martes, 31 de octubre de 2023

‘Historia y masoquismo’ de Enrique del Risco

Por Jorge Brioso

Todo libro de ensayos que valga la pena esconde al menos una revelación. Historia y masoquismo, de Enrique del Risco, nos regala dos y media, pues al libro lo atraviesa un espectro y estos nunca se develan por completo. La primera define al masoquismo como el lado invisible, ultravioleta, de la utopía. Hay que apresurarse a aclarar, de la mano de su autor, que “aquí el masoquismo no [se entiende] como conducta sexual, por supuesto, sino como «la satisfacción o placer que se experimenta a través del dolor propio, ya sea físico o psíquico, y de la humillación, la dominación y el sometimiento»”. Si la utopía no es otra cosa que la ideología cuando se disfraza de lo onírico, lo que viste a los dogmas –el costado férreo del deber ser– con el traje del anhelo, del delirio, del desenfreno; el masoquismo –tal y como se le define en este libro– es el rostro oculto del deseo que acecha detrás de toda aspiración utópica. Más allá de lo posible –esa tierra de nadie que tratan de cartografiar las utopías– solo existen formas de sujeción mucho más arduas que la realidad más opresiva pues en ellas resulta quimérico intentar discernir entre deseo y deber, entre libertad y necesidad. Enrique Del Risco nos invita a que hurguemos en la trastienda, aquello que solo se revela en negativo –las dosis de humillación que esconde el anhelo por lo perfecto– de los regímenes totalitarios.

También existe el masoquismo por cuenta ajena y es cuando se vive atrapado en el sueño del otro y forzado a recrear en la vigilia, en el día a día, los desvaríos nocturnos de quien se va a la cama hastiado del prosaísmo que impone lo real, la existencia cotidiana. Quienes viajan a las antípodas de la isla de Jauja lo hacen para liberarse allí, aunque sea por unos días, del consumo –de la presión de tener el carro del último modelo, la ropa de marca, etc.–, o de esa conectividad con todos y con todo que agobia tanto. Nunca la ascesis fue más gozosa: se descubre en la miseria ajena lo fútil del lujo propio. Gracias a esa forma de sufrimiento vicario se accede a un goce cívico, edificador, otium cum dignitate, tal y como lo definían los viejos humanistas: el deleite de aprender cuán poco necesitan los otros para sobrevivir. E irse a casa, regresar del sueño, con proyectos de enmienda.

“El totalitarismo –en Cuba como en cualquier sitio– más que un régimen político es una cultura, una civilización, una costumbre”. La segunda revelación de este libro tiene que ver tanto con su novedosa manera de entender el fenómeno totalitario como con el tipo de relato histórico que exige esta forma de interpretarlo. La palabra clave para descifrar esta propuesta interpretativa es costumbre. ¿Qué forma adquiere lo consuetudinario en realidades que se definen por su ruptura radical con el pasado? ¿Cómo se narra la intrahistoria –todo lo que pasa mientras nada sucede, el antes y el después de la irrupción de lo nuevo– de los acontecimientos revolucionarios que marcaron, para bien o para mal, la historia del siglo XX y que siguen condicionando esta nueva centuria? Lo que se propone en la segunda parte del volumen –a través de pequeños relatos, de microhistorias– es una mirada caleidoscópica hacia el totalitarismo: una visión plural y desde lo minúsculo para descifrar un fenómeno al que suele asociársele con lo monolítico y lo ciclópeo. Se hace la historia del hambre, de la intolerancia. Se narra el dentro y el contra del espacio revolucionario; también su racismo y su homofobia. La historia de cómo todo, incluso una campaña de alfabetización, se puede convertir en otro medio para hacerle la guerra –Clausewitz con esteroides– a aquel que disiente ya sea con lápices, fusiles o, incluso, a voz en pelo.

El gran calvo de Vincennes-Saint-Denis, al escribir las microhistorias de la sexualidad, la locura, la prisión, la mirada médica, trataba de reventar el sensus communis. A la topografía que demarca lo que una época entiende como lo posible –eso y no otra cosa es el sensus communis— se le concibe únicamente como un espacio de coerción. Respecto a la verdad solo se reconoce su voluntad de dominio. Tanto el concepto de archivo, como el de genealogía –los dos grandes dispositivos retórico-epistemológicos que regían este estilo de trabajo historiográfico– buscaban desenterrar las voces, las formas de subjetividad que habían sido negadas, silenciadas, excluidas. Se historiaba los hospitales, la prisión, las fábricas, incluso las escuelas, como ejemplo de lugares donde se disciplinaban los cuerpos, se exorcizaba a la razón de sus demonios y se purgaba al espacio público de todo lo que se consideraba indeseable. Todo eso y mucho más también lo habían hecho las utopías totalitarias que se suponía iban a emancipar a los humanos de la sujeción de la propiedad y el capital y desterrar del espacio público la gris vulgaridad que las sociedades burguesas habían vertido sobre todo lo existente. Lo paradójico era que, para realizar esta labor, los demiurgos del totalitarismo necesitaban a su vez dinamitar el sensus comunis. Sus juglares se definían como cantores de lo imposible porque lo posible –aquello sobre lo que se sabe demasiado– era solo lo trillado, lo consabido, el peso muerto de la tradición. Se convertían las creencias que demarcaban el espacio de lo legítimo en simples prejuicios y rezagos del antiguo régimen. Lo imposible, además, solo le reconocía validez a la norma en su momento instituyente: aquel en el que el líder y las masas ocupan la calle y a golpe de decretos pavimentan el terreno desde el que se redefine lo lícito y lo ilícito. Así se crea un nuevo adentro cercado esta vez por antagonistas. Una norma que es hija de la excepción solo puede imaginar lo que vive fuera de sus lindes como una negación absoluta.

El tipo de microhistoria que practica el autor en este libro desmitifica el momento excepcional-instituyente al reconstruir su prehistoria: se relata todo lo que sucedió antes, en aquellos días anodinos que antecedieron al acontecimiento que hizo –al menos a ojos de la mayoría– que todo cambiara. Pongo un ejemplo. El ensayo “El humor y el canario en la mina” –que hace una historia de la censura y la intolerancia durante el periodo revolucionario, usando como ejemplo el humor– se estructura a partir de una regresión ad infinitum que termina por retrotraer el origen del veto a la libertad de expresión casi al mismo día del triunfo de la Revolución cubana. Fijar el “acta de nacimiento de la intolerancia hacia la creación en la Cuba post 1959 en junio de 1961”, cuando Fidel Castro pronuncia el célebre discurso “Palabras a los intelectuales”, no solo es una ilusión, sino que es un error de perspectiva histórica. El ensayo, de hecho, propone otra fecha –mucho menos conocida y de una supuesta menor trascendencia–: el 6 de febrero de 1959, cuando se ataca a un caricaturista por dibujar con bombines a los acompañantes de Castro en sus visitas a la Sierra Maestra.

El ensayista tampoco se conforma con esta corrección. Hay siempre una fecha anterior, menos conocida aún y en apariencia más intrascendente. A la espalda del acontecimiento excepcional se apilan los pequeños sucesos del día a día, lo imposible solo se entiende si se hunden los pies en el barro de lo real. “Cuando veas caricaturas arder, pon tu constitución en remojo”, nos alerta Enrique Del Risco. La suspensión de las garantías constitucionales, la construcción de un régimen a partir de un permanente estado de excepción, se inicia un día cualquiera y a partir de intentos de vetar lo que hasta ese momento resultaba nimio.

He hablado de las revelaciones, queda el espectro.

Un nuevo fantasma recorre el mundo y este libro: las revueltas. La que irrumpe en las páginas que me ocupan supone tanto la negación de esos dioscuros que son la utopía y el masoquismo, como de los hábitos que sedimentan el suelo totalitario. El fantasma del 11J, de ese día que permitió que nos asomáramos, aunque fuera solo por unas horas, a lo que vive fuera del miedo, a la intemperie del Estado totalitario. La forma en que se debe historiar ese evento no se ha revelado aún. Esperemos que no termine sepultado por ese falso superlativo, el –azo, que condena a una excepcionalidad estéril ya que no logra tejer una trama común con otros sucesos de la historia; como sucede en los casos del Bogotazo, Cordobazo, Caracazo, Maleconazo… La singularidad del nombre con el que se designa a esta rebelión, 11-J, lo distingue, al menos en un sentido, de las otras revueltas que se han mencionado. Que se le denote por una fecha ilustra el hecho de que fue un acontecimiento que abarcó todo el territorio nacional y que no se vio circunscrito a solo una ciudad o a un lugar específico. Sin embargo, si en la historia futura no se encuentran ecos de este evento, su anomalía y extrañeza podría ser aun mucho mayor que la de las rebeliones ceñidas a un solo punto en el espacio.

