jueves, 12 de octubre de 2017

Diez años sin Victoria

Hace diez años murió el escritor Carlos Victoria. A raíz de su muerte escribí esta nota:

El escritor Carlos Victoria (Camaguey, 1950- Miami, 2007) acaba de morir. Creo que fue el último de la nunca abundante especie de los monjes literarios cubanos: aquellos para los que la escritura fue un deber sagrado y no un medio para adquirir relevancia social. Se consagraba a ella con la misma convicción y entereza con la que sospecho que ahora se entregó a la muerte, con el gesto resignado y tranquilo con que parecía hacerlo todo. Pero hablar de eso ahora mismo me parece una digresión porque Carlos Victoria fue ante todo una gran persona, de esas a las que da gusto haber conocido aunque sólo sea para comprobar que todavía existen tipos así. No nos habremos visto más de diez veces: una por cada vez que yo visitaba a Miami y él conseguía descubrir que tenía un par de horas disponibles entre el momento en que venía alguien a relevarlo en el cuidado de su madre y su hora de entrada en El Nuevo Herald. Cada uno de esos encuentros con ese ser bueno y sombrío supe disfrutarlo como un regalo especial, como un goce tranquilo que sólo se puede sentir en ocasiones muy contadas y casi siempre solitarias. La muerte de su madre, quien toda la vida había arrastrado una devastadora enfermedad mental y de quien Carlos se había encargado siempre sin considerar ninguna otra alternativa no fue una liberación para Carlos como sospechábamos sus amigos. Fue un golpe durísimo para él, y le dejó un vacío sobre el que gravitó el último tramo de su vida. Nos vimos como un mes después del fallecimiento de su madre y me confesó que era la primera vez que salía de su casa a otra cosa que no fuera a trabajar. Este verano no pudimos vernos. Cuando lo llamé me dijo que al día siguiente sería operado de un cáncer. Si no salía bien –me dejó entrever como quien habla de algo perfectamente natural e inevitable- no estaba dispuesto a soportar la larga agonía que ya había presenciado en algunos familiares. Su vida, tal como la cuentan las notas biográficas que circulan ahora mismo o como se puede derivar de todo lo que he dicho más arriba no fue feliz o ni siquiera, para los parámetros de la mayor parte de nosotros, medianamente tolerable. Sin embargo supo vivirla con la plenitud estoica con que sólo la pueden vivir aquellos hechos de ese material noble y resistente de que Carlos estaba compuesto. Uno de sus primeros textos que leí fue una nota sobre Reinaldo Arenas, compañero de la más trágica de las generaciones cubanas, la generación del Mariel. En ella decía que Arenas era como una catarata y que uno podía admirar una catarata pero no podía ser amigo de ella. Siguiendo una metáfora por contagio podría comparar a Carlos con un río tranquilo -como ese que pasaba por el pueblo de Pessoa- y decir que lo quise –lo quiso cualquiera que lo conoció- todo lo que se puede querer a un río tranquilo. 

Hasta la vista, Columbus*

ESTE ARTÍCULO VERÁ LA LUZ a unos días del Columbus Day de 2017 que no sé si será el último. Y es que por donde quiera el Almirante está siendo declarado persona non grata. O estatua menos grata. La más visible en la ciudad, la que está encaramada en Columbus Circle desde 1905 ha sido puesta en cuestión. Primero fue la alcaldía la que anunció que iba a revisarle los antecedentes penales a las estatuas situadas en la ciudad. No fuera a ser que alguna de ellas correspondiera a personalidades con comportamiento criminal, inmoral o rico en colesterol.
La iniciativa correspondió al alcalde Bill de Blasio, quien llamó a revisar todos los monumentos que puedan ser tomados como “símbolos de odio”. Un poco como Terminator: se trataba de ajustar cuentas con el pasado para proteger el presente. Por supuesto que cuando el alcalde habló de eliminar estatuas no pensaba en Colón. Para los italoamericanos, como el alcalde, Colón es italiano. O sea, intocable. Como Garibaldi o los Corleone. (Sobre todo los Corleone: en parte por ser una familia compuesta exclusivamente por guardaespaldas y en parte por ser personajes de ficción). Pero la concejal Melissa Mark-Viverito, boricua de nacimiento —y, como su nombre lo indica, de pura estirpe taína— no piensa igual. Considera que Colón es “una figura controvertida para muchos” que, como ella, tienen sus raíces en las islas Caribe.
Columbus_Circle_-_Statue
“Cuando tienes que mirar la historia debemos hacerlo de una forma completa y clara”. Y en la versión de la Historia según Mark-Viverito, Colón representó la avanzada del proceso de colonización de América (que es más o menos como la gentrificación a nivel de todo un continente en lugar de un barrio, solo que más sangrienta y menos hipócrita) y del exterminio de los indígenas. (Da igual que Colón no matara indígenas directamente: ante la inocencia inmunológica de los indígenas bastaba toser un par de veces en el Caribe para despoblar islas enteras).

