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martes, 25 de julio de 2023

¿La Bobería? de Zumbado o de qué hablábamos cuando hablábamos de humor


Durante mi remota infancia allá por los años setenta, cuando los juegos olímpicos los ganaban países que hace rato no los encuentras en los atlas, la sección de humor de la revista Bohemia daba más pena que risa. Aparte de la página de “Humor internacional” -con sus caricaturas de náufragos y mujeres celosas que esperaban al marido detrás de la puerta con un rodillo- era difícil incluso intuir que se trataba de una sección de humor. Estaban las caricaturas de Ñico de un viejo con su perro y los insuperables artículos de un tal Mongo P.: no recuerdo haber superado nunca el primer párrafo. ¡Y miren que es fácil entretener a un niño con ganas de reírse! Esas crónicas supuestamente costumbristas de Mongo P. se bastaban para cuestionar el sentido de la campaña de alfabetización. ¿Para qué aprender a leer si en lugar de un Eladio Secades tenías que espantarte al tal Mongo P.? Así y todo uno, como mismo hay nostálgicos de los muñequitos rusos, uno se aficionaba a aquellos bodrios al punto de tener la costumbre de empezar a leer la Bohemia por las últimas páginas. Si no te reías con los pocos chistes al menos podías descubrir alguna curiosidad ortográfica o un chisme de Hollywood. Cualquier cosa era mejor que el resto de una revista dedicada a comentar la maldad imperialista y a entrevistar a obreros ejemplares y directores de la pujante industria especializada en producir artículos que nunca verías en las tiendas.

Aunque pareciera imposible llegó el momento en que la sección de humor de Bohemia empeoró. Ni siquiera Ñico ni Mongo P. Así hasta el 24 de octubre de 1986. En el número correspondiente a esa fecha apareció una nueva sección “¿La Bobería?” -usando como logo una imagen de El Bobo de Abela- a cargo del más atrevido y talentoso escritor humorístico de entonces, el siempre recordado Héctor Zumbado. Allí estaba con su columna “Una de cal y una de sal”, la entrega semanal de “La Bobocracia” del caricaturista Arístide, la sección de caricaturas internacionales renovada con dibujantes argentinos y el añadido de escritos satíricos sobre la cotidianidad socialista que era la misma que en Cuba solo que los nombres rusos tienen el inconveniente de que se te olvidan de un párrafo al siguiente. También había textos de humoristas cubanos, entre ellos los de Nos-Y-Otros, que eran de lo mejor del humor escrito del momento, pero que hasta entonces no habían aparecido en las páginas de la venerable revista dedicada a combatir la codicia yanki y exaltar los logros de una economía concentrada en reproducción de artículos invibles a los ojos pero no al corazón.


La renovación de la sección humorística de Bohemia era parte de la pequeña y breve revolución en los medios que se vinieron dando en aquellos tiempos en que los aires de reformas soplaban nada menos que desde Moscú. Cuatro páginas de cien: ese era el alcance de la revolución encabezada por Zumbado: como si en la toma del Palacio de Invierno los bolcheviques apenas hubieran podido conquistar la garita del portero. (Esa revolución discreta también ocurrió en otros medios -la sección “El látigo con cascabeles” de la revista Alma Mater, El Programa de Ramón, en Radio Ciudad de La Habana- pero nunca en el Granma o en la televisión que a la que lo único que la distinguía del Granma era la telenovela brasileña). Ahora podías atreverte a lanzar críticas indirectas al sistema, siempre tímidas y ensañadas con la proverbial cadena, en lugar de con el mono: los burócratas de baja estofa en lugar de los que decidían su contenido de trabajo o las croquetas en lugar del Ministerio de la Industria Alimenticia. Pero incluso esas minucias se veían como un gran atrevimiento y hasta tenías que invocar los cambios que estaban ocurriendo en la Madre Patria del comunismo para asegurarte, si no inmunidad, al menos no conocer de primera mano el decorado interior de Villa Marista.

Pero Zumbado sabía que para llevar adelante una sección como la que tenía en mente no podía contar con los Mongo P. del momento, firmes aliados del analfabetismo. Ni bastaba con publicar cuentos soviéticos con aquellos nombres que se te olvidaban tres líneas después. De ahí que en el propio número de octubre del 86 en “¿La Bobería?” apareciera una convocatoria para que los humoristas “profesionales o aficionados, viejos o jóvenes, literarios o gráficos, solteros o infelices” mandaran sus colaboraciones a la sección. Y en efecto, en los siguientes meses y años desfiló por las últimas páginas de Bohemia lo mejorcito que iba surgiendo de las nuevas generaciones de humoristas: Nos-Y-Otros, los miembros de la Leña del Humor (Carlos Fundora, Pible, Eduardo Triana y Bao), Jorge Fernández Era, Camilo Hernández, Pablo H., Garrincha y Alexis Núñez Oliva, que escribía y publicaba más que todos los demás juntos. En “¿La Bobería?” también aparecía lo mejor del humor en español del momento como el colombiano Daniel Samper y hasta clásicos europeos como Alphonse Allois. Como para que la gente se enterara de qué hablábamos cuando hablábamos de humor.

También había mucha morralla en “¿La Bobería?”, todo hay que decirlo. Porque aquel llamado democrático atrajo a cuanto carcamal pujón o nuevo aspirante a viejo carcamal pujón había en la isla. Me imagino las acrobacias que tuvo que hacer Zumbado para disimular que su apuesta era por el humor más atrevido y punzante porque entonces no lo salvaría ni el mismísimo Gorbachov. Y publicó a todo el que pudo. Por publicar me publicaron hasta a mí, orondo de ver mis textos en la más antigua y venerable de las revistas cubanas, reino de administradores socialistas y obreros vanguardias en cuyas páginas habían aparecido alguna vez los artículos de Jorge Mañach y Mongo P.. A los 20 años te perdonan muchas cosas, gracias a que la gente todavía espera que estés a tiempo de no echarte a perder del todo.

