jueves, 14 de julio de 2022

El remolcador*

NOTI





remolcador 13 de marzo

En la mañana del 13 de julio de 1994 la radio cubana anunciaba con una celeridad rarísima cuando de noticias importantes se trataba: «Zozobró embarcación robada por elementos antisociales. En la madrugada de hoy, elementos antisociales sustrajeron por la fuerza una embarcación del puerto de La Habana con el fin de abandonar ilegalmente el país». En los días siguientes la propaganda oficial insistió en los términos «robo», «antisociales», «naufragio». Una semana después del hundimiento del remolcador Trece de Marzo presentaron a uno de los supervivientes en televisión declarando que el hundimiento había sido accidental. Que los únicos culpables del naufragio en el que murieron hijos suyos eran él y los que lo acompañaron en la fuga al usar una embarcación demasiado vieja para resistir la navegación en alta mar.

Ya para entonces la radio de Miami llevaba días difundiendo declaraciones de supervivientes que se habían comunicado por teléfono desde La Habana. De las setenta y dos personas que viajaban en el Trece de Marzo, se habían ahogado treinta y siete, diez de las cuales eran niños de entre seis meses y doce años de edad. Los organizadores de la fuga eran trabajadores del puerto: gente que sabía navegar y que en los meses previos se ocupó de reparar y poner a punto la embarcación. Por la radio «enemiga» también supimos que el remolcador fue hundido intencionalmente por cuatro naves que lo esperaron a la salida de la bahía. Que embistieron al Trece de Marzo y le lanzaron chorros de agua para hundirlo. Que en un último intento por frenar el ataque, una madre salió a cubierta mostrando su niño a los atacantes, pero el chorro de uno de los cañones de agua se lo arrebató de las manos.

En Cuba el más amplio recuento del hundimiento del Trece de Marzo lo hizo Fidel Castro en persona. Ya el escándalo se había extendido lo suficiente como para que las versiones de los amanuenses de turno no bastaran. En la versión de Quientusabes —como puede comprobarse en la correspondiente edición del Granma—, un grupo de obreros del puerto, en su afán por recuperar su instrumento de trabajo —el remolcador—, chocan accidentalmente con la embarcación cargada de antisociales y la hunden. No menciona que en el Trece de Marzo viajaban niños. Ni siquiera habla de los chorros de agua, a los que se aludía en una versión oficial anterior, y justifica las acciones de los responsables directos del hundimiento diciendo que «El comportamiento de los obreros fue ejemplar porque trataron de que no les robaran su barco». Quientusabes descarta cualquier posibilidad de enjuiciarlos por la muerte de casi cuatro decenas de personas preguntándose retóricamente: «¿Qué les vamos a decir ahora? ¿Que dejen que les roben los barcos, sus medios de trabajo? ¿Qué vamos a hacer con esos trabajadores que no querían que les robaran su barco, que hicieron un esfuerzo verdaderamente patriótico, pudiéramos decir, para que no les robaran el barco? ¿Qué les vamos a decir?».

Fidel Castro podría haberse desentendido de los que hundieron el remolcador, haber cuestionado su decisión de perseguirlo. Podría incluso haber simulado un juicio y un castigo. Pero con ello habría anulado el objetivo principal del hundimiento del remolcador: advertirles a todos los cubanos lo que les esperaba si insistían en escaparse de la isla. La versión de Fidel Castro terminaba confirmando indirectamente la de la radio de Miami. Quien conozca la mecánica de Aquello sabe lo impensable que resulta que un grupo de trabajadores tengan la iniciativa de tomar cuatro barcos del Estado para perseguir a otro en fuga. De ser sorprendidos durante el asedio al barco prófugo, la mayor preocupación de los perseguidores consistiría en demostrar que no intentaban escapar junto con los fugitivos.

Los detalles de las diferentes versiones, oficiales o no, sugieren que todo sucedió más o menos así: alertadas de que un grupo considerable planeaba escapar de la isla usando un remolcador del puerto de La Habana, las autoridades deciden poner en marcha su propio plan. No se trata de sorprender a las setenta y dos personas mientras abordan la embarcación. Ni luego, mientras salen de la bahía. El plan será hundirlos en alta mar con discreción suficiente para que parezca un accidente, aunque no tanta como para que el resto de los cubanos no capte la advertencia: a partir de entonces no habrá contemplaciones con nadie, ni siquiera ante mujeres o niños. Pero para llevar a cabo el plan no usarían a las tropas guardacostas, la opción más lógica, sino a los trabajadores del puerto. Para que parezca una iniciativa de la clase obrera en defensa de sus intereses.

Suena increíble, por supuesto, pero Quientusabes tenía especial debilidad por que sus actos represivos parecieran iniciativa espontánea del pueblo. Ese mismo pueblo al que había privado de toda capacidad para tomar decisiones propias. Una táctica vieja y repetida. Como al crear las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, supuesta organización popular dedicada a reprimir a la oposición. O al usar un contingente de obreros de la construcción en labores represivas cuando en realidad se trataba en muchos casos de policías secretos disfrazados de constructores que repartían golpes en nombre del pueblo. Un recurso que puede parecer ridículo, pero que, para quien tenga suficientes ganas de creérselo, funciona.

Quienquiera que organizara la operación (y una de esa envergadura solo podía tener un nombre) debió apostar los barcos en las afueras de la bahía. Hacer que todo ocurriera en alta mar, sin testigos ni supervivientes. Eso explicaría que no se detuvieran cuando las mujeres mostraron a sus niños. O que no les bastara con embestir el barco o dispararle con cañones de agua y que, una vez hundido el remolcador, los barcos atacantes dieran vueltas alrededor de los supervivientes para que terminaran de de ahogarse. De acuerdo con estos, solo fueron rescatados cuando un barco mercante griego se aproximó al lugar del hundimiento y los obligó a cambiar de plan. Un crimen perfecto si tu idea de la perfección incluye la muerte de casi cuarenta personas, incluidos diez niños.

1 comentario:

  1. Y el resto del mundo (y hablo del mundo "bueno") igual que si nada, empezando por nuestros "hermanos" y nuestra "madre." Sobra decir que estas vidas ahogadas no importan.

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