Mostrando entradas con la etiqueta intelectuales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intelectuales. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de junio de 2017

Juan Goytisolo (1931-2017)


Ha muerto Juan Goytisolo, raro ejemplar de esa especie mitológica que es el izquierdista decente:

"Releer hoy las páginas de mi reportaje Pueblo en marcha, publicado primero en el diario Revolución dirigido entonces por Carlos Franqui y luego como libro en París, me retrotrae a la época de mi efímero fervor revolucionario. [...] 'Acento isleño dulce a los oídos, cálida inmediatez con los habaneros con quienes te cruzas en la calle…'. ¿Cómo las vivencias de entonces pudieron ser reemplazadas por la pesadilla que pronto se abatiría sobre mis colegas cubanos: acoso, cárcel, marginación, exilio? Mientras hablaba con el comandante William Gálvez pensaba en Virgilio Piñera, Walterio Carbonell, Calvert Casey, Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, toda una generación inicialmente simpatizante con la revolución y que soportaría luego el peso de un sistema que truncó sus destinos y asfixió sus vidas. La realidad cruel de los campos de trabajo de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) a los que fueron a parar decenas de miles de homosexuales, el terror vivido por los intelectuales durante el grotesco e infame proceso a Padilla ¿podían borrarse de un plumazo y con ellos la amargura y frustración de quienes, atraídos por el señuelo de una sociedad más justa, verificábamos que habíamos auspiciado un totalitarismo calcado del de la hoy difunta Unión Soviética?"

viernes, 2 de diciembre de 2016

El sueño de los otros

Pocas oportunidades he tenido en esta vida de estar de acuerdo con el aclamado pensador neocomunista Slavoj Zizek. De curioso predicamento entre muchos intelectuales cubanos Zizek es un modelo de cómo se puede sobrevivir la disolución del mundo comunista en el papel de víctima (leve) y terminar siendo gurú del anticapitalismo Occidental. A la larga su prédica ha resultado mucho más rentable que tratar de entender por qué el comunismo terminó siendo esa cosa inhabitable y criminal en la que ni el propio Zizek quiso seguir viviendo. Si en algo falló el comunismo –es la brillante conclusión de Zizek- fue en no ser lo bastante comunista. Pero hasta con un pícaro del postcomunismo se puede concordar si lo que dice en su penúltimo artículo es que:
"Todas estas historias no cambian el triste hecho de que la Revolución cubana no produjo un modelo social que tuviera algo que ver con el definitivo futuro comunista. Cuando visité Cuba hace una década, la gente de allí me mostraba con orgullo casas en ruina como prueba de su fidelidad al hecho revolucionario: «¡Mira, todo se está cayendo a pedazos, vivimos en la pobreza, pero estamos dispuestos a soportarlo antes que traicionar a la Revolución!». Cuando las propias renuncias se experimentan como prueba de autenticidad, tenemos lo que en psicoanálisis se llama la lógica de la castración. Toda la identidad político-ideológica cubana descansa en la fidelidad a la castración; no es de extrañar que el líder se llamara Fidel Castro"
En este artículo Zizek echa mano a una de sus fórmulas de mayor éxito: la de la crítica de la izquierda Occidental desde una izquierda más pura y al mismo tiempo más realista.
"Entonces, ¿qué pasa con los izquierdistas pro-castristas occidentales, que desprecian lo que los propios cubanos llaman gusanos, los que emigraron? ¿Pero, con toda solidaridad hacia la Revolución cubana, qué derecho tiene un típico izquierdista occidental de clase media a despreciar a un cubano que decidió abandonar Cuba no sólo por el desencanto político sino también por culpa de la pobreza? En el mismo sentido, yo mismo recuerdo a principios de los 90 a docenas de izquierdistas occidentales que con arrogancia me lanzaban a la cara cómo, para ellos, Yugoslavia todavía existía y que me reprochaban que traicionara la irrepetible oportunidad de mantenerla viva, a lo que yo siempre respondía que no estaba dispuesto, sin embargo, a conducirme en mi vida de una manera que no decepcionase los sueños de los izquierdistas occidentales. Gilles Deleuze escribió en alguna parte: "Si vous êtes pris dans le rêve de l'autre, vous êtez foutus" [si te dejas atrapar en el sueño de otro estás jodido]. Los cubanos han pagado el precio de estar atrapados en los sueños de otro"

Pero ahí mismo se le acaba la cuerda crítica a Zizek. Y es que no se puede criticar a parte de la naranja sin condenar toda la naranja comunista que es, como dije al principio, el centro del negocio de Zizek. Así que el esloveno se encomienda al dramaturgo norteamericano Arthur Miller y a una anécdota que resumiría los logros de la Revolución cubana. En ella el norteamericano rememora a un par de cubanos pobrísimos que en medio de una "intensa discusión" entre ellos (a Miller -que no sabía español- posiblemente se le escapara el detalle que los cubanos desplegamos más energía en una conversación apacible que si todo el Upper East Side se enfrasacara en una guerra civil) y de pronto ven a una bella mujer bajarse de un carro cargada de paquetes y un tulipán. Estos interrumpen la discusión para ayudarla con los paquetes y la flor. Lo que a Miller le sorprende es que los hombres ayudaran a la joven sin pedir nada a cambio. La conclusión del dramaturgo -que al parecer ignoraba que no toda la psiquis del cubano se originó con el castrismo- es que: “Después de haber protestado durante años por el encarcelamiento y el silenciamiento de escritores y disidentes por el Gobierno, me preguntaba si, a pesar de todo, incluso del fracaso económico del sistema, se había creado una corriente alentadora de solidaridad humana, posiblemente a espaldas de la simetría relativa de la pobreza y de la uniforme futilidad inherente al sistema”.
A Zizek se le olvida mencionar que el dramaturgo de 85 años en aquel entonces (el viaje que describe ocurrió en el 2000) en medio de aquella visita había sido objeto de la asediante hospitalidad del dictador cubano. De manera que la imagen con la que el esloveno trata de resumir vicariamente una Revolución distante es aquella con la que un dramaturgo sin demasiadas energías para pelearse con el mundo trata de conciliar opuestos. En este caso se trata de conciliar la natural repulsión que le causaba un tirano con aquella inesperada y aceptada invitación a comer con este. Y Zizek, que se quejaba un par de párrafos antes de sentirse presionado por los izquierdistas occidentales de llevar una vida a la altura de los sueños de estos, no puede resistirse a la tentación de meter a toda la isla en el interior de su propio sueño. Y decir: “Es en este nivel más elemental en el que se decidirá nuestro futuro; eso que el capitalismo global es incapaz de generar es precisamente esa clase de «corriente alentadora de solidaridad humana»" de la que Cuba sería su última y más pura reserva. Y traigo todo esto a colación no para insistir en la más que demostrada falta de probidad intelectual de pensadores como Zizek. Más bien intento identificar el que posiblemente sea el mérito más indiscutible y duradero del castrismo: el de darle a un país la forma de los sueños de otros. 
Que el sueño de otro sea un lugar muy incómodo para vivir despierto ya es un asunto muy distinto.  

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Del fascismo como una de las bellas artes