 



El asalto al cielo de las últimas cuatro páginas de Bohemia no duró mucho. El del 3 de marzo de 1989 apareció por última vez “¿La Bobería?” bajo el cuidado de Zumbado (Ecured se equivoca al decir que Zumbado trabajó en Bohemia del 86 al 88). A partir de entonces 
“¿La Bobería?” apareció bajo la supervisión del caricaturista Cecilio Avilés a quien al parecer el sentido del humor se lo cercenaron en la infancia y nunca consiguieron reimplantárselo, uno de los fracasos más vergonzosos de la medicina revolucionaria. Se siguieron publicando textos y caricaturas de humoristas jóvenes y talentosos pero, sin la aguda inteligencia de Zumbado para elegir cierto humor y defenderlo ante sus superiores a “¿La Bobería?” le iba quedando cada vez menos. Al mes siguiente pasó Gorbachov por La Habana, nuestro particular Mr. Marshall, y no pareció tener mucha química con el cacique local. Unos cuantos generales y coroneles fusilados después quedó claro que la cosa iba en serio. Y cuando la cosa va en serio no hay oficio más peligroso que el de hacer reír: allí donde fusilan Héroes de la República a los Bufones de la República los desaparecen sin que nadie pregunte por ellos.


Columna de Zumbado publicada el 16 de febrero de 1990 tres días después de la golpiza que lo dejara incapacitado para escribir de por vida

Luego de dejar la dirección de “¿La Bobería?” Zumbado siguió publicando allí su columna “Una de cal y una de sal” casi por un año. El 13 de febrero de 1990 una misteriosa golpiza -que Ecured no menciona en su ficha biográfica- lo dejó incapacitado para escribir o hablar con propiedad por los próximos 26 años, hasta su muerte en 2016. Como sus columnas siguieron siendo publicadas tiempo después de la golpiza, asumo que las tenía escritas de antemano. La noticia de lo ocurrido con el fundador de “¿La Bobería?” no se dio sino hasta el 9 de marzo para anunciar el motivo por el que se interrumpía la publicación de sus columnas. Decirle noticia es decir mucho. Apenas se anuncia que "en días pasados el compañero Héctor Zumbado sufrió un accidente que provocó que le intervinieran quirúrgicamente" y se desea que pronto "pueda deleitarnos con su buen humor".




Extraña manera de comportarse con quien años después lo abrumaran con homenajes y hasta el "Departamento de Personalidades Afectadas" del Mincult se dignara a asignarle pensión de 40 CUC mensuales. Porque, eso sí, la generosidad de la Revolución es infinita.


domingo, 26 de marzo de 2023

¡Oh, San Zumbado!

No hubo humorista más importante para nuestra generación que Héctor Zumbado. En una época -que abarcó los setentas hasta bien entrados los ochentas- en que decir “humor” era referirse a una sarta de lugares comunes y calculadas cobardías Zumbado resplandecía con un brillo único: el de la inteligencia crítica. Y graciosa. En el dócil rebaño que componían los que se hacían llamar humoristas por entonces Zumbado resaltaba como la oveja negra. Hablo de una época en que el Estado lo producía todo, desde el café a las croquetas y burlarse de ellos era hacerlo de la incapacidad de ese Estado para completar la más humilde tarea. Como la de trasladar la población desde punto A a punto B en el horrendo sistema que teníamos por transporte urbano. Y de todo eso Zumbado ya se burlaba en sus columnas de 1969 y 1970, apenas meses después de que el Estado hubiese absorbido la práctica totalidad de la economía nacional tras la infame Ofensiva Revolucionaria de 1968.


Cierto que existió entre nosotros, los humoristas que emergimos en la década de los ochenta, cierto espíritu parricida. Recuerdo que alguna vez se redactó un manifiesto en que se abjuraba de los chistes de “taxis y roquetas” que ya se habían convertido en el nuevo lugar común. Supongo que pretendíamos apuntar más alto, al sistema encargado de producir una vida tan mediocre. Atacar el famoso mono en lugar de la cadena. Pero no estoy muy seguro de que siquiera fuéramos muy conscientes de ello: era tanto el miedo ambiente que ni siquiera nos podíamos dar el lujo de tener las cosas tan claras. Por eso mismo nos habrá costado entender que la grandeza de Zumbado no estribaba en los objetos paupérrimos de su sátira sino en la brillantez con que la ejercía.
Pero al gran Zumbado le parecía importar muy poco nuestra juvenil soberbia y no hubo miembro del gremio más dispuesto a ayudarnos, con menos miedo a que sus hijos le saliéramos un poco contestones, a que pretendiéramos opacar su brillo. De ahí que no fuéramos pocos los que encontráramos en la sección humorística de Bohemia que dirigía Zumbado en la segunda mitad de los ochenta, “Una de cal y otra de sal” uno de los escasos espacios donde podíamos publicar textos inadmisibles en el resto de la prensa escrita (los otros eran el DDT con su triada genial de Manuel, Ajubel y Carlucho o la sección de humor de Alma Mater a cargo de Jorge Hernández y Otto Treto. Otro espacio de mínima libertad -en este caso radial- era El Programa de Ramón, hijo y buque insignia de aquella época que por entonces creíamos nueva).

