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miércoles, 24 de octubre de 2018

Jorge Valls en Mariel

Jorge Valls y Aniceto Cuesta. Foto de Geandy Pavón 

 A Jorge Valls -de cuya muerte ayer se cumplieron tres años- se le aludió en la revista Mariel en varias ocasiones. Ya fuera para exigir su libertad (cuando todav ía cumplía su sentencia de 20 años de prisión) o para celebrarla. Les incluimos dos muestras más directas de su presencia en la revista: su poema "Donde estoy no hay luz..." que da título a uno de sus poemarios y un breve texto que Esteban Luis Cárdenas le dedicara:  


 

lunes, 13 de noviembre de 2017

La Lenin, Valls y yo


Hace unos días me enviaron un cuestionario acerca de los rumores sobre el inminente cierre de la alicaída escuela Lenin. Mis respuestas fueron extensamente citadas en un reportaje posterior de la periodista Sarah Moreno. Aquí les transcribo todas mis respuestas:
  
Se rumora que va a cerrar la Lenin. ¿Te alegra, te toma por sorpresa? ¿Lo ves como un sintoma más de la decadencia de la educación en Cuba?

Sí, me sorprende. Sabía de la debacle del sistema educativo cubano pero no pensaba que llegara tan lejos como para arrastrar consigo su “joya” más preciada. Al menos si se habla de las escuelas creadas después de 1959 en los niveles primario y medio. No sabía siquiera que desde hace tiempo de la escuela funcionaba apenas un tercio de lo que había sido antes. Pero más que síntoma de la decadencia de la educación en Cuba es una muestra del desinterés de las clases dominantes cubanas por siquiera disimular lo poco que les importa dicha decadencia: resuelto el problema educativo de sus hijos y nietos con las escuelas privadas extranjeras que se han ido abriendo en Cuba todo el discurso igualitario al que todavía echan mano se hace cada vez más vacío. Y no me alegra, por supuesto. ¿Cómo me va a alegrar que los muchachos cubanos que no pertenezcan a las élites tengan menos oportunidades de acceder a una educación de calidad que antes.

Cómo definirías la escuela, y ya en lo particular, cómo recuerdas el tiempo que pasaste ahí (por cierto, de que año a qué año).

Debí de entrar en séptimo grado en 1979 pero no me gustó la idea de estar internado y pasé mi secundaria en la calle. Pero en el momento de entrar en el preuniversitario en 1982 ya se rumoraba que todas las escuelas serían mudadas para el campo. Así que al aparecer una nueva oportunidad de entrar en la escuela accedí. La escuela acababa de ser remozada para usarla como Villa Olímpica para los Centroamericanos de 1982 así que estaba en bastante buen estado. Aun así ya se escuchaban recuentos nostálgicos de glorias pasadas cuando estudiaban allí los hijos de Fidel Castro y él mismo visitaba la escuela a cada rato. Una época en que las piscinas estaban llenas y la comida era mucho mejor. Parece ser también la época de oro del bullying: tiempos en que los hijos de dirigentes campeaban por sus respetos aterrorizando a los muchachos más débiles. La escuela que recuerdo es la más exigente del país (a excepción quizás de la Humbolt 7) y la mejor equipada. Aunque ese equipamiento era engañoso. Era una escuela-vitrina en la que muchas de sus instalaciones solo se usaban en caso de visitas de delegaciones nacionales o preferiblemente extranjeras. Piscinas que apenas fueron llenadas tres o cuatro semanas en el curso de tres años; tabloncillos que se pasaban la mayor parte del tiempo cerrados y de pronto te halaban, te daban un short y te metían a correr detrás de una pelota para que un grupo de extranjeros se asombraran de la buena vida que nos dábamos; laboratorios de idiomas que nunca vi por dentro. Y no es que soportáramos callados esas falsedades porque mucho que las criticamos en cuanta reunión había. El poeta Jorge Valls luego de pasar en la prisión política “Veinte añosy cuarenta días” como reza el título de sus memorias carcelarias al sacarlo lo llevaron directamente a ver la Lenin. Querían que comprobara todo lo que había hecho la revolución a la que tanto se había resistido*. Eso fue en 1984, cuando yo todavía andaba en aquella escuela ornamental protestando por ese engaño gigantesco o convirtiéndome en el peor jugador de fútbol que haya jugado nunca en esa escuela. Por lo demás éramos adolescentes haciendo vida de adolescentes, para bien y para mal. De allí me gradué en 1985.


Alguna vez hemos comentado que la gente de la Lenin se creían mejores, es verdad esto? ¿De dónde crees que surge esa percepción?