"Por amor se está hasta matando" (“Cuba va”); "te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar" (“Te doy una canción”); "se aprende que matar es ansias de vivir" (“Un hombre se levanta”). Es lo que llamo una educación sentimental fascista, esa que tuvimos nosotros. Porque mientras el discurso más oficial se atenía a la letra de “La Internacional” que abogaba por eliminar la opresión los compositores de aquellas canciones que acompañaron nuestra infancia y adolescencia como discurso al mismo tiempo oficioso y contestatario no se hacían ilusiones. No bastaba con abolir una abstracción, la de la opresión misma. Había que matar. A los opresores, a sus sirvientes y, si era posible, a todo el que le pasara cerca. Aquellos cantautores venían a subsanar una de las mayores limitaciones del discurso comunista: no hablar claro. Cuidadoso de las formas y con toda la humanidad como público potencial el comunismo apenas se resignaba a buscarse enemigos de clase: todo el resto de la humanidad era su natural beneficiaria. El fascismo -nacido justamente para contrarrestarlo- es un comunismo cínico. Un comunismo que se asume con sus limitaciones y su violencia esencial y sin hacerse demasiadas ilusiones: más le valía a la humanidad que se alineara a su lado porque con el resto iba a ser implacable.
De ahí que en los márgenes del discurso comunista del castrismo clásico empezara a surgir este discurso sin ambages. Donde el buenismo comunista (atenuado por el pragmatismo rabioso de Lenin) no llegaba se apelaba al discurso de regusto fascista. Donde el “Proletarios de todos los países ¡Uníos!” o el “Pioneros por el comunismo: seremos como el Che” se tornaban difusos e impotentes se apelaba a la barbarie del “Si avanzo ¡sígueme!, si me detengo ¡empújame!, si retrocedo ¡mátame!” o el caudillista “Cuando sea, donde sea y para lo que sea Comandante en Jefe: ¡Ordene!”. La letra chiquita del nuevo contrato social incluía ingentes cantidades de sangre, una sangre que solo el discurso fascista podría conciliar a plenitud. (Ojo: esas frases con las que hoy identificamos al stalinismo al estilo de “La muerte de un hombre es una tragedia. La muerte de millones, estadística” son falsas atribuciones, o en el mejor de los casos, lapsus al margen del habla pública). El fascismo, ese romántico intento de conciliación entre el asesinato y la esperanza tenía que provenir desde sus márgenes. Ya fuera de la boca de ese paladín descartado que fue alguna vez el Che Guevara antes de integrarse de lleno al culto una vez muerto (“el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar") o en el de intelectuales tratados por mucho tiempo con suspicacia y desprecio.
De esos últimos el cantautor Silvio Rodríguez es sin dudas el caso más ejemplar. Su destierro -temprano aunque provisorio- del favor oficial no solo creó a su alrededor de un halo de rebeldía y resistencia un tanto exagerado. Silvio, luego de ser aceptado inicialmente como ejemplo de hombre nuevo descubrió muy pronto que en ese mundo nuevo “vivirle a la vida su talla tiene que doler”, que ser uno mismo es una tortura (en otra canción bajaría "el precio de ser uno mismo" a simple angustia), y que “nuestra vida es tan alta, tan alta/ que para tocarla casi hay que morir/ para luego vivir”. O ese final de la propia “Oda a mi generación” que transmuta la obediencia absoluta en acto heroico al proclamar: “sé que hay que seguir navegando/ sigan exigiéndome cada vez más/ hasta poder seguir, hasta poder seguir,/ o reventar”. A ese Silvio atormentado acudíamos los jóvenes y revueltos creyentes en la altura inalcanzable de esa vida a buscar todo lo que el discurso oficial nos negaba: el sexo, la muerte, las dudas, la desesperación, la rebeldía. Una rebeldía que resultaba a la larga una reconciliación de todo lo inconciliable: el paraíso y el miedo; la esperanza y la delación; la alegría y el crimen; el ansia de libertad y la sumisión. Dicotomías que solo podían resolver el masoquismo y la esquizofrenia. O la poesía. Soluciones oficiosas al gran problema del comunismo: cómo imponer cierta idea de la armonía universal al mayor número de gentes sin necesariamente contar con ellas.
El fascismo es la solución a dicho problema en la forma de romanticismo cínico. Uno que concilia contrarios sin hacerse ilusiones: o sea sometiéndolos unos a otros. Esa alquimia táctica que es la poesía en tiempos de Revolución se encargará de mutar una cosa en su contrario: la muerte en vida, el odio en amor, la cobardía en valor, la opresión en libertad. A cambio se le permite mencionar libremente la muerte, el odio, la cobardía y la opresión con la convicción y el desenfado de los profetas. (En nuestro contexto fue el poeta Emilio García Montiel de los primeros en desnudar tal operación en aquellos reveladores versos: "yo imitaba a los héroes con la vieja confianza que da la mansedumbre/ con su oscura prudencia"). Ese comunismo descarnado que es el fascismo -una vez convenido que relaciones de propiedad e ideología son la epidermis de un mismo afán de dominación- es lo que en medio de la aridez del comunismo original atrae a los elementos más díscolos y los ímpetus menos controlables de cada sociedad. (Visto al revés el comunismo vendría a ser un fascismo hipócrita). En favor de las autoridades cubanas hay que reconocer qu se requiere de cierta dosis de pragmatismo, cierta amplitud de miras, para que aceptaran, en medio de la ortodoxia ideológica que alguna vez reinó, la morbosa franqueza de este discurso. Sin embargo una vez que desde el poder se reconoce que esa alquimia fascista no es más que la lógica secreta de su discurso público se entiende al fin que es el medio más eficaz para reemplazar los viejos mandamientos por las nuevas normas que él mismo promueve. Sobre todo aquellos mandamientos que nos prevenían contra impulsos tan antiguos como codiciar bienes ajenos, robar o deshacerse del tabú que persiste en contra del asesinato. Es el sentimentalismo brutal de las metaforas que citaba al principio el que consigue que el sometimiento a la férrea lógica del totalitarismo suene como algo indómito y glorioso.

Fragmentos de "Los comandos del silencio", la serie "infantil" dedicada al movimiento Tupamaro que usó como tema principal la pieza "Un hombre se levanta":

lunes, 24 de agosto de 2015

Comunismo y nación (notas sobre una polémica II y final)

"Lo finito confunde siempre lo estable con lo infinito" dice Brodsky en su ensayo "Altera ego" sobre la actitud de los poetas hacia sus amores terrenales y algo similar se puede decir de la relación entre los oprimidos y sus opresores más estables. “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece” es el extracto de sabiduría con el que se intenta explicar (y cancelar) la persistencia de un régimen haciendo énfasis tanto en el carácter de un pueblo determinado como el merecimiento del régimen en cuestión. Y no parece importar que en el caso del comunismo, como señalara Brodsky, este floreciera “con igual intensidad en latitudes y culturas extremadamente distintas”. Tanto las diferentes circunstancias en que se ha impuesto el comunismo como la similitud de resultados que consigue en sociedades totalmente extrañas entre sí bastaría para anular el argumento esencialista pero entonces entra a jugar esa necesidad sociológica y hasta psíquica que encarna el verbo “merecer”. Porque, puestos a considerar las causas de la instauración y persistencia de un sistema tan adaptable no es difícil dar con culpas nacionales para las cuales el comunismo suponga un merecido castigo. Sucede, a niveles sociales, lo mismo que según Brodsky le ocurre a los individuos frente al poder:
"¿no abrigamos todos un cierto sentimiento de culpa, sin relación alguna con el poder, desde luego, pero claramente perceptible? Por ello, cuando el brazo del poder nos alcanza, en cierto modo lo consideramos un justo castigo, un instrumento contundente, y a la vez esperado, de la Providencia. […] Uno puede estar del todo convencido de que el poder se equivoca, pero pocas veces está uno seguro de su propia virtud"
Esta aceptación de la culpa propia, individual y colectiva, en lugar de generar un saludable análisis autocrítico a menudo no ha hecho más que acentuar la profunda impotencia que de por sí engendran los regímenes totalitarios y estimular el improductivo ejercicio del autodesprecio y el masoquismo. Los tiranos correspondientes -a diferencia de aquellos déspotas tradicionales por la gracia de Dios o de alguna psicopatía- quedarían reducidos apenas a la condición de administradores de dicho castigo. De ahí que intelectuales como Havel insistan en ver el comunismo como imposición y así mantener separados esos entes elusivos pero simbólicamente poderosos como son el Mal y el alma del pueblo: modo elemental pero efectivo no sólo de sacudirse la impotencia que engendra la opresión sino también de exorcizarla mediante el viejo recurso de convertirla en aberración antinatural para (nótese la paradoja) el espíritu humano.  
La razón por la cual ni Havel ni Brodsky conseguían ponerse de acuerdo en este punto rebasa la cuestión nacional. Y es que para encontrarse con un régimen que engendrara en sus oprimidos tanta impotencia y abyección, un grado tan alto de descomposición de lo que nos regodeamos en llamar “el espíritu humano”, habría que acudir a la esclavitud en cuyo caso la imposición nunca podrá acusársela de ser un mito. Porque para entender al comunismo y regímenes similares hay que asumir al mismo tiempo que dichas impotencia y abyección vienen precedidas, si no acompañadas durante largos trechos, por cantidades similares de esperanza, entusiasmo y fervor. Cuando Brodsky propone a Havel renunciar al concepto del comunismo y pensarlo simplemente como una variante más del Mal humano parecer contradecirse y desconocer la especificidad de un mal que él mismo ha adscrito a dimensiones y circunstancias relativamente nuevas en la historia de la humanidad. Y lo distingue cuando habla de él como el “primer grito de la sociedad de masas”, “proveniente del futuro del mundo”. Ni el comunismo ni cualquier otra forma de totalitarismo inventaron el Mal pero lo han organizado a un nivel desconocido hasta el momento. Y si sospecho que no puede tratarse del viejo Mal del cual prevenían los libros sagrados es porque en la sociedad de masas Dios no tiene mucho que hacer ni como adversario ni como frontera del mal.
En el proceso de laicización del mundo por el que ha atravesado la humanidad durante más de dos siglos la muerte de Dios o al menos la expulsión de Dios de los asuntos humanos ha dado a la humanidad, además de la posibilidad de substituir a Dios como encarnación de lo Absoluto –y la ilusión de ser la máxima responsable de su destino- la obligación de internalizar el Mal absoluto. 
Para los asuntos humanos, al menos en Occidente, no sólo ha muerto Dios sino también el Diablo y con ellos la cómoda distinción que trazaban y la relativa irresponsabilidad que la humanidad podía permitirse. En este sentido Havel tiene toda la razón al singularizar al comunismo como variante novedosa y distintiva del Mal. Según el intelectual checo el
"comunismo estuvo lejos de ser simplemente la dictadura de un grupo sobre otro. Fue un sistema genuinamente totalitario. Esto es, que penetraba cada aspecto de la vida y deformaba todo lo que tocaba, incluidos todos los modos naturales de desarrollar la vida en conjunto. Este afectaba profundamente todas las formas de conducta humana. Por años, una estructura específica de valores fue deliberadamente creada en la conciencia de la sociedad. Era una estructura perversa que iba contra todas las tendencias naturales de la vida pero las sociedades sin embargo la internalizaron o más bien fueron compelidas a internalizarlas"
Más adelante Havel dice en su discurso que otro de los efectos del comunismo era su tendencia intrínseca a “convertir todo en lo mismo”, a uniformizar la vida de los pueblos en los cuales se instaló, con independencia de cuán distintas fueran sus culturas y su pasado histórico. Junto a una descripción de los efectos del comunismo que Brodsky difícilmente objetaría –la ubicuidad de su influencia y su tendencia a uniformizar las sociedades al nivel más basto y elemental- el checo insiste en definirlo como aberración antinatural y como imposición. De ahí que Brodsky persevere en la necesidad de crear un “orden social menos sustentado en la autocomplacencia” que significa partir de “la premisa, aún prestigiosa, de la bondad humana”. De ahí que le pareciera un facilismo y, en el caso de Havel, una irresponsabilidad, apelar a la bondad humana tanto para conducir la evolución poscomunista de su país como para apelar a la comprensión de Occidente.
Pasados veinte años de aquella disputa dialéctica los dos escritores, sentados en alguna esquina de la gloria, podrían repartirse honores en este juego profético. Al checo le darán la razón las diferencias, al menos a mediano plazo, que marcan el destino postcomunista de sus respectivos países. Ya sea debido al mito –intensamente representado- del comunismo como imposición, y el de la bondad original del pueblo checo, o gracias a sus diferencias culturales, la república Checa presenta una evolución democrática muy distinta de las pataletas autocráticas y neoimperialistas rusas. A Brodsky en cambio deberá reconocérsele que tenía la razón en el debate en un sentido más amplio y duradero: reducir el Mal manifestado en ciertas partes del planeta a la palabra comunismo, o incluso totalitarismo, (términos que por estos tiempos ya resultan demasiado ridículos o pintorescos) disimula su perversa universalidad.   
"Quizá ha llegado la hora –para nosotros y para el mundo en general, democrático o no- de suprimir el término comunismo dela realidad humana de Europa del Este, a fin de que uno pueda reconocer esa realidad como lo que fue y lo que es: un espejo"

