domingo, 17 de septiembre de 2023

Sobre los clásicos

 


Tiempo atrás un estudiante se rebeló contra mi mala ocurrencia de darle a estudiar hombres blancos. El hombre blanco en cuestión era mujer y española, María Zambrano, cuya condición de blanca le parecería inaceptable a los racistas de ambos extremos del espectro político: desde el Klu Klux Klan a Hollywood, donde consideran al español Antonio Banderas “persona de color”. El pecado de la Zambrano era, a los ojos azules de mi estudiante rubio, referirse en repetidas ocasiones al filósofo griego Platón. Rechazo aterrador si se tiene en cuenta que Platón —que a los inquisitivos ojos del KKK y Hollywood tampoco pasaría por blanco— más que por el color de la piel se distinguió por ser uno de los más profundos pensadores de la historia de la humanidad. Privarse de conversar con el autor de los “Diálogos”, ya sea por su género o color de piel, me pareció, además de una grosería, una forma de automutilación.

Prefiero pensar que mi estudiante, hombre blanco él mismo, en el fondo no renegaba de Platón por compartir su mismo género y raza. Bastante más plausible era que rechazara al filósofo griego por su condición de clásico, de cosa vieja cuya veneración apenas se entiende. Si el estudiante le echaba mano a un prejuicio aceptable en nuestra época, ese que va contra el color y el género de los opresores tradicionales, era por pura comodidad mental. El rechazo a la cultura clásica ya se había convertido en costumbre desde que, tras la crisis de la vieja tradición escolástica, en el siglo XIX se extendió el repudio primero por la educación transmitida en latín y luego por la cultura grecolatina que iluminó el tránsito del medioevo al renacimiento. Fue entonces que al latín, la lengua culta en la que se redactaron los revolucionarios tratados de Copérnico y Newton, se le arrinconó en los currículums escolares hasta convertirla en tortura sofisticada de profesores sádicos.

De la idea del clasicismo se ha abusado hasta el punto en que el rock que se escuchaba en mi infancia y juventud ha adquirido la condición de “clásico” como también lo son ciertas variantes de coca cola o nescafé. (¿Debo recordar que para que la coca cola adquiriera la condición de clásica tendría que recuperar la coca que se le añadía a su fórmula original de la que tomó el nombre?). Como se sabe, “clásico” se deriva de la palabra latina classicus, término que se aplicaba a los reclutas de la «primera clase», la infantería pesada del ejército romano. “Lo «clásico», pues, es «lo de primera clase», aunque no lleve ya una armadura pesada” dice el historiador Robin Lane Fox en su revelador libro El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma.

Cabe preguntarse ¿a qué se debe la extendida repulsa actual contra los productos culturales de primera clase? ¿Acaso resultan demasiado intimidantes o repelentes para un mundo contemporáneo concentrado en la destrucción de las jerarquías? ¿Serán las obras clásicas un obstáculo al sueño de una sociedad más igualitaria y justa? No debe descartarse esa posibilidad. Después de todo Platón era un orgulloso aristócrata que abominaba la democracia: la veía inclinada a caer en el populismo más abyecto, como cuando condenó a su amado maestro Sócrates. Todo lo contrario de la república soñada por el propio Platón, donde reinarían los filósofos y en la que sospecho que ni él mismo tendría cabida.

No hace mucho fue eliminado el departamento de estudios clásicos en la famosa universidad afroamericana de Howard. No es poca cosa si se tiene en cuenta que allí estudiaron la Nobel de Literatura Toni Morrison o al eminente juez Thurgood Marshall. El pretexto para tal decisión fueron las dificultades financieras que sufre la universidad, pero los intelectuales afroamericanos Cornel West y Jeremy Tate se la tomaron, más que como asunto administrativo, como preocupante signo de los tiempos. Según escribieron en un artículo, con el cierre del departamento de estudios clásicos, se prefirió “la escolarización utilitaria a expensas de la educación formadora del alma”. Tomando como ejemplo a las figuras de Frederic Douglass y Martin Luther King Jr. y su interés por los estudios clásicos, West y Tate defienden los estudios clásicos insistiendo en que estos ayudan a “prestar atención a las cosas que importan y desviar nuestra atención de lo superficial”.

