jueves, 16 de junio de 2022

La libertad de la belleza






Aprender o enseñar la historia del arte siempre tendrá mucho de aventura, de riesgo. En parte por esa condición inefable, escurridiza, de lo bello. Porque si la belleza es difícil de definir en sí misma en su continua mutación con cada época, cada generación, cada artista, no menos imprevisible será el impacto que tendrá en nosotros cualquier encuentro íntimo con lo bello.

Nuestra época, obsedida por la seguridad física pero también mental, tiene demasiadas cosas que decir sobre los efectos del arte en sus consumidores. Por ejemplo, se va convirtiendo en axioma la idea de que representar cualquier comportamiento negativo equivale —a menos que se los condene de manera pedagógica y fosforescente— a glorificarlo. También gana adeptos la noción de que consumir una obra de arte equivale a compartir el punto de vista de su creador, incluyendo sus vicios más oscuros y clandestinos. Al arte se le exige en estos días que, además de inequívoco y racional, sea aséptico.

Es el nuevo credo de estos tiempos. El de la seguridad. La física, pero también la espiritual. Se aspira a andar con el alma tan sujeta y acolchada como los cuerpos cuando viajan en coche. Vale recordar —si se me permite tal platonismo a estas alturas— que tras la ortodoxia de la Edad Media se había consensuado concederle al alma libertades que no nos tomábamos con el cuerpo. Incluso cuando imperaban los dogmas más rígidos, el arte, en su labor de alimentar las almas, siempre sintió atracción por lo herético. Cierta pulsión por escapar no solo a las razones humanas sino hasta a la lógica divina. Así fue en la arquitectura que Dante le diseñó al infierno o en los paraísos pintados por El Bosco.

Así lo dictaba la idea romántica que regía al arte hasta ayer. El artista con respecto a su arte era un pequeño dios creador, un demiurgo. El conductor de una fuerza creativa que no acertaba a comprender ni a controlar del todo. El narrador uruguayo Felisberto Hernández afirmaba con el confiado titubeo que se emplea en estos casos: “Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda”.

De tales romanticismos se solía abusar perdonándoles a los artistas las transgresiones que cometían en sociedad, como si fueran una extensión de sus audacias creativas, o como si estas los eximieran de sus obligaciones ciudadanas. En estos tiempos ocurre justo lo contrario. No solo se les responsabiliza a los artistas por su conducta, sino también por la nuestra. De creadores más o menos irresponsables de lo que se inventan, más o menos inconscientes, se les quiere convertir en una suerte de pedagogos, responsables de impedir que se perpetúen los males del mundo. Imposible ver por vías normales los últimos estrenos de Roman Polanski o Woody Allen a causa de sus reales o supuestas aberraciones sexuales. Y ese consenso general, hijo de las precauciones corporativas, se transfiere a las aulas en la forma de una antinatural infantilización de los estudiantes.
Carlos Enríquez por Alice Neel

El año pasado (2021), se exhibió en el Museo Metropolitano de Nueva York una retrospectiva de la pintora Alice Neel (1900-1984). De simpatías comunistas y feministas, adelantada al menos un par de generaciones a la suya, los chocantes y vitales retratos que se exhibieron allí exceden con mucho las timoratas explicaciones que los curadores les colocan a un costado. Como para controlar la libertad salvaje de la artista, intentar domesticarla. Penoso esfuerzo. Las potentísimas pinturas de Neel escapan a la ideología de los curadores y hasta a los propios dogmas políticos de la artista y nos enfrentan a esa “inminencia de una revelación, que no se produce” que, según Borges, es el hecho estético. Ese reto a nuestros prejuicios, nuestros hábitos mentales, y hasta a los de la propia creadora, nos acecha detrás de cada uno de sus cuadros, obligándonos a reconsiderar un montón de ideas, incluidas las que tenemos sobre lo bello.

Es lo que debería suceder cada vez que nos encontráramos frente a un verdadero creador y la sensibilidad nos alcanzara para adentrarnos en su universo. Porque ningún detalle de la biografía del artista alcanzará para anular o explicar del todo la belleza de su obra. Y para esa inmersión en lo bello las muletas de las convenciones de la época, de su moral —por progresivas que sean— siempre terminarán estorbando. “Una vez que descubres lo que hay de bello en este mundo dejas de ser un esclavo” escribió Muhammad Iqbal. No explicó el poeta de qué servidumbres nos liberaríamos, pero son tantas y tan variadas en cada uno de nosotros que no creo que tenga sentido mencionarlas. 

miércoles, 15 de junio de 2022

‘Nuestra hambre en La Habana’, de Enrique Del Risco: una memoria de la crisis alimentaria

Por Claudia González Marrero

Cuando hablamos de memoria alimentaria podríamos pensar en el recuerdo de una comida familiar, en sabores y olores que simbolizan lugares, personas y momentos. Pero la memoria alimentaria representa mucho más que nuestras evocaciones inmediatas. Puede explicar el devenir de un país, los diversos comportamientos de su sociedad, incluso lenguaje, disposiciones y aversiones colectivas. Esta es precisamente la reflexión que nos trae el escritor Enrique Del Risco en su último título Nuestra hambre en La Habana (Plataforma Editorial, 2022). Del Risco ubica su narración entre los años inmediatos a la caída del Muro de Berlín y su salida definitiva del país en 1995. Este marco temporal pareciera bastante ajustado para unas memorias, si no se tuviera en cuenta que corresponde, en parte, a la etapa de mayores reacomodos, improvisaciones y resistencias, conocida eufemísticamente como Periodo Especial en Tiempos de Paz. Aunque desde su título Nuestra hambre… nos presagia una lectura incómoda, Del Risco conjuga historia, literatura y humor para blindar lo que de otro modo nos resultaría triste y bochornosamente nostálgico.

Si bien Nuestra hambre… es un testimonio personal, puede considerarse, salvando algunos detalles, una memoria colectiva, una crónica de las vivencias compartidas por el autor y el resto de los millones de cubanos. Cubanos que, como él, consideraron las bicicletas chinas entregadas por el Gobierno como su más preciada pertenencia; que entraban en los cines para alborotar las salas cuando aparecían escenas de banquetes o de sexo, las dos mayores lujurias de ese tiempo; que resumían la fortuna en la compra inesperada de algún alimento, que compartían entre familiares cercanos y ocultaban del resto. La obra acierta entonces en el pronombre posesivo con el que comienza su título, porque todo el que hubiese vivido “Aquello”, como su autor lo llama, reconoce en sus palabras pasajes tan familiares como bajarle el volumen al televisor durante los discursos de “Quiéntusabes”. Este es un recuerdo personal que me permito intercalar: la práctica de dilatar el ritual de la comida hasta que finalizara la transmisión y comenzara la novela de turno. Buscar un entorno más placentero que el discurso de trinchera para ingerir nuestros alimentos es otro ejemplo de la memoria alimentaria que compartimos varias generaciones.

Deberíamos situar Nuestra hambre… en una descripción más exacta. Más que producto testimonial de la memoria alimentaria es un producto de la memoria alimentaria en crisis. Lo que orienta la narración no es la abundancia, o siquiera una alimentación parca, sino la carencia evidente de esta. Sin ser nutriólogo, haber vivido el periodo más cruento de los noventa, le permite al autor afirmar que: “Una de las primeras cosas que el hambre te ayuda a conocer mejor es tu propio cuerpo […] Con el hambre se descubre cómo funciona tu cuerpo sin la interferencia de los nutrientes. Un estómago vacío es como un laboratorio en condiciones asépticas y controladas para que los experimentos logren resultados fiables y puedas comprobar por ti mismo la capacidad que tiene cada alimento de saciarte, la duración exacta de sus efectos”.

Pero existe otra carencia patente en la narración, como unidad, como status quo, como pacto y justificación al descalabro de estructuras y normas. Como el autor afirma: “esos momentos de debacle moral absoluta, en los que la supervivencia rige todos tus actos, la ética depende únicamente de lo que decidas prohibirte”. La ética resultaba entonces un ejercicio de restricción entre restricciones, donde era difícil encontrar sentido común ajeno a las privaciones. Para Del Risco, llega entonces el momento de la barbarie en que los cubanos asumimos la precaria condición de supervivientes: “Llegó cuando la gente perdió toda esperanza de construir una sociedad mejor. O peor, pero al menos nueva. Cuando la belleza se hizo, más que superflua, ofensiva. Cuando el ansia de supervivencia dirigía cada uno de nuestros actos y veíamos en el mínimo desvío de ese objetivo una amenaza, una burla. La barbarie llegó cuando abandonamos toda expectativa de construir o reparar nada”.