Un espejo dirá Brodsky del “potencial negativo del ser humano”, de lo que puede llegar a ser cualquier sociedad cuando se entrega –preferiblemente en situaciones de crisis- a una idea que pase a ocupar el sitio donde antes se ubicaba a Dios. Y lo que ha demostrado el tiempo transcurrido desde aquella polémica es que el Mal moderno de la sociedad de masas siempre tendrá posibilidades de triunfar  mientras invoque objetivos lo suficientemente atractivos como para deponer nuestro espíritu crítico, nuestra capacidad de equilibrar ilusión y cordura. Los conceptos que se invoquen siempre serán bellos -o al menos razonablemente atractivos- como la libertad, la igualdad, la justicia social pero también la tolerancia, la seguridad, el equilibrio ecológico, la salud pública, la protección de los niños, los valores familiares, los estéticos, el peso corporal adecuado o el confort físico o mental. La manera inequívoca de detectar sus ambiciones totalitarias será menos el objetivo en el que concentren sus esfuerzos que su promesa de resolverlo –y presten atención, pues esta es la frase que delata su falacia y su descaro- “de una vez y por todas”. Y es difícil imaginar la nación o sociedad que desde ahora se encuentre a salvo de la tentación de lo absoluto.  

domingo, 23 de agosto de 2015

Comunismo y nación (notas sobre un debate I)

Por vacuo y oportunista que parezca intervenir en una polémica de hace más de veinte años cuyos dos protagonistas están entregados al más definitivo de los silencios (a excepción, claro, de lo que han dejado escrito o de algún manuscrito perdido que pueda aparecer) creo que vale la pena asomarse al intercambio epistolar que sostuvieron el escritor Joseph Brodsky y el dramaturgo-presidente Vaclav Havel en 1994. Este se produjo tras la publicación en la revista de New York Review of Books de un discurso pronunciado por el checo bajo el título de “La pesadilla postcomunista” y a la que Brodsky replicó con una carta en la misma revista y Havel cerró con una breve y amistosa respuesta.
En apariencia lo que le recrimina el escritor ruso al checo es el no ser lo suficientemente sutil al describir tanto el comunismo como el postcomunismo. Lo acusa en fin, con todo el cariño y la suavidad –y la malicia- de que era capaz Brodsky cuando algo le incomodaba mucho, de que al escribir su discurso Havel se comportara más como político que como escritor. Es por eso que al comenzar la carta le recuerda que “tenemos algo en común: ambos somos escritores. En este tipo de trabajo uno mide sus palabras con más cuidado que en otros antes de entregarlas al papel o, dado el caso, al micrófono”. Brodsky alaba la cortesía del presidente checo (“su célebre cortesía” dice) pero luego le sugiere que “quizá la verdadera cortesía, señor Presidente, consista en no crear falsas ilusiones”.
Si se quiere determinar la probable razón del texto de Brodsky, su rabia fundacional digamos, no es demasiado difícil encontrarla pues se trata ni más ni menos que de patriotismo herido. Las puyas nacionalistas atraviesan el texto de Brodsky desde el principio cuando al comparar los retorcidos resortes pedagógicos puestos en juego en sus respectivas prisiones sugiere que 
“la desesperanza de un hoyo de cemento, colmado de la peste de orines en las entrañas de Rusia lo hace uno cobrar conciencia de la arbitrariedad de la existencia más rápidamente de lo que vislumbré alguna vez como un aislamiento penal limpio y cubierto de estuco en la Praga civilizada”. 
No poco le debe de haber molestado al ruso que el checo insistiera en que, a diferencia “de algunos otros países de la región”, la república Checa “el más occidental de los países postcomunistas” disfrutaba de “tradiciones democráticas previas y de un clima intelectual único”. Aunque claro, lo que está en juego no es solo el prestigio nacional sino la autoridad desde la que Brodsky habla a Occidente en las páginas de sus principales revistas intelectuales sobre comunismo y postcomunismo frente a los discursos del presidente checo. Sin embargo, cuando ruso ve en la descripción que del comunismo hace el checo un retrato robot del imperio soviético no es únicamente el prestigio de Rusia o el suyo como su interlocutor ante Occidente lo que ve en peligro. Brodsky advierte que la conveniencia política del reducir el comunismo a un asunto “oriental” cerraba la posibilidad de entenderlo en toda su complejidad y su peligro:
“Es conveniente tratar estos asuntos como un error, como una horrenda aberración política, quizá impuesta a los seres humanos desde algún lugar anónimo. Es aún más conveniente si ese lugar tiene un nombre geográfico exacto o que suene extranjero, cuya ortografía oculte su naturaleza absolutamente”
Pero siendo Brodsky uno de los intelectuales más serios y agudos del pasado medio siglo le preocupaba que el sufrimiento causado por uno de los sistemas más devastadores que ha conocido la historia de la humanidad terminara en mero malentendido cultural. Que tanto sufrimiento no sirviera siquiera para sacar las lecciones apropiadas como asunto humano y universal en lugar de cierto atavismo oriental y tercermundista. Es por ello le recuerda al presidente checo que el origen teórico del comunismo no se encuentra en el Oriente sino en el corazón de Occidente (¿o es que existe algo más Occidental que los escritos redactados por un judío alemán en la British Library?) y que, por tanto, desde ese punto de vista los rusos pueden reclamarlo como una imposición
Cierto, nuestros ‘ismo’ particular no fue concebido a orillas del Volga o del Moldava y el hecho de que floreciera allí no indica la fertilidad excepcional de nuestra tierra pues floreció con igual intensidad en latitudes y culturas extremadamente distintas. Este hecho no sugiere tanto una imposición como el origen orgánico –por no decir universal- de nuestro ismo.
Para Brodsky queda claro que “orientalizar” el comunismo, insistir en su otredad, racializarlo incluso es privar a la humanidad –y a Occidente democrático en concreto que tantas veces se atribuye la representación de toda la humanidad- de una de las lecciones más importantes de los últimos dos siglos de historia universal, lección que entraña la necesidad de reconocer que 
“la catástrofe que ocurrió en nuestra parte del mundo fue el primer grito de la sociedad de masas: un grito, por decirlo así, proveniente del futuro del mundo, y reconocerlo no como un ismo sino como un abismo que se abre de repente en el corazón humano para tragarse la honestidad, la compasión, la cortesía, la justicia”.
[Continuará]

