martes, 3 de noviembre de 2026

La coartada Lezama*

Fue en el verano del 2018. En un pueblo costero portugués, cercano a Sintra, mi anfitrión peruano me invitó al cumpleaños de un amigo. Una cena familiar donde los de fuera (de la familia o el país) éramos apenas mi amigo peruano, una brasileña y yo. Se comió en abundancia y calidad, se bailó y con ayuda de la brasileña no dejé en mal lugar el nombre de la patria, proeza escasa dado el público apacible y sedentario que nos rodeaba. Luego vinieron placeres más exquisitos. Resultó que nuestros anfitriones constituían una familia de consumados artistas. El cumpleañero era guitarrista, un hermano suyo tenor de la Ópera de Lisboa y el otro, el genio de la familia, con melena abundante y perpetuamente cruzado de brazos, era compositor de música contemporánea que acababa de recibir un importante premio en Francia. Esa noche se cantó, se recitó y, para rematar, el hermano tenor entonó una versión del poema "El Tajo" de Fernando Pessoa ("El Tajo es más bello que el río que pasa por mi aldea,/pero el Tajo no es más bello que el río que pasa por mi aldea/ Porque el Tajo no es el río que pasa por mi aldea"). Y yo, para que no se dijera que Cuba solo producía bailarines, leí un par de los poemas más socorridos de Lezama: "Ah, que tú escapes" y "Una oscura pradera me convida". Presumo que en aquella audiencia lusófona los versos de Lezama leídos en español causaron una impresión tan honda como los de Pessoa cantados en su lengua original causaron en mí.

Sin ser lezamiano esa noche tenía claro que Lezama es nuestro poeta de salir, el único capaz de hacer un papel decente cuando en la sala flota un espectro de la densidad de Fernando Pessoa. Para cuando eché mano a la poesía de Lezama como una banda turística acude a "Lágrimas negras", el poeta había logrado sobrevivir a la censura cerrada de sus últimos años de vida y los primeros de su muerte; al fervor clandestino y asfixiante de los lezamianos de los 80; a la hipócrita canonización gubernamental de los 90; y a los llamados a matar al padre literario de los mismos que antes lo adoraban en las catacumbas. Incluso uno de los principales órganos propagandísticos del mismo régimen que había perseguido y humillado sistemáticamente al poeta llevaba como nombre La Jiribilla en honor al "ángel de ese escritor cubano y universal que fue José Lezama Lima". Aun así, hasta ahora el más venerado de los escritores cubanos del siglo XX no había tenido quien le escribiera su biografía.

La monumental obra en tres tomos y más de mil páginas que construye Ernesto Hernández Busto con el pretexto de la vida del poeta de Trocadero 162 —Años de formación (1910-1939) y Años de fundación (1939-1959) y Años de fundación (1959-1976)— viene a romper este inexplicable silencio biográfico. No se trata solo de la ausencia de biografías de tal o más cual poeta, por importante que sea. En el prólogo de su obra Hernández Busto se queja de que si "las biografías constituyen un índice del nivel de una república literaria tendríamos que reconocer que la literatura cubana está entre las menos civilizadas del idioma". De entrada, el gesto del biógrafo se declara civilizatorio. Como quien chapea los trillos que conducen a unas ruinas invadidas por la maleza. O como quien, antes de proponer la lectura de ciertos clásicos, lanza una campaña alfabetizadora. En este caso se trata de enseñar a leer la vida de Lezama como vía de entrada a su obra. O de salida. De ahí la insistencia de Hernández Busto en justificar su esfuerzo. En una cultura en la que se impone el menosprecio por un género, el biográfico, considerado secundario allí donde a la ficción le asignan los pocos laureles disponibles, ningún pretexto parece suficiente. Menos cuando se trata de escribir sobre un vida tan apacible y lineal como la de Lezama. Fundador de varias revistas esenciales, sí, y autor de textos acusados de herméticos, Lezama apenas se apartó en su vida adulta del trayecto que lo llevaba de la casa al trabajo, a algunas de sus librerías favoritas o a casa de ciertos sus amigos. Se comentan, por escasos, sus únicos dos viajes al extranjero. Uno a México, que ayudó a redondear su visión de Hispanoamérica, y otro a Jamaica, que propició uno de sus poemas más conocidos. Más llamativo aún es que apenas conociera el resto de la isla en que nació ni pareciera demasiado interesado en hacerlo.