Pero por atrevido que parezca el celo de Mark-Viverito, la alcaldía de Los Angeles ya se le había adelantado. En Lalaland ya han eliminado el Columbus Day para reemplazarlo por el Indigenous Peoples’ Day. No parece la mejor idea del mundo, incluso en la ciudad que nos ha dado a las Kardashians. Es como si para celebrar tu cumpleaños escogieras la fecha en que tu abuela se encontró con su futuro asesino. O a menos con aquel que la contagió con una enfermedad de la que nunca se ha recuperado.
Tal decisión invita a asumir que a) la tan celebrada hispanidad es el nombre comercial de un genocidio y b) que bajo ningún concepto debemos venerar a personas que hayan cometido malas acciones. Y por lo que se sabe Colón era, cuanto menos, bastante marañero. Un tipo que si se encontraba un indígena asumía que era de su propiedad y se lo llevaba como souvenir a España: como cualquier turista que regresa del Caribe con un par de maracas. O que si te le rebelabas mejor que renunciaras a usar gafas o sombrero porque lo mismo te arrancaba las orejas que la cabeza. Literalmente.
Ya sé que 500 años de veneración crean hábitos difíciles de abandonar (y ahí está la Universidad de Columbia y el Distrito de Columbia y hasta Colombia, un país entero nombrado en honor al estornudador de indígenas). Pero es mejor que abandonemos tales hábitos: la nicotina es más adictiva y yo llevo 4 años sin fumar. Rectifico: 4 años y 223 días. Es el momento de abandonar las pésimas costumbres del pasado y reemplazarlos por otras más saludables como comer lechuga y venerar personalidades políticamente correctas.
El único problemilla es que la corrección política se está volviendo tan exigente que se hace casi imposible encontrar a un ser humano que resista en un pedestal más de cinco minutos. Y no hablo de que a los aztecas les gustaba desayunar tacos de corazón de tlaxcalteca o de la predilección de los caribes por el asado de taíno o de que los incas manejaran su imperio con la misma idea de disciplina de un Kim Jong- un. Digo que al paso que vamos no nos quedará otro remedio que condenar a los guanahatabeyes por exterminar jutías, a los apaches por darles a sus niños juguetes que promovían la violencia o a los mayas por no compartir adecuadamente las tareas de la casa.
Si ya no quedara nadie que poner encima de un pedestal no sería un problema mayor. Malo es que tanto empeño moralizante acabe por exterminar el sentido común. Que una comprensión tan elemental del bien y del mal termine reduciendo nuestras neuronas justo a la cantidad suficiente para entender las telenovelas y los discursos del presidente Trump. Y que, llegados a ese nivel, no importe entender la diferencia.