jueves, 7 de mayo de 2015

Los dilemas de Camnitzer

Independientemente de si lo más decente o efectivo respecto a la Bienal de La Habana es boicotearla o viajar allá a darle el apoyo claro y abierto a artistas reprimidos como Bruguera Tania y El Sexto las declaraciones aparecidas en el artículo "Dilemas morales" de Luis Camnitzer -con eso de "definición cubana de democracia"- son penosas:
"Uno puede discrepar con la posición que el gobierno cubano tiene con respecto a la libertad de expresión, con como se controla la disidencia, con la definición cubana de democracia y, en general, con las desviaciones de la utopía prometida por la Revolución.  Pero de allí a tratar de eliminar la actividad cultural más abierta del país, la que sirve para esos diálogos que están por encima de la mezquindad de los bloqueos externos y de las represiones internas, me parece que solamente le puede servir a los extremistas fanáticos, dañar a los artistas y al público cubanos, y no tener mayor efecto político"
Este tipo de declaraciones siempre me recuerda esta caricatura del Bobo del pintor Eduardo Abela en tiempos del tirano Machado:


"El invento"
El profesor: Realmente, es sencillo este aparato que has inventado para hablar...
El Bobo: No lo creas, !Si supieras las vueltas que tengo que dar para decir un bobería...!

Pero esta otra cita del artículo de Camnitzer es bastante más clara:

Cuba, al ponerse en una posición de legalismo extremo, seguramente manejó la situación con torpeza. Pero con todo, hay que reconocer que Tania no está presa y que parece que puede circular por la Habana por lo menos al punto de visitar a Danilo Maldonado (El Sexto), un artista grafitista que está en la cárcel por “vandalismo”. Pero aparte de esto, en un comentario reciente en Facebook, Deborah, la hermana de Tania, cuenta las dificultades que Tania tuvo para presentar su performance en la bienal de 2009. Tuvo en ese entonces intercambios con las autoridades de la Bienal que aparentemente fueron extremadamente duros, al punto de ser amenazada con represalias. Eso indicaría que su intento de repetir el evento en diciembre del año pasado fue menos ingenuo de lo que pareciera inicialmente, y que las consecuencias de su proyecto eran relativamente previsibles.

Llamar a la represión "torpeza" y "legalismo extremo" y por otra parte resaltar la malicia de la artista hace pensar que el dilema de Camnitzer es entre dar clases de cómo reprimir a los artistas de manera más elegante o cumplir él mismo la función de policía.
Pero se equivoca el veterano artista conceptual: su dilema no es ético sino estético. El dilema de llamarse amigo de Tania Bruguera y al mismo tiempo aceptar la invitación de sus represores y que tal malabarismo no le quede feo del todo.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cuando se reprime en nombre de la humanidad

Hace unos días el cineasta y escritor Manuel Zayas publicaba copia de la carta de expulsión de la Escuela Internacional de Cine de uno de sus empleados, Boris González Arenas. Según la carta se le expulsa por publicar artículos que "se oponen al Estado Cubano" [las mayúsculas son de ellos]. Pero no se trata de un intento de coartar la libertad de expresión, no señor. La carta explica que los artículos de Boris "no son son solo la simple expresión de un disenso crítico cuyo derecho a existir la EICTV defiende y defendería hasta sus últimas consecuencias, sino que constituyen ataques frontales a los valores humanistas que la escuela comparte y apoya". Concluye diciendo el POR CUANTO más decisivo que "sus ideas son dispares y antagónicas con las que fundamentan la labor de la EICTV".


¿Ataca Boris a alguna minoría oprimida, exalta la mentira o convoca al asesinato? Un repaso a los artículos del profesor expulsado nos hace ver puntos de vista que pasarían por bastante humanistas en el resto del planeta: reclamo de mayores espacios de expresión, crítica a la corrupción y el nepotismo y la ineficacia económica del Estado Cubano [las mayúsculas esta vez son mías], denuncia de la represión de disidentes y asuntos por el estilo. Vale preguntarse si los “valores humanistas” de la EICTV incluyen el apoyo a la represión, la restricción de espacios de discusión o la defensa de la corrupción estatal. Como quiera que acusan a las ideas de González Arenas de ser “antagónicas con las que fundamentan la labor de la EICTV" de alguna manera los redactores de esta sentencia de expulsión –y sin dudas los que los presionaron a dar ese paso desde la élite del poder- pretenden contagiar con sus maneras represivas a todos los que se han pasado por dicho centro, hacerlos cómplices de esta escandalosa medida represiva. Sería bueno saber qué piensan al respecto quienes durante décadas han pasado por la EICTV en cualquiera de sus funciones. Sobre todo qué sentido se le da al concepto de humanidad dentro de aquél recinto en San Antonio de los Baños.

Post data:
Comentario de Boris González Arenas dejado en mi muro de facebook por Manuel Zayas:

Sobre mi expulsión de la EICTV
Amigos, solo he podido saber de las muchas muestras de afecto transmitidas por ustedes por segundas personas, pues mi entrada eninternet se ha vuelto demasiado esporádica como para detenerme en los debates creados.
Han sido días intensos, con demasiadas acciones en mi contra. Algunas, como mi expulsión de la escuela de cine, públicas y discutidas, otras, aún más infelices e individuales, que no vale la pena traer a cuento.
El capítulo de asedio en la EICTV, que ahora la seguridad del estado cubana busca concluir, tuvo su comienzo durante la dirección de Rafael Rosal años atrás. Agentes de esta institución paramilitar presionaron al director para que me expulsara aludiendo que desde mi puesto de trabajo yo colocaba los artículos en Probidad, el blog personal que un tiempo antes había abierto.
Rafael Rosal me llamó a su despacho y me comunicó la intención de la institución represiva y su determinación como director, contraria a mí despido, siempre que yo me comprometiera con no continuar publicando desde la escuela. Hecho este compromiso, nunca más publiqué desde la escuela los artículos de mi blog ni consulté la evolución del mismo.
No sé si todos pueden percibir este acto con la dimensión con que yo la percibo. Rafael Rosal no era mi amigo, ni compartía mis posiciones políticas e ideológicas, lo que hizo fue comportarse en aquellos días como un hombre justo, que es diferente. Otras acciones igualmente admirables tuvo el director conmigo, pero me limito a la que he narrado porque sentó un precedente importante.
Los organismos paramilitares cubanos no se exponen y Rafael Rosal los hizo evidentes. Por primera vez tuve noticias de cuán cerca seguían mis pasos y no es lo mismo sospecharlo que saberlo.
Por supuesto, aquellos hombres acostumbrados a tratar con una sociedad intimidada recibieron la determinación de Rafael Rosal como una afrenta. Más allá de sus errores de dirección, de los que ningún director o directora puede librarse, este gesto formidable influyó mucho en su suerte al frente de la escuela.
A Rafael Rosal le siguió en la dirección Jerónimo Labrada, quien ha debido dirigir la escuela con nuevas dificultades y pienso que la mejor muestra de que lo ha logrado, es que la escuela sigue ahí con buenos resultados académicos.
Hacia la EICTV no tengo más sentimientos que los de afecto y agradecimiento. Pero ninguna institución es sagrada, nunca he compartido cierta tendencia a considerar la escuela un santuario. Poco tienen de valor un almacén con treinta cámaras o una sala de estudios magníficamente equipada, sino tiene el creador la independencia y el apoyo para su trabajo, al igual que el personal que allí labora.
En Cuba, además, instituciones mucho más importantes carecen de agua potable e insumos mínimos para el desempeño laboral. El panorama general de la nación es desolador, de ahí que, bajo ningún concepto, he aceptado reducirme al entorno placentero de la escuela y al salario extraordinario que perciben sus trabajadores docentes, dentro de los que me contaba hasta el pasado cinco de enero de 2015.
Fue mi decisión y me enorgullezco de ello, pero sé que hay entre mis ex colegas de la escuela muchos que, desde sus criterios, han asumido un compromiso semejante. Algunos de esos excompañeros estaban en la reunión donde se me comunica mi expulsión y no pierdo de vista que también contra ellos, contra su prestigio social e intelectual, se montó aquél espectáculo. Para el castrismo no hay diferencias respecto del disenso. Aún el disentimiento que declara alguna filiación revolucionaria o castrista, es humillado de manera permanente. Personas a las que les he valorado sinceramente sus posturas críticas, fueron llevadas a esta reunión, no para expulsarme a mí, sino para humillarlos a ellos.
En estos años en la escuela lo que he sentido ha sido afecto y estimación, los que considero merecidos no por mi actitud política, al menos no de modo principal, sino por mi comportamiento cívico y fraterno.
Mi oposición frontal al castrismo, la dictadura deplorable que reduce mi país a la miseria y el desamparo legal, debía en algún momento procurarme alguna mala jugada que me dejara fuera de la escuela y esa ocasión se ha propiciado en el peor momento para aquellos que allí cooperaron con mi expulsión.
El 30 de diciembre del 2014 asistí a la plaza de la revolución para participar en el performance convocado por Tania Bruguera. La obra no se realizó pues la artista fue detenida desde la madrugada y a los que asistimos, cuando comenzábamos a marcharnos del lugar, nos detuvo un grupo de paramilitares que esperaban a la sombra nuestro acercamiento.
Estuvimos detenidos tres días, de los cuales cuarenta y ocho horas fueron ilegales. Se nos impidió además acceder al teléfono, al que todo detenido tiene derecho, por lo que estuvimos todo el tiempo incomunicados. Nuestra detención se agravó entonces con la incertidumbre familiar y la destrucción de las festividades planificadas en vísperas del nuevo año.
El día dos de enero salimos de la prisión y el día cinco comenzaron las clases en la escuela. En la tarde del día cinco, ya cerca de la hora de marcharme, fui llamado a la dirección general donde me esperaban Jerónimo Labrada y otras personas cuyos nombres hice públicos de manera inmediata. Allí se me comunicó que se había determinado mi expulsión del puesto de Coordinador de la Cátedra de Humanidades y se me entregó un documento legal ya redactado y firmado.
Entre las ofensas recibidas por estos días, esta fue la más indignante. Mis colegas, amigos, escucharon en silencio todo lo que dije. La molestia que me produjo aquél momento no me permitió ver que aquél silencio era, en algunos de ellos, la expresión de una gran vergüenza. Me entristecía tremendamente que la Seguridad del estado cubana hubiera logrado semejante humillación para todos.
Les sugerí que echarán atrás una decisión que los ofendía. Esperé por ello. Sólo Jerónimo Labrada hablaba, sus palabras evidenciaban que era el artífice del evento. Me negó que estuviera cumpliendo órdenes de la seguridad del estado y argumentó que mis escritos se habían vuelto más intensos contra el castrismo. Esto no es cierto y en los próximos días mostraré algunos escritos míos antiguos comparados con el que usó Jerónimo Labrada para fundamentar su decisión.
Les conté a todos, brevemente, sobre mi encierro, sobre la naturaleza pérfida de los paramilitares cubanos que ahora les convocaban a través del director general. Les aseguré que esa misma acción en octubre o mayo habría tenido otra significación, pero que producirla a solo tres días del fin de mi secuestro los humillaba y los hacía cómplices de un delito moral, el de criminalizar a la víctima.
Al notar que no había ninguna intención de reconsiderar la decisión, les dije que sus nombres serían hecho públicos por mí. Acto que considero absolutamente legítimo, desde el momento que las acusaciones argumentadas, son la de falta de confianza y declaraciones que atentan contra valores humanistas. La acusación es infame y busca dañar mi prestigio como ser humano.
Pronto a la escuela debe llegar un nuevo director, el candidato que se rumora no es cubano y sin dudas eso movió a la seguridad del estado, habiendo tenido la experiencia de la actitud de Rafael Rosal, a determinar mi salida. Esa desconfianza hacia la posibilidad de dirigir a los extranjeros fue la misma consideración que movió a Jerónimo Labrada a convocar un Consejo de Dirección amplio que, sin embargo, no incluyó profesores que no fueran de nuestro país.
Señalar a la escuela no es desacreditarla, a publicar los nombres no me mueve ningún rencor, y por medio de este escrito quiero dejar sentado que lo que deseo para los tiempos que vienen es mantener la serenidad y restablecer lazos de amistad corrompidos por estos eventos.
Estoy convencido de algo, si tenemos que poner fin al castrismo, no es por su historia, ya suficientemente criminal como para desautorizarlo, sino por su carácter antisocial, por la impunidad con que siembre saña y rencor, aún entre los vínculos más sagrados.
Quiero aclarar que la expulsión de la escuela no es legalmente un hecho. Se supone, lo que no conocí hasta días después por medio de abogados independientes consultados por mí, y luego me fue confirmado en la escuela, que tengo derecho a una plaza que no sea de funcionario y acorde con mi nivel académico. En teoría eso me permitiría continuar en la escuela, pero tales plazas están cubiertas allí. Esta argucia legal es demasiado rebuscada para mí y evidencia que en la preparación del evento ha habido una picardía particular. Aunque suene gracioso, yo no estoy legalmente expulsado de la escuela, pero si en la práctica. No obstante, de lo que se trata no es de seguir o no en la escuela, sino de impugnar la supuesta falta de confiabilidad por calumniosa y porque he dado sobradas pruebas, en el desempeño de mis funciones, de mi lealtad hacia la institución, a mis compañeros y a los alumnos.
Agradezco a todos tantas muestras de afecto, han sido un apoyo fundamental. El valor que han tenido los amigos, la atención legal y el seguimiento de la prensa independiente, me han hecho pensar en la suerte que me ha cabido de ser opositor por estos años. Treinta años atrás, en la cima de la influencia internacional del castrismo y su control del ciudadano cubano, esta misma actitud condenaba a muerte o a un largo presidio, todo ello en medio del escarnecimiento más infame y sin ninguna posibilidad de defensa ni expresión.
Boris González Arenas
14 de enero de 2015





domingo, 1 de junio de 2014

Siglo XXI

Una de las obras cumbres de la chapucería y la manipulación editorial bien puede ser el librito “Literatura en la revolución y revolución en la literatura” de la editorial mexicana Siglo XXI que recoge una polémica a tres bandas entre Oscar Collazos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. En ella –como se sabe- el entonces aprendiz de crítico- comisario Oscar Collazos recriminaba a los escritores del Boom no ser lo suficientemente revolucionarios para a continuación ser vapuleado alegremente por los escritores.  

Pues en un intento de disimular la paliza dialéctica a que fue sometido Collazos los editores deciden cambiar el orden de los textos y luego del inicio de la polémica por Collazos y la respuesta de Cortázar incluyen la respuesta de Vargas Llosa en abril de 1970 y cierran con un una contrarréplica de Collazos a Cortázar publicada tres meses antes del texto del peruano. Y lo de menos es el atentado a la cronología sino que el texto de Vargas Llosa contiene numerosas alusiones que no se entienden si antes no se lee el texto con el que los editores decidieron cerrar el libro. Pero claro, sonaba mucho más edificante terminar el libro con el llamado de Collazos a las barricadas revolucionarias:
“ante todo compañero Cortázar, no seremos usted y yo los enfrentados, sino nosotros contra ellos, en una lucha en l cual usted ya sabe dónde está y nosotros sentimos que está de nuestra parte, como en esas películas de sheriff y bandidos”
Que con este gancho al hígado lanzado por Vargas Llosa:

“Si nadie puede reprocharle a Collazos que no le gusten los libros que no entiende en cambio sí me parece grave que no entienda a los autores que le gustan"

domingo, 22 de diciembre de 2013

Respect (Just a little bit)

Ya se va trazando la nueva política cultural cubana para los que decidan "volver con la frente marchita". El mensaje está claro: no se atrevan a levantarla. Pedro de la Hoz dice "Nadie les va a pedir (...) que se retracten, ni una militancia impostada, solo se les demandará respeto". Te maltratan y luego piden que los respeten. Con esa manera de entender las relaciones se puede escribir un manual de sadomasoquismo pero en realidad lo que temen es que la visita "irrespetuosa" de Boris Larramendi y Maldito Menéndez la semana pasada se convierta en costumbre.


