cambia la cultura. Rusia es un excelente ejemplo de un país campesino que trató de modernizarse en el siglo XX y en este proceso acabó creando un régimen totalitario. Ese es el caso de todos los países patriarcales en Europa, desde Portugal y España a Italia, los países balcánicos, Rusia y Europa del Este…

Del Risco: Pero en ese caso ¿Alemania no es una excepción…?

Dobrenko: Es una excepción pero en el siguiente sentido: Alemania era, entre las grandes naciones europeas, uno de los estados más jóvenes. Allí el totalitarismo no fue tanto el resultado de un proceso social como de un proceso político.

Así que regresando a su pregunta inicial por eso pienso que es importante leer novelas realmente malas: para entender el proceso de modernización en sociedades muy tradicionales y patriarcales.

Del Risco: ¿Cuál fue su experiencia personal como ciudadano soviético y como lector soviético? ¿En qué manera dicha experiencia lo formó a usted como investigador?

Dobrenko: Yo me gradué de la universidad estatal de Odesa, de un departamento de filología con un doctorado en literatura rusa y leí los clásicos de la literatura rusa y también de la literatura soviética y trataba de entender por qué eran tan distintos. Por otra parte cuando la Unión Soviética se derrumbó muchos de mis colegas comenzaron a estudiar la literatura prohibida durante el período soviético pero yo descubrí algo interesante. Una vez entré al llamado “salón especial” que existía en las antiguas bibliotecas soviéticas ―ése donde guardaban los libros prohibidos a los que el público en general no tenía acceso y al que tenías que acceder con un permiso especial. Pues en la biblioteca de la universidad en la que estaba trabajando en aquel tiempo el “salón especial” tenía el tamaño de tres o cuatro habitaciones como ésta, todo lleno de libros. Cuando yo entré allí quedé estupefacto. Porque lo que me encontré no eran solo libros antisoviéticos sino que muchos de los libros eran realmente libros soviéticos escritos en tiempos de Stalin: en tiempos de Jrushov todos esos libros que glorificaban a Stalin habían sido sacados de los estantes públicos. Era extraño ver los libros de Solzhenitsyn junto a aquellos libros de poemas que glorificaban a Stalin, libros que no podías encontrar en ningún otro sitio. Eso fue justo antes de la perestroika. Entonces la perestroika llegó y yo participé en montones de discusiones donde la gente decía cosas como “Tenemos que descubrir la historia real de la literatura soviética porque durante la época soviética la mitad de los libros estuvieron prohibidos, la gente era reprimida”. Y yo decía “Bien, quieren rescatar sólo la buena literatura (Bulgakov, Babel, todos los grandes escritores) pero ¿por qué no rescatar también a todos esos poetas estalinistas?”. “Pero eso es mierda, no es literatura” me decían. Pero yo les respondía: “Si quieren tener una historia de la literatura tal y como ocurrió quizás eso sea una porquería pero también es parte de la literatura”. El 90% de mis colegas decidieron entonces rescatar la gran literatura pero yo decidí rescatar esa mala literatura porque también era parte de la historia real de la literatura.

Del Risco: Hábleme de su experiencia en Occidente como académico. ¿Cuáles han sido los más comunes estereotipos e ideas erróneas que se ha encontrado acerca de la cultura soviética y de la sociedad soviética en general?

Dobrenko: Vine a los Estados Unidos en 1992, justo cuando la Unión Soviética se había derrumbado. Era interesante porque la sovietología era el instrumento que tenían para entender lo que había pasado pero no podía reclamar ninguna victoria sobre la Unión Soviética porque no pudo predecir lo que había pasado. De hecho la sovietología nos decía lo opuesto de lo que ocurrió. Nos decía que el comunismo creaba sociedades monolíticas, lo cual no es cierto. He encontrado muchas concepciones erróneas de cómo la cultura funciona en este tipo de sociedades. Los académicos occidentales tienen una idea demasiado simple de cómo estos sistemas funcionan. Tú tienes por un lado los tipos malos ―Stalin, Hitler, Fidel Castro, Saddam Hussein, los que tú quieras― y por otro una enorme población sufriendo, que es reprimida por ese gobierno canalla. La verdad es justo lo opuesto: tú tienes un problema con una sociedad con millones y millones de personas que no están listos para vivir en una sociedad libre. Tienes políticos que pueden ser todo lo malos que quieras ―Mussolini, Hitler, Stalin, quien sea― que son mero reflejo especular de la cultura política de la población. Por ejemplo, el mayor problema de Rusia hoy no es Putin, como alguna gente piensa. El problema es el 87% de la población rusa que es la que apoya a Putin.