No hay forma de escapar de una cárcel hecha de tiempo.

UNA GUAGUA AL INFINITO (Y MÁS ALLÁ)*



Haciéndole honor al dictamen del general Máximo Gómez sobre los cubanos («Los cubanos o no llegan o se pasan»), los muchachos de Lei Nai Shou tienden a pasarse. Empezar con un humilde podcast que transmiten desde un sótano de Belleville, Nueva Jersey, no los entretuvo demasiado tiempo en acumular visitas, oyentes y likes. Casi enseguida, Tomás Castellanos, Mika Cuellar y Ricky Castillo se empeñaron en crear una serie de conciertos que traerían al norte del estado de Nueva Jersey y a Nueva York a algunos de los representantes más destacados de la canción de autor de las últimas décadas.


Desde finales de 2022 desfilaron por diferentes escenarios algunos de los nombres más destacados de la música isleña: Vanito Brown, Kamankola, Boris Larramendi, Carlos Varela, Sweet Lizzy Project, David Torrens, el Funky, Kelvis Ochoa y El B (de Los Aldeanos). Cantautores, rockeros y raperos, principalmente, si es que vale hacer la distinción. Mientras otros productores respaldados por patrocinios poderosos se inclinan por agrupaciones bailables o reguetoneros con los que es habitual que se identifique la música de la mayor de las Antillas, los de Lei Nai Shou se empecinaron en hacer conciertos más o menos íntimos con músicos menos taquilleros que durante tres décadas se han esforzado por mostrar una faceta poco habitual de la música cubana, pero no menos rica e importante —la música que aprecia y se nutre de la inmensa riqueza de su tradición, pero que no pretende reducirse a esta—.

El público de la zona, compuesto en lo principal por cubanos de la diáspora, agradeció el esfuerzo asistiendo religiosamente a cada una de las presentaciones de Lei Nai Shou en Nueva York y Nueva Jersey. (Una excepción fue el formidable concierto de El B, que atrajo una entusiasta falange de seguidores de otras partes de Latinoamérica). Luego de tantos años de sequía musical, la presencia de artistas tan bien escogidos era agradecida como si se tratara de uno de los milagros bíblicos con los que Dios se hacía querer por los israelitas.

Después estaba el componente social de los eventos, la música servía de pretexto para el encuentro de una comunidad más bien dispersa con pocas oportunidades para reunirse. La música, como ha ocurrido siempre entre cubanos, sigue siendo nuestra lingua franca, presta a asociar cuando otros asuntos tienden a separarnos. De una manera inteligente, gozosa, pero sin aspavientos, Lei Nai Shou anda entregado al negocio de hacer patria.

Otros se habrían conformado con el éxito que tuvieron los conciertos en terreno local, pero «conformarse» es verbo incomprensible para Lei Nai Shou. Venían probando desde la primavera pasada extender su propuesta hacia el sur, en el proceloso Miami. Lo probaron con David Torrens y vieron que era bueno. El próximo paso fue proponerse un festival cultural que durara un fin de semana —desde la tarde del viernes hasta la noche del domingo— y que incluyera todas las disciplinas artísticas (empezando por la música), pero que se ampliara hasta la literatura, el teatro, el cine, las artes visuales, el tatuaje y la artesanía y cuanta variante de creatividad apareciera en el camino.

Cuando Lei Nai Shou anunció Guagua Cuban Festival del 20 al 22 de octubre de 2023 en Allapattah, Miami, más que una cartelera real tenía la pinta de un buen vuele psicodélico (18 bandas en tres días). A eso, añadirle espectáculos teatrales, presentaciones de libros, de actores, artistas visuales, realizadores cinematográficos, psicólogos, you name it. Tampoco Allapattah —el sitio donde se celebraría el festival— parecía favorecer los sueños de Lei Nai Shou. Allapattah tiene fama de barrio deprimido, peligroso, de esos en que tristes gasolineras parecen puestos de avanzada en territorio enemigo, oasis de civilización. Un lugar donde buena parte de los miameses no se atrevería a entrar ni mucho menos a dejar su carro desatendido durante horas. La pregunta inicial no era si el festival sería un éxito, sino si un aparato que desde el principio parecía tener demasiado peso podría levantar una pulgada del suelo.

Encima, los de Lei Nai Shou, acostumbrados a la puntualidad norteña, no habían tenido en cuenta un factor local, el llamado horario de Miami. El acuerdo tácito entre los compatriotas de que si cualquier actividad, desde un concierto hasta una boda, se anuncia para una hora determinada, esta no comenzará sino hasta una hora después. De modo que cuando todo estaba listo para arrancar en la Esquina de Abuela —el rincón de Allapattah que Lei Nai Shou se había pasado dos semanas acondicionando— todavía no había público suficiente para arrancar la Guagua. Hasta que al fin empezaron a llegar los primeros audaces, quienes se atrevieron a dejar su carro en las calles del barrio o en manos de cualquier borrachito con chaleco reflectante y gestos serviciales que lo cuidaría por un módico precio. Fue entonces que la Guagua echó a volar. La banda de Ricky Castillo fue la que entonó las primeras notas de un festival condenado desde ese momento a alcanzar el estatus de legendario.

En La Esquina de Abuela, la Guagua tomó vuelo el viernes y no aterrizó hasta finales de la noche del domingo. El diligente equipo de Lei Nai Shou se movía de un sitio a otro eléctricamente para asegurarse que todo fluyera: los eventos simultáneos de las distintas disciplinas, los puestos de venta de artesanía, los de comida y de bebida. (La comida fue el gran bache de la Guagua, tan mala como cara. De la bebida no puedo decir lo mismo, me concentré en la recién descubierta Tropical Amber al punto de que, con las ganancias derivadas de mis gastos, la cervecera podría abrir una sucursal en Nueva Jersey —espero que capten la indirecta—).

El público se conmovió con los libros Cuando salí de Cuba y Las víctimas olvidadas del Che Guevara presentados por dos Marías, Pérez y Werlau respectivamente; y con el estreno como autor infantil de Tomás Castellanos con En los sueños de Cecilia; se divirtió con Memeo todo, la serie de libros de memes creados por el realizador Juan Carlos Cremata y con el desternillante monólogo de Iván Camejo. Se emocionó con los provocadores cortos de Eliecer Jiménez y con el entrañable homenaje de Ian Padrón a su padre, el creador de Elpidio Valdés y Vampiros en La Habana; y con las presentaciones en torno a artistas como Laura Alemán, Nelson Jalil y Luis Manuel Otero Alcántara.


Concierto del viernes: Ricky Castillo band, Andy García band, El Igor, Qva Libre y Gabriela de la Portilla (el concierto en realidad empieza en el minuto 30 del video).


Pero el plato fuerte de la Guagua fue la música. El desfile incesante de bandas y solistas, rockeros, jazzistas y raperos fue como abrir un catálogo minucioso, aunque no exhaustivo, de la escena alternativa cubana en Miami. A los sospechosos habituales (Boris Larramendi o Kamankola) se les unieron bandas de arribo reciente a la ciudad (la magnífica Qva Libre y agrupaciones instantáneas con músicos intercambiables, pero siempre magníficos).

Impresionaba casi todo: el frenesí con que la banda del pianista Andy García (fácil no confundirlo con su tocayo actor, sobre todo en lo tocante al talento musical) atacó clásicos como «Los tres golpes» de Ignacio Cervantes; la energía de Qva Libre, banda a la que pareció no alcanzarles la hora y tanto en la que estremecieron el escenario; la furia inteligente de Kamankola; Ezzakossa y 12 Ruinas; la entrega del indomable Funky, dándolo todo y más ante un sol de justicia; el impetuoso swing de Igor, de Manny Swagg, de Machaka Band, de Bita y su banda. La justicia poética fue cerrar el concierto del sábado con Boris Larramendi, fundador de 13 y 8, de Habana Oculta y de Habana Abierta y precursor de los nuevos caminos que se ha venido labrando la música cubana en las últimas tres décadas.

Cuando salía la tarde del sábado de la Esquina de Abuela, una yumo-asiática detuvo su carro para preguntarme en inglés qué estaba pasando allá adentro. Le hablé de un festival de cultura cubana, pero no pareció entender. Quizá por la dificultad de asociar «Cuba» con «cultura». Pero en cuanto dije «Cuban music» su rostro se distendió. «Wow, cool», exclamó y siguió camino. No sé si luego se animó a subirse a la Guagua. En cualquier caso, sospecho que de haberlo hecho lo que escuchó allá dentro contradijo su idea de música cubana. Prejuicios sobre prejuicios sobre prejuicios. Aunque espero que si la Guagua no se correspondía con la idea yumo-asiática de Cuban music, al menos fuera evidente su condición cool.