Este artículoo apareció originalmente en la revista Nuestra Voz.

martes, 10 de octubre de 2017

Las puertas

Una semana atrás va a un consulado cubano un amigo escritor. Buen escritor. Lleva sin ir a Cuba más o menos el mismo tiempo que yo, un buen par de décadas. Pero su madre está muy enferma y se siente obligado. Mi amigo desprecia a aquel régimen pero con la misma discreción con que lleva todo en su vida, con la misma lucidez y contención con que escribe. Cuando lo llamaron del consulado entendió que le entregaría en permiso de entrada a Cuba sin más pero el funcionario le comunica que no. Que no le pueden dar, junto con el pasaporte, la llamada habilitación que le permitiría la entrada a su país. Pero que no se preocupe, añade el funcionario. Porque cuando una puerta se cierra otras pueden abrirse y con la mano señala hacia otras puertas imaginarias. El gesto y la ambigüedad son, para mi amigo, muy claros. Un gesto que tantea su disposición a colaborar con ese régimen que desprecia a cambio de lo que debería ser su derecho. Mi amigo le agradece el ofrecimiento pero le dice que no. Que la única puerta que tomará es esa que está a sus espaldas para marcharse a su casa. Y se va.
Todo esto lo cuento por si a alguien se le ocurre preguntarme cuándo pienso ir a Cuba. A mí, que allá ni siquiera tengo una madre enferma.