Del Risco: Pero si piensa en sus propias ideas que expone en sus libros The Making of the State Writer y The Making of the State Reader sobre cómo el Estado produce a los productores de cultura y a sus propios lectores también se puede concluir que esa población ha sido producida por el propio Estado. Después de todo si ellos tuvieron que enviar millones de personas al GULAG fue por alguna razón. Como una manera de “educarlas” diría yo.  

Dobrenko: Voy a darle un ejemplo. Un ejemplo soviético. Tienes una sociedad que fue suprimida por siglos. El 90% de la población eran esclavos. La única diferencia con los esclavos en los Estados Unidos era que aquí los esclavos eran étnicamente diferentes. En Rusia el propietario podía matar a los siervos, venderlos, hacerles cualquier cosa que quisiera. De manera que tienes una nación de esclavos por siglos. Tienes una acumulación de odio, de desigualdad social. Entonces tienes un gobierno que no aborda estos temas y cuando lo hace es demasiado tímido, demasiado tarde. En Rusia la servidumbre la servidumbre fue abolida en 1861 y el primer parlamento fue introducido en 1907, tras la primera revolución rusa. Cuando enseño en Inglaterra y discutimos el tema de la democracia en Rusia le digo a mis estudiantes. “Miren: ustedes tuvieron la Magna Carta en 1215. En Rusia tuvimos parlamento en 1907”. ¿Qué se puede esperar de una nación con un 90% de antiguos esclavos? ¿Cuál es su cultura política? ¿Quién será su líder? ¿Vaclav Havel? ¿Barack Obama? ¡Qué va! ¡Stalin! Esa es la figura que encaja en esa cultura política! Ellos tratan de explicar eso como una coincidencia pero no es coincidencia. No podía haber ocurrido de ninguna otra forma. Solo podría haber sido un desastre. Hubiera sido un milagro y los milagros no ocurren usualmente en la historia.

Del Risco: ¿Cuán difícil es traducir la experiencia soviética y comunista a la experiencia occidental? ¿Piensa que es una batalla perdida? ¿Cómo se las arregla para evitar las trampas más comunes a la hora de explicar esa experiencia?

Dobrenko: Soy especialista en realismo socialista y ¿qué dicen acá de eso? Dicen “Oh, el realismo socialista es un invento de Stalin”. No. He tratado de explicar eso en mis libros. ¿Cómo esos campesinos de ayer leían los libros? Ese fue un proceso interesante porque de alguna manera fue un proceso de Ilustración porque los bolcheviques llevaron al país desde el analfabetismo a la alfabetización. Pero ¿qué querían esos campesinos? ¿Cuál era su experiencia de lectura? ¿Qué tipo de literatura querían leer? La gente dice “Stalin destruyó las vanguardias” pero la mayoría de esos antiguos campesinos no querían las vanguardias. ¿Cuál era su ideal estético? ¡El arte pequeño burgués! Eso era lo que querían y eso fue lo que recibieron. De eso es de lo que se trata el realismo socialista.

Vaya al metro de Moscú y vea los “Palacios del Pueblo”. Pero esos “palacios” eran solo una copia de los palacios zaristas. Esos campesinos querían vivir como el zar, como los grandes hacendados. Ese era su ideal. Por eso es que no puedes venderle a esta gente el arte revolucionario. No porque Stalin era estúpido o tenía mal gusto. No. Él era un populista. Sabía lo que el pueblo quería tener. ¡No querían el arte de Kandinsky o de Malevich! ¡Lo que querían era arte realista! ¡Esa es la mentalidad campesina! ¡Eso es todo!

Del Risco: Y ¿qué me dice de la experiencia del realismo socialista en el antiguo Bloque Soviético? ¿Cuán común fue esa experiencia con la experiencia propiamente soviética?

Dobrenko: Después de la Segunda Guerra Mundial Stalin vio Europa del Este como una zona de contención entre la Unión Soviética y Occidente y su idea era controlar y sovietizar esos países. Por supuesto que muchos de esos países estaban mucho más desarrollados que la Unión Soviética en ese momento, eran más liberales. Algunos países estaban menos desarrollados como Albania, Rumania, Bulgaria, la antigua Yugoslavia…


Del Risco: Pero los resultados fueron muy parecidos.