De ahí que la misteriosa paliza que dejó a Zumbado incapacitado para caminar o hablar, para no hablr de escribir, dejara a toda nuestra generación de humoristas en estado de orfandad. Muchas veces, en medio de la crisis espantosa que cayó sobre toda Cuba en los noventa se preguntaba el cubano “¿qué diría Zumbado ahora?”. ¿Qué diría desde su lucidez etílica el gran humorista que nos enseñó a reírnos de las guaguas y las croquetas ahora que estas prácticamente habían dejado de existir? Por eso, al organizar el Primer Festival Aquelarre en diciembre de 1993, no se nos ocurrió humorista más merecedor de homenaje que Héctor Zumbado. Con un Zumbado fuera de combate desde hacía años, a las autoridades de entonces, encarnadas en el presidente de la Asociación Hermanos Saíz, Fernando Rojas, debió parecerles una opción inocua.



Fui encargado de escribir el homenaje. No sé qué esperarían de mí. Supongo que recalentar las croquetas y los panes de los que Zumbado se había burlado inmisericordemente años atrás y que en aquel 1993 eran mera carne de nostalgia. Pero ¿qué tal si usaba el homenaje a Zumbado para burlarme de las innombrables miserias de aquellos días nuestros? (Porque lo peor del hambre de no era el hambre en sí sino que hubiera que soportarla en silencio). Y ya que estábamos en el negocio de la burla ¿qué tal burlarnos de nosotros mismos y de nuestra añoranza por aquellos tiempos con los que Zumbado había sido tan inclemente? Nunca un texto me ha salido tan fácil: bastó con convertir a Zumbado en “santo defensor de los usuarios” e imaginar a alguien que le reclamaba por criticar todas aquellas miserias que ahora añorábamos. Debo haber escrito aquel monólogo en unos quince minutos guiado por el sonido de la voz desafinada de Ulises Toirac a quien pensaba el actor ideal para interpretar el monólogo. Ulises sin embargo tenía un compromiso para la noche del domingo de clausura del Festival por lo que tendría que buscarme otro actor. Posiblemente fue el propio Ulises quien sugirió el nombre de Osvaldo Doimeadios.

Al día siguiente, sábado, fui al Mella donde ya había 
 arrancado el festival y le di el texto a Doime que de inmediato aceptó representarlo. Recuerdo que al poco rato hicimos en el vestíbulo del propio teatro una lectura de textos humorísticos para el público invitado, lectura que terminó con un Rojas indignado. Fue Rojas quien, en una reunión de emergencia con los humoristas, advirtió que si nos atrevíamos a llevar textos como aquellos al escenario del teatro sería él mismo quien nos bajaría a la fuerza. Recuerdo también mi risa interior pensando en el monólogo que le acababa de pasar a Doime y que se representaría a la noche siguiente bajo la inofensiva categoría de homenaje. Ha sido una de las pocas veces que he puesto en práctica lo que se puede considerar como silencio estrategico.



Llegó la noche del domingo y el homenaje a Zumbado. El humorista ya podía volver a caminar luego de la golpiza pero apenas podía reproducir frases inconexas aunque llenas de intención que completaba con un pícaro “lalalala”. Así subió al escenario del Mella, tarareando el tema de Casablanca, “Hoy como ayer” o "Yesterday", sus tonadas favoritas de entonces, para recibir el diploma que le ofrecía la Asociación Hermanos Saíz. Luego vino Doime. Ni en sueños pude haber imaginado una interpretación más rica e inteligente de mi texto. En apenas 24 horas y en medio del tumulto enloquecido que es cualquier festival el actor no solo se había estudiado y aprendido el monólogo sino que repensó la puesta en escena y llenó el texto con inflexiones o pausas que reforzaban su sentido. Doime desechó mis pobres indicaciones y en lugar del altar que yo había propuesto representó su monólogo de frente al público convirtiéndonos en el santo al que echaba en cara la miseria reinante. El recibimiento de aquella representación de apenas cinco minutos fue apoteósico y unánime, excepto, supongo, por Rojas y el resto de su séquito. Salí del teatro con una felicidad solo comparable con la rabia que debió haber sentido esa noche el presidente de la Asociación Hermanos Saíz. Una rabia que debo intuir porque lo cierto es que ni él ni nadie vino a pedirme cuentas. ¿No habían pedido un homenaje? Mi monólogo se ajustaba bastante a esa clasificación y, siendo un homenaje, no debería repetirse quitándole a la posible represalia cualquier sentido pedagógico.

Sin embargo, por un fenómeno común en un sistema donde la represión prefiere ser discreta, el mero hecho de que algo pueda ser representado una vez en público sin represalias visibles se convierte en su aprobación de hecho. De manera que a partir de entonces y usando como precedente su estreno en el Mella mi “Plegaria a San Zumbado” se convirtió en parte del repertorio de Doimeadios en aquellos años y de Sala-manca, el grupo que dirigía. Pronto me enteré que otros actores profesionales como Carlos Ruiz de la Tejera, Luis Alberto García o Tony Cortés declamaban también mi monólogo aunque solo alcancé a ver la versión del primero. Fue gracias a ellos 
-y a unos cuantos actores aficionados que tambien lo reprodujeron- que aquel texto escrito a la carrera con intención de ser representado una sola vez, con diferencia, el más conocido de cuantos escribí en Cuba. No obstante, cuando Carlos Ruiz de la Tejera lo grabó para un programa de televisión este fue censurado y sustituido por un viejo texto del maestro Zumbado que por repetido no ya no despertaba las alarmas de nadie.