Musicalmente hablando, hubo un solo acto en la Guagua en que algo no pareció encajar. Tocaba un grupo que no hubiera desentonado en cualquier otro festival, pero que en ese fin de semana en la Esquina de Abuela estaba fuera de lugar. Los músicos eran solventes y ejecutaban sin esfuerzo lo que el género exigía, pero les faltaba el swing, la mezcla perfecta de energía, originalidad y gracia que había reinado de manera ininterrumpida durante tres días en la Guagua.

Fue entonces que pude entender el tremendo privilegio de haber montado en la Guagua aquel fin de semana. De asistir al despliegue de talento que en una ciudad complejísima como lo es Miami, ignorante tantas veces de su propia riqueza, solo pudo ser reunido por la empresa audaz, sensible e inteligente que dirigen los muchachos de Lei Nai Shou —sin patrocinadores ni apoyo oficial—. Empresa cuyo negocio no es la explotación de la nostalgia, sino la de abrir los ojos y oídos al futuro anunciado por el talento que circula incesante por las venas de la ciudad.

Algo de eso debió entender el público —no tan masivo como debió serlo— y los artistas que no se perdían las presentaciones de sus colegas, conciertos que fueron recogidos cuidadosamente en videos que ahora pueden ser consultados en las redes. Queda fuera de esos videos, no obstante, la energía epidémica que electrizó la Esquina de Abuela y que quedará asociada para siempre con la leyenda de Guagua Cuban Festival. La fiesta que anudó de manera inédita y definitiva lo cubano, su cultura y lo cool.

*Tomado de El Toque

Libros de octubre: Del Risco y la cultura totalitaria



Tomado de 14ymedio

"Cuando veas caricaturas arder, pon tu constitución en remojo". La advertencia de Enrique del Risco cae pesada, por su lucidez, en el país de la jarana y el chiste nervioso. Es triste que llegue tarde, más de 65 años después de que –como observa Jorge Brioso en su prólogo a Historia y masoquismo (Furtivas)– la recién estrenada revolución de Fidel Castro censurara a un dibujante por ridiculizar a los rebeldes de Sierra Maestra.

El más reciente libro de Del Risco pone el dedo en la llaga más dolorosa del cubano: su tendencia a sufrir –con placer– persiguiendo utopías. El fervor por la voz del tirano, la rapidez con que se asume la intolerancia, el sometimiento, la capacidad de humillar, el culto a la vigilancia... el lado oscuro de la Isla ha estado tan presente en su historia como el llevado y traído humor tropical.

Quizás, de hecho, ambos sean síntomas de un defecto de carácter más profundo y que la palabra masoquismo apenas comienza a expresar. Pues "el totalitarismo", como asegura Del Risco, "más que un régimen político es una cultura, una civilización, una costumbre".

Esta noche: La noche eterna

 Presentación de una película que escribí para la artista Coco Fusco a partir del testimonio de Néstor Díaz de Villegas



jueves, 26 de octubre de 2023

Historia y masoquismo: Enrique del Risco y las dualidades

 Entrevista con Yoandy Castañeda:



Historia y masoquismo: Enrique del Risco y las dualidades | AL PAN PAN (kvcmedia.com)

¿QUÉ ES MASOQUISMO? ¿Y TÚ ME LO PREGUNTAS?*


Por Ramón Fernández-Larrea

En la noche del pasado sábado 21 de octubre, ediciones Furtivas, en coordinación con la Fundación Cuatro Gatos, presentó el libro Historia y masoquismo, del narrador, ensayista y humorista Enrique del Risco, en la sala Artefactus. Esta este es el texto sintetizado de esa presentación, que estuvo a cargo de Ramón Fernández-Larrea.

Yo iba a acusar a Enrique del Risco por ponerme triste. Pero es mi amigo, lo admiro y he comprendido que lo único que hace es ponerse triste él mismo analizando la realidad cubana y transmitirlo. Porque la realidad cubana afecta más que un virus inventado en un laboratorio chino, tal vez porque Cuba, a partir de 1959, se convirtió en el laboratorio de un científico loco que se amaba a sí mismo y odiaba a la humanidad, incluyendo al chino de su hermano.

Al final, uno entiende que Enrisco, o Enrique del Risco, no es dueño de sí mismo, como tampoco lo somos nosotros, y que nos gobiernan, dirigen, orientan desde arriba nuestras obsesiones, que son las de analizar, enterarnos y comentar “la cosa”, esa cosa que llevamos más de 64 años mencionando en voz baja, siempre con la muletilla final de lo mala que está o qué mala se está poniendo la cosa.

Esa “cosa” nos reúne hoy en torno al autor de esta compilación de análisis de la cosa, que él, alejado esta vez de la mirada incendiaria del humor, ha titulado Historia y masoquismo, que nos hace pensar a qué parte pertenecemos nosotros: si a la historia o al masoquismo, o, tal vez, a un masoquismo que ha hecho historia, porque todos vivimos bajo, en medio, chapoteando en aquella “cosa”. Así que le echo mano a un poeta como Gustavo Adolfo Bécquer y digo, parafraseándolo: “¿Qué es masoquismo? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Y tú me lo preguntas? Si te gustaba la cosa y también que te clavaran esa pupila, y fuiste capaz de gozar con eso, masoquismo eres tú”.

¿Qué es el tan mentado síndrome de Estocolmo? Si alguien muy elemental pensara que es que a uno le gusta mucho Estocolmo en particular y Suecia en general, y no quiere moverse de allí, puede ser una buena interpretación. Pero si en tu Estocolmo personal te dan constantemente patadas por salva sea la parte y lo denuncias o te marchas, eso formará parte de la historia, pero si te llega a gustar y te quedas, o te vas y regresas porque las extrañas, ya eso es masoquismo.

“El cubano puede seguir arrogante como siempre, pero la autoestima la siente lesionada”, ha dicho Enrisco en una reciente entrevista. Y vemos con horror cómo aún funcionan el triunfalismo más elemental y la desastrosa idea de que los cubanos sufrimos más que nadie, pero somos lo mejor en todo: bailando, haciendo chistes o en el combate y el sexo. Como si fuéramos una civilización importante en la historia de la humanidad. No habitamos en la antigüedad en el valle del Nilo; sin embargo, el Nilo vino a nosotros y se instaló en nuestro lenguaje cotidiano con pesimismo después del accidente de 1959, y todos nos decíamos: Ni lo pienses, ni lo intentes.

Del Risco insiste en que miremos en esa desconfianza que sembró el régimen en nosotros para hacernos sentir culpa. “De esa desconfianza, dice, se nutren sistemas como el cubano para conseguir que la gente dependa de ellos y para que no se ponga de acuerdo para actuar de manera diferente”. Recuerdo la idea de un proyecto burlesco sobre una organización considerada contra revolucionaria formada en su totalidad por miembros del ministerio del interior infiltrados en ella, que espiaban a cada uno de los otros miembros sin saber que todos eran agentes.

¿De dónde nacen los regímenes totalitarios como el comunismo, el más letal de todos? El autor se pregunta y se responde: “¿Qué tienen en común alemanes, italianos, rusos, polacos, cubanos, venezolanos, albaneses, checos, húngaros, chinos, coreanos del norte o camboyanos? Para mí lo único que los une son esos momentos de crisis -no necesariamente económica- que han sabido aprovechar individuos, partidos o potencias con muchas ambiciones y muy pocos escrúpulos”.

Enrique Del Risco nos invita a que hurguemos en la trastienda, aclarado ya que no es en lo sexual, “aquello que solo se revela en negativo -las dosis de humillación que esconde el anhelo por lo perfecto- de los regímenes totalitarios”. Porque, para compartir una experiencia, dice él en su introducción, una experiencia tan atroz como la del comunismo, primero hay que entenderla, y nos facilita claves no solo para entender qué pasado vivimos y qué futuro pudiéramos desear, si es que existe, porque “en realidad nos obsesiona saber cuánto de aquel régimen que despreciamos fue erigido por nosotros mismos, cuánto de él llevamos dentro”.

Porque, también explica puntualmente el autor: El totalitarismo -en Cuba como en cualquier sitio-, más que un régimen político, es una cultura, una civilización, una costumbre. «La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre», nos dejó escrito un pensador renacentista, y Enrisco explica y amplía: “Costumbres que persiguen a muchos donde quiera que vayan para convertirse en añoranzas atroces: se llega a extrañar las colas, las escuelas al campo, la carne y los muñequitos rusos, las series policiacas de exaltación a la chivatería, la salsa de tomate autóctona, los cantautores comprometidamente plañideros, la chusmería militante y la militancia chusma”.