Dobrenko: Muy parecidos en muchos aspectos pero diferentes en otros. El punto es que mientras más culturalmente desarrollados estaban esos países, mientras más profunda era la tradición cultural en un país dado, más difícil era sovietizarlos. Por ejemplo, en Albania después de la guerra no tenían ningún teatro. Así que por supuesto, en esos casos cuando introduces algo es más fácil influir en esa sociedad que luchar contra una tradición establecida.

Del Risco: Pasemos ahora a un tema muy específico de la cultura soviética. Un tema que parece exclusivamente retórico. Y es el caso de que a veces en los estudios sobre la cultura soviética da la impresión de que de alguna manera la cultura rusa quedó intacta: que solo por el hecho de tener un nombre diferente, una narrativa diferente a la de la cultura “nueva”, la cultura rusa “real” permaneció intacta. ¿Fue bueno para los viejos valores rusos que la “nueva” cultura se desarrollara bajo un nuevo nombre? ¿Cuál fue, en su percepción, la relación establecida entre las dos culturas?

Dobrenko: Bueno, en la era Soviética la cultura oficial trató de apropiarse de la antigua cultura rusa. Al menos de las partes de las que podía apropiarse. Porque es muy difícil por ejemplo, apropiarse de Dosyevsky pero era más fácil apropiarse de Tolstoy. La apropiación de la vieja cultura rusa pre-revolucionaria fue una parte importante de la cultura soviética. Pero tuvo un precio. El precio fue la falsificación, a veces la falsificación completa de la cultura pre-revolucionaria.

Civilización atlántica, 1953, André Fougeron, Londres, Tate Modern

Del Risco: Pero ¿en qué lugar sitúa, cómo usted define, a escritores como Platónov, Bulgakov, Ajmátova o Brodsky? Escritores que resistieron la idea del realismo socialista pero al mismo tiempo crearon su obra bajo el régimen soviético.

Dobrenko: Ni Ajmátova ni Brodsky crearon literatura soviética. Ni siquiera lo intentaron. El caso de Platónov es diferente. Él pensó que estaba creando literatura soviética pero de hecho no lo estaba haciendo. Bulgakov nunca creó literatura soviética…. Tienes una cultura oficial que fue creada por el Estado pero luego tienes esta alta cultura que sobrevivió bajo este régimen.

Del Risco: Pero en la experiencia cubana, por ejemplo, no tenemos dos nombres diferentes para una cultura producida en el mismo lugar. Aparentemente solo tenemos “cultura cubana”. Puede tratar de separarlas en una cultura oficial y otra no oficial pero al final ambas son “cubanas”. En Rusia no tienen ese “problema”. Ponen a Ajmátova y a Polevoi en diferentes categorías (literatura soviética o rusa) incluso si estuvieron escribiendo al mismo tiempo en el mismo lugar.

Dobrenko: Bueno, de acuerdo a esa categorización tienes la literatura rusa, que es más amplia e incluyen a Ajmátova y a Polevoi y tienes la literatura soviética que incluye a Polevoi pero no a Ajmátova. ¿Qué pasó cuando la Unión Soviética se derrumbó? Que la mayoría de mis colegas quisieron deshacerse de la literatura soviética como si fuera una completa basura. Mi punto es que si quieres tener una historia de la literatura necesitas incluir todo. De alguna manera tienes que acomodar a Ajmátova con Polevoi.

Del Risco: Sí, pero cuando se va a escribir una historia de la literatura soviética ¿por qué no incluir a Ajmátova o Mandelstam?

Dobrenko: Hay muchos casos diferentes. Le voy a dar uno de mis ejemplos favoritos: Solzhenitsyn. Yo defino su escritura como literatura anti-soviética-soviética. Es absolutamente anti-soviética en términos de su mensaje ideológico pero no en términos de la propia escritura. Por su estilo pertenece absolutamente a la literatura soviética. La idea de la literatura soviética desde los años 1920s es que todos ellos querían ser Tolstoys rojos. Todos querían escribir “La guerra y la paz” soviética.