La ficción de la no ficción

Para que, con esa escasa materia vital, Hernández Busto construya uno de los libros más fascinantes que haya leído en mucho tiempo no basta con la mezcla de devoción y suspicacia con que debe armarse toda biografía que se respete. Hernández Busto apela a una triple estrategia. Por un lado, a un laborioso trabajo de archivo que trasmuta los perezosos lugares comunes de la vida del biografiado en historias llenas de interés humano, como ocurre con la muerte del padre cuando Lezama solo contaba con nueve años. Por otra parte, está el uso intensivo que hace de la relación entre la vida y la escritura del autor para iluminar a ambas. Porque no solo se trata de sorprender rastros autobiográficos en su novela Paradiso, sino de usar los textos literarios para entender ciertos momentos de la vida de Lezama o las zonas más oscuras de su psicología. Gracias a la inteligente lectura cruzada de datos biográficos y textos literarios da la impresión de que la historia de José Cemí, el protagonista de Paradiso explica mejor la vida de su autor que lo que la vida de Lezama ayuda a explicar a su alter ego.

Pero lo atractivo de este libro más allá de la tribu de los devotos y estudiosos del poeta es ver cómo Hernández Busto ha convertido la biografía del mayor poeta cubano de su siglo en una informada, compleja y seductora historia de la cultura de la Isla. El biógrafo usa primero como coartada la necesidad de crear un contexto que nos informe del medio cultural en el que surgió Lezama y luego, explora las múltiples ramificaciones que su impacto como escritor y mentor cultural tuvo no solo en los escritores de su generación, sino en creadores de otros ámbitos, sobre todo en la pintura y la llamada música culta. La breves biografías e historias entrelazadas de los diferentes personajes que transitan por el universo Lezama no tienen desperdicio, incluso las de aquellos que se asoman como meros figurantes y que gracias a la curiosidad del biógrafo adquieren en el libro un rostro propio. Y si recorrer estos dos primeros tomos llega a ser tan apasionante es porque hilando vidas y acontecimientos Hernández Busto termina haciendo de la historia de Lezama y sus circunstancias una novela sin ficción. El biógrafo no pretende saber de su protagonista o sus conocidos más de lo que alguna vez confesaron en cartas, declaraciones o en sus textos oficialmente ficcionales, pero la información que airea y entrelaza nos basta para llevarnos una idea de su psicología y sus motivaciones. Esa virtud novelística de crear un mundo autónomo donde cada detalle está conectado con la historia común, que en la ficción se logra con imaginación y astucia narrativa, en una obra como esta como esta se consigue con paciente acumulación de datos y no menos astucia.

El modo en que Hernández Busto se refiere a la homosexualidad de Lezama es un buen ejemplo de cómo ejerce el control de la narración. En lugar de tratar la homosexualidad como cuestión escabrosa que constituiría el gran misterio de Lezama el biógrafo opta por asumirla con naturalidad ejemplar. Hernández Busto presenta abundante cantidad de evidencias sobre las pulsiones sexuales que marcaron tanto la sensibilidad literaria de Lezama como sus interacciones personales. Pero menos como revelación —como el gran gesto del detective que descubre un secreto a voces— Hernández Busto lo presenta como parte consustancial de la personalidad de Lezama y de su obra. "La homosexualidad se presenta así como una de las múltiples eróticas del ser humano: —dirá Hernández Busto sobre Paradiso— comprobación del eros como vía de conocimiento, diálogo contra el horror vacui, búsqueda y comunión cósmica". Pera la naturalidad con que presenta la homosexualidad de Lezama no lleva a que el biógrafo ignore el peso de las circunstancias. Hernández Busto describe un episodio que involucró al también escritor Edmundo Desnoes como "lo más cercano que tenemos a una versión fiable sobre la vida privada de Lezama y su sexualidad". Los avances eróticos de Lezama hacia Desnoes, contados por este último en un cuento lleno de alusiones trasparentes, nos revelan algo más importante que la pulsión sexual del poeta. Lo que contiene en el último instante a Lezama, más que la negativa posterior de Desnoes, es el miedo. "¿Miedo a qué?: miedo a la madre", escribe Desnoes en su cuento. Pero lo que en su momento intentó ser una puya contra Lezama en la biografía resulta una revelación que ilumina la lectura del poema "Llamado del deseoso". Ese que comienza diciéndonos: "Deseoso es aquel que huye de su madre".