Puede que sí se creyeran mejores sobre todo si debían compararse con muchachos de otras escuelas pero la Lenin resultó para muchos una cura de humildad. De ser los primeros expedientes con las notas más altas en sus respectivas escuelas la mayoría pasábamos a ser estudiantes promedio donde solo unos pocos sobresalían. Si no mejores seguramente se sentirían distintos al resto de los muchachos. Eran seis años de una vida bastante enclaustrada, siguiendo las mismas rutinas, conociendo a las mismas personas, compartiendo vida con ellos: era inevitable que tuvieran modos de convivir y hasta hablar muy específicos. Una de las primeras cosas que tuve que hacer al entrar fue aprender ese dialecto de la Lenin con palabras, giros y chistes muy específicos. Y los apodos espectaculares que les ponían a los profesores. Incluso la manera de usar el uniforme con el monograma rojo, las corbatas (que solo se usaban al salir de la escuela) o las medias blancas de las muchachas contribuía a marcar una diferencia. Yo y en general los que entramos en décimo siempre nos sentimos un poco intrusos, siempre nos sentimos “los nuevos” en comparación con los que estaban allí desde séptimo grado. En fin, existía una dinámica más o menos común de todo grupo que tiene ciertos privilegios en un ambiente más bien miserable.

A diferencia de personas de otros países que se sienten orgullosos de las escuelas a las que asistieron, ¿crees que no es motivo de orgullo, o más bien algo que uno esconde, el hecho de que fue a la Lenin?

En lo personal por todo lo que te dije anteriormente  no me avergüenza pero tampoco me enorgullece demasiado. Al fin y al cabo fueron tres años de mi vida y no seis como ocurrió con la mayoría de mis compañeros de graduación. Pero en general lo que no encuentro es orgullo de haber pertenecido a una escuela de élite. A casi todo el mundo le encanta sentirse especial, por una razón o por otra. En mi caso más importante fue la Universidad de La Habana donde estudié cinco años y viví experiencias mucho más decisivas. Pero es innegable que la Lenin es una de las escuelas más grandes y con mayor tradición en los últimos cincuenta años de historia cubana (gracias sobre todo a que las anteriores fueron eliminadas). Donde quiera se encuentra uno con antiguos estudiantes de la Lenin con los que, al margen de las diferencias de todo tipo, puede establecer un tipo de complicidad muy especial. Los pobres que se encuentran en medio de ese intercambio no saben qué hacer porque no entienden nada de lo que decimos. Y los compadezco.


*El poeta y ex prisionero político Jorge Valls dice en sus memorias: “En el Instituto Lenin el director me facilitó una serie de estadísticas para demostrarme lo bien que funcionaba todo. Era un colegio de lujo, con muchos jardines, museos y patios de recreo. Me acordaba de la hija de Osvaldo Figueroa, a la que habían expulsado de aquel colegio porque su padre era un preso político que no había aceptado el plan de reeducación. Pensaba en cómo aquello la había puesto en contra de su padre”

martes, 2 de febrero de 2016

Jorge Valls: entre el mito y la realidad


Texto que leyera el martes pasado para un evento dedicado a la vida y obra de Jorge Valls y que hoy, día de su cumpleaños quiero dedicárselo:

Jorge Valls: entre el mito y la realidad 
Más que de herramientas los humanos somos ante todo seres fabricantes de mitos. Aunque sólo sea porque los mitos nos sirven más que las herramientas para interactuar con la realidad. Sobre todo la realidad que no entendemos, esa para la que no basta un martillo. Ni un discurso lógico y literal. Téngase esto en cuenta cuando nos reunimos para homenajear a alguien como Jorge Valls. Alguien tan especial, tan cercano para muchos de los que nos reunimos esta noche, pero al mismo tiempo tan incomprensible, tan inasible. Porque repasar los principales hitos de su biografía no servirá, lo sabemos de antemano, para explicar a un ser sobre el que ya se empieza a forjar cierta forma de leyenda, una mitología que sobrepasa con mucho esa biografía. Para entenderlo no nos bastará con saber que nació en La Habana en 1933 hijo de un humilde comerciante catalán y una cubana. O que con el tiempo y su esfuerzo personal se convirtió en una de las personas más cultas y al mismo tiempo más políticamente inquietas de su generación, saber que durante su juventud participó tanto en la creación y desarrollo de varias instituciones culturales y que al mismo tiempo fue uno de los fundadores y principales dirigentes del famoso Directorio Revolucionario. No será suficiente con saber que luego del triunfo de la Revolución a la que tanto había contribuido se apartó discretamente de honores y cargos y luego se opuso con firmeza aunque sin violencia a la dictadura totalitaria en que había derivado esa revolución. Tampoco bastará saber que cayó preso por defender a un amigo en cuya inocencia creía aunque supiera que ya no tendría salvación ni defensa posible. O decir que tras pasar más de veinte años de una prisión dignísima y ejemplar pasó otros treinta años de exilio, un exilio no menos digno, no menos ejemplar. Decir eso no sería faltar a la verdad y sin embargo es tan insuficiente que nos parecería que falseamos la realidad que tratamos de describir. Sobre todo si se trata de una realidad tan indefinible y compleja, tan ejemplar y deslumbrante como fue ese ser llamado Jorge Valls Arango.De ahí que haya comenzado mi discurso hablando sobre la mitología. Porque si bien la inclinación mitológica está inscrita en nuestro código genético frente a alguien como Valls se potencia. No se trata de darnos importancia ante quienes no tuvieron la suerte de conocerlo, de sentirnos especiales por ello y de paso de restregarle al resto de la humanidad su mala fortuna en contraste con la nuestra. No. Se trata de algo distinto. Se trata no solo de hacerle justicia a la memoria de nuestro amigo muerto, o de rellenar el vacío que nos ha dejado, la voz que nos falta. También se trata de reevaluar –frente al ejemplo que nos dejó- nuestra idea del bien y de lo bueno, humanamente posible, tal y como la vimos hecha carne, magra, en la figura triste y radiante al mismo tiempo de ese caballero que fue Jorge Valls.
Pero debemos cuidarnos del mito porque el mito también, debemos reconocerlo, confunde y adormece. Y quizás frente al recuerdo de Valls, frente al vacío que nos deja, sea mejor no adormecernos. Tal vez sea preferible pellizcarnos y convencernos de que ese ser que conocimos era tan real como nosotros mismos. Que no es mentira que se pueda ser tan superior y tremendamente humano. Que no debemos resignarnos a nuestra humana pequeñez porque otra altura de humanidad es posible. Y es que ante alguien como Valls es fácil caer en excesos tanto si se le mitifica como si se trata de describirlo del modo más exacto.  Ante esa tarea, la de describirlo y entenderlo, no comprendo cómo es que me eligieron para hablar de Valls esta noche cuando hay personas que lo conocieron en circunstancias mucho más extremas de aquellas en las que lo conocí yo y quizás más reveladoras de su carácter. Pero si debo ser fiel a su memoria me veo en la obligación de recordarles que de estar aquí Jorge Valls sería el primero en sabotear este homenaje. En parte porque los homenajes lo ponían auténticamente incómodo pero en parte también porque esa su naturaleza: la de un antagonista de los lugares comunes, la de un pensador a contracorriente, la de enemigo de cualquier complacencia. Por eso su pensamiento era en sí un hervidero de contradicciones que lo mantenían continuamente despierto: Valls fue católico, antimperialista, estoico, socialista ("no marxista", aclaraba) con toques anarquistas, revolucionario, terrorista (o al menos confiesa en sus memorias: “tomé parte en todo tipo de lucha, desde la agitación y propaganda al terrorismo”), pacifista, budista, nacionalista o humanista, tendencias estas que no tenían más coherencia entre sí que la que les daba el incansable inconformismo de Jorge Valls. Porque lo que le imprimía sentido a ese complejo todo era la indómita humanidad de Jorge Valls, su compasión sin fingimientos hacia casi cualquier prójimo. No puede ser casualidad que yo nunca haya escuchado a nadie como a Jorge Valls emplear palabras como “persona” o “gente” con la seriedad y devoción con que él lo hacía. Su sabiduría, su inteligencia, su cultura y la tranquila elegancia de cada uno de sus gestos, de cada una de sus decisiones, lo acercaba a su humanidad y al mismo tiempo lo distinguía del resto de nosotros. Porque en todos estos años no pocos cubanos se han enfrentado a tiranías con armas o sin ellas, han defendido hasta las últimas consecuencias a un amigo, han soportado con dignidad los maltratos más terribles pero me atrevo a decir que ninguno lo hizo como él. Si debiera definir a alguien como Valls –con lo de atrevido e injusto que tiene tal intento- diría que era ante todo un estilo: un estilo de actuar en toda circunstancia, de no doblegarse ante ella, de elevarse incluso por encima de esas circunstancias pero sin llegar a desentenderse de ellas. Un estilo que era, por supuesto, un estricto e irrenunciable código ético que empezaba por el cuestionamiento constante y la ausencia de cálculos. Nunca entraba en una de las tantas desesperadas batallas que emprendió en su vida porque hubiera algo que ganar. Con que la considerara necesaria le parecía suficiente. “Si uno no puede triunfar en una causa justa al menos puede sufrir por ella” dijo en su testimonio de la cárcel y tal pareciera que fuera el lema que guiaba su vida, paso a paso: no renunciar a la justicia incluso cuando todo lo que quedara fuese sufrir.Otra de las tentaciones al tratar de definir a alguien como Valls sería la de