Exigir respeto luego de dar palos es la manera más común de convertir el abuso en obediencia. Aretha Franklin lo tenía claro:

martes, 26 de noviembre de 2013

Libertad

Artistas e intelectuales residentes en Cuba, compatriotas en general: cuando escuchen decir que allí hay una dictadura no se apresuren a desmentirlo. Primero piensen que tanto tartamudeo, tanto miedo, tantas verdades a medias y mentiras completas, tanta complicidad, tanta miseria en suma no van a parecer irremediables sino que ustedes optaron –libremente- por ellas. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Crimen y sutileza

Mark Lilla, el autor de The Reckless Mind: Intellectuals in Politics (un libro fundamental para entender las tendencias filotiránicas de la intelectualidad en el siglo XX) disecciona en estos días la película “Hannah Arendt” de Von Trotta. Lilla se ocupa –para entender mejor el alcance de la película y sus limitaciones- de rastrear las circunstancias intelectuales no sólo del debate al que se enfrentó Arendt sino las que mediaron la actitud de la cineasta hacia la filósofa empezando por los típicos prejuicios de la izquierda occidental contra una crítica profunda del comunismo:

Von Trotta admite en el libro de Wiebel que ella , al igual que muchos en la izquierda alemana en las décadas de 1960 y 1970 , despreció a Arendt por comparar el comunismo y el nazismo como ejemplos de totalitarismo y se negó a leer sus libros. Pero más tarde se encontró con la biografía de Elisabeth Young- Bruehl y descubrió a una figura fuerte, una filósofa comprometida en el debate político, cuya vida personal también era rica en amigos y amantes. Esa era una mujer a la que podía admirar y celebrar.
La transición del desprecio a la admiración, sin embargo, renueva el repertorio de torpezas de la realizadora:

El problema es que von Trotta ha elegido un episodio en la vida de Arendt, donde las apuestas eran tan altas, intelectual y moralmente, que no puede ser tratado como el telón de fondo de una historia de interés humano sin faltar al buen gusto. Aunque puede ser una batalla perdida nunca se insistirá bastante en que el Holocausto no es una circunstancia aceptable para viajes sentimentales.
Otro momento sugerente del artículo es cuando aborda las curiosas justificaciones a las que echó mano la izquierda alemana para justificar el terrorismo de ultraizquierda en plena democracia:

Cuando el radicalismo de izquierda estaba en su violento apogeo en la década de 1970 se convirtió en lugar común el siguiente falso silogismo: los crímenes nazis fueron posibles gracias a la obediencia ciega a las órdenes y las convenciones sociales, por lo tanto, cualquier persona que todavía obedece a reglas y sigue las convenciones es cómplice del nazismo mientras que cualquier persona que se rebele contra ellos golpea retrospectivamente a Hitler. Para la izquierda en ese período, el Holocausto no era fundamentalmente sobre los judíos y el odio hacia ellos (de hecho, el antisemitismo era común en la izquierda radical). El análisis del holocausto se centraba, de una manera narcisista, en la relación alemanes con ellos mismos y en caso extremo en su falta de voluntad de pensar por sí mismos. La Hannah Arendt de Von Trotta comparte esa perspectiva.
Sin embargo el argumento central de Lilla con respecto a la película y al debate en el que Arendt se vio envuelta es la dificultad de analizar los horrores del Holocausto en toda su complejidad sin perder lo que él mismo llama “claridad moral” un concepto que en tiempos tan sutiles como los que vivimos puede sonar fundamentalista:

[Primo] Levi cuenta la historia de Chaim Rumkowski, el vanidoso y dictatorial anciano judío del gueto de Lodz que imprimía sellos con su imagen sobre ellos, comisionaba himnos que celebraban su grandeza e inspeccionaba sus dominios en un carruaje tirado por caballos . Historias como éstas que unos han contado y otros han querido enterrar son complicaciones mal recibidas. Pero Levi las cuenta sin permitir que el lector pierda de vista la simple realidad moral en la que tuvieron lugar. Sí, "todos nos reflejamos en Rumkowski , su ambigüedad es nuestra, es nuestra segunda naturaleza, somos híbridos moldeados de arcilla y espíritu. Sin embargo, "no lo sé y no tengo mucho interés en saber si en mi interior se esconde un asesino: lo que sí sé es que yo era una víctima inocente y que no era un asesino".

jueves, 24 de octubre de 2013

Manías

Ya uno está acostumbrado que a los escritores y artistas cubanos les pregunten que por qué siguen viviendo en Cuba aunque en realidad se pasen diez a once meses al año dando giras por todas partes. Lo que no entiendo es que invariablemente respondan que no se imaginan viviendo fuera de Cuba. ¿No les parece que para ser escritores eso denota muy poca imaginación? 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Buena fe

De los diarios de Iván Bunin (1870- 1953) traducidos, dicho sea de paso, por Jorge Ferrer:

                                                                                    13 de abril [1918] Ayer el poeta Voloshin nos hizo una larga visita. Se ha metido en un buen lío por haber ofrecido sus buenos oficios a los bolcheviques (“para las tareas de embellecimiento de la ciudad con motivo de los festejos del Primero de Mayo”). Le avisé: no les haga el juego. Sería una bajeza, pero también una estupidez, dado que ellos saben perfectamente quién era usted hasta ayer mismo. Me respondió con otra idiotez: “El arte está fuera del tiempo y de la política. Participaré en esas actividades sólo en tanto poeta y artista”. ¿Embellecimiento de qué? ¿De una horca? ¿Tal vez, de la misma en la que será colgado? Pero no se contuvo y allá fue a ofrecerse. Al día siguiente en el Noticias, insertaron la siguiente nota: “Voloshin ha intentado colarse entre nosotros. Últimamente son muchos los cerdos que pretenden encontrar abrigo en nuestras filas”. Ahora Voloshin quiere escribir una “carta a la redacción” manifestando su justa indignación. Hacerlo equivaldría a cometer una estupidez aún mayor.

miércoles, 14 de agosto de 2013

La lengua del rancheador

Una comisión de la UNEAC encargada de analizar la discriminación racial en Cuba llega a la conclusión de que "la herencia de la desigualdad económica, del posicionamiento social y de subvaloración cultural que ha distinguido a los sectores raciales en el país, no ha podido ser eliminada en el tiempo extremadamente corto del poder revolucionario". Los veinte años de Gardel que no eran nada multiplicados por dos y algo hasta llegar a 54. Y vistos así los 57 años de República ya se pueden considerar un "tiempo extremadamente corto" + 3 años.

Así es como se definen: "La comisión Aponte trabaja apropiándose del legado histórico-cultural y hace suya la ideología de la Revolución cubana. En este sentido, en los tiempos recientes, hemos recibido y atendido a múltiples delegaciones de intelectuales estadounidenses"

Traducción: somos castristas y jineteros, a mucha honra.

"(...) la historia norteamericana está sesgada por actos rasistas de todo tipo, como el más resiente de todos, ocurrido con el caso Zimmermann.
La Comisión Aponte de la Uneac no es una organización de negros o de «afrocubanos»"
Traducción: no somos negros pero somos semianalfabetos por culpa del pasado colonial y como muestra de ello está nuestra incapacidad de escribir UNEAC con mayúsculas o de usar la "C" cuando corresponde. Viva la Revolusión que pese a ser un echo muy resiente intenta acabar con el rasismo!

No se sabe qué es más fuerte, la masacre con la ortografía o el espíritu de rancheadores que trasunta todo el texto.

lunes, 12 de agosto de 2013

Eternos retornos

El análisis de los antecedentes históricos o el estudio de las especificidades culturales nacionales para explicar la implantación del totalitarismo comunista en cualquier país choca con la terca evidencia de que unos a otros -a pesar de las profundas diferencias históricas y culturales- repiten los más mínimos detalles sin siquiera pretenderlo, simplemente porque así lo exige la naturaleza del régimen. Véase si no esta descripción de Nadiezhda Mandelstam del proceso de formación de ese estilo cínico que conforma la “nueva ética” del sistema.