Historia y nostalgia

Sin hacerlo explícito, es evidente que esta biografía es hija de la nostalgia. La nostalgia por un mundo anterior al totalitarismo impuesto a partir de 1959 que aparecerá en el tercer tomo de esta biografía en todo su esplendor. Una nostalgia que desde las ruinas del presente se interroga si alguna vez hubo en Cuba algo que se pudo parecer a la grandeza. Nos anuncia Hernández Busto en su prólogo que "en Lezama tenemos no solo al autor de una gran obra, sino al personaje de un mundo perdido". A la recuperación parcial de ese mundo perdido están dedicados los dos primeros tomos de su estudio mientras que el tercero se dedicará al relato de su destrucción. Los cubanos "necesitamos que el pasado nos funcione como coartada de un presente ruinoso", dice Hernández Busto con el mismo reparo que señala que "nos encanta el chismorreo y solemos preferir la invención a la investigación". Y sin embargo, el propio biógrafo ha dicho antes que le "interesan el hombre y sus coartadas". Pero si "coartada" en ambos casos equivaliera a disculpa, excusa, se entendería menos que asumiéndola como pretexto. Pretexto, en este caso, para justificar la paradoja de exhumar una civilización perdida, la de la república cubana (1902-1959), y al mismo tiempo la vida y labores de uno de sus críticos más desdeñosos, José Lezama Lima, a través de dos laboriosos volúmenes. Para explicar esa paradoja, Hernández Busto disecciona la realidad de viejos chismes y los anuda con documentos legales, recortes de prensa, entrevistas a amigos y familiares, estudios críticos y la propia obra de Lezama. Hernández Busto salva la paradoja de Lezama como crítico y representante máximo de esa misma civilización que intenta rescatar apelando a un dictamen de T.S. Eliot sobre Wyndham Lewis: "Su experiencia es más profunda que la civilización a la que pertenece y, en realidad, todo artista auténtico utiliza el fenómeno de la civilización solo para expresar su experiencia". Una civilización dedicada a convertir el esfuerzo de los braceros en sacos de azúcar que, a su vez, eran transformados en elegantes palacetes de El Vedado o Miramar, también podía convertir esos mismos sacos de azúcar —mediante la generosidad de José Rodríguez Feo, sofisticado playboy— en sofisticadas revistas y poemarios que apenas interesaban a los dueños de aquellos palacetes.

La mirada de Hernández Busto, que parece abarcar todo lo que rodea a Lezama, nos empuja a pedirle que sea uniformemente revelador en lo que describe. Pero no todas las circunstancias de que se ocupa esta biografía son procesadas con la misma sutileza. Comprobaremos, por ejemplo, que respecto a la historia política cubana Hernández Busto no despliega la misma perspicacia y originalidad que con el resto del material que maneja y los gobiernos que coexisten con el biografiado no pasan de corruptos, venales y sometidos sin remedio a la influencia norteamericana. Si algún destello de independencia de los relatos tradicionales se permite el biógrafo es al decir, por ejemplo, que el Gobierno de Machado "se caracterizó por un nacionalismo pragmático" aunque sin explicar a derechas en qué consistía ni el nacionalismo ni el pragmatismo de Machado. (Un ejemplo elemental: cuando Machado hace construir la Carretera Central no solo obedecía al complejo faraónico tan caro a los aspirantes a dictadores, también buscaba con dicha carretera estimular el mercado agrícola interno para sustituir importaciones que tradicionalmente se traían de Estados Unidos e impulsar la independencia económica de la isla). No digo esto como reproche mezquino a una obra tan generosa como esta biografía sino para recordar lo mucho que le falta al relato de la historia política cubana para alcanzar la altura que ya logra el recuento de nuestro pasado cultural gracias a libros como este. Y que una comprensión más sofisticada de nuestro pasado político —en el que, por ejemplo, la República se viera como una sucesiva pugna de proyectos nacionalistas y modernizadores— permitiría entender mejor los fenómenos que tuvieron lugar en la República, incluso en oposición a ella.