proclamarlo santo. Así, con su canonización, nos ahorraríamos el engorroso problema de definirlo en su singularidad. Pero debemos pensar que la santidad, por excepcional que parezca, es una categoría que cuenta con suficientes ejemplares como para no presumir demasiado de ser exclusivo. La canonización es honrosa, sin dudas, pero también es una manera amable de domesticar con la rutina y los rituales a seres humanos que fueron desaforadamente únicos. Y no es eso lo que queremos para nuestro amigo. Si queremos mantener con vida su legado hablemos de ese estilo con el que Jorge Valls conseguía aunar en su persona, como lo más natural de mundo, la firmeza, la delicadeza, la austeridad, la inteligencia, la lealtad, la seriedad, el desenfado, la humildad y una profunda defensa del bien que incluía por supuesto el rechazo sin dobleces de cualquier variante del mal. Debemos pensar cómo ese ascetismo, esa rebeldía incansable o ese rechazo por la violencia respondían a su idea irreductible del bien. Una idea del bien, por otro lado, que no tenía nada de soberbia y sí bastante de angustiosa. La angustia de saberse imperfecto. Su temor de que toda comodidad física o mental no fuera más que una invitación a desistir en esa persecución sin reposo del bien y de su propia salvación. Que las últimas palabras hayan sido de preocupación por el destino de su alma –un alma que nosotros imaginamos perfecta e impoluta- nos da una idea de cómo acercarnos a su legado: con la misma inquietud y mismo rigor de la persona que lo ha producido.No sé qué piensan los que conocieron a Jorge Valls Arango de la definición que he intentado dar. Solo sé que para el que no lo haya conocido no será suficiente porque por mucho que me esfuerce ninguna palabra puede sustituir lo que significaba gozar de su presencia. Ni siquiera sus propias palabras conservadas en libros conseguirán sustituirlo. Pero debe intentarse. Yo mismo, luego de varios días digiriendo la noticia de su muerte, de convencerme que ya no podría acudir a él a consultarle cualquier duda que tuviera sobre esa parte de la historia cubana a la que estaba trenzada su propia biografía, me puse a leer un libro suyo. Ese libro fue precisamente “Veinte años y cuarenta días”. O sea, el libro que narra su estancia, por el período de tiempo que anuncia el título, en el desmesurado complejo carcelario del castrismo. Confieso que sustituir su voz por su escritura fue un ejercicio extraño. Y es que esa personalidad exuberante, esa voz de Zeus radiofónico con que hipnotizaba a sus interlocutores es sustituida en “Veinte años y cuarenta días” por una mucho más sobria, notarial casi. Una voz que se limitaba a informar y tratar de entender el horror que había presenciado durante aquellos años y aquellos días. Esa contención es uno de los mayores aciertos del libro y su recurso dramático más contundente. Nada como la mesura de esas páginas para que nos llevemos idea de los niveles de crueldad a que eran sometidos los presos políticos en aquellos años, del absoluto desprecio de sus captores. Nada como el contraste entre el recuento meticuloso y la monstruosidad que narra para entender que el horror real era mucho más terrible que el de cualquier mitología. Es desde esa sobriedad donde consigue reconstruir escenas como aquella en la que describe el supuesto plan de reeducación que se emprendió con parte de los presos:
Algunas de estas lecciones se impartían de noche, en la galería que se utilizaba como comedor, justo al lado del foso de ejecución. El “profesor” utilizaba un micrófono para que le oyeran los que estaban en el patio [o sea, los que como Valls no se habían integrado al plan de reeducación]. Unas veces la lección tenía que ver con la política; otras trataba otros temas relacionados con ella.Recuerdo una noche en la que los pobres presos tenían una conferencia sobre las culturas indígenas de Cuba. Su voz salía, estridente, por los altavoces: «los guanacahíbes (sic) vivían en la provincia que hoy se llama Pinar del Río. Pertenecían a la edad paleolítica, o la edad de la piedra no pulimentada». Su voz sonaba como un martillo neumático en el silencio forzoso de la noche. Luego oímos el ruido de los coches que traían a los condenados que iban a ser fusilados, y al pelotón que marchaba hacia el foso. El conferenciante continuaba: «los guanacahíbes vivían en cuevas y se alimentaban de la caza». Oímos la voz de mando: «¡Preparados!». «Los guanacahíbes utilizaban trozos de concha como ralladores.» «¡Fuego!» Se oyó la descarga. El pobre hombre seguía hablando de los indios. Trajeron otro condenado al paredón. Nos retorcíamos en el suelo, incapaces de hablar, llorar o salir corriendo. El altavoz continuaba: «Los guanacahíbes enterraban a sus muertos en montículos, una primera capa con los cuerpos y otra capa de conchas y piedras». Parecía que continuaría siempre. Murmurábamos una oración, sin saber si íbamos por el principio, el final o estábamos repitiendo el mismo verso. Solo Dios sabe cuántas veces lo hicimos aquella noche. Otra descarga. No sé cuántas veces pasó. No sé cuándo acabó o cuándo me quedé dormido"
Un horror, como acabamos de ver, acentuado por el intento grotesco de pretender educar a los mismos seres a los que se les tortura con el asesinato sistemático de sus compañeros. Y esa escena horrorosa constituye una de las mejores metáforas para describir a un régimen que ha utilizado durante casi seis décadas el pretexto de la educación para exterminar la libertad de un pueblo. Pocas veces se ha retorcido de manera más perversa el noble acto de educar. Imaginemos por un momento la revulsión de Valls al escuchar a este remedo de profesor soltar la sarta de idioteces que pretendía hacer pasar por conocimiento mientras asesinaban a sus compañeros, imaginemos su exquisita sensibilidad sometida a tanta abominación. De ahí que este libro valga todavía más como defensa insobornable de la dignidad humana y de la verdad. La dignidad que intentaban defender entre todos los presos en medio del horror. Una dignidad que es replicada por otra, la de esa narración serena y estoica en la que Valls evita cualquier gesto de auto-conmiseración, cualquier hipérbole. Estoy convencido que esa misma serenidad y contención servirían para entender la vida y la obra de Jorge Valls Arango. Como dije antes, la tentación de la mitología es fuerte pero ante una realidad tan poderosa no necesitamos mitos. Ante casos como el de Valls la pura verdad es más que suficiente. 