Uno arrastra casi para siempre esos recuerdos, porque así vivimos y qué otra vida vamos a recordar, aunque haya sido terrible. Yo mismo, recién salido de la isla y en otra isla llamada Tenerife, miraba en derredor y bajaba la voz cuando iba a hablar de la situación cubana o mencionaba el maldito nombre de Fidel Castro. Me sorprendí muchas veces diciendo que, durante el período especial en Cuba, el apagón que más me gustaba era el de 8:00 de la mañana a 4:00 de la tarde. Eso es masoquismo envasado al vacío, como repetir los nombres de sitios que fueron rebautizados por la revolución, o recordar con nostalgia frases de canciones como esa que pide que le cran que es feliz abriendo una trinchera, sin entender que eso es masoquismo en estado puro.

A los que estamos acostumbrados al humor brillante de Enrique del Risco, advierto que en este libro no hay humor, más allá del bisturí con el que él delimita los bordes del dolor que nos provocan los autoritarismos. Te puedes reír del dolor, pero no de gozo, porque eso sería precisamente masoquismo. Sino como una manera de abrirnos las heridas y entender cómo fue que nos fuimos acostumbrando a ellas y por qué perdonamos, de alguna manera, a quienes nos las provocaron, porque pensamos que es perdonarnos a nosotros mismos.

 *Tomado de ADNCuba

Homenaje a la revista Humor Sapiens en su X aniversario



Soy de los que piensa que el concepto de “humor inteligente” es una tautología. Como “blanca leche” o “hielo frío”. A ese nivel. Soy de los que asume que la caída de un gordo en la calle puede dar risa (siempre que el gordo en cuestión tenga seguro médico) pero no es necesariamente humor. Así de impertinente puedo ser, de machacón con la idea de que esa variante de lo gracioso que llamamos humor es más que mera contracción de músculos faciales y exhibición de dentadura. De los que viven convencidos de que para que el humor se produzca debe implicar al menos un par de sinapsis cerebrales, de neuronas que choquen, se sorprendan y hasta se alegren de haberse conocido.

Pero -a esta edad que me ha caído encima mientras hacía otras cosas- no me hago ilusiones. El mundo es como es y no como uno quiere, lo cual, dicho sea de paso, es mejor para el mundo y hasta para uno. Hoy, cuando el trabajo de los humoristas va siendo desplazado por videos minúsculos que desde cualquier parte del mundo repiten el viejo chiste del gordo que se resbala en la calle -calles cada vez distantes y exóticas, eso sí-, urge recordar que la risa no solo no está reñida con la inteligencia, sino que la segunda debiera ser condición básica de la primera. Esto es lo que hace de una manera ejemplar una revista como Humor Sapiens. Desde su título hasta cada uno de los artículos y entrevistas que publica Humor Sapiens asocia con naturalidad elementos que la inercia social va volviendo extraños y hasta excluyentes como la risa, la inteligencia y nuestra común -aunque poco ejercida- humanidad.

'El cubano puede seguir arrogante como siempre, pero la autoestima la siente lesionada'



Por Jorge Ignacio Domíguez López

En 1920, tras visitar Cuba y quedar fascinado por ella, el escritor norteamericano Joseph Hergesheimer diría que el encanto de La Habana radicaba sobre todo en el hecho de que era "una ciudad que no se siente abrumada por la historia". El nuevo libro de ensayos de Enrique Del Risco, titulado Historia y masoquismo (Ediciones Furtivas, Miami, 2023), podría tomarse como una explicación a la imposibilidad de decir hoy algo como lo que afirmaba Hergesheimer.

Página a página, Del Risco hace una disección de las raíces, manifestaciones y efectos del totalitarismo en general y, como ejemplos minuciosos, en su expresión cubana. Con la exégesis de meras anécdotas o síntomas superficiales de la relación entre el poder totalitario y los gobernados, se va dibujando también esa relación a ratos —¡casi siempre!— agónica entre el ser humano y la historia. De ese y otros temas del libro conversamos recientemente.

En Leve historia de Cuba, escrito a cuatro manos con Francisco García González en la Cuba de los 90 y publicado finalmente en 2007, hay una relectura de la historia del país desde el humor y la mordacidad. A ratos, Historia y masoquismo se lee como una versión seria de Leve historia de Cuba. ¿Te parece aceptable esa comparación? ¿Qué relación hallas —o no— entre los dos libros?

No lo había pensado, pero es factible la comparación. Y productiva. En ambos libros están presentes un par de obsesiones mías que, como todas las manías, empeoran con la edad: la obsesión por la historia cubana y por los efectos de esta en la vida de los cubanos, tanto colectiva como individual.

La diferencia fundamental entre ambos libros es que si la respuesta en Leve historia de Cuba se daba desde la ficción y partía de la impotencia que sufrimos la mayoría de los humanos frente al destino colectivo, en Historia y masoquismo voy un poco más allá, usando las armas del ensayo en lugar de las de la ficción. En mi nuevo libro la impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica, uno de cuyos síntomas más notables es la adicción a la misma dinámica que es la fuente de nuestros pesares, como se diría en un bolero.

Me refiero a la cultura totalitaria. Porque pienso que la dinámica totalitaria no obedece a la naturaleza específica del pueblo cubano. Responde más bien a la lógica del propio sistema, a cuya atracción no es ajena ningún pueblo. Porque hay que tener presente que el totalitarismo apela a los mismos instintos universales que antes satisfacía la religión, instintos que no se han apagado por mucho que las sociedades se complazcan en parecer ahora más laicas.

En los asuntos que trata Historia y masoquismo tenemos la confluencia de dos niveles de interpretación usualmente incompatibles. Uno es el de la historia, que es contingencia, hechos únicos e irrepetibles en el tiempo, y otro nivel es el de la psicología, con sus instintos incrustados en lo más profundo de la psiquis humana que un sistema tan aberrante como el totalitario logra potenciar de una manera escandalosa.

En el primer ensayo de la segunda sección del libro ("Historia") analizas la irascibilidad del totalitarismo cubano ante el humor. Mañach, en su Indagación del choteo habla de "esa afición al desorden, ese odio a la jerarquía, que es esencial del choteo". Pero Mañach se refiere al carácter del cubano, mientras que tú hablas de "humoristas profesionales". ¿Ves algún paralelismo entre las reacciones del régimen ante “el choteo” y el “humor profesional”?

Cuando se trata de analizar las relaciones entre el Estado y el humor por fuerza tenía que referirme a los humoristas profesionales. Porque, por mucho que el Estado haya intentado controlar las respuestas humorísticas a la realidad que él mismo impone, el humor del cubano de a pie ha quedado siempre fuera de su control.

Puedo recordar épocas completas donde ningún humorista profesional hacía referencia a la situación política, pero no recuerdo una sola etapa de mi vida donde los chistes populares no se burlaran implacablemente del sistema. En uno de los primeros chistes que retengo en la memoria se preguntaba que entre el choque entre el avión donde viajaba Fidel y el avión de Raúl quién se salvaría. La respuesta era "Quien se salva es el pueblo". Todo el mundo —incluso en las familias castristas— se sabía chistes, aunque solo los contara en círculos muy reducidos, de mucha confianza.

Debo añadir que ese choteo al que se refiere Mañach —que siempre trato de distinguir del humor popular, que son fenómenos que pueden partir de una actitud similar pero no son idénticos— tiene un doble filo. Si por un lado funcionaba como una forma de resistencia blanda frente a la rigidez totalitaria e intentó ser suprimido durante los primeros años de castrismo, luego ha pasado a ser instrumentalizado por el poder en su versión más populachera con los actos de repudio y las marchas de apoyo al Gobierno. El choteo de que hablaba Mañach ha demostrado ser más resistente que los sistemas políticos por los que ha atravesado el país, pero ni es responsable de la existencia de estos como no lo es de su desaparición.

En cambio, contra los humoristas profesionales —un sector que durante toda la República no dejó de satirizar al poder de turno— el castrismo fue implacable desde el mismo comienzo, mucho antes de que se enfilara contra otros sectores de la sociedad. Cuando la mayoría de los estudiosos fija el inicio de la censura castrista en el "Caso PM" en el verano de 1961 ignora que ya el 6 de febrero de 1959 Fidel Castro había llamado al pueblo a un boicot contra la publicación humorística Zigzag por haber publicado una caricatura que lo incomodó sin siquiera ser especialmente irrespetuosa. Y cuando el líder del país enfiló sus cañones retóricos contra la principal publicación humorística del país —que había estado a la cabeza de la crítica del batistato— el resto del gremio ya quedó advertido para siempre.