Así como la crisis rebasaba las fronteras de la economía, el hambre rebasaba las del alimento. Es por ello que, en el texto, podemos encontrar el Hambre con mayúsculas, asimilada a constructos mayores como Historia o Humanidad. El Hambre fue un periodo marcado por tantas ausencias, que el autor resume las ilusiones de su generación de la manera más sencilla: “Esa era más o menos nuestra idea de la felicidad durante el Hambre: una noche con comida y electricidad”. Más allá de carencias materiales, Del Risco narra también las desilusiones y penurias de su sector más cercano: La censura cultural que prohíbe exposiciones o recoge publicaciones incómodas; la vigilancia por parte de colegas, vecinos y agentes supervisores; las resignaciones alrededor de las elecciones parlamentarias de 1993; el alcohol casero como forma de enajenación de la realidad; la salida del país como una forma más decisiva de lidiar con esa realidad.
‘Nuestra hambre en La Habana’, de Enrique Del Risco
‘Nuestra hambre en La Habana’, de Enrique Del Risco
Para Del Risco tanto el hambre física como el Hambre simbólica nos han sido escamoteadas; los cubanos carecemos de pedigrí frente a mayores tragedias de la Historia: “Nuestra hambre era un hambre con baja autoestima. Lo sigue siendo. Todavía mucha gente no se atreve a llamarla por su nombre”. Ante genocidios reconocidos “debemos retroceder, humildes, reconociendo que nuestra hambreada condición no llegaba a esos extremos”. Ante esta ausencia, marcada por académicos e intelectuales militantes, peregrinos de la causa cubana que relativizan o romantizan la precariedad de los noventa en la isla, Nuestra hambre…viene a reivindicar el sentir de los cubanos, sus experiencias y sus memorias.

En el epílogo, Del Risco nos habla también a los cubanos sin distinciones fronterizas, nos pone un espejo enfrente, nos invita a confrontarnos con nuestro pasado inmediato, a realizar un mea culpa como parte de la barbarie que vivimos entonces, empezando por su misma persona, un gesto imprescindiblemente necesario para la reconciliación nacional. El inventario de ejercicios para esquivar el hambre y sus ramificaciones que Del Risco proporciona, en suma, es una muestra verídica del imaginario social cubano, parte indispensable de lo que somos en el presente, pero, sobre todo, una invitación velada a sacudirnos la desesperanza y el inmovilismo, a construir una nueva memoria alimentaria donde el hambre no sea la protagonista de nuestras vidas.

sábado, 11 de junio de 2022

Crisis y autofagia en La Habana, el ciclo que no termina


Por Yoani Sánchez

Hay un hambre que no se sacia con comida ni disminuye aunque se consigan alimentos y no vuelvan a faltar por largo tiempo. Es el hambre que queda en la memoria y hace arder el estómago aunque esté lleno. Esa sensación crónica de vacío recorre la historia de un joven en la Cuba del Período Especial que ha publicado el escritor Enrique del Risco con Plataforma Editorial.

Nuestra hambre en La Habana es un testimonio que hay que comenzar a leer después de cenar y, aun así, provocará en el lector intensas ráfagas de ansiedad por llevarse algo a la boca, viajes constantes al refrigerador y a la cocina. El volumen, de un poco más de 300 páginas, se sumerge en la crisis de los años 90 y retrata con crudeza la obsesión nacional alrededor del plato y de las cazuelas.

Del Risco muestra las costillas afuera de una sociedad reducida al ciclo de la supervivencia más básica, donde transportarse, hacer colas y tratar de masticar cualquier cosa ocupaban la mayor parte del tiempo. Con un estilo directo, irónico y, muchas veces, apelando al humor más descarnado, el escritor nos permite acompañarlo por la ruta de la voracidad que se adueñó de toda la Isla.

Así, de la mano de un joven recién graduado de Historia, asistimos al momento en que empieza a resquebrajarse la falsa burbuja de prosperidad que el subsidio soviético permitió en Cuba durante los años 80. Como un nubarrón que se avecina, empiezan los primeros síntomas de una crisis económica a la que Fidel Castro le colgó el eufemismo de «Período Especial en tiempos de paz».

Como un nubarrón que se avecina, empiezan los primeros síntomas de una crisis económica a la que Fidel Castro le colgó el eufemismo de «Período Especial en tiempos de paz



Mientras intenta saciar el inmenso apetito de un veinteañero, el protagonista de Nuestra hambre en La Habana debe lidiar también con el deterioro ético de una sociedad dispuesta a hacer casi cualquier cosa por poner algo en el plato. Con su bicicleta, que cruza la ciudad de un lado a otro, es testigo del incremento de los asaltos, la caza masiva de gatos callejeros para comérselos, el aumento de la prostitución con extranjeros y del único renglón en el que se siguió cumpliendo y sobrecumpliendo por todo el país: la represión.

Al concluir sus estudios, el joven logra un empleo en el Cementerio de Colón, el sitio que pone la tapa al pomo dramatúrgico de la historia. Allí convive con los saqueos a las tumbas, los nichos sin nombre de los que habían caído en desgracia y los malabares de un centro de trabajo estatal donde las delaciones y los informes inculpatorios estaban a la orden del día. La necrópolis insertada en esa otra ciudad de los muertos que al otro lado de los muros multiplicaba la tragedia del camposanto.

Y el sexo y el alcohol destilado, como las vías de escape de toda aquella realidad opresiva. Una nación impúdica que aprovechaba cada escalera, cada construcción a oscuras para amarse con ese frenesí que hubiera preferido descargar a mordidas sobre una hamburguesa. Beber hasta olvidarse del hambre o besar hasta dormirse y no tener que pensar en la leche condensada que ya no vendían, en la carne de res que había desaparecido o en el chocolate que había pasado a ser un producto mitológico del que se hablaba en los círculos alrededor de la vela que aliviaba de los apagones.

Sin embargo, a pesar de la descripción puntual de toda esa carestía colectiva que nos hizo quedarnos con harapos como ropa interior, nos sacó las clavículas hasta que parecían que iban a reventar la piel y nos obligó a convivir con el gruñido apagado del cerdo al que le habían hecho una cirugía para que no sonara en la bañadera del apartamento en que lo criaban, nada de eso deja una sensación tan apabullante como el retorno de aquella pesadilla.

Leer Nuestra hambre en La Habana ahora mismo dentro de Cuba es como desplegar el mapa de la escasez que se ha apoderado otra vez de nuestro país para revisar cuáles estaciones hemos transitado y cuáles nos faltan por vivir de nuevo. El guiño del título a la novela del escritor británico Graham Greene adelanta que esta vez no se trata de seguir la pista de espías ni de descubrir conspiraciones, sino más bien de perseguir la jama por los intrincados caminos de un sistema disfuncional.

Aunque tengas un plato a mano y mastiques durante un rato, intuyes que todo ha sido una ficción de bonanza y que pronto el hambre saltará


Mientras mis ojos recorrían las páginas de este libro de Enrique del Risco, el gallo que cría el vecino en el balcón apenas me dejaba concentrarme. Cuando ya iba por la mitad del volumen tuve que interrumpirlo por dos días porque una amiga me llamó para salir «al campo a comprar comida» que después escondimos en el maletero de un viejo vehículo y así logramos meterla en la ciudad. Apenas terminaba de procesar los últimos párrafos y un pariente me contó que había convertido en leña el escaparate de caoba de su abuela porque en su pueblo «ya no hay apagones sino alumbrones».

Existe un hambre que no se quita nunca porque siempre se teme que regrese. Aunque tengas un plato a mano y mastiques durante un rato, intuyes que todo ha sido una ficción de bonanza y que pronto el hambre saltará desde una esquina y se adueñará de tu mesa. Es el hambre que persigue a todo un país, incluso a los que emigran y que en los primeros tiempos fuera de la Isla tragan todo lo que pueden y lo que antes no han podido.

Hemos vuelto a aquel punto que Del Risco detalla en su texto: a la autofagia nerviosa de todo un pueblo dispuesto a no dejar nada donde se pueda hincar el diente.

martes, 31 de mayo de 2022

Luis Manuel Otero Alcántara, una biografía colectiva

 

La editorial Hypermedia acaba de publicar el libro Luis Manuel Otero Alcántara, una biografía colectiva. Coincide el lanzamiento del libro con el inicio de la farsa judicial contra Luis Manuel y Maykel Castillo en La Habana que debe terminar hoy. Los autores de este retrato colectivo son:

Adriana Normand / Anaeli Ibarra Cáceres / Anamely Ramos González / Camila Ramírez Lobón / Celia González / Cirenaica Moreira / Claudia Genlui Hidalgo / Claudia González Marrero / Enrique Del Risco / Grethel Domenech / Hamlet Lavastida / Héctor Antón / Henry Eric Hernández / Janet Batet / Jorge Peré / Juliana Rabelo / Julio Llópiz-Casal / Ladislao Aguado / Leandro Feal / Legna Rodríguez Iglesias / Lester Álvarez / Luis Manuel Otero Alcántara / Magaly Espinosa / Martica Minipunto / Néstor Díaz de Villegas / Ray Veiro / Rolando Leyva Caballero / Salomé García / Sergio Ángel / Ulises Padrón Suárez / Yanelys Núñez / Yissel Arce Padrón / Yuleidy Mérida.