Del Risco: Como Vasili Grossman… 


Dobrenko: Por supuesto. Grossman es un gran ejemplo de literatura anti-soviética-soviética. En todas sus novelas Grossman trató de escribir La guerra y la paz. Por supuesto: es más rico y más profundo que Polevoi: Grossman era un escritor muy bueno. Pero desde un punto de vista estilístico era una literatura muy soviética. Eso es precisamente lo que trato de decir: que la literatura soviética fue derivada de la literatura rusa del siglo XIX. Todos los escritores soviéticos estudiaron la literatura del siglo XIX y todos querían ser León Tolstoy. Todos querían escribir La guerra y la paz soviética o anti-soviética. Ellos querían hacer algo muy ruso.

Del Risco: ¿Y el caso de Varlam Shalamov?

Dobrenko: El caso de Shalamov es distinto porque Shalamov muestra un tipo de verdad diferente sobre el GULAG y el trauma que esto causó, algo que no es para nada soviético. Porque la literatura soviética es un tipo de literatura muy racionalista y Shalamov con su experiencia tan traumática definitivamente fue mucho más lejos de lo que la literatura soviética les permitía ir a los escritores. Hay otros casos como el de Platónov. Platónov era un creyente sincero, él quería escribir literatura soviética todo el tiempo.

Del Risco: Sí, pero fracasaba… todo el tiempo…

Dobrenko: Sí, por supuesto que fracasaba. Era demasiado bueno para la literatura soviética. Alguna gente lo hacía inconscientemente, alguna conscientemente, como Bulgakov, por ejemplo. Algunos trataban de negociar entre lo que querían hacer y lo que les estaba permitido. Hay una anécdota muy famosa sobre el lingüista formalista Viktor Shklovsky. Una vez le preguntaron en una entrevista con una publicación italiana “¿Cómo fue que usted negoció durante toda su vida con la censura soviética?” y Shklovsky respondió: “Cuando estás en la calle tu dejas que el autobús pase antes que tú, ¿no es así? Y no lo haces por cortesía sino porque no tienes opción”. Hubo casos como el de Yuri Trifonov o el de los “prosistas de aldea” en los setentas. Ellos eran antisoviéticos, eran nacionalistas, nunca aceptaron la colectivización pero al mismo tiempo fueron aceptados por el Estado. De alguna manera encontraron la vía para convertirse en parte del mainstream soviético en los setentas. ¿Por qué? Porque en la práctica el régimen soviético era un régimen nacionalista ruso que se trataba de vender a sí mismo como un régimen internacionalista marxista cuando en él no había nada que fuera internacionalista o marxista.

Andrei Platonov
Del Risco: Regresando al realismo socialista, ¿Cuán diferentes eran los peores autores soviéticos a los peores autores occidentales? O, en otras palabras: ¿Cuán diferente ―en su opinión― es el proceso de satisfacer las necesidades más elementales de entretenimiento o de cultura en ambas sociedades? ¿No piensa que al igual que usted define al realismo socialista como creador de sus propios productores y consumidores de cultura occidente también tiene mecanismos parecidos?  

Dobrenko: Claro. Occidente, como cualquier otra sociedad, crea sus propios escritores y lectores. Cuando vine a la Universidad de Duke a principio de los años noventas me encontré con esta académica, Janice Radway. Ella escribió el libro Reading the Romance. Básicamente lo que ella estaba tratando de entender era por qué ciertas mujeres leían las novelas románticas que puedes comprar en los supermercados. Esos libros horrendos y baratos con héroes apasionados en la portada. Así que leen esa porquería y tienen clubes de fans y van allí y discuten las novelas. Esta académica trataba de entender por qué la gente leía mala literatura. Pero en Occidente tienes diferentes clases y diferentes estratos y para cada uno de ellos tienes una cultura. Así que la gente que lee esas novelas no saben que The New York Review of Books existe. Ni The New York Review of Books siquiera se imagina la existencia de ese tipo de novelas. Es como si existieran en diferentes países. Incluso en diferentes continentes. Es una cultura muy compartimentada.

Pero el caso de la cultura soviética es totalmente distinto. Todas las culturas totalitarias son distintas porque son populistas. Tratan de producir una cultura que les sirva a todos. Y la realidad es que no se puede producir una cultura que le sirva a todo el mundo. Como resultado obtienes una cultura que no le sirve a nadie. Entonces tienes un lector ideal para quien esta cultura funcionaría potencialmente cuando de hecho no funciona para nada. Y tienes una intelligentsia que no lee esta literatura para nada. La toleran pero no la leen.