No hace mucho una amiga en Miami descubrió el manuscrito original de mi monólogo entre sus papeles. Mi deuda con ella y con su esposo es tan larga que no sé por cuál de sus infinitos favores fue que les regalé aquellas dos cuartillas escritas mientras vivíamos en Cuba. De lo que me alegro, pues de haber quedado en mis manos estoy seguro que no habría sobrevivido a todas mis mudanzas de Cuba a España y de ahí a Estados Unidos. El manuscrito sigue en manos de mi amiga pero me ha enviado la foto de dos cuartillas, escritas por ambas caras con el monólogo y la nota que le dejé a Ulises Toirac pidiéndole que lo representara. No es gran cosa, lo sé, pero cuando uno no es Shakespeare o Cervantes o Piñera, tiene que conformarse con reliquias así, que te retrotraen a un tiempo de miseria abrumadora que, gracias a los esfuerzos de los dirigentes cubanos, ha sido superado por miserias más abrumadoras todavía. Ahora, por primera vez y a petición de otra amiga, hago la transcripción del texto original. Lo acompaño con la grabación que hizo del monólogo el caricaturista Eddy Abela, nieto del gran Eduardo Abela, en el teatro Carlos Marx en 1994, unos meses después de su estreno en el Mella. (Sí, hasta que no convirtieron el Acapulco en sede del Centro Promotor del Humor nuestras sátiras sobre los efectos del comunismo se escenificaban nombrados a mayor gloria de lideres comunistas. Justo ahora caigo en ello). Las pequeñas variaciones que introdujo Doime las prefiero al texto mismo ("agüita turbia" en vez de "oscura" del original, por ejemplo) porque le dan más fuerza y fluidez. No los entretengo más, que tampoco se trata del Primer Folio ni del manuscrito de “Aire frío”.


Plegaria a San Zumbado
¡Oh, San Zumbado, santo protector de los usuarios, escudo de los traspapelados en las envolventes aguas de la burocracia, tenaz castigador de administraiciones y cagástrofes, Oh San Zumbado, perdónanos por todos nuestros pecados y auxílianos en esta hora difícil!
¿Recuerdas San Zumbado que cuando acudíamos a ti desconcertados ante el escurridizo transporte urbano o frente al diabólico ritual gastronómico conocido como cambio de turno siempre nos consolabas? ¿Recuerdas San Zumbado [como] nos lamentábamos de la fértil imaginación de nuestros burócratas o de lo adormecedora que era nuestra televisión y tú, solo tú, lograbas el milagro de que a pesar de todo termináramos riéndonos?
¿Recuerdas San Zumbado cuando nos explicabas que aquella masa amorfa, impenetrable y elástica no era pan sino justamente su negación? ¿Recuerdas San Zumbado cuando nos hacías riflexionar que el verdadero sabor de las croquetas no era justamente aquel al que estábamos acostumbrados o que aquella agüita turbia que se vendía a 10 centavos en las esquinas no merecía que se le llamara café? ¿Te acuerdas San Zumbado? (suspira) ¡Qué tiempos aquellos!
¡Ay San Zumbado, tú no sabes nada! ¡Así que la burocracia! Si vieras ahora a los pobrecitos burócratas, dan lástima haciendo trámites en papel recuperado. No te imaginas lo triste que es un burócrata sin papel carbón. ¿Y nosotros los usuarios? No te imaginas cómo extrañamos los cambios de turno y todas aquellas delicias. ¡Ay San Zumbado! ¡Danos hoy el pan que criticábamos ayer! Nos conformamos con que no cumpla con los parámetros establecidos. San Zumbado, es que no todo puede ser perfecto porque lo perfecto es enemigo de lo bueno y en definitiva somos seres humanos susceptibles de caer en errores. San Zumbado, por tu madre, devuélvenos las croquetas aunque su sabor no se corresponda con la cosa en sí. Devuélvenos las guaguas aunque no se detengan exactamente en la parada y también aquella agüita oscura a la que cariñosamente insistíamos en llamarle café. Es más, devuélvenos la electricidad de nuestras noches aunque haya que ver la retrasmisión de la retrasmisión diferida del último concierto de Alfredito.
¿Dónde has metido todos aquellos defectos que animaban nuestra vida San Zumbado? Sí, porque la culpa es solo tuya San Zumbado por ser tan criticón. Por tu culpa y nada más que por tu culpa es que estamos así. Porque el que critica lo que tiene a pedir se queda. Y nuestro vino es agrio, pero es espumoso. Es más que me llevo la botella. Y las velas, que hoy me toca de 5 a 11.