Es importante insistir en que, descontando a los representantes del batistato, los humoristas —junto a los jueces y periodistas que cuestionaron la aplicación industrial de la pena de muerte— fueron de los primeros en sufrir acoso oficial, pero, como en aquel famoso poema de Martin Niemöller, nadie dijo nada porque la sociedad asumió que no era con ella. Eso fue uno de los errores iniciales de la sociedad cubana frente a la revolución triunfante: no entender que los humoristas constituyen uno de los sensores más finos con los que contamos para detectar altas concentraciones de autoritarismo y fanatismo. Los humoristas están siempre entre los primeros en ser acosados por los regímenes autoritarios: en parte porque lo que menos que te perdonan es que no te los tomes en serio y en parte porque el mayor riesgo profesional de los humoristas es que a ellos mismos nadie se los toma con seriedad. Excepto los represores, claro.

En varios de los textos que conforman el libro te refieres al papel legitimador que la Nueva Trova tuvo para el régimen cubano. El cine, la literatura, las artes plásticas (en especial el afiche), el teatro... jugaron de algún modo ese mismo papel en las décadas del 60 y el 70. ¿Por qué te parece la Nueva Trova un caso que merece un análisis más insistente?

Primero hay que recordar que la tradición musical cubana es mucho más sólida que el resto de las disciplinas artísticas y que el público local tiene un oído más atento para la música que para otras manifestaciones. También debemos recordar que desde la aparición de los cassettes, la música para circular no necesitaba de la intermediación de un Estado que se había adueñado de las imprentas, las galerías, los cines, los teatros, la industria cinematográfica, los estudios de grabación etc.

También hay que distinguir a Silvio Rodríguez del resto de los propagandistas más ramplones dentro de la Nueva Trova, incluido Pablo Milanés que como compositor lírico podía ser exquisito, pero en términos propagandísticos siempre fue muy elemental, como si no se lo creyera del todo o como si no consiguiera compaginar su costado lírico con las exigencias de la propaganda. En cuanto a Silvio, debe recordarse que antes de convertirse en una suerte de retórico oficioso del régimen con su baba amorosa ("solo el amor engendra la maravilla", "que sin esperanza dónde está el amor", etc) desarrolló un discurso de resistencia que circulaba de mano en mano a través de los cassettes que mencionaba antes.

Se trataba de una resistencia muy limitada, nunca antagónica, pero que manifestaba de manera clara el rechazo a ver sometida su individualidad al gran proyecto colectivo, tal y como se le exigía al hombre nuevo, su renuencia a ser mero repetidor de la propaganda estatal. De esa mínima resistencia ética y estética a convertirse en pura propaganda las canciones de Silvio sacaron buena parte de su fuerza, de su encanto, un encanto que para muchos perdura hasta hoy. Pero incluso dentro de esa resistencia había mucho de rendición ética y estética a ese monstruo insaciable que es el Estado totalitario.

Ese sometimiento con los años y los compromisos creados se ha ido haciendo más profundo. En un documental reciente Silvio ha llegado a afirmar :"Yo siempre supe que la Revolución era más importante que yo. Eso lo tuve claro. Y eso fue lo que me salvó". Cuando Silvio habla de salvación lo hace en un sentido policial pero también religioso. Es ahí, con esa convicción religiosa —religiosa en el peor sentido, el más pobre— donde todo el posible humanismo que Silvio intentaba definir y defender en sus canciones se va al carajo. Es esa mezcla de retórica humanista con fe en el sentido de la Historia encarnado por la Revolución (nótense las mayúsculas) a lo que empezó a apelar el régimen cuando ya la propaganda real-socialista de la primera mitad del castrismo había perdido toda eficacia.

Pero también está el resto de los neotrovadores cuyas canciones no son aprovechables por la retórica del poder pero tampoco consiguieron cortar su cordón umbilical con el castrismo y su retórica "revolucionaria". Esos que emplazaban tímidamente al sistema al mismo tiempo que se consideraban sus hijos, sus herederos y continuadores, y se presentan a sí mismos como los verdaderos "revolucionarios". Con una relación tan dependiente de la retórica del poder es muy difícil crear un discurso verdaderamente auténtico y autónomo.

En cambio, el verdadero logro de la Nueva Trova en su conjunto fue crear una música cubana auténticamente triste. Hasta entonces, incluso en los boleros cubanos más plañideros y cortavenas, había mucho de impostura, de sobreactuación, de juego. Se fingía un dolor que luego era negado en la próxima composición del autor, (cuando no negaba esa tristeza en la misma canción como ocurre con "Lágrimas negras"). Las canciones de la Nueva Trova son en cambio genuinamente tristes, una tristeza permanente que —sospecho— emana de la impotencia esencial de una generación que se veía en el mejor de los casos como mera imitadora de la anterior sin nada realmente nuevo que hacer o que decir.

Escuchas aquello de "a los héroes se le recuerda sin llanto" en una canción donde a la muerte se la llama "artesana del sol" y no te queda otro remedio de sentir una lástima infinita por esos jóvenes que se llamaban "revolucionarios" pero no tenían otra opción que venerar e imitar mansamente a los que los precedieron. O morirse de una buena vez.

En la introducción a Historia y masoquismo rechazas la predeterminación del totalitarismo a favor de una tesis que lo considera un peligro constante que puede asolar a un país cuando coinciden ciertos hechos, personajes o elementos fortuitos en un momento de su historia. ¿Cuáles son entonces para ti esos elementos que nos hicieron caer como pueblo en un régimen totalitario que ya tiene el sabor de lo eterno?

Una vez que se cae en la trampa totalitaria existe la tentación de buscar una predeterminación, un fatalismo en la historia anterior. De girar toda la discusión en torno a la culpa colectiva. Pero como dije antes, el totalitarismo ha florecido en pueblos tan distintos que la búsqueda de raíces culturales, históricas o idiosincráticas se vuelve un contrasentido. Visto todos los casos a la vez lo que sí tienen en común es la situación de crisis e inestabilidad política, económica o social —con la consecuente desconfianza hacia la posibilidad democrática— que refuerza la siempre latente "nostalgia del absoluto" presente en las sociedades modernas de que habla George Steiner. Una situación que es aprovechada por un aspirante a tirano, un partido o incluso una potencia extranjera para instaurar un régimen que pretende convertir la exaltación temporal de las revoluciones en algo permanente.

¿Qué tienen en común alemanes, italianos, rusos, polacos, cubanos, venezolanos, albaneses, checos, húngaros, chinos, coreanos del norte o camboyanos? Para mí lo único que los une son esos momentos de crisis —no necesariamente económica— que han sabido aprovechar individuos, partidos o potencias con muchas ambiciones y muy pocos escrúpulos.

Disculpa la alegoría elemental: uno puede ser responsable de haberse emborrachado, pero si en medio de la borrachera alguien te viola un juez dictaminaría que el responsable de la violación es el violador. El que quiera buscar una explicación ideosincrática del totalitarismo tiene que tener en cuenta el experimento de las dos Coreas: con los mismos coreanos se construyó uno de los sistemas totalitarios más perfectos del planeta y uno de los capitalismos democráticos más pujantes de la actualidad.

Por otro lado, la tentación totalitaria sigue presente en cualquier sociedad incluyendo EEUU, donde vivo. Puede ser bajo la consigna "Make America Great Again" que agita un personaje como Trump, cuyos pujos autoritarios me recuerdan muchísimo a los de Fidel Castro. O también en la forma de ese totalitarismo por cuenta propia que es la corrección política: con el pretexto de la erradicación de la desigualdad y de la opresión a las minorías se pretende imponer principios morales por encima de la ley —condenando a gente a la marginación y al ostracismo sin llevarlas a juicio— y se intenta regular la vida cotidiana en esferas en las que ni el peor stalinismo soñó inmiscuirse.

Hasta ahora las instituciones democráticas norteamericanas y el sentido común han prevalecido frente a las presiones desde ambos extremos, pero nada garantiza que una buena crisis termine empujando a la sociedad hacia alguna trampa totalitaria.
 
Al final de "El sueño de los otros", uno de los textos de la primera parte de tu libro, planteas una serie de preguntas sobre el efecto a largo plazo (¿o eterno?) del totalitarismo. ¿Crees que muchos cubanos de la Isla "están así" porque siguen viviendo bajo un régimen totalitario que ya dura más de seis décadas o que "son así" ya para siempre, porque el régimen, en efecto, logró cambiar el carácter del cubano?

El carácter es uno de los rasgos más profundos —y por eso mismo más indefinibles— en la identidad de un pueblo, pero 64 años no son pocos para un pueblo joven, siete más que toda la República, periodo que sin dudas dejó huellas en el carácter nacional. Cambios hay con cada generación: basta escuchar las quejas que los que llevan dos meses en Miami tienen sobre los que acaban de llegar. Los emigrados siempre terminan convertidos en expertos en encontrar diferencias con los que llegan después.