Cada capitulación tenía por premisa que lo “viejo” debía ceder plaza a lo “nuevo”, y el que se aferrara a lo “viejo” quedaría con un palmo de narices. Esta concepción era fruto de la teoría del progreso y también del determinismo histórico de la nueva religión. Los capituladores socavaban todos los viejos conceptos, por el mero hecho de que eran viejos y, por consiguiente, habían caducado. Para la inmensa mayoría de los neófitos no existía ningún valor ni verdad ni ley, a excepción de los que se necesitaban en aquel entonces y que para mayor comodidad se calificaban como “de clase”. La moral cristiana se identificaba fácilmente con la moral burguesa y juntamente con ella el antiguo precepto: “No matarás”. Todo parecía una ficción. ¿La libertad? ¿Y dónde la habéis visto? Jamás hubo ni habrá libertad. El arte y tanto más la literatura no hacían sino cumplir el encargo de su clase y de aquí se deducía claramente que el escritor debía ponerse, con pleno conocimiento de causa, al servicio del nuevo cliente. Desaparecieron del lenguaje numerosas palabras como “honor”, “conciencia”, etc. no resultaba tan difícil desacreditar tales conceptos cuando se conoce la forma de hacerlo.
Un hecho característico de aquellos años es que todo se manipulaba en su forma más pura, es decir, absolutamente abstracta, sin tener ninguna cuenta de su naturaleza social, humana y terrenal. De ese modo resultaba más fácil acabar con ellos: no hay nada más fácil, por ejemplo, que demostrar que en ninguna parte del mundo existe la libertad de prensa y declarar a continuación que en vez de consolarse con los sucedáneos con que se consuelan los míseros liberales, más vale renunciar con valerosa sinceridad a todo intento de libertad. Estos esquemas resultaban convincentes porque las mentes inmaduras n conocían en aquel entonces los matices de los conceptos ni de las definiciones.

No menos asombroso es el parecido de la nostalgia actual de muchos intelectuales cubanos por la década de los sesenta –a la que llaman ¡Dios nos ampare! “década prodigiosa”- con la de sus pares soviéticos por los años veintes.

Actualmente mucha gente quisiera unir la década de los años veinte con el día de hoy y resucitar la unidad voluntaria que existía en aquellos días. Los hombres de aquella década hoy en vida tratan de inculcar con todas sus fuerzas a las nuevas generaciones que en aquel entonces existió un inusitado florecimiento -"¡la ciencia, la literatura, el teatro!”- y que si todo hubiese seguido por el camino marcado, nos habríamos encumbrado ya a las más altas cimas de la vida. (…) Todos aquellos que tenían treinta años en la década de los veinte siguen invocando el retorno a esa época, invitan a emprender de nuevo, “sin tolerar ninguna desviación”, el camino que se iniciaba entonces. Dicho de otro modo, no admiten su responsabilidad por lo ocurrido después. Pero ¿es cierto eso? Fueron precisamente los hombres de la década del veinte los que destruyeron los valores y hallaron fórmulas que aún hoy son imprescindibles: un Estado joven, una experiencia nunca vista, no se puede hacer una tortilla sin cascar los huevos. Cada ejecución se justificaba diciendo que se esta construyendo un mundo donde no habría violencia y todos los sacrificios serían pocos para esa “nueva sociedad” sin precedentes. Nadie se percató de que el fin comenzaba a justificar los medios y luego, como siempre ocurre en estos casos, había desaparecido gradualmente. Y fueron precisamente esos hombres de la década de los veinte los que empezaron a separar cuidadosamente a las ovejas de los machos cabríos, a los “nuestros” de los “otros”, a los partidarios de lo “nuevo” de aquellos que no habían olvidado aún las reglas más elementales de la convivencia.

[Los énfasis son míos]

jueves, 8 de agosto de 2013

Propuesta veraniega

Distraerse un momento de las ocurrencias de Nicolás Maduro (y Madura) y tomar temas (y temos) más ligeros. Como Joseph Brodsky intentando descubrir la razón de la sabiduría (política) de Anna Ajmátova:

"Ajmátova parecía, como mínimo, mejor preparada para aquel choque que la mayoría de sus contemporáneos. Además en el momento de la Revolución ya tenía veintiocho años: es decir, que no era ni lo suficientemente joven para creer en ella ni lo bastante mayor para justificarla"  

O un llamado a la calma a los preocupados con el universalismo:

"A eso se debe el carácter nominativo de los versos de Ajmátova en general y de aquél período en particular. Sabía no sólo que las emociones y percepciones que manejaba eran bastante comunes, sino también que el tiempo, como corresponde a su carácter repetitivo las volvería universales. Advirtió que la Historia, como sus objetos, tiene opciones muy limitadas"

lunes, 1 de julio de 2013

Los papeles de Guevara

Primero se declara la papelería de Alfredo Guevara patrimonio nacional. Luego “agentes policiales” allanan la vivienda del hombre del saco (sobre los hombros). Tanta insistencia de los hechos obliga a especular un poco. A pensar –por ejemplo- que el gobierno en su Santa Paranoia sospecha que entre esos papeles puede encontrarse algún manuscrito con los recuerdos del fallecido sobre aquellos días en que conoció a los hermanos Castro y los iniciaba en ciertas lecturas y contactos. No es que Guevara se hubiera reservado el atrevimiento póstumo de desafiar a sus antiguos amos. Basta con que por pura egolatría rebaje un tanto la epifanía marxista de los Castros, que disienta en algún detalle mínimo de la versión oficial para explicar tanto ajetreo por unos supuestos papeles de los cuales lo único que podemos decir con seguridad –en caso de que existan- es que están muy mal escritos.  


lunes, 3 de junio de 2013

Advertencia

No nos engañemos. Mientras en América Latina a “El lado oscuro del corazón” se le considere cine, a las viñetas de Eduardo Galeano, literatura, a las canciones de Silvio, poesía; mientras a Benedetti se le reverencie como poeta, Ricardo Arjona sea considerado compositor, mientras nos conmovamos con los peores versos de Neruda, mientras tantos farsantes y propagandistas subvencionados sean tenidos por intelectuales, mientras sigamos, digo, ofendiendo el buen gusto y el sentido común no deberá sorprendernos el éxito de esos delincuentes que tenemos por líderes políticos en la América Nuestra. O el de los delincuentes a secas. Es algo así como el karma. No se puede ser tan cursilón impunemente.

Post data: No hay que exagerar ni tomarse demasiado en serio lo que digo. Ni pretendo erigirme en arbitro de las estética sino mencionar ejemplos bastante evidentes; ni trato de decir que este o aquel no haya escrito de vez en cuando buenas canciones o buenos versos (no excluyo ni a Arjona ni a Buena Fe aunque en dichos casos si lo han hecho lo han mantenido en secreto). Tampoco digo que Videla o Sendero Luminoso existieron por culpa de la (mala) literatura o la (peor) música. Apenas trato de señalar que hay cierta falla en la percepción colectiva latinoamericana que hace que la alternativa a un horror sea un horror aún mayor. Huyéndole a los malos cantantes populares nos regodeamos con cantautores infames como mismo creímos que la alternativa a Batista pudo ser un Fidel Castro, o el camarada Gonzalo a Alan García. Lo que digo es que no hemos superado la edad mítica, infantil que convierte en escandaloso que por ejemplo alguien se atreva a señalar el ridículo profundo de una manifestación cultural o política. Digo –en fin- que en Latinoamérica estamos tan inclinados a la idolatría que cualquier critica suena a blasfemia.

sábado, 27 de abril de 2013

LASA y Cuba (con postdata)


El Nuevo Herald publica un artículo sobre las siempre extrañas relaciones de sobre la Asociación de Estudios Latino Americanos (LASA) con Cuba. El título (“Espías cubanos se infiltran en grupo académico en EEUU”) es tremendista y distrae de algo mucho más importante: entre la complicidad o negligencia de LASA hacia la dictadura cubana y el cuidado que pone esta última en decidir la composición de las delegaciones cubanas y en intimidar a los académicos menos complacientes LASA ha funcionado durante décadas en caja de resonancia de la propaganda de dicha dictadura. (No me mencionen las excepciones: esta generalización en injusta como cualquiera pero es básicamente cierta). Al artículo le falta mencionar detalles como que ante la torpeza de la administración de Bush de negarle la entrada a una delegación cubana en pleno el siguiente encuentro fue celebrado en Canadá con la intención exclusiva de asegurar la asistencia de los académicos residentes en Cuba. Incluso si fuera verdad la equidistancia de LASA hacia todos los académicos cubanos sin excluir “a nadie de la membresía en base a sus opiniones políticas” tal como dice su presidenta Evelyne Huber eso sin duda favorece la participación no sólo de académicos oficialistas sino hasta de agentes de la seguridad cubana con fachada académica y de simples propagandistas de la dictadura, unos y otros incapaces de ejercer un pensamiento crítico (valga la redundancia) que es lo menos que se espera de un académico. La neutralidad ante el mal siempre es parcial y para un académico un régimen que no respeta la libertad de pensamiento debería ser el mal encarnado. Y la verdad es que no es tan difícil distinguir a un policía o a un vocero de un estudioso.