Tambien anuncia la editorial que "los fondos recaudados por la venta, serán donados en su totalidad al apoyo a Luis Manuel Otero Alcántara y los demás presos políticos".

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Aquí el link a Amazon: https://amzn.to/3a9V2OM

Les dejo como adelanto el texto mío que los antologadores han incluido en esta antología:



¿De qué color es Luis Manuel?

Luis Manuel Otero Alcántara, el artista cubano que tantas veces ha sido reprimido, encarcelado (y que ahora va a cumplir tres semanas de extrañísimo y siniestro secuestro en un hospital habanero), no parece ser negro. A pesar de que a simple vista parezca lo contrario. Luis Manuel no parece ser de la misma raza que George Floyd, Eric Garner o Freddie Gray. Ni parece compartir color con tantas celebridades que justamente se indignan cada vez que un afroamericano es maltratado por la policía. A los efectos de la indignación o la solidaridad que despierta, Luis Manuel Otero Alcántara parece ser blanco. O transparente.

Tiempo nos ha dado Luis Manuel para averigüemos su color, para enterarnos de la violencia de Estado desatada contra él. No han sido los ocho interminables minutos con que George Floyd tuvo el cuello aplastado por la rodilla de la policía de Minneapolis, cierto. Son años de ser sometido a todo tipo de maltratos y persecuciones. Años de aparecer en videos y fotografías mientras es detenido, golpeado, encerrado, y vuelto a liberar para reiniciar el ciclo de persecuciones. Años con su rostro empapelando las redes sociales, suplicando la solidaridad que con tanta presteza reciben las víctimas afroamericanas.

En todo caso, Luis Manuel Otero Alcántara es del mismo color de Juan Carlos González “Pánfilo” condenado a dos años de prisión por decir en un video casero que tenía hambre. Del color de Orlando Zapata Tamayo, prisionero político muerto tras ochenta días en huelga de hambre, defendiendo su dignidad de persona. Del color de la activista Berta Soler, de Jorge Luis García Pérez, “Antúnez”, de Guillermo Fariñas y de tantos otros afrocubanos que luchan porque sus derechos sean respetados. Basta el simple desplazamiento desde Estados Unidos hasta Cuba para hacer irrelevante la cuestión del color.

Cabe pensar que incluso en el antirracismo no todos los negros son iguales. Que el sufrimiento de un artista o activista afrodescendiente del Tercer Mundo carece de la trascendencia que le atribuimos a un negro maltratado en Estados Unidos o en Europa. O cabe suponer que los afrocubanos reprimidos a diario han sido blanqueados, invisibilizados por el miedo. El miedo a perder el trato que la dictadura cubana le dispensa a quienes le sean favorables, a los que la alaben o simplemente eviten reparar en su naturaleza represiva y se concentren en el esplendor de los paisajes de la isla. O en su música o sus atracciones culinarias.

O puede que le niegan su solidaridad a los disidentes afrocubanos se sientan inmovilizados por el miedo, algo más discreto, a verse en el lado incorrecto de la Historia, el miedo supersticioso a que, denunciar a un gobierno que se llame de izquierda y antimperialista, los convierta de manera automática en representantes de la reacción o del racismo que, de alguna incomprensible manera, encarna Luis Manuel frente a sus represores blancos Raúl Castro o Miguel Díaz Canel.

Si el miedo es ideológico, la justificación de su silencio también lo será. “Luis Manuel Otero Alcántara no es reprimido por el color de su piel”, dirán. Y tienen razón. Como mismo Rosa Parks o Martin Luther King tampoco fueron encarcelados o golpeados por el color de su piel. Ellos eran reprimidos y perseguidos por defender derechos que no le eran reconocidos en el país del que eran ciudadanos. Por la misma razón por la que es calumniado, vejado, maltratado a diario Luis Manuel Otero Alcántara, junto a cientos de conciudadanos de todos los colores y razas: por reclamar los derechos que les niegan en su país a todos los cubanos.

Pero ante una color blindness tan arraigada, no sé si tenga sentido preguntarse de qué color es Luis Manuel. O cualquier otro ser humano.

lunes, 23 de mayo de 2022

Gracias Montreal

 


Tanto para Francisco García como para mí cada presentación en Montreal siempre ha sido una tremenda fiesta. La cálida fidelidad de un grupo de lectores/ amigos ha hecho que insista en incluir esa ciudad como parada obligatoria de mis presentaciones junto a Nueva York y Miami y que se convierta en una buena oportunidad para encontrarnos con viejos amigos y descubir otros.
Once años de presentar todos los títulos que han ido apareciendo a un público que es casi familia. Ahí está la pareja que por primera vez acudió con un niño de semanas de nacido que hoy es adolescente o la muchacha que venía con su niña que alguna vez preguntó cuándo escribiría un libro para niños y le ha costado menos convertirse en mujer que a mí cumplir la promesa. O esa otra chica que vino a verme en la feria de Guadalajara antes de que estallara la pandemia y ahora, reubicada en nueva latitud por fin se atreve a hablarnos, como si alguna vez fuera difícil, como si valiera la pena. O los gestores culturales (Paco, Toni, Mariana) que con tanto entusiasmo nos han ofrecido sus espacios para compartir nuestra obra. O los colegas magníficos (Zeyda, Lizandro, César) que tan generosos han sido con tu tiempo y su atención. O el artista cubano-mexicano que habíamos conocido apenas en un café apenas en la mañana del viernes y ya estaba en la tarde tirándonos fotos y sumándonos su energía tremenda. O los que nos acompañaron durante nuestra transmisión en vivo y los que vieron el video posteriormente hasta llegar a 340 visualizaciones.
Pero sobre todo Vilma Vidal, sin la que nada de esto sería posible.
A todos gracias porque mejor no la pudimos pasar.

viernes, 20 de mayo de 2022

Esta tarde a las 6:00 pm nos vemos en Montreal

 Los invitamos esta tarde al lanzamiento de los libros "Nostalgia represiva" de Francisco Garcia Gonzalez y "Los que van a escribir te saludan" y "Nuestra hambre en La Habana" de un servidos en el Instituto Legados de Montrreal (4510 rue Cartier, esquina a Mont Royal avenue).



martes, 3 de mayo de 2022

Oda urgente a Enrique del Risco*



Otro regalo, en este caso de mi hermanito Alexis Romay:

Nuestra hambre en aquella Habana
—donde no nos conocimos,
ciudad de la que nos fuimos
ya cansados de la fiana,
la represión chabacana
y el futuro inalcanzable—
era un hambre insoportable
de libertad, de comida,
de no pasarnos la vida
comiéndonos aquel cable.

Décimas para Nuestra hambre en La Habana


César Pérez me hace el regalo inmenso de dedicarle once décimas a "Nuestra hambre en La Habana"

Soberanía alimentaria o El hambre, un arma de la Revolución

(Para Enrique Del Risco en la presentación de Nuestra hambre en La Habana).

Con tanta pasta de oca
Moringa texturizada
Y tripa desmucosada
Cuba está a pedir de boca.
Y como si fuera poca
Esa abundancia inaudita
Tenemos cáscara frita
Cortesía de Frei Betto,
Pan de cabilla y concreto
Y fricasé de termita.

De exquisiteces sin par
Cuba es una cornucopia:
Tiene una cuisine muy propia
Imposible de imitar.
¿Bisté de colcha e trapear?
Ya eso es manjar del pasado.
Ahora hay fritas sin pescado
De aserrín de pinotea
Carapacho e jicotea
Y mosquito empanizado.

No hay país donde se coma
Como en Cubita la bella
Patria de la mortadella
Con dientes, pelo y carcoma.
Ya está en nuestros cromosomas
Digerir lo indigerible
Masticar el imposible
Roer con saña el infinito
Para aplacar un poquito
Nuestra gula inextinguible.

El estómago cubiche
Es un órgano especial:
Si le echas piedra o cristal
Los muele como un trapiche.
Hace de espinas ceviche
Y del bagazo jamón,
Es alquimista y campeón
En transformar la materia:
Tragas un pan con bacteria
Y cagas filé miñón.

Te vendo en MLC
Tu leche de cucaracha
De contra, Machi borracha
Perreando con Buenafé.
Te vendo borra e’ café
Que es tu caviar de beluga
Te vendo pluma y pechuga
De avestruz imaginaria
Te vendo un mojón de claria
Y el fanguito en la lechuga.