El problema con la cultura rusa es que después de las reformas de Pedro el Grande Rusia se convirtió en un país europeo pero al mismo tiempo no era un país con libertad: no había parlamento, ni libertad de expresión, ni de asociación. De manera que los debates políticos no tenían manera de ser expresados más que a través de la literatura. Así que en Rusia la literatura se vio abrumada con funciones sociales y políticas.

En Occidente es totalmente distinto: tienes literatura intelectual y tienes esas novelas baratas para algún mujer solitaria en alguna parte de Minnesota, literatura para diferentes tipos de personas. En el caso ruso la literatura es el único sitio en el que te puedes expresar libremente. Por eso es que tienes literatura que es al mismo tiempo política y tribuna nacional y filosofía, y estética y ética, etc, etc.

Del Risco: Viendo esa pretensión totalizante que tenía la cultura soviética ¿en qué medida usted piensa que conceptos como “totalitario” o “totalitarismo” son todavía útiles? No ya sólo en el aspecto represivo sino también en el creativo, como aspiración a una totalidad.

Dobrenko: Bueno, el término totalitario está muy pasado de moda en la actualidad…

Del Risco: ¿Por qué?

Dobrenko: Porque ahora está claro que la esa “totalidad” no era realmente una “totalidad”. Trataba de presentarse a sí misma como una totalidad cuando de hecho no lo era. Trató de alcanzar una totalidad pero nunca pudo alcanzarla. El concepto de “totalitarismo’ fue parte del discurso sovietológico. Toda la sovietología estaba basada en la idea de la existencia de un  régimen totalitario. Pero luego de muchas décadas de influencia de la sovietología vino un proceso de revisionismo. Ellos se acercaron de una manera totalmente distinta a la sociedad soviética y a la cultura soviética. Se dieron cuenta de que había que mirar más allá de los aspectos meramente políticos. Que hay que ver la historia social, no solamente la historia política. Hay que ver la historia no solo desde arriba sino también desde abajo. Y cuando miras una cultura no solo desde arriba sino también desde abajo eres capaz de ver una imagen más complicada y rizomática. Todo el concepto de totalitarismo se desmorona a causa de esto. Y se hace más difícil entender cómo este proceso de sovietización funcionó en diferentes generaciones y períodos de tiempo. Cómo fue el proceso de internalización de su mensaje ideológico, cómo fue recibido por la población en dependencia de su nivel educativo y de su desarrollo social y político. Hay montones de aspectos que juegan un papel en este proceso. De manera que el término “totalitario” se hizo totalmente superfluo. Pero por supuesto, pienso que cuando te acercas al fenómeno en su totalidad desde el punto de vista de la historia política tiene sentido usar ese término.  

Del Risco: Pero cuando hace un momento describía las diferencias entre la cultura soviética y la occidental decía que se diferenciaban precisamente en que la cultura soviética pretendía crear una cultura que se ajustara a toda la sociedad y que había una aspiración a la totalidad inexistente en Occidente. ¿Existe ―por ejemplo― un concepto que trate de definir esta concentración de todos los diferentes niveles de la cultura en uno solo?

Dobrenko: Bueno, nada ha venido a reemplazar al viejo totalitarismo. A veces uso este término en literatura pero solo en un sentido estrecho, cuando hablo en un sentido puramente político. Hay un buen historiador del arte, un exiliado, Igor Golomstock. Vive en Londres y escribió un libro muy famoso, Totalitarian Art, un tomo voluminoso. Es muy interesante. Él habla de este arte totalitario en la Unión Soviética, la Alemania Nazi, la Italia fascista y la República Popular China. Cuatro culturas. Y lo que muestra este libro es que lo que pasó en todos esos países fue lo mismo: tienes a estos cuatro países atacando a las vanguardias y estableciendo un arte realista populista. Tienes el mismo culto a la personalidad, las novelas industriales, el culto por la cultura populista, usted sabe, esas cosas campesinas y folklóricas. Así que cuando lees el libro y repasas las ilustraciones te dices “¡Dios mío! ¡Todo es igual! ¡La cultura totalitaria existe!”. Pero no es lo mismo. ¡No a causa de los idiomas distintos sino porque son culturas absolutamente diferentes! No puedes comparar la cultura italiana con la china solo porque en la era de los regímenes autoritarios ambas producían obras dedicadas a rendir culto a Mussolini o a Mao Tse-tung. Es como decir “todas las guerras son iguales” solo porque en todas las guerras hay peleándose unas contra otras. La verdad es que todas las guerras son diferentes. No puedes explicar nada diciendo que todas las cosas son iguales. La cuestión con el totalitarismo es que te da un nivel de generalización que es prácticamente como decir que todos son iguales. Es un modelo que dice que la China de Mao, la Cuba de Fidel, la España de Franco o la Alemania de Hitler son lo mismo porque son totalitarias.