domingo, 12 de junio de 2016

El silencio y la muerte

Reniego por naturaleza de las teorías conspirativas pero –más allá de mis inclinaciones- a veces las circunstancias insisten en darles la razón. Como en el caso del extraño incidente en el que el escritor Héctor Zumbado fue golpeado sufriendo con ello secuelas que afectaron severamente su capacidad de comunicación verbal y lo apartaron por completo de la escritura hasta su reciente muerte. Desde aquel febrero de 1990 en que sufriera lesiones de las que nunca se recuperó del todo muchos achacaron el origen del ataque al gobierno cubano, teoría que persiste hasta hoy.
La teoría tomaba como base los pocos hechos comprobados de un incidente oscurísimo por otra parte: un individuo -que luego resultó ser el escritor Héctor Zumbado- fue encontrado inconsciente por miembros de la PNR en las inmediaciones del Círculo Camilo Cienfuegos quienes lo llevaron al hospital Calixto García. Llamaba la atención que la policía no procediera a identificar el sujeto (a pesar que llevaba consigo el carnet de identidad) ni levantara acta sobre lo sucedido o intentara comunicarse con los familiares. Así fue que Zumbado estuvo horas en la sala de emergencias sin ser atendido hasta que un doctor lo identificó y se encargó del caso salvándole la vida. Luego se comprobaría, al revisar sus pertenencias que al escritor no le habían robado nada descartando el robo como motivo del ataque. Esto y la falta de señales de pelea hicieron pensar a muchos que el motivo era silenciar una de las voces más inconformistas dentro de los medios oficiales.
En contra de la teoría estaba el hecho de que Zumbado incluso siendo uno de los escritores menos complacientes con el establishment distaba de ser considerado como un disidente o que en aquellos días para acallar a un escritor no era necesario golpearlo: bastaba con cerrársele todo acceso a la prensa y las editoriales nacionales. Puedo añadir que cuando Zumbado hubo recuperado en algo sus capacidades comunicativas le pregunté sobre los hechos de aquella noche y -como me temía- este no recordaba nada.
Transcurridos 26 años desde aquel terrible y oscuro incidente llama la atención que ni en páginas oficiales ni en la prensa del gobierno se haga la más mínima mención a aquellos hechos que sacaron de circulación al más fino y punzante crítico de la cotidianidad cubana de aquellos días. Como si 26 años de silencio forzoso fueran poca cosa. Como si no fuese necesario explicar ese vacío inmenso que aparece en sus biografías oficiales. (Tanta es la falta de información que incluso en medios del exilio mencionan un "accidente cerebrovascular" como si se tratase de un derrame cerebral cualquiera y no un golpe terrible que le fracturó el cráneo). 
No se trata de reactivar viejas teorías conspirativas (pero tampoco de descartarlas por completo ante la patente conspiración de silencio que han tejido los medios oficiales cubanos alrededor de aquellos hechos: visto en puridad la tesis de que Zumbado fue atacado por los órganos de seguridad ni siquiera es una teoría alternativa. Ante la ausencia de tesis oficiales -ausencia que parece tratar de convencernos de que tal incidente nunca ocurrió- es la única explicación -oficial o extraoficial- que se haya ofrecido hasta el momento). Alguna disculpa se le debe a los lectores de Zumbado que nunca tuvieron oportunidad de enterarse por qué uno de sus escritores favoritos ha callado durante tantos años. Se trata de no dejar, en fin, que el silencio se anote otra victoria, de que la muerte sea menos completa.

Post data: Párrafo de un mensaje que me acaba de enviar Teriana Zumbado, hija del escritor y en la que se aportan otros datos y precisiones sobre el caso:

Sería conveniente aclarar que el equipo de neurocirujanos que atendió a papi, siempre negó que hubiese sido una caída accidental por el  estado etílico en el que se encontraba papi ese día de febrero/1990. Según sus experiencias, y debido a los hematomas subdurales generados por el traumatismo craneal grave, llegaron a la conclusión que el peso físico de papi no correspondía a esa supuesta caída que según la policía comentó, porque como bien dices nunca hubo informe alguno. El golpe, según los médicos tuvo que haber sido con un objeto contundente. […] Si algo no olvido es que en esos días alguien llamó al hospital para  comunicar que los dos policías “habían sido despedidos”. Eso, sólo eso fue lo que supimos, ni nombres, ni apellidos, ni nada. Aberrante. Luego con los días, y es algo que nunca entendimos, una recepcionista de la revista Bohemia que nunca supimos quien era, dijo haber encontrado los espejuelos de papi en la calle…inaudito, incoherencia total. En esos días lo único que nos preocupaba era que papi se salvase, pues los partes médicos sólo anunciaban su estado de gravedad. Se salvó como bien dices, porque ese día entraba de guardia el Doctor neuro-cirujano Eupiérrez, quien lo reconoció en esa asquerosa sala de emergencias, en la que permaneció tirado como un perro toda la noche. Si lo hubiesen atendido a tiempo quizá la historia hubiese sido otra, según nos contó éste médico.  A éste señor le he vuelto a buscar por las redes, pero ha sido imposible, se que vive en USA. 

lunes, 6 de junio de 2016

Héctor Zumbado (1932- 2016)


Hacía tanto tiempo que se le había pasado la hora de morir con sus hábitos de bebedor suicida primero y con un misterioso y terrible accidente que lo dejó apartado para siempre de la escritura que ya pensábamos que Héctor Zumbado no moriría nunca. Acompañante incesante de mi niñez desde que descubrí un librito suyo -“Limonada-” que recogía viñetas burlonas de la vida cotidiana. Y eso no era fácil en tiempos en que nadie se atrevía a burlarse de nada excepto quizás el imperialismo porque todo lo demás, desde el transporte público hasta las croquetas eran responsabilidad exclusiva del Estado. Y quien decía Estado, decía Revolución, Patria y Demás Cosas Que Se Escribían Siempre Con Mayúsculas. Podría afirmarse sin exagerar que fue Zumbado quien enseñó a generaciones de cubanos el difícil arte de reírse en aquellos años de entusiasmo aterrado. No digo que fue el único que nos hacía reír pero nadie en aquellos días lo conseguía como él: con esa libertad, con esa inteligencia, con ese atrevimiento. Hace mucho rato que hemos perdido su voz pero saber que estaba con vida nos acompañaba a mí y a muchos más como una suerte de talismán. Quiero hacerle llegar a sus hijos y al resto de su familia mis condolencias en la conciencia de que somos muchos más los huérfanos.
P.D.: No recuerdo quién me encargó que escribiera un homenaje a Zumbado en la edición inaugural del Festival Aquelarre en 1993 y que llevara magistralmente a escena Osvaldo Doimeadiós pero se lo agradezco eternamente. Eso me permitió cumplir con aquel lema de que el mejor homenaje era el diario cumplimiento del deber y en el caso de Zumbado no había deber más sagrado que el de joder.
Gracias, maestro.  