No hay nada más rico y sano
Que vender a precio de oro
Pellejos de sapo toro
Y que paguen los gusanos.
Qué suerte tiene el cubano
Adentro y fuera rehén!
Somos piano y comején
Somos el alfa y la omega
Cola y bronca en la bodega
Guachipupa y chispetrén.

Fidel Castro lo sabía:
Si el pueblo come bazofia
Gusto y sentido se atrofia
Y te rinden pleitesía.
No era locura o manía
Sino un plan casi perfecto
Para crear un abyecto
País de zombies sin más plan
Que hacer la cola del pan
Como sumisos insectos.

Muy poca gente se lanza
A la calle a protestar
Si el día se les va en pensar
En cómo llenar la panza.
Cuando tu única esperanza
Es que llegue el fricandel
Tu vecino el coronel
Come su bisté confiado
En que aturdido y hambreado
Gritarás Viva Fidel.

Pide croqueta explosiva
Grita Viva la salchicha
Juega dominó sin ficha
Traga en seco sin saliva
¡Esta es la última ofensiva
Contra el Norte decadente!
Sigue hambriento y obediente
Hasta que se seque el mar
Que entonces podrás jamar
Un poco como la gente.

Tanto campo desolado
Peladera y marabú
Donde no vuela el sijú
Ni hay un boniato sembrado.
Este desastre anunciado
Ciclón Comité Central
Ha vuelto a Cuba un erial
Y si no cambia la cosa
El vómito de tiñosa
Será el plato nacional.

Sueño una Cuba futura
En que comer no sea un lujo
Ni haya que ser mago o brujo
Pa asegurar la fritura.
¡Abajo la dictadura
Y que la cola se acabe!
La libertad es la clave
El limón, la panacea
Para que Cuba no sea
Circo sin pan, ni casabe.

lunes, 2 de mayo de 2022

Un lugar bendito


La presentación el pasado sábado de “Los que van a escribir te saludan” y “Nuestra hambre en La Habana” fue bastante más allá de mis esperanzas más desbocadas. Lleno completo al punto que buena parte de los asistentes tuvieron que quedarse en el recinto contiguo y seguir la presentación por facetime y encima se vendieron todos los ejemplares que llevamos. Le agradezco en primer lugar al profesor Octavio de la Suareé por coordinar la presentación y leer su atento y sagaz trabajo sobre el primero de los títulos y a la Union City Public Library por acogernos. A Ingeborg Portales por el inestimable apoyo en el frente de las divisas junto a Eida y Lila, también magníficas en su desempeño. A Armando Tejuca por crear el anuncio para el evento. Y por supuesto al formidable grupo de amigos que asistieron al evento en persona o lo siguieron online.


Lo dije ese día y lo repito ahora: me siento muy orgulloso y afortunado de pertenecer a una comunidad de creadores de todo tipo -artistas visuales, escritores, profesores, intelectuales, músicos, arquitectos, diseñadores, empresarios, promotores culturales, activistas y gente esforzada y trabajadora de los más diversos sectores- empeñados en hacer su entorno más habitable y en darle todo su apoyo a otros que de maneras diferentes tratan de darles un mejor sentido al mundo en que vivimos. La linda experiencia del sábado no es más que una confirmación del privilegio que siempre he sentido por pertenecer a esa formidable tribu de cubanos que se asienta a ambas orillas del Hudson. Especialmente la orilla oeste que con el tiempo se ha convertido en uno de los espacios de mayor concentración de talento y creatividad cubana en este mundo. Y lo que falta.

En el taller de Jairo Alfonso


Eric y Mae en el taller de Douglas Arguelles

En el taller de Ariel Cabrera Montejo












Elogio de la mamá


Uno no debe alardear de sus privilegios. Aunque solo sea porque no hizo nada para merecerlos. Si ahora lo hago es para reconocer a los que me los proporcionaron. Hablo de mis padres. Porque mientras crecía daba por descontado estar rodeado de libros suficientes como para acompañarme un buen rato en la vida. O que mi padre, científico, y uno de los mayores especialistas en bosques del país, me llevara a conocer toda la isla y a enseñarme que Cuba era bastante más que La Habana o una bandera o un mapa sino un amasijo de gentes y paisajes que no cabían en ningún discurso. Por otro lado estaba mi madre, profesora de literatura, la culpable de que antes que pidiera leerlos ya estuvieran esperándome Julio Verne, Emilio Salgari, Edgard Allan Poe o Arthur Conan Doyle en los libreros de la casa. La que antes de que aprendiera a descifrar el tremendo misterio de las letras me leía versiones abreviadas de las obras de Shakespeare o los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz y César Vallejo. La culpable de que antes de empezar a leer ya entendiera la gracia de la “Carta a Sor Filotea” o el significado de palabras como “encausto” o “atenagórica”. Ella era la que luego me estimulaba a ciertas lecturas -como el Decamerón- por el efectivo sistema de decirme que las dejara para más tarde porque eran demasiado complejas para mi edad. O que ya en quinto o sexto grado me permitía ayudarla a revisar la ortografía de los exámenes de sus estudiantes de San Alejandro, la escuela de arte donde enseñó por más de un cuarto de siglo literatura y apreciación cinematográfica y convirtiendo a sus estudiantes en otra banda de privilegiados. Ella siempre ha sido un poco sorda a los elogios pero espero que pueda leerse en estos.

sábado, 30 de abril de 2022

La época de oro de los chistes cubanos: el periodo especial



Por Gery Vereau

Por ahora no pido más justicia que la del almuerzo. Con este epígrafe del poeta chileno Pablo Neruda el escritor Enrique Del Risco, residente de West New York, presenta éste sábado su libro “Nuestra Hambre en La Habana” cuyo título anuncia que lo que viene se saborea en clave de humor.

Si ese autor olvidado que es Alexander Solzhenitzyn sirve en plato hondo las penurias del comunismo soviético, con Archipielago Gulag y Un Día en la Vida de Ivan Denisovich, aderezadas, desde el inicio, con el frío inclemente de las estepas como principal preocupación, Del Risco inicia la cena sin un ambiente de calor y sin comida pero con música (Un Tocadiscos, es el primer relato).

“Al cubano se le asocia con la alegría y la música. Cuba ha producido mucha música, pero eso no quiere decir que el cubano sea gente feliz, por lo mismo que ha creado el son y la guaracha ha creado el bolero que es uno de los géneros más tristes del continente, y entonces yo creo que ese carácter viene de toda la vida. Ese carácter tradicional del cubano, también muy humorístico, tiende a confundir a los observadores que piensan que así en medio de la miseria de Cuba están felices”, aclara Del Risco.

Asume que el problema de la miseria que se vive en la isla es lo extendida que está, a unos niveles que no se conoce en Latinoamérica, excepto en Venezuela y quizá en Haití. Los problemas económicos de Cuba son hoy, al irse secando los ingresos provenientes del petróleo venezolano para la isla, similares al periodo especial, sostiene el autor.

El libro es un documento que nunca jamás ha presentado la literatura cubana sobre la situación que vivió -todavía lo viven de alguna manera- el pueblo de Cuba, desde la cotidianidad pero también desde la humanidad, en una determinada época, la del periodo especial de los años 90, cuando la Unión Soviética dejó de parar la olla de aquel “Socialismo o Muerte”, que pasó a ser el país donde los gatos y los gordos desaparecían. “Porque a los gatos se los cazaban y se los comían. Y a los gordos porque no comían lo suficiente”.

Es proverbial que la escasez, los apagones, la producción de alcohol de cualquier cosa, los inventos gastronómicos de bistec sin carne, de pan sin harina, de sopa con azúcar, han potenciado la época como la del “siglo de oro de los chistes cubanos”.

Del Risco sostiene que esa época fue peor que la Gran Depresión de los años 20, pero sostiene que lo peor de un sistema así no es el hambre (yo pongo el hambre porque es los más notorio, acota), ni la prostitución física a un extranjero o una prostitución moral al gobierno, lo peor es la manera en que un sistema así corrompe a un ser humano.

“… cómo lo hace cómplice del abuso reiterado (que se organiza desde el poder) y que mucha gente se vaya acostumbrando y aceptando como algo natural lo que no es natural. Por eso yo creo que este libro con todo su humor, toda su ligereza, es una especie de defensa de esa decencia -y de la felicidad- que muchas veces se pierde,” dice.

Del Risco, nacido en La Habana Cuba, es historiador por la universidad de La Habana y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU) donde actualmente enseñ. Es autor de varias novelas y ha recibido premios internacionales por su obra.

El libro se presenta este sábado 30 de abril, desde las 2:00PM, en la biblioteca central de Union City ubicada en 324 43rd St. Union City, no se sorprenda que habrá doble postre: la memoria “Nuestra Hambre en La Habana” y los ensayos sobre literatura y poder “Los que van a escribir te saludan”. Ambos de Enrique Del Risco, presentados por el profesor Octavio De La Suareé. ¡A comer!