lunes, 26 de octubre de 2015

Veinte años y cuarenta días

Entre los libros que escribió el recientemente fallecido Jorge Valls "Veinte años y cuarenta días. Mi vida en una prisión cubana" ocupa un sitio especial. Se trata del recuento más sobrio, descarnado y compacto de la peor etapa del presidio político cubano, el que corresponde a las primeras dos décadas del régimen que mundialmente se conoce como Revolución Cubana. En el siguiente fragmento pueden llevarse una idea de lo que podía ser una buena noticia en aquellos días en que la ley revolucionaria se aplicaba imperaba en todo su esplendor:
"Algunos de mis amigos que se habían enterado de lo que pasaba se preocuparon cuando les conté que el fiscal había pedido doce años y que existía la posibilidad de que me imputaran nuevos cargos. En aquel momento todas las sentencias eran de veinte años, treinta, o de muerte. La sugerencia del fiscal de nuevos procedimientos les hacía pensar que podía aparecer una nueva acusación y que podía ser muy peligrosa. Ya había ocurrido antes.
Más tarde Cristina me pasó un telegrama según el cual me habían condenado a veinte años. Cuando pude hablar con ella supe que, como un favor personal, un empleado tribunal le había dado esta información. Mis amigos se sintieron aliviados. Veinte años era una condena más normal y había menos que temer respecto a nuevos procedimientos"
Más tarde Cristina me pasó un telegrama según el cual me habían condenado a veinte años. Cuando pude hablar con ella supe que, como un favor personal, un empleado tribunal le había dado esta información. Mis amigos se sintieron aliviados. Veinte años era una condena más normal y había menos que temer respecto a nuevos procedimientos"
O cómo se aplicaba la política de igualdad racial intramuros:
"...los negros eran objeto de un trato especialmente malo: "tú, negro" decía el vigilante, "¿cómo pudiste rebelarte contra una revolución que está haciendo seres humanos de ustedes?". Siempre acababan con más golpes y pinchazos de bayoneta que los demás"

O también la compleja manera en que se entendía el proceso de reeducación de los presos:


"Algunas de estas lecciones se impartían de noche, en la galería que se utilizaba como comedor, justo al lado del foso de ejecución. El «profesor» utilizaba un micrófono para que le oyeran todos los que estaban en el patio. Unas veces la lección tenía que ver con la política; otras trataba otros temas relacionados con ella.
 Recuerdo una noche en la que los pobres presos tenían una conferencia sobre las culturas indígenas de Cuba. Su voz salía, estridente, por los altavoces: «los guanacahíbes (sic) vivían en la provincia que hoy se llama Pinar del Río. Pertenecían a la edad paleolítica, o la edad de la piedra no pulimentada». Su voz sonaba como un martillo neumático en el silencio forzoso de la noche. Luego oímos el ruido de los coches que traían a los condenados que iban a ser fusilados, y al pelotón que marchaba hacia el foso. El conferenciante continuaba: «los guanacahíbes vivían en cuevas y se alimentaban de la caza». Oímos la voz de mando: «¡Preparados!». «Los guanacahíbes utilizaban trozos de concha como ralladores.» «¡Fuego!» Se oyó la descarga. El pobre hombre seguía hablando de los indios. Trajeron otro condenado al paredón. Nos retorcíamos en el suelo, incapaces de hablar, llorar o salir corriendo. El altavoz continuaba: «Los guanacahíbes enterraban a sus muertos en montículos, una primera capa con los cuerpos y otra capa de conchas y piedras». Parecía que continuaría siempre. Murmurábamos una oración, sin saber si íbamos por el principio, el final o estábamos repitiendo el mismo verso. Solo Dios sabe cuántas veces lo hicimos aquella noche.Otra descarga. No sé cuántas veces pasó. No sé cuándo acabó o cuándo me quedé dormido"

Para los interesados en el libro pueden adquirirlo aquí. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Aquí falta una voz

Un breve discurso que dio Jorge Valls que dio el año pasado en agradecimiento a un homenaje que se le hizo el año pasado en el Club Cubano de Elizabeth. Gracias a Geandy Pavón por haber capturado esa voz y esa fina estampa en uno de sus momentos más dulces y evocadores:

"... y toca piano"

Hoy Diario de Cuba publica una versión mucho más extensa del texto que apareció en El Nuevo Herald ayer sobre Jorge Valls, recientemente fallecido, Acá les dejo un par de fragmentos:

Entre amigos siempre recordamos la vez que, luego de dar una conferencia, lo invitaron a una recepción en un apartamento neoyorquino de esos que incluso en películas parecen increíbles donde con la naturalidad de siempre Jorge pasaba de un tema a otro para embeleso de unas cuantas señoras mayores que no podían creer que alguien pudiera saber tanto de tantas cosas distintas. Como siempre Valls, demasiado entretenido en diseccionar con toda la precisión posible el tema en cuestión apenas se enteraba del efecto que producía en su auditorio. Para completar el involuntario espectáculo circense en que se había convirtiendo la velada un amigo empezó a presionarlo para que tocara alguna pieza en el piano que ocupaba la sala y Jorge, que si algo le molestaba más que el alarde era decepcionar a un amigo empezó a hacer sonar el instrumento como sospecho no lo había hecho en mucho tiempo ante lo cual una de aquellas admiradoras soltó en un suspiro “Ay… y toca piano!”Desde entonces esa frase ha quedado entre nuestro círculo de amigos como resumen de quien, adornado con todas las virtudes imaginables, nos sorprende con una más.  [...]Confieso que en vida lo admiré poco. Preferí disfrutar de su presencia como se puede preferir beber agua en una fuente romana en lugar de hacerse un selfie junto a ella. Con esa falta de perspectiva pero no de consciencia. Quizás porque admirar a alguien así equivaldría a irle redactando mentalmente el panegírico en vida. Porque su austeridad y estoicismo –ese estoicismo que llevó hasta las últimas semanas, días, y horas de su vida que sin duda fueron dolorosas pero nunca permitió que se le notase- no excluían un trato agradable, cortés y ceremonioso respaldado por su voz de león radial y matizado por su agudeza amable pero siempre despierta. A pesar de todas las décadas, experiencias y conocimientos que me llevaba de ventaja nunca se permitió el menor gesto de condescendencia como no se permitía otros vicios tan frecuentes como la envidia o el rencor. Su desprecio al régimen que lo había encarcelado durante dos décadas y luego expulsado al destierro se basaba en su carácter autoritario, corrupto e inconsecuente pero nunca en agravios personales de los que no se daba por enterado. Era en toda la extensión de la palabra un estoico y podía concordar perfectamente con otro compañero de credo, el emperador Marco Aurelio cuando afirmaba que “la forma más noble de vengar una ofensa es no imitar a quien nos ha ofendido”. Fue exigente consigo mismo como no lo he visto en nadie y sin embargo ni siquiera a la hora de su muerte estuvo convencido de haber cumplido con sus deberes. (Me cuentan que al preguntarle en la que sería la víspera de su muerte qué era lo que más le preocupaba repitió varias veces “Mi alma, mi alma”). Entre los que lo asistieron en su muerte estaba Lucy Echeverría, la hermana de José Antonio, aquel líder estudiantil con el que fundó el Directorio sesenta años atrás para librar a su país de alguna tiranía. Curioso como en gente como Jorge todo nos parezca tan literal y tan simbólico al mismo tiempo.
Para leer el texto completo pinchar aquí