domingo, 5 de julio de 2015

Carlos Ruiz de la Tejera


Entró a mi oficina en el cementerio de La Habana no como si ya me conociera de antes sino como si fuera mi jefe de toda la vida y, no sabiendo cómo encargarme una misión desagradable y difícil, estuviera engrasándome el camino hacia ella con una verborrea apabullante. Era Carlos Ruiz de la Tejera el actor al que había visto tantísimas veces en la televisión declamando sus monólogos a quien veía por primera vez en persona y había algo de sobrecogedor en ese espectáculo. Ya me habían dicho que un monólogo que yo había escrito para un homenaje al escritor Héctor Zumbado e interpretado magistralmente por Osvaldo Doimeadios lo estaba representando Carlos en su peña en el Museo Napoleónico y en cuanto sitio apareciera. No era el único. Por esos días me llegaban noticias de que actores como Luis Alberto García y Tony Cortés y otros actores menos conocidos también habían incluido la “Plegaria a San Zumbado” en sus respectivos repertorios pero Carlos fue el único que se había asomado a conversar con el autor para pedir algo así como un permiso póstumo. Aunque eso es mucho decir porque Carlos no dejaba hablar a nadie. Recuerdo que ese día en la oficina del cementerio me sentí como Mafalda cuando su amiga Susanita rompía a hablar y el globo que contenía sus palabras la aplastaba contra los bordes del cuadro de la tira cómica. Recuerdo también lo que pensé en ese momento: encerrarlo a él y a Fidel Castro en una habitación armados únicamente sus verborragias a ver quién se imponía a quién, quién salía vivo de un encuentro que se prometía épico.

De aquella visita saqué en claro únicamente un par de cosas: a) que el actor me estaba muy agradecido por el monólogo que yo no había tenido oportunidad de cederle; b) que le gustaría interpretar otros textos míos. A ello añadió una amable invitación a su peña donde representaría mi monólogo. La colaboración entre nosotros no llegó muy lejos. Yo estaba en mi fase “métase el gato por el culo” donde cualquier colaboración con un artista oficialmente reconocido me parecía sospechosa así que le mandé textos menos disimulados todavía que el de “San Zumbado”, más irrepresentables, sospechando que Carlos no se iba a atrever con ellos. Y en efecto, cuando tuvo que darme su opinión sobre esos textos fue la única vez que vi contenerse su torrente verbal, cuando incluso creo recordar que llegó al tartamudeo y explicarme que ese no era el tipo de textos que estaba acostumbrado a representar. 

Meses más tarde me llamó para darme una buena noticia: acababa de grabar “San Zumbado” en un programa especial dedicado a él en la tele y me dijo la fecha en que salía. Por supuesto que yo, llegada la fecha del programa, tenía en alerta roja a toda la familia para que vieran al gran Carlos Ruiz de la Tejera representando un texto mío. Esa noche sin embargo tuve que asistir al espectáculo de ver al actor representar uno tras otros monólogos nuevos y viejos sin que apareciera por ningún sitio el que yo había escrito.

Esa misma noche, entre las llamadas de mis tías abuelas o mis padres preguntando qué había pasado recibí la del propio actor pidiéndome disculpas porque luego de haber grabado el programa alguien había decidido que mi monólogo no debía salir al aire y confirmándome de paso algo que debía saber desde hacía rato: que mis textos no tenían espacio en la televisión cubana. Tampoco es que fuera muy traumático porque ya hacía algunos meses que había decidido irme del país e incidentes así no servían más que para confirmar mi decisión. Esa fue la última vez que tuve noticias directas de Carlos Ruiz de la Tejera. Llevaba tres años viviendo fuera de Cuba cuando recibí, dedicado de su puño y letra (“Para Enrique  con agradecimiento”) un CD con sus monólogos que incluía –esta vez sí- su interpretación de mi texto. (Si me preguntan mi opinión respondería sin dudas que de las representaciones de “San Zumbado” prefiero la de Doimeadios, más sobria y punzante. Esa colaboración con Carlos Ruiz de la Tejera que cuando lo veía de niño interpretar los famosos monólogos de Héctor Zumbado me hubiera parecido impensable ahora no hacía más que subrayar la distancia que separaba a nuestras generaciones en cuanto a la manera de concebir el humor).

Ahora que ha muerto me toca devolverle el gesto. Menos por nuestra accidentada colaboración que por lo que, como parte de generaciones de cubanos que disfrutaron sus radiantes apariciones en todos los medios posibles le debemos:  en la televisión, en el teatro con el Conjunto Nacional de Espectáculos o en solitario, en su primera y breve colaboración cinematográfica como joven soldado en “Las doce sillas” o en aquella de mucho más peso como cronista de la familia Orozco en “Los sobrevivientes” con su memorable “La historia de los Orozco la escriben los Orozco”. Eso y muchísimo más debemos agradecerle porque aquellos años oscurísimos para el humor y la sátira en los que criticar la calidad de las croquetas proporcionadas por las cafeterías estatales era el atrevimiento más inaudito alguien se atreviera a prestarle su panorámica boca para reproducir los filosos(ficos) monólogos de Zumbado. 
Gracias Carlos.         

miércoles, 13 de marzo de 2013

El día que se perdió el juego de batos

Ahora recuerdo un clásico de Héctor Zumbado, el artículo que escribió cuando Cuba perdió la final de la V Copa Intercontinental de Edmonton en 1981 contra una selección norteamericana compuesta por jugadores universitarios, como todas las de aquella época. En esos días la moda era cogerla con Servio Borges, el manager de entonces que había ganado todo con el equipo Cuba. Se le criticaba cada uno de los errores estratégicos cometidos, cada carrera perdida por mal corrido de las bases, cada jugador dejado en el banco. En aquel momento se lo querían comer vivo y no me extraña que ahora lo quieran usar como modelo de director. Zumbado, que sabía que el problema era mucho más grave, terminaba diciendo que quizás lo peor es que hubiésemos ganado. 