Tomado de Reporte Hispano.

jueves, 21 de abril de 2022

Preguntando sobre el hambre

 


Por Alejandro Luque

En 1990, el promedio de entierros en el principal cementerio de La Habana oscilaba entre 40 y 50 diarios. Tres años después, la cifra ascendía a los 80 a 100. Enrique Del Risco lo sabe porque trabajó allí como historiador. En aquella terrible mitad de los años 90, marcada por la caída del muro de Berlín, asistió a otros fenómenos, como la desaparición a su alrededor del transporte público, los gatos y los gordos. O la aparición de las bicicletas y el ron a granel. Lo cuenta en Nuestra hambre en La Habana (Plataforma), una crónica personal de los años más duros del llamado Periodo Especial.   

Lo primero, aparte de felicitarte porque me ha parecido magistral es saber si hay precedentes de libros que hablen del tema del Periodo Especial como crónica personal, dentro o fuera de la isla. A mí no me constan.

Gracias por la complicidad, algo de que los cubanos estamos tan necesitados en estos tiempos. A mí tampoco me consta la existencia de un libro así, algo quizás que me hubiera disuadido de escribir el mío. En medio del llamado Período Especial hubo varios libros que abordaron esa etapa terrible desde la ficción: la Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, La nada cotidiana de Zoe Valdés, El hombre la hembra y el hambre de Daína Chaviano entre los más conocidos. Existe algún libro entre el periodismo, la sociología y la apología del sistema e incluso una antología de textos de escritores sobre el Período Especial publicada en Cuba que acabo de descubrir Google mediante. Se llama No hay que llorar y según se describe en la Wikipedia local se describe como testimonios de “quienes no dejaron de soñar, crear y apostar por el futuro” y en la Cuba oficial cuando se habla de futuro obviamente se refieren al futuro del castrismo. Pero una zambullida personal a lo largo de todo un libro en aquellos recuerdos no creo que exista ningún otro. Todavía.

Voy preguntando a saltos: lo que más me ha llamado la atención es que se aborde una cosa tan seria sin patetismo, y hasta con humor. ¿Es la vaselina? ¿Salvó el humor años cubanos en aquellos años?

Tratándose de mí el humor es casi inevitable, sobre todo cuando se corre el peligro de caer en el patetismo. Hay muy pocas tragedias que justifiquen los excesos del patetismo. En el resto de los casos el patetismo es pura indecencia. También quería que Nuestra hambre en La Habana fuera fiel al joven que era en aquellos días y que, más que tomarse aquella tragedia con humor, veía en el humor un instrumento para desenmascarar aquella tragedia, porque lo peor no era que la gente se estuviera muriendo de hambre, sino que debía hacerlo en silencio. O peor, debía seguir dando vivas al régimen. Un chiste de la época decía que los cubanos éramos como las focas: teníamos el agua al cuello y todavía nos quedaban ganas de aplaudir. En todo caso el humor no salvó a los cubanos. Lo que los salvó fue el dinero de sus familiares en el exterior, la prostitución con el turismo extranjero o la fuga. Por otra parte, si aquello fue una suerte de masacre -en la que murieron miles ya fuera por causas relacionadas con las penurias de aquellos días o ahogados tratando de escapar- también es cierto que fue una masacre en cámara lenta. Y esa es precisamente la definición de comedia que alguna vez dio Woody Allen: tragedia más tiempo.

¿Fue la gran debacle de la Revolución? ¿El fracaso total? ¿O había empezado antes y disimulado, al menos de cara a la galería?

La revolución en sí misma fue una larga debacle subvencionada. Sin mencionar las violaciones de los derechos humanos que empezaron con los fusilamientos de los primeros días de 1959 so pretexto de juicios que eran puras farsas, la revolución consistió en una larga cadena de desastres económicos. Desde que, luego de apropiarse del 70% de la tierra cultivable, el Estado no tuvo mano de obra con qué cultivarla y echó mano a homosexuales, religiosos y “otros elementos antisociales” para hacerla producir. O al famoso trabajo voluntario. O a los estudiantes de escuela secundaria y preuniversitaria. O a los reclutas de la mili. Todo para que donde único abundaran las patatas fuera en los noticiarios. Cada uno de los faraónicos proyectos de Fidel Castro fracasó, desde la famosa zafra de los diez millones de toneladas de azúcar hasta la termonuclear de Juraguá. El castrismo económicamente siempre fue inviable. Lo que pasó a partir de 1990 es que dejaron de llegar las subvenciones soviéticas y toda la escenografía que se había montado con su ayuda se vino abajo.

Me interesa mucho el proceso de desengaño, porque esa inviabilidad la vemos clara hoy, pero en los 90 todavía había una parte significativa de la población cubana echando la culpa al bloqueo, etc. ¿Fue el PE el momento en que esa gente quedó sin argumento? ¿Llegaste tú a tener conversión? ¿Te caíste del caballo en camino a Damasco?

Sobraban razones para desencantarse desde mucho antes del PE. De hecho, uno de los retos constantes que tiene un régimen así es cómo reactivar a cada rato el entusiasmo de las masas. De ahí la continua necesidad de campañas de depuraciones, rectificaciones, batallas de ideas, revoluciones culturales etc. A mediados de los 80 en todo el mundo comunista cundía el mismo desencanto que salió a la luz con el proceso de la perestroika y la glasnost. Yo, que empezaba en la universidad y todavía me forzaba a creer en la bondad esencial de la revolución, pensaba que Cuba se integraría al proceso de renovación socialista que proponía Gorbachov. En aquellos tiempos en las universidades cubanas pululábamos un montón de estudiantes reformistas, perestroicos, que presionábamos a los dirigentes a todos los niveles para que se unieran al proceso de cambios. Incluso el propio Fidel Castro llegó a reunirse con los estudiantes de la facultad de periodismo, pero se fue de allí enfurecido por los cuestionamientos que le hicieron estos. El desencanto sobrevino al darnos cuenta de que el régimen no solo no estaba dispuesto a escuchar nuestros reclamos de mayores derechos y libertades (expresados muy tímidamente, eso sí) sino que nos aplastaría si nos propasábamos de ciertos límites.

El punto de no retorno fueron los juicios y condenas contra los generales Arnaldo Ochoa y José Abrantes. No tanto porque estos representaran una posibilidad de cambio (aunque hubo ciertas señales en ese sentido) sino porque en esos juicios, que terminaron con la ejecución de Ochoa y la condena y extraña muerte del ex ministro del interior, quedó más que claro que al régimen estaba dispuesto a quitarse del medio a todo el que creyera necesario. Fuimos muchos lo que nos caímos del caballo rumbo a Damasco en esos días.

La apertura al turismo fue un balón de oxígeno para el sistema, pero lo increíble es que la población siga resistiendo después de 30 años. ¿Cómo lo hace? Porque doy por hecho que las dificultades de fondo se han mantenido.

Debe tomarse en cuenta que todas las entradas económicas son acaparadas en Cuba en primer lugar por el Estado y por compañías asociadas con este. El negocio hotelero está monopolizado por la parte cubana por GAESA, que es una compañía creada por el ejército y que tiene de jefe a un ex yerno de Raúl Castro. Y encima el Estado se apropia del sueldo de los cubanos que trabajan para empresas extranjeras y luego les pagan como estimen conveniente. O del sueldo de los médicos y entrenadores deportivos que envían a trabajar al extranjero.  O cobra una tasa elevadísima sobre las remesas que se envían desde el exterior. O multiplica por 2,4 el precio de lo que vende en las tiendas de divisas convertibles. Los cubanos viven de lo que va cayendo por los intersticios de ese mecanismo gigantesco e ineficiente. De lo que logran “resolver”, que es el eufemismo cubano de robarle al Estado. Pero la mayor entrada de dinero y recursos a Cuba no ha venido del turismo sino de las remesas. En el 2019, para hablar del último año “normal” las ganancias cubanas por el turismo fueron de 2.9 mil millones de dólares y las de las remesas 3.1 mil millones y la diferencia es todavía mayor si se piensa que a diferencia del turismo las ganancias de las remesas son netas.  Pero más importante que todo lo anterior fue el monstruoso apoyo en dinero y recursos del régimen venezolano, como lo fue antes el de la Unión Soviética.

¿Y China?

China también pero no se compara con la generosidad soviética o venezolana.

¿Tan eficaz es el sistema para sofocar cualquier revuelta, o es que los cubanos están tan amansados como desmoralizados?