Pero, hablando más en serio, si algo parece haber cambiado de manera profunda en el carácter del cubano es la confianza. Los regímenes totalitarios están especialmente interesados en minar la confianza que sus súbditos tienen en el resto de la sociedad y en sí mismos porque esa confianza es fundamental tanto para cambiar la sociedad como nuestras vidas.

El cubano puede seguir arrogante como siempre, pero la autoestima la siente lesionada. De esa desconfianza se nutren sistemas como el cubano para conseguir que la gente dependa de ellos y para que no se ponga de acuerdo para actuar de manera diferente. Una desconfianza que nos persigue a donde quiera que vayamos y que ha lastrado muchos empeños colectivos e individuales.

Que un régimen tan meticulosamente aberrante y pretencioso deje huellas profundas en la gente no debería sorprender a nadie. Si los peores instintos humanos existen incluso en sociedades donde se les castiga, ¡cómo no van a florecer allí donde se les premia! Lo que de veras me sorprende son los jóvenes que salen de Cuba tan funcionales y decentes como los que han crecido en condiciones mucho más favorables. Y ese detalle, además de sorprendente, es muy alentador.


Historia y masoquismo, de Enrique del Risco, tendrá dos presentaciones en Miami. Mañana 20 de octubre a las 7:30PM, dentro del Festival La Guagua de Lei Nai Shou en La Esquina de Abuela (2705 NW 22nd Ave. Miami) y el sábado 21 a las 8:30PM en Artefactus Cultural Project (12302 SW 133rd Ct, Miami), acompañado de Ramón Fernández Larrea.

Yesenia Selier: notas sobre el vacío

 



Por Enrique Del Risco

Ha muerto Yesenia Selier, bailarina, coreógrafa, performer, investigadora, educadora, promotora cultural, activista por la igualdad racial y orgullosa madre soltera de trillizos. La lista de títulos podría ser mucho más extensa pero dejar de mencionar tan solo uno de los anteriores sería disminuir demasiado a alguien a quien la ahora corta vida que vivió desde siempre le quedó pequeña, estrecha a sus ambiciones múltiples y abrumadoras.

Yesenia, nacida en La Habana pero con hondas raíces en San Diego de Núñez, Pinar del Río, (la patria chica del novelista Cirilo Villaverde como no cesaba de recordarme) se graduó de psicología en la Universidad de la Habana para luego hacer un máster de Estudios Latinoamericanos en la New York University. Esa era la misma institución con la que pensaba graduarse de doctorado una vez que le pusiera punto final a la tesis sobre danza que pensaba defender el próximo año. Porque todo lo que había hecho hasta ahora —desde promotora de hip hop hasta profesora de danzas afrocubanas, desde realizadora de audiovisuales hasta colaboradora de artistas visuales estrellas musicales y cinematográficas como Wynton Marsalis, Chucho Valdés, Pedrito Martínez, Teresita Fernández, Coco Fusco, April Yvette Thompson o Matt Dillon— no era nada en comparación con lo que planificaba hacer en los próximos días, meses, años. Con todo y su abultado currículum cabía sospechar que lo mejor siempre estaba por venir.

“Pitia”, “maga”, “sacerdotisa” preferiría llamarse antes que cualquier clasificación ortopédica con la que los resumés reducen a quien desborda sus cuadrículas. Yesenia, ser tan actuante como inteligente, era capaz de explicar la naturaleza y el sentido de una danza con la misma precisión con que la ejecutaba. Verla inundar el escenario del Rose Hall con su interpretación de Yemayá que era a la vez orisha y oleaje marino suponía un privilegio y a la vez el redescubrimiento que el mundo se nos resiste a ser descuartizado en magia y razón. Maga era también Yesenia cuando convertía a un puñado de gringos pálidos, tan bienintencionados como cortos de talento rítmico, en solvente conjunto rumbero.


Cuando dije en su presencia que los cubanos en el exterior solíamos sobreactuar nuestra cubanía Yesenia se lo tomó como algo personal. La entiendo: lo que en otros sería sobreactuación en ella era naturaleza manifestándose. Nada tenía de complaciente o turístico su interpretación de lo afrocubano. Su performance sobre José Antonio Aponte, pionero de la rebeldía afrocubana fue justo lo contrario al exotismo complaciente. Había que ver las caras de terror mal contenido de los académicos espectadores cuando Yesenia, ataviada de Yemayá, destrozó una muñeca plástica lanzando griticos agudos, escalofriantes: más que de Aponte el público parecía sentirse cerca de los hacendados que celebraron su ejecución. Con un gesto similar Yesenia no acudía a los subterfugios de la meticulosa clasificación racial cubana para identificarse: negra se llamaba a sí misma para dejar claro que, aunque fuera mulata y bailara rumba, para nada quería congraciarse con el exotismo cómodo de la mulata rumbera.  

No puedo calcular hasta qué punto Yesenia sufrió el racismo o la misoginia en su tierra o en ésta pero sospecho que, aparte del desprecio grosero y asustado ante el fenómeno que era ella, su fina sensibilidad debió resentir el sofisticado racismo de salón de la academia norteamericana. Me permiten calcularlo los obstáculos que encontró como directora de Religiones Afro-Globales en el Smithsonian National Museum of African Art. O que, en medio de su actuación en el Rose Hall, al explicarle a alguien que además de bailar cursaba un doctorado comentara: “Ah, una mulata intelectual”. Como si ante el tremendo reto mental que representaba Yesenia para mi interlocutor su cerebro solo pudiera proporcionarle clasificaciones salidas del teatro bufo.


El respeto que merecía Yesenia por sus investigaciones, su reconstrucción y difusión de las danzas afrocubanas, su activismo, me llevó a proponer su candidatura como miembro de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, propuesta que fue aceptada de inmediato. Recuerdo el discurso que dio aceptando su inducción a la AHCE sobre la presencia afrocubana en la historia del país como uno de esos momentos a una institución que se precia de rescatar el pasado de la nación. Los múltiples compromisos de Yesenia académicos y artísticos hizo que su colaboración con la AHCE fuera menos abundante de lo que hubiera deseado. No obstante, y tras mucha insistencia, el mes pasado conseguí publicarle su magnífico ensayo “La habitación propia de la negra cubana”.

Sin embargo, de los sucesivos avatares de Yesenia creo que ninguno la define mejor que el de amiga. Esa continua exigencia entre iguales que es toda amistad verdadera Yesenia se la ofrecía y demandaba lo mismo a una estrella de cine que a su familia. Nos conocimos por más de tres lustros, fue maestra de mis hijos de todas las maneras posibles, vivíamos a quinientos metros de distancia, compartimos montones de alegrías y unas cuantas angustias, sus hijos crecieron junto a los míos, pero aun así nuestra complicidad con el mundo de Yesenia no tenía nada de especial: todos sus amigos, (que constituíamos legiones porque era imposible sustraerse al encanto de su entrega) éramos especiales. Especiales al punto que, pasadas las presentaciones en la sala de su casa, parecíamos un cónclave de los mayores genios que ha dado la humanidad, inflados por la inagotable generosidad de nuestra anfitriona.

Imposible no llegar a las lágrimas al pensar que esa sonrisa franca de trompeta de carnaval no estará esperándonos tras la puerta de su apartamento oloroso a puerco y pollo al horno. Junto al dominó de su madre y el cariño tímido de sus hijos ya hombres. Tan imposible como asomarnos al balcón desde donde contemplábamos el majestuoso paisaje de Manhattan entretenidos en despellejar el universo y no pensar que fue el último sitio que pisó, el último paisaje que retuvo antes de saltar al vacío. Desde donde escapó de sus bien disimuladas angustias quien tanto nos dio hasta decidir que ya era suficiente.

Empecé escribiendo “ha muerto Yesenia Selier”. “Fallecer” me parece un eufemismo cuando la muerte se te estrella contra la cara con su violencia congénita. En el caso de Yesenia “fallecer” solo tiene sentido si se recuerda su sentido original de “faltar”. Al margen de la imposible digestión de su muerte lo más definitivo que nos deja Yesenia Selier es el vastísimo vacío que intentamos ir rellenando con el recuerdo de su deslumbrante paso por nuestras vidas, ahora mucho más pobres; con la reunión de su obra ahora dispersa; con la tremenda mentira de que así no se irá del todo, cuando lo único cierto es que alguna vez una sola persona (mujer y negra, recalcaría ella) fue capaz de rellenar todo eso. Y no le pareció suficiente.