Más de treinta años después el artículo sigue como acabado de salir de imprenta. La misma discusión sobre los detalles del juego que apenas distrae del paisaje después de la batalla. La ficción de los eternos campeones ya hace rato que es insostenible y no se trata de este o aquél error sino de un deporte que, como todo el país, ha estado de espaldas al mundo y encima nos pensamos su vanguardia. Que si le damos la espalda es porque vamos unos pasos por delante de todo el planeta. 


Ahora tenemos la oportunidad de volver a concordar con Zumbado. El problema no es que hayamos perdido una vez más sino que durante muchísimos años nos hemos creído que somos los mejores por el simple hecho de no haber competido con los mejores. (Ahí está la Serie del Caribe que es la competencia que realmente se corresponde al nivel actual del beisbol cubano y a la que todavía los directivos cubanos no se atreven a entrar. O todos los jugadores a los que se trata como desertores o todo un sistema deportivo basado en la negación de la realidad). Que se ha llegado a ese momento terrible en que a quien único podemos engañar es a nosotros mismos.

Abajo el artículo de Zumbado, imagen cortesía de Tejuca:




lunes, 9 de abril de 2012

Zumbado cumple 80

El pasado 19 de marzo el escritor Héctor Zumbado -uno de los grandes nombres del humor cubano-cumplió 80 años. A juzgar por las fotos se encuentra muy bien y una nota de su hija Teriana me lo confirma.


“Ahora está pasándose una temporada en el pueblo de Cary que lo cuida y lo quiere mucho, (Paso Quemado, Los Palacios, Pinar del Rio), una casa de campo donde hay gallinas, vacas, etc. Y lo que no se esperaba él era que en ese pueblo lo conocía hasta el barbero que va a la casa a pelarlo y afeitarlo. Está muy feliz, ya ni bebe, ni fuma, como dice mi mamá: "nunca es tarde si la dicha es buena".
Supongo que a unos cuantos lectores de este blog esa también les parezca una buena noticia.




lunes, 28 de abril de 2008

Zumbado

Una de las consecuencias del homenaje que le hicimos al escritor Héctor Zumbado en días pasados fue que su familia se puso en contacto con varios de nosotros y así pudimos tener noticias frescas de él. Encima Ramón Fernández Larrea recibió fotos recientes que amablemente ha compartido conmigo y que a su vez comparto con ustedes.




sábado, 12 de abril de 2008

Zumbado o la persistencia del espíritu


A petición de Penúltimos Días escribí un texto para un dossier que acaba de sacar en memoria de Héctor Zumbado, magnífico escritor y personaje legendario (por sólo mencionar uno de los rones que frecuentaba). Desde ya ese dossier reúne el mejor y más amplio material que pueda encontrarse sobre Zumbado a quien pocos de los que lo leyeron olvidan pero que al mismo tiempo se le recuerda mucho menos de lo que merece. Todos los textos son muy buenos pero les recomiendo especialmente el de Ramón Fernández Larrea quien fuera compañero de correrías de Zumbado antes de convertirse a la sobriedad etílica (algo tienen los poetas que cuando escriben prosa hacen sonrojarnos a los simples prosistas). Los dejo con el texto con que contribuí al dossier y más abajo con el audio de “La plegaria a San Zumbado” interpretada por Osvaldo Doimeadios en el teatro Carlos Marx a inicios de 1994. Debo agradecer a Eduardo Abela, magnífico caricaturista y nieto del creador del Bobo (de Abela, precisamente) quien grabara la presentación y me facilitara una copia y a Tejuca que la pasó a formato digital y acaba de subirla a youtube con caricatura incluida.