La salvación como coartada

La importancia y trascendencia de Lezama Lima para las letras latinoamericanas fue establecida hace bastante tiempo. Ya Julio Cortázar ubicaba su obra a la altura de la de Jorge Luis Borges y la de Octavio Paz. Y este último, en Los hijos del limo, su fundamental recuento de la poesía latinoamericana, recalca lo crucial que fue la aparición de la voz Lezama en la superación de las enquistadas academias del momento: "Hacia 1945 la poesía de nuestra lengua se repartía en dos academias: la del 'realismo socialista' y la de los vanguardistas arrepentidos. Unos pocos libros de unos cuantos poetas dispersos iniciaron el cambio. […] Todo comienza —recomienza— con un libro de José Lezama Lima: La fijeza (1944)".

Pero a esta biografía de Lezama no parece importarle tal trascendencia. O la da por sobreentendida, que es más o menos lo mismo. El apego de este libro a la humanidad concreta del poeta, a sus relaciones, manías y desplantes apuntan en otro sentido. Porque, pretendiéndolo o no, los volúmenes Años de formación (1910-1939) y Años de fundación (1939-1959), si se leen con la atención que merecen, obligan a elevar el nivel de la conversación en torno al pasado y el futuro de la nación cubana, en medio del vacío insondable en que se ha convertido el presente. No se trata solo de evitar que el actual régimen haga "con Lezama lo que antes se había hecho con Martí", es decir, convertirlo en un tótem para justificar cualquier horror. Lo que viene a proponer un libro así son preguntas tan elementales como para qué sirven las biografías, los libros, la literatura, el lenguaje y los escritores, cuando no se ocupan de falsear lo real. Frente a un régimen que hizo tabula rasa del pasado la figura de Lezama está llena de claves no solo sobre el pasado sino también sobre el porvenir. Justo ahora en que la nación parece hundirse sin remedio, vale recordar que podemos aspirar a un destino mejor que el de jineteros literales o espirituales, o sea, el de meros sobrevivientes. Basta con percibir en los encuentros de Lezama con los poetas y pensadores más grandes de la lengua, llámense Juan Ramón Jiménez o María Zambrano, la sólida dignidad de Lezama que, aún carente de reconocimiento, tiene perfecta conciencia de su valor. Por eso es justo y necesario que Hernández Busto no nos ahorre "la picuencia del personaje que se mueve con un traje un poco anticuado y demasiado grande", del homosexual discreto, del vasallo del férreo control materno que a la vez ejerce de tiranuelo literario sobre sus seguidores, a la hora de explicarnos su grandeza.

Porque Lezama no ofrece solo "la posibilidad de contar con un imaginario complejo" (Rolando Sánchez Mejías dixit) y su obra es bastante más que "nuestra prueba más rotunda de la literatura concebida como absoluto", como nos dice Hernández Busto. Lezama, como Ariadna, puede servirnos para salir del laberinto en que llevamos metidos como cubanos o como intelectuales hace ya demasiado tiempo. Nos recuerda, incluso por defecto, que ante la incesante devastación de la realidad no basta ni el desdén ni la esquiva ingeniosa de lo abominable.

"Lezama aspiró siempre a la plenitud. En el lugar de la negación colocó la reinvención", nos advierte Hernández Busto, y añade que consiguió "el difícil equilibrio entre la crítica de la cultura y la voluntad de lo sagrado". Porque si a algo no renunció Lezama —con una intensidad inédita entre cubanos desde Martí— fue al reencuentro con lo sagrado. Y lo hizo con originalidad, empleando una "antropofagia erudita que rebasa cualquier complejo de inferioridad", ese complejo de inferioridad que está en la raíz de tantos males universales y locales. Explicarnos la remendada grandeza del emperador de las letras cubanas, de aquel incesante mitólogo, puede servir para soñarnos mejor y buscarnos coartadas más elevadas que la mera sobrevivencia. Porque, parafraseando el viejo adagio azucarero, sin coartadas no hay país.

*Publicado en Diario de Cuba

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