El Sistema es eficacísimo no solo en sofocar revueltas sino en prevenirlas. Y un recurso esencial en esa labor de prevención consiste precisamente en desmoralizar a la gente: desde disuadirlos de antemano del éxito y sentido de una revuelta hasta sembrar la desconfianza en el prójimo. Los cubanos -como en su momento los alemanes de este- viven convencidos que cada cuatro o cinco disidentes hay uno que trabaja para la seguridad del Estado. No se trata de una cuestión de nacionalidad. Los totalitarismos, donde quiera que se han establecido, han demostrado estar a prueba de insurrecciones populares. Solo han conseguido ser derrocados desde afuera (como el nazismo) o desde arriba (como el comunismo europeo). La única insurrección popular victoriosa, la de Rumanía, no habría tenido éxito sin el apoyo del ejército y sin el contexto regional. Recuérdese que la revuelta de Timisoara que detonó la explosion popular en el resto del país tuvo su origen en transmisiones televisivas desde la vecina Hungría.

De ahí lo asombrosa que fuera la masiva protesta del pasado 11 de julio en toda Cuba y la desmesurada respuesta del regimen condenando a los manifestantes entre diez y veinte años de cárcel. Quieren asegurarse a toda costa que no se repita.

Los turistas que llegaban a Cuba en los 90...

Eran como aprendices de Lope de Aguirre o de Hernán Cortés que se creían el Che Guevara. ¿O son uno los tres? Uno se preguntaba cómo se podía hacer turismo en medio de tanta miseria, pero te dabas cuenta que buscaban en Cuba el último reducto de la utopía, un territorio virgen de capitalismo, el paraíso perdido, ¡qué se yo! cualquier cosa para embellecer el hecho de que un puñado de dólares y un acento diferente se sintieran deseados, convertidos en seres superiores. Y que pudieran acostarse con algunas de las personas más bellas de un país que desde hacía mucho tiempo era parte de sus fantasías políticas y sexuales. Algo habrá cambiado desde entonces pero no lo suficiente como para que dejen de aprovecharse de la degradación que ha sufrido una sociedad que lleva demasiado tiempo bajo dictadura. Pero no solo se trataba solo de turistas. En los noventa una compañía como Meliá entró a saco en Cuba y hoy administra cuarenta hoteles en la isla, más que en ningún otro país a excepción de España. Los cubanos seguimos siendo esclavos del sueño de otros. Otros a los que les parece muy bien el mito de la Revolución siempre que se mantenga a distancia. Gracias al turismo Cuba es para buena parte de la humanidad un metaverso muy atractivo. Sobre todo si se experimenta por un tiempo limitado y con euros. Y todo eso sería simplemente ridículo si no fuera por los millones de personas reales que siguen viviendo dentro.

jueves, 14 de abril de 2022

Viajar*


No son tiempos estos en que haya que convencer a nadie de la necesidad de viajar. Si antes era cosa de aventureros y privilegiados, conocer otros países y culturas se ha convertido en costumbre, tendencia, fiebre. El aumento de la seguridad en los medios de transporte, la globalización, la internacionalización del conocimiento ha hecho al mundo más cercano, compacto, apetecible. Desde 1950, cuando se reportaron 25 millones de llegadas internacionales hasta 2019 cuando se llegó a casi mil quinientos millones la cantidad de viajeros se ha multiplicado por sesenta, una proporción que ya quisiéramos para el resto de los indicadores mundiales.

Si importante es viajar no lo es menos para qué y cómo. Que no es lo mismo hacerlo para conocer museos, salas de conciertos, costumbres, tradiciones, comidas y bebidas de otros pueblos que para atracarse con la mesa sueca de un crucero o resort. No es que tenga nada en contra de la ingestión de carbohidratos, grasas y proteínas, pero incluso cuando se trata de la gula deberíamos de ser algo curiosos. El padre de la iglesia Agustín de Hipona, más conocido luego como san Agustín, decía que “el mundo es un libro y aquellos que no viajan solo han leído la primera página”. Yo añadiría que los cuentan sus viajes por libras ganadas o lo rentable que le ha salido el “todo incluido” actúan como si en lugar de leerse el libro del mundo les bastara con hojearlo o llevarlo bajo el brazo. Cuando no comérselo. Cualquier cosa menos intentar su lectura.

Los viajes concebidos expresamente como un modo de aprendizaje son casi tan antiguos como la humanidad. Primero se trataba de la exploración de nuevos territorios como paso previo al intercambio o la conquista como son los casos paradigmáticos de Marco Polo y Cristóbal Colón. O la exploración científica como los viajes que emprendieran Alexander von Humboldt y Charles Darwin, esos ávidos lectores del libro del mundo en el siglo XIX. Fue el mismo siglo en el que se puso de moda entre el mundo artístico viajar a Italia para entrar en contacto, sin intermediarios con la bella decadencia del mundo clásico: desde Wolfgang Goethe hasta Stendhal pasando por la norteamericana Escuela del Hudson que sentó las bases del arte pictórico del Nuevo Mundo.

Más adelante el interés artístico se trasladó a París. Hasta allí peregrinaban los creadores de todas partes tanto para compartir cafés y código postal con sus ídolos artísticos como para conocer de primera mano su producción más reciente y el ambiente que la condicionaba. Más que fetichismo con determinado sitio buscaban revolucionar su perspectiva personal experimentando la mayor intensidad y variedad de impresiones que se podía concebir por metro cuadrado en aquellos tiempos. Sin sus estancias parisinas la obra de los norteamericanos Gertrude Stein, Ernest Hemingway, del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, de los argentinos Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik o de la cubana Lydia Cabrera habrían sido radicalmente distintas. “Descubrí a Cuba en la orillas del Sena” decía esta última. Porque no se trata de lo que se aprenda del mundo en general sino del profundo cambio de perspectiva que adquirimos incluso sobre lo que nos es más cercano.

Con el mundo bastante más domesticado los viajes de aprendizaje ya son parte del currículum habitual de muchas universidades. Desde el proyecto europeo de intercambio conocido como Erasmus hasta las diferentes ramas que han creado las universidades norteamericanas en lugares tan distantes como ciudad Buenos Aires, Madrid, Londres, París, Berlín, Praga, Florencia, Accra, Abu Dabhi, Sidney, Tel Aviv o Shanghai, por solo mencionar ciudades en las que mi propia universidad tiene programas. Experiencias que les sirven a los estudiantes para ensanchar su mundo, cuestionar viejas certezas, descubrir nuevas posibilidades de sí mismos. Con la carnada de idiomas y hábitos exóticos y una edad legal para beber alcohol sensiblemente más baja muchos estudiantes terminan curándose ese engreído solipsismo norteamericano que los hacía creer que los Estados Unidos es el único lugar de la tierra que merece ser habitado.

Pero el cómo es tan importante como el dónde. A principios del milenio, siendo todavía estudiante graduado les decía, medio en broma medio en serio, a los estudiantes que tomaban mi curso de verano en Madrid que nada como el alcohol para aceitar la práctica de un nuevo idioma. Pero que de poco valía que viajaran hasta Madrid si terminaban emborrachándose con otros estudiantes de su mismo país. Si querían aprender de verdad el español y su cultura debían emborracharse con los españoles. Porque pretender que no se iban a emborrachar era pura ilusión.

Apenas unas semanas bastaron para confirmar mi tesis. Justo al inicio del curso uno de los estudiantes me había preguntado de dónde era y al mencionarle mi país reconoció nunca haber oído hablar de él. No me lo tomé a mal siendo la ignorancia el más común de los vicios y le expliqué que mi país se encontraba al sur de la Florida, plantado entre el golfo de México y el mar Caribe. Al terminar el curso la mayoría de los estudiantes que se mantuvieron saliendo con compatriotas progresaron razonablemente en el dominio del español, pero sin exagerar. En cambio, aquel estudiante que al principio nos había deslumbrado con su ignorancia geográfica se manejaba con una fluidez notable. No me sorprendió pues alguna vez lo había visto, botellón de cerveza en ristre, saliendo de un vagón de metro con un grupo de muchachos locales mientras se insultaban alegremente en castellano. Sí me sorprendió, en cambio, que me dijera que estaba escuchando algunos de los mejores grupos musicales cubanos, aunque no necesariamente los más obvios. Un conocimiento impresionante sobre un país que seis semanas atrás ignoraba su existencia. Pero más que el alcohol el milagro lo obró la compañía con que se había rodeado aquel muchacho y su evidente deseo de sumergirse de lleno en el mundo que se abría ante él.

martes, 12 de abril de 2022

Nuestra hambre en La Habana: el trailer

Imagina un mundo postapocalíptico. O sin post, un apocalipsis puro, pero en cámara muy lenta.
Imagina un país sin combustible ni transporte público, casi sin electricidad, sin restaurantes, ni cafeterías. 
En fin, sin comida y sin libertad, ni siquiera para quejarte. 
O para llamar a lo que sientes por su nombre. 
Y el nombre es Hambre.