Del Risco: En mi experiencia, incluso con todas esas culturas e ideologías diferentes puedes encontrar un meta-lenguaje en el cual se puede predecir lo próximo que va a ocurrir solo porque al haber vivido bajo un régimen totalitario terminas dominando ese metalenguaje. Me refiero a ese tipo de familiaridad que encontré cuando era un estudiante leyendo ciertos libros satíricos de Europa del Este y descubriendo el asombroso parecido que había entre los personajes, situaciones, relaciones y mentalidades que aparecían en esos libros y los que encontraba en mi país a pesar de las profundas diferencias culturales.

Dobrenko: Le daré un ejemplo. Hace pocos meses en Inglaterra la BBC pasó una versión televisiva de “La guerra y la paz”, muy exitosa. Mucha gente empezó a leer las novelas de Tolstoy y decían: “¡oh, es igual a las novelas de Jane Austin!”

Del Risco: Si, pero cuando leo las novelas de Europa del Este no estoy comparando estas con otras novelas clásicas sino con mi propia vida. Por otra parte cuando tratas de mostrar las buenas novelas escritas bajo esos regímenes es muy difícil traducirlas a las culturas occidentales, no solo a causa de las dificultades idiomáticas sino a las condiciones absolutamente distintas entre las sociedades. ¿Cómo traducir a Platónov a un punto de vista occidental, por ejemplo? Pero al mismo tiempo yo pude leer a Platónov casi como si fuera un escritor cubano…

Dobrenko: El problema con Platónov ―a quien considero el más grande prosista ruso del siglo XX― es que es absolutamente intraducible.

Del Risco: Pero yo lo he leído siempre en traducciones y lo he disfrutado muchísimo…

Dobrenko: El problema con Platónov es que todo ocurre en el lenguaje: los mayores acontecimientos en las novelas de Platónov ocurren en el lenguaje mismo. Le voy a dar otro ejemplo que es muy único: nadie puede entender en Occidente por qué Pushkin es la figura más importante de la literatura rusa. Uno de los mayores especialistas de Pushkin en los Estados Unidos ―amigo mío― dice: “El problema cuando traduces a Pushkin es que suena como un poeta victoriano de segunda categoría”. ¡Pushkin es tan trivial! Cuando lo lees traducido no puedes entender su grandeza. ¡Es tan convencional! Platónov es una historia diferente porque él es todo lo contrario. Él es muy poco convencional.

Del Risco: Y sin embargo yo siento una familiaridad con Platónov, incluso en traducciones, que no logro sentir con Pushkin y precisamente a eso me refería. Pero, volviendo al tema de la internacionalización del realismo socialista, en su libro The Making of the State Writer usted traza los orígenes del realismo socialista como institución hasta un pasado ruso muy anterior a la Revolución de Octubre. Su narrativa trata de ser histórica, basada en la tradición rusa pero al mismo tiempo sabemos que instituciones similares fueron construidas en naciones con tradiciones muy distintas entre sí. (En mi país, por ejemplo, a pesar de la narrativa histórica y cultural en la que se inserta, la base de la construcción de una cultura socialista son dos frases. Una del Che Guevara que dijo que “la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original”. La otra, más breve es de Fidel Castro que definió los límites de la libertad artística en estos términos: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”. Son menos prescriptivas, más pragmáticas pero a la larga igualmente castrantes). Mi pregunta es: ¿cómo explica la proliferación de modelos similares de producción cultural a pesar de las grandes diferencias entre las tradiciones culturales en que estos modelos fueron insertados?