domingo, 8 de octubre de 2017

El futuro del cerdo

Hoy, que debo presentar el libro de un viejo amigo, recuerdo –como casi siempre que se interceptan amistad y literatura- una escena de El color del verano, novela póstuma de Reinaldo Arenas. Esa que abre el capítulo “Muerte de Virgilio Piñera” de esta manera: “El poeta cerró los ojos, pero el recuerdo de la última novela de Humberto Arenal no lo dejaba dormir. ¿Cómo, se preguntaba el poeta, puede una persona escribir tan mal y ser a la vez mi amigo?”. Pues en el caso del escritor que presento hoy es justo lo contrario. Se trata de celebrar la suerte de ser amigo de alguien que escriba tan bien. Y del estímulo de intentar hacerme digno, con este texto, tanto del libro escrito por un amigo como de la amistad que nos acompaña hace más de treinta años. El motivo de esta celebración es su nuevo libro de relatos “El año del cerdo” donde Francisco García González se confirma como el grandísimo narrador que es. Evito aquí acotarlo entre los cómodos potreros de la literatura cubana, o el de los escritores vivos, o el de los escritores de la provincia de Artemisa residentes en Canadá: un narrador de raza, como Francisco García, se reconoce de lejos, en cualquier conjunción de espacio y tiempo en que le permitan contar sus historias. O al menos es lo que uno le gustaría pensar: tanto por el futuro del acto de contar historias como por el de la capacidad de la humanidad para interesarse en ellas.
De “El año del cerdo” puede decirse que es un libro de primeras necesidades. Los protagonistas de cada una de sus relatos están constantemente urgidos por alguna necesidad elemental. Puede tratarse de la necesidad de encontrar amor y reconocimiento pero sobre todo la de satisfacer las hambres más elementales. Como la del sexo o la de proteínas de origen animal. La apetencia en fin, por la carne, en cualquiera de sus sentidos. Este libro bien pudo llamarse también, El libro de las carnes: la literal, la que se come y la que se ansía y palpa. Pero entonces El año del cerdo hubiera corrido el riesgo de ser confundido con un libro de cocina.
Protagonistas de estas historias pueden ser pacientes de un hospital psiquiátrico un tanto impacientes por perder su virginidad erótica. O puede tratarse de un antiguo aspirante a guerrillero “consumido por dos fantasías”: el de integrar “una revolución que incendiara, si no al mundo, por lo menos a parte del continente” y la de “acostarse con dos mujeres” al mismo tiempo. En las historias de El año del cerdo la carne –cualquiera que esta sea- es el fin último de todos los esfuerzos de sus protagonistas pero, una vez conseguida, se nos revela como pretexto para algo más que no podemos tratar de definir sin parecer rimbombantes. Pero cualquier conocedor de la obra de Francisco se preguntaría, ¿cuál sería la diferencia de El año del cerdo y el resto de su bibliografía? Les recuerdo que dicha bibliografía incluye títulos como “Color local”, “¿Qué es lo que quieren las mujeres?”, “Historia sexual de la Nación” y “Todos los cuentos de amor”. Pero hay en los cuentos de El año del cerdo, sobre todo en los que componen la primera parte, (que el autor titula “La sombra del arcoíris”), una sensibilidad que parece afinarse más que nunca. Una sensibilidad que se afina y se esfuerza por intentar entender todo tipo de tragedias individuales. Tragedias de seres cuya subjetividad solemos ignorar con más ahínco: los locos, los pobres, los mutilados, los homosexuales, los viejos o los niños o cualquier combinación de los elementos anteriores.
Son dos los cuentos que en esa primera parte titulada “La sombra del arcoíris” se relatan desde un punto de vista infantil. Y desde esa perspectiva comprendemos que no tener los conceptos y madurez suficiente para asimilar ciertas experiencias no las hacen menos perturbadoras. Todo lo contrario. Es en estos textos (titulados “Canicas” y “Aguas negras”) donde el misterio de la historia que se relata se hace más estremecedor justo por la ingenuidad con que se aborda.
Será por los años que llevo leyendo la prosa febril y aguda de Francisco o por virtud específica de este libro que descubro en sus insistentes escenas sexuales una revelación. El sexo como antídoto contra milenios de pacatería judeocristiana, de admoniciones contra las apetencias del cuerpo, ese antro en que encierran a nuestras pobres almas para corromperla. A su modo discreto, oculto entre las maromas eróticas de sus personajes, el autor nos viene a decir que es precisamente el sexo, despojado de culpabilidad, un modo de liberación, de purificación. Pero lo que podría limitarse a prédica de hippie recalcitrante en Francisco se vuelve trama compleja, irónica. Francisco nos habla de la ironía que acecha tras cada utopía alcanzada, ya sea un puñado de canicas o la multiplicación de los amantes y los peces (no intento una metáfora: en realidad uno de sus cuentos lo protagoniza un niño pescador). Pero lo que le evita el tono de prédica a este libro y lo convierte en un objeto inteligente es la envolvente sutileza de la narración y su insistencia en recordarnos que en el mundo real no existe nada con la consistencia rotunda y definitiva que asociamos a las palabras “salvación” o “pureza”. Otra manera de decirlo es afirmar que esta primera parte del libro se alimenta de la tensión existente entre deseo y realidad. “Un hombre sin fantasías no existe” afirma el narrador de uno de sus cuentos para enseguida insistir: “Si un hombre pierde el sentido de incluirse en lo imposible está liquidado”. Aunque al final de ese mismo cuento deba resignarse  a conceder que todas las fantasías “son una mierda cuando te las echas encima”.
En la segunda parte del libro el autor nos expone los resultados de una utopía social alcanzada y sobrepasada. Esta parte lleva  el título engañoso de “Ucronías”. Ucronía, es, les recuerdo, un género en el que se describe un mundo desarrollado a partir de algún acontecimiento que sucedió de forma dramáticamente diferente a como ocurrió en realidad. Pero el mundo que describe esta segunda parte de El año del cerdo no es un mundo articulado a partir de hechos distintos al del pasado que conocemos. Es justo lo contrario. “Ucronías” muestra la evolución natural de la realidad en caso de que las circunstancias cubanas actuales se mantengan inalteradas. Un mundo en el que para celebrar el 350 aniversario de la Revolución Cubana será algo más difícil conseguir carne que en los tiempos que corren y habrá, como en el presente, que apelar a fuentes alternativas. O que para festejar el 500 aniversario de los gloriosos Comités de Defensa de la Revolución a los cederistas se les pidan sacrificios algo mayores de los que se les han exigido hasta ahora. Puede ser que las tragedias repartidas entre más toquen a menos pero lo cierto es que el tono al pasar de la primera parte a la segunda cambia notoriamente. Si el de la primera parte era agridulce -moviéndose desde la nostalgia a la desesperación con todos los tonos intermedios- el tono de “Ucronías” es decididamente divertido. Sin dejar de representar el lado ominoso de la realidad no deja de recordarnos su increíble talento para producir ridículo. El absurdo cotidiano del presente convertido en el futuro en querida e inamovible tradición. Piénsese si no en las primeras líneas del relato “Esperando la carreta”:
El inconveniente es que las mujeres se han extinguido hace muchísimo tiempo. Apenas quedan unas quince en todo el planeta. Sin embargo, la buena noticia era que la Cooperativa de Producción Agropecuaria, CPA, “Shakira Gonzalez” sobrecumplía, por quinta vez consecutiva, la emulación a nivel nacional. Y cuando se hablaba de nivel nacional cualquier cosa podía suceder.
O analícese el caso de Yusnavy, “El Naranjero” Martínez, rutilante estrella del béisbol provincial rescatada para el deporte de las huestes de futuros esclavos venidos del oriente:
“La historia de Yusnavy comienza igual a la de tantos jóvenes orientales que contrataban como esclavos para venir a trabajar al oeste. No debemos olvidar que decretar de nuevo la esclavitud ha sido para darle un segundo aire a nuestra economía y, de paso, eliminar el exceso de emigración hacia la región occidental. Por suerte a la esclavitud le siguió la política de exterminio preventivo y selecto, aún más eficaz con el peligroso flagelo de la inmigración.[…] hay que recordar que aquellos tiempos no son como los que corren hoy en día. Era la época en que la gente todavía creía en el humanismo y las utopías, y ¿qué más daba un esclavo más que un esclavo menos?”
Pero por desternillantes e increíbles que parezcan los desafueros literarios de Francisco García González hay algo en sus detalles que nos dicen que no son del todo inalcanzables si Cuba continúa avanzando hacia el futuro al mismo ritmo que hasta el momento. Que para llegar a las ucronías que nos describe García González no tiene que suceder algo dramáticamente distinto sino más bien lo contrario: el mundo que describe Francisco sería consecuencia inevitable de las circunstancias actuales.
Esas imágenes que han aflorado tras el paso del huracán Irma de habaneros sentados, impasibles, a la mesa del dominó con la inundación llegándoles a la cintura o de otros bailando y cantando, enfebrecidos, una conga procaz mientras las aguas podridas les cubren el pecho parecen ser apenas un adelanto del inevitable arribo del año del cerdo. La alerta sensibilidad de Francisco García González se limita a avisarnos de un futuro del que ya no nos asombrará nada e invita a reírnos de él mientras todavía podamos hacerlo.  