‘Historia y masoquismo’ de Enrique del Risco*


Por Jorge Brioso

Todo libro de ensayos que valga la pena esconde al menos una revelación. Historia y masoquismo, de Enrique del Risco, nos regala dos y media, pues al libro lo atraviesa un espectro y estos nunca se develan por completo. La primera define al masoquismo como el lado invisible, ultravioleta, de la utopía. Hay que apresurarse a aclarar, de la mano de su autor, que “aquí el masoquismo no [se entiende] como conducta sexual, por supuesto, sino como «la satisfacción o placer que se experimenta a través del dolor propio, ya sea físico o psíquico, y de la humillación, la dominación y el sometimiento»”. Si la utopía no es otra cosa que la ideología cuando se disfraza de lo onírico, lo que viste a los dogmas –el costado férreo del deber ser– con el traje del anhelo, del delirio, del desenfreno; el masoquismo –tal y como se le define en este libro– es el rostro oculto del deseo que acecha detrás de toda aspiración utópica. Más allá de lo posible –esa tierra de nadie que tratan de cartografiar las utopías– solo existen formas de sujeción mucho más arduas que la realidad más opresiva pues en ellas resulta quimérico intentar discernir entre deseo y deber, entre libertad y necesidad. Enrique Del Risco nos invita a que hurguemos en la trastienda, aquello que solo se revela en negativo –las dosis de humillación que esconde el anhelo por lo perfecto– de los regímenes totalitarios.

También existe el masoquismo por cuenta ajena y es cuando se vive atrapado en el sueño del otro y forzado a recrear en la vigilia, en el día a día, los desvaríos nocturnos de quien se va a la cama hastiado del prosaísmo que impone lo real, la existencia cotidiana. Quienes viajan a las antípodas de la isla de Jauja lo hacen para liberarse allí, aunque sea por unos días, del consumo –de la presión de tener el carro del último modelo, la ropa de marca, etc.–, o de esa conectividad con todos y con todo que agobia tanto. Nunca la ascesis fue más gozosa: se descubre en la miseria ajena lo fútil del lujo propio. Gracias a esa forma de sufrimiento vicario se accede a un goce cívico, edificador, otium cum dignitate, tal y como lo definían los viejos humanistas: el deleite de aprender cuán poco necesitan los otros para sobrevivir. E irse a casa, regresar del sueño, con proyectos de enmienda.

“El totalitarismo –en Cuba como en cualquier sitio– más que un régimen político es una cultura, una civilización, una costumbre”. La segunda revelación de este libro tiene que ver tanto con su novedosa manera de entender el fenómeno totalitario como con el tipo de relato histórico que exige esta forma de interpretarlo. La palabra clave para descifrar esta propuesta interpretativa es costumbre. ¿Qué forma adquiere lo consuetudinario en realidades que se definen por su ruptura radical con el pasado? ¿Cómo se narra la intrahistoria –todo lo que pasa mientras nada sucede, el antes y el después de la irrupción de lo nuevo– de los acontecimientos revolucionarios que marcaron, para bien o para mal, la historia del siglo XX y que siguen condicionando esta nueva centuria? Lo que se propone en la segunda parte del volumen –a través de pequeños relatos, de microhistorias– es una mirada caleidoscópica hacia el totalitarismo: una visión plural y desde lo minúsculo para descifrar un fenómeno al que suele asociársele con lo monolítico y lo ciclópeo. Se hace la historia del hambre, de la intolerancia. Se narra el dentro y el contra del espacio revolucionario; también su racismo y su homofobia. La historia de cómo todo, incluso una campaña de alfabetización, se puede convertir en otro medio para hacerle la guerra –Clausewitz con esteroides– a aquel que disiente ya sea con lápices, fusiles o, incluso, a voz en pelo.

El gran calvo de Vincennes-Saint-Denis, al escribir las microhistorias de la sexualidad, la locura, la prisión, la mirada médica, trataba de reventar el sensus communis. A la topografía que demarca lo que una época entiende como lo posible –eso y no otra cosa es el sensus communis— se le concibe únicamente como un espacio de coerción. Respecto a la verdad solo se reconoce su voluntad de dominio. Tanto el concepto de archivo, como el de genealogía –los dos grandes dispositivos retórico-epistemológicos que regían este estilo de trabajo historiográfico– buscaban desenterrar las voces, las formas de subjetividad que habían sido negadas, silenciadas, excluidas. Se historiaba los hospitales, la prisión, las fábricas, incluso las escuelas, como ejemplo de lugares donde se disciplinaban los cuerpos, se exorcizaba a la razón de sus demonios y se purgaba al espacio público de todo lo que se consideraba indeseable. Todo eso y mucho más también lo habían hecho las utopías totalitarias que se suponía iban a emancipar a los humanos de la sujeción de la propiedad y el capital y desterrar del espacio público la gris vulgaridad que las sociedades burguesas habían vertido sobre todo lo existente. Lo paradójico era que, para realizar esta labor, los demiurgos del totalitarismo necesitaban a su vez dinamitar el sensus comunis. Sus juglares se definían como cantores de lo imposible porque lo posible –aquello sobre lo que se sabe demasiado– era solo lo trillado, lo consabido, el peso muerto de la tradición. Se convertían las creencias que demarcaban el espacio de lo legítimo en simples prejuicios y rezagos del antiguo régimen. Lo imposible, además, solo le reconocía validez a la norma en su momento instituyente: aquel en el que el líder y las masas ocupan la calle y a golpe de decretos pavimentan el terreno desde el que se redefine lo lícito y lo ilícito. Así se crea un nuevo adentro cercado esta vez por antagonistas. Una norma que es hija de la excepción solo puede imaginar lo que vive fuera de sus lindes como una negación absoluta.

El tipo de microhistoria que practica el autor en este libro desmitifica el momento excepcional-instituyente al reconstruir su prehistoria: se relata todo lo que sucedió antes, en aquellos días anodinos que antecedieron al acontecimiento que hizo –al menos a ojos de la mayoría– que todo cambiara. Pongo un ejemplo. El ensayo “El humor y el canario en la mina” –que hace una historia de la censura y la intolerancia durante el periodo revolucionario, usando como ejemplo el humor– se estructura a partir de una regresión ad infinitum que termina por retrotraer el origen del veto a la libertad de expresión casi al mismo día del triunfo de la Revolución cubana. Fijar el “acta de nacimiento de la intolerancia hacia la creación en la Cuba post 1959 en junio de 1961”, cuando Fidel Castro pronuncia el célebre discurso “Palabras a los intelectuales”, no solo es una ilusión, sino que es un error de perspectiva histórica. El ensayo, de hecho, propone otra fecha –mucho menos conocida y de una supuesta menor trascendencia–: el 6 de febrero de 1959, cuando se ataca a un caricaturista por dibujar con bombines a los acompañantes de Castro en sus visitas a la Sierra Maestra.

El ensayista tampoco se conforma con esta corrección. Hay siempre una fecha anterior, menos conocida aún y en apariencia más intrascendente. A la espalda del acontecimiento excepcional se apilan los pequeños sucesos del día a día, lo imposible solo se entiende si se hunden los pies en el barro de lo real. “Cuando veas caricaturas arder, pon tu constitución en remojo”, nos alerta Enrique Del Risco. La suspensión de las garantías constitucionales, la construcción de un régimen a partir de un permanente estado de excepción, se inicia un día cualquiera y a partir de intentos de vetar lo que hasta ese momento resultaba nimio.

He hablado de las revelaciones, queda el espectro.

Un nuevo fantasma recorre el mundo y este libro: las revueltas. La que irrumpe en las páginas que me ocupan supone tanto la negación de esos dioscuros que son la utopía y el masoquismo, como de los hábitos que sedimentan el suelo totalitario. El fantasma del 11J, de ese día que permitió que nos asomáramos, aunque fuera solo por unas horas, a lo que vive fuera del miedo, a la intemperie del Estado totalitario. La forma en que se debe historiar ese evento no se ha revelado aún. Esperemos que no termine sepultado por ese falso superlativo, el –azo, que condena a una excepcionalidad estéril ya que no logra tejer una trama común con otros sucesos de la historia; como sucede en los casos del Bogotazo, Cordobazo, Caracazo, Maleconazo… La singularidad del nombre con el que se designa a esta rebelión, 11-J, lo distingue, al menos en un sentido, de las otras revueltas que se han mencionado. Que se le denote por una fecha ilustra el hecho de que fue un acontecimiento que abarcó todo el territorio nacional y que no se vio circunscrito a solo una ciudad o a un lugar específico. Sin embargo, si en la historia futura no se encuentran ecos de este evento, su anomalía y extrañeza podría ser aun mucho mayor que la de las rebeliones ceñidas a un solo punto en el espacio.

No hay forma de escapar de una cárcel hecha de tiempo.


*Prólogo del libro Historia y masoquismo publicado originalmente en Rialta Magazine. 

martes, 24 de octubre de 2023

La lengua clandestina de Estados Unidos

Lo vengo constatando en persona: cada vez en mi clase avanzada para hispanohablantes aparecen más estudiantes que no proceden de familias hispanas.

