martes, 13 de diciembre de 2022

Obras encogidas: XXX aniversario

 

Hace tiempo mi carnal Armando Tejuca me viene insistiendo en que no debo dejar pasar este año sin celebrar el treinta aniversario de mi primer libro, el plaquette que llevó por título el de “Obras encogidas”. Ocho cuentecillos humorísticos cargados con la máxima malicia permisible en aquellos días. Que apareciera tal librillo en 1992, en pleno Período Especial, y nada menos que en la Editorial Abril que era la de la UJC es un milagro con nombre y apellidos: Luis Felipe Calvo Bolaños, fundador del grupo Nos-Y-Otros, corrector y redactor de la revista Caimán Barbudo y amigo para todo lo que sea posible.

De la antigua sede en la calle Paseo el Caimán Barbudo -como una de las medidas de emergencia en medio de la crisis de casi todo- había sido confinado a un rincón de la Editorial Abril. Dicha editorial se alojaba en el mismo edificio de Prado y Teniente Rey que había sido la sede del Diario de la Marina, el -más antiguo de ellos periódicos latinoamericanos en activo, pasado a jubilación forzosa en mayo de 1960 junto al resto de la prensa cubana independiente. Como antes en la sede de Paseo hasta allí iba cada vez que podía a ver a Luis Felipe. Ahora lo visitaba desde mi trabajo en un museo olvidado de la Habana Vieja para de paso matar el hambre en el comedor de la editorial, uno de los pocos que permanecía abierto en la zona.

Cuando Luis Felipe, junto a otros miembros de la editorial, inició el proyecto de Ediciones Poramor (¿al arte? ¿Poramor se está hasta matando?) yo era -literalmente- uno de los autores que tenía más a mano. Puro sociolismo que les agradezco. Por fortuna los cuentos apenas pasaron por el escrutinio cómplice de Luis Felipe y de alguien más en dicho sello de ahí que pudieran ver la luz historias como aquellas: la de la biografía de Carlos Marx que no conseguía ingresar a un núcleo del PCC, la de la suerte de una oscura tribu de cazadores de noticias, la de una brigada de estudiantil por la Sierra Maestra que terminaba mutilando a uno de ellos guajiritos que había ido colonialmente a redimir.

Las ilustraciones y el diseño de portada corrieron a cargo de Armando Tejuca a quien nunca le agradeceré bastante todo el talento derrochado en mejorar visualmente mis libros a lo largo de los años. Quisimos que cada detalle se convirtiera en una burla de algo. Desde el título “Obras encogidas” que sería complementado por una numeración exagerada de las páginas -en realidad solo 24- que aunque planeé elevarla hasta 600 páginas apenas se pudo alterar hasta las cincuenta y tantas. Mi propia minibiografía era una parodia de la de aquellos escritores “revolucionarios” que exhibían cuanto mérito “combativo” pudieran atribuirse: desde participar en los combates de Girón a ser secretarios del sindicato en su centro de trabajo. La lista de “últimos libros publicados” era igualmente paródica en la que se mezclaban títulos reales con otros de libros inexistentes como “La leve determinación del ser social” o “Historia Universal con final feliz”.

Difícil imaginarse comienzo más modesto de una carrera que nunca ha brillado demasiado. Si no por las historias que contiene “Obras encogidas” es por la sarta de complicidades que lo hizo posible que, en vez de renegar de este librito, lo celebro con orgullo. Muchas gracias a todos los que hicieron posible su aparición o que luego ayudaron a promoverlo en la -literalmente- oscura Cuba de la primera mitad de los 90.  

P.D.:

Para leer el libro descargar aquí

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