Aparte de la anterior, existen para mí un par de razones que hace imprescindibles a los llamados clásicos. Una es su demostrada grandeza a lo largo de siglos. Su capacidad de superar tantos cambios de contexto histórico, de creencias, de convenciones, nos deberían alertar sobre la manera especial en que estas obras fueron construidas y de que, a pesar de los muchos prejuicios con las que cargan, han sido capaces de comunicarse y estremecer a cada nueva generación que ha salido a su encuentro. La otra razón es precisamente la distancia a la que contemplamos estas obras. Esa perspectiva de siglos nos permite analizar a fondo nuestra propia realidad. Son estas obras, que han sabido hurgar a fondo en la esencia de lo humano, las que mejor idea nos dan de cuán poco justificada está la pretensión actual de haber alcanzado un estadio superior como género humano. Reflejados en ese espejo que nos llega desde el pasado la imagen que nos devuelve no es precisamente alentadora.

Dudo, no obstante, que estas razones sean tenidas en cuenta. El espíritu distintivo de nuestra época es la creencia en la absoluta superioridad moral de las nuevas generaciones. Generaciones que viven convencidas de que todas las nociones políticas, estéticas o éticas del pasado están fatalmente intoxicadas por sus visiones sobre la raza o el género y de que no existe creación humana precedente que esté a la altura de la pureza de espíritu que se acaba de alcanzar.

Solo una vez Occidente se permitió un desprecio tan radical por la cultura que la precedió: fue justo durante la emergencia del cristianismo, cuando este dictaminó que los creadores clásicos compartían el pecado imperdonable de ignorar las futuras enseñanzas de los evangelios. Ese desprecio por la cultura grecorromana fue lo que hizo aceptable el retroceso cultural que representó la Edad Media. Cuando otro poeta ahora considerado clásico, el gran Dante Alighieri, emprendió su recorrido imaginario por el infierno, no por gusto se hizo acompañar por el poeta Virgilio: lo que parecía una aceptación del castigo impuesto a su maestro resultaba más bien el reconocimiento implícito de su grandeza.

Hoy, cuando Homero, Platón, Dante, Cervantes, Shakespeare o Tolstoy son arrinconados por la descalificación universal de ser hombres blancos, más que a la misoginia o al racismo se está renunciando a lo mejor de la tradición occidental igualándola a lo peor, de la Santa Inquisición, a Hitler o Stalin. De alguna manera se confía en que con ese rechazo la humanidad se permitirá un nuevo comienzo sin el lastre de culpas pasadas. Como advierten West y Tate en su artículo, lejos de establecerse una distinción “entre la civilización y la filosofía occidentales, por un lado, y los crímenes occidentales por otro” estos se convierten en sinónimos.

No se trata, como añaden West y Tate “de si vas a trabajar en una tradición sino de cuál” porque “la elección de no tener tradición deja a las personas ignorantes a merced de un lenguaje que no crearon y marcos que no entienden”. Y afincados en tal ignorancia la aparente liberación de viejos vicios se convertiría sin remedio en la garantía de opresiones aún mayores.

viernes, 15 de septiembre de 2023

ACQUA DI OSCARETTO, EXTRACTO DE CAGUAMACONDA


Oscar Sánchez (Holguín, 1986) no es un músico. Es un güije, una granizada en verano, un corrientazo. La primera canción que recuerdo haberle escuchado fue una parodia de reguetón, si es que es posible parodiar un género que siempre va más allá de sí mismo. «Rállame la zanahoria» se llamaba la canción y cerraba un corto homónimo de Eduardo del Llano de cuyo nombre no consigo acordarme. Allí estaba todo Oscar Sánchez: ferocidad e ingenio; inteligencia y desenfado; ausencia total de prejuicios musicales y de los otros.