Muchachos de diversos orígenes (indios, iraníes, anglos, brasileños) que usan el español de manera cotidiana para comunicarse con sus amigos, vecinos y nanas o escuchar su música favorita y desean perfeccionarlo y pulirlo. Darle alas para sacarlo de los límites del barrio o la taquería y que les sirva para el resto de sus necesidades comunicativas. Como debe ocurrir normalmente, aunque la historia del español en Estados Unidos haya sido cualquier cosa menos normal.

En mis clases insisto en que el español no debe considerarse extranjero en un territorio al que llegó antes que los primeros colonos ingleses. A mis estudiantes ciertos detalles les resultan apabullantes. Como que la primera ciudad fundada en el actual territorio norteamericano fuera San Juan (1493) en Puerto Rico y que la primera que se estableció permanentemente en territorio continental fue San Agustín de la Florida fundada en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés. O les recuerdo que nueve de los cincuenta estados norteamericanos (o diez, si se incluye Puerto Rico) fueron bautizados por representantes de España: California, Colorado, Montana, Oregón, Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada y Florida. Sin contar las innumerables poblaciones que todavía llevan hoy nombres hispanos, aunque luego los pronuncien a la buena de Dios.

Pero la presencia hispana en Estados Unidos no se limita a la geografía. También están la historia, la demografía y la cultura. Como el dato elemental de que la expansión hacia el oeste se hizo sobre todo a costa de México, engulléndose el 55% de su territorio y más de cien mil mexicanos que tuvieron que adaptarse a las nuevas circunstancias sin renunciar a su religión, sus tradiciones o su idioma.

Sin embargo, no hubo que esperar a la anexión de Texas y la Guerra México-americana para que el español comenzara a escucharse, escribirse y leerse en el territorio de la Unión. Desde finales del siglo XVIII existían asentamientos como el de los canarios de Louisiana, que sobrevive hasta hoy con interesantísimas particularidades lingüísticas. Y en 1808 comenzó a editarse en Nueva Orleans El Misisipi, primer diario redactado en español. Y en Nueva York en 1824 el padre Félix Varela, un exiliado de Cuba, (que fue, junto a Puerto Rico, la última colonia española del continente), fundó El Habanero, portavoz del independentismo cubano. En esa misma ciudad y época otro exiliado ilustre, José María Heredia, enseñó español y publicó en dicha lengua el poemario que lo consagraría como uno de los grandes poetas de Hispanoamérica.

Cuando Texas era aún Tejas, se publicaban allí periódicos como El Crepúsculo, La Gaceta de Texas y El Mexicano, todos fundados en 1813. Pero fue precisamente la anexión del estado por la Unión Americana lo que dio impulso a los diarios en español que surgieron como acto de reafirmación de la cultura, la lengua y los derechos de sus hablantes. Ni para los exiliados cubanos y boricuas en Nueva York ni para los mexicanos de los recién anexados territorios del Oeste hablar, escribir o cantar en su lengua fue un acto inocente sino pura resistencia cultural y política que lo mismo servía para defender una identidad existente que para inventarse una nación en el exilio.

En adelante la existencia del español en los Estados Unidos siguió siendo complicada. Si en 1849 la constitución de California proclamaba que “todas las leyes, decretos, regulaciones, y provisiones que emanan de cualesquiera de los tres poderes supremos de este estado, las cuales por su naturaleza requieren la publicación, serán publicados en inglés y español” treinta años más tarde se modificó para que los procedimientos oficiales se condujeran solo en inglés. A lo largo del siglo XIX y el XX, mientras la población hispana en Estados Unidos iba incrementándose progresivamente hasta estallar en la segunda mitad del siglo pasado, la circulación y el prestigio del español siempre estuvieron en entredicho.

En medio de las tensiones generadas por la Primera Guerra Mundial el español desplazó al alemán como la principal lengua extranjera que se enseñaba en las escuelas norteamericanas, proceso que coincidió con la expansión de la comunidad puertorriqueña en el continente al serle otorgada la ciudadanía a los nativos de la isla. En esos mismos años la ofensiva de relaciones públicas lanzada por España para recuperar su vieja influencia en el Nuevo Mundo bajo la consigna de la “hispanidad” llevó importantes proyectos culturales a Nueva York, pero sin tener en cuenta a la creciente colonia hispanohablante de la ciudad. Desde entonces cada oportunidad de expandir el español ha tenido que afrontar numerosos obstáculos en la forma de ignorancia, incomprensión, desprecio o racismo puro.

El informe global del Instituto Cervantes de 2022 renueva su confianza en las posibilidades de la segunda lengua del mundo en número de hablantes nativos (detrás del mandarín), con 496 millones de personas y cuarta en el total de hablantes —o sea, los nativos más aquellos con competencia limitada— con 595 millones de hablantes, solo detrás del inglés, el mandarín y el hindi. Las cifras sobre Estados Unidos son más optimistas aún. Con 41 millones es el quinto país con hablantes nativos de español, solo por detrás de México, Colombia, España y Argentina. Si se le añaden los quince millones que lo hablan con competencia limitada, Estados Unidos es el segundo país hispanohablante con 56,757,391 personas que representan el 17.6% de la población total. Como en la fábula de la lechera, el informe se permite fantasear: alude a los 111 millones de hispanos que habrá para 2060 (27,5 % del total) y supone que la importancia del español crecerá en igual proporción.

Sin embargo, tanto optimismo no disimula el hecho de que el español en Norteamérica sigue siendo visto como una lengua extranjera, extraña. Pese a que casi un quinto de la población puede comunicarse en ese idioma y que buena parte de las ciudades más importantes del país —Nueva York, Chicago, Los Angeles, Houston, Miami— cuentan entre una cuarta parte y dos tercios de población hispana, el español está lejos de recibir la consideración que se merece como segunda lengua del país. Así, aunque los programas de español adoptan muchos más estudiantes universitarios, estos cuentan, en proporción, con mucho menos presupuesto que los de francés, italiano o alemán. Mientras las librerías en español, negocio heroico desde siempre, están a punto de extinguirse, en las grandes cadenas (Books & Books, Barnes & Noble), donde impera el inglés, el español queda relegado a un rincón tan minúsculo como poco diverso. ¡Incluso en Miami, con su 70% de hispanos! Mientras algunos de los músicos más populares del país triunfan cantando en español, para las editoriales, instituciones culturales, becas, medios informativos, festivales y premios, el español va de lo anecdótico a la absoluta ignorancia.

Algo ha cambiado —y no necesariamente para bien— cuando, a diferencia de las décadas anteriores, los candidatos presidenciales ya no consideran necesario congraciarse con los votantes hispanos soltando alguna frase en español. O al decretarse que los solicitantes de asilo hispanohablantes que no dominen el inglés deberán llevar un intérprete de un idioma hablado por 56 millones de este lado de la frontera.

La política —como es usual— tiene un peso decisivo en el asunto. De un lado muchos conservadores han pasado del “conservadurismo compasivo” de tiempos de George W. Bush al racismo descarnado que ve en el español el vehículo de una cultura inferior y disolvente de la “verdadera” cultura americana, haciendo caso omiso a la propia historia del país. Del otro está el liberalismo más hipócrita —y más sofisticado— que siente un desprecio parecido hacia la cultura hispana e intenta disolverla en la categoría de “people of color” de la que importan más los tonos de piel que el fondo y el modo en que una cultura se expresa. La combinación de unos y otros desdenes se va convirtiendo en tormenta perfecta contra la persistencia de un idioma hablado por decenas de millones en el país. Mantener al español en ese estado de inferioridad y servidumbre, de ambigua y penosa clandestinidad, es el principal objetivo del racismo abierto o encubierto, algo que debemos tener en cuenta quienes enseñamos el idioma. Porque cuando expresarse en una lengua es visto con sospecha, su enseñanza no puede presumir de inocencia. 

miércoles, 4 de octubre de 2023

Historia y masoquismo

Está a punto de salir mi nuevo libro de ensayos "Historia y masoquismo". Le agradezco su existencia a Karime Bourzac de Ediciones Furtivas quien me propuso publicarlo y se ha mostrado atenta y comprensiva como pocos a lo largo del proceso de edición. Y a Jorge Fernández Era que corrigió el libro con el mismo empeño con que hace todo en su vida. Y a Alen Lauzán, quien con su maravillosa portada resume el libro mejor de lo que yo podría hacer. Gracias a esa portada me resulta más fácil sintetizar el contenido del libro: el análisis de la tempranísima degeneración de la utopía con algunos de sus efectos secundarios. Eso sí, advierto que -pese al título y la portada- es más bien un libro serio, sobre todo si se le compara con la realidad que intento diseccionar allí.