El Nuevo Herald publica
un artículo sobre las siempre extrañas relaciones de sobre la Asociación de Estudios Latino Americanos (LASA) con Cuba. El título (“Espías cubanos se infiltran en grupo académico en EEUU”) es tremendista y distrae de algo mucho más importante: entre la complicidad o negligencia de LASA hacia la dictadura cubana y el cuidado que pone esta última en decidir la composición de las delegaciones cubanas y en intimidar a los académicos menos complacientes LASA ha funcionado durante décadas en caja de resonancia de la propaganda de dicha dictadura. (No me mencionen las excepciones: esta generalización en injusta como cualquiera pero es básicamente cierta). Al artículo le falta mencionar detalles como que ante la torpeza de la administración de Bush de negarle la entrada a una delegación cubana en pleno el siguiente encuentro fue celebrado en Canadá con la intención exclusiva de asegurar la asistencia de los académicos residentes en Cuba. Incluso si fuera verdad la equidistancia de LASA hacia todos los académicos cubanos sin excluir “a nadie de la membresía en base a sus opiniones políticas” tal como dice su presidenta Evelyne Huber eso sin duda favorece la participación no sólo de académicos oficialistas sino hasta de agentes de la seguridad cubana con fachada académica y de simples propagandistas de la dictadura, unos y otros incapaces de ejercer un pensamiento crítico (valga la redundancia) que es lo menos que se espera de un académico. La neutralidad ante el mal siempre es parcial y para un académico un régimen que no respeta la libertad de pensamiento debería ser el mal encarnado. Y la verdad es que no es tan difícil distinguir a un policía o a un vocero de un estudioso.
Post Data: Duanel Díaz abunda en
Diario de Cuba sobre las relaciones entre la academia y la Revolución Cubana en el plano teórico. Haroldo Dilla Alfonso se ocupa en
Cubaencuentro directamente de LASA y la "delegación cubana".
Y nunca está de más recordar un clásico sobre el tema: el poema "Blanco mojoncito" del sin par Reinaldo Arenas.
Blanco Mojoncito
(a un profesor norteamericano en la universidad de Tulane,
Nueva Orleans)
Blanco mojoncito,
quisieras ser guerrillero, pero cómo renunciar a
los productos Shaklee, a la loción después del baño,
a la nevera bien surtida ni (oh, de ninguna manera)
a la lectura del New York Times que tan puntualmente
llega a tu puerta.
Blanco mojoncito,
te arroban los desfiles militares y las marchas
multitudinarias,
pero tu pie opta por el confortable
Adidas y no por la bota rusa, y tu culo no cambiará
jamás (a pesar de su férrea ideología) el suave
papel sanitario por las cuatro hojas del Granma,
cuya tinta (dicho sea de paso) te dilataría las
hemorroides
Blanco mojoncito,
admiras las vastas plantaciones colectivas (¿koljós
o granjas del pueblo?) donde los jóvenes ya no tienen
que pensar ni soñar, pero permaneces acá en
tu espaciosa habitación refrigerada, armoniosamente
invadida por plantas ornamentales que se
detienen junto a la biblioteca bien surtida donde
un afiche, EL FUTURO PERTENECE AL COMUNISMO,
domina el conjunto.
Blanco mojoncito,
ligeramente bronceado, consistente y pulcro,
comedido y escultórico, residuo casi final de una
dieta rica en proteínas y carreritas en short por
todo el parque, por mucho Baron Dandy o Air
Freshener ("shake well before each use") que
esparzas en tu impecable apartamento nada podrá
impedir que tu olor te condene.
Blanco mojoncito,
para ti todo marchará admirablemente mientras
esa teoría que defiendes y tan bien te alimenta
(¡Me dicen que ya tienes hasta el tenure professor!)
no se te aplique en la práctica, matándote de
hambre.
(Reinaldo Arenas, Nueva York, 1984)