Si al reguetón no se le puede ganar en procacidad desde que Los Bikingos subieron el listón hasta el inalcanzable «Échame el pellejo pa’tras», Sánchez decidió pasarles por la derecha a golpe de ingenio y de referencias más o menos cultas (en un tiempo en que tener una ortografía decente te convierte automáticamente en intelectual). «Excalibur, Excalibur, Excalibur, fanática de la piedra, Excalibur, Excalibur, Excalibur, lo tuyo es estar clavá», le decía Sánchez a la doncella destinataria de su composición y sabíamos que estábamos ante algo diferente. Llámelo como quiera. Compositor o corrientazo.Luego de dos discos minimalistas ―Ojos que te vieron go, never te verán comeback (2019), a dúo con Marbis Manzanet, y Crowfunding criollo (En vivo desde La Casa de la Bombilla Verde); ambos disponibles en Spotify―, Acqua di Oscaretto (2023) se ofrece como el vehículo con el que Oscar Sánchez explota a fondo sus potencialidades como músico, como rayo que no cesa. Desde el título, la grabación se anuncia como destilado, como esencia fina. Como juego frenético y gozadera profunda. Liberado del corsé cantautórico de guitarrita y voz, el animal musical que es Sánchez se desata y despacha a su gusto. En Acqua di Oscaretto, el músico se acompaña con formatos de ocasión para incursionar en el rock, el son, la guaracha, el bolero, el ska o el reggae y conseguir que su voz ―literal y figurada― quede expuesta del mejor modo posible en cada pieza.

Menciono géneros, pero entiéndanse como mera aproximación. Porque Sánchez, como todo músico verdadero, adapta las convenciones musicales de cada género a sus necesidades expresivas y no al revés. El músico estremece las rutinas compositivas y hace de cada canción de Acqua di Oscaretto un reconocimiento (de afinidades, de códigos) y una revelación. Si en «La caguamaconda» es detectable una cercanía al rockason y la congarrock que Alejandro Gutiérrez y Boris Larramendi popularizaron con Habana Abierta, «Lengua muerta» tiene resabios de guaguancó, pero con ritmo distinto y talante reposado. «El huevo», en cambio, resulta una interpretación moderna y libre del tradicional changüí, mientras en «Ofrenda» se transita sin esfuerzo del bolero al reggae. «Con la cara partía y el bigote quemao» y «Jugando» son aproximaciones muy personales al son; y «Contigo, el fuego y la tierra» recuerda el grunge de producción nacional que Superávit intentó en su disco Verde melón.

Para el cierre, Acqua di Oscaretto trae una versión musicalizada de «Los dos príncipes», el poema de José Martí, cantado a ritmo de habanera y acompañado por quinteto de cuerdas y coro. Es de temer que, acompañadísimo como está en estas canciones por guitarra eléctrica (Daniel Pérez Peña y Alfred Artigas), contrabajo (Rafael Paseiro y Néstor del Prado), bajo eléctrico (Miguel Valdés), piano (Narryman Piña), tres (Yusa y Oscar Sánchez), batería (Marcos Morales), coros (Liliana Héctor, Marbis Manzanet, Claudia Portuondo) y percusión (Irán «El Menor» Farías Sains), cuando el cantautor vuelva a defenderlas armado únicamente de su guitarra acústica se sienta poco menos que desnudo.

Todo lo anterior da apenas una leve idea del paisaje sonoro de Acqua di Oscaretto, grabación llena de hallazgos que se resisten a ser trasladados al papel. Más fácil es comentar las letras febriles, furiosas, poéticas o divertidas, según por donde ande el ánimo del compositor. El ardor rockero de «La caguamaconda» es refrescado por su alucinante juego de palabras: «¿Quién son tú?/ ¿Caguama y anaconda?/ ¿Quién son tú?/ ¿Anaconda-caguama?/ ¿O una liga de anaconda con caguama?/ ¿La caguamaconda o la anacaguama?». De ahí salta al comentario socio-psico-tecnológico: «Mira la cuerpa que tengo,/ nunca la has visto/ por estar en Facebook,/ nunca la has tocado/ […] por estar en Facebook,/ la libido apagada/ por estar en Facebook./ Dando like, like, like, like, like». En «Borracha», la rima predecible es sorprendida por el verbo, dice: «salir pa’ la guaracha,/ censar las cucarachas/ hasta que te da el sol» y la imagen se convierte en sinécdoque de la decadente rutina de emborracharse, dormir en el piso y despertar al amanecer. En «El huevo», la advertencia popular «ten cuidado con lo que desees porque puede cumplirse» da un salto evolutivo: «Cuidado con lo que deseas,/ que primero es realidad/ y después vicio./ Luego, un deporte extremo,/ y no recuerdas cómo caíste en el hoyo». En la canción «Con la cara partida y el bigote quemao» Sánchez usa décimas de varias procedencias y un estribillo más pegajoso que chicle al sol para crear un clásico instantáneo y atemporal.