Post Data: Duanel Díaz abunda en Diario de Cuba sobre las relaciones entre la academia y la Revolución Cubana en el plano teórico. Haroldo Dilla Alfonso se ocupa en Cubaencuentro directamente de LASA y la "delegación cubana".

Y nunca está de más recordar un clásico sobre el tema: el poema "Blanco mojoncito" del sin par Reinaldo Arenas.


Blanco Mojoncito
(a un profesor norteamericano en la universidad de Tulane, Nueva Orleans)

Blanco mojoncito,
quisieras ser guerrillero, pero cómo renunciar a
los productos Shaklee, a la loción después del baño,
a la nevera bien surtida ni (oh, de ninguna manera)
a la lectura del New York Times que tan puntualmente
llega a tu puerta.

Blanco mojoncito,
te arroban los desfiles militares y las marchas multitudinarias,
pero tu pie opta por el confortable 
Adidas y no por la bota rusa, y tu culo no cambiará
jamás (a pesar de su férrea ideología) el suave
papel sanitario por las cuatro hojas del Granma,
cuya tinta (dicho sea de paso) te dilataría las
hemorroides

Blanco mojoncito,
admiras las vastas plantaciones colectivas (¿koljós
o granjas del pueblo?) donde los jóvenes ya no tienen
que pensar ni soñar, pero permaneces acá en
tu espaciosa habitación refrigerada, armoniosamente
invadida por plantas ornamentales que se 
detienen junto a la biblioteca bien surtida donde
un afiche, EL FUTURO PERTENECE AL COMUNISMO,
domina el conjunto.

Blanco mojoncito,
ligeramente bronceado, consistente y pulcro,
comedido y escultórico, residuo casi final de una
dieta rica en proteínas y carreritas en short por
todo el parque, por mucho Baron Dandy o Air
Freshener ("shake well before each use") que
esparzas en tu impecable apartamento nada podrá
impedir que tu olor te condene.

Blanco mojoncito,
para ti todo marchará admirablemente mientras
esa teoría que defiendes y tan bien te alimenta
(¡Me dicen que ya tienes hasta el tenure professor!)
no se te aplique en la práctica, matándote de
hambre.

(Reinaldo Arenas, Nueva York, 1984)

miércoles, 24 de abril de 2013

El legado de Alfredo Guevara

La famosa anécdota que cuenta que cuando al Primer Ministro chino Zhou Enlai le preguntaron qué pensaba de la Revolución Francesa respondió que todavía era demasiado pronto para opinar de ella no aplica para el caso de Alfredo Guevara por las mismas razones que en los de Fidel Castro o Alicia Alonso: su larguísima existencia más que física, geológica, ya permite tomar la suficiente distancia para evaluar sus acciones. A esta altura puede determinarse que la herencia más duradera del fundador del ICAIC no es ni dicha institución, ni esa mezcla de pretensiones “artísticas” y chabacanería que es el cine cubano o ni siquiera su manera singular de colgarse la chaqueta de los hombros que pese a su insistencia nunca llegó a adquirir el rango de moda. Su mayor legado, el que sospecho más persistente y duradero, es de cierta concepción de la cultura cubana o más valdría decir de la Alta Cultura de la Revolución Cubana (dicho sea con mayúsculas para que ese conjunto de meras palabras parezca importante) que puede notarse en polémicas tan apartadas en el tiempo como las que rodearon al documental “PM” en 1961 o al reguetón al inicio de la segunda década del siglo XXI.

La famosa polémica que precedió las “Palabras a los intelectuales” fue, además de una lucha por el poder (cinematográfico) entre el grupo de Lunes de Revolución y el del ICAIC, una riña estética: la de cineastas forjados en una de las escuela europeas más pujantes del momento, la italiana, a donde habían ido a estudiar el núcleo de fundadores del ICAIC frente la más anglosajona o directamente filonorteamericana lidereada por Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros y otros que habían pasado fructíferas etapas de formación en los Estados Unidos. Si fue Fidel Castro quien se encargó de fijar de una vez y para siempre los límites de la política cultural (el dentro y el contra, el todo y la nada) fue este Guevara quien se encargó de infundirle un tono: ese que se pretendía refinado pero que encarnó en la forma más vulgar del elitismo, la que representa al pueblo por el curioso procedimiento de darle la espalda y suplantarlo con una versión épica o romántica pero escandalosamente falsa.

 Frente a los borrachitos de “PM” el ICAIC enarbolaba campesinos infelices o jubilosos de acuerdo a la temporada de la Historia que se tratara, a milicianos enérgicos, a brigadistas dispuestos y obedientes hasta en sus desobediencias, a chivatos glorificados por el martirologio. No es de extrañar que la película más emblemática del cine cubano tenga por protagonista a un burgués frustrado y distante observador en funciones. Una cultura que se había “nacionalizado” a partir del reconocimiento de sus raíces por parte de las vanguardias locales desde las décadas del veinte y del treinta se reeuropeizaba en nombre de la batalla entre el socialismo y el capitalismo, entre el arte verdadero y el comercialismo, entre los rezagos del pasado y el futuro luminoso. Así como lo popular se rebajó a turístico y decadente, todo el cine cubano anterior a 1959 desapareció por decreto y Alfredo Guevara devino en fundador del cine nacional en un vuelo sin escalas de los hermanos Lumiere al ICAIC. De un cine sobrecargado de números musicales y cantantes y comediantes de moda se saltó al de imágenes de una severidad recién conquistada acompañadas con música electroacústica o cantautores quejosos pero combativos. Y a eso se le llamó progreso.

Habría que reconocer que como jefe de proyeccionistas Alfredo Guevara tuvo más fortuna que como pastor de cineastas. Se impuso, gracias a la intervención de su viejo cómplice en la universidad –el entonces primer Ministro Fidel Castro-, en una polémica con la ortodoxia de los viejos comunistas lo que permitió que en los años siguientes además del cine “socialista” se pudieran estrenar en Cuba producciones del capitalismo decadente. Su gran mérito fue defender que entre una y otra muestra del realismo socialista se pudiesen ver películas de Fellini o Antonioni. Pese a las potencialidades norcoreanas del comunismo criollo las pantallas habaneras fueron siempre mucho más abiertas que las de Pyongyang o hasta las de Moscú. Fue así cómo Alfredo Guevara se convirtió en un modelo a seguir de intelectual liberal sin ser lo uno ni lo otro.

En cuanto a la producción de cine se encargó de remedar los experimentos de Fidel en la ganadería con resultados parecidos: híbridos que reunían lo peor de sus fuentes de inspiración con uno que otro ejemplar que trataba de redimir a la manada. Decidir cuál sería la Ubre Blanca del cine cubano es tarea algo más difícil. En cambio si alguien le echa en cara su esterilidad cinematográfica yo seré el primero en defender su contención. Cualquiera que se haya asomado a sus libros sabe lo mucho que le debemos agradecer por tanto silencio.

El crítico Justo J. Sánchez intentó en estos días un epitafio: “Vivió en el poder absoluto la contradicción de ser Oscar Wilde en tierra de los Van Van”. La frase es sin embargo más rotunda que precisa. No sólo porque un homosexual con aspiraciones artísticas está tan cerca de Wilde como cualquier bizco con resabios filosóficos de Jean Paul Sartre sino porque Cuba antes de ser la tierra de los Van Van fue la de Matamoros, Piñeiro, Lecuona, Arsenio Rodríguez y Benny Moré. Los Van Van, Buenavista Social Club o el reguetón es lo que todavía puede producir el país a pesar de medio siglo de intervencionismo estatal, de ofensivas contra los “rezagos del pasado” y de experimentación diversa con la cultura nacional atendiendo a caprichos personales convertidos en ley.

Sería fácil y hasta útil emprenderla contra el gusto más o menos kitsch de Alfredo Guevara que propició tanta cursilería con ínfulas, contra su rechazo a la vitalidad de la cultura en nombre de la corrección (ya fuera política o estética), contra su confusión entre arte y propaganda, cultura y festivales pero todo esto oscurecería el sentido (¿profundo?) de su legado. Su herencia se hace presente cada vez que un funcionario de la cultura trata de darle un aspecto liberal a la obediencia estricta de las órdenes de los que mandan como intentó hacerlo Abel Prieto, quizás su más ajustado discípulo, hoy ya pasado a retiro. El legado de Guevara consistió sobre todo en que la destrucción de una cultura y de un país completo adquiriera un aire renovador de manera que en medio de las ruinas todavía se consiga hablar de una ganancia espiritual, la del espíritu de la Revolución o de cualquier otro. Atendiendo a sus deseos cremaron su cuerpo y las cenizas resultantes fueron esparcidas en la escalinata de la universidad de La Habana. Su espíritu en cambio está por todas partes.