Enrique Del Risco: “Los turistas que venían a Cuba en los 90 eran aprendices de Hernán Cortés que se creían el Che Guevara”*

Por Alejandro Luque

En 1990, el promedio de entierros en el principal cementerio de La Habana oscilaba entre 40 y 50 diarios. Tres años después, la cifra ascendía a los 80 a 100. Enrique Del Risco lo sabe porque trabajó allí como historiador. En aquella terrible mitad de los años 90, marcada por la caída del muro de Berlín, asistió a otros fenómenos, como la desaparición a su alrededor del transporte público, los gatos y los gordos. O la aparición de las bicicletas y el ron a granel. Lo cuenta en Nuestra hambre en La Habana (Plataforma), una crónica personal de los años más duros del llamado Periodo Especial.

Habanero de 1967, Del Risco es actualmente profesor de la Universidad de Nueva York, y ha publicado libros de relatos como Lágrimas de cocodrilo o ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? y la novela Turcos en la niebla, que obtuvo el premio Unicaja Fernando Quiñones. En aquel tiempo, sin embargo, era un joven graduado en Historia que confiaba en que Cuba se integraría en los procesos renovadores de Gorbachov. “En aquellos tiempos en las universidades cubanas pululábamos un montón de estudiantes reformistas, perestroicos, que presionábamos a los dirigentes a todos los niveles para que se unieran al proceso de cambios. El desencanto sobrevino al darnos cuenta de que el régimen no solo no estaba dispuesto a escuchar nuestros reclamos de mayores derechos y libertades –expresados muy tímidamente, eso sí– sino que nos aplastaría si nos propasábamos de ciertos límites”.

El punto de no retorno fueron, recuerda, los juicios y posteriores ejecuciones de los generales Arnaldo Ochoa y José Abrantes, con los que el régimen mostró su rostro más inflexible. Para muchos empezó ahí su desafección a la utopía castrista, respaldada por la lucha cotidiana por conseguir una pastilla de jabón o una pieza de pan. Para Del Risco, fue la culminación de un fracaso: “La Revolución en sí misma fue una larga debacle subvencionada”, asevera. “Sin mencionar las violaciones de los derechos humanos que empezaron con los fusilamientos de los primeros días de 1959, la Revolución consistió en una larga cadena de desastres económicos. Desde que, luego de apropiarse del 70% de la tierra cultivable, el Estado no tuvo mano de obra con qué cultivarla y echó mano a homosexuales, religiosos y ‘otros elementos antisociales’ para hacerla producir. O al famoso trabajo voluntario. O a los estudiantes de escuela secundaria y preuniversitaria. O a los reclutas de la mili. Todo para que el único sitio donde abundaran las patatas fuera en los noticiarios”.
Apagones y enfermedades

“Cada uno de los faraónicos proyectos de Fidel Castro fracasó, desde la famosa zafra de los diez millones de toneladas de azúcar o el de la termonuclear de Juraguá”, resume el autor. “El castrismo económicamente siempre fue inviable. Lo que pasó a partir de 1990 es que dejaron de llegar las subvenciones soviéticas y toda la escenografía que se había montado con su ayuda se vino abajo”.

El escritor, que ha llegado a pesar 50 kilos más que en sus años habaneros, describe la dantesca cotidianidad de una capital que se reducía lentamente a ruinas, que se veía sometida a larguísimos apagones, de la que escaparon 45.000 balseros en cinco años, y un número indeterminado de ellos acabó devorado por los tiburones del estrecho de Florida; una capital en la que la falta de nutrientes y de higiene producía enfermedades que llevaban a la invalidez y la ceguera, desataban epidemias de polineuritis, neuropatía óptica o beriberi, o disparaba los suicidios.


Y sin embargo, Del Risco no renuncia al humor para contar lo vivido, sobre todo para escapar del patetismo. “El humor fue entonces un instrumento para desenmascarar aquella tragedia, porque lo peor no era que la gente se estuviera muriendo de hambre, sino que debía hacerlo en silencio. O peor, debía seguir dando vivas al régimen. Un chiste de la época decía que los cubanos éramos como las focas: teníamos el agua al cuello y todavía nos quedaban ganas de aplaudir”.

“En todo caso -matiza- el humor no salvó a los cubanos. Lo que los salvó fue el dinero de sus familiares en el exterior, la prostitución con el turismo extranjero o la fuga. Por otra parte, si aquello fue una suerte de masacre -en la que murieron miles ya fuera por causas relacionadas con las penurias de aquellos días o ahogados tratando de escapar- también es cierto que fue una masacre en cámara lenta. Y esa es precisamente la definición de comedia que alguna vez dio Woody Allen: tragedia más tiempo”.
Turismo salvador

Cómo logró el poder evitar que una población de once millones de cubanos hambrientos no se rebelara contra él es otra de las incógnitas que Del Risco trata de responder. “El sistema es eficacísimo no solo en sofocar revueltas sino en prevenirlas”, dice. “Y un recurso esencial en esa labor de prevención consiste precisamente en desmoralizar a la gente: desde disuadirlos de antemano del éxito y sentido de una revuelta hasta sembrar la desconfianza en el prójimo. Los cubanos -como en su momento los alemanes del este- viven convencidos que cada cuatro o cinco disidentes hay uno que trabaja para la seguridad del Estado”.

Para el escritor, “no se trata de una cuestión de nacionalidad. Los totalitarismos, donde quiera que se han establecido, han demostrado estar a prueba de insurrecciones populares. Salvo en Rumanía, solo han conseguido ser derrocados desde afuera –como el nazismo– o desde arriba, como el comunismo europeo. De ahí lo asombrosa que fuera la masiva protesta del pasado 11 de julio en toda Cuba y la desmesurada respuesta del régimen condenando a los manifestantes entre diez y veinte años de cárcel. Quieren asegurarse a toda costa de que no se repita”.El balón de oxígeno que el Castrismo encontró para aliviar la asfixia económica fue el turismo. 30 años después, la depauperada Cuba sigue dependiendo de él tanto como de los envíos de dinero de los cubanos del exterior. “Debe tomarse en cuenta que todas las entradas económicas son acaparadas en Cuba en primer lugar por el Estado y por compañías asociadas con este”, explica. “El negocio hotelero está monopolizado por la parte cubana por GAESA, que es una compañía creada por el ejército y que tiene de jefe a un ex yerno de Raúl Castro. Y encima el Estado se apropia del sueldo de los cubanos que trabajan para empresas extranjeras y luego les pagan como estimen conveniente. O del sueldo de los médicos y entrenadores deportivos que envían a trabajar al extranjero. O cobra una tasa elevadísima sobre las remesas que se envían desde el exterior. O multiplica por 2,4 el precio de lo que vende en las tiendas de divisas convertibles”.

Así, concluye Del Risco, “los cubanos viven de lo que va cayendo por los intersticios de ese mecanismo gigantesco e ineficiente. De lo que logran resolver, que es el eufemismo cubano de robarle al Estado. Pero la mayor entrada de dinero y recursos a Cuba no ha venido del turismo sino de las remesas. En el 2019, para hablar del último año ‘normal’, las ganancias cubanas por el turismo fueron de 2,9 mil millones de dólares y las de las remesas 3,1 mil millones y la diferencia es todavía mayor si se piensa que a diferencia del turismo las ganancias de las remesas son netas. Pero más importante que todo lo anterior es el monstruoso apoyo en dinero y recursos del régimen venezolano, como lo fue antes el de la Unión Soviética”.
Paraíso perdido

Hay un momento en Nuestra hambre en La Habana en que su autor se pregunta por qué venían los turistas a Cuba. “Eran como aprendices de Lope de Aguirre o Hernán Cortés que se creían el Che Guevara. ¿O son uno de los dos? Uno se preguntaba cómo se podía hacer turismo en medio de tanta miseria, pero te dabas cuenta de que buscaban en Cuba el último reducto de la utopía, un territorio virgen de capitalismo, el paraíso perdido, ¡qué se yo! cualquier cosa para embellecer el hecho de que un puñado de dólares y un acento diferente les convirtiera en deseados, en seres superiores. Y que pudieran acostarse con algunas de las personas más bellas de un país que desde hacía mucho tiempo era parte de sus fantasías políticas y sexuales”.

Del Risco no oculta cierto resentimiento hacia aquellas figuras atraídas por las playas de arenas doradas y los daiquiris, pero también por toda la mitología revolucionaria. “Algo habrá cambiado desde entonces, aunque no lo suficiente como para que dejen de aprovecharse de la degradación que ha sufrido una sociedad que lleva demasiado tiempo bajo dictadura. Pero no se trataba solo de turistas. En los noventa una compañía como Meliá entró a saco en Cuba y hoy administra cuarenta hoteles en la isla, más que en ningún otro país a excepción de España”.