jueves, 5 de octubre de 2017

El año del cerdo


Hacemos una invitación general a la presentación del libro "El año del cerdo" con su autor Francisco García González y con Enrique Del Risco como moderador el viernes 6 de octubre a las 6:30 pm en el 19 University Pl. Room 222 (NYU).

Francisco García González (La Habana, 1963) Narrador y guionista. Licenciado de Historia por la Universidad de La Habana y máster de literatura por la de Concordia, Montreal. Ha publicado los volúmenes de cuentos "Juegos Permitidos", 1994; "Color local", 2000; "Qué quieren las mujeres", 2003; "Historia sexual de la nación", 2006; "Leve historia de Cuba", 2007; "La cosa humana", 2010; "Todos los cuentos de amor", 2010; "The Walking Immigrant", 2015 y "El año del cerdo", 2017 y la novela "Antes de la aurora", (2012). Ha sido guionista de las películas "Lisanka", del director Daniel Díaz Torres, "Boleto al paraíso" y "La cosa humana", ambas de Gerardo Chijona; y del cortometraje "Efecto dominó", del director francés Gabriel Gauchet. Reside en Canadá desde 2010.

"'El año del cerdo es un libro' que me confirma algo que ya sabía: en un mundo de escritores y lectores adictos a los fuegos de artificios, Francisco García González demuestra, una vez más, que es posible iluminar cielos sin petardos ni explosiones. Esa cualidad suya daría para convertir 'El año del cerdo' en una obra recomendable hasta el ruego. Obligatoria, diría yo, cuando recuerdo que entre las páginas de este libro hay un niño que quiere comprar virtud con canicas, que en la sordidez de un manicomio crece un cantero de nomeolvides en flor o que un guerrillero manco pudo al fin descubrir cuánto apesta la mochila de sus sueños. Esa es la grandeza de Francisco García González como escritor, su capacidad para hurgar en esas esquinas del mundo en las que nadie quiere mirar. Su don para sacar de ellas unas historias que deleitan por la sencillez de sus visiones y la complejidad de sus alcances. Esa es la grandeza de este libro: hacernos mirar hacia donde no queremos. Obligarnos a descubrir que no hay metáforas prohibidas y que, por muy lindo que sea un arcoíris, cualquier esperanza empieza por otear la oscuridad de nuestras sombras" 

