lunes, 10 de diciembre de 2018

Nace una estrella (con una bandera alrededor)


Narciso López, el general venezolano empeñado en liberar a Cuba del dominio español necesitaba las tres cosas que según Napoleón eran imprescindibles para ganar las guerras: dinero, dinero y más dinero. De ser posible las tres a la vez. Así que para financiar la empresa buscó el apoyo de hombres de negocios norteamericanos. Y para eso estaba dispuesto a prometer cualquier cosa. Como que Cuba pasaría del dominio español al yanqui, por ejemplo. Añadirle una nueva estrella a la bandera norteamericana, como había ocurrido con Texas.
Pero para atraer inversiones a su empresa de liberar islas López necesitaba publicidad. Algo de lo que podía encargarse Moses Yale Beach, propietario del periódico neoyorquino The Sun. Tal fue el entusiasmo de Beach que ofreció las oficinas de su periódico para editar un periódico bilingüe que defendiera la causa de arrebatar a Cuba del dominio español y pasarlo al yanqui. Para dejar claras sus buenas intenciones, se llamaría La Verdad. El producto parecía atractivo: una isla en medio del Caribe, repleta de plantaciones de caña de azúcar, de centrales azucareros y de esclavos para operarlos. Azúcar y tabaco a chorros que, de ser parte de la Unión Americana, no pagarían aranceles. Pero un negocio tan redondo necesitaba una etiqueta. Una marca que ayudara a identificar el producto.

Proclamación de la Expedición a Cuba emitida por Narciso López

A eso habrá dedicado Narciso alguna que otra noche. A mirar el techo de su habitación en el número 39 de Howard, esquina a Broadway, mientras se inventaba una bandera para la isla: el republicano y masón de López dándole vueltas en la cabeza a los colores azul, blanco y rojo en forma de triángulos y barras. Y una estrella que luego pudiera añadirse a la constelación gringa. O que pareciera la calificación de un hotel abundante en cucarachas. Narciso le habrá dado vueltas en la batidora de su febril cerebro como si de un cubo de Rubik se tratara hasta dar con la solución: un triángulo rojo acompañado de tres barras azules por cada departamento de la isla en aquellos días (occidental, central y oriental) separadas por dos barras blancas. Y en medio del triángulo rojo, la estrella, por si algún ninja quería incorporarse al proyecto. Antes de que se le escapara la idea habrá corrido hasta la casa de huéspedes donde paraba el poeta, dibujante y editor de La Verdad Miguel Teurbe Tolón. Allí, en el 47 Warren Street (muy cerca del City Hall neoyorquino) vivía Teurbe Tolón con su esposa (y prima hermana) Emilia Teurbe Tolón. Como de costumbre, allí lo encontraría acompañado de un grupo de conspiradores cubanos empeñados en acabarle la reserva de café a los Tolón. Podemos imaginarnos el orgullo con que López anunciaría su proyecto de bandera cubana. Y la majestad con que le pediría a Miguel que sacara sus lápices de colores para llevar al papel el diseño que tenía en mente. Allí estaba el novelista Cirilo Villaverde, quien luego contaría cómo uno tras otro de los presentes fue haciendo sugerencias al estilo de “¿Qué tal si ponemos un ojo masónico en lugar de la estrella?”, ideas que Narciso, con su acostumbrada delicadeza de general, fue tirando a mondongo. Narciso dictaba, Miguel dibujaba y Emilia, mientras servía infinitas tazas de café, se resignaba a coser la dichosa prenda nacional. (El actual escudo cubano también lo diseñó Miguel en aquellos días por encargo de Narciso, quien necesitaba un sello que le diera seriedad a su documentación oficial).
Ya los conspiradores tenían bandera. Solo faltaba el detallito de conseguirse un país donde poder izarla

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