martes, 5 de mayo de 2020

Wall Street aprende (‘una poquita’ de) español*

Como ya venía siendo tradición, al puntillazo del imperio colonial español en América en 1898 le siguió el estrechamiento de los lazos entre Nueva York y Latinoamérica. Y quien dice lazos, dice cadenas, cables, tuberías. Porque ya para esos años cuanta inversión se perdía en la más remota mina sudamericana debía buscársela en Wall Street, el sitio donde el capitalismo apuesta su futuro con dinero del presente.

Dado el recién adquirido control de Cuba y Puerto Rico (que si la primera era una república y la segunda una colonia lo dejamos en manos de especialistas en determinar si la mordida proviene de galgos o podencos) era natural que el objetivo primordial de aquellas apuestas fuera el principal producto que proporcionaba el Caribe: diabetes pura en la forma de sacos de azúcar.

Y quien dice Cuba y Puerto Rico dice República Dominicana que está en el medio, y las Antillas Mayores son así de pegajosas. Pero para asegurar la inversión se tramitó en Dominicana una intervención militar, que rima con inversión, y que duró más de ocho años, entre 1916 y 1924. Que las apuestas hay que asegurarlas a como dé lugar.

En Estados Unidos la industria azucarera seguía siendo dominada por los Havemeyer de Brooklyn quienes, para que se notara menos el control familiar, en 1891 nombraron la compañía American Sugar Refining Company. Y a partir de 1900 la rebautizaron como Domino Sugar, para que se confundiera con un juego de mesa.

Pero no todo en la vida es endulzar el café y los pancakes. También está el asunto de iluminarse y comunicarse con el prójimo para explicarle, entre otras cosas, cómo van sus inversiones al sur de la frontera. Hablo del auge de la electrificación y de la comunicación que sacudió Estados Unidos con el cambio de siglo. Quien dice electricidad y teléfonos dice cable.

En primera fila de inversiones en minas de cobre estaban los Guggenheim que antes de ser museo en forma de espiral (o de cáscara de naranja para los que anden flojos en geometría) habían invertido en minas de cobre de Arizona, estado previamente escamoteado a México en un momento de distracción. Luego invirtieron en minas en Chile y Perú en una compleja operación que requería esfuerzos como pronunciar la palabra “Chiquicamata”, el nombre de la mayor mina de cobre del mundo a cielo abierto.

Por su parte, James Ben Ali Haggin, abogado de Kentucky y criador de caballos de raza, se alió con otros millonarios afincados en Nueva York (J.P. Morgan, Henry Frick) para crear la Cerro de Pasco Corporation con sede en Broad Street y que al cabo de un par de décadas tendría el control del 80% del negocio del cobre a nivel mundial.

Y quien dice electricidad también dice petróleo y para eso estaban los Rockefeller, ya asentados en Nueva York. Cuando todavía no les había dado por las pistas de patinaje y los árboles de Navidad invirtieron en la extracción de petróleo en México, Perú y Venezuela, países que, los pobres, no sabían qué hacer con ese chapapote maloliente en que se habían convertido los dinosaurios fermentados.
Pero tanto trasiego de mercancías necesitaba de vías más expeditas. Y para eso nada mejor que darle un empujoncito al viejo sueño de construir un canal en Centroamérica, sueño que llevaba años trabado en las circunvoluciones cerebrales del imperialismo francés. Es cuando aparece otro neoyorquino, el abogado William Cromwell, aliado al banquero J.P. Morgan (ese nunca ha sabido ser teatro o museo), para convencer al gobierno de que convenciera a Colombia para construir un canal. Pero como los colombianos se pusieron remolones, otro neoyorquino, el entonces presidente Teddy Roosevelt, ayudó a Panamá a independizarse de Colombia. Y, por supuesto, el primer acto soberano del gobierno panameño fue acordar la construcción de un canal bajo el control de Estados Unidos.

Tomado de Nuestra Voz.

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