César Reynel Aguilera

martes, 3 de octubre de 2017

El Village Gate: donde la salsa se citaba con el jazz*


Por Enrique Del Risco

“Empezamos a oír en la radio el programa de Symphony Sid con las últimas novedades bop, y ya estábamos llegando a la más grande y definitiva ciudad de América” cuenta Jack Kerouac de uno de sus varios regresos a Nueva York en su venerada novela “On the road”. Symphony Sid, con su voz profunda y su entusiasmo contagioso por todo lo que iba apareciendo en aquellos días en términos musicales era una referencia esencial para los melómanos más atrevidos de la post guerra, su guía más clara en la selva del bebop. Hasta que descubrió hacia 1960 la música latina y fue paulatinamente sumergiéndose en ella. Le había tomado tiempo. Desde hacía una década la fiebre del mambo y del cha cha cha asolaba los salones de baile de medio mundo. El propio Jack Kerouac en la novela que marcó a más de una generación narraba sus primeros contactos con el mambo en sus viajes a México a finales de los 40.
“Tras la barra estaba el propietario que salió corriendo en cuanto le dijimos que queríamos oír mambos y volvió con un montón de discos, la mayoría de Pérez Prado, y los puso en la máquina de discos. Un instante después toda la ciudad de Gregoria oía lo bien que lo estábamos pasando en la Sala de Baile. En el mismo salón el estrépito de la música —así es cómo debe ponerse una máquina de discos y para eso se inventó— era tan tremendo que durante un momento Dean y Stan y yo nos quedamos boquiabiertos al darnos cuenta de que nunca nos habíamos atrevido a poner música tan alta como hubiéramos querido y como ahora sonaba. Pocos minutos después la mitad de la población de Gregoria se asomaba por las ventanas para ver a los americanos bailar con las chicas. Estaban allí delante, al lado de los policías, en la sucia acera, con aspecto de indiferencia y despreocupación. «Más Mambo Jambo», «Chattanooga Mambo», «Mambo número ocho»: todas estas tremendas canciones resonaban estrepitosamente en la dorada y misteriosa tarde como el sonido que uno espera que va a oír el día del juicio final. Las trompetas sonaban tan fuerte que podían oírse desde el desierto donde, en cualquier caso, tenían su origen. Los tambores parecían enloquecidos. El ritmo del mambo es el ritmo de la conga del Congo, el río de África y del mundo; sin duda era el ritmo del mundo”
Así trataba de explicar Kerouac algo que no se parecía a nada que hubiera conocido antes y que pronto arrebataría a medio mundo desde California hasta Sudán. Desde Estocolmo a Buenos Aires. Lento pero irremisible en el contagio Symphony Sid se tomó las cosas con calma. Primero incluyó en su famoso programa de jazz de seis horas una hora de música latina. Y así, poco a poco su programa dedicado terminó transmitiendo cinco horas de música latina y solo una de jazz.