sábado, 24 de octubre de 2015

Jorge Valls o de la entereza

Hoy El Nuevo Herald publica un artículo mío sobre Jorge Valls, fallecido la noche del jueves. A continuación el texto completo:
Incluso para su generación, posiblemente la más furibunda y atormentada de la historia cubana, la vida de Jorge Valls Arango fue ejemplar y excéntrica. Nacido en 1933 se opuso al régimen de Fulgencio Batista desde el mismo golpe de estado de 1952 y en 1955 participó junto a José Antonio Echeverría en la fundación del Directorio Revolucionario al frente de la sección obrera y a causa de la cacería que desencadenó la policía batistiana tras el fallido asalto presidencial tuvo que marchar al exilio en México.
El conocimiento de primera mano de la naturaleza autoritaria y desleal del líder de la revolución de 1959 le evitó la tentación de la confianza ciega y la esperanza ilimitada. Sin embargo, su condena a veinte años de prisión en 1964 más que muestra de la arbitrariedad de la nueva dictadura lo fue de esa excentricidad esencial en Valls: mientras que en aquellos días se acababa en la cárcel por cualquier causa vagamente opositora Jorge Valls terminó en prisión por defender a un amigo. Se trataba de Marcos Rodríguez acusado de delatar a las víctimas de la matanza de Humbolt 7. Incluso convencido de lo inútil de la defensa de alguien condenado de antemano consideró su deber presentarse a declarar en el juicio que se le siguió. Ser el único elemento discordante de aquella cuidadosa y siniestra coreografía no fue pasado por alto por el régimen y a menos de quince días de su declaración ya había sido apresado.Sus experiencias en el presidio las contó en su libro “Veinte años y cuarenta días” pero hay que leer las memorias de sus compañeros de prisión para comprender que estos, comulgando o no con sus ideas políticas, no podían menos que agradecer su reconfortante presencia allí. A su prisión le sucedió un exilio aún más extenso donde fue recibido con honores de los que se fue desprendiendo sin esfuerzo ni aspavientos. Pudiendo gozar de la amistad de un multimillonario como George Soros o una estrella de cine como Val Kilmer –quien le ofreció un jugoso contrato para llevar su vida al cine- optó por una existencia modestísima que incluso para muchos de sus amigos más cercanos parecía inconcebible. Tenía al morir 82 años.Hasta ahí las circunstancias de su vida. Pero si como decía Ortega y Gasset la existencia humana se descompone en el Yo y las circunstancias cualquiera que haya conocido a Jorge Valls habrá de concordar de que su Yo era bastante superior a sus circunstancias. Los obituarios se ven obligados a condensar su vida con palabras como “activista”, “poeta”, “exprisionero” cuando todo el que lo conoció sabe que todos estos atributos eran puro accidente. Oyéndolo hablar, viéndolo desplegar su inteligencia en casi cualquier región del conocimiento humano, desde las artes a las ciencias naturales, desde la historia y la filosofía a las abstracciones matemáticas o teológicas no costaba trabajo imaginar cómo sería la experiencia de conocer a un filósofo de la Grecia clásica o a alguno de aquellos sabios del renacimiento florentino.
Pero si algo superaba incluso esa erudición eran su humildad, su preocupación por el prójimo, su desinterés por las recompensas mundanas y su estremecedora serenidad ante las adversidades. Como si ejercitara cierta forma –clandestina- de la santidad. Su desprecio al régimen que lo había encarcelado y luego desterrado se basaba en su carácter autoritario, corrupto e inconsecuente pero nunca en agravios personales de los que no se daba por enterado. Era, en toda la extensión de la palabra, un estoico y podía concordar perfectamente con el emperador Marco Aurelio cuando afirmaba que “la forma más noble de vengar una ofensa es no imitar a quien nos ha ofendido”. Entre los que lo asistieron en su muerte estaba Lucy Echeverría, la hermana de José Antonio, aquel líder estudiantil con el que fundó el Directorio sesenta años atrás para librar a su país de alguna tiranía. Sorprende como en gente como Jorge todo parezca tan literal y tan simbólico a la vez.Todos conocemos de la bondad absoluta de los muertos. De ahí que con Valls todo lo dicho anteriormente parezca tan redundante e innecesario. Y alevoso, puesto que hemos tenido que esperar a que muriera para escribir algo que nunca nos atrevimos a decirle a la cara. Pero si algo justifica tanta indiscreción es dar cuenta de que los que lo conocimos somos perfectamente conscientes del privilegio que nos tocó. Pero también dar una idea de cuánto perdió un país que se dio el lujo de tenerlo encerrado dos décadas y desterrarlo tres más y al que sin embargo él nunca abandonó. “Vivo en Cuba –solía decir cuando se le preguntaba donde vivía- y pernocto donde me agarre la noche”.

viernes, 23 de octubre de 2015

Jorge Valls (1933-2015)

Anoche murió Jorge Valls, algo que sus amigos temíamos hace mucho tiempo y que a la vez nos parecía imposible. Porque una cosa era saber de los retrocesos de su salud y otra imaginarse la vida sin uno de los seres más sabiamente humanos que se puedan conocer. Y a los que lo conocimos ese es justo el consuelo que nos queda: haber sabido gracias a él que en esta vida se puede aspirar a más, a eso que él conseguía sin el menor esfuerzo, que hasta la muerte no parece tan inmensa ante alguien que supo estar tan intensamente vivo.





Tersites pone en movimiento lo mejor de su prosa para darnos una descripción muy precisa de quien fue Jorge Valls.
"Tengo para mí que era el mejor de los cubanos [...] “La gente se entretiene”, me dijo alguna vez, “pero no se tiene”. Había en él la vocación radical de “tenerse” y entregarse, una vocación consciente y explícitamente cristiana, católica. Una vocación en la que se combinaban su intelecto aquinatense con una sencillez, un candor, una voluntad de inocencia que evocaban al Poverello de Asís. 
"Yo vivo en Cuba, pero pernocto donde me llegue la noche", me dijo al final de una velada  en casa amiga. En cualquier otra boca la frase hubiese sido un disparate o una desfachatez. Pero cuando él lo dijo supe que era tan verdad como el color de sus ojos. 

Jorge Valls creyó en la eternidad del alma y en la resurrección del cuerpo —y en la de su patria. Así sea.

Ver el texto completo en su blog.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Homenaje a Jorge Valls

Foto que me tomó el sábado junto a Jorge Valls nuestro común amigo Geandy Pavón.

El sábado pasado se le celebró en el Club Cubano de Elizabeth, NJ un homenaje a Jorge Valls una de las personas más impresionantes que conozco. Opositor muy temprano a Batista fue uno de los fundadores del Directorio Revolucionario luego se opuso a la dictadura castrista siendo condenado a veinte años de prisión los que cumplió en exceso. Hombre de una cultura vastísima ha publicado varios libros pero lo que más se le reverencia es el impecable magisterio ético que ha ejercido a su alrededor con su mero y tranquilo ejemplo. Mucho mejor lo expresa Armando Álvarez, uno de sus más cercanos amigos (y discípulos añadiría yo) quien el sábado leyó un breve discurso en su honor y que les copio a continuación.