No obstante, Oscaretto se pone serio, y mucho, en canciones como «Contigo, el fuego y la tierra», en la que el interpelado no parece ser otro que el Poder de «un mundo sin sueño». A ese Poder se le emplaza con preguntas para las que no cabe otra respuesta que el silencio:

¿Quién va a matar en tu nombre?

Sucio de lágrimas, sangre […]

¿Quién va a poner la cabeza

sobre el cadalso a que sacies tu sed?

¿Quién va a brindarte su vida?

¿Quién va a pedirte que ordenes lo que debe hacer?

¿Quién?

No es ocioso recordar aquí que el principal responsable de Acqua di Oscaretto reside en La Habana, Cuba, territorio libre de derechos, aunque ni las letras, la música o los arreglos exquisitos necesitan de tal disculpa. Tampoco lo necesita la textura densa e intachable de la grabación que consigue Sánchez auxiliado por el productor Sergio Valdés desde Nueva Jersey. En Acqua di Oscaretto, Sánchez se toma la libertad de ser artista libre, si me disculpan la doble redundancia, para entregarnos sus verdades, su energía, su humana complejidad como si las mismas circunstancias que enmudecen a otros funcionaran en su caso como doping. Del choque entre esas malditas circunstancias y el yo sale «Vómito», que es eso mismo: la urgente y revulsiva necesidad de decirlo todo donde (casi) todos callan, donde «estar solo es la mierda que colma mi vida». Un mundo en el que la rutina es un «acto caníbal» y «los obreros son medios básicos, animal listo para asar en la vara». En el espantoso Aleph de «Vómito» se declara que «la hipocresía con que milita la gente/ es un charco pestilente, podrido, da asco», actitud que convive con «la moneda prácticamente inservible,/ en el bolsillo del trabajador destacado». Allí reinan:

el mismo presidente por medio siglo,

el nivel en consumo de alcohol disparado,

el litoral norte despidiendo a sus hijos

en busca del sueño americano.

De ese contraste acusadísimo entre gracia y espanto, rabia y ternura, va emergiendo la imagen del creador complejo y delicado que es Oscar Sánchez. Un artista que, justo para no renunciar a la búsqueda de su verdad, empieza por evitar engañarse: exhibe sus heridas ―íntimas o multitudinarias― sin exceso ni afectación, con toda la sensibilidad y el coraje del que es capaz. Pero la sensibilidad y el coraje, imprescindibles en cualquier artista, suponen un riesgo excesivo allí donde campea la injusticia. Por eso, es recomendable escuchar las canciones de Acqua di Oscaretto como si no existiera el riesgo que a la distancia somos incapaces de aquilatar. Como si el único peligro posible fuera usar la palabra o la nota indebida, el tipo de errores que persiguen a un músico por toda la eternidad.

Así de libre y liberador es este disco, en el cual la situación terrible y opresiva en que surge, sin ser ignorada, es reducida a su miserable intrascendencia, a ser nota al pie de creaciones magníficas como Acqua di Oscaretto.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Buscando a Calvert Casey en Roma

Calvert Casey. Foto cortesía del cineasta Riccardo Vega.

No tuve suerte con Calvert Casey en Roma. No es que llegara 54 años después de su muerte, el 16 de mayo de 1969. El Cimitero acattolico, donde hay una tarja dedicada a su memoria, estaba cerrado hasta nuevo aviso. Tampoco pude conseguir la dirección exacta de la Piazza Margana donde el escritor americano-cubano (para describirlo en orden formativo) vivió hasta que puso fin a su vida con una sobredosis de somníferos.

En cuanto llegué a la Piazza Margana -que da título al único capítulo sobreviviente de una novela destruida por Casey y dicen que allí estaba ubicado su apartamento romano- la acribillé a fotos. La Margana es una plaza pequeña y bella, una belleza discreta comparada con la tendencia al exceso que domina la ciudad. Ni edificios barrocos ni fuentes de Bernini. La plaza acoge a un restaurant en una de sus esquinas y en ella también radica una base de segways, esas carriolas con pretensiones que alguna vez anunciaron que revolucionarían el mundo y hoy apenas atraen breves bandadas de turistas incautos.