Dobrenko: Nunca había oído antes esas citas que me refiere pero me recuerdan la fase de la cultura pre-realismo socialista, los tiempos de la cultura revolucionaria. Con Rusia el problema es que a menudo la gente no lo entiende y entiende la cultura soviética como algo que comenzó en 1917 y terminó en 1991 cuando de hecho la cultura revolucionaria, especialmente en los 1920s, se desarrolló después de la Guerra Civil y antes de que Stalin llegara al poder en 1928. La cultura revolucionaria es más cercana a las vanguardias y tiene ideas menos convencionales sobre la cultura. Quizás es debido a que la Revolución Cubana ocurrió mucho después. Su cultura fue formada en los sesentas. Por supuesto que es el mismo tipo de cultura, es la cultura populista de las masas no educadas pero aun así tiene un trasfondo completamente diferente al del realismo socialista ruso. Porque ―por ejemplo― el realismo socialista en Rusia trata de simular o explotar la cultura folclorista y está basada en el cristianismo ortodoxo. Por otra parte la cultura cubana está basada en la tradición católica.

Del Risco: Las citas que le leí necesitan un contexto. En el caso de la de Castro este trataba de responder a los reclamos se los intelectuales cubanos sobre supuestos planes de imponer en la cultura cubana la estética del realismo socialista y la respuesta de Castro es: “No se preocupen por eso. Nuestro único interés es político: el de que ustedes no usen la cultura como un arma de la contrarrevolución”.


Dobrenko: Sí, ese era el programa de la cultura pre-Stalin. ¿Sabe por qué no trataron de imponer el realismo socialista en Cuba en los sesentas? Porque en esa época ya estaba muerto.

Del Risco: Pero luego, en los setentas tuvieron bastante éxito implantando cierto realismo socialista. Parecería que fuese una pulsión genética en esos regímenes.

Dobrenko: El punto es que cuando el realismo socialista colapsa como institución en todos los países de Europa el Este después de 1956 no pienso que tuvieran planes serios de introducir el realismo socialista en ninguna parte. Fue introducido en países como China y Corea del Norte pero en una época diferente. A finales de los cuarentas y a principios de los cincuentas todavía podías hacer eso. No conozco el caso cubano pero después de la muerte de Stalin, después del XX Congreso del PCUS ya nadie trataba de introducir el realismo socialista. Quizás algunos elementos pero como institución totalmente desarrollada…

Del Risco: Le sorprendería lo bien que se desarrolló el realismo socialista como institución en los setentas en Cuba…

Dobrenko: El realismo socialista como una institución integral de promoción de esta literatura desde la escuela a la biblioteca, la producción de libros, a ciertas políticas de publicación es un sistema inmenso.


Del Risco: En ese sentido institucional es muy similar el caso de Cuba aunque a nivel estético fuera bastante menos estricto y formalista que el soviético. Pero seguía la misma estructura: escuelas, bibliotecas, medios de prensa, editoriales con “cierta” política de publicación, talleres literarios, compañías de teatro aficionado, escritores que iban a las fábricas a “empaparse” de la realidad del país, premios literarios nacionales patrocinados por las fuerzas armadas o el ministerio del interior para promover literatura policial y de espionaje. Incluso figuras literarias bien establecidas trataron de acercarse en su obra al canon del realismo socialista. Pero sobre todo en el sentido que usted explica en The Making of the State Writer de que en el realismo socialista el “acto de censura es transformado en parte constituyente del proceso creativo” en el intento de buscar la “armonía” con el proyecto político-social comunista. Pero permítame hacerle una última pregunta: ¿cuál piensa que es la lección más importante que las sociedades actuales pueden aprender de la experiencia comunista?

Dobrenko: Tenemos la percepción de que el comunismo ―tal y como ocurrió en la Unión Soviética y en muchos países incluida Cuba, por supuesto― fue un paso histórico hacia adelante. Como si hubieran avanzado demasiado rápido. Cuando de hecho el comunismo ―tal y como fue implementado― fue una reacción de las sociedades patriarcales y tradicionalistas a los retos de la modernización, al individualismo y a la democratización. Bajo esta luz el comunismo fue un desvío que tomó la Historia. Y si observas el resultado en las sociedades postcomunistas en la actualidad lo que ves es que todos esos países terminaron en una situación en la que todavía tienen que pasar por todas las etapas que ellos pensaban que habían dejado atrás (el capitalismo, la democratización, etc.) para poder desarrollarse. La lección es que no debes basar tus planes y principios en un intento de modernizar sociedades tradicionales de un modo acelerado. Esas sociedades son difíciles de desarrollar. El comunismo es un intento de modernizarse de una vez pero los procesos de modernización no ocurren de esa manera. Básicamente terminaste en la primera casilla del juego y tienes que volver sobre todos esos pasos que intentabas evitar con el desvío comunista. El comunismo es impaciencia histórica y es muy difícil ser paciente.