Conocí a Jorge en 1988. Creo que fue cuando Tony se casó y yo me divorciaba.
Supe de él mucho antes por un gran hombre y compañero de Jorge de las luchas de la Universidad y que nunca descansó hasta verlo en libertad. Recuerdo que montó la obra de teatro de Jorge “Los perros jíbaros” en el entonces Jersey City Estate College hoy Universidad. Estoy hablando de Julio Fernández, para muchos solo Julito. Eran la época de Guardarraya y el Zun Zun, la Musa Traviesa de la doctora Onilda Jiménez. Época ambivalente: hablábamos de derechos humanos pero nos preparábamos militarmente.Creo que precisamente  porque Tony se casó, Jorge buscaba un lugar donde pernoctar y mi apartamento estaba disponible. El cabo y el hacha se encontraron.Es Jorge el hombre más extraordinario que he conocido. Y lo digo literalmente: es alguien fuera de lo ordinario.Es socialista y sindicalista pero es católico practicante; es revolucionario pero la revolución socialista lo sentencia a 20 años de prisión. Cae preso el mismo 10 de marzo y regresa de su primer exilio en México y está de nuevo preso cuando Fidel todavía no había salido para México. Funda una organización de acción armada, el Directorio Revolucionario, conspira con militares para dar un golpe de estado, pero es a la vez profundamente demócrata; se presenta a un juicio que estaba decidido de antemano para defender a un compañero, cumple prisión sin doblegarse y llega al exilio hablando de rencauzar la revolución.
Lo que molesta a muchos de Jorge cuando lo conocen es su pensamiento: viene hablando de reconciliación, de perdón, borrón y cuenta nueva desde una época en la que todavía la lucha armada se veía como una alternativa, donde opiniones como la de Jorge le podían costar la vida. ¿Cómo hablar de perdón o reconciliación con aquellos que tanto dolor y muerte han causado? El perdón y la reconciliación de Jorge no proviene de una actitud pusilánime, derrotista o de una estrategia de lucha momentánea para lograr sus objetivos. Todo lo contrario. Jorge habla y actúa, sobre todo actúa, como un vencedor. Y lo es: prueba de que la barbarie, las torturas y la prisión no le endurecieron el alma. El victimario tiene el poder de la  violencia, y la ejerce, puede decidir quién vive y quién muere. A la víctima solo le queda la dignidad de su causa, no puede elegir si muere o no, si va preso o no, pero sí cómo va enfrentarlo.Jorge lo hace como ninguno o como muchos de ustedes: se crece, derrota al enemigo por el solo hecho de vivir, de salir con vida, de dar su testimonio, de perdonar, de no dejar de ser quien es, de ser mejor.Jorge no va al juicio de Marcos Rodríguez  a salvarlo. Su suerte ya está echada y así se lo dice Dorticós: “no importa la inocencia de Marcos sino lo connotación del caso”. No se juzga a Marcos. A quien se tiene en el banquillo de los acusados es al Partido Socialista en la persona de Joaquín Ordoqui. Jorge lo sabe, pero tampoco le importa: su amigo está en apuros y ahí está él. Jorge es de aquellos pocos seres humanos que no están donde le conviene, sino donde el deber de sus ideales le ordena. Muy pocos escogen el deber a la conveniencia.Todos los que conocemos tenemos una anécdota  donde Jorge se da más allá de lo humanamente posible. Jorge no es un hombre de esta época o de ninguna. O tal vez de todas. Nada material ambiciona. Es como San Francisco de Asís: “deseo poco y lo poco que deseo, lo deseo poco”. Solo las cosas espirituales lo animan. Es un erudito, no hay tema que no conozca en profundidad, pero cosa rara en los cubanos, sabe escuchar.
Es políglota: habla español, inglés, francés, y catalán. Escribe y publica poesía, teatro , ensayos en algunos de estos idiomas. Filósofo, conocedor de la biblia como ninguno, su nombre está inscrito por sus hechos en la historia de Cuba. Pero si me piden que le dé un nombre,  no se me ocurre ninguno mejor que el de Maestro. Jorge nos enseña a ser mejores seres humanos con su ejemplo, a dar -como decía la madre Teresa- hasta que duela. A estar donde debemos y no donde nos conviene, instancias que casi nunca, desafortunadamente, coinciden.Su expresión favorita, cuando le preguntan “cómo estas”, es “tengo más de lo que me merezco”. Así vive este hombre, con letra mayúscula, que hoy honramos, al que nos enorgullece con su presencia y su amistad. Todos tenemos libre albedrío, cada uno de nosotros podemos  escoger nuestro futuro. Jorge fue uno de aquellos que hizo suyo el verso de Martí:
“Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata”
Y es esa luz que ilumina y mata la que verán las nuevas generaciones cuando estudien esta época convulsa que se hace llamar Revolución Cubana, y sepan de hombres como Jorge Valls que no tuvieron miedo a vivir y a morir por lo que creen, sin odios y supieron amar a la que todavía Jorge llama “su novia”, Cuba.