Zumbado o la persistencia del espíritu

Héctor Zumbado fue, si la memoria no me falla, mi primer ídolo literario local. (Habrá quien haya pasado de leer “El osito Boribón” y “Había una vez” a “Paradiso” pero no es mi caso). Me leí su “Limonada” con ese placer que reservamos para muy pocas cosas y desde entonces me dediqué a buscar todo lo que publicaba en la prensa. O en sus libros, más bien escasos, cuyas ediciones se agotaban con tanta rapidez como los libros del Comandante con la diferencia de que se leían. No era difícil la elección. En una época de una grisura imponente, el humor de Zumbado brillaba casi hasta sin querer. Durante bastante tiempo creyó en el Gran Proyecto –de otra forma no hubieran podido sobrevivir ni él ni su honestidad- pero no estaba dispuesto a transigir con la letra pequeña del contrato: no por creer en la Revolución dejaba de reconocer que esta era incapaz de producir un pan decente, un café más o menos bebible y en cambio había conseguido la más grande producción de oportunistas e ineptos que hubiera conocido nunca el país. El socialismo a largo plazo podría ser justo y esperanzador pero visto a través de los ojos de Zumbado en el día a día resultaba tan inquietantemente cursi como alérgico a cualquier bienestar que no fuera el que produce martirizar al prójimo. Y el escritor nos revelaba esa obviedad con una gracia y elegancia que parecía extinta en la isla –fue, entre otras cosas, uno de los que en intramuros mejor aprovechara la lectura de Cabrera Infante, por mencionar una influencia inmediata que no suele invocarse- y en sus textos sacudió y refrescó el dialecto local como pocos. Y así, sin querer, terminó convirtiéndose en nuestro mejor humorista en estado puro: más desenvuelto y enjundioso que Eladio Secades y con menos ambiciones pero más compacto y filoso que Miguel de Marcos. Si algún otro autor del patio, de ese tumultuoso patio de escuela que es Cuba, se le aproxima en eficacia cómica es el Pablo de la Torriente Brau de “Las aventuras del soldado desconocido cubano”.
No pretenderé haber tenido un profundo conocimiento personal de Zumbado. Nunca lo conocí, por ejemplo, en su fase sobria, privilegio dado sólo a los que lo conocieron cuando era niño o justo acabado de levantar. Fui por primera vez a su casa con los miembros del grupo Nos-Y-Otros para trabajar en un proyecto televisivo que avanzó justo hasta que Zumbado se lo propuso a algún directivo que lo rechazó de plano. La colaboración no pasó a mayores pero en esos días nació una amistad si no profunda al menos todo lo higiénica que puede estar una cosa meticulosamente bañada en alcohol. Lo mismo bebíamos a la salud de su amigo Cala, – un fotógrafo en cuyo currículum etílico brillaban con luz propia las borracheras que había compartido con Marlon Brando cuando visitaba Cuba- que para, más tarde, bajar el trago amargo del suicidio de ese mismo amigo. Una tarde en la Universidad supe del “accidente” de Zumbado. Había recibido una paliza –sobre la que luego se ha especulado mucho pero de la que nadie tiene información fidedigna- y se encontraba ingresado en el hospital Calixto García a donde fui a buscar noticias. Al llegar supe que lo habían tirado a morir en un rincón como un borracho más hasta que alguien lo reconoció y entonces trataron de hacer todo lo posible por salvarlo. Regresó del coma sonriente pero sin palabras, esas que lo habían hecho famoso. Durante los meses siguientes hizo progresos –muy lentos- hasta detenerse en la enunciación de unas cuantas frases inconexas y tararear alguna canción de Benny Moré o “As time goes by”. Luego de resistirnos un tiempo sus amigos empezamos a perder la esperanza de recuperar al Zumbado que habíamos conocido pero no por ello se nos hizo menos querible.
En 1993, cuando se iba a inaugurar el primer festival de humor Aquelarre los organizadores me pidieron que le preparara un homenaje a Zumbado. En lugar del collage de los chistes del maestro que era más o menos lo que se esperaba opté por ser fiel a su espíritu, un espíritu inquieto, jodedor e irremediablemente rebencúo. Y eso fue lo que hice: convertirlo en espíritu, en un San Zumbado al que hacía responsable de los horrores del Período Especial. El texto, por supuesto, iba más allá de mencionar aquellas escandalosas miserias. Más bien era un ataque a la nostalgia de los que concebían la década de los 80 como una especie de paraíso, algo que a Zumbado le hubiera parecido una aberración. Y les recordaba a todos (como nunca dejó de hacerlo Zumbado) que Aquello nunca había conseguido organizar un presente más o menos placentero, que la Revolución nunca había cumplido 15.
Como se trataba de un homenaje a nadie se le ocurrió revisar el texto y con menos de 24 horas para prepararlo el actor Osvaldo Doimeadios llevó a las tablas del teatro Mella una interpretación espléndida. Al terminar Zumbado subió al escenario risueño como siempre y tarareando el tema de “Casablanca”. No estoy muy seguro si entendió lo que estaba pasando, si su maltratado cerebro había captado toda la ironía del asunto. Lo cierto es que de inmediato el monólogo se convirtió en parte de la rutina que varios actores repetirían durante años por todo el país sin que se atrevieran a censurarlos. En ese texto yo no había inventado nada nuevo. Apenas sintonicé el espíritu de Zumbado con la nueva época en la que habíamos entrado. Por eso me complació tanto que sin poder escribir una línea, el nombre y los hallazgos de Zumbado se mantuvieran vigentes durante la feroz década del 90 cada vez que algún actor empezara invocándolo con aquél “Oh, San Zumbado, santo patrón de los usuarios, tenaz castigador de administraiciones y/o catástrofes, escudo de los traspapelados en las envolventes aguas de la burocracia ¡auxílianos en esta hora difícil!”. Era un medio de devolverle en parte lo mucho que nos había dado. Su cuerpo no sé por dónde andará. Su espíritu no es difícil de invocar cada vez que un cubano intente entender su realidad (no sé por qué pero así es como insistimos en llamar a una pesadilla de medio siglo: “realidad”) con humor y (valga la redundancia) inteligencia.


viernes, 13 de julio de 2007

Plegaria a San Zumbado

De los textos que escribí para teatro en Cuba el más conocido fue la “Plegaria a San Zumbado”. Para un homenaje al escritor Héctor Zumbado que se le iba a ofrecer en la clausura del Primer Festival de Humor Aquelarre (1993) me pidieron que escribiera una especie de refrito de los textos más conocidos de Zumbado. Yo, que había sido admirador de Zumbado desde niño y luego amigo suyo opté por crear un texto totalmente nuevo que siguiendo el espíritu del escritor actualizara los temas por los que había sido más conocido. O sea, u texto que se refiriera al llamado Período Especial y también a una extraña nostalgia por los años ochenta que sólo se podía explicar por las alucinaciones que provocaba el hambre en la década siguiente. Como se trataba de un homenaje los organizadores no se tomaron la molestia de revisar el texto y Osvaldo Doimeadiós, director de Sala-manca se lo aprendió y lo llevó a escena en menos de 24 horas. La interpretación esa noche fue espectacular. Ya después con el aval de haber sido presentado en el Mella se siguió poniendo la Plegaria donde quiera que se presentaba el grupo. Luego supe que Carlos Ruiz de la Tejera lo había incorporado a su repertorio y que lo hacían ocasionalmente gente como Luis Alberto García. Carlos Ruiz lo grabó en disco y también para la televisión pero en este último medio suspendieron la emisión. La mejor interpretación es la de Doimeadiós, con un estilo más sobrio y compacto que el Carlos Ruiz pero la única grabación que tengo a mano es la de este último. Aquí tienen la Plegaria a San Zumbado por CRT. Cuando consiga la del Doime se la pongo.