Fue así que a inicios de los 60 Symphony Sid le encargaron de programar conciertos de música latina cada lunes en el Village Gate. El Village Gate era muy diferente en proyección del Palladium Ballroom. Estaba enclavado en la esquina de Thompson y Bleecker el corazón del Greenwicht Village que al mismo tiempo había sido el centro de los más importantes movimientos contraculturales de la ciudad y del país durante los sesenta años anteriores. El Village Gate había sido fundadono mucho antes, en 1958. Su dueño, Art D’Lugoff, era un empresario con “gustos eclécticos y aventureros” según propia confesión y no estaba especialmente obsesionado con un tipo de música o incluso con alguna disciplina artística en concreto. Por el Gate pasaba cualquier cosa que pudiese interesar a la tropa variopinta que en esa ‘epoca rondaba el Village. Por el Village Gate  pasarían jazzistas como John Coltrane, Coleman Hawkins, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Bill Evans, Dave Brubeck, Charles Mingus, Sonny Rollins, Dexter Gordon, Art Blakey, Woody Shaw y Miles Davis o músicos de otros géneros como Jimi Hendrix, Nina Simone, Patti Smith, Velvet Underground o Edgard Varèse. Muchos de ellos grabaron discos en vivo allí. El Nobel Bob Dylan menciona al Gate en sus Chronicles: Volume One. Allí también se estrenaron obras de teatro que se hicieron famosas y actuaban comediantes de la talla de Woody Allen. D’Lugoff , sin aspirar al éxito masivo del Palladium al dedicar los lunes a la música latina intentaba rellenar la programación de los lunes, un día universalmente “flojo” en la asistencia a los lugares de entretenimiento.

Con el impulso que le daba el mentado Symphony Sid a través de la radio los lunes en el Village Gate se convirtieron en una institución musical neoyorquina. Allí se tocaba y disfrutaba una música menos comercial pero igualmente atractiva que la que se tocaba en el Palladium. Allí el cubano Mongo Santamaría grabó su disco titulado precisamente At the Village Gate (Riverside 1963) y una selección de músicos de la disquera Tico Records bajo el nombre de Tico All Stars grabaron en 1966 sus Decargas: Live at The Village Gate. En dichas descargas participaron los afamados músicos boricuas Tito Puente, Eddie y Charlie Palmieri, Cheo Feliciano, Ray Barretto, Jimmy Sabater, Santos Colón, el dominicano Johnny Pacheco y los cubanos Cachao López, Chino Pozo, Cándido Camero y Chocolate Armenteros.

El retiro de Symphony Sid y su mudanza a la Florida trajo el fin de los famosos Monday Night at Village Gate. El regreso de la música latina al Gate se debió a Jack Hooke, un productor y manager musical que ya había trabajado con Symphony Sid en los Monday Nights at the Gate en los sesenta. Hooke,mayo de 1980 inauguró lo que sería conocido como la serie “Salsa Meets Jazz” que empezaría empleando como maestro de ceremonias a Roger Dawson. (Wikipedia ha convertido a Dawson, veterano de la radio también desdoblado como  percusionista en el creador de la serie “Salsa Meets Jazz” en 1977 pero sin ofrecer ninguna documentación que lo atestigue). La idea era mezclar en escena agrupaciones que más o menos se identificaran bajo la ecuménica etiqueta de “salsa” con solistas reconocidos del jazz. Tito Puente grabó allí un disco en vivo con Phil Woods y por el Gate pasaron Rubén Blades, Machito, la Fania All Stars, Eddie Palmieri, Dizzy Gillespie, Paquito D’Rivera, Dexter Gordon, James Moody, Wynton Marsalis, Bobby Hutcherson, David "Fathead" Newman, Slide Hampton, Pharoah Sanders, Billy Taylor, Nestor TorresSteve Turre con Oscar D'León, Freddie Hubbard, Stan Getz, Slide Hampton, Stanley Turrentine y Frank Wess entre otros. [Si quiere tener una muestra de lo que allí se tocaba le recomendamos enfáticamente pinchar los enlaces]