Los turistas se balanceaban torpemente en los aparatos, alistándose para recorrer la ciudad mientras yo trataba de adivinar en qué rincón de la plaza un escritor extranjero -extranjero de todas partes quiero decir- se había matado a pastillazos hacía más de medio siglo. Finalmente entré en la única puerta abierta que encontré entre aquellos palacetes reconvertidos en edificios de apartamentos o algo peor. Me recibió un cartel que decía "Propiedad privada". Seguí haciendo fotos con mi teléfono hasta que apareció el portero a preguntar, receloso, qué hacíamos allí. Cuando le mencionamos a un escritor cubano muerto hacía mucho tiempo su rostro se distendió.


Al parecer nada le resulta más inofensivo a los porteros italianos que los buscadores de escritores muertos, cubanos o de cualquier otro sitio. Sobre Casey el portero no sabía nada pero en cambio nos informó que en ese edificio había vivido alguna vez el famoso novelista italiano Alberto Moravia. Una plaga, pensé, eso son los escritores. Una plaga de la que la humanidad no se ha podido librar durante milenios, incluso cuando no pocos de ellos eligen el autoexterminio.

Todo este instructivo relato para hacer un llamado a quien sepa la dirección exacta donde vivió y murió Casey para que me lo haga saber. Muchas gracias por anticipado.



martes, 5 de septiembre de 2023

Nosotros, los gusanos

Hay una discriminación de la que no se habla y no porque sea más tenue: me refiero a la marginación continua que los cubanos exiliados sufren en medios culturales y académicos. Llamarle “discriminación ideológica” sería faltar a la verdad porque lo que menos importa aquí es la ideología del excluido. Basta con que se reconozca como exiliado de una dictadura que no es reconocida como tal entre la progresía planetaria para ser sometido desde acoso declarado a sordo pero persistente ninguneo. Raramente se reconocerá así pero basta levantar la voz contra la dictadura cubana o simplemente reconocer su existencia para sufrir las consecuencias en la forma de rechazos de solicitudes de becas o empleo, negaciones de ascenso, silenciamiento de la obra, postergaciones continuas y pertinaz ninguneo.
Siempre fue así. Lo sufrieron de manera abierta los exiliados de los sesenta y setenta y lo sufren de manera más sibilina los de ahora. De ese silenciamiento obstinado y eficaz supieron Cabrera Infante y Reinaldo Arenas y otros menos conocidos, entre otras cosas porque de eso se trata, de convertirlos en fantasmas anónimos. A veces son las instituciones las que ceden a las presiones que se ejercen desde La Habana, a veces actúan por iniciativa propia, por simpatía o pura inercia ideológica ante un regimen que lo único que hace por los excluídos es multiplicar su número. Las reglas del juego son discretas pero se comprenden apenas se sale de Cuba, a medida que se van cerrando puertas y las llamadas o mensajes dejan de ser contestados. Unos aceptan tales reglas y pagan con su cuota de mutismo y disimulo. Otros no y lo que pagan son las consecuencias.
No se trata de andarse quejando. Bastante más caro cobran en Cuba el precio de no callarse: averguenza dársela de perseguidos ante una hostilidad tan discreta. Y sin embargo, en época de tan delicada sensibilidad ante agresiones imaginarias es curioso que nunca se hable de cómo se nos discrimina a los gusanos, empezando por el epíteto siempre presente, aunque no se pronuncie. Y es ese silencio, entre ladino (de los que la ejercen) y resignado (de los que la sufren) lo que la hace tan eficaz.
Yo mismo nunca hablo de ello. Siempre encuentra uno algo más importante por lo que protestar. Sin embargo, no hace mucho una amiga -que entre sus tantas virtudes cuenta la de no ser cubana y a pesar de ello y de su clarísimas credenciales de izquierdas ofrece su solidaridad constante a la causa de la democracia en Cuba- me contaba que su rechazo al castrismo le ha costado que muchos de sus compatriotas le viren la espalda. “Si eso es así contigo, imagínate con nosotros” le comenté. Nosotros los gusanos, quise decir, para que el desprecio que padecemos lleve el calificativo que le corresponde. Ella me entendió.