“Los cubanos seguimos siendo esclavos del sueño de otros”, apostilla el escritor. “Otros a los que les parece muy bien el mito de la Revolución siempre que se mantenga a distancia. Gracias al turismo Cuba es para buena parte de la humanidad un metaverso muy atractivo si se experimenta por un tiempo limitado y con euros, lo cual sería simplemente ridículo si no fuera por los millones de personas reales que siguen viviendo dentro”.


*Tomado de El Diario

jueves, 24 de marzo de 2022

¿Por qué los dictadores no tienen sentido del humor?

 

Por Srdja Popovic

[Extracto del libro Plan para la revolución: cómo utilizar arroz con leche, hombres de Lego y otras técnicas no violentas para impulsar comunidades, derrocar dictadores o simplemente cambiar el mundo]

Fue al principio de nuestros esfuerzos para derribar a Slobodan Milosevic y, como todos los activistas novatos, tuvimos un momento de ajuste de cuentas. Mirando por toda la sala en una de nuestras reuniones, nos dimos cuenta de que éramos un grupo de niñatos serbios y, en lugar de concentrarnos en lo que teníamos a nuestro favor, comenzamos a obsesionarnos con todo lo que no teníamos. No teníamos un ejército. No teníamos mucho dinero. No teníamos acceso a los medios de comunicación, que eran prácticamente todos estatales. Nos dimos cuenta de que el dictador tenía tanto una visión como los medios para hacerla realidad; sus medios consistían en infundir miedo. Teníamos una visión mucho mejor -pero pensamos en esa noche sombría- no había forma de convertirla en realidad.

Fue entonces cuando se nos ocurrió lo del barril de la risa.

La idea era realmente muy simple. Mientras hablábamos, alguien seguía hablando de cómo Milosevic solo ganó porque hacía que la gente tuviera miedo, y alguien más dijo que lo único que podía vencer al miedo era la risa. Fue una de las cosas más sabias que he escuchado. Como las parodias de Monty Python siempre han estado a la altura de Tolkien para mí, sabía muy bien que el humor no solo te hace reír, te hace pensar. Empezamos a contar chistes. En una hora, nos pareció completamente posible que todo lo que realmente necesitábamos para derribar el régimen eran algunas risas saludables. Y teníamos muchas ganas de empezar a reír.

Recuperamos un barril viejo y maltratado de un sitio de construcción cercano y se lo entregamos al diseñador "oficial" de nuestro movimiento, mi mejor amigo, Duda, una diseñadora, y le pedimos que dibujara un retrato realista de la cara del temible líder. Duda estuvo encantada de ayudar. Cuando volvimos uno o dos días después, teníamos a Milosevic en un barril, con una sonrisa malvada, con la frente marcada por las numerosas manchas de óxido del barril. Era una cara tan cómica que hasta un niño de 2 años la habría encontrado divertida. Pero no habíamos terminado. Le pedimos a Duda que pintara un letrero grande y bonito que dijera "Golpea su cara por solo un dinar". Eso era alrededor de dos centavos en ese momento, por lo que fue un trato bastante bueno. Luego llevamos el cartel, el barril y un bate de béisbol a la calle Knez Mihailova, la principal avenida peatonal de Belgrado. Justo al lado de la Plaza de la República, la calle Knez Mihailova siempre está llena de compradores y paseantes, ya que allí es donde todos van para ver las últimas modas y reunirse con sus amigos para tomar una copa por las tardes. Colocamos el barril y el letrero justo en el medio de la calle, justo en el centro de toda la acción, y nos retiramos rápidamente al Emperador Ruso, una cafetería cercana, para mirar.

Los primeros transeúntes que notaron el barril y el letrero parecían confundidos, sin saber qué hacer con la descarada muestra de disidencia allí al aire libre. Las siguientes 10 personas que lo revisaron estaban más relajadas; algunos incluso sonrieron, y uno fue tan lejos como para levantar el bate y sostenerlo por unos momentos antes de dejarlo y alejarse rápidamente. Luego, el momento que habíamos estado esperando: un joven, solo unos años más joven que nosotros, se rio a carcajadas, registró sus bolsillos, sacó un dinar, lo tiró en un agujero en la parte superior del barril, recogió el bate, y con un golpe gigantesco aplastó a Milosevic en la cara. Se podía escuchar el ruido sordo reverberar cinco cuadras en cada dirección. Debe haberse dado cuenta de que con las pocas radios y periódicos independientes que quedaban en Belgrado criticando al gobierno todo el tiempo, una abolladura en un barril no lo llevaría a la cárcel. Para él, el riesgo de acción era aceptablemente bajo. Y una vez que tomó su primera grieta en la cara de Milosevic, otros comenzaron a darse cuenta de que ellos también podían salirse con la suya. Era algo entre la presión de grupo y una mentalidad de mafia. Pronto, los transeúntes curiosos se alinearon para su turno al bate y propinaron sus propios golpes. La gente empezó a mirar, luego a señalar, luego a reír. En poco tiempo, algunos padres animaban a sus hijos, que eran demasiado pequeños para el bate, a patear el barril con sus diminutas piernas. Todo el mundo se estaba divirtiendo, y el sonido de este barril al ser golpeado resonaba hasta el parque Kalemegdan. No pasó mucho tiempo para que los dinares se derramaran en el barril y para que la obra maestra artística de la pobre Duda, la severa y seria cara del Sr. Milosevic, fuera golpeada hasta quedar irreconocible por una multitud entusiasta y alegre.

Mientras esto sucedía, mis amigos y yo estábamos sentados afuera en el café, bebiendo espressos dobles, fumando Marlboro y riendo a carcajadas. Fue divertido ver a todas estas personas desahogándose con nuestro barril. Pero la mejor parte estaba por delante.

Lo mejor llegó con la policía. Tardó 10 o 15 minutos. Un coche patrulla se detuvo cerca y dos policías regordetes bajaron e inspeccionaron la escena. Fue entonces cuando se me ocurrió mi querido juego "Finge ser policía". Lo jugué por primera vez en el café ese día. Sabía que el primer instinto de la policía sería arrestar a la gente. Normalmente, por supuesto, arrestarían a los organizadores de la manifestación, pero no estábamos por ningún lado. Eso dejó a los oficiales con solo dos opciones. Podrían arrestar a las personas que hacían fila para golpear el barril, incluidos los camareros de los cafés cercanos, chicas atractivas con bolsas de compras y un grupo de padres con niños, o podrían confiscar el barril mismo. Si fuera por la gente, causarían indignación, ya que difícilmente haya una ley en el código que prohíba la violencia contra los cilindros de metal oxidado, y los arrestos masivos de transeúntes inocentes son la forma más segura para que un régimen radicalice incluso a sus ciudadanos previamente pacificados.

Lo que dejaba solo una opción viable: arrestar el barril. A los pocos minutos de su llegada, los dos oficiales corpulentos ahuyentaron a los espectadores, se colocaron a ambos lados de la aquella cosa asquerosa y se la llevaron en su coche patrulla. Otro amigo nuestro, un fotógrafo de un pequeño periódico estudiantil, estuvo presente para fotografiar este espectáculo. Al día siguiente, nos aseguramos de difundir sus fotografías por todas partes. Nuestro truco terminó en la portada de dos periódicos de la oposición, el tipo de publicidad que literalmente no podrías comprar. Esa imagen realmente valía más que 1,000 palabras: le decía a cualquiera que la viera que la temida policía de Milosevic en realidad solo consistía en un grupo de tontos cómicamente ineptos.

Por supuesto, esto fue solo el comienzo. Durante los siguientes seis años, mis amigos y yo construimos Otpor (serbio para la resistencia), un movimiento social no violento que desafió al régimen de Milosevic, lo despojó de su legitimidad y lo llevó a su caída. Pero comenzó socavando el miedo de la gente. Comenzó con una broma.

Hoy, mis colegas y yo ayudamos a formar movimientos democráticos no violentos en todo el mundo, y la historia del barril es una de las primeras historias que compartimos con aspirantes a activistas. Y, sin falta, cada vez que la gente se entera dice más o menos lo que hicieron mis amigos egipcios cuando los paseamos por la Plaza de la República. “Nunca funcionará en mi país”. Pero les recuerdo a mis nuevos amigos que, si bien el humor varía de un país a otro, la necesidad de reír es universal. Me di cuenta de esto mientras viajaba para reunirme con activistas de todo el mundo. Es posible que las personas del Sáhara Occidental o Papua Nueva Guinea no estén de acuerdo conmigo sobre qué es exactamente lo que hace que algo sea divertido (para obtener más información sobre esto, consulte cualquier "comedia" alemana), pero todos están de acuerdo en que lo divertido triunfa sobre lo temible en cualquier momento. Los buenos activistas, como los buenos comediantes, solo necesitan practicar su oficio.