Al “Salsa Meets Jazz” se iba al encuentro de músicos conocidos a escuchar música irrepetible. El periodista de The New York Times Robert Palmer describía así la actuación de una noche de noviembre de 1987:
El lunes, "Salsa Meets Jazz", serie de larga duración en The Gate, presentó la banda de salsa de Hector Lavoe con el flautista Nestor Torres como solista invitado. Torres no tocó tanto en los cambios de acordes como por encima, alrededor y dentro de los ritmos y en la sección rítmica. La sección rítmica de Lavoe, en la que Milton Cardona interpretaba en las congas con un estilo  crujiente e incisivo un clásico tumbao cubano, le daba a Torres algo con lo que trabajar a favor y en contra. Y el flautista respondió brillantemente. Bailando a tiempo con los polirritmos cambiantes, se mantuvo encarando a Cardona, y enfrentando sus acentos enfáticos los ataques de las congas. Fue una actuación fascinante. Una pequeña banda sacada de la Fania All Stars era la atracción principal de la noche. La música era pulida y vaporizante, en el estilo neo-cubano patentado por la Fania Records. Entre los solistas se encontraban el pianista Papo Lucca, un violinista rapsódico y, por supuesto, el flautista y cofundador de Fania Records, Johnny Pacheco. Andy González se mostró poderoso y flexible como suplente del bajista regular del grupo; su estilo profundamente afro-latino y su sabiduría jazzística encajó bien con el de la Fania All Stars.
Por su parte Paquito D’Rivera me ha comentado:
“Conocí muy bien y simpaticé  con su dueño, el inefable Art D'Lugoff y muchas veces trabajé allí, en el saloncito de arriba (donde por casualidad grabé en vivo con Clark Terry), en el grande del sótano y hasta  haciendo sit in con Hilton Ruiz, Cedar Walton, Walter Bishop y otros pianistas que tocaban con sus tríos en el bar. Lo que más hice fue la histórica serie "Salsa Meets Jazz" donde se presentaban cada lunes dos orquestas de baile y un solista de Jazz que tocaba un número con cada una de las orquestas, que a su vez tocaban dos tandas cada una. […] Yo me presenté con El Gran Combo, Héctor Lavoe, Wilfrido Vargas, Fajardo y sus estrellas,Tito Puente, Eddie & Charlie Palmieri, Machito, Mario Bauzá, Jorge Dalto, Johnny Pacheco, la orquesta Broadway y muchas otras agrupaciónes latinas que ahora no recuerdo”
Finalmente el Village Gate tras más de 36 años, cerró su local de Bleecker Street en febrero de 1994. (Hubo un intento más tarde de resucitarlo en el centro de la ciudad pero fue de corta duración). Hoy su lugar lo ocupa una farmacia de la cadena CVS. De su pasado como centro cultural solo queda un pequeño cartel justo en la esquina con el nombre de Village Gate. Y en el sótano que antes estaba dedicado al jazz y que era donde tuvo lugar tanto los Monday Nights como la serie “Salsa Meets Jazz”  hoy funciona Le Poisson Rouge, un club que también ofrece una escogida programación musical.
Aspecto del Village Gate en los años setenta
Aspecto del edificio en la actualidad

*Artículo aparecido originalmente en el blog de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio

viernes, 29 de septiembre de 2017

Cumpleaños


La única razón por la que me gusta que me recuerden el llamado día de los CDR es porque me anuncia que al día siguiente es el cumpleaños de una de las mejores personas que conozco, mi socio Armando Tejuca. En Cuba se hizo una tradición entre los amigos celebrarlo por todo lo alto como para opacar las mustias festividades del día anterior. Como para que los más abnegados cederistas se preguntaran por qué diablos aquellos peludos gusanoides insistían en equivocarse de fecha de celebraciones. En uno de aquellos cumpleaños tuvimos la ocurrencia de convertir su casona de Santiago de las Vegas en “Museo Casa Natal de Armando Tejuca”. A cada tareco de la sala y el comedor se le puso un cartelito explicativo relacionando dicho objeto con la vida del homenajeado. Por ejemplo (cito de -mala- memoria): “Contador de electricidad de la familia Tejuca que testifica sus frugales hábitos de consumo eléctrico”. "Botas con las que Armando tejuca dio su primer paso al frente". “Juego de comedor de alambrón estilo realismo socialista tardío”. Y otro cartelito para el televisor y otro para los sillones y así sucesivamente. Pero la mejor pieza sin dudas era una tarja ejecutada por el propio Tejuca en cartón corrugado pero pintada de modo que parecía de bronce y que proclamaba que dicha casa había nacido el artista Armando Tejuca etc, etc. Se cuenta que hubo transeúntes que se tomaron tal tarja en serio. ¡Felicidades hermanito!